2 Domingo Cuaresma (C)
Liturgia Viva – II Domingo de Cuaresma (C)
Saludo (Ver Segunda Lectura)
El Señor, Jesucristo, transformará
nuestros cuerpos mortales
y los hará gloriosos como el suyo.
Que su luz y su paz estén siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
Una Luz Transfigurante
De vez en cuando, quizás en un raro momento en que nos sentimos desalentados, encontramos profundamente al Señor en la oración, o encontramos alguna persona amable y comprensiva que ilumina nuestro rostro con el calor de su amor cordial y amistoso. Tales momentos pueden mantenernos en marcha durante largo tiempo. Ojalá que la eucaristía, y nuestro encuentro con el Señor aquí y ahora, sean ese momento que nos mantiene animosos y en marcha, y nos disponen a iluminar también la vida de los hermanos.
Con Jesús en la Montaña
Una vez u otra, hemos visto el rostro de alguna persona iluminada por la Buena Noticia de salvación, o un momento de felicidad real. Un día el rostro de Jesús también se iluminó, se volvió radiante y se transformó totalmente por la comprensión íntima de que su trabajo y sufrimiento no serían en vano. — Ojalá también nosotros experimentemos momentos en que nuestros rostros se iluminen con profunda felicidad y en que proyectemos esa irradiación a los rostros y corazones de nuestros hermanos. — En esta eucaristía le pedimos al Señor que se digne obrar esta transfiguración en nosotros y que nos capacite para compartirla con los demás.
Acto Penitencial
De nosotros se espera que seamos hijos de la luz;
sin embargo, con frecuencia
preferimos la tiniebla del pecado.
Busquemos humildemente al Señor
para que nos perdone.
(Pausa)
Señor Jesús, luz del Padre, ilumina nuestros rostros y corazones con tu amor, que nos perdona y regenera.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, gloria del Altísimo, ilumina nuestros rostros y corazones con tu fuerza y tu amistad.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, luz del mundo, ilumina los rostros y los corazones de todos con el mensaje de la Buena Nueva de salvación.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdona todos nuestros pecados. Ilumina nuestra vida con tu presencia y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para pedir la alentadora luz de Cristo,
que nos guíe en nuestro caminar.
(Pausa)
Oh Dios grande y santo:
En su caminar hacia su pasión y muerte
diste a tu Hijo Jesucristo,
en la experiencia de su Transfiguración
en el monte Tabor,
un vislumbre de la gloria que le esperaba
cuando resucitara de entre los muertos.
En la monotonía dura
y en el sufrimiento de nuestra vida,
así como en nuestros esfuerzos tantas veces frustrados
para transformar esta nuestra tierra,
queremos que brille sobre nosotros
y sobre nuestros hermanos
un rayo de esperanza.
Que tu luz ilumine nuestro rostro
y nos aúpe y sostenga en el camino hacia ti
y en la difícil y tortuosa vereda
hacia tu justicia y amor
en este nuestro mundo egoísta e injusto.
Te lo pedimos por Cristo,
glorioso y transfigurado, nuestro Señor.
Primera Lectura (Gen 15,5-12. 17-18): Una Antorcha Ardiendo y una Alianza
En el momento en que la fe de Abrahán es seriamente probada, Dios le da esperanza; Dios se vincula a Abrahán con una Alianza; y, con el símbolo de la antorcha encendida, Dios muestra que él está presente.
Segunda Lectura (Flp 3,17 – 4,1): Transfiguración del Cristiano en Cristo
La gracia salvadora de Cristo transfigurará nuestra humanidad a imagen y semejanza de la humanidad resucitada del Señor.
Evangelio (Lc 9,28b-36): Un Destello de la Gloria del Señor
Antes de que Jesús partiera ya hacia Jerusalén, camino de su pasión y muerte, brilló sobre él un vislumbre de su resurrección y gloria, para fortalecerle en su propia fidelidad y para animar a sus discípulos en su fe.
Oración de los Fieles
Dejemos que Cristo nos lleve a la alta montaña del Tabor, donde él quiere orar con nosotros, y digámosle:
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que nuestro Señor, Jesús, dé a su Iglesia una clara visión de cómo puede unir a todos los pueblos y culturas, enriquecerse con ellas, y manifestar su única fe en una variedad de lenguas y de formas de expresión, roguemos al Señor.
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que nuestro Señor, Jesús, dé a los gobernantes y líderes de las naciones una clara visión del futuro, y les disponga a transformar este nuestro mundo trabajando animosamente por la justicia, el bienestar y la paz.
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que nuestro Señor, Jesús, dé una clara visión a los dotados de talentos y de posesiones, de cómo pueden compartir sus bienes y su amor para así transformar la pobreza y miseria de sus hermanos en bienestar y felicidad, roguemos al Señor.
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que nuestro Señor, Jesús, dé a los jóvenes una clara visión de servicio generoso y de dedicación altruista, para que su fe les enseñe a transformar este mundo con su esperanza y su juventud, roguemos al Señor:
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que el Señor, Jesús, dé a los que sufren una clara visión de cómo unir sus penas, quebrantos y preocupaciones a los de nuestro Señor sufriente, para que se aúpen por encima de sus problemas y dificultades, roguemos al Señor:
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Para que el Señor, Jesús, nos dé a las comunidades cristianas y a nosotros, sus miembros, una clara visión de cómo podemos estar unidos, respetarnos mutuamente, aceptarnos los unos a los otros y perdonarnos los errores y ofensas, roguemos al Señor:
R/ Señor, ilumina y transforma nuestra vida.
Señor Jesucristo, escucha nuestra oración, muéstranos tu rostro transfigurado y acompáñanos en penas y alegrías en nuestro caminar hacia tu Padre y nuestro Padre, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Pan y vino son los dones que te presentamos sobre el altar.
Así como la apariencia de Jesús,
hombre como nosotros,
se transformó por la luz de la gloria,
que este alimento y bebida cotidianos
se transformen ahora
en el cuerpo y la sangre de tu Hijo muy querido.
Ayúdanos a escuchar su palabra,
y aliméntanos con su cuerpo eucarístico,
para que nos convirtamos, y nos adhiramos
a los sentimientos y actitudes,
a la mentalidad y estilo de vida
del mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Jesucristo está aquí siempre con nosotros de diversas formas: en esta eucaristía, en la vida de cada día, e incluso en nuestras penas, zozobras y dolores. Agradezcamos al Padre por darnos ahora el mejor don: a su Hijo Jesucristo.
Invitación al Padre Nuestro
Jesús nos enseñó a orar a nuestro Padre en el cielo.
Con el Hijo amado del Padre oremos:
R/ Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
y danos la paz en nuestros días.
Danos fortaleza en nuestras pruebas,
y ayúdanos a marchar sin miedo
por el camino de la Cruz victoriosa
hasta que nos lleves a tu luz eterna
en el día de la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
de quien el Padre afirmó en el Tabor:
“Éste es mi Hijo amado; escúchenle”.
Dichosos nosotros al recibir en esta comunión
su cuerpo glorioso y resucitado.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
En esta eucaristía tu Hijo nos ha inspirado
con una clara visión:
cómo nuestras luchas,
nuestros esfuerzos para transformarnos
y para cambiar el mundo,
llevan a la alegría de la victoria sobre el mal,
sobre el dolor y la muerte.
Que el pan de vida de tu Hijo nos provea
con la fuerza para unirnos a él en su pasión,
para que también participemos de su gloria
y demos testimonio de que nuestra fe
es Buena noticia de alegría, de luz y de vida.
Te lo pedimos en el nombre
del mismo Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Hemos escuchado hoy, en el evangelio, cómo un vislumbre de su propia gloria futura iluminó anticipadamente el rostro de Jesús y le dio valor para afrontar su pasión y muerte.
Que su palabra de hoy, tan alentadora, alce también, en momentos de prueba, nuestros corazones; y que nosotros, por nuestra parte, iluminemos también el rostro de los que sufren. Que el Señor nos dé esta experiencia de esperanza y amor. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
TRANFIGURADOS, NO DESFIGURADOS
Después del desierto y (la victoria sobre) las tentaciones, la montaña y la Transfiguración. Como cada año, la Liturgia nos va colocando en clave de Pascua, para que aprovechemos este tiempo de Cuaresma.
Si del Evangelio del domingo pasado (el de las tentaciones de Jesús) podemos decir que sabía a Pascua, también lo podemos decir del Evangelio de hoy. Aquel sabía a Pascua porque en él Jesús afronta un difícil combate; pero también aparece victorioso. Así se anticipaban el último combate y la victoria definitiva del Señor que es la Pascua. Hoy, de nuevo, nos hallamos ante otro episodio singular, y con el mismo sabor a Pascua.
Hoy no es el diablo el que habla con Jesús. Son dos personajes muy significativos del Antiguo Testamento: Moisés (del que no se conocía el lugar de su enterramiento) y Elías (que fue arrebatado por los aires en un carro de fuego), que hablan con Él sobre su muerte. Dos personajes con un final misterioso. Y Jesús está vestido de blanco, el color de la victoria. Los dos hablan con Jesús, insinuando que es un profeta mayor que ellos, y que su fin será incluso superior al de los dos. Por eso sabe a Pascua este interesante relato.
Es necesario pasar por la prueba, para llegar al final del camino. Es necesario decir “sí” a Dios, para que sepamos qué quiere de verdad de nosotros, Es la experiencia de Abrán, que para convertirse en Abrahán tiene que estar dispuesto a sacrificar a su hijo primogénito. Hoy Dios le hace varias interpelaciones. A cada intervención del Señor responde con un «Amén» total, asintiendo plenamente: toda su vida está anclada en la roca firme de la Palabra del Señor. Dios acoge como sacrificio perfecto esta fe obediente: y «se lo contó en su haber «.
Es interesante contemplar cómo solo Dios cumple el rito de la alianza. Abrahán no pasa entre las carnes de los animales. La promesa de Dios es absolutamente incondicional; no pide nada a cambio. Sabe que no puede pedir nada porque los hijos del patriarca serán frecuentemente infieles e incrédulos. Pero mucho. Durante el Éxodo llegarán incluso a pensar que el Señor los condujo al desierto para hacerlos desaparecer. Las promesas de Dios al hombre son siempre gratuitas. Los profetas presentan a Dios siempre y en toda circunstancia como el esposo fiel, aunque la esposa lo traicione (cf. Is 54,5-10). El Amor de Dios no se rinde ante ninguna traición.
Pero siempre hay “enemigos de la cruz de Cristo”. Personas que no quieren o no pueden aceptar ese amor incondicional. Prefieren seguir apegados a la observancia de las normas, para vivir más seguros. A ellos se refiere el apóstol Pablo en la segunda lectura. Reducen la fe al cumplimiento de normas como la circuncisión, la prohibición de comer ciertos alimentos, los ayunos exagerados… En realidad, todas esas conductas se refieren al vientre.
Según estos criterios, para ser “amigo de la cruz de Cristo” habría que sufrir, hacer sacrificios, mortificarse… Mortificarse es, de alguna manera, morir, y nosotros generalmente no queremos morir, sino vivir. Eso sí, entendiendo bien lo que es la vida de verdad, una vida en libertad, con Cristo y en Cristo. Porque los amigos de la cruz de Cristo debemos renunciar a lo que no es vida. Para eso, debemos dejarnos transformar por el Señor, nuestro Salvador. Porque somos ciudadanos del Cielo, y nos espera la transformación de nuestro cuerpo mortal, según el modelo del cuerpo glorioso del Resucitado. En este mundo estamos de paso, somos nómadas, como Abrahán.
Y llegamos a la experiencia de los discípulos en el monte Tabor. De aquellos que acompañan a Jesús a la montaña, para orar. Es interesante detenerse en esta experiencia de los apóstoles. Pasan por diversas fases; casi se quedan dormidos, quedan deslumbrados por la luz del encuentro de Cristo con Moisés y Elías… Es posible que nosotros pasemos por esas fases, también. Su sopor puede ser nuestro sopor, y su deslumbramiento nuestra iluminación. Nosotros podemos subir con Jesús al monte, y ese monte se llama oración.
El sopor de Abrahán y el sopor de los Apóstoles son el preludio del descubrimiento de algo grande, la certeza de que el Señor va a hacer cosas extraordinarias en sus vidas. Dios se va abriendo, se revela de manera progresiva, porque las cosas de Dios nos son fáciles de entender. Los mismos Apóstoles no entendieron hasta después de la Resurrección quién era Cristo. Quizá intuyeron que estaban ante un personaje singular, incluso extraordinario, pero, en ningún caso, ante el mismísimo Dios. Pero cada explicación, cada encuentro, cada milagro iba dejando sitio en su alma, iba preparando el espíritu para el futuro. Y eso es lo que debe hacer en cada uno de nosotros este tiempo de Cuaresma.
No resulta sencillo adentrarse en el sentido de la Cuaresma viviendo en un mundo que se preocupa, en general, solamente de vivir sin problemas. Muchos sólo quieren gozar de la vida. Está claro que el gozo, la alegría no se contraponen con nuestra vida de cristianos. No se trata de vivir en la tristeza perpetua. Pero hay formas de gozar que no son compatibles con nuestra vida de cristianos. Es importante tener los ojos del alma bien abiertos, para ver las iluminaciones que el Señor nos envía. Saber distinguir lo que nos hace bien y lo que nos perjudica. Dejarse empapar por el paso de Dios por nuestra vida, como hicieron los Apóstoles.
Hay que ser humilde, asumir que no podemos llegar solos a los objetivos que nos marca el Maestro, pero siempre con fe, sabiendo que nos dará señales y fuerzas para que podamos andar por el camino recto y seguro. Existe la tentación de hacer tres tiendas, como quería Pedro, pero hay que bajar del monte y seguir caminando. Siempre con fe y esperanza. Fe y esperanza, especialmente en este año jubilar, en el que se nos invita a ser “peregrinos de la esperanza”, aprovechando esta Cuaresma. Porque tras ella llega la Pascua, y en la Resurrección de Cristo debe estar fijada nuestra mirada. Sabemos lo que nos espera, y es algo bueno, muy bueno.
Por eso los discípulos de hoy nos reunimos cada domingo, para celebrar la Eucaristía, anticipo de la Pascua eterna. Subimos al monte y en el monte vemos el rostro del Señor transfigurado, el que se hizo pan para alimentarnos, que entregó toda su vida; y tiene esta propuesta que nos hace: ‘Une tu vida a la mía’. Es la voz del cielo que nos dice: “Si queréis asegurar vuestra, si queréis realmente ser hijos del Padre del cielo, escuchadlo”. Los Discípulos, al bajar del monte, guardaron silencio. Nosotros hoy, saliendo de nuestra parroquia podemos, por el contrario, anunciar a todos lo que la fe nos ha hecho comprender: quien da la vida por amor entra en la gloria de Dios.
EVANGELIO
Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,28b-36
En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que se iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
- Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
- Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
Palabra de Dios.
ESCUCHAR A JESÚS
Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente "La transfiguración del Señor". Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una "teofanía" o revelación de Dios.
Sin embargo, el evangelista Lucas ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño e inverosímil. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente "para orar", no para contemplar una transfiguración.
Todo sucede durante la oración de Jesús: "mientras oraba cambió el aspecto de su rostro ". Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues "se caían de sueño" y solo "al espabilarse", captaron algo. Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que "no sabía lo que decía".
Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube. Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, de aquella nube sale una voz: "Este es mi Hijo elegido; escuchadlo". La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente "interiorizar" nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.
ESCUCHAR SOLO A JESÚS
Escuchadlo.
La escena es considerada tradicionalmente como "la transfiguración de Jesús". No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato. Sólo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.
En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, sólo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.
Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.
La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Éste es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.
Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.
Hay algo que sólo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son "relatos de conversión" que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.
Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.
EXPERIENCIA NUEVA
Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.
Para captar la verdadera identidad de Jesús, lo más decisivo no es estudiar, sino vivir una experiencia diferente: subir con él a lo alto de una montaña. Levantar el espíritu, mirar la vida desde un horizonte más elevado y no dejarnos arrastrar siempre por la rutina y la inercia que tiran de nosotros hacia abajo. Es lo primero que nos dice el relato de la «transfiguración de Jesús».
La escena es atractiva. Mientras Jesús «ora», el aspecto de su rostro cambia. Los discípulos que están orando con él, comienzan a verlo de otra manera. Es Jesús, su maestro querido de siempre, pero en su rostro comienzan a contemplar el destello de algo nuevo.
Sin embargo, junto a él siguen viendo a dos personajes muy queridos por la tradición judía. Moisés, el hombre que ha guiado al pueblo hasta el país de la libertad y le ha dotado de leyes y normas para vivir en paz. Y Elías, el profeta de fuego, que ha luchado contra nuevos ídolos que han surgido en Israel.
Los discípulos no parecen entender gran cosa. Están como aturdidos por el sueño. Pedro propone hacer tres tiendas, una para cada uno. No ha captado la novedad de Jesús. Lo pone en el mismo plano que a Moisés y Elías.
La voz que sale de una nube lo aclara todo: Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadle a él. No escuchéis a Moisés o Elías, escuchad a Jesús. Sólo él es el Hijo. Escogedle a él porque es el escogido por Dios.
Los cristianos hemos de poner en el centro de nuestra fe a Jesús, no a Moisés. Dejarnos conducir por Jesús hacia el amor, no hacia la ley. Es un error confundir a Dios con un conjunto de obligaciones interiorizadas durante años en nuestra conciencia. Dios está más allá de esas leyes. Quien escucha a Jesús lo va encontrando como fuente de Amor.
Hemos de poner en el centro de nuestro corazón a Jesús, no a Elías. Nadie como él puede liberarnos de los ídolos que albergamos dentro de nosotros. Ídolos construidos por nuestros miedos, fantasmas y deseos de seguridad y bienestar. Es muy difícil quitarle a uno sus «dioses», pues se queda como vacío e indefenso. Quien escucha a Jesús se va llenando de la fuerza y de la vida que da Dios.
¿A QUIÉN ESCUCHAR?
Escuchadlo.
Los cristianos han oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente «la transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogida en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar la «realidad oculta» encerrada en Jesús y les invitaba a «escucharle» sólo a él.
En la cumbre de una «montaña alta» los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego, que defendió a Dios con celo abrasador.
La escena es sugerente. Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: sólo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: sólo éste tiene la última palabra. Sólo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.
Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. La Ley y los Profetas siguen ocupando el sitio de siempre. No ha captado la novedad de Jesús. La voz salida de la nube va a aclarar las cosas: «Este es mi Hijo amado. Escuchadle». No hay que escuchar a Moisés o Elías sino a Jesús, el «Hijo amado». Sólo sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.
Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin, estás escuchando a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué y para qué hay que vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y más digno del ser humano.
Entre los seguidores de Jesús no se vive de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el evangelio y sólo el evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho colectivo más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podrán sentir su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más sentido y responsabilidad, construyendo un mundo más habitable.
PERDIDOS
Escuchadlo.
Uno de los datos más importantes del hombre contemporáneo es lo que los expertos llaman «pérdida de referentes». Todos lo podemos comprobar: la religión va perdiendo fuerza en las conciencias; se va diluyendo la moral tradicional; ya no se sabe a ciencia cierta quién puede poseer las claves que orienten la existencia.
Bastantes educadores no saben qué decir ni en nombre de quién hablar a sus alumnos acerca de la vida. Los padres no saben qué «herencia espiritual» dejar a sus hijos. La cultura se va transformando en modas sucesivas. Los valores del pasado interesan menos que la información de lo inmediato.
Son muchos los que no saben muy bien dónde fundamentar su vida ni a quién acudir para orientarla. No se sabe dónde encontrar los criterios que puedan regir la manera de vivir, pensar, trabajar, amar o morir. Todo queda sometido al cambio constante de las modas o de los gustos del momento.
Es fácil constatar ya algunas consecuencias. Si no hay a quién acudir, cada uno ha de defenderse como pueda y construir a solas su existencia. Algunos viven con una «personalidad prestada» alimentándose de la cultura de la información. Hay quienes buscan algún sucedáneo en las sectas o adentrándose en el mundo seductor de lo «virtual». Por otra parte, son cada vez más los que viven perdidos y como indefensos ante la existencia. No tienen meta ni proyecto. Pronto se convierten en presa fácil de cualquiera que pueda cubrir sus deseos inmediatos.
Necesitamos reaccionar. Vivir con un corazón más atento a la verdad última de la vida; detenernos para escuchar las necesidades más hondas de nuestro ser; sintonizar con nuestro verdadero yo. Tal vez entonces se despierte en nosotros la necesidad de escuchar un mensaje diferente. Tal vez entonces hagamos un espacio mayor a Dios.
La escena evangélica de Lucas recobra un hondo sentido en nuestros tiempos. Según el relato, los discípulos «se asustan» al quedar cubiertos por una nube. Se sienten solos y perdidos. En medio de la nube escuchan una voz que le dice: «Éste es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo». Es difícil vivir sin escuchar una voz que ponga luz y esperanza en nuestro corazón.
ESCUCHADLE
Éste es mi Hijo... escuchadle.
Se ha dicho que los hombres y mujeres de hoy, sumidos en una civilización inmisericorde donde mandan el dinero, el mercado, la competitividad, el fracaso de los débiles y el triunfo de los fuertes, corremos el riesgo de olvidar qué significa ser «humano». Cada vez nos parece más normal vivir para ganar, poseer y triunfar. ¿Quién va a pensar en crecer como persona y ser cada día mejor en una cultura donde parece prohibida la piedad, el perdón o cualquier signo de debilidad por el que sufre?
Estremece escuchar a ensayistas lúcidos como Jean Onimus cuando nos hacen ver cómo está emergiendo una sociedad mecanizada y sin espíritu que, arruinada por la sed alocada de consumo y esclavizada por su propia técnica, «hace callar a los poetas... transforma la música en estrépito, la danza en gimnasia deportiva, y el amor en proezas fisiológicas».
Está emergiendo entre nosotros un hombre inteligente, hábil, organizado, pero sin corazón, sin conciencia y sin profundidad. Un hombre sin inquietud espiritual y sin preguntas. El «hombre ideal» para una sociedad perfectamente organizada y programada donde el principal objetivo es que la vida «funcione».
Sería, sin embargo, un error quedarnos en visiones catastrofistas. Es fácil apreciar ahora mismo el deseo creciente por encontrar una luz nueva. ¿Dónde hay un sentido, un ideal capaz de iluminar el horizonte? ¿Dónde podemos encontrar una utopía que nos mantenga en pie? ¿Quién puede hacer a este hombre más humano? ¿Quién puede despertar de nuevo la esperanza?
Las Iglesias no parecen responder a lo que espera y necesita el hombre moderno. Sus doctrinas se convierten con frecuencia en abstracciones que apenas interesan a nadie. Sus esquemas mentales, sus costumbres y tradiciones pertenecen al pasado. Su palabra parece haberse secado. También ellas necesitan que alguien despierte su espíritu.
Hoy más que nunca hemos de orientar nuestro corazón hacia Cristo. Él es el único que puede decirnos algo nuevo y diferente. El relato evangélico nos recuerda la invitación divina: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle. »
LECTIO DIVINA
Escuchadlo.
Entre todos los métodos posibles de leer la Biblia desde la fe se está revalorizando cada vez más en algunos sectores cristianos el todo llamado «lectio divina» muy apreciado en otros tiempos, sobre todo, en los monasterios. Consiste fundamentalmente en una lectura meditada de la Biblia, orientada directamente a suscitar el encuentro con Dios y la escucha de su Palabra en el fondo del corazón. Esta forma de leer el texto bíblico exige dar diversos pasos.
Lo primero es leer el texto tratando de captar su sentido original y evitando cualquier interpretación arbitraria o subjetiva. No es legítimo hacerle decir a la Biblia cualquier cosa, tergiversando su sentido real. Hemos de comprender el texto empleando todas las ayudas que tengamos a mano: una buena traducción, las notas de la Biblia, algún comentario sencillo.
La meditación supone un paso más. Ahora se trata de acoger la Palabra de Dios meditándola en el fondo del corazón. Para ello se comienza por repetir despacio las palabras fundamentales del texto tratando de asimilar su mensaje y hacerlo nuestro. Los antiguos decían que es necesario «masticar» o «rumiar» el texto bíblico, «hacerlo descender de la cabeza al corazón». Este momento pide recogimiento y silencio interior, fe en Dios que me habla, apertura dócil a su voz.
El tercer momento es la oración. El lector pasa ahora de una actitud de escucha a una postura de respuesta. Esta oración es necesaria para que se establezca el diálogo entre el creyente y Dios. No hace falta para ello hacer grandes esfuerzos de imaginación ni inventar hermosos discursos. Basta preguntarse con sinceridad. «Señor, ¿qué me quieres decir a través de este texto?, ¿a qué me llamas en concreto?, ¿qué confianza quieres sembrar en mi corazón?»
Se puede pasar a un cuarto momento que suele ser designado como contemplación o silencio ante Dios. El creyente descansa en Dios acallando otras voces. Es el momento de estar ante él escuchando sólo su amor y su misericordia, sin ninguna otra preocupación o interés.
Por último, es necesario recordar que la verdadera lectura de la Biblia termina en la vida concreta y que el criterio para verificar si hemos escuchado a Dios es nuestra conversión. Por eso es necesario pasar de la «Palabra escrita» a la «Palabra vivida» y pensar qué cambio o transformación nos exige la Palabra de Dios que hemos escuchado. San Nilo, venerable Padre del desierto decía: «Yo interpreto la Escritura con mi vida. »
Según el relato lucano de la escena del Tabor, los discípulos escuchan esta invitación: «Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo. » Una forma de hacerlo es aprender a leer el evangelio de Jesús con este método de lectura.
MIEDO AL SILENCIO
Se asustaron al entrar en la nube.
El hombre contemporáneo se está quedando poco a poco sin silencio. El ruido se va apoderando de los ambientes y los hogares, de las mentes y los corazones, impidiendo a las personas vivir en paz y armonía.
Sería una ingenuidad pensar que el ruido sólo está fuera de nosotros, en el estrépito de la motocicleta que pasa o el alboroto del piso vecino. El ruido está dentro de cada uno, en esa agitación y confusión que reina en nuestro interior o en esa prisa y ansiedad que nos destruye desde dentro.
Incluso podemos decir que crispaciones y problemas externos que atormentan a muchos son, con frecuencia, una proyección de problemas y desequilibrios que no han sido resueltos en el silencio del corazón.
Por eso, el silencio no se recupera solamente insonorizando las habitaciones del hogar o retirándose al campo durante el fin de semana. Es necesario, sobre todo, aprender a entrar en uno mismo y crear ese clima de recogimiento personal indispensable para reconstruir nuestro interior.
La persona cogida por el ruido y la agitación corre el riesgo de no conocerse a sí misma sino de manera superficial. Por eso, tal vez, lo primero es encontrarnos con nosotros mismos. Conocer mejor a ese personaje extraño que se agita a lo largo del día y que soy «yo» mismo.
Esto sólo es posible cuando uno se atreve a poner en orden esa confusión interior, haciéndose las preguntas fundamentales de todo ser humano: «Qué busco yo en la vida? ¿Por qué me afano? ¿Qué amo? ¿Dónde pongo yo mi felicidad?»
Preguntas que se nos pueden hacer insoportables pues fácilmente despiertan en nosotros sensaciones diversas de fracaso, mediocridad, pecado o desesperanza. Entonces el silencio se hace oscuro y tenebroso. Da miedo entrar en uno mismo y penetrar en el fondo de la existencia.
Así se encuentran aquellos discípulos a los que Jesús ha alejado del ruido y la agitación, para conducirlos a lo alto de una montaña a orar. Se asustan al entrar en la nube que comienza a cubrirlos. Su temor sólo desaparece cuando, desde el interior de la nube, escuchan una voz que les dice: «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
El creyente nunca está solo en su silencio. Alguien lo acompaña y sostiene desde dentro. Siempre puede escuchar esa voz de Jesucristo que comprende nuestras equivocaciones, perdona nuestro pecado y despierta de nuevo en nosotros la esperanza.
CARICATURAS DE DIOS
Escuchadle a Él.
Uno de los mayores riesgos de los creyentes es ir llenando la palabra “Dios” de cualquier contenido y seguir pensando todavía que uno cree e invoca al Dios verdadero.
Más aún. Con bastante frecuencia, nuestra imagen deformada de Dios puede ser, de manera inconsciente, el mayor obstáculo para descubrir el verdadero rostro de Dios.
Los Obispos nos han recordado las deformaciones más usuales entre nosotros. Deformaciones que cuando se viven de manera extrema son auténticas caricaturas de Dios.
El “Dios intimista” que nos compensa de nuestras frustraciones, nos consuela en nuestras tribulaciones y nos tranquiliza en la ansiedad, pero no nos estimula a vivir la fraternidad y la solidaridad con el necesitado.
El “Dios de nuestros intereses” puesto al servicio de cruzadas y estrategias políticas diferentes, utilizado para “rearmes religiosos” interesados y apoyo de ideologías de un signo y otro.
El “Dios popular” con quien se negocian favores temporales y eternos a base de promesas, ritos y oraciones.
El “Dios riguroso” y terrible, reflejo de una sociedad autoritaria, en quien es difícil confiar o el “Dios permisivo” y complaciente de los nuevos tiempos, que no exige ni inquieta porque le hacemos decir sólo lo que queremos oír de Él.
El “Dios encerrado” en una parcela privada de nuestra vida, que no tiene apenas influencia alguna en esferas importantes de nuestra vida como los negocios, la profesión, la actividad pública o el comportamiento sexual.
El “Dios irrelevante” que no tiene apenas impacto alguno en la vida real de cada día y cuya desaparición no cambiaría de manera notable la existencia de ios que se dicen creyentes.
¿Dónde purificar nuestras imágenes deformadas de Dios y descubrir cada vez con más pureza el verdadero rostro de Dios?
El verdadero camino es Jesucristo. Los discípulos han escuchado la invitación: “Este es mi Hijo escogido. Escuchadle a Él”.
Los Obispos nos lo vuelven a recordar en esta cuaresma. Para acoger al verdadero Dios es necesario seguir a Jesús, escuchar su mensaje, vivir su experiencia, dejarse animar por su Espíritu.
Los creyentes no deberíamos olvidar que una de las primeras tareas de toda generación cristiana es purificar su fe de tantas adherencias y deformaciones, volviendo de nuevo a Jesucristo.
¿DONDE ESCUCHAR LA BUENA NOTICIA?
Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo.
Nos habíamos llegado a creer que el progreso científico y el desarrollo de la técnica iban a ofrecernos por fin la felicidad y el sosiego que anda buscando siempre nuestro corazón.
Hoy nos vemos obligados a abrir los ojos y reconocer que el progreso técnico ha sido fuente de bienestar y de elevación humana, pero que ha generado también dolorosas esclavitudes.
Las soluciones que hemos encontrado hasta ahora son «respuestas incompletas a las aspiraciones humanas». Poco a poco, se va extendiendo entre nosotros la oscura sensación de que el hombre no es capaz de salvarse radical y totalmente a sí mismo.
Tenemos medios de vida pero no sabemos exactamente para que vivir. Nos lanzamos al disfrute intenso de la vida, pero nos sentimos cada vez más insatisfechos.
Deseamos y necesitamos paz pero presentimos que la misma supervivencia del hombre está gravemente amenazada por el militarismo, el terrorismo y las modernas armas nucleares.
Los jóvenes han buscado, por su parte, en la «liberación sexual» una nueva plenitud. Pero muchos de ellos se debaten hoy entre el aburrimiento de la vida, la tentación de la droga y el fantasma del paro.
El hombre de hoy inseguro e insatisfecho comienza a buscar algo nuevo. Las nuevas generaciones viven decepcionadas pero expectantes. Están cayendo innumerables sueños y esperanzas, pero la humanidad busca «el resurgir de la esperanza». ¿Dónde escuchar la Buena Noticia que estamos necesitando oír?
El relato evangélico nos recuerda aquella voz que conmovió a los discípulos y que debería resonar también hoy en el corazón de esta profunda crisis que vive la humanidad: «este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
Pero, ¿dónde escuchar hoy la Buena Noticia de Jesús? ¿Dónde comprobar la energía salvadora y humanizadora que encierra el proyecto de vida impulsado por Cristo? ¿Dónde encontrarse con la fuerza liberadora del evangelio?
Los Obispos nos hacen una llamada urgente en su carta pastoral. Sólo unas iglesias que se esfuerzan por ser coherentes con las exigencias del evangelio podrán tener la credibilidad suficiente como para ofrecer a Cristo como «la clave, el centro y el fin de la historia humana».
Sólo unos hombres que sepan vivir como «hombres nuevos», liberados de tantas «esclavitudes modernas», con un estilo de vida sencillo, solidario y servicial, animados por una profunda alegría interior, incansables en su fe en el Padre, pueden hacer creíble hoy el evangelio de Jesucristo.
VIVIR ANTE EL MISTERIO
Este es mi Hijo... Escuchadle.
El hombre moderno comienza a experimentar la insatisfacción que produce en su corazón el vacío interior, la banalidad de lo cotidiano, la superficialidad de nuestra sociedad, la incomunicación con el misterio.
Son bastantes los que, a veces de manera vaga y confusa, otras de manera clara y precisa, sienten una decepción y un desencanto inconfesable frente a una sociedad que despersonaliza a los hombres, los aliena y vacía interiormente y los incapacita para abrirse al Trascendente.
El hombre actual ha absolutizado el poder de la razón y no tolera que algo se le escape a su dominio todopoderoso.
La trayectoria seguida por la humanidad es fácil de describir. El hombre ha ido aprendiendo a utilizar con una eficacia cada vez mayor el instrumento de su razón.
Ha ido acumulando un número cada vez mayor de datos. Ha sistematizado sus conocimientos en ciencias cada vez ms complejas. Ha transformado las ciencias en técnicas cada vez ms poderosas para dominar el mundo y la vida del hombre.
Este caminar apasionante del hombre a lo largo de los siglos tiene un riesgo. Inconscientemente, hemos terminado por creer que la razón nos llevará a la liberación total.
El hombre actual no acepta el misterio. Y, sin embargo, el misterio está presente en lo más profundo de nuestra existencia.
El hombre puede conocer y dominar todo. Pero no puede conocer y dominar ni su origen ni su destino último. Y lo más racional sería reconocer que estamos envueltos en algo que nos trasciende y que la vida del hombre se debe mover humildemente en un horizonte de misterio.
En el mensaje de Jesús hay una invitación escandalosa para los oídos modernos: No todo se reduce a la razón. El hombre debe aprender a vivir ante el misterio. Y el misterio tiene un nombre. Dios, nuestro Padre, que nos acoge y acepta radicalmente y nos llama a vivir como hermanos.
Quizás el mayor problema del hombre contemporáneo sea el haberse incapacitado para orar y dialogar con un Padre. Estamos huérfanos y no acertamos a entendernos como hombres radicalmente hermanos.
También hoy, en medio de nubes y oscuridad, se puede oír una voz que nos sigue asustando a los hombres: «Este es mi Hijo... Escuchadle».
J. TOTOSAUS
1.¡Qué contraste entre el domingo pasado y hoy! Si el domingo pasado veíamos a Jesús en el desierto, que ayuna y es tentado, hoy le vemos arriba del monte, con el vestido blanco y el rostro resplandeciente. Así es también nuestra vida. Hay momentos de todo y épocas distintas. Pero los cristianos tenemos la suerte de vivir la vida acompañados, porque Jesús se ha mostrado hombre como nosotros y ha conocido las múltiples situaciones de nuestra vida.
2. Este contraste expresa también, gráficamente, el camino que sigue Jesús. De una vida que sabe de pruebas y contradicciones, y que termina con la muerte -¡y qué muerte!-, a la vida de resucitado y glorioso, a la derecha del Padre. También nosotros hacemos nuestro camino esperanzados: al final, encontraremos, como Jesús, la alegría definitiva, la luz sin ocaso, la vida en plenitud.
3. Sin embargo, no pensemos que se trata de dos realidades contrapuestas. Al contrario. ¿Os habéis fijado que -en el cénit de su gloria- Moisés y Elías hablan de la muerte de Jesús, que tenía que suceder en Jerusalén? Es importante que lo entendamos: Es porque Jesús ha vivido y ha muerto de esta manera que ahora es glorificado por el Padre. Por eso, cuando el Resucitado se encuentra con sus discípulos, después de Pascua, les muestra las manos y el costado traspasados. No se trata de una "comprobación", o de un "experimento", ni de ninguna "demostración". Se trata de decirnos a todos nosotros que Aquel en quien creemos y esperamos (el resucitado glorioso, el Señor de la historia, el principio y fin de todo) es aquel Jesús nacido de mujer, que ha recorrido los caminos de la Palestina de su tiempo, que ha sido probado, y que ha culminado su vida muriendo en la cruz, perforado por los clavos y por la lanza. Este es el camino que le ha conducido a la gloria.
Sí: la resurrección de Jesús es como el fruto de su vida y de su muerte en cruz. ¿Os fijasteis cómo empezaba el evangelio del domingo pasado? Decía: "Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu Santo lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo".
Ahí tenéis: el Espíritu conduce a Jesús durante toda su vida. Jesús es el hombre lleno del Espíritu de Dios: por eso es el Hijo de Dios. Jesús es el hombre fiel en todo al Espíritu de Dios. ¿Y cuál es el fruto de esta vida, cuál es su desenlace? La vida por siempre con Dios, el Padre, la glorificación, claro está. El Espíritu de Dios conduce a Jesús durante toda su vida terrena (sin ahorrarle nada de lo que forma parte de nuestra condición de hombres y mujeres), le resucita y glorifica.
4. "¿Qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas". La exclamación de Pedro recuerda aquellas palabras del poeta Maragall en su "Canto espiritual": "Yo que querría detener tantos instantes de cada día para hacerlos eternos en mi corazón". Pero todos sabemos por experiencia que no es posible detener el tiempo en aquel punto preciso que nos gusta y convertirlo en plenitud.
Sí: podemos "hacer eternos" momentos de gozo y felicidad; pero sólo dentro del corazón. La vida seguirá su curso, y después de unos días vendrán otros. El evangelio dice que Pedro "no sabía lo que decía": su gran felicidad le hacía soñar despierto.
5. La voz desde la nube, en cambio, sí sabia lo que decía: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle". Podríamos decir que todo el relato de la Transfiguración viene a ser como un gran decorado para que oigamos y hagamos caso de estas palabras. Por eso, "cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo". Se ha desvanecido la visión, se ha roto el encanto, ha sonado la última campanada de las doce, como en el cuento de la cenicienta. Quedan solamente las palabras desde la nube y queda Jesús. Solo: sin resplandores, sin compañías celestiales, sin nubes resplandecientes, sin voces extraordinarias. La vida sigue. La vida de cada día, con sus luces y sus sombras. Pero con Jesús.
6. El relato de la Transfiguración se sitúa en un momento clave de la vida de Jesús. Pasados los primeros entusiasmos, el pueblo empieza a desengañarse de aquel profeta, que no acaba de resolverle sus problemas. La gente importante (escribas, fariseos, sacerdotes del templo...) se ponen en guardia contra aquel predicador que dice cosas raras, que cuestiona su enseñanza y su manera de hacer. ¿Y si la aventura de Jesús terminara mal? El mismo ha empezado a insinuarlo. Los discípulos están desconcertados: "De ningún modo te sucederá esto", le había dicho Pedro. Y se llevó una buena reprimenda: "¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!" Pues bien: ahora la voz de la nube pone la rúbrica de Dios. El, el Padre, nos dice a todos que este Jesús es el Hijo, el escogido. Que tenemos que escucharle.
7. Afiancemos una vez más nuestra fe en Jesús. Afiancemos nuestra decisión de escucharle y seguirle. Dejémonos conducir, como él, por el Espíritu de Dios. También nosotros lo hemos recibido. También nosotros somos hijos de Dios. Por eso nos reunimos cada domingo y estamos convocados a celebrar la eucaristía. No para hacernos unas chozas y quedarnos ahí arrobados. Sino para alimentarnos con el pan de la eucaristía y volver después al trabajo de cada día: a las alegrías, a la lucha, al esfuerzo. Pero nunca solos. Con Jesús.
ALESSANDRO PRONZATO
1. "Pedro dijo a Jesús: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía".
Detengámonos en este aspecto curioso de Pedro "proyectista", que quería defenderse contra el apocalipsis inminente armando tres tiendas para capturar y prolongar aquella luz tan tranquilizadora, sin verse obligado a afrontar la oscuridad que se anuncia próxima.
Es curioso ver cómo el hombre se preocupa siempre de construir una casa a Dios quien, por el contrario, ha bajado a la tierra precisamente para habitar en la casa del hombre.
Mucha gente religiosa, cuando quiere honrar a Dios, cuando cree hacerle una cosa grata, no encuentra otra mejor que construirle una iglesia. No se les ocurre pensar que él desea vivamente instalarse en nuestra casa, en nuestra vida, en el centro de nuestros "quehaceres" cotidianos.
"Dios tiene necesidad de metros cuadrados", se leía en un anuncio publicitario (!) aparecido en los periódicos para la construcción de nuevas iglesias. Es probable que se contente con menos y, al mismo tiempo, pretenda más. El corazón del hombre es el "lugar" preferido por Dios. Y no es cuestión ni de ladrillos ni de metros cuadrados.
"No había sitio para ellos en la posada" (Lc 2,7). Hay gente que, evidentemente, se siente aún culpable por aquel desaire y quisiera remediarlo. Pero Jesús, a estas alturas, ya no acepta la posada. La hospitalidad que pretende es la doméstica.
El planteamiento de la tienda quizás responde al deseo inconsciente de tener a Dios a distancia, circunscribir su presencia en lugares y tiempos bien definidos. Pero él no se presta a nuestro juego. Con la encarnación ha elegido otro juego, que después es aquél, bastante serio, de la realidad nuestra de todos los días...
Me decía un viejo sacerdote: "Créeme, el misterio más difícil de digerir no es el de la Trinidad -no cuesta nada- sino el de la encarnación. ¿Entiendes?, ¿quién acepta tener a un Dios siempre entre los pies?..." Probablemente tenía razón. Muchos cristianos prefieren ir a buscar a Dios en su casa, mejor que dejarse encontrar por él en el propio domicilio miserable. Prefieren permanecer de rodillas durante un tiempo, y después una vez de pie, recorrer el propio camino sin el riesgo de encontrárselo al lado a cada momento. Cierto. Un Dios bajo la tienda no estorba, no molesta a nadie. Permanecer con Dios en la montaña puede ser hermoso. Lo malo es que él baja enseguida. Nos devuelve al asfalto, al tufo de los tubos de escape, a la multitud que te pisa los pies. Y allí, en mitad de toda aquella confusión, te lanza una propuesta:
-Es hermoso para mí estar aquí... Si quieres, entro bajo tu tienda... Demos juntos una ojeada al asunto. El sabe lo que dice... Por eso, quizás, nosotros quedamos a disgusto.
J. M. LEMANY
-Tentación de Jesús y tentación de Pedro
Para comprender la escena de la transfiguración de Jesús es necesario situarla en su contexto. En este caso la secuencia de acontecimientos en la liturgia es muy cercana a la evangélica.
El domingo primero de Cuaresma se leía en el evangelio la tentación de Jesús. Tentación simbólicamente triple, que puede resumirse en una: realizar su misión mesiánica en poder y prestigio o asumir hasta el fondo la condición humana aun en el fracaso y el sufrimiento. Ser un líder poderoso o un compañero vulnerable del hombre para así salvarlo. Jesús vence la tentación y no huye del camino de Jerusalén, donde va a ser reconocido Hijo de Dios precisamente en el momento de máxima humillación, la cruz. Pues bien, la escena de la transfiguración tiene lugar significativa- mente en el evangelio de Lucas "ocho días después de este discurso" (9,28). ¿Qué discurso? Aquél en que Jesús comunica a sus discípulos, después que le han reconocido como Mesías de Dios (9,20), que "tiene que padecer mucho, ser rechazado por las autoridades religiosas, sufrir la muerte y al tercer día resucitar" (9,22). Jesús, que ha superado su propia tentación de líder poderoso a "lo divino", confía su camino a los discípulos después que le han confesado como Mesías. Es más, se atreve a anunciar que "el que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo y cargue cada día con su cruz" (9,23). Pasajes paralelos de Marcos y Mateo nos cuentan la reacción de Pedro, que increpa a Jesús ante esa perspectiva. Pedro tiene una concepción del mesianismo de Jesús que éste no comparte. Si el domingo pasado contemplamos a Jesús venciendo la tentación sobre su camino mesiánico, en este domingo vemos a Pedro (y a la comunidad cristiana) tentados. Por eso, "ocho días después" de la confidencia de Jesús, en el evangelio de Lucas, y ocho días después del domingo de las tentaciones, en la liturgia, se nos proclama el evangelio de la transfiguración.
-Se los llevó a lo alto de la montaña:
Ante la incomprensión de los discípulos se los llevó "a lo alto de la montaña para orar" (9,28). La montaña bíblicamente es lugar donde se eleva uno sobre la cotidianiedad y se hace presente Dios. El camino hacia la cruz de Jesús va a pasar la prueba del refrendo de Dios. La oración tiene un doble efecto: actualizar esa relación con el Padre en la montaña y solicitar su apoyo para que los discípulos comprendan. El aspecto de su rostro cambió cuando entró en la esfera de relación con el Padre y resplandecía como depositario de "la gloria de Dios".
Es más: Moisés y Elías aparecen con gloria junto a Jesús. También ellos son, en esta escena, actores que representan no su propia opinión sino la receptividad ante Dios que deja reflejar su gloria en ellos. Son la Ley y los Profetas, es decir, todo el Antiguo Testamento. Como Moisés conversaba en la tienda con Dios, para recibir sus instrucciones, ahora conversa con Jesús acerca de su "éxodo", lo que la traducción litúrgica llama "muerte". Moisés y los profetas comprendieron en sus encuentros con Yahvé el sentido del gran éxodo de Israel y de los nuevos éxodos desde las nuevas cautividades. Éxodos de liberación. Ahora comentan con Jesús el éxodo definitivo, el paso de Jesús de la muerte a la vida, primogénito de una humanidad que ha de pasar también de la muerte a la vida.
-Un retiro interesado
El ambiente delicioso en lo alto de la montaña, el resplandor de los personajes, la transfiguración de Jesús, la lejanía de la dura realidad, hace que los discípulos estén encantados en este "retiro" en que trasciende la gloria de Dios. ¡Aquí sí que se encuentran a gusto! "¡Maestro, qué hermoso es estar aquí!" (9,33).
Pedro no sabía lo que decía. Porque el "retiro" a que les había invitado Jesús no era una evasión de la realidad de su camino, sino lo contrario. Era un retiro interesado. Mientras estaba hablando Pedro les cubrió una nube (todavía más claro signo de que efectivamente estaban cogidos por Dios) y una voz decía: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle". No sólo quien les hablaba de cruz es el Hijo, sino que del retiro tienen que salir con la decisión de escucharle en ese tema del que no querían ni oir hablar: el mesianismo de Jesús llegará a la vida a través del amor hasta la muerte.
-¿Silencio de Dios?
En nuestro tiempo hablamos mucho, demasiado, de silencio de Dios, de ausencia de Jesús. ¿No será que, como Pedro, le buscamos donde no está? Nos acercamos a los círculos de poder, a los triunfadores, a la Iglesia en su cara más imponente socialmente. Y no reconocemos a Dios. Vacío de Dios. Silencio de Dios. ¿Hemos probado a encontrarle junto a los que sufren y fracasan, junto a los que llevan su cruz propia o son crucificados por otro? ¿No será que confesamos, como Pedro, a Jesús como Mesías, pero seguimos sin aceptar su camino?
También nosotros necesitamos retirarnos a lo alto del monte para orar y entrar en la esfera de Dios. Pero ¿nuestros retiros espirituales, nuestra oración, es un entrar en la esfera de Dios para comprender su camino o un intento siempre necesariamente frustrado de hacer tres chozas para quedarnos allí y evadirnos de la realidad? Nuestra oración ¿es una relación con el Padre para oír su renovada invitación a escuchar a Jesús? ¿O es un lujo espiritual donde nos relajamos... para luego seguir nuestro propio camino, mientras nos obstinamos en afirmar que Dios calla?
J. M. BERNAL
El tema de la transfiguración, que se repite invariablemente en los tres ciclos, es el que confiere una fisonomía especial a este segundo domingo de cuaresma. Ahí está pues, la clave de la interpretación ajustada del tema.
1. En lo alto de la montaña.
La Cuaresma constituye una invitación permanente a subir a los alto de la montaña, junto con el Señor y en compañía de sus discípulos más adictos. Allí nos dedicaremos a orar, a dejarnos invadir por el poderoso resplandor de su presencia luminosa. En la soledad de la montaña (=en la intimidad del corazón) es donde el Señor se manifiesta a los suyos, donde les descubre el resplandor de su rostro.
2. Moisés y Elías.
Son los dos personajes misteriosos que acompañan a Jesús en el momento de la transfiguración. Ellos representan a la Ley y a los Profetas. Cristo transfigurado, en medio de ellos, se nos manifiesta como la culminación definitiva de la ley y de los profetas, es decir, del Antiguo Testamento . En él queda cumplida la esperanza mesiánica del Pueblo de Israel. En él llega a su punto culminante la Historia de la Salvación. En él la humanidad ha quedado definitivamente salvada.
3. El simbolismo de los números.
NU/000040-DIAS-AÑOS NU/000006:
Los antiguos gustaban de jugar con el simbolismo de los números. El número cuarenta es uno de esos números cargados de simbolismo. Por eso los años que pasó Israel en el desierto fueron cuarenta, y cuarenta los días que pasó Jesús. Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches en el Sinaí. Elías caminó hacia el monte Horeb también por espacio de cuarenta días y cuarenta noches. La coincidencia en el número denota su densidad simbólica. No se trata de hacer malabarismos con los números en la homilía. Pero sí conviene saber que este número es símbolo de preparación. Además las seis semanas que contiene la cuaresma son imagen de la vida temporal; mientras la siete de las cincuentena pascual simbolizan la vida futura, la vida eterna. Por eso Pascua es el paso de este mundo (simbolizado en el número "seis") a la vida en comunión con el Padre (Número "siete" 7).
4. La cruz y la gloria.
Es sorprendente que Moisés y Elías, "que aparecieron con gloria" junto a Jesús transfigurado, conversaran con él precisamente sobre "su muerte, que iba a consumar en Jerusalén". Esta referencia a la muerte, justo en el momento de la transfiguración gloriosa de Jesús, deja entender a las claras como reza el prefacio, "que la pasión es el camino de la resurrección". Más aún, cruz y gloria son las dos caras de la misma realidad: la Pascua. Esta coincidencia hay que hacerla notar a los fieles.
5. "El transformará nuestra condición humilde".
Estas palabras de Pablo aparecen en la 2. lectura y hacen referencia al tema del día. La transfiguración de Jesús, anticipo misterioso de su gloriosa resurrección, es la primicia y la garantía de una transfiguración universal que habrá de llevarse a cabo en la Pascua. Todos estamos llamados a compartir la transfiguración de Jesús. Aunque, para ello, tengamos que compartir primero su pasión y su muerte: la entrega generosa de nuestra vida para los demás.
JOSEP RAMBLA
-¿Ciudadanos del cielo?
Hemos escuchado hace un momento que "somos ciudadanos del cielo". Una afirmación que, seguramente, a nadie deja indiferente. Algunos quizá nos sintamos confortados y transportados en el espíritu ante este anuncio; otros, quizá incómodos al escuchar unas palabras como éstas que parece que nos trasladen a tiempos y estilos espirituales pasados de moda. Con todo, puesto que estas palabras -"somos ciudadanos del cielo"- son como una anticipación de lo que se nos proclamará en el domingo de Pascua -"buscad los bienes de allá arriba... aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra"-, si buscamos su interpretación verdadera y profunda seguro que nos serán de gran beneficio para nuestro itinerario cuaresmal.
-El Señor ha hecho una alianza con los hombres
A la luz de la primera lectura, donde hemos escuchado cómo Dios pactaba con Abrán y todos sus descendientes, ya podemos adivinar que las palabras que ahora mismo recordábamos -"cielo", "arriba"- no tienen un sentido geográfico, como si Dios quisiera alejarnos de nuestro mundo, de nuestra tierra.
Es el mismo Dios quien hace alianza o pacta con nosotros los hombres que vivimos en una sociedad muy concreta, construyendo (cada uno a su manera) nuestra historia humana. Tanto se "compromete" Dios con el mundo y con los hombres que llega hasta entregarles a su propio Hijo.
Así pues, la "tierra" no es propiamente lugar de maldición, sino lugar del encuentro con Dios que ha pactado y se ha comprometido con nosotros, hijos de la tierra.
-Los cristianos, ¿unos ingenuos?
Sin embargo, la realidad de nuestra vida, de nuestra sociedad, no parece tan idílica como podrían hacer pensar las ideas que acabo de exponer. Porque, ¿dónde aparece la presencia de Dios en nuestro mundo?, ¿la sabemos captar?, ¿experimentamos que Dios se ha comprometido definitivamente con todos nosotros? Sobre todo, ¿vivimos nuestra vida humana (en todos sus aspectos: familiares, profesionales, culturales, económicos y políticos...) como una experiencia profunda y radical de amor, que es la expresión de la alianza definitiva de Dios con los hombres? No podemos ser tan ingenuos que ignoremos todo lo que hay de negativo en nuestro mundo (hambre, paro y toda clase de injusticia y olvido real de Dios, que es amor); de mezquindad en nuestros corazones (egoísmo, insolidaridad, falta de fe); de engaño y seducción en nuestra sociedad (manipulación de la libertad, consumismo, marginación de los más débiles, subversión de los valores humanos)... Tenemos, pues, que este mundo y esta historia nuestra que es el lugar de la revelación viva -la alianza- con Dios que es el Amor, se halla amenazada por una degradación radical y constante. Una tensión que la Biblia expresa, entre otras formas, con la contraposición "cielo" o "arriba", de un lado, y "tierra", del otro.
-El Resucitado, triunfo del Amor en nuestro mundo
En este enfrentamiento de fuerzas hay uno de nosotros, Jesús de Nazaret, que ha triunfado de manera definitiva por su muerte y resurrección. El "transformará nuestra condición humilde", toda nuestra existencia y llevará a la plenitud toda la historia, porque "posee esa energía para sometérselo todo". El misterio pascual, muerte y resurrección de Cristo, se halla, pues, en el mismo centro de nuestra historia humana como plena realización de la alianza de Dios con Abrán y su descendencia. Y es, por tanto, también en nuestro mundo y en nuestra historia que debemos hacer la experiencia de este Dios que ama a los hombres, en comunión con Cristo, en fidelidad a su palabra y a su vida. "Manteneos así, en el Señor".
-"Señor, no me escondas tu rostro"
Quizás este clamor del salmo responsorial es el que mejor expresa nuestro estado de cristianos en el mundo: convencidos de la presencia del Señor en medio de nosotros, intentando (por descontado, con un montón de incoherencias y debilidades) seguir a Cristo en su obra del Reino, pero sufriendo el silencio de Dios y experimentando la opacidad del mundo.
Por eso el evangelio de hoy es como la concreción de la respuesta del mismo salmo cuando dice: "Espera en el Señor". En la larga y a veces fatigosa caminata con Jesús, no nos faltará (como no les faltó a Pedro, Juan y Santiago) el sentimiento profundo de la presencia del Señor con nosotros; incluso, en medio de la niebla monótona de la vida o de las tempestades que nos hacen temblar, descubriremos la luz que nos revela la realidad más profunda de nuestro mundo: Dios con nosotros, Dios ha hecho alianza definitiva con los hombres. Este tiempo de Cuaresma, ¿no podría ser un tiempo favorable para descubrir, mediante la plegaria y un estilo de vida más atento al fondo de las cosas, "la dicha del Señor", también según el salmo responsorial?
JAVIER GAFO
«¡Escuchadlo!»
Es notable la gran insistencia del evangelio de Lucas en la oración de Jesús, que aparece asociada a los momentos trascendentales de su vida. En el bautismo de Jesús se dice que «mientras oraba se abrió el cielo»; en la elección de los doce apóstoles, Jesús pasó la noche en oración. La oración de Jesús tenía tal fuerza de irradiación que induce a sus discípulos a pedir al maestro: «Enséñanos a orar». Cuando Pedro confiesa a Jesús como el mesías, Lucas introduce este pasaje diciendo: «Una vez que estaba orando en presencia de sus discípulos». Y la misma insistencia en la oración se repite en el evangelio de hoy: Jesús se lleva a los tres discípulos predilectos «a lo alto de la montaña para orar». Y añade: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió».
En el seguimiento del evangelio de Lucas, que nos acompaña a lo largo de este año, estamos situados en un momento muy importante de la construcción teológica del tercer evangelista. Hasta ahora ha ido presentando al maestro de Nazaret, su mensaje, sus milagros, su entrega a los hombres. Han ido surgiendo las primeras tensiones, pero Jesús sigue siendo el maestro buscado y aclamado por el pueblo al que acaba de dar de comer en un descampado. Sin embargo, el horizonte de la pasión comienza ya a aparecer. Inmediatamente después de que Pedro le haya confesado como mesías, Jesús va a comenzar a hablar por vez primera de su pasión y, pocos días después, el relato del evangelio dice que Jesús, «entre la admiración general por lo que hacía», vuelve a hablar por segunda vez de su pasión. Y pocas líneas después Lucas dirá que «Jesús decidió irrevocablemente ir a Jerusalén»: esta subida a Jerusalén va a ser un recurso literario y teológico del que se sirve el tercer evangelista para presentar diez capítulos de su evangelio como un camino o subida a Jerusalén, en la que entrará el domingo de Ramos.
En este contexto, entre la confesión de Pedro y el segundo anuncio de la pasión, acontece la transfiguración del Señor. Tiene lugar en un monte, el Tabor, que es un promontorio de no fácil ascenso sobre la llanura galilea de Jezrael -los peregrinos a Tierra Santa suben hoy a él en unos limoussines, guiados por unos chóferes que toman con bastante velocidad sus cerradas curvas-. El pasaje de la transfiguración está cargado de símbolos que hacen referencia al Antiguo Testamento. Tiene rasgos que recuerdan a las teofanías o manifestaciones de Yavé, como por ejemplo la que ha recogido la liturgia en la primera lectura de hoy; hay elementos que relacionan la transfiguración con la manifestación de Yavé a Moisés en el monte Sinaí, en el episodio de la entrega de las tablas de la ley.
Hay además dos rasgos llamativos en el relato de Lucas: Jesús aparece hablando con Moisés y Elías -símbolo de la ley y los profetas, la quintaesencia del Antiguo Testamento-, con los que dialoga sobre su pasión, sobre su «éxodo» -una palabra muy rara en el Nuevo Testamento-. El segundo rasgo es la presencia de los tres discípulos predilectos, Pedro, Juan y Santiago, que «se caían de sueño». Los mismos tres discípulos que, «dormidos por la pena», serán testigos de la oración de Jesús en Getsemaní -otra vez su oración-, cuando comience la pasión del Señor.
Estos rasgos nos ayudan a entender este pasaje nada fácil de interpretar. La clave para su comprensión está en el doble anuncio de la pasión y en la decisión irrevocable de Jesús -es notable esta expresión del evangelio- de ir a Jerusalén. Jesús sabe que el mesías tenía que manifestarse en Jerusalén, en la ciudad cuyo templo constituía el lugar privilegiado de la presencia de Dios. Es consciente de que su mensaje le va llevar a la muerte y de que los líderes religiosos de Israel van a rechazar su mensaje sobre Dios.
Como dice J. R. Busto, no van a aceptar y condenarán a muerte como blasfemo a ese idealista «a quien no se le ocurre otra cosa mejor que proclamar que a Dios hay que adorarle en espíritu y en verdad, que no tiene que haber distinciones entre judíos y gentiles, entre hombres y mujeres, entre gente rica y gente pobre, entre sanos y no sanos, porque Dios quiere a todos con amor infinito». Jesús es consciente de que estaba demoliendo el orden religioso establecido y tradicional y que ello le iba a llevar a la muerte. Pero Jesús acepta la misión que Dios le ha confiado y «decide irrevocablemente ir a Jerusalén».
El episodio de la transfiguración tiene también resonancias del bautismo de Jesús. Aquel día en que Jesús vivenció y asumió la misión recibida de su Padre. Dice el evangelio que «mientras oraba, se abrió el cielo, y se oyó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto"». En la transfiguración, «mientras oraba, salió de la nube una voz que decía: "Este es mi Hijo, el elegido. Escuchadlo"». El paralelismo entre ambos relatos es muy fuerte, pero es muy significativa una diferencia: la voz del cielo añade en el relato del Tabor algo que no se oyó sobre el río Jordán: «Escuchadlo».
Aquellos discípulos que fueron testigos de la gloria de Jesús en el Tabor, los que comienzan a sentirse desconcertados por el sombrío horizonte de la pasión, deben escuchar a su Señor. Él es más que Moisés y Elías; es la culminación de lo que sucedió en el monte Sinaí. El que ha sido glorificado en el Tabor es el que también un día será glorificado -así lo dirá Juan- sobre otro monte, el del Calvario. Es a ese Jesús, que camina hacia su pasión, al que hay que escuchar.
¿Qué puede significar hoy este mensaje para nuestra vida cristiana?
1) ¿Aceptamos el mensaje de Jesús? Como pregunta J. R. Busto: ¿somos tan distintos de ese Caifás que sancionó la condena a muerte de Jesús? ¿No consideraríamos hoy también a Jesús como un ingenuo idealista que viene a subvertir el orden religioso establecido y tradicional? ¿Sacamos las consecuencias de esa igualdad que para Jesús existe entre todos los hombres, ya que a todos Dios los ama con amor infinito? Porque quizá, en la teoría que no nos compromete, afirmamos que no hay diferencias entre las distintas razas, el varón y la mujer, los sanos y los enfermos, los ricos y los pobres..., pero, ¿nos comprometemos para que esas diferencias no existan en la práctica, ya que todos los hombres son hijos de Dios, que los ama con un amor infinito?
2) ¿Cómo valoro la importancia de la oración en mi vida? Jesús decía un día a sus discípulos que hay demonios que sólo pueden expulsarse con la oración. ¿No tenemos que reconocer que mucho de esto nos acontece en nuestra vida? Porque los demonios que tentaron a Jesús el domingo pasado -los del tener, los del poder, los de la búsqueda del éxito fácil y sin esfuerzo- siguen tentando al hombre de la ciudad de hoy. Un autor afirma: «Cada vez me asalta más la sospecha de que la crisis de oración todavía no ha tocado fondo. De un año al otro, de un mes al siguiente, la situación se degrada más. ¿De cuántos amigos te consta que oran todos los días, o algunas veces a la semana o al mes? ¿Rezan los jóvenes? ¿Lo hacen los matrimonios? ¿Crees que rezan los sacerdotes?». Y se preguntaba si no era esta la razón de que «nos amamos poco entre nosotros, nadie percibe unos mínimos de tolerancia y respeto al otro y cada día se ve a menos cristianos con una identidad definida».
3) Finalmente, una última reflexión: la transfiguración es un anticipo de la resurrección de Jesús y también de la nuestra propia. Es una llamada a la esperanza ante el dolor que es inseparable compañero de nuestra vida. Como decía san Pablo: «Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo».
Desde el monte Tabor podemos decir que el final de todo no es el monte Calvario, el dolor, la pasión, la muerte... Desde el monte Tabor, que nos habla de la pasión y la resurrección de Cristo, se abre nuestra fe que nos hace mirar con esperanza al cielo estrellado, como lo miraba Abrahán.
P. EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO
La cuaresma es un caminar hacia la Pascua, que es victoria sobre todas las esclavitudes, que padecemos, para alcanzar y conseguir la NUEVA VIDA DE LA RESURRECCIÓN, que nos ha ganado Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección. “Si Cristo ha resucitado, nosotros también resucitaremos”, porque somos hombres, como él es también hombre.
Una vez mas, hemos sido llamados e invitados, todos los cristianos del mundo entero y también todos los hombres de buena voluntad, que buscan el bien, la justicia y la paz; hemos sido, pues, llamados e invitados a correr esta aventura de la Pascua del año 2004. Conseguir una nueva victoria en la cuaresma de este año, en esta lucha de cada día, contra la avaricia y el egoísmo, contra la soberbia y el orgullo, contra las sensaciones placenteras desordenadas y desequilibradas, llegar a ser al menos, esa persona humana, que salió de las manos de Dios y para tener ese señorío de nosotros mismos, de nuestras vidas y poder ser así seguidores de Jesucristo. Para ser, en una palabra, CRISTIANOS. Así nos preparamos a la Pascua grande, la última, la definitiva. Se habrán acabado de esta manera todos los ensayos que hacemos cada año. Que el ensayo de este año sea mucho mejor que el anterior.
Será el triunfo de Dios y el nuestro sobre la esclavitud del pecado y de la muerte eterna. Se muere como se vive. Si hoy vives triunfador sobre tus pecados de muerte, morirás triunfando de la muerte. Podremos entonces decir: "¿Muerte, dónde está tu victoria? ¿Muerte, dónde está tu aguijón?”
Se nos está proponiendo, durante este periodo de lucha, que es la Cuaresma enfrentarnos a esa triple tentación, como Jesucristo, que lo contemplamos el domingo pasado: contra la concupiscencia de la carne, contra la concupiscencia de los ojos, y contra la soberbia de la vida, de las que nos habla San Juan. La concupiscencia de la carne, que es el placer desordenado en el comer, en el beber y demás sensaciones corporales, drogas incluidas. La concupiscencia de los ojos, que es el deseo desordenado de todo poseer y todo para mí y nada compartir. Y la soberbia de la vida o deseo de poder, de prestigio, sea como sea y de dominio sobre los demás para estar por encima de ellos, y esclavizarles.
¿Qué hemos hecho durante esta primera semana de Cuaresma? ¿He compartido con los demás lo mucho bueno que hay en mí: mi simpatía, mi tiempo, mis conocimientos y cultura, mi dinero, LO QUE TENGO, en una palabra, para acabar dando lo que más vale, que es LO QUE SOY? ¿He vencido en alguna de esas batallas contra el deseo desordenado de todo poseer y nada compartir? San Juan de la Cruz nos dirá: “Para venir a tenerlo todo, no quieras tener algo en nada. Y cuando lo vengas todo a tener, has de tenerlo sin nada querer, porque si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro”.
- Y en mi oración ¿he procurado dedicar un poco más de tiempo a la oración y a la lectura de la Palabra de Dios en la Biblia? ¿Asisto algún día de la semana al rezo del rosario, al vía crucis o a la celebración de la Eucaristía? ¿o solo asisto, nada más, que cuando hay un muerto por delante, no sabiendo, entonces, si asisto por quedar bien con la familia del difunto o por amor y agradecimiento a Jesucristo, que actualiza su muerte:”sangre, derramada para la remisión de los pecados”, salvarme, pues, que eso es lo esencial en la Eucaristía?
- ¿ He hecho el esfuerzo de hacer mejor, sobre todo mi oración bocal, para no ir aprisa y corriendo, como un charlatán y parlanchín, como nos corrige el mismo Jesús, al decirnos, “cuando recéis no seáis como los charlatanes?”. He de procurar no empezar antes de que acabe el que preside la oración, de la misa o del rosario y procurando ir al ritmo de todos, escuchándoles, para ir a la par, y no precipitar así el rezo. ¿Ha habido una mejora de la calidad de mi relación e intimidad en este diálogo con Dios, a partir de una fe más viva y más operativa?
- ¿He vencido en alguna de estas batallas que luchamos contra nuestra soberbia y orgullo? Y mi ascesis o mortificación ha sido sincera, humana e inteligente para equilibrar mis pasiones, los instintos y deseos, cuando se desordenan? O ¿he tenido relaciones, deseos y pensamientos deshonestos, viendo, por ejemplo, programas de telebasura, o he comido y bebido sin moderación?
- Pues, hoy, hermanos, al comenzar la segunda semana, se nos llena de esperanza a todos aquellos que hayamos fracasado en nuestro empeño, en nuestra lucha o nos sintamos defraudados por nuestra insignificante o pírrica victoria. Dios nos sigue esperando, nos sigue amando y sigue siendo fiel. Fiel a una Alianza, llena de promesas, que hizo con Abraham y que hoy la hace y la renueva con cada uno de nosotros.
Dios nos sigue esperando, nos sigue amando y sigue siendo fiel. Fiel a una Alianza, llena de promesas, que hizo con Abraham y que hoy la hace y la renueva con cada uno de nosotros. Y de nosotros no espera la fidelidad, no nos la exige, al menos. Es todo un gran Señor. Algo grande hay en nosotros, cuando se empeña Él de ese modo, sin exigirnos ninguna contrapartida, ningún compromiso. Seguramente, sólo espera nuestro amor. ¿Recordáis las palabras de Jesucristo en la sentencia del Juicio Final?:
“Venid, benditos de mi Padre a poseer el Reino que os está preparado desde la creación del mundo”. Fijaros bien, desde la creación del mundo Dios ya había pensado en ti para darte un premio enorme, como tú nunca pudiste imaginar.
Abraham no concibe que Dios pueda hacer una Alianza, un contrato sagrado, con él, que es pobre, débil y solo. ¿Cómo Dios puede prometer tanto a un hombre así?. Por eso Abraham le pide un signo o señal de esa Alianza descomunal. ¿Cómo sabré que voy a poseer cuanto me prometes? Y Dios le jura fidelidad a su Palabra, a su Alianza, con ese rito de la tea encendida, que era el mismo con que los socios de un contrato, aceptaban quedarse convertidos cual aquellos animales descuartizados y abrasados por el fuego, si dejaban de ser fieles al contrato sellado.
Pero, fijaros bien, la categoría, el talante, la entrega, el enamoramiento pudiéramos decir, de este Dios para esta criatura, Abraham, que somos cada uno de nosotros:
“Cuando iba a ponerse el sol, nos han proclamado hoy en la primera lectura del Génesis, un sueño profundo invadió a Abraham y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. Una humareda de horno y una antorcha ardiente pasaban entre los miembros descuartizados de los animales”. Y Abraham ve a Dios-Yahvé pasar con la tea encendida por entre las víctimas, pero a Abraham no se le exige que se comprometa de esa manera. Es sorprendente. ¿Por qué Dios no le exige, prácticamente nada en ese contrato, en esa Alianza? ¿Tanto le quiere? ¿Tanto te quiere?. ¿Tanto nos quiere?
Verdad es, que, antes, Dios le había solicitado a Abraham, abandonar su país corrompido de Ur, para hacerle padre de un pueblo inmenso como las arenas del mar y más numeroso que las estrellas del cielo. Y después se vio obligado a abandonar su descendencia, al ir a sacrificar a su único hijo, Isaac, según sus tradiciones, y tal y como Dios se lo había pedido. Así quedó vacío de su pasado y de su futuro y solo le quedó el abandonarse totalmente a Dios.
-¿Has sido tú infiel esta semana a tu cuaresma, a tus promesas bautismales: “Renunció a Satanás, a sus pompas y a sus obras y prometo seguir a Jesucristo”, dijiste en tu bautismo y lo has repetido otras muchas veces. ¿Has sido infiel a tu Alianza con Dios? Pues Dios sigue siendo fiel a su promesa, también para esta segunda semana. Te puedes llenar de esperanza, porque Dios te sigue esperando.
Si la lucha de tu cuaresma es dura, auténtica y sincera, la recompensa y la gloria son inmensas. La Iglesia nos lo manifiesta enseguida, en el segundo domingo, para que nadie se desanime. Todos acabaremos transformados, transfigurados, glorificados como Jesús en el monte Tabor. Vale la pena seguir luchando en ese triple frente de compartir lo que tengo y lo que soy; orar con toda el alma y dominarse a sí mismo, que lo decimos tradicionalmente con las palabras de: LIMOSNA, ORACIÓN Y AYUNO.
¿Cómo hacer esta segunda semana para sentirnos transformados, transfigurados por este amor de Dios, que descubrimos en su Palabra?
Jesucristo, al bajar del monte de la Transfiguración, anuncia a sus discípulos su fracaso total, su muerte. Ese es el camino misterioso que lleva a la resurrección. Entonces ese debe ser tu camino en esta segunda semana: no creerte imprescindible. No sentirte el mejor de todos, aplastándolos con tu poder y prestigio, hasta de buena persona. No humillarlos con tu saber, sino poniéndote en las manos de Dios, como Abraham, para servir a tus hermanos. Porque cuando venga el Señor, si te encuentra así velando en oración y sirviendo a tus hermanos, él mismo, sin quitarse las ropas, se las recogerá, para que tu te sientes a la mesa y servirte una buena cena, su cena. El, el Señor, será tu servidor. Y tú, servidor, será un gran señor.
En esta Eucaristía te lo encontrarás, enseñándote el camino de este triunfo de la cuaresma, que es triunfo de resurrección, o nueva vida. Amen.
NO ACABAMOS DE DAR EL SALTO DEL DIOS DEL AT AL DIOS DE JESÚS
Fray Marcos
Lc 9, 28-36
En la liturgia de este domingo se nos proponen dos teofanías, (manifestaciones de Dios) una a Abrahán y otra a los tres apóstoles. En realidad, toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios.
En el caso de Abrahán, estamos ante el hecho más significativo en la historia del pueblo judío, la Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en "un sueño profundo y un terror intenso y oscuro..." Fue una experiencia interior de Abrahán que para él era más cierta que la misma realidad, que podría ver con los ojos abiertos. Es significativo que muchas de las experiencias de Dios en el AT se relatan como sueños.
Tampoco la transfiguración debemos entenderla como una puesta en escena por parte de Jesús. Va en contra de toda su manera de ser y de actuar. No tiene ni pies ni cabeza que Jesús montara un espectáculo de luz y sonido ni para tres ni para tres mil.
El domingo pasado se proponía una espectacular puesta en escena (tírate de aquí abajo) como una tentación. No tiene mucho sentido que hoy se proponga como una "gracia" en beneficio de los tres apóstoles. Una cosa es la experiencia, y otra muy distinta cómo nos la cuentan.
Es clave para la comprensión del relato la advertencia final. "Por el momento no dijeron nada de lo que habían visto". En el relato de Mateo y Marcos, el mismo Jesús les prohíbe decir nada a nadie "hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".
Seguramente se trata de una experiencia pascual. Las experiencias pascuales se narran como si fueran acontecimientos de la vida normal, pero son vivencias internas que se intentan comunicar a los demás con el lenguaje que se utiliza para contar hechos que no se pueden constatar por los sentidos. Con el tiempo este relato se insertó en la vida de Jesús.
La versión litúrgica nos ha escamoteado el comienzo que dice "unos ocho días después..." se trata de indicar que estamos en el primer día de la nueva creación.
En este episodio, se emplean los mismos elementos que se habían utilizado en todo el AT para relatar las repetidas teofanías de Dios.
· El monte, lugar de la presencia de Dios.
· El resplandor signo de que Dios estaba allí.
· La nube en la que Dios se manifestó a Moisés y que después les acompañaba por el desierto.
· La voz que es el medio por el que Dios comunica su voluntad.
· El miedo que siente todo aquel descubre la presencia de Dios.
· Las chozas, alusión a la fiesta más importante en tiempo de Jesús para los judíos. Fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto, de la esclavitud a la tierra prometida.
· Moisés y Elías que son símbolos: La Ley y los Profetas, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío.
Moisés y Elías conversan con Jesús, pero se retiran. Han cumplido su misión y en adelante será Jesús la referencia última. Pedro no está en es dinámica y pretende hacer tres chozas, para que Moisés y Elías puedan continuar
Deja muy claro que se trata de una transfiguración. Lo que cambió fue la figura, no la sustancia. En lo esencial, Jesús siguió siendo el mismo. Fue la apariencia lo que los tres discípulos experimentaron como distinto. En Jesús, lo verdaderamente importante, es el ser divino que no puede ser percibido por los sentidos. Lo que normalmente ven en él, es lo accidental.
En los relatos pascuales, se quiere resaltar que ese Jesús que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. En la transfiguración, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es ya el Cristo glorificado. Quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, pero no fueron capaces de apreciarlo. Lo que hay de divino en Jesús, está siempre en su humanidad, no añadido a ella en un momento determinado.
La inmensa mayoría de las interpretaciones de este relato, apuntan a una manifestación de la "gloria" como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. En mi opinión, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la "gloria" como lo contrario al "sufrimiento", nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz no puede ser un medio para alcanzar la gloria. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.
No descartes el meditar una hora (o doce veces cinco minutos cada vez) este punto. Lo que llamamos gloria de Dios no tiene absolutamente nada que ver con la gloria humana. En Dios, su "gloria" es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede estar ni ser glorificado, por la sencilla razón de que nunca puede estar ni ser sin gloria.
Con nuestra mente no podemos comprender esto. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, como dice Pablo, quiere decir que Dios y su gloria nunca se separaron de él. Jesús, como ser humano, si podría recibir gloria humana: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores, etc. etc. Pero todo eso que nosotros nos empeñamos en añadirle no es más que la gran tentación.
El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya.
"El reino de Dios está dentro de vosotros". En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. Lo divino que hay en Jesús no se puede percibir por los sentidos. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la realidad trascendente, por muy espectaculares que parezcan.
Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, resulta que ahora lo volvemos a reivindicar con creces, sólo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad... Es la mejor prueba del valor que seguimos dando a nuestro falso yo, y de que seguimos esperamos la salvación a nivel de nuestro ego.
Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo; que el grano de trigo tiene que morir...
Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro falso yo, para descubrir el oro puro de nuestro verdadero ser. Nosotros seguimos esperando de Dios, que recubra de oropel o purpurina esa escoria para que parezca oro. Lo que tenemos que hacer es descubrir, más allá de la purpurina que nos envuelve, el oro de nuestro verdadero ser; ver el diamante que somos, escondido tras el lodo que nos envuelve.
Lo divino que ya está dentro de nosotros, no es lo contrario de las carencias que experimentamos. Es una realidad que ya somos y es compatible con las limitaciones de todo tipo (físicas, síquicas y morales), que son inherentes a nuestra condición de criaturas.
Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (Sta. Teresa).
Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de "salvación". Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo? La única esperanza que cabe es la de que descubra la realidad que soy.
¡Escuchadle a él solo! Para nosotros, los cristianos del siglo XXI, no es nada fácil cumplir esa recomendación de la "voz". Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT y nos da miedo soltar amarras y fiarnos sólo de lo que dice Jesús.
Dos mil años de cristianismo han velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que es adherencia ideológica. Los prejuicios que tenemos sobre Jesús, nos impiden acercarnos a él con la mente abierta. Esa tarea de discernimiento es más urgente que nunca.
La creciente relación entre culturas y religiones hace que podamos comparar y descubrir lo mucho de relleno que se nos ha vendido como evangelio. Jesús buscaba odres nuevos que aguantaran el vino nuevo. Hoy lo que abunda son odres nuevos que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo que se les ofrece.
El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de dar el salto del Dios del AT, al Dios de Jesús.
Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste todo el evangelio. El Dios de Jesús es un Dios que es siempre y para todos amor incondicional. El Dios de Jesús nos desconcierta, nos saca de nuestras casillas porque nos habla de entrega incondicional, de amor leal, de desapego del Yo.
El Dios del AT ha hecho una alianza al estilo humano y espera que el hombre cumpla la parte que le corresponde. Sólo entonces, premia al que la cumple y castiga al que no la cumple. Con este Dios sí nos identificamos, porque es lo que haríamos nosotros si estuviéramos en su lugar. Esa es la trampa; nos empeñamos en hacer un dios a nuestra medida.
Oración-contemplación
Hoy los apóstoles ven a Jesús como realmente es.
También tu verdadero ser es un diamante.
No te dejes engañar por las apariencias.
Ni tú ni los demás tenéis nada que cambiar en lo esencial.
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No confundas la meta.
No tienes que arrancar nada de ti.
Todo lo que no es esencial, terminará por desprenderse.
Agudizar la vista para ver lo que eres,
más allá del oropel y del lodo que te cubre y oculta.
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Sólo la meditación podrá iluminarte para ver la realidad.
No es fácil, pero es el único camino.
Insiste. Enfoca toda tu atención hacia el centro de tu ser.
La iluminación llegará con la mayor naturalidad.
...................................
LA EXPERIENCIA DE LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA
Enrique Martínez Lozano
Lc 9, 28-36
El llamado "relato de la transfiguración" parece estar construido a partir de la narración del Libro del Éxodo (34,29-30), según la cual Moisés "tenía el rostro radiante" por "haber hablado con el Señor".
No sabemos si se trata de un "relato de aparición" del Resucitado, traído a este lugar; de una "visión" de los discípulos o, simplemente, de una narración simbólica a través de la cual el autor pretende mostrar la identidad de Jesús, como el "Hijo escogido", avalado como tal por la Escritura Sagrada, aludida al uso judío: "la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías)".
Tal como ha llegado a nosotros, la narración se sitúa expresamente en un contexto de oración. Es ahí donde los discípulos perciben la luminosidad de Jesús, que se transparenta en su rostro y hasta en sus vestidos.
Orar es el arte de venir al Presente y descansar (permanecer, sólo estar) en él, sin intervención de la mente, en lo que san Juan de la Cruz llamaba una "advertencia amorosa".
La actividad mental queda entonces "suspendida" y el orante, tal como enseñaba, en el siglo XIV, el anónimo autor de "La Nube del no-saber", permanece descansadamente anclado en la "pura consciencia de ser".
Es una "nube oscura" –nada, vacío- para nuestra mente, porque ya no hay "objetos" mentales –pensamientos, imágenes, sentimientos, afectos...-, a los que ella pueda aferrarse. Pero, en realidad, es una experiencia luminosa y plena: es la Plenitud del Presente, el "no sé qué" inigualable, del que hablaba el propio Juan de la Cruz:
"Por toda la hermosura,
nunca yo me perderé,
sino por un no sé qué,
que se alcanza por ventura".
Mientras estamos en la mente, permanecemos en el pensamiento y, por tanto, atrapados en el pasado o proyectados hacia el futuro, identificados con nuestras "películas mentales", la inestabilidad y el sufrimiento que conllevan.
En la oración silenciosa o contemplativa, se da el paso del "pensar" al "estar", del pasado a la Presencia, del sufrimiento a la paz, de la ignorancia a la comprensión.
Pero esto requiere adiestrarse en la capacidad de permanecer en el Presente, "viniendo" sencillamente al "aquí y ahora". Sin pensarlo, sin pretender apresarlo, sino sólo estando. Sesha ha sabido expresarlo de un modo hermoso y ajustado:
"Querer poseer el Presente impide experimentarlo; querer estar atento a él lo aleja. Sitúate en el "aquí y el ahora" y no intervengas queriendo poseerlo.
Cuando el ser humano logra situarse en una condición permanente de percepción del Presente, afloran el saber, la existencia y el amor no-diferentes".
Es entonces cuando se descubre que, "mientras se piensa no se sabe; y mientras se sabe no se piensa".
No somos la "ola" que fluctúa impermanente, sino el "océano" en el que las olas aparecen y desaparecen. Ahora bien, "¿podrá conocer una ola lo que es el mar? Cuando ustedes piensan, son olas; cuando comprenden, son mar".
Permanecer en el Silencio y la Presencia, en la oración-sin-objeto, eso es la oración contemplativa. Cuando todavía no hemos aprendido a "tomar distancia" de nuestra mente y no hemos empezado a "saborear" la belleza y plenitud del Silencio, lo que llamamos "oración" no es sino una cavilación mental –aunque gire en torno a "contenidos" religiosos- y, al querer estar, lo que suele ocurrir es que aparezca el sueño. Es lo primero que les ocurrió a los discípulos en aquella experiencia teofánica.
Pero no fue lo único. En el camino espiritual –y en la práctica de la oración contemplativa-, acecha otro riesgo: el de hacer "tres chozas" (o peor todavía, una sola) para el propio ego.
Como de cualquier otra cosa, el ego puede hacer de la oración o de la meditación un "paraíso narcisista" a su medida, en el que nadie le molesta y donde se encuentra a salvo de cualquier interpelación o cuestionamiento.
El texto ofrece una salida a esa trampa: "escuchar" a Jesús, es decir, atender a lo que fue la práctica del Maestro de Nazaret, para dejarnos interpelar por ella.
Probablemente, los tres rasgos que más atrayente hacen el mensaje de Jesús son los siguientes: su sencillez, la prioridad que da a la práctica y el hecho de que ésta se centre en la bondad o compasión. Todo ello puede resumirse en la respuesta que el propio Jesús da al doctor de la Ley que le pregunta por el mandamiento "más importante". Tras contar la parábola "del buen samaritano", Jesús simplemente le dice: "Ve, y haz tu lo mismo" (evangelio de Lucas 10,37).
En la historia posterior, el cristianismo se fue convirtiendo en una religión marcada por el "doctrinarismo", como si las "creencias" hubieran ido ocupando el lugar de la "práctica".
"Escuchar a Jesús" –como pide el relato de hoy- significa volver a lo que fue el evangelio y sus prioridades.
Ahora bien, si somos honestos, percibiremos que el riesgo de caer en actitudes narcisistas no radica en la oración contemplativa, sino en la identificación con la mente (con el yo). Cuando ésta se da, todo lo que hagamos, sin excepción, no servirá sino para inflar el propio ego.
Por el contrario, cuando la oración es tal, su característica primera es la desapropiación del yo –el "desasimiento", de que hablaba Teresa de Jesús-. Es entonces cuando emerge la Presencia divina, hasta "ocuparlo" todo. El ego desaparece y se experimenta lo que decía el místico sufí:
"El ego y Dios no caben juntos; donde está el uno, no cabe el otro".
El "estar" de la oración contemplativa –o de la meditación- es Presencia desnuda de pensamientos que, transformando desde dentro a la persona, la lleva al re-conocimiento interior de su identidad profunda, en la que se descubre no-separada de lo Real.
A veces, algunas personas religiosas dudan de esta "oración desnuda", del mero "estar" sin objeto, porque piensan que "les falta algo", una referencia expresa a Dios, a Jesús o a los santos. Es innegable que, en cada uno de nosotros, pueden estar influyendo muchos factores, que hacen que nos encontremos en un lugar determinado del camino. Por eso, parece sabio seguir la propia intuición –es la voz de Dios en nuestro interior-, siempre que haya lucidez, humildad y desapropiación del yo.
Sin embargo, creo importante subrayar la importancia de no cerrarnos, de entrada, a la oración completamente silenciosa –en el silencio de las palabras, los afectos y los pensamientos-, en la que se nos puede revelar la Belleza y la Plenitud del Misterio que llamamos "Dios".
Cuando pensamos, tenemos pensamientos sobre Dios; cuando acallamos la mente, lo experimentamos.
En una palabra: si el estar es verdadero estar, todo lo que queda es Dios: aquel "no sé qué, que se alcanza por ventura". En el silencio del no-pensamiento no falta Dios –es sólo nuestra mente o nuestro yo quien puede añorar una fórmula o una palabra que le es familiar-; al contrario, es entonces cuando permitimos que, en ausencia del yo separador, su Presencia lo ocupe todo.
El ser humano desapropiado del ego puede dejar que Dios se viva en él y, habiendo descubierto que no hay un "hacedor individual", asiente a todo lo que es, como expresión de la Voluntad divina.
LA NUBE DEL NO-SABER
Enrique Martínez Lozano
Lc 9, 28-36
Un libro clásico sobre la contemplación cristiana se titula “La Nube del no-saber”. Se trata, en realidad, de dos pequeños libritos editados en un mismo volumen, que toma el nombre del primero de ellos. El título del segundo es: “El libro de la orientación particular” (puede encontrarse en varias editoriales: San Pablo, Herder, José J. de Olañeta…).
Es un libro de un autor inglés anónimo, del siglo XIV, que quiere introducir en la oración contemplativa a un discípulo. Al final, la enseñanza se reduce a un solo punto: “Déjate entrar y permanecer en la Nube del no-saber”.
Me ha venido este título –así como toda la enseñanza de los místicos cristianos acerca del “no-saber”-, al leer en el texto de Lucas que “una nube los cubrió”.
La “nube” produce susto en los discípulos pero, sin embargo, contiene palabras de revelación y de vida, que desvelan nuestra identidad más profunda: somos “el Hijo”. En la “nube”, nos dirán los místicos, es donde realmente podemos ver.
Si todo lo humano –por ser profundo- es necesariamente paradójico, eso vale todavía más cuando queremos referirnos directamente al Misterio. Se hablará entonces de “rayo de tiniebla” (Pseudo Dionisio), de “soledad sonora”, “música callada” o “noche amable más que el alborada” (san Juan de la Cruz)…
La nube, por tanto, es siempre luminosa. Es cerradamente oscura para la mente, que en ella se pierde. Pero justamente por eso, cuando la mente se rinde y se silencia, emerge otra sabiduría que nos pone en contacto con nuestra verdad más profunda, con el misterio de Lo que es.
Decía que los místicos cristianos han insistido en la sabiduría del “no-saber” como medio de llegar realmente a “saber” (otra paradoja). Si traducimos “no-saber” por “no-pensar”, quizás podamos comprenderlo mejor.
En efecto, cuando aprendemos a acallar la mente, es posible la visión: “Entréme donde no supe, / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”, proclama el místico de Fontiveros.
La identificación con la mente constituye un velo opaco que nos mantiene en la ignorancia y la oscuridad. Porque, sin otra referencia que ella, tendemos a creer que las cosas son como ella las ve, y caemos en la trampa de confundir la realidad con la interpretación que la mente nos ofrece de la misma. Esta es la mayor ignorancia en que podemos caer, al asumir como real lo que no es sino una proyección mental. De esa ignorancia inicial solo podemos esperar confusión y sufrimiento.
Para “ver”, necesitamos aprender a acallar la mente, dejándonos entrar en una actitud de respeto, asombro, admiración y gratuidad. Percibiremos ahí que la supuesta separación que la mente nos refleja es solo un espejismo: la realidad es que no hay nada separado de nada.
Y poco a poco, en la medida en que nos empezamos a familiarizar con esa otra sabiduría, previa a la razón, aprenderemos a descansar en la consciencia-sin-pensamientos, como “lugar” (o no-lugar) de nuestra verdadera identidad.
No importará que nuestra mente no tenga respuesta para todas las preguntas (¿cómo una parte del todo podría saber el funcionamiento de la totalidad?). Habremos experimentado que podemos descansar en lo que es, de una forma directa e inmediata. Y, cuando eso se vive, estamos, como Jesús con los discípulos, en el monte Tabor –el no-lugar de la divinidad-.
Si nos percibimos agitados, alterados o molestos, es señal de que estamos identificados con la mente, con los pensamientos y sentimientos que aparecen en nuestro campo de consciencia, hasta el punto de creer que somos esos pensamientos.
Cuando eso ocurra, toma distancia de ellos. Son solo objetos que, igual que han aparecido, desaparecerán. Con la ayuda de la respiración o del cuerpo, entra en contacto con tus sensaciones más profundas. Nota cómo, al no seguir los vericuetos de la mente errática, aparece una consciencia desnuda de pensamientos en la que puedes descansar, sin necesidad de “llenarla” con nada. Ese “puro estar” es otra forma de nombrar la “nube del no-saber”: es el silencio contemplativo, la visión de la sabiduría.
Quien lo experimenta, puede exclamar con san Juan de la Cruz: “Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejeme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”.
EN JESÚS CONOCEMOS EL CORAZÓN DEL PADRE
José Enrique Galarreta
Lc 9, 28-36
Jesús se retiraba a menudo a orar al monte. Algunas veces se llevaba consigo a los discípulos, sobre todo a los más íntimos, como volvemos a ver en Getesemaní. Quizá en esos momentos Jesús les parecía a los discípulos transfigurado, como evidentemente lleno de Dios al que oraba...
Sobre un suceso de ese tipo se ha construido una escenificación de la fe de los apóstoles en Jesús, presentada además con todos los signos de las "Teofanías" o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento. El monte, Moisés y Elías, la nube, la voz, el resplandor de la Gloria del Señor, las mismas manifestaciones e incluso los mismos personajes que acompañan la revelación de Yahvé en el Sinaí, y también las mismas palabras que acompañan la manifestación del Espíritu en el Jordán: "Este es mi Hijo... escuchadle".
Así pues, el género literario de este fragmento sería: relato muy teológico, sobre algún suceso poco determinable, lleno de personajes y palabras simbólicas tomadas del Antiguo Testamento.
Estamos ante uno de los "discernimientos" de Jesús, que se producen en los momentos más cruciales de su vida. Ante las elecciones más determinantes de su vida, Jesús se prepara refugiándose en la oración: en la cuarentena del monte, Jesús tiene que optar por volverse a su carpintería de Nazaret o lanzarse a una vida de Profeta sanador y predicador ambulante; en Getsemaní, Jesús tiene que elegir entre esperar a los que lo van a detener o escapar perdiéndose en la noche. En el relato de hoy, Jesús se enfrenta a la decisión de subir a Jerusalén, donde sabe que le espera la muerte. En los tres casos, se refugia en la oración.
Pero el mensaje es claro: Jesús está a punto de tomar la decisión más grave de su vida: subir a Jerusalén. Mientras se limite a ser el profeta rural, al que sigue mucha gente en Galilea, producirá más o menos inquietudes. Pero si se atreve a predicar en Jerusalén, y más aún en el Templo, su enseñanza será una confrontación directa con las autoridades de Israel. Jesús sabe que esto puede llevarle a la muerte, pero afrontará ese riesgo porque considera que su misión es ofrecer La Buena Noticia a Israel en el mismo Templo. Y será rechazado y crucificado.
El evangelista sabe todo esto, sabe que Jesús sube a Jerusalén a morir, y prepara la pasión y la muerte con una Teofanía, para mostrar que ése que va a morir no es un falso profeta fracasado sino el Hijo rechazado por Israel.
El relato es por tanto fuertemente teológico y simbólico, aprovechando una escena sin duda real: las largas noches de oración que le costó a Jesús tomar esa decisión, acompañado -mal, como siempre- por sus discípulos más íntimos.
Y los personajes hablan con Jesús acerca de su muerte. No es casual este tema de conversación. Estamos en el capítulo 9 de Lucas, que marca un momento de inflexión en la vida de Jesús. Contiene la confesión de Pedro (18), la Transfiguración (28), dos anuncios de la pasión (21 y 44), y la decisión de subir a Jerusalén porque "se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran". Nos encontramos por tanto ante un capítulo que resume muy bien la fe de los discípulos y el escándalo de la cruz. Se trata de anunciar que el que va a morir en la cruz es el Hijo Predilecto, que aunque sus enemigos parecen poder con él, "Dios estaba con Él" (Hechos 10,38)
Lucas va preparando ya la manifestación de la fe esencial de la primera comunidad: su fe en el crucificado/resucitado. La resurrección, más aún que un suceso, será una revelación, que dará respuesta a la pregunta "¿Quién es éste...?". La respuesta la dan las palabras en la cima del Monte: "Mi Hijo, el escogido". Y la consecuencia ineludible: "Escuchadle".
Es el punto de arranque básico de toda vida cristiana correcta: le fe en Jesús. ¿Quién es este hombre? es la pregunta maravillada que se hace todo el que toma contacto con Jesús de Nazaret. De la respuesta que demos a esa pregunta depende nuestra condición de creyentes.
Podemos aceptar a Jesús como un héroe de leyenda, capaz de hacernos soñar, pero sin afectar a nuestro modo de vida. Es la consecuencia de películas o libros sensibleros sobre Jesús, que producen admiración o pasajero entusiasmo sin más.
Podemos aceptar a Jesús como maestro de Sabiduría. Persuadidos por sus palabras y sus hechos, los tomamos como ejemplo, convencidos de su acierto. Seríamos seguidores de Jesús, y estaría muy bien que esto sucediera.
Podemos quedar más inquietos ante sus hechos y dichos, preguntarnos quién es ese hombre y participar de la respuesta que da el texto de Lucas y constituyó la fe de las primeras comunidades: "El Hijo, el Enviado, la Palabra del Padre".
Aceptar a Jesús como Maestro de Sabiduría, haciendo nuestras las palabras de los policías del Templo ("jamás ha hablado nadie como ese hombre") o participando de la admiración de sus contemporáneos ("todo lo hace bien... ") es una magnífica base en nuestro camino de encuentro con Jesús. Me atrevería a decir que es la mejor base, el mejor punto de arranque. Y puede culminar en la confesión de fe: "Tú eres el Enviado, el Hijo del Dios Vivo". Es entonces cuando el seguimiento de Jesús adquiere dimensión plenamente religiosa, de relación con el Padre.
(Me gustaría insistir en que la palabra "ENVIADO" es un símbolo. No se debe tomar al pie de la letra, interpretándola como "estaba antes en otra parte y ha sido enviado aquí". Esta es la aplicación que hará luego el cuarto evangelio y llevará a una cristología de la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad. También "Hijo" es un símbolo, como es un símbolo "pastor", como es un símbolo "Abbá". La misma expresión simbólica que se utiliza para los profetas, que son "enviados por Dios a su pueblo". Eso es lo que significa propiamente la palabra hebrea "nabí").
Quizá sea ése nuestro camino de la fe en Jesús, como fue el camino de los discípulos, y lo que hizo nacer los evangelios: conocer a un hombre fascinante, entusiasmarse con él, seguirle... descubrir quién es, reconocerle como enviado, admitir que "Dios está con él"... y volver a leer sus hechos y sus dichos como obra y mensaje de Dios mismo. La aceptación de Jesús, el Hijo, se convierte entonces en la aceptación de Dios. No seguimos a un maestro convincente, sino que recibimos, por medio de Jesús, la Palabra de Dios. Esto trae dos consecuencias básicas:
nuestro conocimiento de Dios no es solamente por lo que Jesús dice sino porque vemos cómo es Jesús. Tenemos una buena manera de conocer al Padre: conocer al Hijo. En este "hombre lleno del Espíritu" vemos actuar al Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre.
Así, en Jesús conocemos a Dios, en quien resplandece plenamente la divinidad. Naturalmente que no resplandece en nubes radiantes, sino en bondad, energía, valor, perdón... En Jesús no conocemos los resplandores del trono celeste de Dios, sino el corazón del Padre. Cuando, al final de la Cuaresma, veamos a Jesús en la cruz, no contemplaremos su aparente fracaso, ni tampoco solamente su enorme consecuencia y valor: contemplaremos el corazón de Dios, capaz de lo que haga falta por sus hijos.
nuestro seguimiento de Jesús no es solamente porque nos convencen todas o algunas de sus doctrinas, sino porque previamente le decimos que sí a todo, por ser quien es. Ya no elegimos lo que nos gusta, sino que nos esforzamos por aceptar incluso lo que no entendemos o no nos gusta. Intentamos convertirnos, cambiar nuestro corazón, porque tomamos al suyo como norma.
El resumen podría ser la frase de Pablo: "Sé de quién me he fiado".
Y es aquí donde empalmamos con los grandes "confiados" del AT. de los que nos ofrecía una muestra la primera lectura. Salir de tu casa, de tu parentela, de la tierra de cultivo, de Egipto... salir al desierto, incluirse en una nueva nación, hacerse caminante por el desierto, buscar otra patria.
Términos todos ellos tan reales como simbólicos en que se expresa nuestra conversión: me he fiado de Dios y salgo de donde estaba a otra manera de estar en el mundo, caminando hacia donde la Palabra diga, quizá teniendo que apartarme de costumbres, amistades, modos sociales... intuyendo al final una Patria, es decir, un lugar adecuado a nuestros deseos y nuestras más íntimas maneras de ser, que han sido puestos en peligro mientras andábamos por "tierra extranjera".
Una hermosa imagen la del emigrante, en peligro de perder su identidad y cuyo mayor deseo y bien es regresar, no al tiempo pasado sino a la esencia añorada o (quizá) olvidada.
La Revelación de quién es Jesús lleva consigo nuestra propia revelación. Quién es Él lleva consigo saber quién soy yo, quiénes somos nosotros. Y la revelación es paralela: Jesús es el Hijo, el Enviado. Yo soy el hijo, el enviado. La Iglesia somos los hijos, los enviados. Todos los humanos deben saber que son hijos, y para eso necesitan que los que lo saben sean enviados.
Jesús, el Hijo Enviado, está aquí para cambiar el mundo; cambiarlo desde dentro hacia fuera, naturalmente. El Reino de Dios es que todos sean hijos, lo sepan, vivan así: la gloria de Dios son sus hijos.
El resplandor de la gloria de Dios no son lucecitas de neón sino la bondad, la fortaleza, la misericordia... de sus hijos. La gloria de un padre no es una lápida ni una condecoración ni una ceremonia: la gloria de un padre son muchos hijos adultos, logrados, realizados, felices... Ese es el Reino.
Que se enteren todos de que ese mundo es posible, que se vaya realizando ese reino, desde dentro, como crecen las semillas, como actúa la levadura, es la Misión: a esa misión es enviado Jesús, a esa misión estamos enviados.
La primera misión de la iglesia, de nosotros la iglesia, es ser el reino, hacer visible el reino, hacerlo convincente, atrayente. La alta eclesiología suele afirmar pomposamente que la iglesia es el Reino de Dios en la tierra. Se equivoca: eso no es una definición sino una vocación, una misión: nosotros la iglesia nos hemos comprometido por el bautismo a esforzarnos por ser el reino, es decir, a vivir según los criterios y valores de Jesús... para que el reino sea creíble, atrayente.
Esa misión tropieza con la cruz, que fue y es una realidad, y es y fue un símbolo. El reino de Dios se construye haciendo y haciéndose violencia. Violencia por parte de las luces despistantes de otros reinos que atraen de modo más seductor e inmediato. Violencia por parte de los que sirven a otros reinos o a otros dioses... El reino de Dios se construye con esfuerzo. A Jesús le costó cruz.
Pero en el crucificado también vemos al hombre lleno del Espíritu. Y en el Resucitado vemos qué reino es verdadero.
La Cuaresma, la vida, el monte. Van ya dos montes en estos dos domingos de Cuaresma: el monte de la tentación vencida por la fuerza del Espíritu; el monte de la Revelación en el que se habla de la cruz. Nos faltan otros dos: el monte calvario, en que la cruz será escándalo y revelación; y el monte de la Ascensión, que será antes que nada el Monte de la Misión.
Y no podemos menos que recordar las palabras de Isaías:
"Sucederá en días futuros que el Monte de la Casa de Yahvé se asentará en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones y acudirán pueblos numerosos y dirán: Venid, subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob, para que Él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos"
Que son, insistamos una y otra vez, preciosas palabras simbólicas. Todas las palabras que hemos usado acerca de la transfiguración de Jesús y de la transfiguración de nuestra vida son simbólicas, son verdaderas como símbolos. Los excesos de algunas teologías consisten a veces en entender los símbolos como realidades, estar persuadidos de que están contemplando cara a cara el rostro de Dios, creer que Jesús caminaba por Galilea despidiendo resplandores.
Nuestro conocimiento de Dios es lo que conocemos de Jesús de Nazaret, aquel hombre que se cansaba, dudaba, sentía tentaciones y se sintió desamparado de su Padre. Nuestra fe confiesa que ese hombre es el Hijo.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
Pocos días antes, Jesús había anunciado que Él, el Hijo del Hombre, debía ser rechazado y crucificado por las autoridades (Lc 9,22; Mc 8,31). Según la información del Evangelio de Marcos y Mateo, los discípulos, sobre todo Pedro, no entendieron el anuncio de Jesús y quedaron escandalizados por la noticia (Mt 16,22; Mc 8,32). Jesús reaccionó duramente y se dirigió a Pedro llamándolo Satanás (Mt 16,23; Mc 8,33). Y esto, porque las palabras de Jesús no respondían al ideal de Mesías glorioso que ellos tenían en su mente. Lucas no habla de la reacción de Pedro y de la dura respuesta de Jesús, pero cuenta, como hacen los otros, el episodio de la Transfiguración, por él entendido como una ayuda por parte de Jesús, de modo que los discípulos puedan superar el escándalo y cambiar de idea respecto al Mesías (Lc 9,28-36). Llevando consigo a los tres discípulos, Jesús sube a una montaña a rezar, y en la oración, se transfigura. En el curso de la lectura del texto, es bueno observar cuanto sigue: ¿Quiénes aparecen en la montaña para conversar con Jesús? ¿Cuál es el tema de la conversación? ¿Cuál es la conducta de los discípulos?
b) Una división del texto para ayudar a leerlo:
i) Lucas 9,28: El momento de crisis
ii) Lucas 9,29: El cambio producido en la oración
iii) Lucas 9,30-31: La aparición de dos hombres y su conversación con Jesús
iv) Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos
v) Lucas 9,35-36: La voz del Padre
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Qué es lo que más te ha gustado en este episodio de la Transfiguración? ¿Por qué?
b) ¿Quiénes van a la montaña con Jesús ¿Por qué lo hacen?
c) Moisés y Elías aparecen sobre la montaña junto a Jesús. ¿Qué significado tienen estos personajes del Antiguo Testamento para Jesús, para los discípulos, para las comunidades de los años ochenta? ¿Y hoy, para nosotros?
d) ¿Cuál es la profecía del Antiguo Testamento que se cumple en las palabras del Padre respecto a Jesús?
e) ¿Cuál es la conducta de los discípulos en este episodio?
f) ¿Has tenido alguna transfiguración en tu vida? ¿Cómo te ha ayudado la experiencia de la transfiguración para asumir mejor tu misión?
g) Compara la descripción de Lucas sobre la Transfiguración (Lc 9,28-36) con la descripción que hace de la agonía de Jesús en el Huerto (Lc 22, 39-46). Trata de ver si son semejantes ¿Cuál es el significado de esta semejanza?
Una clave de lectura
para los que desean profundizar en el tema.
a) El contexto del discurso de Jesús:
• En los dos capítulos precedentes del Evangelio de Lucas, se impone la novedad traída por Jesús y crecen las tensiones entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Al final, Jesús se da cuenta que ninguno había entendido su propuesta y mucho menos su persona. La gente pensaba que fuese como Juan el Bautista, Elías o cualquiera de los Profetas (Lc 9,18-19). Los discípulos lo aceptaban como el Mesías, pero como un Mesías glorioso, según la propaganda del gobierno y de la religión oficial del Templo (Lc 9,20-21). Jesús trató de explicar a los discípulos que el camino previsto por los profetas era un camino de sufrimiento, por el papel asumido hacia los marginados, y el discípulo podía ser tal, sólo si tomaba su cruz (Lc 9,22-26). Pero no tuvo mucho éxito.
• Y en este contexto de crisis, es cuando sucede la Transfiguración. En los años treinta la experiencia de la Transfiguración tuvo un significado muy importante en la vida de Jesús y de los discípulos. Les ayudó a superar la crisis de fe y a cambiar los propios ideales respecto al Mesías. En los años ochenta, época en la que escribe Lucas para sus comunidades cristianas de Grecia, el significado de la Transfiguración se intensificó y se propagó. A la luz de la resurrección de Jesús y de la expansión de la Buena Nueva entre los paganos en casi todos los países, desde la Palestina hasta Italia, la experiencia de la Transfiguración comenzaba a ser vista como una confirmación de la fe de las Comunidades Cristianas en Jesús, Hijo de Dios. Los dos significados están presentes en la descripción e interpretación de la Transfiguración, en el evangelio de Lucas.
b) Comentario del texto:
Lucas 9,28: El momento de crisis
Varias veces Jesús había entrado en conflicto con las gentes y con las autoridades religiosas y civiles de la época (Lc 4,28-29; 5,20-21; 6,2-11; 7,30-39; 8,37; 9,9). Él sabía que no le permitían hacer aquello que estaba haciendo. Antes o después, lo detendrían. Además, en aquella sociedad, el anuncio del Reino, como lo hacía Jesús, no estaba tolerado. ¡O daba marcha atrás, o le esperaba la muerte! No había otra alternativa. Pero Jesús no retrocede. Por esto en el horizonte aparece la cruz, no ya como una posibilidad, sino como una certeza (Lc 9,22). Junto a la cruz aparece la tentación de continuar el camino del Mesías Glorioso y no el de Siervo Sufridor Crucificado, anunciado por el profeta Isaías (Mc 8,32-33). En esta hora difícil, Jesús sube a la montaña para orar, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan. En la oración encuentra la fuerza para no perder la dirección de su misión (cfr Mc 1, 35).
Lucas 9,29: El cambio que tiene lugar durante la oración
Apenas Jesús ora, su aspecto cambia y aparece glorioso. Su rostro cambia de aspecto y su vestido aparece blanco y refulgente. Es la gloria que los discípulos imaginaban para el Mesías. Este cambio de aspecto les demostraba que Jesús, de hecho, era el Mesías que todos esperaban. Pero lo que sigue del episodio de la Transfiguración indicará que el camino hacia la gloria es muy diverso del que ellos imaginaban. La transfiguración será una llamada a la conversión.
Lucas 9,30-31: Dos hombres aparecen y hablan con Jesús
Junto a Jesús, en la misma gloria aparecen Moisés y Elías, los dos mayores exponentes del Antiguo Testamento, que representaban la Ley y los Profetas. Hablan con Jesús del “éxodo” que debería llevar a cumplimiento en Jerusalén”. Así, delante de sus discípulos, la Ley y los Profetas confirman que Jesús es verdaderamente el Mesías Glorioso, prometido en el Antiguo Testamento y esperado por todo el pueblo. Además, confirman que el camino hacia la Gloria pasa por la vía dolorosa del éxodo. El éxodo de Jesús es su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de su “éxodo” Jesús rompe el dominio de la falsa idea divulgada, sea por el gobierno como por la religión oficial y que mantenía a todos enmarcados en la visión de un Mesías glorioso nacionalista. La experiencia de la Transfiguración confirmaba que Jesús con su opción de Mesías Siervo constituía una ayuda para liberarlos de sus ideas falsas sobre el Mesías y descubrir un nuevo significado del Reino de Dios.
Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos
Los discípulos estaban profundamente dormidos. Cuando se despertaron, pudieron ver la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con Él. Pero la reacción de Pedro indica que no se dieron cuenta del significado de la gloria con la que Jesús aparecía delante de ellos. Como nos sucede también tantas veces, sólo nos damos cuenta de lo que nos interesa. El resto escapa a nuestra atención. “Maestro, bueno es estarnos aquí”. ¡Y no queremos descender de la montaña! Cuando se habla de Cruz, tanto en el Monte de la Transfiguración, como en el Monte de los Olivos (Lc 22,45), ¡ellos duermen! ¡A ellos les gusta más la Gloria que la Cruz! No les agrada oír hablar de la cruz. Ellos desean asegurar el momento de la gloria en el Monte, y se ofrecen para construir tres tiendas. Pedro no sabía lo que decía. Mientras Pedro habla, una nube desciende de lo alto y les envuelve con su sombra. Lucas dice que los discípulos tuvieron miedo cuando la nube los envolvió. La nube es un símbolo de la presencia de Dios. La nube acompañó a la muchedumbre en su camino por el desierto (Ex 40, 34-38; Num 10,11-12). Cuando Jesús subió al cielo, fue cubierto por una nube y no lo vieron más (Act 1,9). Una señal de que Jesús había entrado para siempre en el mundo de Dios.
Lucas 9,35-36: La voz del Padre
Una voz sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle”. Con esta misma frase el profeta Isaías había anunciado al Mesías–Siervo (Is 42,1). Después de Moisés y Elías, ahora es el mismo Dios quien presenta a Jesús como Mesías-Siervo, que llegará a la gloria mediante la cruz. Y nos deja una advertencia final: “¡Escuchadle!”. En el momento en el que la voz celeste se hace sentir, Moisés y Elías desaparecen y queda Jesús solo. Esto significa, que de ahora en adelante es sólo Él, el que interpreta las Escrituras y la Voluntad de Dios. Es Él la Palabra de Dios para los discípulos: “¡Escuchadle!”. La afirmación “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” era muy importante para las comunidades de finales de los años ochenta. Por medio de esta afirmación, Dios Padre confirmaba la fe de los cristianos en Jesús como Hijo de Dios. En el tiempo de Jesús, o sea, hacia los años 30, la expresión Hijo del Hombre indicaba una dignidad y una misión muy elevada. Jesús mismo relativizaba el término y decía que todos son hijos de Dios (cfr Jn 10,33-35). Pero para pocos el título de Hijo de Dios se convirtió en el resumen de todos los títulos, más de ciento, que los primeros cristianos dieron a Jesús en la segunda mitad del siglo primero. En los siglos siguientes, fue en este título de Hijo de Dios, donde la Iglesia concentró toda su fe en la persona de Jesús.
c) Más profundización:
i) La Transfiguración se narra en los tres evangelios: Mateo (Mt 17,1-9), Marcos (Mc 9,2-8) y Lucas (Lc 9,28-36). Señal de que este episodio recogía un mensaje muy importante. Como hemos dicho, se trató de una ayuda muy grande para Jesús, para sus discípulos y para las primeras comunidades. Confirmó a Jesús en su misión en cualidad de Mesías-Siervo. Ayudó a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento les causaban. Llevaba a las comunidades a profundizar en su fe en Jesús, Hijo de Dios, Aquél que reveló el Padre y que se convirtió en la nueva clave para interpretar la Ley y los Profetas. La Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar las crisis que el sufrimiento y la cruz nos producen hoy. Los discípulos soñolientos son el espejo de todos nosotros. La voz del Padre se dirige a ellos, como a nosotros: “¡Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle!”
ii) En el evangelio de Lucas existe una semejanza muy grande entre la Transfiguración (Lc 9,28-36) y la escena de la Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46). Se puede percibir lo siguiente: en los dos episodios, Jesús sube a una Montaña para orar y lleva consigo a sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan. En las dos ocasiones, Jesús cambia de aspecto y se transfigura delante de ellos: glorioso en la Transfiguración, sudando sangre en el Huerto de los Olivos. Las dos veces aparecen figuras celestiales para confortarlo, Moisés y Elías y un ángel del cielo. Y tanto en la Transfiguración como en el Huerto, los discípulos duermen, se muestran extraños al hecho y parece que no entienden nada. Al final de los dos episodios, Jesús se reúne de nuevo con sus discípulos. Sin duda alguna, Lucas tuvo la intención de acentuar la semejanza de estos tres episodios. ¿Cuál sería? Y meditando y rezando llegaremos a entender el significado que supera las palabras, y a percibir la intención de su autor. El Espíritu Santo nos guiará.
iii) Lucas describe la Transfiguración. Hay momentos en la vida en los que el sufrimiento es tan grande que una persona llega a pensar: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que Él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de la presencia de Dios. Entonces todo cambia y se transfigura. ¡Es la Transfiguración! Sucede cada día en nuestra vida.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Sal 24, 6.2.22
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, que son eternos:
que nuestros enemigos no triunfen sobre nosotros.
Dios de Israel, líbranos de todas nuestras angustias.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado,
alimenta nuestro espíritu con tu Palabra,
para que, después de haber purificado nuestra mirada interior,
podamos contemplar gozosos la gloria de su rostro.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Padre,
que este sacrificio borre nuestros pecados
y santifique el cuerpo y el alma de tus fieles
para poder celebrar dignamente las fiestas pascuales.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO:
La Transfiguración del Señor
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor Nuestro.
Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos
les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa,
para que constara, con el testimonio de la Ley y los Profetas,
que, por la pasión, debía llegar a la gloria de la resurrección.
Por eso, con los coros celestiales,
te alabamos en la tierra llenos de alegría,
cantando sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Antífona de comunión Mt 17, 5
Este es mi Hijo muy querido,
en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.
Oración después de la comunión
Después de haber recibido estos gloriosos misterios, Padre,
te damos gracias, porque, aun viviendo en la tierra,
ya nos haces partícipes de los bienes del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración sobre el pueblo
Señor, bendice a tus fieles y protégelos constantemente;
haz que se identifiquen de tal modo con el Evangelio de tu Hijo,
que anhelen siempre aquella gloria
con la que se mostró a los Apóstoles
y puedan alcanzarla felizmente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Dios selló una alianza con el fiel Abraham
Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18
Dios llevó a Abrám afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas.» Y añadió: «Así será tu descendencia.»
Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.
Entonces el Señor le dijo: «Yo soy el Señor que te hice salir de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra.»
«Señor, respondió Abrám, ¿cómo sabré que la voy a poseer?»
El Señor le respondió: «Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma.»
El trajo todos estos animales, los cortó por la mitad y puso cada mitad una frente a otra, pero no dividió los pájaros. Las aves de rapiña se abalanzaron sobre los animales muertos, pero Abrám las espantó.
Al ponerse el sol, Abrám cayó en un profundo sueño, y lo invadió un gran temor, una densa oscuridad. Cuando se puso el sol y estuvo completamente oscuro, un horno humeante y una antorcha encendida pasaron en medio de los animales descuartizados. Aquel día, el Señor hizo una alianza con Abrám diciendo: «Yo he dado esta tierra a tu descendencia, desde el Torrente de Egipto hasta el Gran Río, el río Eufrates.»
Palabra de Dios.
SALMO Sal 26, 1. 7-9. 13-14
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré? R.
¡Escucha, Señor, yo te invoco en alta voz,
apiádate de mí y respóndeme!
Mi corazón sabe que dijiste:
«Busquen mi rostro.» R.
Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.
No alejes con ira a tu servidor, Tú, que eres mi ayuda;
no me dejes ni me abandones,
mi Dios y mi salvador. R.
Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor. R.
Cristo hará nuestro cuerpo
semejante a su cuerpo glorioso
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 17-4, 1
Sigan mi ejemplo, hermanos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado. Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra. En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.
Palabra de Dios.
O bien más breve:
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 20-4, 1
Hermanos:
Nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.
Palabra de Dios.
VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Mt 17, 5
Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre:
«Este es mi Hijo amado; escúchenlo»
EVANGELIO
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 28b-36
Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.
Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.
Palabra del Señor.
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