3 Domingo de Cuaresma (C)
Liturgia Diaria Domingo 3º de Cuaresma - Ciclo C
Saludo (Ver Primera Lectura)
El Señor dice: “He visto la miseria de mi pueblo;
he oído su clamor anhelando ser libre;
me doy cuenta de su sufrimiento;
intento liberarlos”.
Que este Dios cercano y preocupado por su pueblo
esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1.A no Ser que Ustedes se Arrepientan
Todos sabemos que Cuaresma es un tiempo de conversión. Hay mucho mal en el mundo. Y tenemos conciencia de que también hay mucha maldad en nosotros mismos. Éstas son ciertamente razones para un cambio. Pero la razón más profunda para la conversión no es el mal que percibimos en nosotros mismos y a nuestro alrededor en el mundo, ni los castigos que podamos recibir para pagar por nuestros pecados. El último y más profundo porqué para la conversión es Dios mismo: Encontrar personalmente a Dios y su amor. Nuestra fe en Dios y en su fidelidad hacia nosotros, y la bondad que nos mostró en Cristo son los motivos más profundos para arrepentirnos y para responder a su santidad.
2.He Visto la Miseria de mi Pueblo
Si vivimos pisando firmes con los dos pies en tierra, no podemos menos de ver que vivimos en un mundo que no es exactamente el mundo soñado por Dios. No somos el pueblo en el que Dios sueña y al que nos llama; muchas situaciones y estructuras necesitan cambio; y mucha gente vive en la miseria y en la opresión. Necesitamos conversión; el mundo que nos rodea la necesita. El Señor nos dice en este tercer domingo de Cuaresma: “He visto la miseria de mi pueblo”. ---¿Vemos también nosotros esa miseria de nuestro pueblo? ¿Y qué hacemos ante ella? Porque conversión significa cambiar nuestras estructuras y, sobre todo, nuestra forma de vida, volviéndonos sinceramente a Dios y a los hermanos. ¿Estamos realmente dispuestos e incluso deseosos de cambiar?
Acto Penitencial
¡Qué lejos estamos todavía
de ser las personas soñadas por Dios,
que nos llama a ser
plenamente humanas y cristianas!
Le pedimos a él que nos dé
el espíritu de genuino arrepentimiento.
(Pausa)
Señor, tú fuiste en todo igual a nosotros,
pero en ti no hubo pecado.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú nos llamas repetidamente a la conversión y penitencia. Haznos lo bastante humildes para que podamos arrepentirnos.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú sientes regocijo por un pecador arrepentido. Otórganos la alegría de tu perdón.
R/ Señor, ten misericordia de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdónanos todo el mal que hemos hecho y todo el bien que hemos dejado de hacer. Que tu santidad brille sobre nosotros y nos lleve a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que el Señor nos dé el coraje y valor para arrepentirnos sinceramente y volver a él y a los hermanos.
(Pausa)
Oh Dios, paciente y bondadoso:
Nosotros estamos muy poco dispuestos
y somos muy lentos
para hacer el cambio de corazón que necesitamos.
Concédenos tiempo para comprender
la amplitud de tu misericordia y tu amor,
que tu Hijo Jesucristo nos mostró en toda su plenitud
en su pasión y su muerte.
Reconoce a tu propio Hijo en nosotros
y acógenos aun contando con nuestra pobreza.
Aúpanos, transfórmanos,
para que proclamemos tu persistente amor
por medio de Jesucristo, nuestro Señor.
Primera Lectura (Ex 3,1-8a.13-15): Dios es un Dios del Pueblo
En la zarza ardiendo Dios se revela a Moisés como un Dios que está siempre presente en el pueblo. Él conducirá a su pueblo elegido desde una tierra de esclavitud hasta una tierra de libertad.
Segunda Lectura (1Cor 10,1-6.10-12): Estar Bautizado y Comulgar no es Bastante
Dios había conducido a su pueblo a través de las aguas salvadoras del Mar Rojo, y les había dado maná para comer; sin embargo, muchos fallaron; no respondieron al amor de Dios, y perecieron. --- Nosotros estamos bautizados con agua liberadora y comemos el pan de vida de la eucaristía; sin embargo, no estamos automáticamente salvados por eso, a no ser que vivamos como pueblo redimido por Cristo.
Evangelio (Lc 13,1-9): Conviértanse y Den Fruto
Dios es paciente y da a cada uno una oportunidad. Accidentes y catástrofes naturales no deben interpretarse como señales de que Dios es vengativo; sin embargo, los acontecimientos de la vida son un constante llamado a la conversión y a una vida auténticamente cristiana.
Oración de los Fieles
Dios es paciente, y también consciente de nuestras miserias. Roguémosle para que nos ayude en el camino de conversión y de la renovación, y digámosle:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Para que todos los fieles de la Iglesia escuchemos el llamado de Cristo y de la misma Comunidad Cristiana para mirar dentro de nuestro corazón y cambiar lo que debemos cambiar, roguemos al Señor:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Para que Dios nos dé el valor para comprometernos con Cristo en la liberación de los que se sienten atrapados por su propio egoísmo y por sistemas políticos, sociales y económicos injustos, roguemos al Señor:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Para que los que tienen responsabilidad sobre otros sean personas de fe y visión, cercanas al pueblo a ellas encomendado, y preocupadas por su bienestar material y espiritual, roguemos al Señor:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Para que sepamos llevar un poco de calor a aquellos cuyo corazón está vacío y frío, para que descubran la verdadera felicidad en el amor a Dios y a su prójimo, roguemos al Señor:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Para que la palabra de Dios nos estimule a todos nosotros en nuestras comunidades, para que demos frutos de justicia y amor, y para que el pan de vida de la eucaristía nos dé fuerza y afiance nuestra fidelidad, roguemos al Señor:
R/ Señor, ten piedad de tu pueblo.
Oh Dios de amor y compasión, escucha el grito de un mundo atrapado por el sufrimiento, el egoísmo y el pecado, y haznos libres e ilusionados para obrar siempre el bien, por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Señor, Padre misericordioso:
En el nuestro bautismo sembraste en nosotros
las semillas de una nueva vida.
En la eucaristía nos das a tu Hijo
como nuestro compañero de camino
y como alimento para nuestro crecimiento.
No nos permitas pensar que ya estamos salvados
porque tu Hijo está con nosotros.
Que él nos ayude a no caer en egoísmo y en pecado,
a crecer en tu vida y en tu amor
y a apoyarnos unos a otros
en nuestro camino hacia ti,
que eres nuestro Dios,
por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias al Padre por darnos cada año, durante este tiempo de gracia de la Cuaresma, la oportunidad para transformarnos y para ir creciendo en cercanía a él y a los hermanos.
Introducción al Padre Nuestro
Oremos al Padre con Jesucristo nuestro Señor,
que conoce todas nuestras necesidades.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y danos la paz de tu perdón y reconciliación.
Libéranos de todas las ataduras del pecado
y danos el valor de vivir fielmente
la vida a la que tú nos has llamado.
Fortalécenos en las pruebas de la vida,
mientras aguardamos con gozosa esperanza
la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor, Cordero de Dios,
que vino a librar al mundo del pecado
y a sostenernos en nuestra lucha
contra las fuerzas del mal.
Dichosos nosotros llamados
a vivir la vida de Nuestro Señor, Jesucristo.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Que tu Hijo permanezca con nosotros
en el camino de la renovación:
para que pronunciemos su nombre
con respeto y gratitud;
para que edifiquemos tu reino
y cumplamos siempre tu voluntad;
para que demos pan y espacio de libertad
a cada persona;
para que haya perdón para todos;
para que no nos tentemos unos a otros
induciéndonos al mal
ni nos endurezcamos en nuestro egoísmo.
Esperamos que haya liberación
y redención de nuestros pecados,
de tal modo que sigamos confiando en ti
y vivamos siempre en tu amor.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Donde y cuando Dios se revela a su pueblo, allí les da una misión. Hoy nos ha dicho de nuevo en esta eucaristía: “He visto las miserias de mi pueblo”.
Él nos dice a nosotros también: Díganles a sus hermanos y hermanas que el Dios de nuestros Padres nos envía a ellos, para llevarles a una tierra de libertad, donde será bueno y bello vivir juntos en paz, solidaridad y amistad.
Compartamos el amor de Dios, los unos con los otros.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Vayan en Paz y compartan la preocupación y el amor de Dios por su pueblo.
MÁS ALLÁ DE LA EQUIDAD
Acción de gracias
Es nuestra diaria obligación darte gracias, Padre Dios,
por el ser que nos das y la creación que nos acompaña.
Nuestra mente no está capacitada para comprenderte
Tenemos una larga historia plagada de falsos dioses,
los que hemos creado confundiéndolos contigo.
Nos hemos empeñado en hacerte como nosotros, interesado,
más que justo justiciero, incluso vengativo,
te hemos puesto en una nube, guardando las distancias.
Qué equivocados andamos, eres pura bondad y amor,
cercano, comprensivo, generoso sin límite,
el mejor de los padres y la madre más entrañable.
No te define bien el calificativo de todopoderoso
aunque te llamen así en tantas oraciones.
Tienes tanto poder como para crear el universo,
pero sólo te mueve el amor cuando nos das tu vida.
Gracias, Dios nuestro, unidos a todos los que creen en Ti,
pero en nombre de todos los seres humanos,
recitamos en tu honor este himno de agradecimiento
Memorial de la Cena del Señor
Queremos ahora darte gracias, Padre santo,
por el privilegio de contar entre los seres humanos
a tu hijo Jesús, el hijo del hombre, nuestro modelo y guía.
Nos sorprenden todavía sus maravillosas parábolas,
que te retratan como un Dios increíblemente generoso,
accesible, al que se puede llamar confiadamente de Tú.
Hiciste bien en confiarle la implantación de tu Reino.
Su entrega a esta misión fue total,
curó de su ceguera a todo el que fue en su búsqueda,
y curó de su sordera a quien quiso escucharle.
Fue, como Tú, amigo de los pobres, de los enfermos,
fue el abogado defensor de cuantos sufrían injusticias.
Les mostró a todos ellos su solidaridad
y defendió a muerte su causa.
Invocación al Espíritu de Dios
Remueve, Señor, nuestras entrañas, sacúdenos,
que nos atrevamos a salir de nuestra pasiva comodidad,
porque hacemos poco y tenemos que hacer mucho más
por la mucha gente que muere cada día de hambre.
Su tragedia es angustiosa, desesperante,
aunque apenas les oigamos gritar desde nuestra burbuja.
Envía, Padre santo, tu Espíritu sobre toda la humanidad.
Lo necesitamos con urgencia. Hoy más que nunca,
nos hemos distanciado mucho de tu proyecto de mundo.
Debemos asumir nuestra directa responsabilidad,
la de todos nosotros, y tomar medidas drásticas,
no conformarnos con ser aparentemente buena gente.
Tenemos que ir más allá de la ley y la costumbre.
Podemos contar con tu ayuda y unir nuestro esfuerzo
al de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Arropados por tan buenos hermanos, unidos a Jesús,
Dios todo amoroso, te suplicamos tu bendición paternal.
AMÉN.
Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera
Después de escuchar las lecturas de hoy, podemos decir que hay algo común a todas ellas: la misericordia ilimitada de Dios. Se ocupó de su pueblo por medio de patriarcas, primero, y de profetas, después, hasta que envió a su propio Hijo, como señal del máximo amor. También hoy sale a nuestro paso, para infundirnos valor. Y siempre con paciencia, respetando nuestros ritmos.
Paciencia, parece, le faltaba a Moisés. Tuvo que huir de Egipto, porque mató a un “abusón” que maltrataba a un israelita. En su lugar de refugio, defiende a unas jóvenes que querían abrevar sus ganados de otros “abusones”. No podía permanecer impasible ante la injusticia. Incluso en la distancia, seguía recordando a sus hermanos, oprimidos en Egipto. Posiblemente por eso el Señor se le revela, para anunciarle sus planes de liberación.
A través del fuego y de la zarza ardiente, Moisés ve la cercanía de su Dios, un Dios que se preocupa por su pueblo, y que ha oído sus lamentos. Moisés se descalza, porque las sandalias están hechas con la piel de un animal impuro, con ellas no puede entrar en el lugar santo. Descalzo, ya es posible entrar en contacto con Dios. Y de esa manera certifica que está en presencia de una revelación que viene de Dios, no es el fruto de su fantasía. Tiene una misión, y esa misión es divina.
Al revelar su nombre, al implicarse, los israelitas podrán ver que Dios no es un ser ajeno, distante en su paraíso; al revés, se interesa y mucho por lo que sucede aquí, en la tierra, que sufre con los problemas y la opresión de su pueblo, y que se implica para liberarlos. Es un Dios que realiza sus proyectos por medio de ángeles que se dejan modelar por su Palabra, que tienen el corazón lleno de Dios y por eso se atreven a correr riesgos. Con objeciones, con miedos, pero con fe, como Moisés.
Hasta llegar a la tierra prometida, hay un largo camino que recorrer. No hay que descuidarse, ni relajarse. Es el mensaje de Pablo a la comunidad de Corinto, pero también es actual para nosotros. La gracia de Dios no actúa de forma automática, como si fuera magia. Hay que creer en Cristo (nuevo Moisés), haber sido bautizado (paso del Mar Rojo) y alimentado con la Eucaristía (el pan y el vino son el nuevo maná y el agua del desierto). Todo eso es imprescindible, pero, además, hay que llevar una vida coherente con los valores del Evangelio. Si no, podemos perdernos y no entrar en la tierra prometida, como les pasó a los “rebeldes” del Éxodo. Por eso, “el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.”
Muchas veces, como el pueblo de Israel, tenemos la tentación de mirar hacia atrás´, o envidiar cómo viven los no creyentes. Y podemos pensar que lo que abandonamos, lo que hacen los demás, es mejor que lo que nos espera en la tierra prometida. Puede que nos venza el cansancio y comencemos a dudar de si Dios nos muestra el camino o vamos por el mundo sin rumbo, huérfanos. Esta Cuaresma es un buen momento para pensar sobre esto y, si es necesario, recalibrar el navegador de nuestro corazón. Porque Dios nos espera, y espera mucho de nosotros, para que sigamos sembrando ilusiones y esperanzas, el Evangelio y sus mandamientos allá donde estemos presentes. No podemos quedarnos sentados, conformándonos con ser ramas de un frondoso árbol, a la sombra, sin ser pregoneros de ese Evangelio en el que creemos. Tenemos que ser cristianos en salida, “a tope”, no a medio gas.
Las palabras de Cristo siempre nos ayudan a entender lo que significa vivir como verdaderos cristianos. En el texto de hoy, interpreta dos sucesos de la vida cotidiana con el fin de iluminar a sus oyentes. Y de ambos sucesos, es decir, de un abuso de autoridad – la muerte de unos galileos a manos de Poncio Pilatos – y de un accidente – la caída de una torre en Siloé, que mató a dieciocho personas – interpretando los signos de los tiempos, saca como conclusión una llamada a la conversión. En cuántas ocasiones una enfermedad, un accidente o una catástrofe natural nos hace experimentar la fragilidad de la vida. Perdemos a un amigo o a un familiar cercano, y nos planteamos muchas cosas.
Hay una lectura cristiana de todo esto, que no es ni fatalista ni de rebelión contra Dios. La muerte es un misterio, y no es Dios quien la manda como escarmiento por los pecados, ni “la consiente”, a pesar de su bondad. En el plan divino no había lugar para la muerte, pero se coló por el mal uso de la libertad del hombre. Y, como siempre, Dios sabe sacar de la muerte, vida, y del mal, bien. La muerte de Cristo, a todas luces injustas, toda muerte tiene un sentido misterioso, pero salvador. Y con esa esperanza, nosotros, frágiles, caducos, debemos convertirnos, para que la muerte, cuando llegue, nos encuentre preparados y podamos participar de la muerte y resurrección de Cristo.
Al contrario que Moisés, Jesús nos recuerda que Él es paciente. Así que, si queremos ser como Jesús, tenemos que intentar salvar más y condenar menos. Siendo exigentes con nosotros mismos, para dar fruto. Y siendo pacientes con los demás, ayudándoles para que se encuentren con Jesús. Somos hijos de nuestro tiempo, queremos ver los resultados ya: que todo se arregle en un instante, que el mal sea exterminado instantáneamente… La vida no es así. En la naturaleza todo crece lentamente, madura a su ritmo. Y no siempre se recoge el fruto deseado.
Convendría, pues adoptar una actitud de espera activa y confiada, como la de ese viñador de la parábola. Él supo ver las posibilidades de la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante en el futuro. Trabajando y confiando.
Es un buen momento, entonces, de hacer un balance de nuestra Cuaresma personal y comunitaria. ¿estamos dando frutos? ¿O hay esclavitudes, pecados, problemas que no nos dejan darlos? ¿De qué debo liberarme, para poder volverme al Señor? ¿Cómo va mi paciencia? Esta Cuaresma puede ser el momento de soltar todo lo que no nos deja dar lo mejor de nosotros mismos. Mostremos todo lo bueno que hay en nuestro interior, y tengamos fe en que, con la ayuda de Dios, no hay lucha o tarea que nos resulte imposible. Él va siempre delante, abriendo camino.
EVANGELIO
Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 13,1-9
En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
- ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola:
Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
- Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó:
- Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
Palabra de Dios.
ANTES QUE SEA TARDE
Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia. Sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos.
Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: "Convertíos y creed en esta Buena Noticia". Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.
Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada, como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al "Reino de Dios". Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde.
En alguna ocasión cuenta una pequeña parábola. El propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año viene a buscar fruto en ella, y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando terreno inútilmente, lo más razonable es cortarla.
Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no quiere verla morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, para ver si da fruto.
El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, "el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido".
Lo que necesitamos hoy en la Iglesia no es solo introducir pequeñas reformas, promover el "aggiornamento" o cuidar la adaptación a nuestros tiempos. Necesitamos una conversión a nivel más profundo, un "corazón nuevo", una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del reino de Dios.
Hemos de reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.
Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano II no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.
¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?
Si no os convertís, todos pereceréis.
Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.
No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?
Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: “si no os convertís, todos pereceréis”.
La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios "justiciero" que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.
Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.
Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es "¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?", sino "¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?".
Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.
¿PARA QUÉ UNA HIGUERA SIN HIGOS?
¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Jesús se esforzaba de muchas maneras por despertar en la gente la conversión a Dios. Era su verdadera pasión: ha llegado el momento de buscar el reino de Dios y su justicia, la hora de dedicarse a construir una vida más justa y humana, tal como la quiere él.
Según el evangelio de Lucas, Jesús pronunció en cierta ocasión una pequeña parábola sobre una higuera estéril. Quería desbloquear la actitud decepcionante de quienes le escuchaban, sin responder prácticamente a su llamada. El relato es breve y claro.
Un propietario tiene plantada en medio de su viña una higuera. Durante mucho tiempo ha venido a buscar fruto en ella. Sin embargo, año tras año, la higuera viene defraudando las esperanzas que ha depositado en ella. Allí sigue, estéril, en medio de la viña.
El dueño toma la decisión más sensata. La higuera no produce fruto y está absorbiendo inútilmente las fuerzas del terreno. Lo más razonable es cortarla. ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde?
Contra toda sensatez, el viñador propone hacer todo lo posible para salvarla. Cavará la tierra alrededor de la higuera para que pueda contar con la humedad necesaria, y le echará estiércol para que se alimente. Sostenida por el amor, la confianza y la solicitud de su cuidador, la higuera queda invitada a dar fruto. ¿Sabrá responder?
El relato de Jesús es una parábola abierta, contada para provocar nuestra reacción. ¿Para qué una higuera sin higos? ¿Para qué una vida estéril y sin creatividad? ¿Para qué un cristianismo sin seguimiento práctico a Cristo? ¿Para qué una Iglesia sin dedicación al reino de Dios?
La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Para qué una religión que no cambia nuestros corazones? ¿Para qué un culto sin conversión y una práctica que nos tranquiliza y confirma en nuestro bienestar? ¿Para qué preocuparnos tanto de ocupar un lugar importante en la sociedad, si no introducimos fuerza transformadora con nuestras vidas? ¿Para qué hablar de las “raíces cristianas” de Europa, si no es posible ver los “frutos cristianos” de los seguidores de Jesús?
VIDA ESTÉRIL
¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Es el riesgo más grave que nos amenaza a todos: terminar viviendo una vida estéril. Sin darnos cuenta, vamos reduciendo la vida a lo que nos parece importante: ganar dinero, estar informados, comprar cosas y saber divertirnos. Pasados unos años, nos podemos encontrar viviendo sin más horizonte ni proyectos.
Es lo más fácil. Poco a poco, vamos sustituyendo los valores que podrían alentar la vida por pequeños intereses que nos ayudan a “ir tirando”. Tal vez, no es mucho, pero nos basta con “sobrevivir” sin más aspiraciones. Lo importante es “sentirse bien” y “mantenerse joven”.
No nos sentimos tan mal en esta cultura que los expertos llaman “cultura de la intranscendencia”. Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos apetece, la felicidad con el bienestar. Ya sabemos que eso no es todo, pero tratamos de convencernos de que nos basta.
Sin embargo, no es fácil vivir así, repitiéndonos una y otra vez, alimentándonos siempre de lo mismo, sin creatividad ni compromiso alguno, con esa sensación extraña de estancamiento, incapaces de hacemos cargo del propio sufrimiento y del ajeno de forma constructiva.
La razón última de esa insatisfacción es profunda. Vivir de manera estéril significa no entrar en el proceso creador de Dios, permanecer como espectadores pasivos, no entender nada de lo que es el misterio de la vida, negar en nosotros lo que nos hace más semejantes al Creador: el amor compasivo y la entrega generosa.
Jesús compara la vida estéril de una persona con una “higuera que no da fruto”. ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde? La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Qué sentido tiene vivir ocupando un lugar en el conjunto de la creación si nuestra vida no contribuye a construir un mundo mejor? ¿Qué significa pasar por esta vida sin hacerla un poco más humana?
Criar un hijo, construir una familia, cuidar a los padres ancianos, cultivar la amistad o acompañar de cerca a una persona necesitada... no es “desaprovechar la vida”, sino vivirla desde su raíz más plena.
CAUTIVOS DE UNA RELIGIÓN BURGUESA
A ver si da fruto.
Hace unos años Juan Bautista Metz publicó un pequeño libro que causó verdadero impacto entre los católicos alemanes. Según el prestigioso teólogo, en la Europa actual no es la religión la que transforma a la sociedad burguesa. Es, más bien, ésta la que va rebajando y desvirtuando lo mejor de la religión cristiana (Más allá de la religión burguesa, Sígueme, Salamanca 1982).
No le faltaba razón. Día a día vamos interiorizando actitudes burguesas como la seguridad, el bienestar, la autonomía, el rendimiento o el éxito, que oscurecen y disuelven actitudes genuinamente cristianas como la conversión a Dios, la compasión, la defensa de los pobres, el amor desinteresado o la disposición al sufrimiento.
Qué fácil es vivir una religión que no cambia los corazones, un culto sin conversión, una práctica religiosa que nos tranquiliza y confirma en nuestro pequeño bienestar, mientras seguimos desoyendo las llamadas de Dios. ¿Cómo es nuestro cristianismo? ¿Nos convertimos o nos limitamos a creer en la conversión? ¿Nos compadecemos de los que sufren o nos limitamos a creer en la compasión? ¿Amamos de manera desinteresada o nos limitarnos a vivir un amor privado y excluyente, que renuncia a la justicia universal y nos enejen-a en nuestro pequeño mundo?
¿Cómo puede ver Dios un “cristianismo estéril”? La parábola de Jesús nos habla de un señor que busca inútilmente los frutos de una higuera que no le da higos. La higuera es estéril. No hace sino “ocupar un terreno en balde”. El señor, sin embargo, no la corta ni destruye. Al contrario, la cuida todavía mejor, y sigue esperando que un día dé frutos. Así es la paciencia de Dios. Después de veinte siglos de historia, sigue esperando un cristianismo más vigoroso y fecundo.
Tres actitudes nos pueden ayudar a irnos liberando del “cautiverio de una religión burguesa”. En primer lugar, una mirada limpia para ver la realidad sin prejuicios ni intereses; las injusticias se alimentan a sí mismas mediante la mentira. Después, una empatía compasiva que nos lleve a defender a las víctimas y a solidarizarnos siempre con su sufrimiento. Por último, sencillez de vida para crear un estilo de vida alternativo a los códigos vigentes en la sociedad burguesa.
LA ORIENTACIÓN DE FONDO
A ver si da fruto.
El objetivo de la Iglesia no es preservar el pasado. Siempre será necesario volver a las fuentes para mantener vivo el fuego del Evangelio, pero su objeto no es conservar lo que está desapareciendo porque ya no responde a los interrogantes y desafíos del momento actual. La Iglesia no ha de convertirse en monumento de lo que fue. Alimentar el recuerdo y la nostalgia del pasado sólo conduciría a una pasividad y pesimismo poco acordes con el tono que ha de inspirar a la comunidad de Cristo.
El objetivo de la Iglesia no es tampoco sobrevivir. Sería indigno de su ser más profundo. Hacer de la supervivencia el propósito o la orientación subliminal del quehacer eclesial nos llevaría a la resignación y la inercia, nunca a la audacia y la creatividad. “Resignarse” puede parecer una virtud santa y necesaria hoy, pero puede también encerrar no poca comodidad y cobardía. Lo más sencillo sería cerrar los ojos y no hacer nada. Sin embargo, hay mucho que hacer. Nada menos que esto: escuchar y responder a la acción del Espíritu en estos momentos.
Propiamente, tampoco ha de ser el primer propósito configurar el futuro tratando de imaginar cómo habrá de ser la Iglesia en una época que nosotros no conoceremos. Nadie tiene una receta para el futuro. Sólo sabemos que el futuro se está gestando en el presente. Esta generación de cristianos está decidiendo en buena parte el porvenir de la fe entre nosotros. No hemos de caer en la impaciencia y el nerviosismo estéril buscando “hacer algo” como sea, de forma apresurada y sin discernimiento. Lo que seamos ahora mismo los creyentes de hoy será, de alguna manera, lo que se transmitirá a las siguientes generaciones.
Lo que se le pide a la Iglesia de hoy es que sea lo que dice ser: la Iglesia de Jesucristo. Por decirlo con palabras del evangelio de Juan, lo decisivo es “permanecer” en Cristo y “dar fruto” ahora mismo, sin dejarnos coger por la nostalgia del pasado ni por la incertidumbre del futuro. No es el instinto de conservación sino el Espíritu del Resucitado el que ha de guiamos. No hay excusas para no vivir la fe de manera viva ahora mismo, sin esperar a que las circunstancias cambien. Es necesario reflexionar, buscar nuevos caminos, aprender formas nuevas de anunciar a Cristo, pero todo ello ha de nacer de una santidad nueva.
La parábola de “la higuera estéril”, dirigida por Jesús a Israel, se convierte hoy en una clara advertencia para la Iglesia actual. No hay que perderse en lamentaciones estériles. Lo decisivo es enraizar nuestra vida en Cristo y despertar la creatividad y los frutos del Espíritu.
¿QUIEN DECIDE MI VIDA?
A ver si da fruto.
La pregunta es compleja y ha sido objeto de vivas discusiones en el campo de la sicología. No hace falta seguir las teorías de Watson o Skinner sobre “la vida fabricada desde fuera”, para observar la enorme repercusión que el entorno social tiene en cada uno de nosotros.
La vida de no pocos viene decidida, en buena parte, desde el mercado. La sociedad de consumo se preocupa de saber no quiénes somos, sino qué vamos a consumir y de qué dinero vamos a disponer. Todo está convenientemente organizado para hacer de cada uno de nosotros un buen consumidor.
La publicidad, por su parte, me dicta por qué cosas me tengo que interesar y hacia dónde he de dirigir mis pasos. La moda decide cómo he de vestir y qué aspecto he de presentar. La cultura me indica cómo he de pensar y qué he de sentir. Además, mi trabajo y mi rol social me hacen vivir en función de unos determinados intereses.
Por eso, todo aquel que quiera ser él mismo ha de preguntarse alguna vez: “Quién decide mi vida? ¿A quién o a qué le estoy dando poder para programar mi existencia diaria?” En el fondo de estos interrogantes subyace otra cuestión más radical: “Qué quiero ser yo? ¿Qué busco?”
A nadie se le escapa que son preguntas importantes en las que nos jugamos todo. Sin embargo, raras veces aparecen en la vida de las personas. De ordinario, andamos “ocupados” con preguntas, a nuestro parecer, más prácticas e interesantes, buscando en cada momento qué nos resultará más útil o más agradable.
El riesgo de empobrecer nuestra vida es, entonces, muy grande. O nos dejamos manejar desde fuera como marionetas, o nos guiamos por algo tan postmoderno como el “me apetece” y “me gusta” ¿No es éste el modo de “funcionar” de bastantes?
Desde una perspectiva creyente, la vida es un don y una tarea. El gran regalo que hemos recibido todos y la gran tarea que tenemos por delante: ese “¿qué voy a hacer con mi vida?” que decía X. Zubiri. Es como si Dios, Creador y Padre, nos dijera a cada uno: “Hijo mío, tú estás sostenido por mi gracia y mi bendición. Tienes todo lo necesario para vivir tu aventura personal y ser tú mismo. ¿Por qué no vives como hijo mío?”.
La parábola narrada por Jesús, del hombre que planta una higuera y viene año tras año a buscar fruto, es imagen de la “paciencia” de Dios que sigue esperando ver más fruto en nuestra vida.
NO MALGASTAR LA VIDA
A ver si da fruto...
La vida moderna ha traído consigo un aumento notable del número de muertes repentinas. Hombres jóvenes fulminados por el infarto o la crisis cerebral. Vidas destrozadas en cualquier carretera. Accidentes laborales y tragedias de todo tipo.
Son noticias que a veces aparecen en primera página. Pero, casi diariamente las podemos encontrar en los espacios de “noticias breves” o en las páginas de sucesos. Ya sólo nos afectan cuando se trata de un familiar, un amigo o alguien conocido.
Todos sabemos que nuestra vida es limitada y que siempre está amenazada por la enfermedad, el accidente o la desgracia. Pero la muerte repentina nos hace ver con más claridad la fragilidad de nuestra existencia.
Sin embargo, el hombre contemporáneo se resiste a reflexionar. La muerte ya no es misterio ni destino. No ayuda a comprender la vida. Hay que tomarla como un accidente inevitable, triste y desagradable que es necesario olvidar cuanto antes.
Los mismos predicadores apenas hablan de ella. Se ha abusado tanto en otras épocas infundiendo el temor a la muerte repentina y urgiendo la conversión bajo la amenaza del juicio imprevisto de Dios, que nadie quiere caer en una trampa tan poco digna.
Sin embargo, es una equivocación considerar la muerte como algo irrelevante y cerrar los ojos a una realidad que pertenece a la misma vida: la existencia de cada persona puede quedar truncada en cualquier momento.
Es más sana la postura de Jesús que, ante el asesinato de unos galileos a manos de Pilato o ante el accidente mortal de dieciocho habitantes de Jerusalén aplastados por el derrumbamiento de una torre cercana a la piscina de Siloé, se esfuerza por hacer reflexionar a sus contemporáneos. La posibilidad de que de nuestra vida acabe en cualquier momento nos ha de hacer pensar qué estamos haciendo con ella.
La parábola de la higuera estéril es una llamada de alerta a quienes viven de manera infecunda y mediocre. ¿Cómo es posible que una persona que recibe la vida como un regalo lleno de posibilidades vaya pasando los días malgastándola inútilmente?
Según Jesús, es una grave equivocación vivir de manera estéril y perezosa, dejando siempre para más tarde esa decisión personal que sabemos daría un rumbo nuevo, más creativo y fecundo a nuestra existencia.
He podido leer estos días un conjunto de pensamientos breves atribuidos a Madre Teresa de Calcuta. Tal vez puedan ayudar a alguien a decidirse por una manera nueva de vivir:
“La vida es una oportunidad, aprovéchala. La vida es belleza, admírala. La vida es un reto, afróntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego, juégalo. La vida es preciosa, cuídala. La vida es amor, gózalo. La vida es un misterio, desvélalo. La vida es tristeza, supérala. La vida es un combate, acéptalo. La vida es una tragedia, domínala. La vida es una aventura, arrástrala. La vida es felicidad, merécela. La vida es la vida, defiéndela.”
EL SI CONFIADO A DIOS
Si no os convertís...
Estos días estoy oyendo hablar de Dios a bastantes personas que han leído la Carta Pastoral de los Obispos. A varios les he escuchado la misma pregunta: ¿Es posible realmente vivir una relación viva y concreta con ese Dios en nuestros días o es una “utopía” más, algo de lo que hablamos sabiendo que nuestras vidas seguirán como siempre?
Ciertamente, Dios no puede acercarse a nosotros como Alguien vivo y concreto mientras nosotros no queramos abrirnos sinceramente a El. Y acoger a Dios quiere decir dejar que Dios diga algo a nuestra vida. Dejarle a Dios ser Dios en nuestro vivir diario.
Esta actitud no es algo sencillo. Confiarse a Dios es algo radical, absoluto, incondicional, que no puede brotar de cualquier manera en nosotros a partir de razones, argumentos y pruebas. Cuando el hombre se confía a Dios está arriesgando mucho más que todo lo que esas razones y pruebas parecen apoyar.
Ese SI confiado a Dios descansa en último término en una decisión vital que tiene lugar en nosotros a un nivel más profundo que todas las pruebas racionales o coacciones de carácter intelectual.
Es una decisión de confianza radical en la vida y en Aquel que la fundamenta y la sostiene. Pese a toda la incertidumbre e inseguridad que nos rodea, pese a nuestro desvalimiento y fragilidad, nace en nosotros una radical confianza en el sentido último del mundo y de la vida y en el misterio santo de Aquel que lo alienta todo.
Lo que sucede es que en las cosas más insignificantes y triviales, las personas podemos tener una gran seguridad. Es fácil estar seguro de que dos y dos son cuatro. Pero cuanto más profundo es el misterio en el que queremos ahondar, tanto más debemos abrirnos a él, prepararnos interiormente, acoger con toda nuestra persona, escuchar toda llamada por humilde que nos pueda parecer.
Creer en Dios exige una conversión, una actitud abierta y confiada al misterio. La advertencia de Jesús es clara: “Si no os convertís, todos pereceréis”.
No es indiferente decir sí o decir no a Dios. Cada uno de nosotros elegimos el sentido último que queremos dar a nuestra existencia. Y también vale aquí aquello de que quien no elige ya está eligiendo. Ha elegido no elegir. Probablemente la elección más desacertada y cobarde.
La fe del creyente descansa en una confianza total en Dios. Su oración última es la del salmista: “En Ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre”.
NO BASTA CRITICAR
Si no os convertís, todos pereceréis.
No basta criticar. No basta indignarse y deplorar los males, atribuyendo siempre y exclusivamente a otros su responsabilidad.
Nadie puede situarse en una “zona neutral” de inocencia. De muchas maneras, todos somos culpables. Y es necesario que todos sepamos reconocer nuestra propia responsabilidad en los conflictos y la injusticia que afecta a nuestra sociedad.
Sin duda, la crítica es necesaria si queremos construir una convivencia más humana. Pero la crítica se convierte en verdadero engaño cuando termina siendo un tranquilizante cómodo que nos impide descubrir nuestra propia implicación en las injusticias y nuestra despreocupación por los problemas de los demás.
Jesús nos invita a no pasarnos la vida denunciando culpabilidades ajenas. Una actitud de conversión exige además la valentía de reconocer con sinceridad el propio pecado y comprometerse en la renovación de la propia vida.
Hemos de convencernos de que necesitamos reconstruir entre todos una civilización que se asiente en cimientos nuevos. Se hace urgente un cambio de dirección.
Hay que abandonar presupuestos que hemos estado considerando válidos e intangibles y dar a nuestra convivencia una nueva orientación.
Tenemos que aprender a vivir una vida diferente, no de acuerdo a las reglas de juego que hemos impuesto en nuestra sociedad egoísta, sino de acuerdo a valores nuevos y escuchando las aspiraciones más profundas del ser humano.
Desde el “impasse” a que ha llegado nuestra sociedad del bienestar, hemos de escuchar el grito de alerta de Jesús: “Si no os convertís, todos pereceréis”.
Nos salvaremos, si llegamos a ser no más poderosos sino más solidarios. Creceremos, no siendo cada vez más grandes sino estando cada vez más cerca de los pequeños. Seremos felices, no teniendo cada vez más, sino compartiendo cada vez mejor.
No nos salvaremos si continuamos gritando cada uno nuestras propias reivindicaciones y olvidando las necesidades de los demás.
No seremos más cuerdos si no aprendemos a vivir más en desacuerdo con el sistema de vida utilitarista, hedonista e insolidario que nos hemos organizado.
Nos salvaremos si desoímos más el ruido de los “slogans” y nos atrevemos a escuchar con más fidelidad el susurro del evangelio de Jesús.
BUSCANDO AL CULPABLE
¿Pensáis que eran más culpables?
Los análisis que explican el origen de la injusticia y la opresión en nuestra sociedad no nos dan la última respuesta al problema del mal en el hombre.
Los diversos estudios de carácter sociológico y sicológico que tratan de descubrir las causas históricas de los males concretos que esclavizan al hombre moderno son absolutamente necesarios para buscar soluciones eficaces a nuestra sociedad actual. Pero, no terminan de explicar el enigma de un hombre que no logra la convivencia gozosa y liberadora que anda buscando.
Hay muchas preguntas que no tienen fácil respuesta. ¿Por qué los hombres, en la medida en que tienen fuerza, tienden a oprimir a otros? ¿Por qué los que poseen bienes no buscan, en general, compartirlos con los necesitados? ¿Por qué el hombre situado en una posición de privilegio y poder no busca eficazmente la igualdad fundamental de todos?
No parece una ingenuidad el escuchar la invitación de Jesús a descubrir con ms lucidez, detrás de los acontecimientos y actuaciones humanas, la fuerza del pecado como una realidad que nos deshumaniza individual y colectivamente.
El pecado, no como un rasgo genérico de nuestra condición humana, sino como un egoísmo concreto que crece en el corazón de cada hombre y toma cuerpo en las instituciones injustas y en los mecanismos y estructuras de opresión que, con frecuencia, encauzan la actividad económica y política.
Sin duda, la humanización de nuestra convivencia exige una serie de conquistas de orden político y socio-económico: una distribución más equitativa de lo que se produce, una participación mayor de los ciudadanos en la gestión pública, un control más eficaz del servicio público...
Pero, sería una equivocación pensar que el futuro más humano de nuestra sociedad se construirá sólo con la puesta en marcha de unos determinados proyectos políticos.
No nacerá un “hombre nuevo” entre nosotros, si cada uno no somos conscientes de nuestro propio pecado y nos comprometemos es un esfuerzo de renovación personal.
Ha crecido de manera notable nuestra capacidad crítica frente a las estructuras, la institución y la culpabilidad de los demás. Pero, corremos el riesgo de quedarnos ciegos ante nuestra propia culpa.
Tratamos de buscar al culpable y lo encontramos casi siempre en los demás. Pero, todos sabemos que nuestra sociedad no cambiará por el hecho de que cada uno apunte acusadoramente al vecino.
El enemigo de una sociedad más justa no es sólo el otro, sino yo mismo, con mi egoísmo, mi irresponsabilidad, mi absentismo cómodo, mi despreocupación por los problemas ajenos.
DIOS NO CASTIGA
Fray Marcos
Lc 13, 01-09
El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo.
Premio y castigo son dos realidades correlativas, si se da una, se da la otra. Si Dios es el que manda la lluvia, la sequía es necesariamente un castigo. Es muy difícil superar la idea de "el Dios que premia a los buenos y castiga a los malos", pero hay que intentarlo. La dinámica en la que hemos metido a Dios, es un callejón sin salida, para Él y para nosotros. Nuestra primera obligación sería, dejar a Dios ser Dios.
En la primera lectura, la gran teofanía de Yahvé a Moisés, indica el principio de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Debemos tener mucho cuidado al leer estos textos. No son relatos históricos tal como entendemos hoy la historia.
Los acontecimientos a los que hace referencia sucedieron en el s. XIII a. de C. No se escribieron de una vez, sino que fueron elaborándose durante más de siete siglos. Seguramente que los primeros relatos fueron orales hasta el reinado de David (s. X), cuando ya aparecerían los primeros escritos dispersos sobre el tema. La última redacción se produjo en el siglo V en tiempos de Esdras y Nehemías.
Se trata de vivencias plasmadas después de siete siglos de haber ocurrido. No podemos esperar que respondan a los acontecimientos tal como sucedieron, sino que reflejen la experiencia religiosa de liberación de un pueblo.
El éxodo es la experiencia central de todo el AT. Dios salva a su pueblo y en esa salvación, el pueblo se reconoce como elegido y mimado por Dios.
En primer lugar, fíjate bien, Dios responde a las quejas del pueblo. No es un Dios impasible trascendente que le importa muy poco la suerte de los seres humanos. Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos. Otra cosa es como tenemos que interpretar esa actuación de Dios.
En segundo lugar, se sirve de los seres humanos para llevar a cabo la obra de salvación. Aunque Moisés se declara incapacitado, es enviado. Esto es muy importante a la hora de aplicar a Dios la liberación. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a la mayoría de los seres humanos. Estas dos verdades son claves para entender al Dios de Jesús.
"Yo soy el que soy". Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia, y seguramente de todo el pensamiento religioso: Dios no tiene nombre, simplemente, ES. El nombre de Dios es una expresión verbal: "El que es y actúa".
En aquella cultura, conocer el nombre de alguien era dominarlo. La enseñanza es que Dios es inabarcable y nadie puede conocerle ni manipularle. Es una pena que, sin tener esto en cuenta, hayamos intentado durante dos mil años "conocer" a Dios y meterlo en conceptos para manipularlo. Las pretensiones de la "teología" han sido y siguen siendo descabelladas. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado, y sólo "sequndum quid" acertado. Pero a la hora de la verdad, olvidamos esto y defendemos nuestros ridículos conceptos sobre Dios como si se tratara de la mismísima realidad divina.
Partiendo de la experiencia de Israel, Pablo advierte a los cristianos de Corinto, que no basta pertenecer a una comunidad para estar seguro. Nada podrá suplir la respuesta personal a las exigencias de tu ser. El ampararse en seguridades de grupo, puede ser una trampa.
Esta recomendación de Pablo está muy de acuerdo con el evangelio. Pablo dice: "El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga." Y Jesús dice por dos veces: "si no os convertís todos pereceréis". La vida humana es camino hacia la plenitud, que necesita de constantes "rectificaciones", si no corregimos el rumbo equivocado, nos precipitaremos al abismo.
El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema, ¿Es el mal consecuencia del pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios. Incluso la lectura de Pablo que acabamos de leer se puede interpretar en esa dirección.
Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Lo expresa claramente el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro es el del ciego de nacimiento en el evangelio de Juan, donde los discípulos preguntan a Jesús, ¿Quién pecó, éste o sus padres? Para Jesús la relación de Dios con nosotros está en un ámbito más profundo.
Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos pueda alcanzar, debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede estar más claro, pero como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice. Sólo oímos lo que queremos escuchar desde nuestros prejuicios.
Insisto, debemos salir de esa idea de Dios Señor o patrón soberano que desde fuera nos vigila y exige su tributo. De nada sirve camuflarla con sutilezas. Por ejemplo: Dios, puede que no castigue aquí abajo, pero castiga en la otra vida... O, Dios nos castiga, pero es por amor y para salvarnos... O Dios castiga sólo a los malos... O merecemos castigo, pero Cristo, con su muerte, nos libró de él.
Pensar que Dios nos trata como tratamos nosotros al asno, que sólo funciona a base de palo o zanahoria, es ridiculizar a Dios y al ser humano
Claro que estamos constantemente en manos de Dios, pero su acción no tiene nada que ver con las causas segundas. La acción de Dios es de distinta naturaleza que la acción del hombre, por eso la acción de Dios, ni se suma ni se resta ni se interfiere con la acción de las causas físicas.
Desde el Paleolítico, se ha creído que todos los acontecimientos eran queridos y por lo tanto realizados puntualmente, por "un dios" todopoderoso. Pero resulta que Dios, por ser "acto puro", por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. Tampoco puede dejar de hacer nada de lo que está haciendo, porque perdería algo y dejaría de ser Dios.
Y si no os convertís, todos pereceréis. La expresión "os convertís", no traduce adecuadamente el verbo griego metanohte, que significa más bien: "si no cambiáis de mentalidad, si no veis la realidad desde otra perspectiva..."
No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos igualmente pecadores y tenemos que cambiar de rumbo. Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos nos lleva al abismo, nunca estaremos motivados para evitar el desastre. Si no tomamos conciencia de que tenemos algo que rectificar, no hay salvación posible.
Si soy yo el que voy caminando hacia el abismo, solo yo puedo cambiar de rumbo y evitar el desastre. Cada uno tiene la responsabilidad de sus acciones u omisiones y debe esforzarse por acertar en lo que hace o deja de hacer.
No somos marionetas en las manos de Dios, sino personas, es decir seres autónomos que debemos apechugar con nuestra responsabilidad, sin esperar que seres extraterrestres nos saquen las castañas del fuego en los momentos de dificultad. Pero sin temor a que, por habernos equivocado, tomen represalias contra nosotros.
La parábola de la higuera arroja mucha luz sobre el tema. Recordemos que la higuera era uno de los símbolos del pueblo de Israel. El número tres es símbolo de plenitud. Es como si dijera: Dios te da todo el tiempo del mundo y además un año. Pero por mucha paciencia que tenga Dios, el tiempo para dar fruto es limitado. Dios es amor total, don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Soy único, irrepetible. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la culpa será solo mía.
No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. El cumplir la tarea será el premio, no cumplirla el castigo. La tarea del ser humano no es hacer cosas sino hacerse, es decir, tomar conciencia de su verdadero ser y vivir esa realidad a tope. Claro que si ese proceso de concienciación no se traduce en "frutos", será la prueba de que no se ha dado.
¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Tal vez sea ésta la cuestión más importante que nos debemos plantear.
No se trata de hacer o dejar de hacer esto o aquello para alcanzar la salvación. Se trata de alcanzar una liberación interior que me lleve a hacer esto o dejar de hacer lo otro porque me lo pide mi auténtico ser.
La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, estar identificado con Dios. Descubrir y vivir esa realidad es tu verdadera salvación.
Una persona le preguntó a un místico, famoso por los milagros que hacía: ¿Tú eres Dios? Él contestó sencillamente: "Sí, soy Dios; y tú también lo eres. La única diferencia consiste en que yo lo sé y tú no lo sabes." Mientras no lo "sepamos", Dios seguirá siendo un ídolo para nosotros.
Meditación-contemplación
No tienes que esperar nada de fuera.
Dios ya lo ha dado todo, lo que falta lo tienes que hacer tú.
Pero la tarea fundamental está dentro de ti mismo.
Es un proceso de iluminación, de toma de conciencia de lo que eres.
.........................
Convertirse es centrarse.
Presupone la conciencia de estar descentrado.
Si no descubres que tu camino te lleva fuera, a las cosas terrenas,
no estarás motivado para ninguna rectificación.
........................
No intentes cambiar de objetivos fuera de ti. Es perder el tiempo.
La única meta que te puede saciar está dentro.
Céntrate, concéntrate.
Ese es el único camino de conversión.
.......................
LA CONVERSIÓN QUE PIDE EL EVANGELIO
Enrique Martínez Lozano
Lc 13, 01-09
El presente relato, exclusivo de Lucas, plantea una reflexión sobre la conversión, en forma de parábola, tomando pie de unos sucesos dramáticos que habían conmocionado a la población.
Para entender la "novedad" de la respuesta de Jesús, es preciso conocer que, en la mentalidad judía, la enfermedad y el mal, en general, eran consecuencia del propio pecado. La ausencia de mal, por el contrario, era considerada signo de la bendición divina.
Jesús se desmarca de esa idea tradicional, desatando el nudo "religioso" entre sufrimiento y pecado. Al haber anudado ambas realidades, quienes sufrían cualquier calamidad se convertían automáticamente en objeto de juicio condenatorio por parte de los demás y ellos mismos se veían abocados a un angustiante sentimiento de culpabilidad y desesperanza. La desgracia los limitaba; la culpabilidad terminaba hundiéndolos.
Es sabido que la autoridad tiende con facilidad a generar sentimientos de culpa, porque un sujeto culpabilizado se convierte en alguien sumiso y dispuesto a seguir los dictados del superior. Desde los papás que amenazan al hijo con no quererlo si no hacen lo que le mandan, hasta la religión que habla de castigos, lo que se está buscando –consciente o inconscientemente- es "obediencia" y sumisión.
La culpabilidad, sin embargo, hace daño. Entre ella, que suele acabar en el hundimiento, y la irresponsabilidad que infantiliza y, en forma de autojustificación, fortalece el narcisismo, la actitud sana es la responsabilidad, como sentimiento maduro de quien entiende la vida como "respuesta" –ésa es su etimología- coherente con las distintas situaciones que se le presentan.
Es la responsabilidad la que produce pesar y dolor en las ocasiones en que, alejándonos de la fidelidad a lo mejor de nosotros mismos, provocamos daño a los otros o a nuestro medio. Pero ese pesar doloroso –a diferencia de la culpabilidad- no paraliza ni hunde, sino que moviliza para el cambio.
Así entendido, me parece que es sano desenmascarar radicalmente cualquier sentimiento de culpabilidad de un modo tajante:
"Somos responsables de todo aquello en lo que intervenimos
y de aquello otro que omitimos,
pero no somos culpables de nada".
Es a esta responsabilidad a la que podemos asociar con la conversión que pide el evangelio. Porque el "perecer" de que habla no hay que entenderlo en clave de amenaza ni castigo, sino sencillamente como la consecuencia de una actitud y un comportamiento desajustados.
Por decirlo de un modo simple: si no somos responsables –si no respondemos humanamente a los diferentes desafíos que la vida nos presenta-, nos estamos cerrando la salida, creando infelicidad para nosotros mismos, haciendo la convivencia imposible y destruyendo el planeta; es decir, estamos provocando nuestro propio desastre.
A eso precisamente apunta la parábola de la higuera plantada en la viña. Parece que, como trasfondo, estaría un rito habitual que consistía en acercarse a un árbol para convencerle, hacha en mano, de que fructificara el próximo año, amenazándolo con cortarlo si esto no ocurría.
La parábola, sin embargo, pone también de relieve la paciencia del viñador. A pesar de llevar "tres años" –un tiempo "definitivo"- sin dar fruto, todavía el viñador sigue confiando en ella, a la vez que le ofrece todos los cuidados con esmero: "cavaré alrededor y le echaré estiércol".
Jesús parece subrayar la paciencia divina, porque comprende y respeta el momento y el ritmo de cada persona. Conocedor del corazón humano, sabe de los condicionamientos de todo tipo que pesan sobre él:
ü sufrimientos pendientes o no elaborados,
ü mecanismos de defensa puestos en marcha a lo largo de la vida para poder sobrevivir,
ü ignorancia básica de quiénes somos y de lo que nuestro ser quiere vivir...
Necesitamos tiempo y paciencia para crecer en lucidez y en consciencia, así como en libertad interior –frente a los propios miedos y necesidades-, para poder ser coherentes y fieles a lo mejor de nosotros mismos.
Desde esa fidelidad, todo empieza a cobrar sentido: nos abrimos a quienes somos y vamos construyendo relaciones armoniosas. Eso es lo que significa, según el evangelio, "dar fruto", y que queda admirablemente sintetizado en las palabras de Jesús: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" (evangelio de Lucas 6,36).
Por eso, cuando la religión ha olvidado (olvida) este principio tan elemental, se ha pervertido: ha generado demasiado sufrimiento y ha provocado ateísmo. Se ha alejado de su núcleo espiritual, que no es otro que la compasión y la libertad, para convertirse en "religión de poder", centrada en la norma, el credo, el rito o el miedo.
En esta misma dirección señalan las sabias palabras del Dalai Lama, en el relato de Leonardo Boff.
Cuenta el teólogo Leonardo Boff, una de las figuras sobresalientes de la teología de la liberación, que, en una ocasión, le preguntó al Dalai Lama:
"Santidad, ¿cuál es la mejor religión?".
El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió y le contestó:
"La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor".
Para salir de la perplejidad ante tal respuesta, volvió a preguntarle:
"¿Qué es lo que me hace mejor?".
El respondió:
"Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético... La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión".
Y Boff concluye:
"Hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. No me interesa, amigo, tu religión, o si tienes o no tienes religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, delante del mundo".
No hay otro criterio más acertado: "La mejor religión es la que hace mejores personas". O, como dijo el propio Dalai Lama, en otra ocasión, "mi religión es la compasión". Una respuesta totalmente "cristiana", porque fue eso –y no otros supuestos "intereses religiosos"- lo que Jesús vivió y enseñó.
De Jesús son palabras tan inequívocas como éstas:
"No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre" (evangelio de Mateo 7,21).
O, citando a Oseas:
"Misericordia quiero, y no sacrificios" (Mateo 12,7).
Y, con toda rotundidad:
"Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí... Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí" (Mateo 24,40.45).
No podía haber otro criterio para aquél, a quien se definió de esta forma: "Pasó por la vida haciendo el bien" (Hechos de los Apóstoles 10,38).
Sin falsos o trasnochados espiritualismos, aquí se halla lo decisivo del cristianismo: lo que cuentan no son los "discursos religiosos", sino "hacer el bien", en lo que coincide la llamada "regla de oro", presente en todas las grandes tradiciones de sabiduría: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros" (Mateo 7,12).
En una época de "ocaso religioso", debido a un cambio en el "nivel de conciencia" –las formas religiosas conocidas son deudoras de estadios anteriores-, me parece importante centrarse en la sabiduría espiritual que está en el origen de todas aquellas tradiciones.
UNA FE ESTÉRIL
José Enrique Galarreta
Lc 13, 01-09
Se nos plantea el tema básico: la conversión, vista desde un ángulo práctico y de exigencia: "Ya conocemos a Dios, ya sabemos cómo vivir; ahora ¿qué hacemos?".
Conocemos a Dios, pero esto puede no servir para nada.
Hemos visto cómo el texto del Éxodo presenta el encuentro de Moisés con Dios. "Conocer el nombre de Dios" equivale a "conocer a Dios". El Antiguo Testamento lo resolvió con toda lógica: "No es posible conocer a Dios sin morir", "no es posible para el ser humano ver el rostro de Dios".
Por eso, en La Morada, Yahvé permitirá que Moisés le vea "de espalda". Es preciosa la expresión de Agar, la esclava de Abraham expulsada al desierto con su hijo Ismael, cuando un ángel le socorre proporcionándole agua y ella, aterrada, se pregunta: "¿Habrán visto mis ojos la espalda de Aquel que me ve?".
Todo esto es superado de manera inconcebible por Jesús. Nuestros ojos lo han visto. Nuestros oídos le han escuchado, nuestras manos han podido palpar. Y no han visto ni palpado terrores, nubes ardientes, lejanías temibles: han visto bondad, compasión, arriesgarse para curar, solidaridad con el pobre, capacidad de entrega incondicional: la revelación de Dios en Jesús pone patas arriba todas las fantásticas y temibles imaginaciones de la Antigua ley.
Pablo retoma el tema desde una perspectiva personal y urgente: "no todos los israelitas que salieron de Egipto agradaron a Dios". Pertenecer al pueblo, salir de Egipto... ¿Se creían seguros? ¿Pensaban quizás "somos el Pueblo elegido, somos superiores, estamos salvados, Dios está con nosotros", y esto era toda su religión? Si esto era así, cometieron el mayor error: pensar que "la salvación" es algo que viene de fuera, que religión es pertenecer a un pueblo, conocer a Dios, cumplir unos ritos... No agradaron a Dios.
Y el evangelio de Lucas lo plantea ya de manera polémica y "actual". Le cuentan a Jesús el fin desgraciado de unos "guerrilleros antirromanos" y de un accidente de la torre de Siloé. Jesús aprovecha estos sucesos para una "catequesis" doble.
En primer lugar, a la "gente bien", que ve con malos ojos a los guerrilleros y piensan que bien merecido tienen el castigo. En segundo lugar a los que, superficialmente, piensan que todo mal es "castigo de Dios".
Jesús desarrolla dos ideas: "¿Os creéis mejores que esos guerrilleros?". "¿Os creéis que los males del mundo son los castigos de los pecados?". Y aprovecha la oportunidad para decir: "Vosotros, que sois "los que conocéis a Dios", os creéis 'justos', pero sois como una higuera bien cuidada, en buena tierra, bien abonada... Si no da fruto no vale más que para leña".
Una más de las "parábolas" vegetales, agrícolas, de Jesús. El sembrador, el grano de mostaza, la cizaña, la cosecha abundante, el árbol bueno y malo... Y prácticamente todas ellas apuntando a un mensaje: frutos.
Es la vertiente exigente, radical y práctica de la Buena Noticia.
Nosotros tenemos la tendencia a pensar que estamos salvados porque hemos tenido suerte, porque Dios nos ha querido más que a otros, porque estamos bautizados, porque tenemos el modo de que se nos perdonen los pecados... Son todo cosas exteriores, que nos vienen de fuera, que no suponen nuestra conversión.
Pertenecer a la Iglesia, conocer a Dios, participar en la Eucaristía... son la buena tierra, la poda, el riego, el abono de la higuera. Si no dan fruto, no sirve para nada más que "para cansar la tierra". No estamos "salvados"; lo que estamos es bien cuidados, bien abonados, bien podados, bien alimentados... en espera del fruto.
Y no podemos menos que recordar en este contexto otras palabras de Jesús: (Mt 23)
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de Dios; porque vosotros no entráis, y les impedís la entrada a otros.
"Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas que pagáis el diezmo de la menta y del comino y habéis descuidado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad.
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis el exterior de la copa mientras el interior está lleno de rapiña y de intemperancia..."
Y quizá la más expresiva de todas: (Mt 7,22)
"Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis".
«No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"
Es claro que nuestra situación es más de debilidad que de hipocresía. Pero no pocas veces resulta intolerable la desproporción entre nuestro conocimiento de Dios y la escasa transformación de nuestra vida.
Pienso que la fe sin obras es un tema teológico estéril. Pero pienso también que la mediocridad de nuestra vida, nuestro servicio a dos señores es una característica de nuestra religiosidad que la hace estéril. ¿Qué poder de transformación de la vida tiene de hecho la Palabra de Dios entre nosotros? Sin querer responder a esta pregunta, porque debe ser respondida personalmente, pienso que se debe plantear como test de sinceridad religiosa. Somos cristianos exactamente en la medida en que la Palabra tiene poder para cambiar nuestra vida.
De aquí se derivaría otra consideración más general sobre la Iglesia Católica Romana y su poder de transformación de la sociedad. Hay un texto estremecedor de Dibelius que me parece oportuno citar:
"En mi opinión, la causa del fracaso de la Iglesia en el siglo XIX... hay que buscarla ante todo en el hecho de que la Iglesia siempre estuvo tan estrechamente ligada a los poderes de este mundo que no se atrevió a desatar revoluciones espirituales.
El Sermón del Monte es una "cámara del tesoro" de una radical energía espiritual, pero cualquiera que se hubiera atrevido a aplicar esas fuerzas a la civilización o a la existencia humana en el mundo moderno, habría aparecido como si quisiera echar a pique el mundo; y esto hizo que el cristianismo dudara en atreverse.
En esta situación, el cristianismo no era revolucionario, sino relativamente conservador, unas iglesias más que otras. Pero, en conjunto, las iglesias actuaron más bien como "buena conciencia" en lugar de actuar como "conciencia crítica". Prefirieron apoyar el orden reinante en el mundo, en vez de criticarlo: fortalecer a los poderes dominantes, en lugar de oponerse a ellos.
La Iglesia, que antaño había sido de los predicadores del Evangelio para la Vida Eterna, se convirtió en un poder de este mundo, monstruosamente conservador."
ALGUNAS PRECISIONES IMPORTANTES
Sigue preocupando a muchas personas el hecho de que en muchas parábolas y dichos de Jesús aparezcan expresiones de condena. Aquí concretamente, "todos pereceréis del mismo modo", repetido dos veces, y la imagen de la higuera cortada. Respecto a ello, debemos recordar:
a) Nunca debemos sacar conclusiones de una frase del evangelio fuera de todo el contexto: la línea de fuerza más notable de todo el Evangelio es sin duda Dios – Abbá, que desplaza radicalmente a Dios-Juez Severo. Conforme a esta línea prioritaria hay que entender todo lo demás.
b) Las expresiones de condenación están todas en las parábolas, y, dentro de ellas, no en el mensaje central de la parábola sino en sus aplicaciones concretas. Sabemos que esas aplicaciones son redaccionales, es decir, la aplicación que el redactor del evangelio hace del mensaje de Jesús.
c) En consecuencia, entendemos esas expresiones como aplicación de un aspecto del mensaje de Jesús: la importancia, la urgencia de dar buenos frutos. Sin embargo, no se expresa en ellas otra parte del mismo mensaje: el amor de Dios que trabaja constantemente para que se realice su sueño: que todos sus hijos lo sean definitiva y completamente. En la unión de los dos mensajes está el mensaje completo, sin que uno pueda desplazar al otro, pero conservando la jerarquía: lo fundamental es que Dios me quiere.
Por otra parte, me permito hacer una interpretación de la parábola, absolutamente personal y no derivada de Jesús, pero que nos puede hacer pensar. Si hiciéramos una interpretación alegórica de la parábola, y quisiéramos identificar en ella personajes concretos, pensaríamos sin duda que yo soy la higuera, de quien se espera fruto, y que Dios es el Amo, que los espera, y si no los encuentra, la corta.
Pero ¿no podríamos pensar que ese amo es el sentido común, la justicia humana, y que Dios está representado en el viñador, que tiene paciencia, que espera un año más... porque le tiene cariño a la higuera?
Desde luego, no hay que hacer interpretaciones alegorizantes de las parábolas, pero si caemos en la tentación de hacerlas...
TRES MANERAS DE MORIR Y UNA SOLA DE SALVARSE
José Luis Sicre
Tres maneras de morir
1) Asesinado por Pilato; 2) Aplastado por una torre; 3) Negándonos a convertirnos.
Todo comienza con el deseo de tenderle a Jesús una trampa. ¿Cómo reaccionará él, que es galileo, ante el asesinato de otros galileos por orden del procurador romano? La trampa es muy astuta: nadie le pregunta qué piensa de este hecho; se limitan a contarle el caso. Si responde airadamente, se enemistará con las autoridades; si se calla la boca, se revelará como un mal galileo y un mal israelita.
Para quienes han venido a contarle el caso, todo se juega entre unos galileos muertos, Pilato y Jesús. Ellos se limitan a informar, como la prensa; el caso no les afecta personalmente. Y aquí es donde Jesús va a cazarlos en su propia trampa. Con una ironía muy sutil da por supuesto que sus informadores no le piden una declaración de tipo político (Pilato es un asesino, muerte a los romanos) sino de tipo religioso (esos galileos han muerto por ser pecadores). De hecho, la mayoría de los judíos de la época (y muchos cristianos actuales), consideran que una desgracia es consecuencia de un pecado.
Pero Jesús toma un rumbo completamente distinto. Los importantes no son los galileos muertos, Pilato y Jesús. Los importantes son ellos, los que preguntan, que no pueden considerarse al margen de los acontecimientos. Si piensan que esos galileos eran más pecadores que ellos, se equivocan. También se equivocaron quienes pensaron que los dieciocho aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.
La muerte no solo la provocan políticos injustos y criminales (Pilato) o desgracias naturales evitables (la torre). Hay otra amenaza mucho más grave: la que tramamos contra nosotros mismos cuando nos negamos a convertirnos.
Dios pide higos a la higuera, no pide peras al olmo
La historia de los galileos y de la torre la ha utilizado Jesús para avisar seriamente, y por dos veces: “Si no os convertís, todos pereceréis”. Quienes conciben a Jesús como un hippy de los años 80 del siglo pasado, repartiendo flores y besos, no han leído nunca el evangelio. Él no hay traído paz sino espada.
Pero la invitación tan seria a convertirse, con la amenaza de perecer en caso contrario, no debe interpretarse de forma equivocada. Dios no va a caer sobre nosotros como una torre ni va a mandar a sus ángeles con espadas desenvainadas. Mediante una breve parábola Lucas cuenta cómo nos va a tratar: como un agricultor sensato, realista y paciente.
Sensato, porque solo nos pide lo que podemos dar naturalmente, sin especial esfuerzo. De la higuera solo espera que dé higos, no plátanos ni melones. Lo que espera de nosotros es algo que cada uno debe pensar teniendo en cuenta sus circunstancias familiares y laborales, pero nunca esperará nada que exceda nuestra capacidad.
Realista, porque no se deja engañar. La higuera lleva tres años sin dar fruto. Con él no valen las excusas del mal estudiante que asegura haber trabajado mucho cuando no ha dado golpe en todo el curso. A nosotros podemos engañarnos diciendo que damos fruto; a Dios, no.
Paciente, porque ha esperado ya tres años, y todavía está dispuesto a conceder uno más.
Pero la parábola no habla solo del dueño de la viña. El gran protagonista es el viñador, el que intercede por la higuera y se compromete a cavarla y echarle estiércol. Ya que la higuera nos representa a cada uno de nosotros, el viñador tiene que ser Jesús. Se espera que la higuera produzca fruto no solo por ella misma sino también gracias a su acción.
En definitiva, la parabolita final matiza bastante la dureza de la primera parte del evangelio. Pero matizar no significa anular. Si nos empeñamos en no dar fruto, si no mejora nuestra relación con Dios y con el prójimo, por más que Jesús cave y trabaje, la higuera será cortada.
Nosotros no somos distintos ni mejores (lecturas 1ª y 2ª)
En el evangelio, Jesús advierte a los presentes que no deben considerarse mejores que los asesinados por Pilato o muertos por el derrumbe de la torre. Las dos primeras lecturas nos recuerdan que nosotros no somos mejores que el pueblo de Israel, para que nadie se sienta seguro y termine cayendo, como indica Pablo.
La lectura del Éxodo nos habla de la preocupación de Dios por su pueblo esclavizado en Egipto. La vocación de Moisés será el primer acto de su liberación. Por eso, el estribillo del Salmo repite: “El Señor es compasivo y misericordioso”.
Pero la carta a los Corintios recuerda que, a pesar de tantos beneficios divinos (paso del Mar, maná, agua que brota de la roca), muchos israelitas no agradaron a Dios y terminaron pereciendo en el desierto. Y añade que esto debe servirnos de ejemplo y escarmiento. Nos puede ocurrir lo mismo si nos comportamos igual que ellos. Dicho con las palabras del evangelio. “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.”
TERAPIA DE REANIMACIÓN
María Dolores López Guzmán
Lc 13, 1-9
¿Quién no ha tenido alguna vez en su casa una planta pequeña, de esas que sus raíces no han “agarrado bien”, que al cabo de los días o de pocas semanas sus hojas empiezan a perder brillo y a manifestar signos de decaimiento y flacidez? En ese instante suelen aparecer dos opciones: dejarla morir para cambiarla cuanto antes por otra con más lustre que pueda dar un toque chic a nuestra habitación; o aguantar un poco más a ver si coge fuelle y revive. Normalmente gana la primera idea; al fin y al cabo los esquejes son baratos y variados, hay donde elegir, y así se acaba cuanto antes con el problema.
En este evangelio, sin embargo, el Señor nos dice claramente que su estilo es más acorde con el segundo modo de obrar. Porque Él no da nada por perdido. Ya lo adelantó en el Antiguo Testamento, como queda recogido en la primera lectura de este domingo, donde Yahvé le revela a Moisés que su nombre es “Yo soy el que soy”, una expresión que en hebreo significa, “Yo soy el que está contigo”. E igualmente San Pablo refuerza esta idea en la segunda lectura advirtiéndonos de que no hay dos categorías de personas –las que se creen seguras y “a salvo”, y las “acabadas” –, porque todos tenemos algo de lo que ser sanados y por tanto, Dios está con todos.
Cualquiera que sea nuestra situación, Él nunca va a dejar a nadie “tirado”, pues actúa como el viñador de la parábola: yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Él espera y confía en que lo bueno saldrá. Por eso mientras muchos que contemplan la miseria piensan que “ya no hay nada que hacer”, otros –el Señor entre ellos– vierten su tiempo y su cariño en acciones para revitalizar y reanimar lo que la mayoría da por perdido. Dios también está en la UCI, actuando las 24 horas, volcado en nuestra mejoría. Él siempre está “de guardia”, y esa presencia segura es nuestra mejor terapia.
P. ANTONIO IZQUIERDO
Mensaje doctrinal
Dios es fuego que no se consume. En la mentalidad antigua el fuego es símbolo de poder y de fuerza divinos. En el Antiguo Testamento es además símbolo de la presencia divina en la creación (el sol, el rayo...) y en el entramado histórico de los hombres. Puesto que Dios es eterno, el fuego de su presencia y de su poder no puede consumirse.
¡Qué hermosa manera de expresar la cercanía constante de Dios para con Moisés y para con los descendientes de Israel! La presencia poderosa de Dios entre los suyos, llega a plena realización en el momento en que el Verbo mismo de Dios se encarna en el seno de María y se hace en todo semejante al hombre, a excepción del pecado.
Jesús, durante su vida pública, dirá: He venido a traer fuego a la tierra y ¿qué es lo que quiero sino que arda?. Se trata del fuego que es Dios mismo, en su misteriosa proximidad al hombre; un fuego, que debe llamear, como una bandera enhiesta, en el corazón de la historia y de cada ser humano.
Dios se define a si mismo como EL QUE ES. Yahvéh dice a Moisés: Dirás a los israelitas: Yo Soy me envía a vosotros. El fuego de Dios no es destructor, sino amigo y benefactor del hombre, en quien el hombre puede poner su confianza.
Sin excluir una posible interpretación esencial del nombre divino revelado a Moisés, parece más apropiada, teniendo en cuenta el contexto, una interpretación existencial.
Como si Moisés dijera a los israelitas en Egipto: Me manda a vosotros el Dios en quien podéis tener la confianza y total seguridad de que os va a liberar. No sólo para los israelitas en Egipto, sino también para los judíos en otras épocas de su historia y para los cristianos en diversas ocasiones de estos veinte últimos siglos, la situación puede aparecer desesperada.
No hay horizontes, no hay casi esperanza. ¿Quién podrá salvarnos? ¿Quién podrá sacarnos de esta situación angustiosa? Dios ha repetido y seguirá repitiendo hasta el fin de los tiempos las mismas palabras que hallamos en la primera lectura: Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: ’Yo Soy’ me envía a vosotros. La confianza en estas palabras divinas renueva constantemente la historia.
Un Dios que anhela la conversión del hombre. Primeramente Moisés ’se convierte’ a Yahvéh y se pone en marcha hacia Egipto para llevar a cabo, de parte de Dios, la liberación de los israelitas. Jesús en el evangelio nos advierte que Dios no ama el castigo (los galileos asesinados en el templo y los 18 jerosolimitanos muertos al desplomarse la torre de Siloé, no murieron porque Dios los castigó), sino el arrepentimiento y la conversión. La historia de Israel y la historia del cristianismo son para todos nosotros una invitación fuerte a la conversión. Porque, como nos dice el evangelio, si no os convertís, pereceréis.
Un Dios paciente, que sabe esperar. Dios sabe que convertirse de verdad no es fácil, ni cosa de unas horas o días. Porque conoce el interior del hombre, Dios sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una disposición sincera para la conversión.
La parábola de la higuera, narrada por Jesús en el evangelio, es de gran consuelo para el hombre débil, y no pocas veces estéril en sus esfuerzos de conversión. Dios no sólo espera, además actúa en la conciencia humana para que se convierta y dé frutos.
¿Será el hombre tan ingrato ante tanta bondad y misericordia de Dios? Somos cristianos. No olvidemos que con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos, como nos recuerda la segunda lectura. Con la plenitud de los tiempos llega también la plenitud de la paciencia divina. ¿La rechazaremos? Señor, líbranos de este mal, el mal supremo.
Sugerencias pastorales
Saber esperar al estilo de Dios. Un gran pecado del apóstol, del cristiano comprometido, del misionero es o puede ser la impaciencia, la incapacidad para esperar el momento de Dios.
Un párroco, por ejemplo, puede sentirse impaciente ante ciertas situaciones por las que pasa la parroquia: padres que no bautizan a sus hijos, bautizos más sociológicos que religiosos, parejas de hecho o casadas sólo civilmente, notable disminución de la natalidad, ignorancia religiosa de los fieles, presencia activa y destructiva de los Testigos de Jehová, desintegración familiar, disenso sobre ciertas verdades de fe y de moral cristianas... ¿Para qué seguir, si son problemas diarios en la vida de un párroco?
Ante todo, conviene decir que junto a los problemas existen hechos confortantes dentro de la misma parroquia: una fe más madura y responsable, núcleos de vida cristiana renovada y floreciente, presencia generalmente positiva de grupos y movimientos eclesiales, creciente ayuda económica y moral a los más necesitados, etc. ¿No son estos hechos signos claros de esperanza?
Ante los problemas, que son muy reales, no perder los estribos; mucho menos, gastar las propias energías en lamentarse, impacientarse, mirar hacia el pasado... Hay que actuar, sí, actuar y saber esperar.
Actuar con fe y con amor, los medios más eficaces para cambiar la vida de los hombres. Esperar, sin prisas y sin pausa. Jamás decaer en la espera y esperanza. En la paciencia, nos dice Jesús, poseeréis vuestras almas; en la esperanza encontraremos nuestra salvación y la de nuestros hermanos.
No cesar de predicar al Dios cristiano. Dios es uno solo, por eso el Dios cristiano tiene rasgos comunes con el Dios en el que creen los judíos o los musulmanes. A pesar de ello, hay también aspectos diferenciales, que de ninguna manera deben ser callados.
Hay que hablar del Dios presente y cercano al hombre, del Dios misericordioso que sabe esperar... Y hay también que hablar del Dios que, siendo uno, coexiste en tres personas, algo que constituye el rasgo más diferencial de nuestra concepción cristiana de Dios. Por otro lado, es verdad que hay que hablar de problemas morales, de cambios de mentalidad, de laicismo y liberalismo ideológicos..., pero ¿no será algo mucho más importante hablar de Dios?
El cristianismo no es un sistema moral, que implica una religión; el cristianismo es ante todo y sobre todo una religión, una fe, de la que se deduce una moral, un modo de vivir y estar presente en el mundo y en la sociedad.
Puede ser que hablando más del Dios vivo y verdadero, algo cambie también el modo de vivir y de pensar de nuestros contemporáneos. ¡Acepta el reto!
EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO
En los dos primeros domingos de cuaresma se nos han señalado los dos momentos o puntos clave de referencia en nuestro caminar cristiano. El punto de salida o de partida y el punto de arribada. El punto de salida representado y determinado por la lucha contra las tres grandes tendencias, que nos solicitan, nos tientan a todo ser humano. El mismo Jesucristo, como hombre, lo vivió en el desierto, que es lugar simbólico del combate. Lucha, pues, desde la señal de salida, que se nos dio el miércoles de ceniza, para lograr el equilibrio de nuestras tres fuerzas constitutivas de nuestra naturaleza.
Esas tres fuerzas o tendencias o aptitudes son: 1ª fuerza: deseo de tener. Que no nos desborde el deseo desmedido de tener, cayendo en la ambición, avaricia y egoísmo. Hay que dar y darse. Es el remedio para tal mal o tentación. Decimos, tradicionalmente, limosna, que no es nunca dar lo que te sobre, pues eso sería una burla a Dios y un desprecio del pobre. Dar lo que te corresponde, como ciudadano de este planeta. Primero, da LO QUE TIENES, si mucho, mucho, si poco, poco. Pero la verdadera limosna la das cuando das LO QUE ERES
La 2º fuerza o deseo de ser. Que no nos desborde el deseo de prestigio, querer ser más que los demás con soberbia y orgullo, esclavizando y despreciando al prójimo, como si fuéramos nosotros mismos, dioses. El remedio a ese desorden es la oración íntima, en que descubrimos a Dios y lo reconocemos como Creador y Señor y nosotros solo criaturas. Él es el Señor, nosotros, servidores. Y dejamos de ser así, avasalladores, dominadores de los demás. “Nunca es el hombre más grande, que cuando está de rodillas”, que decía Donoso Cortés.
La 3ª fuerza o deseo de gozar. Que no nos desborde el deseo de placer en el comer, en el beber y en el sentir, con la gula, la embriaguez y la lujuria o impureza. Y con templanza y castidad lograr ese equilibrio y señorío de uno mismo; que no sea la copa de alcohol y todo lo demás quienes rijan tu vida. Que tú mandes en ti y en tu corazón.
Pero todo este empeño de equilibrar nuestras fuerzas y nuestro ser, lo debemos poner, no por simple afán de superación personal, de ser incluso mejores, sino, porque queremos vivir conforme corresponde a la dignidad del ser humano que ha sido redimido, salvado ya por Jesucristo en la cruz; como ocurre con el hijo del rey, que al tomar conciencia de su categoría, de su condición, de su responsabilidad de príncipe heredero, se esfuerza por tener un comportamiento real. Si en la cuaresma solo luchas por ser una mejor persona, te preparas entonces, para un simple concurso de méritos, pero no para vivir la Pascua, que es transfiguración de tu vida: de humano a divino, de esclavo a ser libre, de criatura a hijo de Dios, de temporal a eterno, de habitar en tinieblas a vivir en la luz esplendorosa, de muerte a nueva vida. Todo ello como Jesucristo en el Tabor, que constituye el punto de llegada, la meta.
Para llegar a ella hay que recorrer este camino de la cuaresma, que es lo mismo que decir, el camino de nuestra vida. Hay que convertirse cada día un poco más; pero fíjate bien, con la confianza de que Dios no romperá su alianza de esperarnos y salvarnos, aunque nosotros le seamos infieles. El nos estará siempre diciendo: te sigo esperando, te sigo siendo fiel a mi promesa, que le dijo Dios a Abraham, de darle un cielo de estrellas como descendencia y una tierra, manando leche y llena de ganados, y miel, llena de cosechas.
Recordad por un momento lo que nos decían el domingo último: que Dios selló su compromiso, su Alianza, diciendo: “Que quede yo descuartizado, como estos animales, que tu has partido por la mitad y que quede consumido, como yo lo he hecho, al pasar entre ellos, con la tea encendida, si no te soy fiel a mi promesa.”
¡Qué fantástico trabajar y luchar en la cuaresma con esta esperanza ante nuestras debilidades. Hay que convertirse, pues, cuanto antes. No dejarlo para después, pues puede ser algo tarde, si viene el Señor a buscar fruto a la higuera de nuestra vida, como nos lo ha recordado el evangelio de hoy. En esta cuaresma hay que repasar, de verdad, la propia vida para ver qué debemos cambiar y qué cosas nuevas debemos hacer. Nos tenemos que volver a Dios y entregarnos al servicio de todos los hombres, nuestros hermanos. Como Dios lo hace por todos nosotros.
En la primera lectura de hoy, Dios se nos muestra saliendo de sí y dirigiéndose en ayuda de la gente esclavizada. No es un Dios indiferente a la situación de desgracia de los hombres: “he visto la opresión de mi pueblo.. He oído sus quejas…me he fijado en sus sufrimientos…” Y este Dios no se queda con los brazos cruzados, indiferente e insensible a estas situaciones de necesidad, de miseria y de esclavitud. Este es el ejemplo que nos da Dios. Nosotros nos quedamos insensibles, indiferentes y despreocupados ante los grandes problemas del mundo: el hambre, la guerra, el terrorismo, la degradación moral con la droga, la prostitución... Y lo mismo hacemos ante problemas menores, como los ancianos en nuestras familias o en nuestro barrio o pueblo, los niños sin catequesis, los pobres, que como Lázaro están cerca de nosotros y no los vemos a la puerta de nuestra casa, porque miramos para otra parte; los enfermos sin la atención debida, sin medicinas y solos.
“Voy a bajar a librarlos y a sacarlos de esta tierra de esclavitud, a una tierra fértil y espaciosa”. Nosotros nos quedamos en casa, mirando la televisión. Este ejemplo de Dios nos está pidiendo a cada uno, una entrega vital, para que nuestro ser se transfigure, que es la meta o punto final. No ir, pues, tanto a lo tuyo. No murmurar, no fisgonear, haced alguna obra de caridad: como dialogar más en el matrimonio, ser más responsable en la educación de los hijos y nietos, dar más dinero a causas que lo necesitan, esforzarse por leer sobre todo la Biblia y asistir a algún cursillo sobre la Biblia para aprender y cultivarse más, en nuestra formación cristiana.
En el evangelio de hoy se nos advierte, que debemos convertirnos cuanto antes, no sea que la muerte nos sorprenda, como a aquellos galileos, que Pilatos degolló o aquellos diez y ocho, que murieron, aplastados por el derrumbamiento de la torre de Siloé; porque si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Nuestra vida será un desastre. Y Dios, como buen pedagogo, nos lo enseña y advierte con los desastres, que vivimos en nuestros tiempos.
Afortunadamente, Dios, es más indulgente que nosotros y nos protege contra nuestra propia debilidad y abandono. En la parábola de la higuera estéril con que concluyó su charla de aquel día, Jesucristo aparece como el buen viñador, que intercede por nosotros, que nos concede algunos plazos de tiempo y que nos cultiva. Pero, no lo olvidemos, hay que dar fruto. No se puede ocupar un lugar un sitio en el mundo como un parásito. “Si el año que viene no da fruto, entonces córtala”. Nos han dado un plazo más, un momento de esperanza, con esta cuaresma, que pudiera ser la última, sea mayor o sea joven.
Que en la Eucaristía, en la que nos vamos a encontrar con este buen viñador, le demos gracias de todo corazón y le pidamos que nos haga sensatos con la sabiduría que hay en su Palabra, para que demos frutos. AMEN.
OCARM
Lectura - Lucas 13,1-9
Clave de lectura:
El texto del Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta dos hechos diversos, ligados entre sí: un comentario de Jesús en relación con los hechos del día y una parábola. Lucas 13,1-5: a petición de la gente, Jesús comenta los hechos actuales: la masacre de los peregrinos decretado por Pilatos y la caída de la torre de Siloé, que mató a dieciocho personas. Lucas 13,6-9: Jesús pronuncia una parábola, la de la higuera que no daba fruto.
Durante la lectura es bueno prestar atención a dos cosas: (i) verificar cómo Jesús contradice la interpretación popular de lo que sucede; (ii) descubrir si existe un nexo entre la parábola y el comentario de lo que acaece.
Una división del texto para ayudarnos en su lectura:
• Lucas 13,1: La gente da a Jesús la noticia de la masacre de los Galileos
• Lucas 13,2-3: Jesús comenta la masacre y extrae una lección para la gente
• Lucas 13,4-5: Para reforzar su pensamiento Jesús comenta otro hecho
• Lucas 13,6-9: La parábola de la higuera que no daba fruto
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
ü ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado o llamado tu atención? ¿Por qué?
ü ¿Cuál era la interpretación popular de estos dos hechos?
ü ¿Jesús no está de acuerdo con la interpretación popular de los hechos? ¿En qué modo?
ü ¿Cuál es el significado de esta parábola? ¿Hay conexión entre la parábola y el comentario de los hechos?
ü ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros, que hoy debemos interpretar los signos de los tiempos?
Para profundizar más en el tema
Contexto literario e histórico de entonces y de hoy:
Lucas escribe su Evangelio alrededor del año 85 para los cristianos de la comunidad de Grecia. En general, sigue la narración de Marcos. Aquí y allá introduce pequeñas diferencias o cambia alguna parábola de modo que los ladrillos removidos de Marcos se adapten al nuevo diseño que él, Lucas, imagina para su libro. Además del Evangelio de Marcos, Lucas consulta también otros libros y tiene acceso a otras fuentes: testimonios oculares y ministros de la Palabra (Lc 1,2) Todo este material que no tiene un paralelo en Marcos, Lucas lo organiza de forma literaria: un largo viaje de Jesús desde la Galilea hasta Jerusalén. La descripción de este viaje la vemos en Lucas en los versículos 9,51 hasta 19,28 y ocupa casi dieciocho capítulos, ¡una tercera parte del Evangelio! A lo largo de estos capítulos, Lucas recuerda a los lectores, constantemente, que Jesús va de camino. Raramente dice dónde se encuentra Jesús, pero da a entender claramente que Jesús va de viaje y que el objetivo del viaje es Jerusalén, donde morirá según todo lo anunciado por los profetas (Lc 9,51.53.57; 10,1.38; 11,1; 13,22.33; 14,25;17,11; 18,31.35; 19,1-11.28). Y también después de que Jesús está ya vecino a Jerusalén, Lucas continúa hablando de un camino hacia el centro (Lc 19,29.41.45; 20,1). Poco antes del comienzo del viaje, con ocasión de la Transfiguración junto a Moisés yElías sobre la cima del Monte, el ir a Jerusalén es considerado como un éxodo de Jesús (Lc 9,31) y como su asunción o subida al cielo (Lc 9,51). En el Viejo Testamento, Moisés había guiado el primer éxodo liberando a la gente de la opresión del Faraón (Éx3,10-12) y el profeta Elías había subido al cielo (2 Re 2, 11). Jesús es el nuevo Moisés, que viene a liberar al pueblo de la opresión de la Ley. Es el nuevo Elías que viene a preparar la llegada del Reino.
La descripción del largo viaje de Jesús a Jerusalén no es sólo un elemento literario para introducir el material propio de Lucas. Refleja también el largo y doloroso viaje que las comunidades de la Grecia estaban haciendo en el tiempo de Lucas en el vivir cotidiano de sus vidas: pasar de un modo rural de la Palestina al mundo cosmopolita de la cultura griega en las periferias de las grandes ciudades de Asia y Europa. Este pasaje o inculturación estaba marcado por una fuerte tensión entre los cristianos venidos del Judaísmo y por los nuevos que llegaban de otras etnias o culturas. La descripción del largo viaje hacia Jerusalén refleja de hecho el doloroso proceso de conversión que las personas ligadas al Judaísmo debían hacer: salir del mundo de la observancia de la Ley que les acusaba y les condenaba por ir a otro mundo de gratuidad del amor de Dios entre todos los pueblos, por la certeza de que en Cristo todos los pueblos se funden en uno solo delante de Dios; salir del mundo cerrado de la raza hacia el territorio universal de la humanidad. Es también el camino de todos nosotros a lo largo de nuestra vida.
¿Somos capaces de transformar las cruces de la vida en éxodo de liberación?
Comentario del texto:
• Lucas: La gente hace saber a Jesús la masacre de los Galileos
Como hoy, el pueblo comenta los hechos que suceden y quiere un comentario de aquéllos que pueden influir en la opinión pública. Y es así como algunas personas se acercan a Jesús y cuentan el hecho de la masacre de algunos Galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con las de sus víctimas. Probablemente se trata de un asesinato cometido sobre el Monte Garizín, que continuaba siendo un centro de peregrinación y donde la gente solía ofrecer sacrificios. El hecho confirma la ferocidad y estupidez de algunos gobernantes romanos en Palestina que provocaban la sensibilidad religiosa de los Judíos mediante acciones irracionales de este tipo.
• Lucas 13,2-3: Jesús comenta la masacre y extrae una lección de ella para la gente
Constreñido a dar una opinión, Jesús pregunta: “¿Creéis que aquellos galileos fueron más pecadores que todos los galileos por haber tenido tal suerte?” La pregunta de Jesús refleja la interpretación popular común a la época: el sufrimiento y la muerte violenta son el castigo de Dios por cualquier pecado que haya cometido la persona. La reacción de Jesús es categórica:“¡Os digo que no!” Y niega la interpretación popular y transforma el hecho en un examen de conciencia: “¡Si no os convertís, pereceréis todos del mismo modo!” O sea, si no se verifica un verdadero y propio cambio, sucederá para todos la misma masacre. La historia posterior confirma la previsión de Jesús. El cambio no se ha producido. Ellos no se convirtieron y cuarenta años después, en el 70, Jerusalén fue destruida por los Romanos. Fueron masacradas mucha gente. Jesús percibía la gravedad de la situación política de su país. Por un lado, el dominio romano siempre más oneroso e insoportable. Por el otro la religión oficial, cada vez más alienada en entender el valor de la fe para la vida de la gente.
• Lucas 13,4-5: Para reforzar su argumento Jesús comenta otro hecho
Jesús mismo toma la iniciativa de comentar otro hecho. Una tormenta hace que se desmorone la torre de Siloé y dieciocho personas mueren aplastadas por las piedras. El comentario de la gente: “¡Castigo de Dios!” Comentario de Jesús: “¡No, os lo aseguro ,pero si no os convertís, pereceréis todos del mismo modo!”. Es la misma preocupación de interpretar los hechos de modo tal, que llegue a ellos transparente la llamada de Dios al cambio y a la conversión. Jesús es un místico, un contemplativo. Lee los hechos de un modo diverso. Sabe leer e interpretar los signos de los tiempos. Para Él, el mundo es transparente, revelador de la presencia y de las llamadas de Dios.
• Lucas 13,6-9: La parábola de la higuera que no da fruto
Después Jesús pronuncia la parábola de la higuera que no da fruto. Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Durante tres años no había dado fruto. Por esto dice al viñador: “¡Córtala!”. Pero éste respondió: “ ¡Déjala todavía un año. Si no da frutos entonces la cortarás!” No sabemos si Jesús contó esta parábola inmediatamente después del comentario que hizo de la masacre y la caída de la torre de Siloé. Probablemente ha sido Lucas quien coloca en este lugar la parábola, porque él, Lucas, ve alguna relación entre el comentario de los hechos y la parábola de la higuera. Lucas no dice en qué consiste esta relación. Deja el deber de descubrirlo a nosotros ¿Qué significado nos propone Lucas? Oso decir una opinión. Quizás vosotros descubriréis otra. El Dueño dela viña y de la higuera es Dios. La higuera es el pueblo. Jesús es el viñador. El dueño de la viña se ha cansado de buscar frutos en la higuera sin encontrarlos. Decide talar el árbol. Así será reemplazado por un árbol que dé fruto. El pueblo escogido no estaba dando el fruto que Dios esperaba. Quiere dar la Buena Noticia a los paganos. Jesús, el viñador, pide que se deje a la higuera viva un poco más. Aumentará sus esfuerzos para obtener el cambio y la conversión. Más adelante en el Evangelio, Jesús reconoce que el duplicar los esfuerzos no ha dado resultado. Ellos no se convertirán. Jesús lamenta la falta de conversión y llora sobre la ciudad de Jerusalén (Lc 19,41-44).
Ampliando informaciones
Una breve historia de la resistencia popular contra Roma en tiempos de Jesús
En el Evangelio de este Domingo, Lucas hace una clara alusión a la represión de las legiones romanas contra la resistencia popular de los galileos. Por esto, damos aquí una visión esquemática de la resistencia popular de los pueblos de la Judea contra el dominio romano y cómo, a lo largo de los años, esta resistencia se fue profundizando cada vez más hasta entrar en las raíces de la fe de la gente. He aquí un esquema en paralelo con las etapas de la vida de Jesús:
• Del 63 al 37 antes de Cristo: Revuelta popular sin una dirección. En el 63 antes de Cristo, el imperio romano invade Palestina e impone un pesante tributo. Del 57 hasta el37, en apenas 20 años, explotan seis revueltas en Galilea. La gente, sin meta, va detrás de cualquiera que promete liberarla del tributo romano.
• Del 37 al 4 antes de Cristo: Represión y desarticulación. Es el período del gobierno de Herodes, llamado el Grande, aquél que mató a los inocentes en Belén (Mt 2,16). La represión brutal impide toda manifestación popular. Herodes promovía así la llamada Pax Romana. Esta Paz otorga al imperio una cierta estabilidad económica, pero para los pueblos dominados es una paz de cementerio.
• Del 4 al 6 después de Cristo: Revueltas mesiánicas. Es el período del gobierno de Arquelao, en Judea. El día que asume el poder, masacra a 3.000 personas sobre la plaza del Templo. La rebelión explota en todo el país, pero no era sin jefes. Los líderes populares de este período buscan motivaciones ligadas a las antiguas tradiciones y se presentaban como si fuesen reyes mesiánicos. La represión romana destruye Séforis, capital de la Galilea. La violencia marca la infancia de Jesús. En el
urso de los diez años del gobierno de Arquelao, ve pasar a la Palestina por uno de los períodos más violentos de toda la historia.
• Del 6 al 27: Celo por la Ley: Tiempo de revisión. En el año 6, Rómulo depone a Arquelao y transforma la Galilea en una Provincia Romana, decretando un censo para actualizar el pago del tributo. El censo produce una fuerte reacción popular, inspirada en el Celo por la Ley. El Celo (de esta palabra viene el término celotes) empujaba a la gente a boicotear y no pagar el tributo. Era una nueva forma de resistencia, una especie de desobediencia civil, que crecía como el fuego escondido bajo las cenizas. Pero el Celo limitaba la visión. Los “Celotes” corrían el peligro de reducir la observancia dela Ley a la oposición a los romanos. Y justamente en este período madura en Jesús la conciencia de su misión.
• Del 27 al 69: Reaparecen en la escena los profetas. Después de estos 20 años, del 6al 26, la revisión de la meta del camino aparece en la predicación de los profetas que representan un paso adelante en el movimiento popular. Los profetas convocan al pueblo y lo invitan a la conversión y al cambio. Quieren rehacer la historia desde los orígenes. Convocan al pueblo en el desierto (Mc 1,4), para iniciar un nuevo éxodo, anunciado por Isaías (Is 43,16-11). El primero fue Juan el Bautista (Mt 11,9; 14,5; Lc 1,76), que atrae a mucha gente. (Mt 3,5-7). Después viene Jesús, que era considerado por la gente como un profeta (Mt 16,14, 21,11.46; Lc7,16). También Jesús, como Moisés, proclama la nueva ley sobre la Montaña (Mt 5,1) y alimenta al pueblo en el desierto (Mc 6,30-44). Como la caída del muro de Jericó hacia finales de los cuarenta años en el desierto (Is 6,20), Él anuncia la caída de los muros de Jerusalén (Lc 19,44; Mt 24,2). Como los profetas antiguos, Él anuncia la liberación de los opresos y el comienzo de un nuevo año jubilar (Lc 4,18-19) y pide el cambio en el modo de vivir (Mt 1,15; Lc 13,3- 5).
Después de Jesús aparecen otros profetas. Por esto las revueltas, el mesianismo, el celo continúan existiendo al mismo tiempo. Las autoridades de la época, tanto los Romanos, como los Herodianos, los sacerdotes, los escribas y fariseos, todos ellos, preocupados solamente por la seguridad del Templo o de la Nación (Jn 11,48) o con la observancia de la Ley (Mt 23,1-23), no se dan cuenta de la diferencia existente entre profetas y líderes populares. Para ellos son todos la misma cosa. Confunden a Jesús con los reyes mesiánicos (Lc 23,2-5). Gamaliel, el gran doctor de la Ley, por ejemplo, compara a Jesús con Judas, jefe de los revoltosos (Act 5,35-37). El mismo Flavio Josefo, el historiador, confunde los profetas con “ladrones e impostores”. ¡Hoy serían tachados todos de “charlatanes”!
ES URGENTE CONVERTIRSE
Arrancamos nuestra reflexión de la frase central del Evangelio de hoy: “Si no os convertís... todos pereceréis de la misma manera”. Tiene un tono de amenaza, o de urgencia, o al menos de advertencia seria. La vida entera no sería suficiente para”convertirnos”, es una tarea permanente, diaria, interminable. Pero en el ecuador de la Cuaresma, quiere espolearnos para que hagamos un esfuerzo más serio. Pero ¿qué debemos entender por “conversión”?
Convertirse no equivale a hacer una “confesión general”, aunque esto pueda ser bueno. Ni se confunde con el esfuerzo por corregir algún defecto o pecado concreto, o ponernos en orden con nuestras obligaciones como cristianos, quizá un poco debilitadas. La palabra “conversión” hace referencia a un giro, a una transformación personal, a un vuelco en nuestra vida. Convertirse es transformarse (ser trasnformado por Dios) en otro diferente. Es una urgente llamada a ser “distintos”, y a dar al Señor los frutos que quisiera encontrar en cada uno de nosotros y en la comunidad cristiana y eclesial.
• Convertirme no es un esfuerzo para evitar el abismo, sino lanzarme a la conquista de la cima.
• Convertirme no es llorar sobre el pasado sino la vuelta al esfuerzo cotidiano a pesar de las caídas y decepciones.
• Convertirme no es decir No al pasado que no puedo cambiar sino decir Sí a la vida nueva que se me ofrece hoy, decir Sí a Aquel y aquellos que creen en mí y cuentan conmigo a pesar de todo.
• Convertirme no es mirar angustiado e impotente las cadenas que no me dejan mover sino esforzarme para romper las cadenas que me paralizan la inteligencia y el corazón.
• Convertirme es acoger el amor y la esperanza en los ojos y en el corazón, es poner vida y amor allá donde sólo hay muerte y vacío.
• Convertirme es creer, de una vez y de verdad, en mí mismo, en Dios, en los demás, en la riqueza de la vida y del amor. (Josep Codina i Farrés)
La conversión es una invitación a parecernos más a Dios. O como dice Xavier Quinzá: Se trata de "cambiar de Dios" y descubrir un Dios diferente que se parezca más al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Un cambio en el que se nos ofrece una nueva manera de relacionarnos con el Dios tierno, clemente y misericordioso.
Aunque afirmemos en el Credo que “creemos en un solo Dios”... entre nosotros hay muchos rostros diferentes de Dios. Y no todos acertados ni convergentes, ni todos son realmente el Dios de Jesús. Por ejemplo: En el Evangelio de hoy Jesús se encuentra con un rasgo que deforma el auténtico rostro de Dios. Es esa mentalidad supersticiosa y mágica que atribuye a Dios todo lo que ocurre en el mundo, y lo interpreta a su modo: accidentes, curaciones, crímenes, enfermedades, desastres naturales, etc. Ha explicado el Papa Francisco :
"Jesús conoce la mentalidad supersticiosa de su auditorio y sabe que ellos interpretan de modo equivocado ese tipo de hechos. En efecto, piensan que, si aquellos hombres murieron cruelmente, es signo de que Dios los castigó por alguna culpa grave que habían cometido; o sea: “se lo merecían”. Y, en cambio, el hecho de salvarse de la desgracia equivalía a sentirse “sin falta”. Ellos “se lo merecían”; yo no “tengo faltas”. Jesús rechaza completamente esta visión, porque Dios no permite las tragedias para castigar las culpas, y afirma que esas pobres víctimas no eran de ninguna manera peores que las demás. Más bien, Él invita a sacar de estos hechos dolorosos una advertencia referida a todos, porque todos somos pecadores. En efecto, así lo dice a quienes lo habían interrogado: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”" (28 Febrero 2016)
Entonces, ¿cómo es Dios?
La primera lectura nos ha presentado un relato muy significativo para el pueblo de Israel. Se trata de la “tarjeta” de presentación de Dios a Moisés, cuando tanto él y su pueblo apenas le conocen. “Cuando me pregunte tu pueblo quién me envía, cuál es tu nombre, ¿qué les digo?”. Dios da una contestación bastante enigmática: “Yo soy el que soy”. Mucho se ha escrito sobre esta respuesta de Dios, y muchas interpretaciones se han ofrecido. Donde mejor podemos acudir es al propio pueblo judío que narró esta escena de la zarza. Este pueblo no acostumbra a hacer filosofías ni razonamientos complicados como hacemos los occidentales de cultura greco-romana. Ellos son más bien “vitales”, y prefieren hablar de “experiencias”.
Y así nos explican que a Dios nunca lo conoceremos del todo, nunca podremos manipularle, nunca podremos dar una definición completa de él. Por eso ni siquiera pronuncian su Nombre. Es decir: Dios es más grande que todos nuestros conceptos, explicaciones, definiciones y disquisiciones filosóficas. No podemos encerrarle en nuestros catecismos y dogmas. Siempre hay que estar dispuestos a corregir nuestras ideas sobre él, como ya hemos dicho.
En segundo lugar esta “expresión” vendría a significar que a Dios se le conoce “sobre la marcha”, por el camino, a lo largo del recorrido de nuestros desiertos, ¡de la vida entera! Lo vamos conociendo y experimentando poco a poco a base de escuchar, obedecer, orar, confiar y poner en práctica sus exigencias... De hecho, si nosotros quisiéramos explicar “quién es Dios para mí”, tendríamos que repasar nuestra vida, porque mi experiencia y conocimiento de Dios va cambiando conmigo, con lo que voy viviendo, sufriendo, experimentando, gozando, eligiendo cada día de mi vida. Lo mismo que cambio yo y cambian también mis percepciones sobre los demás.
Pero antes de revelarle a Moisés su “Nombre”, ha hablado en primera persona, con una serie de verbos importantes que (auto) describen cómo es y cómo actúa este Dios:
ü he visto la opresión
ü he oído sus quejas
ü Conozco sus sufrimientos
ü He bajado a librarlo
ü A sacarlo de esta tierra y conducirlo...
Por lo tanto, si queremos parecernos a Dios (convertirnos), podemos empezar por estos verbos: ver, oír, conocer los sufrimientos de las gentes, liberar, llevar a “tierra segura”. Se trata de acercarnos al mundo, a tantas personas que hoy le importan a Dios, y dejarnos “afectar” y “bajar” hasta ellas. No creo que haga falta enumerar tantas situaciones de violencia, desamparo, injusticia, guerra, soledad... como ocurren en todo el mundo, lejos y al lado de nosotros. Y hoy como entonces Dios buscará quiénes vayan en su nombre, y los ayudará, como hizo entonces y siempre.
Parafraseando a San Pablo en la segunda lectura de hoy, podríamos decir: todos fuimos bautizados, todos nos decimos “del pueblo de Dios”, todos hemos comido el pan de la Eucaristía, todos hacemos oración, todos... pero... la mayoría no agrada a Dios. El que se sienta seguro, cuídese. Es decir: cuidado con pensar o creer que por participar en unos ritos y tener unas creencias religiosas ya está todo resuelto. Como Iglesia y como personas individuales, la llamada a la conversión supone “agradar a Dios”...
Nuestra vida es frágil, limitada, no está en nuestras manos y el comprobar cada día cómo muchos la pierden de manera imprevista... debiera ser una urgente invitación a no dejar para mañana (que no sabemos lo que dará de sí) el empeño en producir frutos. Tenemos “un año más” para cavar alrededor y echar estiércol... Que cuando quiera que el Señor rebusque entre nuestras ramas, pueda encontrar al menos algunos frutos y no solo hojarasca, apariencias, buenos propósitos... Frutos de compasión, de solidaridad, de justicia, de liberación. Nuestros “frutos” serán aquellos que puedan servirles... a otros.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Sal 24, 15-16
Mis ojos están siempre fijos en el Señor,
porque él sacará mis pies de la trampa.
Mírame y ten piedad de mí, Señor, porque estoy solo y afligido.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Padre de misericordia y origen de todo bien,
que en el ayuno, la oración y la limosna
nos muestras el remedio del pecado,
mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez,
para que seamos aliviados por tu misericordia
quienes nos humillamos interiormente.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Señor, por este sacrificio concédenos
que, así como te pedimos perdón por nuestros pecados,
sepamos también perdonar las faltas de nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión
Sal 83, 4-5.
Hasta el gorrión encontró una casa,
y la golondrina tiene un nido donde poner sus pichones:
junto a tus altares, Señor del universo, mi Rey y mi Dios.
Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar.
Oración después de la comunión
Padre, alimentados en la tierra, con el pan del cielo,
anticipo de la eterna salvación,
te suplicamos que lleves a su plenitud
el misterio que se realiza en nosotros
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre el pueblo
Padre, dirige los corazones de tus fieles,
y concédeles generosamente la gracia de permanecer
en el amor a ti y al prójimo,
para que así lleguen a la perfección de tu ley.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
«Yo soy» me envió a ustedes
Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a.13-15
Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza.
Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?»
Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él. Entonces Dios le dijo: «No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa.» Luego siguió diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.»
Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.
El Señor dijo: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel.»
Moisés dijo a Dios: «Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?»
Dios dijo a Moisés: «Yo soy el que soy.» Luego añadió: «Tú hablarás así a los israelitas: "Yo soy" me envió a ustedes.» Y continuó diciendo a Moisés: «Tu hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros.»
Palabra de Dios.
SALMO Sal 102, 1-4. 6-8. 11
R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.
El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.
El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel. R.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.
La vida del pueblo con Moisés en el desierto
está escrita para que nos sirviera de lección
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 1-6. 10-12
Hermanos:
No deben ignorar, hermanos, que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres.
No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador.
Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!
Palabra de Dios.
VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Mt 4, 17
«Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca», dice el Señor.
EVANGELIO
Si no se convierten, todos acabarán de la misma manera
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9
En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió:
«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.»
Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: "Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?"
Pero él respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás."»
Palabra del Señor.
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