4 Domingo de Cuaresma (C)
Liturgia Viva del Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo C
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Bendito sea Dios, nuestro Padre,
que nos ha reconciliado consigo mismo
por medio de Cristo
y nos ha encomendado
el trabajo de reconciliación en este mundo.
Que su perdón y su paz estén siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Un Padre Pródigo y Que Derrocha Amor
¿Pueden ustedes imaginarse que, cuando medianamente apenados por las estupideces de sus pecados, le dicen ustedes a Dios que vuelven a él, y él les abraza e inmediatamente prepara una fiesta rumbosa para ustedes? ¡Es casi como la bienvenida al héroe! --- Un Dios pródigo y derrochador de su amor nos está esperando; el pasado pertenece al pasado. --- Unámonos en esta eucaristía como hermanos en la fiesta del perdón y del amor.
2. Una Misericordia Escandalosa
Algunas veces comentamos de gente excesivamente buena y tolerante: Se pasa de bueno (o buena) tolerando eso, y perdonando tal pérdida de cara y de imagen. ¿Acaso no tienen (él o ella) agallas? --- No, no deberíamos dejarnos engañar por nadie, pero cuando se trata de perdón y paciencia tenemos todavía mucho que aprender de nuestro Padre Dios. ¿Acaso no ha seguido él perdonándonos siempre? ¿Acaso ha dejado él alguna vez de ser paciente con nosotros? Esto es lo que tenemos que aprender de él, por más difícil que sea. Pidamos a Jesús, presente con nosotros aquí en esta eucaristía, que nos dé esa fuerza que necesitamos para perdonar.
Acto Penitencial
¿Por qué dudamos todavía
de volver al Padre,
que está siempre dispuesto a perdonar?
(Pausa)
Señor Jesús, tú te sentaste a la mesa con marginados y pecadores.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús: Tú perdonaste a los que te estaban clavando en la cruz.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú nos invitas a nosotros, pecadores, a la fiesta y al banquete de bodas del cielo.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, gracias por tu paciencia por la que no se cansas de perdonarnos. Que tu amor nos transforme plenamente; y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos a Dios, nuestro Padre,
para que experimentemos la alegría
de su perdón eterno.
(Pausa)
Oh Dios, Padre de corazón grande:
Cuando nos descarriamos,
cuando buscamos la falsa felicidad
en la tierra oscura del pecado,
tú envías a tu Hijo a buscarnos
y a llevarnos de vuelta a tu casa.
Que sintamos profundamente
tu vehemente anhelo
de acogernos con alegría
y restaurarnos en tu vida y en tu amor.
Danos el valor humilde de volver a ti,
nuestro Dios y Padre
por Jesucristo nuestro Señor.
Primer Lectura (Jos 5,9-12): La Alegría de la Patria
Dios había conducido a su pueblo de la tierra de esclavitud a su nueva tierra prometida. Ellos celebraron ese “regreso a casa” renovando la Alianza con Dios. Por eso, estaban obligados a vivir como su pueblo fiel.
Segunda Lectura (2 Cor 5,17-21): Reconciliados y Reconciliadores
Dios nos ofrece un nuevo mundo de perdón y reconciliación. Tenemos que llevar esta reconciliación a todos.
Evangelio (Lc 5,1-3.11-32): ¡Bienvenido, de vuelta a casa!
En la parábola del Padre y de sus dos hijos, el Padre da la bienvenida con alegría al hijo arrepentido que vuelve a casa, pero el petulante hijo mayor, como los escribas y fariseos, no quiere otorgar el perdón.
Oración de los Fieles
Oremos a nuestro Padre misericordioso para que su paciencia y su amor sea una invitación constante a todos y a cada uno a volver a Él, a pesar de los fallos y fracasos, y digámosle:
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Por la Santa Iglesia, para que sea para este nuestro mundo de cristianos mediocres e inseguros un signo constante de reconciliación y de paz, roguemos al Señor:
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Por los sacerdotes, para que en el sacramento de la penitencia o reconciliación acojan siempre a los pecadores arrepentidos con la paciencia y la alegría del Padre del cielo, roguemos al Señor.
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Por nuestras familias cristianas, para que sean siempre lugares de perdón, donde las personas se acepten unas a otras tal como son, y donde los hijos descarriados sean recibidos de vuelta a casa con el calor del amor y de la alegría, roguemos al Señor.
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Por todos nosotros, cristianos, para que, después de haber experimentado el perdón del Señor, aprendamos a perdonarnos unos a otros sin resentimiento y de todo corazón, y para que no despreciemos a hermanos que hayan errado y se hayan extraviado, roguemos al Señor.
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Por nuestras comunidades cristianas, para que acojamos, de vuelta entre nosotros, a los marginados sociales, a los liberados de la cárcel que han cumplido ya condena, y les demos nueva oportunidad, ayudándoles eficazmente a rehabilitarse a sí mismos, roguemos al Señor.
R/ Señor, renuévanos en tu amor.
Señor Dios, Padre bueno, te damos gracias por la alegría del perdón. Ayúdanos a expresar esta gratitud convirtiéndonos en nuevas personas, en Jesucristo, nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Tu hijo acogió a pecadores
y comió con ellos a la misma mesa.
Que nuestro ágape aquí
en torno a la mesa de tu Hijo
nos traiga también a nosotros, pecadores de hoy,
reconciliación y paz
entre nosotros y contigo mismo,
Padre nuestro, siempre pacienzudo y comprensivo,
a causa de Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con alegría, demos gracias al Padre
por perdonarnos siempre sin condiciones y sin pesar.
Invitación al Padre Nuestro
Arrepentidos como el hijo pródigo,
volvemos a nuestro Padre del cielo;
y le pedimos que nos perdone
como nosotros también perdonamos a otros,
y que nos guarde siempre del mal.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
y concédenos la paz interior del perdón.
Guía nuestros pasos vacilantes
y no nos dejes tropezar en el camino.
Cuando en momentos de debilidad
nos hayamos alejado de ti,
que el grato recuerdo de tu bondad
sea más fuerte que nuestro sentimiento de culpa;
y ayúdanos a volver a la alegría de tu hogar,
mientras esperamos la venida gloriosa
de nuestro Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
No somos dignos de llamarnos
hijos e hijas del Padre del cielo,
pero éste es Jesucristo, el Cordero de Dios
sin mancha ni pecado
que cargó nuestros pecados
para darnos la vida y el amor del Padre.
Dichosos nosotros, pecadores,
invitados a comer su pan de vida y fortaleza.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Padre bondadoso:
Con tu paciente misericordia
tú has derramado con derroche tu amor sobre nosotros.
Nos has convocado a esta eucaristía, con tu Hijo;
que él pronuncie para nosotros sus palabras de perdón
y nos sustente con este suntuoso banquete eucarístico,
aun contando con que te hemos ofendido.
Haz que tu amor siga vivo en nosotros
y que sepamos llevar tu reconciliación
a todos nuestros hermanos, cercanos o lejanos.
Porque queremos proclamar que tú eres
un Padre que ama sin medida
y que está siempre dispuesto
a abrazar a todos, incluido el pecador.
Todo esto te lo pedimos
por Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Sabemos por experiencia que es difícil perdonar cuando nos sentimos profundamente ofendidos. Todos hemos llegado a tener heridas profundas: una amistad y confianza traicionadas, un amor rechazado o no correspondido, unas esperanzas en los otros nunca cumplidas… ---Ésta ha sido también la experiencia de Dios con nosotros. Sin embargo, él nos acoge de nuevo con alegría, no nos guarda rencor, no reduce su amor hacia nosotros. ---Que ojalá, nuestro amor, haya madurado gracias a este nuestro encuentro con el Dios que nos perdona; para que nosotros también sepamos perdonar, sin condición y con alegría, a los que nos hayan ofendido. Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Podemos ir en la paz de Dios, Padre, que nos ama y nos perdona.
PERDÓN DE DIOS
Acción de gracias
No podemos nunca dejar de darte gracias, Dios nuestro,
porque nos has tratado como un padre y una madre
y has salido a nuestro encuentro,
te has adelantado a darnos tu cariño,
sin tener en cuenta siquiera cómo te correspondemos.
Gracias por ser como eres, puro amor,
pura bondad y generosidad.
Gracias porque estás en nuestro interior,
porque nos sostienes y nos das la vida.
Gracias porque no quieres que ninguno de nosotros
sufra ninguna penalidad.
Te confesamos, Padre, que nos cuesta imaginar tu amor
incondicional, gratuito,
porque somos irremediablemente interesados
cuando amamos a los nuestros.
Humildemente, pero también con cariño de hijos,
queremos expresarte ahora nuestro agradecimiento
recitando este himno en tu honor.
Memorial de la Cena del Señor
Te damos gracias, Padre nuestro, por tu hijo Jesús.
Su atractivo y liderazgo nos ha reunido en torno a Ti.
Jesús es la prueba viviente de tu amor hacia nosotros.
Su vida acompasó una total entrega a los demás
con una continua oración.
Y tanto llegó a identificarse contigo
que conocerle a él es como conocerte a Ti.
Él nos ha enseñado en sus parábolas que nos buscas,
que nos esperas, que te interesamos,
que te alegras cuando volvemos la mirada hacia Ti,
que celebras fiestas en el cielo
cuando nos encontramos con nosotros mismos
y nos ponemos de nuevo al servicio de nuestros hermanos.
Padre de Jesús y Padre nuestro,
tratamos ahora de recordar toda su vida,
repitiendo las palabras y gestos de su última cena.
Invocación al Espíritu de Dios
Recordamos agradecidos la vida entera de Jesús, tu hijo,
su compromiso vital con la humanidad.
Queremos que esta eucaristía represente también
nuestro testimonio personal y comunitario.
Conociendo nuestra limitación queremos seguir a Jesús,
ser sus testigos, luz y sal para la gente de hoy.
Sabemos que no haces milagros,
que los milagros los debemos hacer nosotros,
porque has delegado en nosotros
la responsabilidad de gobernar este mundo
y nuestra misión es hacerlo menos injusto y más solidario.
Danos tu espíritu, Padre, envíanos como mensajeros tuyos,
que entre todos los seres humanos de buena voluntad construyamos tu reino, hagamos realidad tu proyecto.
Te damos las gracias por haber acogido
en tu regazo de Padre-Madre
a nuestros familiares y amigos difuntos.
Y te bendecimos, ellos y nosotros, junto con tu hijo Jesús,
cómo queremos hacerlo por toda la eternidad.
AMÉN.
PADRE COMPASIVO
He tenido la suerte de poder muchas veces el cuadro de Rembrandt, Está realizado en óleo sobre tela, y fue pintado hacia el año 1662. Mide 262 centímetros de alto y 205 centímetros de ancho. Se encuentra en el Museo Hermitage, en la bella ciudad de San Petersburgo. Si alguien tiene tiempo y ganas, puede leer el hermoso libro de Henri J. M. Nouwen, “El regreso del hijo pródigo: Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt”, que narra la experiencia de dicho autor al ver ese cuadro y analiza los diversos personajes que allí aparecen. Puede ser una buena forma de profundizar en el mensaje de esta parábola. Una excelente lectura para el tiempo de Cuaresma.
En todo caso, las lecturas de hoy siguen dándonos orientaciones para nuestra vida diaria. Es, además, el cuarto domingo, el domingo “laetare”, “alégrate”. La antífona de entrada del Misal Romano dice: Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos. (Cf. Is 66, 10-11). Como en el tercer domingo de Adviento (Gaudete), las lecturas nos invitan a vivir con alegría. A pesar de todo.
Alegría, sin duda, sintieron los peregrinos después de cuarenta años por el desierto, al llegar a la tierra prometida. Después de tan largo peregrinar, son finalmente libres, y están a punto de conseguir la propiedad de una tierra verdaderamente fértil. Se acabó el maná y empieza el tiempo del pastoreo y de la agricultura. Por eso los israelitas celebran nuevamente la Pascua, como hicieron sus padres cuando salieron de Egipto. Dan gracias porque el Señor ha cumplido sus promesas. A pesar de sus infidelidades, de sus dudas, Él los liberó, como había dicho. Esa palabra nos afecta a nosotros también, porque Dios es fiel, siempre cumple sus promesas. Hasta que nos encontremos con Él, tenemos el Pan Eucarístico, que cesará cuando se participemos en la Fiesta y el Banquete eternos.
Es la esperanza de las criaturas nuevas, de las que se han encontrado con Cristo, y se han dejado reconciliar por Dios. Es la llamada del apóstol Pablo. El pecado es una ruptura, un estado de enemistad, una divergencia de opiniones e intenciones entre el hombre y Dios. Esta oposición se ha superado, ha sido restablecida la armonía, no por el arrepentimiento y la buena voluntad humana sino por una intervención gratuita de Dios por la que se ha reconciliado en Cristo con el mundo “sin tener en cuenta los pecados de los hombres”. Ha hecho borrón y cuenta nueva, condonando nuestras deudas. Solo él podía hacerlo, a través de su propio Hijo, Dios y hombre a la vez.
Para que esto suceda, hay que aceptar la reconciliación que Dios siempre ofrece. Pablo nos recuerda que no podemos reconciliarnos con Dios sin escuchar a sus mediaciones, a sus “ángeles”, que transmiten ese mensaje de perdón. No es posible reconciliarse con Dios sin ponerse de acuerdo con su Apóstol, sin aceptar el mensaje que anuncia. La reconciliación con Dios no se logra sólo a través de ritos de purificación y prácticas ascéticas, sino sobre todo por la adhesión a la palabra que se transmite por aquellos que actúan como embajadores de Dios. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para esta escucha y es también el momento de la verdad, pues es muy fácil rechazar, incluso de buena fe, a los que, como Pablo, son enviados a anunciar la Palabra del Señor.
En el capítulo precedente del Evangelio Jesús está comiendo con uno de los principales fariseos. Ahora ha cambiado totalmente de compañía: se encuentra entre publicanos y pecadores; es más, parece que ha sido el mismo Jesús quien los ha invitado a su casa. Es un hecho escandaloso que provoca la indignación de los justos, quienes inmediatamente sacan la conclusión: con amigos semejantes, este hombre no puede ser justo, no puede venir de Dios. Para justificar su comportamiento Jesús cuenta la parábola.
Y toda la atención normalmente se centra en el hermano que se fue. Sobre él se pueden formular muchas preguntas. La primera es: ¿se arrepintió? Después de todo, el catalizador no fue el sentimiento de culpa por haber ofendido a su padre, sino el hambre. Y esto es muy humano, sabemos muy bien el poder de nuestra voluntad. Hasta que no llegamos al límite no cambiamos. Es la experiencia de muchos alcohólicos, que solamente al tocar fondo son capaces de reaccionar e intentar cambiar algo en su vida. Sólo cuando el hermano menor empezó a tener mucha hambre, le vino a la mente la idea de regresar. No esperaba recuperar su estatus; no soñaba con restaurar la familia. Todo lo que quería era un trabajo remunerado y dejar de pasar hambre.
Tenía conciencia de haber actuado mal, sabía que su conducta había sido muy dudosa, y al mismo tiempo sentía que tales cosas no se perdonan. Al exigir la herencia, declaró que su padre estaba muerto para él. Sólo después de la muerte del donante se puede heredar. Esta puede ser la imagen de un hombre que era creyente, pero su amistad con Dios era menos valiosa para él que sus propios placeres. Pero satisfacer nuestros deseos egoístas, lo sabemos bien. nos lleva a la bancarrota, y el hijo menor lo demostró.
Incluso ese deseo imperfecto de regresar es apreciado por el Padre. Por eso algunos hablan mejor de la parábola del Padre misericordioso. Al hijo que se fue todo le es devuelto: el anillo, que simboliza el estatus de miembro de pleno derecho de la familia en Roma. Y se le declara vivo. E hijo. Dios no quiere esclavos, quiere amigos, seres libres. No es un señor despótico, es un ser cercano, que no tiene en cuenta lo hecho por el hijo, sino que corre a su encuentro y le abraza y manda vestirle como a un señor, no como a un jornalero. Resulta que no fue el padre quien murió, sino el hijo que estaba muerto por dentro, y el regreso lo revivió.
Es en la segunda parte de la historia donde se encuentra el mensaje principal. En ella entra en escena el hermano mayor que representa claramente a los fariseos, los que respetan a rajatabla los mandamientos y los preceptos de la Ley. Llega la noticia al hermano mayor, que nunca fue a ningún sitio. Y semejante acogida al que se había desviado le causa un profundo dolor. A juzgar por la situación, ambos hermanos abandonaron el hogar: uno se fue lejos y el otro, estando cerca, no se sentía en casa. Es similar a aquellos que están formalmente en la Iglesia, pero no sienten el valor de la conexión con el Padre. Dejó de valorar el amor del padre en el que vivía. Jesús cuenta esta parábola a los escribas y fariseos, diciendo que el arrepentimiento es un proceso interno. Cumplir instrucciones externas es sólo la etapa inicial. La parábola dice que el arrepentimiento es necesario para todos, e incluso el intento de restaurar las relaciones es bien valorado por el Padre.
Necesitamos a la Iglesia que sale al encuentro del menor gesto de búsqueda, del menor intento de cambio, del menor deseo de hogar. Y es que el niño que todos llevamos dentro puede nacer de nuevo, aunque seamos viejos. En nuestra meditación personal de hoy, podemos reflexionar sobre cómo estamos respondiendo a este amor y misericordia de Dios en nuestras vidas. ¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestro pasado y seguir adelante con fe y confianza en Dios? En este tiempo de Cuaresma, podemos experimentar la alegría y la paz que provienen de vivir en comunión con nuestro Padre celestial, “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Señor, que no me sienta inclinado a apegarme a otras posesiones que no sean tu amor y tu voluntad. Amen.
EVANGELIO
Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 15,1-3. 11-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
- Ése acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”.
Palabra de Dios.
CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS
Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.
Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado "reprimida" en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía "la parábola del hijo pródigo", pero nunca la han escuchado en su corazón.
El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: "Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado". Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.
A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.
El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre "lo vio" venir hambriento y humillado, y "se conmovió" hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
Enseguida "echa a correr". No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. "Se le echó al cuello y se puso a besarlo". Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
EL OTRO HIJO
Se indignó y se negaba a entrar.
Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del "padre bueno", mal llamada "parábola del hijo pródigo". Precisamente este "hijo menor" ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.
Sin embargo, la parábola habla también del "hijo mayor", un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: “se indignó y se negaba a entrar” en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.
El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde “trata de persuadirlo” para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora sólo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.
Ésta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?
Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.
El "hijo mayor" es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?
CÓMO IMAGINA JESÚS A DIOS
Un padre tenía dos hijos...
No quería Jesús que las gentes de Galilea le sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del padre bueno les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por “muerto” y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre se conmueve, pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de “señor” de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo.
No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado su felicidad.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así le sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes olvidados de él, se sienten lejos o comienzan a verse como “perdidos” en medio de la vida.
Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.
LA TRAGEDIA DE UN PADRE BUENO
Ha muerto tu hermano.
Exégetas contemporáneos han abierto una nueva vía de lectura de la parábola llamada tradicionalmente del “hijo pródigo”, para descubrir en ella la tragedia de un padre que, a pesar de su amor “increíble” a sus hijos, no logra construir una familia unida. Esa sería, según Jesús, la tragedia de Dios.
La actuación del hijo menor es “imperdonable”. Da por muerto a su padre y pide la parte de su herencia. De esta manera, rompe la solidaridad del hogar, echa por tierra el honor de la familia y pone en peligro su futuro al forzar la repartición de las tierras. Los oyentes debieron quedar escandalizados al ver que el padre, respetando la sinrazón de su hijo, ponía en riesgo su propio honor y autoridad. ¿Qué clase de padre era éste?
Cuando el joven, destruido por el hambre y la humillación, regresa a casa, el padre vuelve a sorprender a todos. “Conmovido” corre a su encuentro y lo besa efusivamente delante de todos. Se olvida de su propia dignidad, le ofrece el perdón antes de que se declare culpable, lo restablece en su honor de hijo, lo protege de la desaprobación de los vecinos y organiza una fiesta para todos. Por fin, podrán vivir en familia de manera digna y dichosa.
Desgraciadamente, falta el hijo mayor, un hombre de vida correcta y ordenada, pero de corazón duro y resentido. Al llegar a casa, humilla públicamente a su padre, intenta destruir a su hermano y se excluye de la fiesta. En todo caso, festejaría algo “con sus amigos”, no con su padre y su hermano.
El padre sale también a su encuentro y le revela el deseo más hondo de su corazón de padre: ver a sus hijos, sentados a la misma mesa, compartiendo amistosamente un banquete festivo, por encima de enfrentamientos, odios y condenas.
Pueblos enfrentados por la guerra, terrorismos ciegos, políticas insolidarias, religiones de corazón endurecido, países hundidos en el hambre... Nunca compartiremos la tierra de manera digna y dichosa si no nos miramos con el amor compasivo de Dios. Esta mirada nueva es lo más importante que podemos introducir hoy en el mundo.
VOLVERÉ
Volveré adonde está mi padre.
La mayoría de los europeos sigue creyendo que Dios existe; lo confirman todas las estadísticas. Sin embargo, los mismos sondeos aseguran que muchos de ellos ya no mantienen ninguna relación con él. Es como si Dios no existiera para ellos. Su fe está muerta; no conocen el calor, el estímulo y la confianza que genera una fe viva.
Ésta situación se asemeja a la del hijo menor de la conocida parábola de Jesús, que se marcha del hogar para organizarse la vida lejos de su padre. Evidentemente, también este hijo sabe que su padre existe, pero él lo trata como si hubiera muerto. Por eso pide la parte que le corresponde de la herencia y lo olvida del todo. La parábola describe con detalle el proceso de este hijo al comprobar que no se cumplen sus expectativas de mayor bienestar.
En un determinado momento este hombre recapacita y hace una especie de balance. Su vida es un fracaso. De día en día crece su humillación e indignidad. Honestamente trata de responder a una pregunta que le nace desde muy dentro: ¿qué estoy haciendo con mi vida?
No se queda ahí. Su reflexión le lleva a dar pasos concretos para reorientar su vida de manera diferente. De hecho, toma una decisión nada fácil, pero que lo puede cambiar todo: “Volveré adonde está mi padre”. Efectivamente, busca de nuevo a su padre, se encuentra con él y reconoce su pecado: “Padre, he pecado contra ti”.
Es un error vivir corno si Dios no existiera para nosotros. Prescindir de él no conduce a una vida más humana, más sabia, más noble o gratificante. Cada uno hemos de decidir. Podemos vivir hasta el final en la indiferencia, pero podemos también reflexionar, hacer un balance y reaccionar.
No sirve de mucho seguir discutiendo sobre Dios, la religión, la Iglesia o los curas. La palabra decisiva que nos abre de nuevo el camino hacia Dios es ésta: “Padre, perdóname”. Cuando alguien la dice de verdad desde el fondo de su corazón, es la señal más segura de que su relación con Dios ha cambiado radicalmente. Quien pide perdón a Dios no sólo cree que Dios existe, comienza a comunicarse con él. Esto lo cambia todo.
EL PERDÓN DE DIOS
Estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Se ha afirmado repetidamente que el hombre moderno está perdiendo la conciencia de pecado. Lo que no se dice es que, al mismo tiempo, está perdiendo también la experiencia de sentirse perdonado por Dios, y quien desconoce el perdón de Dios se ve privado de una fuerza incomparable para reconciliarse con su pasado e iniciar una etapa nueva en su vida.
Son varios los obstáculos que pueden impedir a la persona abrirse al perdón de Dios. Hay quienes no sienten necesidad de perdón alguno pues viven de manera irresponsable o con corazón endurecido. En todo caso, si han cometido algún error o han actuado mal, no necesitan de Dios para resolver sus problemas.
Hay otros que se sienten indignos de ser perdonados: “Es muy grave lo que he hecho; nadie podrá perdonarme.” Piensan que su pecado es más poderoso que el amor infinito de Dios. Oprimidos por el peso de la culpa, se cierran a toda esperanza. Hay también quienes no se perdonan a sí mismos. Viven obsesionados por oscuros recuerdos y remordimientos inútiles. Nunca podrán sentirse purificados.
Recibir el perdón de Dios es un acto de fe que se ha de cuidar bien. No consiste en una reflexión intelectual. No se trata tampoco de “sentir” el perdón durante unos momentos para sumergirse de nuevo rápidamente en la vida. Acoger el perdón de Dios requiere tiempo y recogimiento para gustar su misericordia, interiorizar en nosotros su bondad y experimentar agradecidos su acción renovadora.
El perdón de Dios no consiste simplemente en que Dios “olvida” nuestro pecado o “no lo tiene en cuenta”. Dios no es como nosotros. Para Dios perdonar es “quitar el pecado”, hacerlo desaparecer, devolver la inocencia. El perdón de Dios es perdón total y absoluto, gracia que regenera, nuevo comienzo de todo, seguridad y paz íntima.
Es conmovedor escuchar la experiencia del gran escritor francés F Mauriac cuando descubrió por fin al Dios del perdón: “Frente al baremo de pecados, frente a las tarifas fijadas con minuciosidad farisaica, resonaban en mí las cinco palabras que, en el Evangelio, bastan para borrar todas las miserias y todas las vergüenzas de una pobre vida: hijo, tus pecados quedan perdonados.”
La inolvidable parábola del “Padre bondadoso” (Lc 15, 11- 32) nos describe de modo admirable y conmovedor el perdón de Dios. No lo olvidemos. Frente a las condenas de los demás, frente al remordimiento y los reproches de nosotros mismos, en Dios siempre encontramos la misma actitud de comprensión y de perdón sin límites.
EL CAMINO A CASA
Me pondré en camino.
Hoy quiero recomendar vivamente un pequeño libro. Su autor recientemente fallecido, el holandés Henri J.M. Nouwen, ha ejercido una influencia espiritual notable en Norteamérica. El título del libro: El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt.
En más de una ocasión he podido comprobar que personas alejadas hace muchos años de la religión, siguen recordando, hasta con emoción, la “parábola del hijo pródigo”. La lectura de este precioso libro será para no pocos un verdadero regalo. Para alguno, puede ser “un respiro” y una sentida invitación a “regresar al Padre”.
No es nada difícil identificarse con ese hombre que busca su felicidad lejos del padre y lejos del hogar. Al comienzo, todo parece marchar bien. Los problemas vienen cuando uno siente que se ha equivocado en lo esencial.
El hijo pródigo experimenta vaciedad y humillación. Pero no es sólo eso. Está, sobre todo, la sensación de soledad. Se ha ido enredando en su mundo de ilusiones y deseos, y ahora se encuentra sin libertad interior y solo.
Es la experiencia de no pocos. “¿Qué he hecho con mi vida?” “Le importo en realidad a alguien?” “¿Me han querido alguna vez de verdad?” Entonces todo se vuelve oscuro y sin sentido. Nada merece la pena.
Pero es precisamente este “verse perdido” lo que hace reaccionar a aquel hombre. De pronto ve con claridad a dónde le está conduciendo el camino que ha elegido. Seguir en esa dirección es caminar hacia la autodestrucción.
Es entonces cuando la persona puede escuchar, aunque sea muy débilmente, una voz hace tiempo olvidada. “Tengo un Padre esperándome en lo más profundo de mi ser.” No está todo perdido. Hay alguien que me comprende, me quiere y me perdona sin límites. Es Dios.
Las dudas que se pueden despertar en la persona son muchas. “Ya es tarde.” “En el fondo, siempre he sido un desastre.” “Sólo soy una carga para todos.” “No puedo cambiar.” “Tampoco Dios me puede aceptar.” Al final, todo se juega en un acto de fe. O me dejo llevar por un sentimiento oscuro de desconfianza y me hundo en mi propia culpabilidad, o dejo que la confianza en Dios, al comienzo tal vez algo borrosa, invada plenamente mi vida.
Cuando uno se siente “perdido” en la vida, las preguntas a las que hay que responder son éstas: ¿Quiero realmente recuperar mi dignidad? ¿Deseo de verdad sentirme perdonado y comenzar a vivir de forma nueva? Una cosa es segura. El perdón de Dios sana y restaura a quien lo acoge con fe.
SANAR LA VIDA
… lo ha recobrado sano.
La parábola del hijo pródigo describe de manera admirable el itinerario que un hombre o una mujer puede seguir para rehacer su vida sanándola en su misma raíz.
Lo primero es experimentar el vacío la insatisfacción que, tarde o temprano, provoca en nosotros una vida poco sana. Tomar conciencia de que estamos malgastando o arruinando nuestra vida. Ser capaces de decirnos a nosotros mismos con valentía lo que sentimos por dentro: ¿Es esto todo lo que quiero vivir? ¿A esto va a quedar reducida mi vida?
Quizá sea ésta la experiencia más importante para desencadenar un proceso de conversión y sanación de nuestro ser, aunque también puede ser la experiencia más difícil en una sociedad que nos empuja casi siempre a vivir de manera frívola e intrascendente. Pero ¿a qué queda reducida una persona si no es capaz de plantearse en serio su vida?
En segundo lugar, es necesario adoptar una postura de búsqueda sincera. Buscar la verdad en nuestra vida. No engañarnos miserablemente a nosotros mismos. No vivir permanentemente en la mentira, la ambigüedad o la división interior. Sólo quien vive reconciliado consigo mismo y es fiel a su propia conciencia puede vivir de manera sana y gozosa.
Pero no basta reflexionar, ni siquiera añorar una vida mejor y más humana. Nuestra vida no cambia por el hecho de que veamos y sintamos las cosas de manera distinta. Todo eso es importante y necesario, pero hemos de dar un paso más. En algún momento, hay que tomar una decisión. Sanar nuestra vida significa ponernos en camino de vivir de manera más plena, de ser más personas, de recuperar nuestra dignidad, introduciendo una calidad nueva en nuestro vivir diario.
El creyente, lo mismo que el hijo pródigo, da este paso con la confianza puesta en Dios. Confianza total en Dios que nos comprende, nos ama y nos perdona como ni nosotros mismos nos podemos comprender, amar y perdonar. Esta fe en el perdón de Dios es la que genera un dinamismo nuevo en la vida del creyente arrepentido.
La sicología actual sugiere técnicas diversas para curar las heridas pasadas y promover una liberación de sentimientos negativos de culpabilidad. Pueden ser útiles. Pero difícilmente pueden ofrecer la paz interior, el gozo íntimo y la fuerza renovadora que infunde la fe en el perdón real de Dios. Perdón total y absoluto, comienzo nuevo de todo, gracia que regenera nuestro ser desde su raíz.
Según la parábola, el padre hace fiesta porque “ha recobrado sano” a su hijo. La conversión siempre es motivo de alegría porque es un proceso que conduce a la sanación de la vida.
VOLVER A DIOS
Volveré hacia mi Padre.
Las personas nos pasamos la vida atendiendo a nuestras diversas responsabilidades, dando satisfacción a diferentes deseos y respondiendo a las expectativas de los demás.
Todo ello es muy normal y necesario. Pero, al mismo tiempo corremos el riesgo de sofocar la vida que nos ofrece a cada instante Aquel que está en lo más profundo de nuestro ser.
Escuchamos toda clase de voces y mensajes, recogemos información de casi todo, pero, tal vez, nos vamos quedando cada vez más sordos a Aquel que lleva años llamándonos por nuestro nombre.
Sabemos analizar nuestro pasado, revisar nuestras actuaciones y programar nuestro futuro, pero se nos puede ir escapando el presente, ese momento de gracia en que nos podemos abrir al Absoluto.
Hacemos tantas cosas, vivimos agitados por tantas preocupaciones, que no tenemos tiempo ni fuerzas para hacer un alto en nuestra vida, dejarnos coger por la sinceridad y decir con nuestro corazón y con nuestros labios las palabras de aquel hijo de la parábola: “Volveré hacia mi Padre”.
Qué difícil se nos hace detenernos, ahondar en lo más profundo de mí mismo, allí donde yo estoy solo y donde ninguna otra persona puede penetrar, liberarme del “personaje” que soy hacia fuera y escuchar con sinceridad y con paz la llamada de Dios.
Incluso, cuando nos paramos a reflexionar, las primeras preguntas que afloran en nosotros son casi siempre las mismas: ¿cuánto ganaré? ¿cómo disfrutaré? ¿qué provecho sacaré? ¿cómo podré asegurar mejor mi bienestar?
Nos resulta difícil preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿qué busco en definitiva? ¿qué espero? ¿qué he de hacer para ser más libre y humano?
Tomarse un tiempo para escuchar a Dios puede parecer a muchos un juego para personas desocupadas, una evasión noble para gentes incapaces de enfrentarse a sus verdaderos problemas, un entretenimiento para quienes no saben disfrutar de la vida de otra manera.
Sin embargo, dejar resonar en nosotros la llamada de Dios de manera nueva, después de treinta o cincuenta años, sería para muchos “un nuevo nacimiento”.
Naturalmente, hemos de recordar siempre la advertencia de San Agustín: “No lo olvides: Dios llena los corazones, no los bolsillos”.
LLAMADOS A LA MISMA FIESTA
celebremos un banquete
Así es la vida según la parábola de Jesús. La tragedia de un Dios Padre que busca la fraternidad de todos los hombres sin conseguirlo.
No es fácil la fiesta final que el Padre desea. Unas veces, es el hijo menor quien se marcha lejos abandonando el hogar. Otras, el hijo mayor que no acepta en casa al hermano que retorna.
Esta parábola no es una visión ingenua de la vida. Es la descripción de una cruda realidad que todos constatamos día a día. Hombres y mujeres, llamados todos a disfrutar de una misma felicidad y plenitud final, no somos capaces de acogernos y convivir como hermanos.
Recordemos solo un hecho que estos días las estadísticas nos lo están recordando en cifras y números concretos. Gentes provenientes de distintas de tierras de España viven junto a otros que hemos nacido en el País Vasco.
La diversidad de lengua, cultura y origen deberían ser, antes que nada, una fuente de enriquecimiento mutuo. Por desgracia, no siempre es así.
La postura intolerante de unos y otros, la falta de respeto a las legítimas diferencias de cada uno, la incomprensión para reconocer el derecho de un pueblo a defender su propia cultura y su lengua, sobre todo cuando están gravemente amenazadas, son otros tantos motivos que impiden una convivencia más enriquecedora.
No logramos plantearnos de manera razonable y pacífica la convivencia en el bilingüismo. Corremos el riesgo de ir consolidando entre nosotros dos comunidades fuertemente enfrentadas.
En su carta pastoral, no han ignorado los Obispos la tensión que, en torno al bilingüismo, surge en el seno mismo de las comunidades cristianas. Esta es su llamada: “Nuestras Iglesias han de ofrecer a esta sociedad el testimonio de una unidad interna construida desde el reconocimiento de las diferencias legítimas y el apoyo a las tradiciones culturales más débiles y más amenazadas”.
Pertenecemos a una comunidad cristiana bilingüe. Esto exige de todos nosotros un especial sentido de comunitariedad, un gran respeto a las raíces culturales del otro, un apoyo sincero a la cultura propia del pueblo en el que vivimos, una aceptación comprensiva de las repercusiones molestas que se pueden seguir del bilingüismo en un determinado momento.
La comunidad cristiana debería ser un espacio en el que los creyentes fuéramos aprendiendo a convivir en el respeto y mutua comprensión.
No lo olvidemos. Por encima de nuestras diversidades culturales, somos hermanos llamados a una fiesta final en la que todos hablaremos, por fin, un solo lenguaje: el del amor.
¿QUIEN ENTRARA EN LA FIESTA?
Y se negaba a entrar.
Pocas veces un título desacertado habrá desenfocado tanto un relato como el de esta incomparable parábola mal titulada del “hijo pródigo”.
En realidad, se trata de la parábola de un padre bondadoso que desea lograr un verdadero hogar sin conseguirlo. Unas veces, porque el hijo menor se marcha a vivir su aventura. Otras, porque el hijo mayor no quiere entrar y recibir al hermano. Esta es la historia de los hombres. La tragedia de un hogar que parece imposible construir.
El peso de una lectura tradicional unilateral y el desacierto de un mal título han atraído nuestra atención sobre la figura del hijo menor. Sin embargo, en la dinámica del pensamiento de Jesús, es, sin duda, la conducta del mayor la que debe, sobre todo, interpelarnos.
La parábola nos describe un fuerte contraste. Al final del relato, el hijo menor, el pecador que se había alejado del hogar, termina celebrando una gran fiesta junto al padre. Por el contrario, el hijo mayor, el hombre recto y observante que nunca huyó de casa y jamás desobedeció una orden de su padre, se queda al final fuera del hogar, sin participar en la fiesta.
La enseñanza de Jesús es desconcertante. Lo verdaderamente decisivo para entrar en la fiesta final es saber reconocer nuestras equivocaciones, creer en el amor de un Padre y, en consecuencia, saber amar y perdonar a los hermanos.
Y está es la tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No huye de casa. Sabe cumplir todas las órdenes de su padre. Pero no sabe amar. No sabe comprender el amor de un padre. No sabe comprender y amar al hermano. Se incapacita a sí mismo para celebrar una fiesta fraternal.
Un hombre puede adentrarse en una vida de pecado, sentir la esclavitud del mal, vivir la experiencia del vacío de la vida, y descubrir de nuevo la necesidad de una vida nueva, distinta, mejor, siempre posible por el perdón gratuito de Dios.
Y, aunque parezca paradójico, se puede vivir una vida rutinaria de práctica y observancia religiosa, sin verdadera fe en Dios Padre y sin amor fraternal a los hermanos.
Los creyentes no deberíamos olvidar nunca la crítica constante de Jesús a una “práctica religiosa”, falsamente entendida como acumulación de méritos que nos asegura ante el juicio de Dios y que nos permite enjuiciar a los demás de manera despectiva y autosuficiente, despreciando su conducta y negándoles la acogida y el perdón.
Una cosa es clara. Sólo entrará en la fiesta final quien comprenda que Dios es Padre de todos y quien sepa acoger, comprender y perdonar a sus hermanos.
OCARM
Reflexión
El capítulo 15 del evangelio de Lucas está lleno de la siguiente información: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban para oírle a Jesús. Los fariseos y los escribas, sin embargo, murmuraban. Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos" (Lc 15,1- 3). E inmediatamente Lucas presenta tres parábolas entrelazadas entre sí por el mismo tema: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15,11- 32). Esta última parábola es el tema del evangelio de hoy.
• Lucas 15,11-13: La decisión del hijo menor.
Un hombre tenía dos hijos. El menor pide la parte de la heredad que le toca. El padre divide todo entre los dos. Tanto el mayor como el menor reciben su parte. Recibir la herencia no es un mérito. Es un don gratuito. La herencia de los dones de Dios está distribuida entre todos los seres humanos, tanto judíos como paganos, tanto cristianos como no cristianos. Todos reciben algo de la herencia del Padre. Pero no todos la cuidan de la misma manera. Así, el hijo menor se va lejos y gasta su herencia en una vida disipada, huyendo de su Padre. En tiempo de Lucas, el mayor representaba a las comunidades venida del judaísmo, y el menor a las comunidades venidas del paganismo. Y hoy, ¿quién es el mayor y quién el menor?
• Lucas 15,14-19: La decepción y la voluntad de volver a casa del Padre.
La necesidad de tener que comer hace que el menor perciba su libertad y se vuelva esclavo para cuidar de los puercos. Recibe el tratamiento peor que los puercos. Esta era la condición de vida de millones de esclavos en el imperio romano en tiempo de Lucas. La situación en la que se encuentra hace que el hijo menor recuerde la casa del Padre. Hace una revisión de vida y decide volver a casa. Hasta prepara las palabras que va a decir al Padre: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros!” Jornalero, ejecuta órdenes, cumple con la ley de la servidumbre. El hijo menor quiere ser cumplidor de la ley, como lo querían los fariseos y los publicanos en el tiempo de Jesús (Lc 15,1). Era esto lo que los misioneros de los fariseos imputaban a los paganos que se convertían al Dios de Abrahán (Mt 23,15). En el tiempo de Lucas, cristianos venidos del judaísmo consiguieron que algunos cristianos, convertidos del paganismo, se sometieran al yugo de la ley (Gál 1,6-10).
• Lucas 15,20-24: La alegría del Padre al reencontrar al hijo menor.
La parábola dice que el hijo menor estaba todavía lejos de casa cuando el Padre ya lo vio, corrió a su encuentro y lo llenó de besos. La impresión que Jesús nos da es que el Padre se había quedado largo tiempo a la ventana mirando hacia la carretera para ver si el hijo despuntaría a lo lejos. Conforme con nuestra forma humana de pensar y de sentir, la alegría del Padre parece exagerada. Ni siquiera deja que el hijo termine las palabras que había preparado. ¡No escucha! El Padre no quiere que el hijo sea su esclavo. Quiere quesea su hijo. Esta es la gran Buena Nueva que Jesús nos trae. Túnica nueva, sandalias nuevas, anillo al dedo, churrasco, ¡fiesta! En esta alegría inmensa del reencuentro, Jesús deja trasparentar la gran tristeza del Padre por la pérdida del hijo. Dios estaba muy triste, y la gente se da cuenta ahora, viendo el tamaño de la alegría del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo. ¡Es una alegría compartida con todo el mundo en la fiesta que pide preparar!
• Lucas 15,25-28b: La reacción del hijo mayor.
El hijo mayor volvía de su trabajo en el campo y se encuentra con la casa en fiesta. No entra. Quiere saber qué pasa. Cuando se entera de la razón de la fiesta, se llena de rabia y no quiere entrar. Cerrado en sí mismo, piensa tener su derecho. No le gusta la fiesta y no entiende la alegría del Padre. Señal de que no tenía mucha intimidad con el Padre, a pesar de vivir en la misma casa. Pues, si hubiera tenido intimidad con él, hubiera notado la inmensa tristeza del Padre por la pérdida del hijo menor y hubiera entendido su alegría por la vuelta del hijo. Quien vive muy preocupado en observar la ley de Dios, corre el peligro de alejarse de Dios. El hijo menor, a pesar de estar lejos de casa, parecía conocer al Padre mejor que el hijo mayor, que moraba con él en la misma casa. Pues el menor tuvo el valor de volver a la casa del Padre, mientras que el mayor no quiere entrar en la casa del Padre. No se da cuenta de que el Padre, sin él, perderá la alegría. Pues él también, el mayor, es hijo lo mismo que el menor.
• Lucas 15, 28a-30: La actitud del Padre y la respuesta del hijo mayor.
El padre sale de casa y suplica al hijo mayor para que entre. Pero éste contesta: “Padre, hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" El mayor también quiere la fiesta y la alegría, pero sólo con los amigos. No con el hermano, ni siquiera con el padre. Ni siquiera llama al hermano menor con el nombre de hermano, ya que dice “ese hijo tuyo” como si no fuera su hermano. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. ¡Es su malicia la que interpreta la vida del hermano menor! Cuántas veces nosotros los católicos interpretamos mal la vida y la religión de los demás. La actitud del Padre es otra. El acoge el hijo menor, pero también no quiere perder el hijo mayor. Los dos forman parte de la familia. El uno no puede excluir al otro.
• Lucas 15,31-32: La respuesta final del Padre.
Así como el Padre no presta atención a los argumentos del hijo menor, así también no presta atención a los argumentos del hijo mayor y dice: " Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!" ¿Será que el mayor tenía realmente conciencia de estar siempre con el Padre y de encontrar en esta presencia la causa de su alegría? La expresión del Padre "¡Todo lo mío es tuyo!" incluye también al hijo menor que volvió. El mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, tendrá que aceptarlo así como a él le gustaría que el Padre es. La parábola no dice cuál fue la respuesta final del hermano mayor. Esto le toca al hermano mayor, que somos todos nosotros.
Aquel que experimenta la gratuita y sorprendente entrada del amor de Dios en su vida se alegra y quiere comunicar esta alegría a los demás. La acción salvadora de Dios es fuente de alegría: “¡Alégrense conmigo!” (Lc 15,6.9) Y de esta experiencia de la gratuidad de Dios nace el sentido de la fiesta y de la alegría (Lc 15,32). Al final de la parábola, el Padre manda alegrarse y hacer fiesta. La alegría queda amenazada a causa del hijo mayor que no quiere entrar. El piensa que tiene derecho a una alegría sólo con sus amigos y no quiere la alegría con todos los miembros de la misma familia humana. El representa a los que se consideran justos y observantes y piensan que no precisan conversión.
Para la reflexión personal
• ¿Cuál es la imagen de Dios que está en mí desde mi infancia? ¿Ha cambiado a lo largo de los años? Si ha cambiado, ¿por qué ha cambiado?
• ¿Me identifico con cuáles de los dos hijos: con el menor o con el mayor? ¿Por qué?
ALESSANDRO PRONZATO
Esta parábola ha tenido la mala suerte de dejarse colgar un título equivocado. En efecto, comúnmente se la ha señalado como la historia del hijo pródigo. Sin embargo, la figura central, el protagonista indiscutible, es el padre. De este padre impresiona, ante todo, el silencio. Ahí está el hijo menor, que habla, que tiene pretensiones. El padre no dice ni palabra. Su silencio es el silencio del amor, respetuoso de la libertad del hijo. Acepta el riesgo de esta libertad. Sin libertad no hay amor. Un doctor de la iglesia hablando precisamente del hombre en el momento de la creación, le llama “riesgo de Dios”. Dolorosamente atento, pero sin enojarse por su petición. Él no puede suplantar la elección del hijo. Nos preguntamos instintivamente: ¿Por qué no le ha detenido? ¿Por qué no le ha dado una buena paliza, en vez de darle la parte del patrimonio que le "correspondía"?
PATERNALISMO: La paternidad verdadera es discreción. Es aceptar el riesgo de la libertad... Y no hay que confundir paternidad con paternalismo. Esto último es una deformación de la paternidad. Con la intención de proteger, termina sofocando el crecimiento del individuo y bloqueándolo en un estadio infantil.
“En el contexto del evangelio, Dios no se presenta como el padre que cierra la puerta para que los hijos no salgan de noche, sino como la luz que ilumina, la brújula misteriosa que orienta al hombre en sus elecciones, que no lo abandona en el peligroso ejercicio de la libertad, que crea nuevas perspectivas de liberación, y se resarce finalmente en una conclusión que parecía desastrosa. El padre sólo puede ayudar siendo un modelo...” (Arturo ·Paoli-A).
El padre no tiene necesidad de marchar visiblemente con el hijo. Va con él de una manera oculta, interior, que más tarde desembocará en la nostalgia.
Y después la espera. Parece como si el padre hubiese quedado en casa para esperar al hijo escapado, para escrutar el horizonte. En realidad, desde el momento en que el hijo marchó, ya no existe la “casa paterna”. Esta se halla dónde está el corazón del padre. Y ahora el corazón del padre ha marchado lejos. Pensándolo bien, ha caminado más el padre que el hijo. El amor no se resigna a las distancias, a la separación. El amor es una realidad dinámica, no estática. El amor no se identifica con las paredes. No se queda a guardar las piedras o las cosas. El amor está siempre en movimiento, siempre se anticipa, toma constantemente la iniciativa, no se encierra en una espera enojada y despechada. Los pasos del perdón llegan mucho más lejos que la distancia creada por la ruptura. Dios no se resigna a perder al hombre pecador. Lo espía, lo persigue, lo busca tenazmente, lo atormenta.
·Pascal-B hace decir a Dios: “No me buscarías si no me hubieses encontrado ya”. Quizás sería mejor precisarlo así: “No me buscarías si yo no te hubiera ya encontrado...”. Cuando se comenta esta parábola, normalmente se pone de relieve el largo camino (ida y vuelta), recorrido por el hijo pródigo, un camino que lo ha llevado “a un país lejano” donde, atenazado por la nostalgia de la casa paterna, ha dado un primer paso importante: “recapacitando...”. Y. después de esto, ha madurado su decisión: “Me pondré en camino adonde está mi padre”.
Y se deja de lado el hecho de que es esencialmente el padre quien ha corrido mucho. En efecto, ahí está saliendo y “corriendo al encuentro” de su hijo, a quien ve de lejos. Después se dirige a los criados para disponer la fiesta. Pero, frente a un hijo calavera que vuelve de lejos está el otro, que vive dentro desde siempre, “ejemplar” en su conducta, que no quiere entrar en casa. No le gusta la fiesta, no soporta la alegría del padre, no reconoce al hermano porque carece de esos títulos suyos meritorios (“ese hijo tuyo”, subraya con acritud... Y el padre insiste: “este hermano tuyo”). Y entonces el padre tiene que salir de nuevo fuera a “rogar” al hijo obediente. Rogarle que cambie el corazón, que comparta su alegría.
Uno vuelve con mentalidad de criado (“Ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”). El otro permanece obstinadamente fuera porque tiene la mentalidad de contable y no está en sintonía con el corazón del padre. El padre, por el contrario, está convencido de que “era necesario hacer fiesta y alegrarse”. Por eso no duda en “salir”. A buscar a aquel que quedó a la puerta, a recuperar a aquel que no se ha perdido. Cuánto debe caminar este padre incansable para convencer al lejano, que vuelve, de que se entra en casa con la cabeza alta en calidad de “indultados”, y no como condenados, de que se les acoge como a hijos y no como a siervos. Y la única penitencia que se recibe es la de una fiesta increíble con la música y la danza. En la casa se reencuentra uno y no se pierde la libertad. Y hay música, canto, fiesta, y no lamento fúnebre.
Y cuánto debe caminar el padre, sobre todo, para intentar convencer al hijo "fiel", que se niega a entrar porque está convencido de que está dentro...
Sí. Hay algo peor que no estar en regla. Es creerse que se está. Hay algo peor que caminar por un mal camino. Y es la petulante seguridad -nunca agrietada por la más mínima duda- de encontrarse en el camino recto. No hay nada más “monstruoso” que este “monumento irreprensible”, que este insoportable “poseedor de derecho” tal como aparece el hijo mayor. Necesita seguridad. Y se siente “asegurado” en el hacer, en sus servicios exactos, sin una falta. Es un calculador, un triste burócrata de la virtud, sin brillo alguno de vida, de alegría, de espontaneidad, de “gratuidad”. Su perfección es ejecutiva, sin alma, sin creatividad. No sólo existe un abismo entre él y su hermano cabeza rota. Sino, sobre todo, entre su mentalidad y la del padre. En el fondo, la conversión más difícil es la suya. Es difícil convencerse de que el puesto, en la casa, no se puede “conservar”, sino solamente “reencontrar” día a día. Y que la fidelidad no es simplemente un “permanecer”, sino un aceptar, cotidianamente, las sorpresas y la lógica paradójica y las desconcertantes iniciativas del padre.
No es suficiente no abandonar la casa. Es necesario saber tener detrás al “viejo”, que corre al encuentro del hijo escapado que vuelve.
En la parábola falta un “final alegre”. Se dará solamente cuando el hijo mayor se convierta. El que se quedó en casa. El que se creía en regla. El padre ha podido ofrecerle el ternero cebado, el anillo, las sandalias, para el hijo que ha vuelto arrepentido. Pero no ha podido ofrecerle la acogida del hermano mayor. Esto no estaba en su poder. Y. sin embargo, qué hermoso hubiera sido haber podido ofrecer también el corazón lleno de alegría del hermano que quedó en casa. Un corazón dilatado por la bondad, por el perdón. De éste, por desgracia, no podía disponer... Tanto si nos reconocemos en aquel que se marchó, cuanto en el que se quedó a trabajar duro (pero sin alegría y sin amor), la parábola nos presenta la exigencia de la conversión. Conversión como capacidad para medir nuestros pasos con los del padre. Y de compartir sus “ganas” de fiesta.
P. ANTONIO IZQUIERDO
Nexo entre las lecturas
"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.
Mensaje doctrinal
1. La iniciativa divina en la reconciliación. La palabra griega traducida por reconciliación significa etimológicamente cambio desde el otro. Reconciliarse quiere decir cambiar a partir del otro, en nuestro caso, a partir de Dios. Es Dios quien reconcilia consigo al pueblo de Israel, haciéndole atravesar el Jordán como si fuera un nuevo Mar Rojo, renovando con él la Pascua y la Alianza como en el Sinaí, dándole como alimento no ya el maná sino los frutos de la tierra que conquistarán y en la que definitivamente se asentarán. Es el padre bueno de la parábola lucana quien reconcilia consigo al hijo menor, abrazándole y besándole, y logrando de esta manera que el hijo se reconcilie consigo mismo. Es también el padre bueno el que toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el menor, pasando por encima del pasado y valorando debidamente el arrepentimiento del corazón. ¿Y qué es lo que Pablo escribe a los cristianos de Corinto? Dios reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres, y nos hacía depositarios del mensaje de la reconciliación. Reconciliarse, en definitiva, es decir a Dios: Gracias por haber dado el primer paso. Acepto tu perdón, acepto tu amor.
2. Reconciliarse mirando hacia el futuro. Reconciliarse con Dios significa primeramente reconocer que algo no ha andado bien en nuestras relaciones con Él en el pasado. Significa además que hay un interés en restablecer buenas relaciones con Dios en el presente y para el futuro. Para los israelitas del desierto pasar el Jordán significa dejar atrás un pasado de rebeldía, de quejas, de inseguridad, y renovar con Dios la alianza de fidelidad y la entrega a la conquista de la tierra prometida. Los dos hijos de la parábola tienen que romper con los últimos años de vida, en las relaciones con su padre y en sus mutuas relaciones, para poder entrar en el futuro con la recobrada dignidad de hijos. La reconciliación del cristiano con Dios mira al plazo de vida que le queda para hacer el bien, y se proyecta sobre todo hacia la otra ribera de la vida. Y el mensaje de reconciliación que Dios ha depositado en nuestras frágiles manos, ¿no es un mensaje que hemos de hacer eficaz ahora en el presente y en el futuro que llama continuamente a nuestra puerta? Me reconcilio en el presente, pero los efectos de la reconciliación tienen que prolongarse en el futuro; sin esta eficacia en el futuro, reconciliarse no deja de ser una palabra tal vez bonita, pero hueca, sin repercusiones eficientes, y por consiguiente una auténtica frustración.
3. Cristo, paz y reconciliación nuestra. Cristo es el mediador último y definitivo de la reconciliación con Dios. En el bautismo de Jesús las aguas del Jordán son purificadas, y el nuevo pueblo tiene la posibilidad de reconciliarse con el Padre. La vida de Jesucristo, sobre todo su muerte y resurrección es el camino elegido por el Padre para reconciliarnos con Él y con todos los redimidos. Sólo en Cristo y por Cristo logramos sentir la fuerza salvadora de Dios, que nos quiere reconciliar consigo. Cristo es la última palabra de reconciliación que el Padre dirige al hombre y al mundo. Por eso, quien vive reconciliado con Dios en Cristo, es una nueva creatura. Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, como nos recuerda san Pablo. El pasado no cuenta; lo que importa ahora es el futuro, en el que llevar una vida reconciliada con Dios y con los hombres; en el que ser verdaderos evangelizadores de la reconciliación.
Sugerencias pastorales
1. El largo camino de la reconciliación. Reconciliarse es hermoso, pero puede llegar a ser duro y difícil. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas hechos, dejar caminos trillados, abrir nuevas brechas, roturar nuevos campos. En definitiva, salir de nuestra dulce comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y amor desinteresados. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás, implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta acudir al sacramento de la reconciliación, recibir el perdón de Dios y... ¡santas pascuas! Esto es sólo el comienzo. Ahora sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la concordia, la avenencia y la armonía filiales para con Dios y fraternas para con los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.
2. Una Iglesia reconciliada y reconciliadora. El Papa nos ha enseñado con su ejemplo a no tener ningún reparo en pedir perdón. La Iglesia es santa, pero sus hijos somos pecadores. Y los pecados de los hijos dejan huella en el rostro de la Iglesia. Por eso, el sacerdote, en nombre de la Iglesia y como representante suya, cada día en la santa misa la reconcilia con Dios. Por otra parte, la Iglesia, en cuanto comunidad de los que creen en Cristo Señor, es muy consciente de las divisiones y de los contrastes, de las diferencias y desarmonías doctrinales y prácticas que bullen en su seno. Se han dado algunos pasos en el camino de la reconciliación. Quedan muchos todavía. Hay que seguir avanzando en la reconciliación entre diversas comunidades eclesiales, entre los miembros de una misma comunidad eclesial, entre diversas órdenes, congregaciones o institutos religiosos, entre diversas diócesis... Sólo una Iglesia reconciliada verticalmente con Dios y horizontalmente con sus hermanos en la fe, podrá ser fermento de reconciliación en la sociedad. ¿Vives reconciliado con Dios? ¿Es tu parroquia una parroquia internamente reconciliada? ¿Eres agente de reconciliación en tu familia y en el ambiente de trabajo?
P. EDUARDO MARTÍNEZ, ESCOLAPIO
La cuaresma intenta en estas dos últimas semanas ponernos frente a una revelación esencial para vivir la Pascua. Ante nuestros fracasos vividos o sentidos en nuestra vida pasada o en esta cuaresma, se nos quiere llenar de esperanza: es ese fracaso de no encontrar fruto en nuestra vida, como nos lo recordaba el evangelio del domingo pasado. No encontrar fruto un año y otro año en esa higuera en medio de la viña. Amos de la higuera, como nos sentimos dueños de nuestra vida, pero de nada nos sirve, porque el fracaso nos persigue. Fracaso en los estudios o en nuestro trabajo profesional. Fracaso en nuestro hogar: padres contra hijos; hijos contra padres. Fracaso en nosotros mismos. Fracaso en la vida. Y cuando uno está harto de tanto fracaso y de tanto desastre, que a uno le dan ganas de echarlo todo a rodar o a algo más, a veces, aparece un viñador, un servidor de esa viña. Y este servidor nos invita a la paciencia, a la sensatez, a la esperanza. “Déjala un año más, no la cortes. Yo la cavaré, la regaré, la abonaré”, escuchamos el domingo pasado. Y nos fuimos de la Iglesia con el eco de esa frase, hecha sinfonía o concierto de esperanza: “… y si no encuentras fruto, el año que viene la cortarás. Si no al año que viene, la cortarás. Si no al año que viene, la cortarás”. Este año déjala en la viña, que aún quedan esperanzas…
¿Quién es ese viñador que nos llena de esperanzas? Y San Lucas, este domingo nos hace un retrato, lleno de un realismo conmovedor y nos revela a Dios como Padre, que ama de modo incondicional. Y esta revelación se nos hace en un momento de la historia del mundo en que más necesitamos redescubrir a Dios como Padre, porque nunca este mundo ha sido menos fraternal, ya que unos, estando y viviendo en casa, no hemos descubierto a Dios como Padre y otros, lo hemos abandonado, pegando un portazo, como el hijo pródigo.
Veamos el retrato que nos pinta San Lucas y su entorno. “Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Los fariseos y los escribas le recriminaban, diciendo: este hombre acoge a los pecadores y como con ellos”. Esta es una revelación esencial de Dios. En esta parábola, conocida con el nombre de la parábola del hijo pródigo, el Padre es el centro del relato y no el hijo, en quien tanto nos fijamos por lo mucho que a él nos parecemos. Esta no es la parábola del hijo pródigo, sino la parábola del Padre, lleno de amores y de perdones.
Prosigue San Lucas: “Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo a su padre: Dame la parte de fortuna que me corresponde. Y el padre repartió su fortuna”. Vemos a un padre que ama de verdad y por ello es respetuoso de la libertad y de la autonomía de sus hijos. Deja partir teniendo su corazón angustiado, a su hijo pequeño, pero con la esperanza que llegará a ser suficientemente adulto para comprender un día el amor de su padre
Por otra parte, vemos un hijo rebelde e irreflexivo a la par que irresponsable, que quiere vivir su vida y que rechaza estar sometido; que cree será más libre, si es totalmente independiente. Es esta rebelión típica de nuestro tiempo y en realidad de verdad, de todos los tiempos: el rechazo del padre, de la autoridad, y por consiguiente, también de Dios. Característica de este mundo moderno, que por religión tiene el ateísmo. Una religión sin Dios, porque dios es el mismo hombre. Dios no existe y si existe, el hombre vive como si no existiera. Es la religión de la permisividad. Todo me está permitido, porque el límite que dios me pudiera poner ha desaparecido con el mismo dios. Este ateísmo ha preocupado y preocupa hondamente a los últimos Papas. El hombre sin Dios retrocede a su etapa salvaje de irracionalidad.
“Disipó su fortuna, nos dice el relato, en una vida de locuras… Después conoció la miseria de la vida de pecado: se quedó sin dinero, se quedó sin amigos, se quedó sin amores, se degradó tanto que con cerdos estaba de porquerizo para poder subsistir”.
No olvidemos que los cerdos para aquellas gentes eran animales impuros, para que nos hagamos cargo de su estado de miseria total. Era peor que estar en un muladar.
El pecado se nos presenta siempre en primer lugar, como atrayente, agradable, seductor. El maligno es lo suficientemente hábil para ocultar su malévola jugada de perdición. Vivir su libertad, revindicar su autonomía… todo eso es positivo y bueno, pero solo bajo cierto aspecto, ya que se puede tender fácilmente a la rebeldía, arrastrados por el egoísmo, la soberbia y la lujuria.
Tras su fracaso, “entonces, recapacitando, se dijo: cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti”. Tuvo este hijo rebelde la sensatez de saber reconocer su equivocación, aunque motivado más por el hambre que estaba pasando, cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre, que por el amor a su padre. Su actitud de arrepentimiento es calculada, para conmover al padre y que le deje entrar en casa, pues allí al menos tendrá comida, como los criados. Y aún le parece poco decir a su padre: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti”, y añade una confesión más emotiva y sentimental para lograr su objetivo, es una confesión de culpa calculada, que no es llenar con su amor el corazón de su padre, sino llenar su vientre de comida abundante. Y pensó finalmente dar un golpe de efecto: “con este golpe bajo, sentimental, venzo a mi padre y le arrancaré el perdón”. Añadiré: “ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Es, pues, una confesión bien pobre, hasta casi falsa o al menos hipócrita.
“Su padre lo vio, cuando aún estaba lejos”, y lo llegó a reconocer, a pesar de la distancia, porque el verdadero amor agudiza la vista. “Y lleno de compasión corrió, se arrojó a su cuello y le abrazó… Mandó que le pusieran el más bello vestido, un anillo en su mano, como hijo de un gran señor, zapatos… e hizo preparar un gran festín”. He aquí como el padre acoge al hijo rebelde. Todo es amor.
Y le trata no como pordiosero, sino como gran señor, por eso manda que le pongan un anillo en su mano, como un gran señor.
El hijo pródigo, en cambio, lo único que deseaba era comer como los criados de su padre. Como en él el amor había muerto, no podía imaginarse o admitir, que él pudiera ser amado. Ya no se creía ni hijo. Su amor estaba muerto. Era un hijo perdido.
Ese puedes ser tú. Claro que nosotros nos identificamos más fácilmente con el otro hijo, que no dejó la casa de su padre, como nosotros, que no hemos dejado la Iglesia, a diferencia de tantos hermanos nuestros, bautizados, que prácticamente la han abandonado
El caso del hijo mayor es peor y más complicado. El hijo mayor se cree justo. Nosotros también, no nos creemos malos, sino buenos y a veces muy buenos. Él no ha abandonado a su padre. No ha dejado la casa, dando un portazo, como su hermano. Yo tampoco he dejado la casa vengo a la Iglesia todos los domingos, incluso a veces, en días de semana. No he abandonado al Padre: ahí están mis comuniones y mis oraciones diarias. Yo no he malgastado la hacienda con malas mujeres. Yo te he servido todos los años de mi vida, sin desobedecer nunca una orden tuya.
Pero el hijo mayor tenía su corazón muy lejos de su padre. Trabajaba en la casa, pero allí estaba con espíritu y actitud de jornalero, porque allí encontraba lo que su hermano pequeño echaba en falta: abundancia de comida.
Pero también para este hijo mayor hubo un padre: “su padre salió, fijaros bien, es el padre quien toma la iniciativa y se molesta y sale en su busca; y se puso a rogarle”. No ruega el hijo al padre, sino el padre al hijo. El hijo estaba hinchado de envidia y de soberbia. Y el padre le quitó todo el veneno que llevaba en su corazón: “Hijo mío, tú siempre has estado conmigo; todo lo que tengo es tuyo”.
Hijos pequeños irreflexivos y rebeldes. Hijos mayores soberbios y mezquinos, cual escribas y fariseos, que no reconocen en el hijo menor y pecador, a su propio hermano, pues dice: “ese hijo tuyo”. El padre le hace comprender que no es solo su hijo, sino que también es su hermano. “porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”
A todos, la cuaresma nos revela, que tenemos un padre para que ante la sensación de fracaso total en nuestras vidas, en nuestro hogar, en nuestra profesión, estudio o trabajo, en nuestro matrimonio o familia, en nosotros mismos, no nos sintamos solos, no nos sintamos angustiados, porque en esta Eucaristía, vamos a ver a un Dios hecho pan, hecho amor, hecho Pascua: un Cristo resucitado y victorioso, que viene a nuestros corazones de hijos pródigos, que retornamos a la vida de cada día con más esperanza, porque descubrimos y sabemos que Dios es Padre y quiere a las dos clases de hijos: a los que le dejaron y abandonaron; y a los que, quedándose en casa, le sirvieron y le trataron con espíritu de criados y jornaleros interesados en sus salarios y dineros, pero no con espíritu de hijos.
Quiero, para acabar, poneros una gran dificultad en esta parábola. ¿Cómo es posible que este hijo pequeño pegue un portazo y abandone una casa, donde hay un padre excepcional, de bueno, de comprensivo, de respetuoso con su libertad? ¿Sabéis por qué?
Algunos Santos Padres comentan: porque en la parábola no aparece la figura de la madre por ninguna parte. Si hubiera estado la madre, el chico no se va.
Que María aparezca en nuestra Cuaresma. No dejaremos así al Padre. Alabaremos a Dios.
Dios-Padre, que ama de modo incondicional, nos espera en la casa, para que intentemos, antes de que acabe este tiempo de misericordia de la cuaresma, encontrarle en el sacramento de la reconciliación y penitencia, dándonos el abrazo de Padre de perdón, de amor, de paz y de alegría. AMEN.
PARÁBOLA DE LOS TRES CABEZOTAS
EL HERMANO MAYOR: CABEZA Y CORAZÓN DUROS
• Jesús nos dibuja en el hermano mayor a alguien a quien no le preocupan ni le importan para nada los demás. Le da igual que su otro hermano pueda tener problemas, que se sienta solo, que ande perdido, que se haya ido lejos... No se ha enterado de que tiene un hermano, de lo que significa “ser hermano”. No entra en la escena casi hasta el final, y lo hace para quejarse, protestar y reñir a su padre. No consta que echara de menos, al hermano, que saliera a buscarle, ni siquiera que se asomara a la ventana. No hay ningún deseo de que vuelva. Sólo pretende conservar sus derechos y plantear reivindicaciones.
• Por otro lado, tampoco se entera de la angustia, preocupación y tristeza de su padre que echa de menos, que ha perdido el sueño, que sufre por el hijo que no está, que se pasa los días enteros a la puerta a ver si lo ve, aunque sea de lejos. El mayor está físicamente en casa, continuamente al lado de su padre, pero su corazón está lejísimos del suyo.
No disfruta de la compañía de su padre. Seguramente podamos suponer que ni le pregunta a su padre cómo está, cómo se siente, si puede hacer algo por él. Ni comenta con él lo que más le angustia... Es el hermano “silencioso” e incomunicado. Para colmo, no se siente libre. Estar en casa para él significa: obedecer, trabajar y cumplir. Y le sienta fatal que otros se tomen tantas libertades, vivan tan “relajados”, se salten los cumplimientos y normas. Él cumple sus obligaciones de manera intachable. Vive pendiente casi solo de sí mismo. Y es como si fuera hijo único. Yo me lo imagino riñendo, acusando y reprochando a su hermano, poniéndole mala cara y presionándole cada día para que cambie y se comporte “como Dios manda”. Es decir: como él.
• No tiene ninguna iniciativa. No se arriesga nada. Estar en casa para él es un deber, y su padre debiera estarle agradecido porque se lo MERECE. ¡Trabajito le cuesta ser bueno! Pero le falta la alegría, la ilusión. Y hasta se permite reñir/corregir a su padre por ser tan flojo, tan poco exigente, por consentir tanto. En el fondo no sabe lo que es tener un padre, ni tiene la más mínima idea de lo que significa ser hijo y hermano (son tres cosas inseparables entre sí). Incluso, me sospecho que tenga parte de la culpa de que su hermano haya terminado marchándose. Es bien desagradable vivir con personas tan estiradas, tan perfectas, tan cumplidoras.
Este hijo mayor anda tan perdido o más que su hermano... aunque esté dentro de casa, aunque aparentemente tan “en regla” con su padre. Aquí quedan retratados los fariseos que murmuraban de Jesús por comer con pecadores.
EL HERMANO MENOR CABEZA HUECA Y CABEZOTA TAMBIÉN
• Parece que al hermano menor le han enseñado o ha entendido que estar en casa, y ser buen hijo... consiste en seguir un montón de normas y deberes que le quitan libertad y no le dejan ser feliz. Él quisiera ser independiente, y tomar sus propias decisiones sin tener que dar explicaciones a nadie, y mucho menos a su hermano mayor. Y se va lejos: Lejos de su casa, lejos de su hermano, lejos de su padre... y también lejos de sí mismo. No hay explicaciones. Tiene derecho a irse y a llevarse “lo suyo”, para hacer lo que le parezca. No parece importarle el disgusto que le da a su padre. Y el padre le deja marchar en silencio, sin sermones, sin amenazas ni advertencias.
• Al principio se dedica a disfrutar de lo que tiene, sin previsiones... y las cosas parecen irle bien. Por eso no se da cuenta de que está vacío, sin metas, sin proyectos, sin sueños. Mientras “tiene”, no le faltan los “amigos”, que se aprovechan de su fortuna, le usan. Pero realmente está solo. Y es que... porque no tiene tiempo para pensar, analizar, reflexionar...
• Y cierto día las cosas se ponen mal. No sabemos cuánto tiempo tardó en ocurrir. Pero los problemas y el fracaso le hicieron entrar dentro de sí mismo. Se atrevió a mirar de frente ese corazón aventurero, con ansias de disfrutar, pero tan vacío y solitario... Pero sigue siendo muy terco para reconocer: “me he equivocado”, sino.... No, sólo: “tengo hambre y en mi casa había comida”. No se trata del arrepentimiento, es el hambre lo que le anima a volver. Y lo hace convencido de que, a pesar de todo, su padre al menos le dará trabajo y pan. En eso llevaba razón. Pero se quedó muy corto en sus expectativas.
El caso es se prepara su discursito para ver si, una vez más, se sale con la suya. Cuánto debió costarle el larguísimo camino de vuelta a casa. No aspiraba a recuperar su sitio, porque “no se lo MERECE”. Ni tampoco recuperar el cariño de su padre. Se conforma con ser un jornalero más.
Menos mal que hay otro cabezota en esta historia:
EL PADRE CON UN AMOR CABEZOTA
• Este padre es muy distinto de sus dos criaturas. ¿A quién habrán salido? Su comportamiento descoloca a los dos. En esta historia no abre la boca casi hasta el final. Al principio da lo que le exigen. No dice nada. No protesta. No reprocha. No avisa. No riñe. No amenaza. Ni pide explicaciones...
• Pero antes de darle la palabra, Jesús describe sus “gestos”: ve venir, se enternece, se conmociona, corre y llena de besos. No le interesan las explicaciones. No pregunta a qué vuelve ni por qué. Y corta el discursito que el hijo intentaba soltar. Ni hace caso de lo “poco” que le pide su hijo. En cambio, tira la casa por la ventana, dando brincos de alegría porque tiene al hijo de nuevo en casa. Aún tendrá que hacer esfuerzos para que aprenda lo que es "ser hijo", y descubra de una vez cómo es de verdad el corazón de su padre y cómo se vive en aquella casa. Sin humillaciones, castigos, condiciones ni exigencias. Sólo el deseo y el empeño de que sea y se comporte como hijo.
¿Y CÓMO ANDA NUESTRO CORAZÓN?
• El pecado aquí consiste en estar “lejos”: de sí mismo, del hermano, de su Padre. Y derrochando la vida.
• Para orar y saborear: el Padre está empeñado en hacerme sentir hijo querido y ponerme en mi sitio, que tal vez no es el que yo me he buscado, o en el que estoy ahora, o con el que intento conformarme.
• Unos verbos que nos retan: acoger, conmoverse, recibir, salir corriendo hacia, celebrar el retorno...
Esta parábola es una invitación a la fraternidad, a la comunión, al empeño de darle alegrías al Padre trayendo a casa a los hermanos que se fueron. Al menos... ¡que no los espantemos con nuestras actitudes!
ELVIRA
VIAJE DE IDA Y VUELTA
La palabra cuaresma tiene relación con la palabra conversión. La palabra conversión supone la palabra dispersión, separación. La separación empieza a equivaler a pecado. La palabra pecado lleva a la palabra vacío. Vacío rima con hambre y con sed. Las palabras hambre y sed están anunciando ya vuelta a casa. O, si queréis, «volver a la casa del Padre». O sea, la cuaresma es completar un viaje completo de ida y vuelta. Desde la casa del Padre hasta la casa del Padre pasando por todas esas estaciones que he enumerado y que ahora voy a deletrear un poco, con la vista puesta en el Hijo pródigo. Sirva ese viaje de escarmiento y enmienda.
CASA DEL PADRE O ESTACIÓN DE SALIDA. -El cristiano es alguien que vive bien, y no me refiero al confort material. Me refiero a lo que decía Pablo: «Los que hemos sido bautizados en Cristo, nos hemos revestido de El» y «tenemos una vida nueva». Y «no sólo de palabra nos llamamos "hijos de Dios", sino que de verdad los somos». Con todo lo que esto supone. Pero la parábola de hoy nos da a entender que «los hijos de Dios» tendemos a...
La dispersión. -Con esa «herencia» que Dios da a cada uno -porque «todo es gracia», como confesaba Bernanos-, salimos por ahí a «dilapidar la hacienda». Cada cual ha de examinar su conciencia y analizar en qué consiste su personal «malversación de fondos». Porque creo que nadie puede librarse de reconocer: «Tengo siempre presente mi pecado».
EL PECADO. -Porque el pecado es eso justamente: «Aversio a Deo», apartarse de la «casa del Padre», de esa monotonía que supone «hacer su voluntad en la tierra como en el cielo» y empezar a tener «otras preferencias», generalmente «espejismos» que, de momento, deslumbran y aturden. Menos mal que, tarde o temprano, esos brillos desaparecen y, al fin, dejan...
UN VACÍO. -Es el desamparo. La soledad. La impotencia. La constatación de que somos muy débiles y menesterosos. El convencimiento, además, de que «no es oro todo lo que reluce». La vergüenza de comprobar que uno «está deseando comer las bellotas de los cerdos y nadie se las da». La nada. Y, en esa nada, brota, primero, la luz. Y, después:
EL HAMBRE Y LA SED. -Uno empieza a pensar: «¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre viven satisfechos, mientras que yo...»! Es el moribundo que empieza otra vez a vivir. Es el desengaño, es decir, darse cuenta de que había vivido engañado. Es empezar a entender otra vez que «más vale un día en tus atrios, Señor, que mil años en las tiendas de los enemigos».
Se empieza a elegir un salmo que retrate nuestro estado de ese momento y quedarse con éste: «El gorrión ha encontrado su casa y la golondrina su nido: tus altares, Dios de los Ejércitos». Es el momento de la salvación. El enfermo dice: «Volveré a la casa de mi padre y le diré...».
EL RETORNO. -No hay página más bonita en la historia de la literatura. El padre salía todos los días... El hijo, roto, pero curado, viene repitiendo su mejor verso: «He pecado contra el cielo y contra Ti..». Por eso Jesús, aunque ya no hacía falta, solía añadir: «Hay más alegría en el cielo cuando un pecador se convierte, que cuando noventa y nueve justos hacen penitencia». Las penitencias son buenas si llevan a la conversión. Lo que Jesús quiere es hacer una «gran cena», con el cordero cebado.
¡Parábola del Hijo pródigo! ¡Viaje de ida y vuelta! ¡La vuelta al mundo en ochenta, noventa, cien, mil... aventuras! ¡Circunferencia completa! ¡Salida de Dios y vuelta a Dios! ¡Dios es la Estación-Término!
JESÚS NO VINO A SALVARNOS, SINO A DECIRNOS QUE ESTAMOS SALVADOS
Fray Marcos
Lc 15, 01-32
Hoy leemos el capítulo 15 de Lucas, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las parábolas. Jesús acoge a los marginados. Todos los publicanos y pecadores, dice Lucas, se acercaban a él. Los fariseos y letrados critican a Jesús por esto. Las parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones.
Los fariseos tenían una idea equivocada de Dios. Pensaban acercarse a Él a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos boquiabiertos cuando el evangelio nos dice que es Él el que nos está buscando siempre a nosotros. No se trata aquí de la conversión del pecador, sino de la bondad absoluta de Dios para con nosotros. Podíamos considerar este capítulo como el cogollo del evangelio de Lucas.
A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los "pecadores" se acercaban a Jesús para escucharle. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable.
Los fariseos y letrados (los buenos) se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los "malditos". El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos. Toda la religiosidad que nace de esta concepción equivocada de Dios es también equivocada.
Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que constantemente nos estamos fabricando a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires hecho añicos. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religiosidad, porque ese ídolo es fruto de nuestros intereses egoístas que pretenden manipular a la divinidad.
El Dios de Jesús es mucho más que madre y pastor. El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que "convertirnos" a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo que somos se lo debemos a su entrega incondicional.
Las dos parábolas que hemos leído, van en la misma dirección. No sólo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra.
Se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar del corazón humano. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Seguimos pensándolo como el que premia y castiga.
Jesús, al tener que utilizar los conceptos religiosos de la época, se ve condicionado para expresar todo lo que había experimentado de Dios y del hombre. Pero si estamos atentos podemos descubrir en su mensaje, rasgos definitivos del verdadero Dios.
El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Nada de un ser trascendente que espera que nosotros le descubramos a tientas. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.
Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que lo que fueron capaces de expresar los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que Dios es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas, y sólo en ellas podemos descubrirlo. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte por encima y fuera de la creación.
El concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha no tenemos más remedio que superarlo. Dios no "hizo" el mundo en un momento determinado. La creación es la manifestación de Dios que no tiene por qué exigir un principio en el tiempo.
El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (agape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar.
Jesús no vino a salvarnos, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.
Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de "buenos" y "malos". La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser.
El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible con el espíritu de Jesús.
Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos "buenos" porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Si somos "malos", es porque no hemos descubierto a Dios como base y fundamento de nuestro ser.
Alguno puede pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va a amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús.
La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, aunque no puede afectarme hasta que yo no la acepto y la haga mía. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al contrario, la actitud de Dios para conmigo, tiene que ser el motor de cambio en mí.
La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unida al pecado.
Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.
Dios sólo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama.
El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Nuestro lenguaje sobre Dios es equívoco cuando hablamos del su perdón como un acto.
Otra de las ideas que tenemos que cambiar, es el concepto de pecado, como ofensa a Dios. Es completamente ridículo pensar que nosotros podamos ofender a Dios.
La incapacidad de los cristianos para aceptar a los "malos", se debe a nuestro concepto de pecado. Lo identificamos con la persona misma y no somos capaces de descubrir que la persona es una cosa y su postura y sus acciones otra muy distinta. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Si nosotros amamos unas criaturas y no otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia.
Tres condiciones, según el catecismo, tenían que darse para que hubiera pecado mortal: materia grave, conocimiento pleno y pleno consentimiento.
Es imposible que se puedan dar las tres juntas. Si tengo pleno conocimiento de que algo es pecado, es decir, un mal para mí, nunca podrá haber pleno consentimiento, porque el mal no puede ser objeto de la voluntad. Para que la voluntad se incline hacia un objeto, tiene que presentarlo el entendimiento como bueno.
Claro que el entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Por eso, para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento (no sólo la razón). Nuestro esfuerzo tiene que ir encaminado a conocer lo que es bueno o malo para mí. El voluntarismo es la causa de fracaso en nuestra lucha contra el pecado.
Si las reflexiones que acabamos de hacer, son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos de la confesión como señal de su perdón.
La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo. Esa aceptación lleva consigo un proceso interno, que es lo que intenta la confesión sacramental al facilitar la apertura a ese amor de Dios que sólo llega a nosotros cuando nos abrimos a Él.
Meditación-contemplación
Que Dios pudiera amar a los pecadores,
era impensable para los fariseos.
Esta actitud hace imposible toda relación con el Dios de Jesús.
Si no vivo el amor de Dios como pura gratuidad,
será imposible responder a ese amor y vivirlo.
.....................
El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
No puedo hacer nada para merecerlo o para evitarlo.
Todo lo que soy, tiene como fundamento ese don gratuito de Dios.
Lo que se me pide es
dejar que ese Ágape se manifieste a través de mí ser.
.......................
Tengo que dejarme encontrar por ese Dios
que está siempre buscándome.
Tengo que sentir su fuerza y dejar que me inunde.
Dios en mí, es energía trasformadora.
Todo mi ser debe convertirse en esa energía que es Dios.
.......................
EL ORIGEN DE LA CREENCIA PROVIDENCIALISTA
Enrique Martínez Lozano
Lc 15, 01-32
(A José Arregi,
otra víctima –como Jesús- del poder religioso;
un poder que, presuntuosamente, se cree
en posesión de la verdad).
En el capítulo 15 del evangelio de Lucas, se recogen tres parábolas, llamadas "de la misericordia", en las que Jesús habla de Dios, a través de tres figuras simbólicas: el pastor, la mujer y el padre de los dos hijos.
Las tres son polémicas, porque nacen en el contexto de una acusación contra el Maestro, por acoger a los pecadores y comer con ellos. Esta manera de actuar chocaba frontalmente con la idea "religiosa" de Dios –del que se creía que no podía mirar con agrado a quienes la religión catalogaba como "pecadores"- y, por eso mismo, socavaba los cimientos del sistema, poniendo en peligro el poder de los sacerdotes y el estatus de seguridad y prestigio de las élites religiosas.
Frente a las murmuraciones de estas últimas, Jesús habla de un Dios "diferente", que se manifiesta como Misericordia, Encuentro y Alegría, particularmente con quienes parecen más "perdidos". Y, para que no quede ninguna duda, usa una imagen masculina –el pastor- y otra femenina –la mujer-, que resaltan las mismas actitudes.
Porque el interés de la parábola no es hablar de la oveja o de la moneda –algo que ha sido frecuente en una cierta devoción cristiana-, sino del Misterio de Dios, nombrado como Amor y como Fiesta.
Lo que luego ocurrió es que el yo hizo una lectura de estas parábolas desde su particular perspectiva egoica. De esa manera, cayó en un antropomorfismo insostenible, que hizo de Dios el padre todopoderoso y protector de nuestra imaginación infantil.
En nuestro imaginario, todos hemos albergado, siendo niños, la figura de un padre en el que poder asentar nuestra seguridad de un modo definitivo. Al crecer, el yo religioso ha podido seguir proyectando aquel mismo deseo en Dios, imaginado como el Padre capaz de solucionar todos nuestros problemas. Y a pesar de que la vida desmiente, una y otra vez, esa creencia providencialista, nuestra propia necesidad de seguridad nos lleva a buscar cualquier justificación, antes que poner en cuestión las ideas que nos habíamos hecho.
En realidad, si vamos hasta el origen, descubriremos que fue nuestro yo quien, en su necesidad de autoafirmación, leyó a "Dios" de esa manera, convirtiéndolo en un garante de su propia supervivencia. ¡Dios al rescate del yo! Comprendemos ahora tanto antropomorfismo y tanto providencialismo individualista: los yoes son como niños necesitados que no se detienen ante nada con tal de sentirse afirmados.
Fue justamente esa "perspectiva egoica" la que condujo a una lectura también egoica del mensaje de Jesús. Cuando aquélla cambia, la lectura se ve modificada.
En la nueva perspectiva –transpersonal, no dual-, venimos a descubrir que nuestra identidad no es el yo que busca sobrevivir, incluso eternamente. Ese yo separado necesitaba aferrarse a un dios también separado, como garantía de seguridad. Pero, al tomar distancia de la que creíamos ser nuestra identidad y empezar a percibir lo que realmente somos, dejamos de ver a Dios como el todopoderoso individual al servicio de nuestro yo y empezamos a experimentarlo como el Misterio del que Jesús hablaba.
Dios es Misericordia, Encuentro, Alegría..., Plenitud. Pero quien puede experimentarlo así no es nuestro yo vacío y en último término inconsistente. A Dios no podemos experimentarlo mientras estemos identificados con la mente (eso es el yo, que sólo puede tener "ideas" antropomórficas de Dios, proyectadas desde su propia carencia), sino únicamente cuando venimos a la Presencia, es decir, cuando nos reconocemos en nuestra verdadera identidad.
Ahí percibimos, con total evidencia, que la Presencia es Misericordia, Alegría, Encuentro, Plenitud; que siempre lo ha sido, y siempre lo será. Y que es sólo la identificación con la mente (y con el yo) lo que nos impide percibirlo.
Esa Presencia –como ponen de relieve las parábolas de Jesús y su propio gesto de comer con los "indeseables"- integra y abraza todo lo que existe, en la Unidad no-dual, en la que nada está separado de nada.
Quien se reconoce en Ella, no puede no reconocerse también en todo lo que es, tal como proclama este admirable poema de Thich Nhat Hanh, titulado "Llamadme por todos mis nombres", y que bien podríamos nombrar como el poema de la Compasión, o de la auténtica Misericordia, la que nace de la Comprensión.
Para la mente y el yo, suena a absurdo y contradictorio; en la Presencia, trascendida la mente, es Sabiduría.
No digas que mañana me voy
porque apenas hoy estoy llegando.
Contémplame: llego cada segundo
para ser un brote o una rama primaveral,
para ser un pajarillo de finísimas alas
que aprende a cantar en su nuevo nido,
para ser la oruga del corazón de una flor,
para ser una gema que se esconde en la piedra.
Apenas llego, para reír o para llorar,
para temer o para esperar.
El compás de mi corazón marca el nacimiento
y la muerte de todo lo vivo.
Soy la mariposa metamorfoseándose en la superficie del río
y soy el pájaro que, a la llegada de la primavera,
llega a tiempo para comerse la mariposa.
Soy la rana que nada feliz en la charca,
y la culebra que se acerca en silencio
y se come a la rana.
Soy un niño de Uganda, todo huesos y piel,
mis piernas son ligeras cual cañas de bambú,
y soy también el traficante de armas
que vendió el armamento mortífero a Uganda.
Soy la chiquilla de doce años refugiada en el bote,
que cruza el océano y ha sido presa de los piratas,
y soy el pirata y mi corazón aún no es capaz de ver y amar.
Soy miembro del Politburó y tengo todo el poder en mis manos,
y soy el hombre que pagó su "pacto de sangre" con los suyos
muriendo lentamente en campos de trabajo forzado.
Mi alegría es como la primavera,
tan cálida que brotan las flores
por todos los caminos de mi vida.
Mi pena es como un río de lágrimas,
tan caudaloso que colma los cuatro océanos.
Por favor, llámame por mis auténticos nombres,
así podré escuchar mis risas y mis llantos en una sola voz,
así podré ver que mis alegrías y mis penas son una sola.
Por favor, llámame por mis auténticos nombres,
así despertaré,
y la puerta de mi corazón se abrirá de par en par
a la puerta de la compasión.
(Thich Nhat Hanh, Hacia la paz interior,
Debolsillo, Barcelona 2009, pp. 132-133)
SENTIR QUE DIOS NOS QUIERE
José Enrique Galarreta
Lc 15, 1-32
De las tres parábolas que se contienen en el capítulo 15, solamente la oveja perdida tiene un paralelo en los sinópticos (Mateo 18.12), y una amplificación en "El buen pastor" de Juan 10. La moneda perdida y el hijo pródigo están sólo en Lucas, y produce sorpresa que estos mensajes que nosotros consideramos tan reveladores de Jesús no aparezcan en ninguna otra parte. Los expertos más radicales llegan a afirmar que la parábola del Hijo Pródigo sea una amplificación redaccional lucana sobre la línea general del perdón expresada por Jesús. Pero esta teoría no ha tenido apenas aceptación.
Como todas las parábolas, están tomadas de la vida cotidiana y buscan la identificación del auditorio (¿quién de vosotros?). Su contexto vital es la permanente discusión con los fariseos y escribas, que reprochan a Jesús su trato con pecadores. En este sentido, la situación vital es la misma que la del banquete en casa de Leví, y su mensaje es el mismo de "no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos", con su velada ironía respecto a los "sanos".
Las dos pequeñas parábolas, de la oveja y de la moneda son paralelas, tienen el mismo mensaje. Llama la atención en ellas la pasividad del encontrado (la oveja, la moneda). No son parábolas de conversión sino revelaciones del corazón de Dios.
Son, por otra parte, parábolas paradójicas, especialmente para aquellos a quienes se dirigen - fariseos y letrados - porque ofrecen una imagen de Dios sorprendente para su mentalidad. Los escribas y fariseos que aparecen en los evangelios representan una religiosidad perfectamente razonable: Dios está con los buenos, los buenos son los que cumplen la ley de Dios, nosotros cumplimos la ley de Dios, nosotros somos los buenos, Dios está con nosotros. Lo más que se puede pedir de Dios es que esté dispuesto a recibir al que se convierte.
Jesús va más allá. El pastor y la mujer preocupados por lo que han perdido son una imagen de Dios más atrevida. No es que Dios esté dispuesto a recibir al pecador "si se convierte", sino que Dios es un activo buscador de algo suyo que ha perdido.
Una vez más, Jesús está desmontando la imagen de Dios-Juez. Nada más opuesto a la imagen del juez que la figura de la mujer pobre que se vuelve loca de alegría al encontrar su monedilla hasta el punto de hacer el ridículo alborotando a toda la vecindad por algo tan insignificante. Esto nos lleva a dos consideraciones.
En primer lugar. Nuestra fe se basa en la Palabra. Conocemos de Dios lo que Dios ha dicho de sí mismo. Pero nuestra mente es orgullosa, y se permite definir a Dios y especular sobre Dios. Puede hacerlo hasta cierto punto, pero puede engañarse y crear ídolos, dioses a su imagen y semejanza.
El problema está en que no comparamos las creaciones de nuestra mente con La Palabra, para verificar si acertamos, sino que sometemos la Palabra a las creaciones de nuestra mente. Y así llegamos a la definición de Dios como Juez Misericordioso (juez más bien blando).
Pero Jesús no habla de Dios juez en el sentido jurídico judicial. Las imágenes de estas dos parábolas lo dejan muy claro. Tampoco hace Jesús definiciones de Dios en sí, sino de cómo se porta Dios con nosotros. Pero nuestra razón investiga sin descanso la esencia de Dios, hasta el punto de que las mayores fracturas de la Iglesia se producen en este campo, y nos hemos rechazado como herejes ante todo por cuestiones de comprensión de la esencia divina. ¿No sería importante, quizá necesario, volver a una teología más evangélica y menos elucubrativa?
En segundo lugar. Jesús propone estas parábolas para defenderse de una acusación de los fariseos y letrados. Jesús justifica su propia actuación. Come con pecadores porque quiere rescatarlos. Toma la iniciativa del médico que se acerca al enfermo porque el enfermo le necesita, porque quiere curar.
Nosotros entendemos así muy bien el corazón de Jesús, sus sentimientos, su actitud ante las personas. Y nuestra fe consiste en subir desde ahí hacia Dios. No pensamos que Jesús es así simplemente porque es un buen hombre: creemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu de Dios.
Por eso, el que ve a Jesús ve cómo es Dios. Creemos que Dios es así porque lo vemos actuar en Jesús. Este es un pilar de la fe cristiana: Jesús revelación de Dios. Es al revés que el ingenuo planteamiento del libro del Éxodo, cuando Moisés aplaca a Dios airado, o el del Génesis, cuando Abrahán regatea con Dios por la salvación de los pocos justos de Sodoma. Dios es el bueno: Jesús es bueno porque el Espíritu de Dios estaba con él. El Padre es el Salvador: Jesús es salvador porque se parece a su padre. Jesús es capaz de dar la vida porque el padre es capaz de dar la vida, y no, desde luego, porque el Padre exija sangre para aplacarse.
Es de radical importancia que reflexionemos cómo nos sentimos ante Dios. En muchos de nosotros predomina la sensación de siervo de un Amo Poderoso a quien hay que obedecer. Si esto es así, no hemos recibido la Buena Noticia, la mejor de las noticias: Dios te quiere, y está dispuesto a cualquier cosa por ti. Toda la vida espiritual de un cristiano nace de aquí: sentirse querido por Dios, como nos sentíamos queridos por nuestra madre. Sin esta base, toda nuestra vida espiritual se ve falseada, y nuestra relación con los demás también.
Si el Primer Mandamiento es amar a Dios y al prójimo, esto significa que o fundamos todo, nuestra relación a Dios y a los demás, sobre el amor, o no hemos entendido nada. Pero cada cosa en su sitio: el amor de Dios, saber, sentir que Dios me quiere, es la fuente. De ahí nace todo lo demás.
El amor de Dios no es una evidencia, es un acto de fe; a esta fe no podemos llegar con argumentos, no es una deducción de la lógica. A esta fe llegamos por la contemplación de Jesús, sólo así. Y es la esencia de la fe: creo en Jesús significa que me fío de él y acepto a Dios como él lo muestra, en sus palabras y en sus acciones. Y nosotros, cristianos viejos, seguimos oyendo la invitación primera de Jesús: "convertíos", cambiad, cambiad de Dios, abrir el corazón al amor de vuestra Madre.
Esto es aún más importante en nuestras situaciones de fallo, lo que llamamos pecado. La reacción normal de un cristiano normal es ante todo apartarse, sentirse indigno de acudir a Dios. La reacción normal es también sentir la necesidad de pedir mil veces perdón a Dios, la necesidad de pagar, de expiar. Una vez más, convertíos, cambiad: si estás enfermo, acudes rápidamente al médico. Dios madre, médico, pastor que recorre el monte en busca de la oveja, mujer que se afana en buscar la moneda... Es fuerte decirlo, pero sentirse pecador es la situación privilegiada para acercarse a Dios.
Una aplicación importante es nuestra concepción del sacramento de la reconciliación. Hasta tal punto lo hemos entendido con categorías del Antiguo testamento que le llamábamos "sacramento de la penitencia", porque dábamos más importancia a nuestra penitencia. "Sacramento de la reconciliación" suena mejor, pero aún parece que los dos amigos estaban enfadados. Se podrían usar otras fórmulas: sacramento del encuentro, sacramento del abrazo, sacramento del regreso... Cualquier cosa que sirva para entender y expresar que Dios no está enfadado, ni ofendido, ni airado, ni cosas de esas que decía el Antiguo Testamento. Dios está preocupadísimo, buscando afanosamente cómo sacarme del mal paso en que me he metido.
Y el sacramento no es un acto judicial en que un juez blando pasa por encima de la justicia y me perdona sin pagar nada. Es que me vuelvo a Dios y le encuentro, que me quiere como siempre, o más que antes, porque le necesito más. Hemos de recordar que el sacramento de la reconciliación no es para que Dios me perdone, sino para celebrar que Dios me perdona. No es una condición para que Dios me perdone, sino una fiesta porque Dios es siempre así y mis pecados no le hacen quererme menos sino más.
HISTORIA DE DOS PADRES
José Luis Sicre
El taxista de Barcelona y su hija pródiga
Leí la noticia hace años, creo que en 1997, y me impresionó por el enorme parecido de la historia con la parábola del hijo pródigo. En Barcelona, una muchacha decide irse de su casa y vivir con su novio. Hasta aquí, nada raro. Pero poco después organizan un viaje a la India, con fines no puramente turísticos; al intentar volver a España, los detienen por tráfico de drogas y los encarcelan. El padre, que es el gran protagonista del relato, no la madre, en vez de maldecir a la hija por haberlos abandonado para vivir con un camello y por ser tan estúpida como para confiar en él, convencido de que es inocente hace todo lo posible para sacarla de la cárcel. Afronta grandes gastos, pierde poco a poco todos sus bienes y termina vendiendo el taxi para pagar a los abogados y los trámites. Pero consigue recuperar a su hija y se reencuentran en el aeropuerto de Barcelona.
Dos hijos y dos padres
Mucha gente conoce todavía la parábola del hijo pródigo y habrán visto las diferencias con el relato anterior. A la hija del taxista y al hijo pródigo se les puede acusar de marcharse de su casa de mala manera, sin preocuparse por lo que sentirá su padre. Por lo demás, son muy distintos: la hija peca de ingenua e imprudente; el hijo es un sinvergüenza que solo piensa en divertirse de mala manera. La hija no tiene posibilidad de volver; el hijo, sí.
También los padres se diferencian. El taxista hace todo lo posible para recuperar a su hija. El de la parábola espera pacientemente a su hijo; todo lo hace al final: correr a su encuentro, abrazarlo, organizar un gran banquete. Objetivamente, sale ganando el taxista. Pero es que no conocemos la verdadera historia de la parábola.
La verdadera historia del padre y del hijo pródigo
a) El hijo rebelde y el Padre irascible que perdona (Oseas)
La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).
El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.
Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.
b) El hijo arrepentido y el Padre que lo acoge (Jeremías)
La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.
¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.
Un as en la manga de Lucas: el hijo mayor
Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.
Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.
El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.
¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.
La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.
Qué duro es ser padre, qué duro es ser Dios.
Los padres que tienen hijos muy distintos en sus comportamientos y sus ideas son los que mejor pueden comprender a Dios Padre. Tiene unos hijos muy especiales. Algunos parecen muy buenos, otros muy malos. Pero a todos los mira como hijos, a todos los quiere y los defiende.
INVITADOS A EXPERIMENTAR LA VERDADERA ALEGRÍA
Inma Eibe
Lc 15,1-32
El evangelio de Lucas nos ofrece, este domingo, tres parábolas que contienen una gran riqueza simbólica. Como en cada ocasión, la primera propuesta es que las leamos y/o escuchemos con serenidad y apertura. Que el hecho de conocerlas tan bien no nos impida abrirnos a la novedad que la Palabra de Dios siempre trae consigo.
A lo largo de la Historia estas parábolas se han interpretado de muchas maneras. Quizás, entre todas las exégesis posibles, la que más se subraya en el último período, es aquella que pone el acento en la reconciliación que Dios ofrece continuamente. Las tres parábolas nos hablan de algo que “se ha perdido” (una oveja, una moneda, un hijo…) y ese “perderse” lo interpretamos como el fruto de nuestro pecado, la experiencia de separarnos de un Dios Padre-Madre que siempre nos busca de nuevo, nos acoge sin reproches, cura nuestras heridas y hace fiesta por el reencuentro. De esta exégesis, que nos ha llevado a cambiar el nombre poco acertado de “la parábola del hijo pródigo” por el de la “parábola del Padre bueno”, se deriva la proposición de que esta experiencia de amor incondicional ahonde en nosotros el arrepentimiento por habernos alejado de nuestro Dios y acreciente en cada uno el deseo de vivir amando del mismo modo.
Esta propuesta siempre es válida y sugerente. Todos sabemos que, como le sucedió a Jean Valjean, el protagonista de la famosa obra de Victor Hugo “Los miserables”, lo que nos lleva verdaderamente a cambiar de actitud y arrepentirnos del mal cometido no es la condena, el castigo o el miedo, sino la experiencia de ser acogidos tal y como somos y amados en nuestra miseria.
Sin embargo, no debemos olvidar el contexto en el que estas parábolas son narradas en el evangelio de Lucas. Si nos fijamos bien, comprobamos que, en realidad, las parábolas no van dirigidas a los pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque este acogía y comía con quienes en aquel momento eran considerados socialmente pecadores. En este sentido, es iluminadora la interpretación que una autora moderna, Amy-Jill Levine, hace de ellas. Levine nos insta a escucharlas con los oídos de un judío del siglo I, que era para quien estaban destinadas en su origen. Con toda certeza, para este oyente, las parábolas no hablarían de pecado o arrepentimiento. Cualquiera que escuchara alguna de las dos primeras parábolas, no pensaría en una oveja que se arrepiente o una moneda que decide perderse por sí misma. De “culpar” a alguien en las dos primeras parábolas, dice Amy-Jill, habría que culpar al pastor y a la mujer, pues ellos son los que “perdieron”, respectivamente, la oveja y la moneda. En este sentido, la tercera parábola también podría llamarse “el padre que perdió a su hijo”. Caer en la cuenta de ello puede cuestionarnos de una manera nueva porque la pregunta ya no sería sólo “¿en qué me he alejado de Dios?” sino “¿qué atención pongo a mi alrededor, hacia mis prójimos, para que nadie ‘se pierda’?”, “¿qué atención pongo en aquellos que ya se han perdido y sufren, como la oveja de la parábola, de heridas, soledad o hambre?”.
Siguiendo con la contextualización del texto podemos decir que, para los judíos del siglo I, los publicanos y pecadores, de los que nos habla el inicio de este evangelio, tampoco serían “los que han abandonado la ley” y por tanto, personas que optaran por alejarse voluntariamente de Dios. La propuesta es la de no escuchar el término “pecadores” inscrito únicamente en categorías religiosas, que es lo que, quizás, hemos estado haciendo al interpretar estas parábolas. Los publicanos y pecadores de aquel tiempo serían, más bien, aquellos que se habían enriquecido a costa de los pobres; aquellos a quienes no les preocupaba el bien común y se ocupaban más de sí mismos que de la comunidad. La parábola no va dirigida a los pecadores, para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Jesús se sienta a comer también con los publicanos y pecadores y manifiesta así lo que Dios realiza con todos, seamos “buenos” o “malos”.
Desde esta premisa, por tanto, estas parábolas nos pueden recordar más el relato de Zaqueo, por ejemplo, que cuando se encuentra con Jesús, no sólo vive una experiencia de conversión profunda hacia Él, sino que esta vivencia le lleva a desprenderse de sus riquezas y a compartir lo que tiene con los más necesitados. A esto mismo puede referirse Jesús cuando explica en las parábolas de hoy “Os digo que así, también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. La alegría no nace sólo de que la persona se encuentre con su Padre-Madre Dios, sino que este encuentro le lleve a vivirse realmente como hermano de todos y ponga sus bienes al servicio de una casa común que necesita la aportación de cada uno.
Por eso, la propuesta de estas parábolas, no es sólo la de dejarnos acoger por el Abbá de Jesús y volver con verdadero arrepentimiento a su casa, sino que esta experiencia de amor nos lleve a compartir, llenos de alegría profunda, lo que somos y tenemos con los demás.
Esto es lo que viven el pastor o la mujer, que están felices por recuperar aquello que perdieron. Y está claro que su alegría no nace de “tener más”, porque si no, no habrían preparado una fiesta en la que, seguramente, gastarían más dinero del que habían perdido con antelación.
Las tres parábolas nos hablan de nuevas oportunidades y de alguien que, como nuestro Dios, no se cansa de buscar o esperar. Pero también nos hablan de fiestas y de alegría, de intentar que nadie ni nada se pierda, de compartir con otros y de experimentar cómo el gozo se acrecienta con ello.
Que no nos pase como al hijo mayor, que le ha dado tanto valor a lo que tiene, que no es capaz de ver en la persona que ha regresado a su hermano, sino sólo al que ha gastado la mitad de la herencia paterna. Que no nos pase que también nosotros creamos que somos los “buenos”, los que nunca nos hemos alejado del padre y, en el fondo, no nos enteremos de que la fiesta es para todos y que la llamada que Jesús nos hace es a compartir nuestros bienes con los demás y así poder experimentar la verdadera alegría.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Is 66, 10-11
Alégrate, Jerusalén, y que se congreguen cuantos la aman.
Compartan su alegría los que estaban tristes,
vengan a saciarse con su felicidad.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Dios nuestro,
que reconcilias maravillosamente al género humano
por tu Palabra hecha carne;
te pedimos que el pueblo cristiano
se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales
con una fe viva y una entrega generosa.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Te presentamos con alegría, Señor,
estos dones para la salvación eterna;
ayúdanos a celebrarlos con fidelidad
y a ofrecerlos dignamente por la redención del mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión
Lc 15, 32.
Es justo que haya fiesta y alegría
porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida,
estaba perdido y ha sido encontrado.
Oración después de la comunión
Padre, que iluminas a todo hombre que viene a este mundo,
por eso te pedimos que alumbres nuestros corazones
con el esplendor de tu gracia,
para que nuestros pensamientos sean dignos de ti
y aprendamos a amarte de todo corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración sobre el pueblo
Protege, Señor, a quienes te suplican,
sostén a los débiles y vivifica siempre con tu luz
a quienes caminan en las sombras de la muerte;
con tu clemencia, apártalos de todo mal
y hazlos llegar a la plenitud de tus bienes.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
El pueblo de Dios,
después de entrar en la tierra prometida,
celebra la Pascua.
Lectura del libro de Josué 4, 19; 5, 10-12
Después de atravesar el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida el día diez del primer mes, y acamparon en Guilgal. El catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día.
El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 33, 2-7
R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!
Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.
Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió
y me libró de todos mis temores. R.
Miren hacia él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
Dios nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 17-21
Hermanos:
El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. A Aquél que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.
Palabra de Dios.
VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Lc 15, 18
Iré a la casa de mi padre y le diré:
Padre, pequé contra el Cielo y contra ti.
EVANGELIO
Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1-3. 11-32
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde." Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.
El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo."
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado."»
Palabra del Señor.
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