8 domingo del Tiempo Ordinario (C)
Liturgia Viva – VIII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Demos gracias a Dios por dar la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Que el Señor Jesús Resucitado esté siempre con vosotros.
Y también contigo.
Introducción del Celebrante
¿Por qué prácticamente todos nosotros nos damos cuenta de los defectos y fracasos de los demás, y sin embargo estamos ciegos a nuestras propias deficiencias? A menudo culpamos a los demás de lo que vemos en nosotros mismos. Miremos hoy a Jesús aquí entre nosotros. Sí, él vino para salvar a la gente de sus pecados, pero no juzgaba y condenaba a la gente, sino que la atraía por su actitud abierta de fraternidad, valoración del bien que hay en ellos y por darles nuevas oportunidades en la vida. Hay mucho que aprender de él. Pidámosle su bondad de corazón.
Acto Penitencial
Pidamos al Señor que no nos condene de la misma manera que juzgamos a los demás, sino que nos perdone y nos dé bondad de corazón.
(pausa)
Señor Jesús, tú sabes a dónde nos llevas y estamos dispuestos a seguirte por el camino de la vida y del perdón. Señor, ten piedad.
R/ Señor, ten piedad.
Jesucristo, tú aceptas a las personas tal como son, para que puedas convertirlas y salvarlas: Cristo, ten piedad.
R/ Cristo, ten piedad.
Señor Jesús, en la bondad de tu corazón trajiste el perdón donde había odio, la alegría donde había tristeza: Señor, ten piedad.
R/ Señor, ten piedad.
Señor, te damos gracias por la curación que nos traes con tu amor perdonador. Haznos pacientes como tú y guíanos a la vida eterna. R/ Amén.
Oración colecta:
Oremos para que Cristo sea siempre nuestra luz y guía
(pausa)
Señor, amando a mi padre,
no nos has dado ningún guía ciego que nos guíe,
sino a nuestro único Maestro Jesucristo,
cuyos discípulos de lento aprendizaje somos.
No había venido a condenarnos,
sino a perdonar y a salvar.
Danos ojos claros para mirar
en nuestros propios corazones y conciencias,
pero oscurecerlos con las sombras del amor
cuando vemos las faltas de los que nos rodean.
Y que podamos inspirar a otros
con nuestra vida como la de Cristo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/Amen.
Primera lectura (Ecl. 27:4-7): El árbol es conocido por sus frutos
Una persona revela su cualidad religiosa por la manera de hablar.
Segunda lectura (1 Cor 15, 54-58): Muerte, estás derrotada!
En Cristo, la muerte y el pecado han sido derrotados. Si lo seguimos, siempre lo superaremos.
Evangelio (Lc 6,39-45): Nuestra fe no debe desacreditar el Evangelio
No debemos seguir a guías que no saben adónde van. Y debemos dejar que nuestra propia vida como la de Cristo inspire a otros.
Intercesiones Generales
Por su vida, muerte y mensaje Jesús nos enseñó la misericordia perdonadora de Dios, que busca salvar, no condenar. Que sigamos su ejemplo y le oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Para que Jesús muestre a la Iglesia el camino a seguir en las circunstancias a menudo difíciles de nuestros días, un camino hacia el perdón y el amor, y hacia la justicia y la verdad, oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Para que Jesús muestre el camino a seguir a los buscadores honestos de la verdad y la bondad, para que no sean engañados por falsos líderes, oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Para que Jesús nos muestre el camino a seguir a aquellos que en la bondad de su corazón están dispuestos a servir a la causa de la paz y la amistad, oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Para que Jesús muestre el camino a seguir a aquellos que fácilmente condenan y son reacios a perdonar y aceptar a la gente, oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Para que Jesús nos muestre el camino a seguir, para que aprendamos a ver el mal que hay en nosotros y no condenemos más a otros por los errores que nosotros también estamos inclinados a cometer, oremos:
R/ Señor, guíanos por el camino de la vida
Señor Jesucristo, abre los ojos de todos los espiritualmente ciegos que han perdido su camino en la vida. Por tu amor y tu fuerza guíanos a todos al Padre que ama a todos. Sé nuestro maestro ahora y para siempre.
R/ Amén.
Oración sobre los dones
Señor nuestro Dios, tu Hijo Jesús trajo la luz en nuestras tinieblas: abrió los ojos de los ciegos.
Danos a tu Hijo aquí en esta eucaristía para que nos abra los ojos a tu amor perdonador y a tu bondad presente en las personas.
Concede esto en el nombre de Jesús el Señor. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con Jesús damos gracias al Padre por su bondad: a través de Jesús, nos ha dado luz y vida, un objetivo por el que trabajar, un camino a seguir. Es una alegría para nosotros expresar nuestra gratitud.
Introducción al Padrenuestro
Que ahora brote de la bondad de nuestro corazón la oración que Jesús mismo nos enseñó:
R/ Padre Nuestro…
Líbranos…
Libéranos Señor, de todo mal, sobre todo del mal del pecado.
Ayúdanos a ver el rayo en nuestros propios ojos
y nos hace amables y comprensivos con los demás.
Guíanos juntos en alegre esperanza hacia la venida en gloria
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Por el reino…
Invitación a la comunión
Este es Jesús, el Cordero de Dios que ha quitado la muerte del pecado y nos conduce a la resurrección. Felices somos por recibir la comida y la bebida de la vida.
R/ Señor, no soy digno….
Oración después de la comunión
Dios nuestro Padre,
nos has dejado compartir a todos nosotros aquí,
con nuestras faltas y hábitos irritantes,
en la comida de amistad y unidad de Jesucristo tu Hijo.
Haz que nos acojamos los unos a los otros
también en la vida cotidiana
y que cubramos los defectos de los otros
con el manto del amor.
Que venzamos el mal con el bien
y traigamos tu paz a esta tierra.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.
Bendición
San Pablo nos ha advertido hoy que nunca admitamos la derrota en el bien, que nunca dejemos de seguir a Jesús.
¿No sería eso aplicable también a dejar de buscar faltas en los demás
mientras olvidamos alegremente nuestros propios errores y fracasos?
Sí, seamos amables unos con otros, como Dios ha sido bueno y amable con nosotros, con la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. R/ Amén.
Vayamos con alegría y agradecimiento, porque Dios ha sido bueno con todos nosotros.
R/ Gracias a Dios.
De lo que rebosa el corazón habla la boca.
Sigue Jesús instruyendo a sus Discípulos. Es el tercer domingo que la Liturgia nos presenta el discurso inaugural de Jesús. Comenzó recordándonos quiénes son los felices, los dichosos. Hoy el Evangelio nos presenta una serie de dichos, que no tienen mucho que ver entre sí, pero que nos ayudan a entender cómo tenemos que vivir para ser bienaventurados. Es que nunca se acaba de aprender a ser discípulo.
La primera lectura nos recuerda que conocemos a las personas cuando hablan. Ben Sirá da sabios consejos: no debemos dejar que la primera impresión nos influya. Para saber lo que las personas tienen en sus corazones, debemos dejar que hablen porque «un hombre es probado por su conversación Por supuesto, las palabras no bastan, pero de lo que rebosa el corazón habla la boca, como dice Jesús en el Evangelio.
Y por cuarto domingo consecutivo escuchamos al apóstol Pablo. Hoy con una invitación a la esperanza. A no rendirnos, a pesar de las dificultades. No viene mal, cuando a nuestro alrededor el mundo va como va. Para que no nos perdamos, el Apóstol de los gentiles hace un resumen de su mensaje. Al entrar en la nueva vida, las personas simplemente no recuperan el cuerpo que tienen en este mundo, sino que en el nuevo mundo todo estará cubierto de incorruptibilidad e inmortalidad. Pero eso no significa que tengamos que estar como los Apóstoles, después de la Ascensión de Cristo: mirando al cielo, con la boca abierta. Al contrario, nos exhorta a trabajar, a ser levadura en el mundo, a participar en lo que pasa en este mundo, con la certeza de que todo el bien que llevamos a cabo, todo lo bueno que compartimos no se perderá. “Manteneos firmes e inconmovibles”, sabiendo que los esfuerzos no son inútiles, cada pequeña gota de amor cuenta en el océano del Reino de Dios.
Los cristianos deben ser aquellos que ven bien, que saben cómo elegir los valores correctos en la vida, que pueden indicar el camino correcto a aquellos que andan a tientas en la oscuridad. El dicho de que un ciego no puede guiar a otro ciego es de lógica elemental; el problema surge cuando este ciego, está convencido de que puede ver, y empieza a guiar a los demás. Hay que tener cuidado.
Una solución podría ser no preocuparnos por la vida de los demás, para no arriesgarnos a perjudicar a nadie. Pero eso no sería cristiano. Me parece que Jesús no nos dice que hemos de desentendernos de los otros. Cada uno es responsable de sí mismo y es también responsable de la suerte del prójimo. Pero también nos hemos de dar cuenta de que convertirnos en guías de otras personas no es algo que uno debe tomarse a la ligera. Si eres ciego y te metes a guía de otro ciego, eres responsable no sólo de tu propia caída; lo eres también de la caída del otro.
Sigue Jesús dando consejos. Se podría traducir como «la caridad bien entendida comienza por uno mismo». Quizá parezca algo cínico este lenguaje; pero es probable que no le falte su parte de verdad. Parémonos unos instantes para analizarla: si uno no está reconciliado consigo, si no está a bien consigo, si no se acepta a sí mismo, si en el fondo se aborrece, es muy difícil que esté reconciliado con los demás, que esté a bien con ellos, que los acepte, que los ame. Pero, sea lo que sea de ese dicho, el que sí es verdadero, según la palabra de Jesús, es este otro: «la corrección bien entendida comienza por uno mismo». Esto quiere decir varias cosas.
Primera, que no seamos ciegos acerca de nuestros propios defectos y pecados, que sepamos medir su importancia y gravedad, que no seamos fáciles ni prontos en exculparnos a nosotros mismos.
Segunda: quizá sólo tengamos la sabiduría necesaria para corregir a los otros cuando hemos pasado nosotros antes por la experiencia de ser corregidos y hemos aprendido a aceptar la corrección. Es bueno que sepamos reconocer nuestros defectos cuando otros nos hacen caer en la cuenta de ellos. No nos escudemos, no abramos el paraguas inmediatamente. Sepamos ser vulnerables y dejarnos interpelar por las observaciones que nos puedan hacer los otros.
Tercera, y en ésta insiste particularmente Jesús: pongamos empeño en curarnos primero a nosotros mismos, en arreglar y poner orden en nuestra propia casa antes de meternos a curar a los otros, a reparar la casa de los demás.
Si se me permite una pequeña cita carismática, podríamos decir, con palabras de san Antonio María Claret: “tendré para con Dios, corazón de hijo; para conmigo mismo, corazón de juez, y para con el prójimo, corazón de madre.”
Una vez dados esos pasos, entonces podemos ayudar a los otros a que crezcan y eliminen aquellos defectos que puedan tener y que han de procurar extirpar. No hemos de declararles esos males como quien ataca, como agresores. No hagamos el propósito de ponerlos a caldo. La verdad, y más esa verdad delicada de los defectos de una persona, no se asesta: hay que decirla con mucha delicadeza. Puede ser muy oportuno que antes sepamos descubrir y declarar todo lo bueno que hay en el otro, para luego aventurarnos a sugerirle aquello en que podría mejorarse.
¿Cómo saber en quién puedo confiar, cuáles son los consejos correctos y los incorrectos? Dicho de otra manera, ¿cómo saber quién está ciego y quién no? Con las dos últimas imágenes del evangelio de hoy Jesús ofrece los criterios para discernir entre quien sigue al Maestro y escucha la voz del Espíritu y quien, en cambio, no sigue al Maestro y escucha en cambio a la carne y no al Espíritu. Jesús nos ofrece ahora los criterios de discernimiento.
El primero de esos criterios es el de los frutos. Higos y racimos, parecen en el texto. De los racimos de uvas sale el vino, que da alegría y anima las reuniones. Si te acercas a un hermano y sus palabras te infunden alegría, esperanza, te hacen experimentar el amor y la misericordia del Padre, has encontrado a la persona adecuada que te puede ayudar. Jesús también nos dice que seamos cuidadosos, porque quizás un hermano que está desorientado en la vida se acerca a nuestra comunidad cristiana en busca de luz, de acogida, de comprensión, de amor y Jesús nos pide que no encuentre zarzas, que no se sienta herido, juzgado y condenado, sino que solo encuentre buenos frutos: dulzura, amor. Como los higos.
El segundo criterio, el de la conversación. Si uno habla sólo de dinero, de negocios, de deportes, de murmuraciones, significa que su corazón está lleno de esas cosas. Jesús también nos invita a evaluar a los maestros de acuerdo con sus palabras: «Porque de la abundancia del corazón habla la boca» Lo que anuncian debe ser confrontado siempre con el evangelio. Entonces podemos evaluar si lo que se propone es comida nutritiva o una fruta venenosa.
EVANGELIO
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,39-45
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?.. Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».
Palabra de Dios.
DETENERSE
De la bondad que atesora en su corazón.
Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.
Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.
Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos en las eucaristías del domingo.
Se nos ha olvidado lo que es detenemos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberamos por unos momentos de nuestras tensiones y dejamos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.
Cuánto necesitamos los hombres y mujeres de hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior.
Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo alimenta y enriquece de verdad a la persona aquello que es capaz de escuchar en lo más hondo de su ser.
Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres y como creyentes. Según Jesús, el hombre «saca el bien de la bondad que atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su alma.
MENTIRA
¿Acaso puede un ciego guiar a otros ciegos?
La veracidad ha sido siempre una preocupación importante en la educación. Lo hemos conocido desde niños. Nuestros padres y educadores podían «entender» todas nuestras travesuras, pero nos pedían ser sinceros. Nos querían hacer ver que «decir la verdad» es algo muy importante.
Tenían razón. La verdad es uno de los pilares sobre los que se asienta la conciencia moral y la convivencia. Sin verdad no es posible vivir con dignidad. Sin verdad no es posible una convivencia justa. El ser humano se siente traicionado en una de sus exigencias fundamentales.
Siempre he tenido la sensación de que se condena con fuerza toda clase de atropellos y abusos, pero no siempre se denuncia con la misma energía la mentira con que se intenta enmascararlos. Y, sin embargo, las injusticias se alimentan siempre a sí mismas con la mentira. Sólo falseando la realidad es posible llevar a cabo una guerra injusta como la de Irak.
Sucede muchas veces. Los grupos de poder ponen en marcha múltiples mecanismos para influir en la opinión pública y llevar a la sociedad hacia una determinada posición. Pero, con frecuencia, lo hacen ocultando la verdad y desfigurando los datos, de manera que las gentes llegan a vivir con una visión falseada de la realidad.
Las consecuencias son muy graves. Cuando se oculta la verdad, existe el riesgo de que vayan desapareciendo los contornos del «bien» y del «mal». Ya no se puede distinguir con claridad lo «justo» de lo «injusto». La mentira no deja ver las injusticias. Somos como «ciegos» que tratan de guiar a otros «ciegos».
Cuando, estos días, sigo la información que se nos proporciona sobre la guerra o escucho las declaraciones de los protagonistas, me vienen a la mente esas certeras palabras de Jesús: «Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones» (Jn 3, 20).
Frente a tantos falseamientos interesados, siempre hay personas que tienen la mirada limpia y ven la realidad tal como es. Son los que están atentos al sufrimiento de los inocentes. Ellos ponen verdad en medio de tanta mentira. Ponen luz en medio de tanto oscurecimiento.
DESDE DENTRO
De la bondad que atesora en su corazón, saca el bien.
«En vuestro interior está el germen de lo auténtico.» Así se podría formular una de las líneas de fuerza del mensaje de Jesús. En medio de la sociedad judía, supeditada a las leyes de lo puro y lo impuro, lo sacro y lo profano, Jesús introduce un principio revolucionario para aquellas mentes: «Nada que entre de fuera hace impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro.»
El pensamiento de Jesús es claro: el hombre auténtico se construye desde dentro. Es la conciencia la que ha de orientar y dirigir la vida de la persona. Lo decisivo es el «corazón», ese lugar secreto e íntimo de nuestra libertad donde no nos podemos engañar a nosotros mismos. Según ese «despertador de conciencias» que es Jesús, ahí se juega lo mejor y lo peor de nuestra existencia.
Las consecuencias son palpables. Las leyes nunca han de reemplazar la voz de la conciencia. Jesús no viene a abolir la Ley, pero sí a superarla y desbordarla desde el «corazón». No se trata de vivir cínicamente al margen de la ley, pero sí de humanizar las leyes viviendo del espíritu hacia el que apuntan cuando son rectas. Vivir honestamente el amor a Dios y al hermano puede llevar a una «ilegalidad» más humana que la que propugnan ciertas leyes.
Lo mismo sucede con los ritos. Jesús siente un santo horror hacia lo que es falso, teatral o postizo. Una de las frases bíblicas más citadas por Jesús es ésta del profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está frjos de mí. El culto que me dan está vacío.» Lo que Dios quiere es amor y no cánticos y sacrificios. Lo mismo pasa con las costumbres, tradiciones, modas y prácticas sociales o religiosas. Lo importante, según Jesús, es la limpieza del corazón, el «aseo interior».
El mensaje de Jesús tiene hoy tal vez más actualidad que nunca en una sociedad donde se vive una vida programada desde fuera y donde los individuos son víctimas de toda clase de modas y consignas. Es necesario «interiorizar la vida» para hacernos más humanos. Podemos adornar al hombre con cultura e información; podemos hacer crecer su poder con ciencia y técnica. Si su interior no es más limpio y su corazón no es capaz de amar más, su futuro no será más humano. «El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal.»
LA IMPORTANCIA DE LAS PERSONAS
Cada árbol se conoce por su fruto.
El clima de violencia no es fruto de la casualidad ni resultado de fuerzas impersonales y anónimas. Detrás del terrorismo hay personas concretas que mueven los hilos desde la clandestinidad. En cada momento histórico hay personas que deciden las estrategias a seguir. Si pasan los años y no avanzamos hacia la paz es en definitiva por nuestra torpeza, nuestra pasividad o nuestra falta de audacia para abordar los conflictos.
No me parece superfluo en este contexto recordar la advertencia evangélica: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». Es así. En una sociedad dañada por una violencia ya vieja, necesitamos hombres y mujeres de conciencia lúcida y sana, que nos ayuden a avanzar con realismo hacia la paz. No bastan las estrategias. Es importante el talante y la actitud de las personas.
Quien tiene su corazón lleno de fanatismo y resentimiento, no puede sembrar paz a su alrededor; la persona que alimenta en su interior odio y ánimo de venganza, poco puede aportar para construir una sociedad más reconciliada. Sólo quien vive en paz consigo mismo y con los demás, puede abrir caminos de pacificación; sólo quien alimenta una actitud interior de respeto y tolerancia, puede favorecer un clima de diálogo y búsqueda de mutuo entendimiento.
Lo mismo sucede con la verdad. Quien busca ciegamente sus intereses, sin escuchar la verdad de su conciencia, no aportará luz ni objetividad a los conflictos; el que no busca la verdad en su propio corazón, fácilmente cae en visiones apasionadas. Por el contrario, el hombre de «corazón sincero» aporta y exige verdad en los enfrentamientos; pide que la verdad sea buscada y respetada por todos como camino ineludible hacia la paz.
Por otra parte, sólo hombres libres podrán liberar a nuestra sociedad de la violencia. Personas con libertad para autocriticarse y para criticar al propio grupo. Son ellas las que pueden abrir caminos nuevos, sin encerrarse en posiciones inexorables, defendidas de forma ciega y apasionada, que hacen imposible cualquier paso hacia la paz.
Necesitamos hombres y mujeres con libertad y coraje para sacar a este pueblo de una violencia estancada y absurda. Personas que, por encima de engañosos maximalismos, busquen el bien real y posible de este pueblo, y sean capaces de encontrar caminos de diálogo honesto, intentando ahora mismo niveles mínimos de acuerdo y entendimiento.
Con el corazón lleno de odio, mutuas condenas, intolerancia y dogmatismo, se pueden hacer muchas cosas. Todo menos aportar verdadera paz a nuestra convivencia.
ARBOLES SANOS
No hay árbol sano que dé fruto dañado.
La advertencia de Jesús es fácil de entender. «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto. No se cosechan higos en las zarzas, ni se vendimian racimos en los espinos.»
En una sociedad dañada por tantas injusticias y abusos, donde crecen las «zarzas» de los intereses y las mutuas rivalidades, y donde brotan tantos ((espinos>) de odios, discordia y agresividad, son necesarias personas sanas que den otra clase de frutos. ¿Qué podemos hacer cada uno para sanar un poco la convivencia social tan dañada entre nosotros?
Tal vez hemos de empezar por no hacerle a nadie la vida más difícil de lo que ya es. Esforzarnos por vivir de tal manera que, al menos junto a nosotros, la vida sea más humana y llevadera. No envenenar el ambiente con nuestro pesimismo, nuestra amargura y agresividad. Crear en nuestro entorno unas relaciones diferentes hechas de confianza, bondad y cordialidad.
Son necesarias también personas que sepan acoger. Cuando escuchamos y acogemos a alguien, lo estamos liberando de la soledad y le estamos infundiendo nuevas fuerzas para vivir. Por muy difícil y dolorosa que sea la situación en que se encuentra, si la persona descubre que no está sola y tiene a alguien a quien acudir, nacerá de nuevo en ella la esperanza. Qué gran tarea puede ser hoy ofrecer refugio, acogida y respiro a tantas personas maltratadas por la vida.
Hemos de desarrollar también mucho más la capacidad de comprensión. Que las personas sepan que, hagan lo que hagan y por muy graves que sean sus errores, en mí encontrarán siempre a alguien que las comprenderá. Tal vez hemos de empezar por no despreciar a nadie ni siquiera interiormente. No condenar ni juzgar precipitadamente y sin compasión alguna. La mayoría de nuestros juicios y condenas de las personas sólo muestran nuestra poca calidad humana.
Es también importante poner fuerza interior en el que sufre. Nuestro problema no es tener problemas, sino no tener fuerza para enfrentarnos a ellos. Junto a nosotros hay personas que sufren inseguridad, soledad, fracaso, enfermedad, incomprensión... No necesitan sólo recetas para resolver su crisis. Necesitan a alguien que comparta su sufrimiento y ponga en sus vidas la fuerza interior que las sostenga.
El perdón puede ser otra fuente de esperanza en nuestra sociedad. Las personas que no guardan rencor ni alimentan de manera insana el odio o la venganza, sino que saben perdonar desde dentro, siembran esperanza en el mundo. Junto a esas personas siempre crecerá la vida.
No se trata de cerrar los ojos al mal y a la injusticia del ser humano. Se trata sencillamente de escuchar la consigna de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.» La manera más sana de luchar contra el mal en una sociedad tan dañada en algunos valores humanos es hacer el bien «sin devolver a nadie mal por mal...; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Rm 12, 17-18).
LA CEGUERA DE LA CIENCIA
¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?
Muchos de nosotros hemos sido educados en un clima de optimismo y fe ciega en la eficacia de la ciencia. A lo largo de los años, ha ido penetrando en nosotros la convicción de que la ciencia nos irá rescatando poco a poco de la ignorancia, y la tecnología nos irá liberando de las necesidades y miserias que nos impiden alcanzar hoy la felicidad.
La ciencia sería la gran esperanza para el hombre. Por el contrario, la religión no es sino un estorbo para el progreso humano, un obstáculo para el desarrollo de la humanidad.
Sin duda, la religión habría cumplido un papel importante y útil en la época precientífica, cuando aquel hombre primitivo e ignorante necesitaba sentirse protegido por los dioses frente a las fuerzas desconocidas del cosmos.
Pero, en la medida en que la ciencia nos vaya liberando de la ignorancia y de la miseria, la religión irá desapareciendo al quedar privada de verdadera utilidad. Así sienten bastantes.
Sin embargo, ya no se respira hoy en los ambientes científicos el optimismo de comienzos de siglo. Cada vez se ve con más claridad que el progreso científico no debe confundirse con el desarrollo y crecimiento del hombre. La ciencia nos puede ofrecer soluciones técnicas para los diversos problemas, pero no podemos esperar de ella la solución del hombre como problema.
La razón es bastante clara. La ciencia es ciega. Carece de dirección. El progreso científico depende de la orientación que le imprima el mismo hombre que la guía.
De hecho, el progreso ha desarrollado el produccionismo, el consumismo artificial, la desigualdad cada vez mayor entre los privilegiados y los marginados.
¿No necesita este progreso científico una dirección desde la fe en un Dios salvador del hombre? ¿No está pidiendo todo este desarrollo una orientación moral y religiosa que lo encauce hacia la construcción de una humanidad más justa, más fraterna y más libre?
Según el ejemplo gráfico de Jesús, cuando un ciego guía a otro ciego, corren el riesgo de caer los dos en el hoyo. Nosotros hemos caído ya en la espiral del crecimiento por el crecimiento, el desarrollo por el desarrollo, sin saber exactamente hacia dónde vamos.
Quizás la fe, lejos de desaparecer se haga más necesaria que nunca para guiar a una humanidad necesitada de luz y sentido.
ANTES DE CAER EN EL HOYO
¿No caerán los dos en el hoyo?
Según informes del Banco Mundial, se puede prever que a finales de siglo 600 millones de hombres y mujeres vivirán aún en la «pobreza absoluta».
Esto significa que una minoría se beneficiará de los progresos inimaginables de la técnica, la informática y los microordenadores, mientras la inmensa mayoría de la humanidad seguirá hundida en la miseria sin poder resolver ¡os problemas más elementales de alimentación y subsistencia.
La situación puede llegar a ser insostenible. «Rodeada por todas partes por la masa de hambrientos y desheredados, la minoría tendrá que encerrarse en sus fortalezas para estar al abrigo de las tentativas terroristas de los desesperados. La seguridad vendrá a ser su obsesión» (V. Cosmao).
Hay un peligro en esta carrera del progreso tecnológico, si los bienes y el bienestar producidos quedan reservados a unos pocos, para desdicha de muchos. La historia se irá deshumanizando. La violencia, los enfrentamientos y la guerra se harán inevitables.
¿Quién puede dirigir la historia de la humanidad hacia una solución? En los últimos años, dos sistemas económicos dominan el panorama internacional: el capitalista en sus diversas modalidades y grados de libre mercado, y el sistema socialista en sus diferentes concreciones de planificación estatal.
Durante años hemos asistido a la confrontación de ambos. Los dos sistemas han mostrado sus límites, sus graves lagunas y su necesidad de ser profundamente corregidos.
Hoy la situación va cambiando. Los observadores más lúcidos nos dicen que «las contradicciones norte-sur sustituyen progresivamente a las contradicciones este-oeste». Hoy el verdadero problema es la relación entre los pueblos ricos y los pueblos pobres.
Ni los países capitalistas ni los socialistas pueden pretender dirigir la historia de la humanidad, olvidando a lo pueblos pobres. Serían guías ciegos que pretenderían guiar a otros ciegos para caer todos en el hoyo.
Se hace necesaria una conversión a escala internacional. Una orientación nueva de la vida internacional al servicio de los pueblos más desheredados.
Pero esta reestructuración no se hará sin una transformación de nuestras estructuras mentales y sin una conversión de nuestros corazones.
Los cambios profundos de la humanidad se dan lentamente, a partir de minorías convencidas que van poco a poco imponiendo su visión y su actitud al conjunto de la sociedad.
¿No tenemos aquí una gran misión los cristianos extendidos por tantos pueblos del primer y del tercer mundo? ¿No estamos llamados a crear una atmósfera nueva en occidente, autolimitando nuestra carrera hacia el bienestar, resistiéndonos al ideal de tener siempre más, promoviendo una mayor sensibilidad hacia el tercer mundo?
XAVIER AYMERICH
CONTEXTO LITÚRGICO
Tanto en la segunda lectura como en el evangelio, concluimos la lectura de los textos que íbamos leyendo a los largo de las últimas semanas; así acabamos la lectura continuada de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto, y también el resumen del mensaje de Jesús que el evangelista Lucas ha recogido en el capítulo 6, y del que hoy leemos el tercer y último fragmento.
Por tanto, toda la liturgia de hoy nos invita a cerrar un período, una etapa del año litúrgico, durante la cual hemos ido siguiendo los inicios del ministerio de Jesús, para iniciar otra la próxima semana: la Cuaresma, un tiempo fuerte, con todo lo que comporta.
Estilo sapiencial
La primera lectura de hoy está tomada del libro del Eclesiástico y es el típico texto de la literatura sapiencial con sabor poético. A partir de varias imágenes (la criba, el horno, el fruto del árbol) se nos dice que la bondad del hombre se manifiesta auténticamente después de haber sido probada, después de haber sido examinada. Tan sólo entonces se constata si es algo sólo superficial o si es algo que mana de lo hondo del corazón: "No alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre".
El evangelio de hoy usa este estilo, con una serie de máximas e imágenes del mismo tipo de las que hemos visto en la primera lectura, algunas incluso calcadas: el ciego y el hoyo, el discípulo y su maestro, la mota y la viga en el ojo, el árbol y sus frutos, el corazón y la boca.
El valor de lo interior
También el mensaje de este fragmento de Lucas empalma con el de la 1ª lectura. El núcleo de este mensaje de hoy consiste en valorar lo interior. Jesús invita a la profundidad y a la sinceridad de corazón; a no quedarse con la imagen exterior, que sólo es al fin y al cabo un reflejo de la interioridad de la persona.
El evangelio tiene dos partes: la primera consiste en una llamada a la humildad, a la sencillez, a la hora de valorarnos a nosotros y a los demás. A partir de las imágenes del ciego que no puede ser guía de otro ciego, y del discípulo que no está tan instruido como su maestro, Jesús hace una llamada a ser conscientes de la propia limitación, a la capacidad de autocrítica. Este pensamiento culmina con el ejemplo de la viga en el propio ojo y la mota en el del vecino: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?"
Y a partir de la falsa situación del que pretende enseñar siendo ciego o un simple discípulo, y del que pretende corregir a los demás cuando él está aún más cargado de faltas, Jesús invita, en la segunda parte del texto de hoy, a descubrir al hombre en su propia realidad. Una realidad que halla su aspecto más auténtico en lo que hay en el fondo del corazón. Lo que vale en cada persona no es lo que dice, ni lo que hace, sino lo que hay en su corazón. Y lo que hay en el fondo del corazón se expresará después en sus palabras y en sus obras.
Con todo esto Jesús nos invita a cultivar la dimensión interior de la persona, aquello que constituye la parte más profunda y auténtica de su ser. Una dimensión interior que Jesús ve en positivo, al decir que "El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien". Pero este tesoro de bondad que cada cual guarda en su corazón se ha de cultivar para que dé su fruto. Por eso es tan importante trabajar la vida interior de las personas, su capacidad de reflexión, de escucha, de meditación, de silencio.
La vida interior del cristiano
Y en concreto, el cristiano ha de ir modelando su corazón según Dios y siguiendo el estilo de Jesús. El mensaje del evangelio, que hemos ido recordando estas últimas semanas, pide interiorización, exige poder arraigar en el corazón del cristiano para poder vivirlo de verdad.
El salmo de hoy nos recuerda precisamente que, cuando las raíces son hondas y están agarradas en el Señor, "El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor... En la vejez seguirá dando fruto... ".
Y en la segunda lectura san Pablo nos recuerda dónde se encuentra el fundamento de nuestra esperanza: la victoria de Cristo que ha engullido la muerte. Si arraigamos profundamente nuestro corazón en esta convicción, nuestra vida será un auténtico testimonio de la fe que profesamos. "iDemos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así, pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes. Trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga".
Se trata, en definitiva, de buscar la renovación del corazón. Los cristianos la encontraremos en la lectura del evangelio, bien fundamentados en Cristo muerto y resucitado. La ya inmediata Cuaresma nos ayudará todavía más a avanzar en esta linea de interiorización y de renovación.
ANA Mª CORTES
GUÍAS CIEGOS
En mayor o menor medida, todos necesitamos en la vida un punto de referencia, una guía que nos permita caminar hacia donde hemos decidido dirigirnos. Lo importante es encontrar el guía adecuado. Es importante en los diversos aspectos de la vida civil y ordinaria. Importante cuando intentamos elegir la carrera profesional que apetecemos y que -al menos hasta ahora- nos aseguraba la subsistencia de modo digno; importante es el guía para el equipo deportivo si sabe llevarlo hasta el triunfo, importante el economista que guía la marcha de la empresa para que no quiebre, sino que produzca los beneficios adecuados para crear riqueza y repartirla. Es importante, evidentemente, un buen guía en diversos aspectos de la vida.
Pero el hombre y eso también es evidente, no sólo come, bebe y se divierte, hay algo más en su esencia que le hace buscar un guía, un guía que, por otra parte, puede orientar todos los movimientos de su existencia, hasta los más pequeños e insignificantes. Precisamente quizá estemos viviendo un momento en el que nuestro hombre, tan sofisticado, tan científico, tan orgulloso de sí mismo (y no le faltan razones para serlo) está buscando un GUÍA. Estamos ante el renacimiento de alguna especie de espiritualidad que algunos buscan en Oriente, intentando penetrar en un tipo de vida especial y otros muchos, los cristianos, también lo hemos encontrado en Oriente, desde donde con una persistencia que va más allá de la vejez del tiempo, alguien intenta que los hombres no se equivoquen en el camino, se confundan de guía y caigan estrepitosamente en el pozo de su propia impotencia y de su frustración.
Porque no podemos negar que a través de los siglos han surgido y siguen surgiendo guías que aseguran tener la respuesta a todos y cada uno de los problemas humanos. Se multiplican los guías que tienen la fórmula mágica para que nuestra vida sea una senda de rosas, para que la modernidad y lo que llaman enfáticamente «progreso» nos llegue con toda seguridad si seguimos fielmente sus soflamas y sus exigencias. Estamos en un momento en el que, por la diversidad de medios de comunicación y por la rapidez de los mismos, se asoman a nuestra vista un montón de guías, de líderes que pugnan, a veces estrepitosamente, por dirigirnos. Quizá como nunca en una época en la que se habla, como en ninguna otra, de libertad, haya estado el hombre tan sometido a la presión de los guías, de los líderes, de que los hombres que, posiblemente y en muchas ocasiones con buena voluntad y no poco esfuerzo, intentan que los hombres hagamos dejación de lo más preciado que tenemos, la inteligencia, para que ellos, los guías, los líderes, marquen sin duda el camino, y los medios para recorrerlo. De esta realidad y mucho más en épocas pasadas, no se ha librado la Iglesia.
Sin embargo, en muchas ocasiones y mirando con serenidad en nuestro entorno, no podemos menos de aplicar con toda justicia la frase del Evangelio de hoy: hay guías que son ciegos que guían a otros ciegos. Y da el Evangelio una señal inequívoca para que podamos discernir cuando el guía no es ciego, sino que tiene bien abiertos los ojos: los frutos que el guía, el líder, produce y hace producir en quienes le siguen. Los guías que producen paz, justicia, tolerancia, entendimiento entre los hombres; los que confían en el diálogo para resolver las lógicas diferencias que pueden haber entre quienes piensan de modo distinto acerca de lo mejor para los hombres, los que consideran a los que disienten no como enemigos a exterminar por todos los medios, los que son capaces de renunciar a su liderazgo con absoluta sencillez entendiendo que es de verdad y no sólo de palabra, el hecho de que liderar o guiar es un servicio y no un patrimonio personal e intransferible. Hay un GUÍA impecable a quienes los cristianos miramos o debemos mirar diariamente y a quien no estaría mal que lo hicieran incluso los que no creen en El. Es un GUÍA cuyos frutos son incontestables: generosidad, desprendimiento, pobreza personal, sencillez, compasión, tolerancia, amor hacia aquellos a quienes quiere guiar, un amor que lo lleva a entregar, sin un gesto de protesta, la propia vida. Es un GUÍA exigente, difícil de seguir, pero es un GUÍA absolutamente seguro, con El jamás caeremos en el hoyo, en el hoyo del egoísmo, de la indiferencia, del desprecio a los otros, del olvido de Dios que se traduce, inevitablemente, en el olvido del hombre, con el peligro que esa actitud comporta y del que tenemos abundante experiencia.
Nuestro GUÍA es buen punto de referencia para calificar y catalogar a los numerosos guías que, generosamente, se nos ofrecen para llevarnos directamente a la felicidad.
JAVIER GAFO
Los verdaderos reformadores
S. Kierkegaard escribía que «nada ayuda mejor al hombre a tener paciencia, que pensar en sus momentos de impaciencia: ¿qué pasaría si Dios perdiese la paciencia conmigo?». Creo que esta frase del filósofo danés, que era también un hombre de profunda fe evangélica, constituye una magnífica aplicación del evangelio de hoy.
Los comentadores del fragmento del «sermón del llano» de Lucas, que hemos escuchado hoy, insisten en que sus frases deben entenderse en el contexto de las comunidades a las que el evangelista se dirige. En ellas debían existir algunos cristianos que se consideraban ya perfectos, una especie de «superdiscípulos», y que se dedicaban a adoctrinar a los demás y a convertirse en sus guías espirituales. Aquellos superdiscípulos debían caracterizarse por la convicción de que ya estaban convertidos del todo y que, por tanto, podían ser jueces de sus hermanos. En alguna manera se estaba repitiendo en ellos la tentación del fariseísmo, que acompaña con frecuencia a la religiosidad y que Jesús formula admirablemente en el relato de hoy y en la parábola del fariseo y del publicano. Jesús dice a aquellos discípulos "perfectos" que son guías ciegos que no pueden dirigir a nadie.
Lucas retoma el mensaje del domingo pasado que nos presentaba a un Dios generoso, que es bondadoso con todo hombre. Como lo comentábamos entonces, el que ha experimentado en su persona el amor incondicional y gratuito de Dios tiene que cambiar su corazón: ya no debería vivir su vida en clave del do ut des -"te doy para que tú también me des"-, sino sentirse llamado a dar generosamente, sin esperar respuesta. Incluso tiene que luchar para perdonar, para comprender y hasta para amar al enemigo, porque Dios también le ama. Hoy Lucas aplica esta misma idea al interior de nuestra propia comunidad, en la que siempre existe el peligro que experimentó el evangelista entre los primeros creyentes: la de sentirse ya en la verdad y la perfección e incurrir en la dureza en contra de los otros. Erasmo de Rotterdam decía muy gráficamente, en una época histórica marcada por la necesidad urgente de reforma en la Iglesia: "Yo veo muchos Luteros, pero verdaderamente evangélicos, ninguno o muy pocos». Yo no sé si en la época actual acontece lo mismo, pero no es infrecuente que nos consideremos que estamos en la plena y absoluta verdad y que podemos enjuiciar las motas o las vigas que existen en aquellos sectores de la Iglesia que son distintos de los nuestros. Y creo que tenemos que reconocer, honesta y humildemente, que no hacemos el mismo esfuerzo para preguntarnos hasta qué punto nos comprometemos para ser verdaderamente evangélicos, es decir, para que la persona y el mensaje de Jesús marquen nuestra vida. En esta misma línea Bernard Shaw decía también que "los mejores reformadores que conoce el mundo son aquellos que comienzan por reformarse a sí mismos".
Y lo mismo puede decirse de nuestras relaciones humanas. El texto de Jesús refleja esa honda sabiduría popular que expresa de forma muy gráfica la verdad del corazón humano: vemos fácilmente los defectos ajenos y, por el contrario, somos gravemente miopes para los propios. Probablemente todos podemos citar ejemplos de personas a las que les hemos visto enjuiciar muy duramente los defectos de los otros, sin darse cuenta de que ellos mismos incurrían en otros defectos no menores..., e incluso en los mismos que estaban echando en cara al prójimo. ¿Nos hemos detenido a preguntarnos si no nos sucede a nosotros lo mismo? Porque en este tema se puede hasta rizar el rizo y afirmar que a fulanito le pega muy bien la parábola de Jesús.... cuando en realidad la puedo aplicar también, y hasta mucho más, a mí mismo.
Jesús, sin embargo, en este texto va más allá de esa sabiduría popular. Porque no se trata de revolcar dialécticamente al que es meticuloso a la hora de ver los defectos ajenos, pero tiene enormes tragaderas para los propios. A Jesús no le interesa tanto la ponderación de si lo que yo tengo en mi ojo es una viga o una mota, mayor o menor que la que existe en el ojo del hermano. Jesús dice que hay que sacar primero la viga del propio ojo, porque «entonces verás claro y podrás sacar la mota del ajeno».
Podemos decir que a Jesús no le interesan las comparaciones entre vigas y motas. sino cómo nos podemos ayudar los unos a los otros para que nuestros ojos y nuestro corazón sean más claros, más bondadosos y estén más en la verdad. De alguna manera se está expresando aquí la bienaventuranza de los limpios de corazón, que hemos aplicado sesgadamente al tema de la castidad y que, en realidad tiene un contenido más amplio: son dichosos el corazón y los ojos limpios que saben ver la verdad y la autenticidad que existen en los demás y en mí mismo.
Así se explica que inmediatamente después Jesús pase a hablar de la bondad que se almacena en el corazón. No le interesan al maestro los mecanismos psicológicos en virtud de los cuales nuestras pupilas son muy sensibles para ver los defectos ajenos y muy miopes para ver los propios. Para Jesús el problema no está en la vista, ni en la boca que expresa lo que ven los ojos; para Jesús el problema está en el corazón. Jesús se distancia así también del texto de la primera lectura, para el que lo importante en el hombre era el buen razonar o el buen hablar; para Jesús lo realmente importante es el buen sentir, el buen amar. Es el corazón el que hay que cambiar; como decía H. Bergson, lo que se necesita es un "plus de corazón". Ahí está el verdadero problema y el auténtico reto que nos plantea el evangelio de hoy.
«Sed buenos del todo, como es bueno del todo vuestro Padre del cielo», así decía el sermón de la montaña; «sed generosos como vuestro Padre es generoso», dice el sermón del llano. Ahí está el camino. Hay que imitar a un Dios que ama al hombre siempre, por encima y más allá de sus méritos y sus deméritos. Hay que cambiar nuestro corazón tan marcado por sus complejos, sus envidias, sus inseguridades y nuestro deseo de autoafirmación, por un corazón limpio y bueno del todo, como es bueno del todo el corazón del Padre Dios.
Karl Rahner tiene una humilde y sentida oración: «Mira, Señor, ahí está el otro, con el que no me entiendo. Él te pertenece; tú le has creado. Si tú no le has querido así, al menos le has dejado ser como es. Mira, Dios mío, si tú le soportas, le quiero yo aguantar y soportar, como tú me soportas y aguantas». Es también una referencia a la paciencia de Dios con el otro, que empalma con la consideración sobre la paciencia de Dios conmigo, que expresaba Kierkegaard. Es un primer paso y muy importante, pero creo que no se trata sólo de paciencia; está sobre todo el «plus del corazón», el «plus del amor».
Hoy humildemente, con la misma humildad de la oración de K. Rahner, pedimos al Señor que nos vaya cambiando el corazón, que nos lo vaya haciendo «bueno del todo», como es el corazón de Dios. «Entonces verás claro»: entonces podrás ver con amor la mota o la viga, la verdad de tu hermano.
R. J. García Avilés
El fruto depende del corazon del arbol
Es fácil condenar a los demás, sobre todo si el juicio lo hacemos sobre las intenciones. Jesús nos da un criterio para juzgarnos a nosotros mismos: nuestros frutos, nuestras acciones. Y el uso que hacemos de una de las facultades que nos distinguen de los demás seres de la creación: la palabra. Si actuamos y hablamos bien, nuestro corazón estará sano, si no...
No juzgueis
El evangelio del domingo pasado terminaba con una seria advertencia de Jesús a sus oyentes: «No juzguéis y no os juzgarán, no condenéis y nos os condenarán, perdonad y os perdonarán...» (Lc 6,37).
Después de proponer la exigencia del amor a los enemigos Jesús, que seguía a las bienaventuranzas en las que Lucas incluye una dura condena de la riqueza, Jesús hace esta advertencia a sus oyentes para evitar un peligro al que los hombres somos muy dados a sucumbir: constituirse en jueces de nuestros semejantes. Nadie tiene derecho a juzgar a otra persona; aunque podamos y debamos juzgar y denunciar la injusticia, la opresión, el pecado; aunque no callemos jamás ante cualquier situación en la que está sufriendo un ser humano, nadie tiene derecho a colocarse como juez por encima de otra persona, y menos aún a emitir una sentencia de condena; nadie.
El mismo Dios se resiste a juzgar y condenar y deja en nuestras manos la vara de medir que se usará en nuestro juicio: «la medida que uséis la usarán con vosotros» (Lc 6,38).
Renunciar a juzgar a los demás, incluso aunque realicen acciones objetivamente condenables y que, como tales acciones, por supuesto que debemos condenar, sería también, como lo es el perdón, una manifestación de ese ideal en el que se condensan todas las exigencias de Jesús, el mandamiento del amor del que no se excluye ni siquiera a los enemigos.
Ciegos, guias de ciegos
¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, aunque, terminado el aprendizaje, cada uno le llegará a su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no te fijas en la viga que llevas en el tuyo?
Tarea difícil la de amar de esa manera. Tarea que nos exige una constante atención, pues siendo como somos bastante limitados, más de una vez traicionaremos este ideal; la meta está colocada muy arriba y todos nos sentiremos cansados alguna vez, y la presión del mundo que nos rodea nos hará ser incoherentes con la decisión de seguir a Jesús, el maestro, que nos va mostrando la dirección en la que debemos caminar.
Cuando esto nos suceda, una de las tentaciones que con más probabilidad se nos presentará será la de excusarnos diciendo que también los otros se equivocan, y más gravemente o con mas frecuencia aún que nosotros; que lo que deberían hacer todos es imitarnos a nosotros... Jesús nos advierte del peligro de no ver otra cosa que las equivocaciones de los demás, dejando de lado nuestros graves errores, y de lo peligroso que puede ser el que un hermano, olvidando sus límites, pretenda convertirse en guía de sus hermanos, quitándole el puesto al único maestro.
Jesús se refiere a las relaciones entre sus seguidores, en el interior de la comunidad: «¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano...» Eso no excluye que los miembros de la comunidad juntos, y sin que ninguno se convierta en juez de nadie, intenten descubrir las equivocaciones de cada uno para ayudarse a superar las limitaciones individuales; tampoco queda excluido, cuando alguien rompe con un hermano, que se le pidan cuentas, que se dialogue y que se intente recomponer la unidad perdida; eso sí, con el perdón ya dispuesto y preparado (Lc 17,1-4). Y, por supuesto, estas palabras de Jesús no excluyen el que la comunidad sea y actúe como conciencia crítica del orden social que está empeñada en cambiar, denunciando la injusticia y la falta de amor del mundo éste.
Arboles y frutos
Cierto, no hay árbol sano que dé fruto dañado ni, a su vez, árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto: ¡no se cogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas! El que es bueno, de la bondad que almacena en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal: porque lo que rebosa del corazón lo habla la boca.
A lo que sí que deben estar atentos los seguidores de Jesús -como individuos y en cuanto grupos o comunidades- es al resultado de su actividad, a los frutos que su compromiso con el mensaje de Jesús va produciendo. Porque éste es un criterio infalible para saber si se va avanzando en el camino de instaurar el amor en el mundo o si, por el contrario, el egoísmo del mundo sigue reinando incluso entre los que pretenden seguir a Jesús.
¿Y cuáles son los frutos? Los del árbol sano serán los frutos del amor: la justicia, la fraternidad, la igualdad, la felicidad, la convivencia en armonía, la paz; la alegría de participar de la alegría de los demás, el gozo de sentir que la debilidad y la pobreza de cada uno se convierte en fuerza incontenible, aunque no violenta, y en riqueza compartida. Y la palabra, que será buena si busca hacer el bien.
La mala lengua, la que hace daño hasta cuando calla, como todo lo que injustamente provoca sufrimiento y tristeza, será siempre fruto de un árbol con el corazón podrido.
J. Mateos
La continuación del discurso (6,39-49) se inicia con el anuncio de una parábola que, de hecho, no se expondrá hasta el final (vv. 47-49). Primero formula una cuestión sirviéndose de un dicho proverbial: «¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?... » (6,39). El discípulo sólo puede llegar a ser guía de otros cuando alcanza la talla del maestro. Después viene una segunda cuestión: “¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” (6,41): la manera de actuar revela la realidad interior del hombre (ceguera/ hipocresía/ opacidad o claridad de visión/ frutos buenos/ transparencia).
La tercera cuestión va al fondo del problema: “¿Por qué me invocáis: "¡Señor, Señor!", y no hacéis lo que os digo?” (6,46). Responde ahora con una parábola doble: «Todo el que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a indicar a quién se parece: se parece a un hombre que edificaba una casa...» (6,47); «en cambio, el que las escucha y no las pone por obra, se parece a uno que edificó una casa...» (6,49). El contenido del discurso de Jesús dirigido al pueblo de Israel (cf. 7,1) reemplaza el lugar de la Ley, pero no se puede quedar en jaculatorias vacías de sentido. La casa edificada sobre «la roca», la fe-adhesión personal a Jesús y a su programa, no se la llevan las riadas ni le afectan los temblores de tierra o huracanes; en tiempo de crisis y de defecciones, tan cíclicos como los fenómenos atmosféricos o los cataclismos, se mantiene firme e inconmovible. En cambio, la casa que no tiene cimientos, la fe que no ha enraizado mediante el compromiso personal, se hunde y se pierde inexorablemente.
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
1. Un ciego no puede guiar a otro ciego
Es evidente que un ciego no puede guiar a otro ciego, ni es normal que lo intente. Pero Jesús se refiere a otra clase de ciegos: a aquellos que no ven los acontecimientos ni las personas con la mirada de Dios y pretenden hablar en su lugar. Son los fariseos los principales destinatarios de sus palabras, al estar seguros de la verdad de su doctrina y de su vida, cuando la realidad era muy distinta. Pretenden estar por encima del maestro cuando aún no han comenzado el aprendizaje, ni lo intentan. ¡Cuánto ciego en nuestro mundo pretendiendo conducir a la humanidad hacia un futuro mejor, cegados por el propio egoísmo personal o nacional; cegados por la técnica, por la ciencia mal interpretada o por la propia valía; cegados por el dios construido a la medida de su mediocridad!...
2. La "mota" y la "viga":
Todos tenemos el riesgo de usar dos medidas al interpretar las propias acciones y las del prójimo: una para nosotros mismos y otra muy distinta para los demás. Quizá podamos añadir una tercera, intermedia, para juzgar a las personas que nos "caen" bien. Riesgo que podemos evitar si tratamos de comenzar la crítica por nosotros mismos, condición indispensable para ver con más claridad y valorar con mayor justicia los acontecimientos que nos rodean. Este peligro es ilustrado con la imagen de la "mota" y la "viga".
Son también los fariseos los principales destinatarios de esta comparación, al considerarse a sí mismos como hombres justos y despreciar a los demás (Lc 18,9). Frente a ellos, Jesús nos expone su actitud de amor y de justicia ante las obras realizadas por los otros.
Es posible que Jesús tomara el dicho del medio ambiente, al ser un proverbio muy del gusto oriental y, a la vez, muy pedagógico. Podemos descubrir en su pensamiento un doble matiz: el primero es ver la "mota" en el ojo ajeno teniendo una "viga" en el propio; y el segundo es no sólo ver, sino ofrecerse a "quitar" la "mota" en el ojo del otro, dejando la "viga" en el propio.
Jesús nos indica la total ausencia de decoro en el que procede de esta manera. Si el que así actúa tuviese un verdadero interés por erradicar el mal, ¿no debería comenzar por sí mismo? El que se preocupa de verdad por descubrir sus propias faltas, no se atreverá impunemente a juzgar las ajenas, y mucho menos a ofrecerse a suprimir el mal en los demás. Es verdad que, para practicar la corrección fraterna, tan encarecidamente recomendada por Jesús (Mt 18,15-17), no es necesario ser perfecto -¿quién podría practicarla?-, pero sí ser honrado y trabajar por ser fiel a los propios ideales. ¿Cómo ver con objetividad teniendo nuestra vista obstruida por una "viga"? Es necesario suprimir primero nuestra propia ceguera antes de atender a la de los demás.
Jesús llama "¡Hipócrita!" al que obra así. ¿No habrá dentro de cada uno de nosotros un pequeño o grande "fariseo"? ¡Qué importante sería que lo reflexionáramos! ¡Cuánto daño hizo la actitud farisea al pueblo de Israel, que los tenía como a sus verdaderos dirigentes religiosos!
3. El "árbol" se conoce por sus "frutos"
De nuevo Jesús dedica esta comparación a los fariseos, calificados como falsos profetas (Mt 7,15). Nos previene contra los que se presentan como rectores espirituales del pueblo, poniendo al descubierto ese falso aspecto inofensivo y austero que toman para ser aceptados por el pueblo.
No sólo nos previene teóricamente, sino que nos da también una norma infalible para distinguir a los verdaderos dirigentes de los falsos: los conoceréis "por su fruto". Lo mismo para distinguir a unos hombres de otros. El hombre bueno da frutos buenos. Los fariseos no eran árboles buenos. Jesús dejará crudamente al descubierto su hipocresía en uno de los capítulos más duros de los evangelios (Mt 23,1-33). Es verdad que tenían una misión legítima en Israel, y que Jesús reconoce (Mt 23,3) a la vez que nos invita a no imitarlos en su vida. No sólo su vida privada dejaba mucho que desear, sino que además tenían asfixiada la vida religiosa del pueblo al haber transformado la religión en una práctica materialista, formulista y ostentosa... al servicio de sus intereses económicos y de prestigio.
El único verdadero control contra los pseudoprofetas son los frutos del amor, explicitados en las bienaventuranzas (Mt 5,3-12). No basta presentarse con austeridad y con una vida espiritual profunda, que puede ser hipocresía; ni con mucho celo, que puede ser soberbia calculada; ni obrar prodigios, que pueden ser fraudes, como el mismo Jesús lo indica en su discurso escatológico (Mt 24,24); ni hablar mucho de Dios, que puede ser falsedad (Mt 7,21).
Aunque el aviso de Jesús nos previene contra la conducta demoledora de los fariseos, en su falsear el sentido genuino de la ley y los profetas impidiendo su penetración en el pueblo, sus palabras siempre debemos aplicarlas en una perspectiva universal. Prefiero resistir la tentación de sacar aplicaciones para nuestra vida actual y dejarlo para que lo haga cada uno o cada grupo. Pero ¡cuidado con la "viga"!
A los hombres nos pasa como a los árboles: se nos conoce por los frutos. Jesús nos invita a que no valoremos al hombre por las apariencias, que son frecuentemente engañosas, sino por lo que hace. Lo que no contribuye al bien del prójimo -de todos, en especial de los más débiles- no es de Dios. Si las palabras siguen una dirección y la vida otra, la segunda es la que nos revela el corazón del hombre, sus opciones preferidas, sus verdaderos intereses. Las palabras son a menudo una tapadera, un engaño. Para Jesús las obras terminan brotando espontáneamente de la realidad interior del ser humano, sobre todo en los momentos de crisis: "Lo que rebosa del corazón lo habla la boca". No valen las protestas de la ortodoxia, ni la dulzura de las palabras, ni tener todo el día el nombre de Dios en la boca..., sino la realidad de la vida. La actitud del hombre determina su obrar.
JAUME GRANE
-Utilizamos medidas diferentes
En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer (que es casi toda la acción pastoral); cuando hablamos de los políticos o sindicalistas (que trabajan, a pesar de sus limitaciones, al servicio de los demás) les dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra... no hace falta decir más. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos...
Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo? Es un signo claro de que soy muy miope y, por tanto, no puedo dar recetas a los demás, porque, como dice Jesús: "Si un ciego guía a otro ciego, caerán ambos en el mismo hoyo".
No podemos ponernos, pues, a hacer de maestros de los demás si aún no hemos aprendido a tomarnos en serio a Jesús, nuestro Maestro indiscutible. Porque sólo cuando estemos formados en la espiritualidad evangélica, podremos parecernos un poco al Maestro y dar un ejemplo y, quizá, un pequeño consejo.
-Jesús no tolera la hipocresía
Ya habréis oído explicar alguna vez que "hipócrita" es una palabra de origen griego que quiere decir "actor". Por eso llamamos hipócritas a todas aquellas personas que hablan o dicen cosas que están muy alejadas de su sentir. Según Isaías, Dios ya echaba en cara la hipocresía a su pueblo, diciéndole: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí".
Años más tarde, Jesús diría: "Obran para ser bien vistos de la gente". Se trata, por tanto, de una herida que el pecado provocó en el hombre desde los primeros tiempos, y que difícilmente podemos curar del todo. Pero, precisamente porque esta herida no está aún cerrada, hemos de tener cuidado que no nos provoque la ofuscación, porque este es el drama a que conduce la hipocresía. Estamos convencidos de haber descubierto con toda claridad el mal de los demás, cuando, de hecho, no tenemos ni la suficiente vista para vislumbrar el nuestro. Por eso Jesús dirá: "Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que véis, vuestro pecado persiste".
-La boca habla de lo que rebosa el corazón
Siempre hemos escuchado que Jesús, según el evangelio de Mateo, ataca duramente a los escribas y fariseos porque son hipócritas. Y, si no fuera porque no hay costumbre, le aplaudiríamos bien fuerte. Pero hoy, continuando la versión de Lucas, nos encontramos con que Jesús dirige estas mismas palabras a sus discípulos, es decir, a cada uno de nosotros: "¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano".
Por eso, hoy, al meditar el evangelio tenemos que hacer, más que en otras ocasiones, un esfuerzo de sinceridad en nuestro interior para juzgarme a mí mismo, sin pensar ni siquiera un momento que eso va por aquél o aquel otro, y, así, el Señor no nos juzgará y le ahorraremos trabajo.
Probablemente podremos descubrir que, cuando juzgamos con dureza a los demás, el olvido de nuestra debilidad y pecado es lo que nos hace arrojar la primera piedra en su contra. Y descubriremos también que somos mucho más ágiles para acusar, que creativos para ayudar. Y tendremos que reconocer que, de hecho, hemos sacado lo que llevábamos dentro: agresividad, frustración, y desamor; aunque los arropáramos con un rostro radiante. ¡No nos engañemos! Escuchemos a Jesús con toda sinceridad: "No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano".
-En comunión con el Señor no trabajamos en vano
El domingo próximo iniciaremos todos juntos la Cuaresma. Será un tiempo favorable para iniciar un proceso de conversión, injertándonos en la Viña, que es Jesucristo, para mejorar nuestra calidad. Así, muy unidos a él, podremos hacer avanzar la obra del Evangelio; porque los demás, que ya habrán dejado de ser adversarios nuestros, se habrán convertido para nosotros en invitados del reino a quienes llevamos con gozo la invitación.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura
El Evangelio de hoy nos trae algunos pasajes del discurso que Jesús pronuncia en la montaña después de haber pasado la noche en oración (Lucas 6,12) y después de haber llamado a los Doce para que fueran sus apóstoles (Lucas 6,13-14). La mayoría de las frases que encontramos en este discurso, ya se han pronunciado en otras ocasiones, pero Lucas, imitando a Mateo, las reúne aquí en este Discurso de la montaña.
b) Una división del texto para ayudar la lectura
• Lc 6,39: La parábola del ciego que guía a otro ciego.
• Lc 6,40: Discípulo – Maestro.
• Lc 6,41-42: La paja en el ojo del hermano.
• Lc 6,43-45: La parábola del árbol que da buenos frutos.
.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
• ¿Has estado alguna vez en la situación de un ciego? ¿Qué sentimientos tuviste?
• La paja y la viga en el ojo. ¿Cómo son mis relaciones con los demás en casa y en la familia, en el trabajo y con los colegas, en la comunidad y con los hermanos y hermanas?
• Maestro y discípulo. ¿Cómo soy discípulo/a de Jesús?
• ¿Cuál es la cualidad de mi corazón?
Para los que desean profundizar en el texto
Lc 6,39: La parábola del ciego que guía a otro ciego.
Jesús les cuenta una parábola a los discípulos: "¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un agujero?". Una parábola de una línea, muy similar a las advertencias que, en el Evangelio de Mateo, están dirigidas a los fariseos: "¡Ay de ustedes, guías ciegos!" (Mt 23,16.17.19.24.26). Aquí, en el contexto del Evangelio de Lucas, esta parábola está dirigida a los animadores de las comunidades que se consideran maestros de la verdad, superiores a los demás. Por eso son guías ciegos.
Lc 6,40: Discípulo – Maestro.
"El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro."Jesús es el Maestro. No el profesor. El profesor en el aula imparte diferentes asignaturas, pero no convive con los alumnos. El maestro no da clases, vive con los alumnos. Su tema es él mismo, su testimonio de vida, su forma de vivir las cosas que enseña. La convivencia con el maestro asume tres aspectos: (a) El maestro es el modelo o ejemplo para imitar (cf. Jn 13,13-15); (b) El discípulo no sólo contempla e imita, sino que también se compromete con el destino del maestro, con sus tentaciones (Lucas 22,28), con su persecución (Mt 10,24-25), con su muerte (Jn. 11,16); (c) Él no sólo imita al modelo, no sólo asume el compromiso, sino que se identifica con él: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gálatas 2,20). Este tercer aspecto es la dimensión mística del seguimiento de Jesús, fruto de la acción del Espíritu.
Lc 6,41: La paja en el ojo del hermano.
"¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo», tú, ¿que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!” En el Sermón del Monte, Mateo trata el mismo tema y explica un poco mejor la parábola de la paja en el ojo. Jesús pide una actitud creativa que nos permita encontrarnos con el otro sin juzgarlo, sin ideas preconcebidas y racionalizaciones, aceptándolo como su hermano (Mt 7,1-5). Esta apertura total hacia el otro considerado como hermano/hermana sólo surgirá en nosotros cuando podamos relacionarnos con Dios con la total confianza de los hijos (Mt 7,7-11).
Lc 6,43-45: La parábola del árbol que da buenos frutos.
"No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas." La carta del apóstol Santiago sirve como un comentario sobre esta palabra de Jesús: “¿Acaso brota el agua dulce y la amarga de una misma fuente? ¿Acaso, hermanos, una higuera puede producir aceitunas, o higos una vid? Tampoco el mar puede producir agua dulce. (Gc 3,11-12)”. Una persona bien formada en la tradición de la vida comunitaria produce una buena naturaleza dentro de sí misma que lo lleva a practicar la bondad. "Saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón", pero la persona que no presta atención a su educación tendrá dificultades para producir cosas buenas. Por el contrario, "El malo saca el mal de maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca." Con respecto al "buen tesoro del corazón", vale la pena recordar lo que dice el libro del Sirácides sobre el corazón, fuente de buenos consejos: "Déjate llevar por lo que te dicta el corazón, porque nadie te será más fiel que él: el alma de un hombre suele advertir a menudo mejor que siete vigías apostados sobre una altura. Y por encima de todo ruego al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad" (Sir 37,13-15).
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Sal 17, 19-20
El Señor fue mi apoyo: me sacó a un lugar espacioso,
me libró, porque me ama.
Oración colecta
Concédenos Señor que los acontecimientos de este mundo
se orienten para nuestro bien, según tus designios de paz,
y que tu Iglesia se alegre de servirte con entrega y serenidad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que nos das lo que debemos ofrecerte
y consideras esta ofrenda
como un gesto de nuestra devoción hacia ti;
te pedimos confiadamente poder alcanzar los premios eternos.
ya que nos concedes la fuente del mérito,
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Cf. Sal 12, 6
Cantaré al Señor, porque me ha favorecido;
alabaré el nombre del Señor Altísimo.
Oración después de la comunión
Saciados con el alimento de la salvación,
te pedimos, Padre de misericordia,
que por este sacramento que recibimos en la tierra
nos hagas participar de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
No elogies a nadie antes de oírlo razonar
Lectura del libro del Eclesiástico 27, 4-7
Cuando se zarandea la criba, quedan los residuos: así los desechos de un hombre aparecen en sus palabras.
El horno pone a prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación.
El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos; así la palabra expresa la índole de cada uno.
No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 91, 2-3. 13-16
R. Es bueno darte gracias, Señor.
Es bueno dar gracias al Señor,
y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre;
proclamar tu amor de madrugada,
y tu fidelidad en las vigilias de la noche. R.
El justo florecerá como la palmera,
crecerá como los cedros del Líbano:
trasplantado en la Casa del Señor,
florecerá en los atrios de nuestro Dios. R.
En la vejez seguirá dando frutos,
se mantendrá fresco y frondoso,
para proclamar qué justo es el Señor,
mi Roca, en quien no existe la maldad. R.
Nos ha dado la victoria por Jesucristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 15, 51. 54-58
Hermanos:
Les voy a revelar un misterio:
No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados.
Cuando lo que es corruptible se revista de la incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: «La muerte ha sido vencida». ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado y lo que da fuerza al pecado es la ley.
¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!
Por eso, queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por Él no serán vanos.
Palabra de Dios.
ALELUIA Flp 2, 15d. 16a
Aleluia.
Ustedes brillan como haces de luz en el mundo,
mostrando la Palabra de Vida.
Aleluia.
EVANGELIO
De la abundancia del corazón habla la boca.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 39-45
Jesús les hizo también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?
El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.
¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.
No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.
El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario