5 Domingo de Cuaresma (C)
Liturgia Viva del Domingo 5º de Cuaresma - Ciclo C
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Con San Pablo decimos hoy:
“Olvidándome de lo que queda atrás,
me esfuerzo por lo que hay por delante
y corro hacia la meta,
hacia el premio al que Dios nos llama”.
Que la fuerza del Señor, Jesús,
esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. No Arrojen Piedras
¿Has tenido tú alguna vez la experiencia de herir fuertemente a alguien, pero que la persona ofendida te perdonara, quizás con dificultad, pero aceptando tu apología, y el problema se acabó? ¿Recuerdas qué aliviado te sentiste, como si fueras una nueva persona? Así es como Dios sigue perdonándonos a nosotros: él nos vuelve a hacer nuevos cada vez. ¿Vivimos nosotros como perdonados, como pueblo nuevo? ¿Hacemos nuevos a otros con nuestro perdón? --- Encontremos nuevamente en esta eucaristía a nuestro Señor, Jesús, paciente y que siempre nos perdona, como perdonó a la mujer adúltera a quien iban a apedrear.
2. Mira Primero a Tu Propio Corazón
Algunas personas, cuando han pecado, especialmente si ha sido de forma grave, tienen miedo de que Dios las esté buscando para castigarlas, como un policía que tiene que aplicar la ley. Hoy aprenderemos de Jesús que Dios va más allá de la ley, porque perdona, y sigue perdonando. Ésta es la actitud que aprendemos de Dios. Mira a tu propio corazón y date cuenta de que necesitas perdón. Y así, repetidas veces. Entonces, perdonarás también fácilmente a otros. --- Pidámosle a Jesús esta actitud, incluso cuando todavía sentimos la herida infligida.
Acto Penitencial
Durante esta cuaresma hemos mirado dentro de nosotros mismos
y se espera que nos hayamos dado cuenta
de que somos pecadores
en constante necesidad de perdón.
Busquemos sinceramente el perdón del Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, tú no nos arrojas piedras contra nosotros y quieres que tampoco las arrojemos contra nadie.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú no nos condenas porque has venido a salvar lo que estaba perdido y quieres que seamos libres y que tengamos vida.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tu nos dices que vayamos y no pequemos más.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, perdónanos y haznos nuevos. Llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Pidamos a nuestro Padre
que sepamos imitar su misericordia.
(Pausa)
Oh Dios de vida:
Ésta es la Buena Noticia de salvación,
que nos proclamas hoy
por medio de tu imagen viviente, Jesucristo:
El amor es más fuerte que la muerte;
tú quieres que el pecador viva
y que llegue a ser totalmente nuevo.
Haz que no vivamos por más tiempo
en el pasado del pecado,
sino que seamos libres para dar vida y para amar.
Danos un corazón tan compasivo para con los hermanos
como el tuyo, siempre indulgente y cariñoso para con nosotros.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Is 43,16-21): Olviden el Pasado. Adelante Conmigo.
A este pueblo escogido, que sufre en el desierto, Dios le dice: He realizado grandes obras de salvación por ustedes en el pasado. Haré cosas mayores por ustedes en el futuro.
Segunda Lectura (Flp 3,8-14): Esfuércense por lo Que Hay por Delante
Una vez que Pablo hubo sido “agarrado” por Cristo, el pasado ya no contó más, y se esforzó hacia su futuro en Cristo, por la fuerza del Señor resucitado.
Evangelio (Jn 8,1-11): Vete y, en Adelante, No Peques Más.
La misión de Jesús no es juzgar y condenar, sino perdonar y dar nuevas oportunidades en la vida. ¿Acaso no es esa también nuestra misión?
Oración de los Fieles
Con su amor, Dios quiere hacer siempre nuevo al mundo. Encomendemos a su misericordia nuestras intenciones y las de nuestros hermanos y hermanas. Y digamos:
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por la Iglesia a la que amamos, para que sea en nuestro mundo un lugar y un signo de perdón y reconciliación, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por los que condenan y por los condenados, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por los hogares rotos; y también por las familias bien unidas, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por los que se sienten heridos por los problemas de la vida; y también por los que siguen esperando, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por los gobernantes y los que tienen alguna autoridad, para que presten atención a las necesidades del pueblo, y para que no aplasten a nadie con su poder, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Por nuestras comunidades cristianas, para que sigan aceptando a todos con comprensión y compasión, roguemos al Señor.
R/ Señor de la vida, en ti confiamos.
Señor Dios nuestro, te damos gracias por escucharnos y por mostrarnos tu misericordia, por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre de misericordia:
Con estos signos de pan y vino
participamos del perdón y de la vida
de tu Hijo Jesucristo.
Por su cuerpo y su sangre
haz de nosotros,
que somos limitados e inseguros,
tu nueva creación, tu pueblo de esperanza,
capaz de alzarse por encima de sí mismo
y de preparar tu nuevo cielo y nueva tierra,
ya que esperamos todo de ti,
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Por medio de Jesús, nuestro Señor, le damos gracias al Padre por olvidar nuestro pasado y por llevarnos hacia un futuro de amor, justicia y libertad.
Introducción al Padre Nuestro
Con las palabras de Jesús nuestro Señor
pedimos a nuestro Padre del cielo
que nos perdone,
como nosotros perdonamos a otros.
R/ Señor, no soy digno…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de nuestro pasado de maldad,
de todo lo que nos aleja de ti
y los unos de los otros.
Reúnenos en la solidaridad y en la paz
de una sola fe, una sola esperanza y un solo amor,
como pueblo hecho libre por tu Hijo.
Que sepamos difundir tu reconciliación
para construir un mundo liberado
y para aguardar con esperanza
la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Éste es el cordero de Dios,
que no nos condena,
sino que crea con nosotros un nuevo comienzo.
Dichosos nosotros invitados
a escuchar sus palabras de perdón
y a comer su pan de vida.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh, Padre tierno y compasivo:
Te damos gracias por habernos permitido participar,
en esta eucaristía,
en el sacrificio de tu Hijo
que nos ha traído tu perdón y tu paz.
Que él nos dé a nosotros, pecadores perdonados,
la fuerza para permanecer fieles a ti.
Haz que seamos discípulos
exigentes con nosotros mismos
pero muy misericordiosos con los demás.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Hemos oído hoy la invitación del Señor a no encerrarnos en nosotros mismos, en la mediocridad del pasado, sino a partir decididamente hacia el futuro con fresca generosidad. Este futuro no se realizará sin dificultades:
El Señor nunca promete una vida fácil, pero promete estar siempre con nosotros.
Que así sea, con la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Podemos ir con la alegría y la fuerza del Señor.
PERDÓN FRATERNAL
Acción de gracias
Gracias, Padre bueno, Dios misericordioso,
porque nos amas sin límite, como nunca comprenderemos.
Gracias porque no tomas en cuenta
nuestros numerosos fallos y debilidades.
No nos cansaremos de repetir tu nombre, Dios de bondad,
porque siempre encontramos en Ti comprensión y perdón.
Gracias, Señor, porque tienes misericordia de nosotros,
eres nuestro refugio y consuelo
y nos haces partícipes de tu mismo ser,
de tu vida, la definitiva, la vida eterna.
Nuestra alegría es saber que eres
nuestro Padre y Madre entrañable.
Y llenos de esa felicidad de sentirnos hijos tuyos
te bendecimos entonando este himno de alabanza.
Memorial de la Cena del Señor
Sabemos, Padre Dios, porque así te retrató tu hijo Jesús,
en su parábola del padre bueno,
que estás siempre al borde del camino,
esperando con los brazos abiertos nuestro regreso a casa.
Y que al igual que Tú,
hemos de sembrar tu amor y tu continuo perdón,
amando y perdonando a todos generosamente.
Nos enseñó Jesús con sus palabras y hechos
a querer lo mejor para todos
y ayudar a quien más nos necesite.
Insistió en el perdón entre nosotros,
porque eso era imprescindible y previo a la oración,
y nos dio ejemplo al buscar excusas
y perdonar a los que le crucificaban.
Invocación al Espíritu de Dios
Sabemos, Dios todo Amor,
que nuestros egoísmos no despiertan tu ira,
pero sí causan desgracia y tristeza en nuestros hermanos.
Somos ruines y tacaños
al regatear el perdón a nuestros prójimos.
Por eso te rogamos, Padre de la generosidad,
que nos comuniques tu Espíritu, hasta que nos rebose,
y así manifestar con nuestras obras tu amor y tu bondad.
Queremos parecernos a Ti, Padre de todos,
Nos proponemos perdonar, sin resentimientos ni rencor,
y repartir a manos llenas el amor que Tú nos has dado.
Te rogamos por las iglesias cristianas,
para que sean modelos de convivencia fraterna.
Y te agradecemos que hayas acogido en tu compañía
a los amigos y familiares
que se nos han adelantado en el camino hacia Ti.
Unidos todos nosotros y con tu Hijo Jesús
en esta comida de hermandad,
queremos brindar en tu honor ahora
y todos los días de nuestra vida.
AMÉN.
EVANGELIO
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 8,1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron:
- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
- Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó:
- Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
- Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.
Palabra de Dios.
TODOS NECESITAMOS PERDÓN
Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a "proclamar la liberación de los cautivos [...] y dar libertad a los oprimidos”. Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.
De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a "una mujer sorprendida en adulterio". No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: "En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?”
La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer, angustiada; la gente, expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?
Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.
Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: "Aquel de vosotros que no tenga pecado puede tirarle la primera piedra". ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: "Yo no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo".
El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice "Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más".
Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva".
REVOLUCIÓN IGNORADA
Tampoco yo te condeno.
Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?”.
Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: “el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra”.
Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: “Tampoco yo te condeno”. Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: “Anda, y en adelante no peques más”.
Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas.
Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de "la revolución ignorada" por el cristianismo.
Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.
¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?
AMIGO DE LA MUJER
Tampoco yo te condeno.
Sorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea... De ningún profeta se dice algo parecido.
¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.
La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta a su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.
Los hombres las consideraban como ocasión y fuente de pecado. Desde niños se les advertía para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón.
Se entiende la reacción de Jesús cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidar- la. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.
Jesús no soporta la hipocresía social construida por el dominio de los hombres. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: el que esté sin pecado que arroje la primera piedra. Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.
Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: Tampoco yo te condeno. Vete, sigue caminando en tu vida y, en adelante, no peques más. Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero, de sus labios no saldrá condena alguna.
¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?
CAMBIAR
Tampoco yo te condeno.
Todos esperan que se sume al rechazo general a aquella mujer sorprendida en adulterio, humillada públicamente, condenada por escribas respetables y sin defensa posible ante la sociedad y la religión. Jesús, sin embargo, desenmascara la hipocresía de aquella sociedad, defiende a la mujer del acoso injusto de los varones y le ayuda a iniciar una vida más digna.
La actitud de Jesús ante la mujer fue tan “revolucionaria” que, después de veinte siglos, seguimos en buena parte sin querer entenderla ni asumirla. ¿Qué podemos hacer en nuestras comunidades cristianas?
En primer lugar, actuar con voluntad de transformar la Iglesia. El cambio es posible. Hemos de soñar con una Iglesia diferente, comprometida como nadie a promover una vida más digna, justa e igualitaria entre varones y mujeres.
Podemos ayudarnos a tomar conciencia de que nuestra manera de entender, vivir e imaginar las relaciones entre varón y mujer no proviene siempre del evangelio. Somos prisioneros de costumbres, esquemas y tradiciones que no tienen su origen en Jesús pues conducen al dominio del varón y la subordinación de la mujer.
Hemos de eliminar ya de la Iglesia visiones negativas de la mujer como “ocasión de pecado”, “origen del mal” o “tentadora del varón”. Hay que desenmascarar teologías, predicaciones y actitudes que favorecen la discriminación y descalificación de la mujer. Sencillamente, no contienen “evangelio”.
Hemos de romper el inexplicable silencio que hay en no pocas comunidades cristianas ante la violencia doméstica que hiere los cuerpos y la dignidad de tantas mujeres. Los cristianos no podemos vivir de espaldas ante una realidad,tan dolorosa y tan cercana. ¿Qué no gritaría Jesús?
Hay que reaccionar contra la “ceguera” generalizada de los hombres, incapaces de captar el sufrimiento injusto al que se ve sometida la mujer sólo por el hecho de serlo. En muchos sectores es un sufrimiento “invisible” que no se sabe o no se quiere reconocer.
En el evangelio de Jesús hay un mensaje particular, dirigido a los varones, que todavía no hemos escuchado ni anunciado con fidelidad.
MAGNANIMIDAD
Tampoco yo te condeno.
Siempre me ha sorprendido la actuación de Jesús, radicalmente exigente al anunciar su mensaje, pero increíblemente comprensivo al juzgar la actuación concreta de las personas.
Tal vez, el caso más expresivo es su comportamiento ante el adulterio. Jesús habla de manera tan radical al exponer las exigencias del matrimonio indisoluble, que los discípulos opinan que, en tal caso, “no trae cuenta casarse”. Y, sin embargo, cuando todos quieren apedrear a una mujer sorprendida en adulterio, es Jesús el único que no la condena.
Así es Jesús. Por fin ha existido alguien sobre la tierra que no se ha dejado condicionar por ninguna ley y ningún poder. Alguien grande y magnánimo que nunca odió, ni condenó ni devolvió mal por mal. Alguien a quien se mató porque los hombres no pueden soportar el escándalo de tanta bondad.
Sin embargo, quien conoce cuánta oscuridad reina en el ser humano y lo fácil que es condenar a otros para asegurarse la propia tranquilidad, sabe muy bien que en esa actitud de comprensión y de perdón que adopta Jesús, incluso contra lo que prescribe la ley, hay más verdad que en todas nuestras condenas estrechas y resentidas.
El creyente descubre, además, en esa actitud de Jesús el rostro verdadero de Dios y escucha un mensaje de salvación que se puede resumir así: “Cuando no tengas a nadie que te comprenda, cuando los hombres te condenen, cuando te sientas perdido y no sepas a quien acudir, has de saber que Dios es tu amigo. Él está de tu parte. Dios comprende tu debilidad y hasta tu pecado.”
Esa es la mejor noticia que podíamos escuchar los hombres. Frente a la incomprensión, los enjuiciamientos las condenas fáciles de las gentes, el ser humano siempre podrá esperar en la misericordia y el amor insondable de Dios. Allí donde se acaba la comprensión de los hombres, sigue firme la comprensión infinita de Dios.
Esto significa que, en todas las situaciones de la vida, en toda confusión, en toda angustia, siempre hay salida. Todo puede convertirse en gracia. Nadie puede impedirnos vivir apoyados en el amor y la fidelidad de Dios.
Por fuera, las cosas no cambian en absoluto. Los problemas y conflictos siguen ahí con toda su crudeza. Las amenazas no desaparecen. Hay que seguir sobrellevando las cargas de la vida. Pero hay algo que lo cambia todo: la convicción de que nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios.
En realidad, no es tan importante lo que nos sucede en la tierra. Al menos si vivimos desde esa fe que san Pablo expresaba así: “Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución... el peligro, la espada? Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida... ni lo presente ni lo futuro... ni criatura alguna podrá separarnos del amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 35-39).
UNA PUERTA SIEMPRE ABIERTA
No te condeno. Anda, y en adelante no peques más.
El hombre occidental se está dando cuenta de que ha estado excesivamente sometido, en estos últimos siglos, a una cultura de signo racionalista. Sin despreciar la aportación decisiva de la razón, comienza hoy a sentir hambre de otros alimentos necesarios también al espíritu. Así sucede con los “símbolos” que, rechazados como algo ingenuo que no responde a los postulados de un racionalismo estricto, comienzan a ser valorados de nuevo con creciente interés.
El símbolo no es una manera más poética de decir cosas ya sabidas por la razón. Es mucho más. El símbolo nos permite ir más allá de nosotros mismos para acercarnos a la verdad del ser y abrir nuestro espíritu a lo inefable y trascendente. Por eso, la pérdida de lo “simbólico” ha dañado tanto la experiencia religiosa y cristiana.
El evangelio de Juan nos recuerda uno de esos símbolos empleados por los primeros cristianos para designar a Cristo y que, en buena parte, han perdido hoy fuerza en la conciencia cristiana: “Yo soy la puerta —dice Jesús—, quien entre por mí se salvará” (Jn, 10, 9). Sin embargo, durante muchos siglos, el Cristo glorioso, representado en el tímpano de los pórticos de las catedrales, acogía a fieles y peregrinos al entrar en el templo. A todos se les advertía que no repararan en la materia con que estaba hecha la puerta, sino que elevaran sus ojos a Cristo, “puerta verdadera” que abre el acceso al Padre.
La puerta es lugar de paso entre dos ámbitos, entre lo conocido y lo desconocido, entre el mundo que habitamos y la vida que anhelamos. La puerta puede ser atravesada o simplemente mirada. Puede estar abierta o cerrada. Puede prohibir el paso o invitar a entrar. Puede cerrar el camino o abrir el acceso a la luz y la libertad.
El libro del Apocalipsis recoge estas palabras de Cristo: “Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar” (2, 8). Lo sabe muy bien el creyente que se ve envuelto en tinieblas, el que se siente esclavizado por el pecado, el que se encuentra hundido en el túnel de la depresión o el que espera con incertidumbre y pena la muerte ya próxima, cuando al no encontrar otra salida a sus angustias y anhelos acude a él buscando salvación.
Cristo es la “puerta verdadera” de la existencia (Christus vera iannua). La puerta siempre abierta que da acceso a la gracia, al perdón, a la luz y al amor del Padre. Felices los que la encuentran. Más aun los que entran por ella. El relato de la mujer adúltera es conmovedor. Esta mujer humillada, condenada por todos, avergonzada de sí misma, sin apenas horizonte de futuro, se encuentra con Cristo. Sus palabras la van a hacer pasar de la condena al perdón, del pecado a la inocencia, de la desesperación a la esperanza. “Yo no te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”
DISCRIMINACION DE LA MUJER
Tampoco yo te condeno.
Las corrientes feministas más radicales plantean el problema de la mujer en términos de lucha y combate. Es comprensible que, al tomar mayor conciencia de situaciones y comportamientos discriminatorios, se despierten en bastantes mujeres el resentimiento, la ira ola agresividad.
El problema está en saber si el camino violento y la mutua agresión entre los sexos nos llevarán al cambio deseado o provocarán un encono mayor y una reacción defensiva por parte del varón. Antes de enfrentar a los sexos en una batalla en la que, una vez más, saldrán derrotados los más débiles, parece necesario promover juntos una “revolución de las conciencias”.
En el fondo del problema está lo que la feminista Rosemary Ruether llama “distorsión fundamental” de las relaciones entre los dos sexos, y que se debe primordialmente a la conducta injusta y discriminatoria del varón. Una distorsión que nos deshumaniza a todos. No sólo a la mujer que se ve discriminada e infravalorada.
También al varón que se ve empobrecido al quedar privado de la debida aportación de la mujer. La revalorización de lo femenino y la igual dignidad de la mujer es tarea de todos, mujeres y varones, pues es enriquecedora para toda la humanidad.
Dentro de esta tarea común, hemos de eliminar ya de la conciencia social esa doble moral por la cual los mismos comportamientos son juzgados con diverso criterio, según se trate de mujeres o varones. No basta la mejora del ordenamiento jurídico y la legislación penal. Es necesaria toda una reeducación social.
¿Por qué la infidelidad del esposo ha de ser “una aventura” y la de la esposa adulterio de una mujer indigna? ¿Por qué la conversación entre vecinas va a ser chismorreo de charlatanas y la de los varones en un bar una divertida tertulia? ¿Por qué es provocativa la mujer que resalta su encanto y no el varón que cuida su aspecto físico?
Por otra parte, hemos de reaccionar con mayor fuerza contra la vergonzosa manipulación de la mujer como elemento decorativo y reclamo publicitario. Es indigna esa imagen de mujer vacía, entretenida en sus cosméticos, su gel o sus perfumes, acariciando coches o electrodomésticos, fácil de seducir con regalos, joyas o piedras preciosas, idiotizada por cualquier vendedor de detergentes que lavan más blanco.
La actitud de Jesús defendiendo a la mujer adúltera del acoso de los varones dispuestos a apedrearla nos ha de interpelar a todos los que, tal vez, nos sentimos sin pecado, pero no hacemos nada por cambiar una situación injusta y discriminatoria.
GUERRA CIVIL Y PERDON
Tampoco yo te condeno.
No son pocos los observadores que han hecho notar la ausencia de perdón en la sociedad moderna. Apenas se toma iniciativa alguna de perdón en el ámbito político, laboral o socio-económico y la experiencia de reconciliación es cada vez más rara en nuestra convivencia.
Y, sin embargo, la ausencia de perdón no es ningún signo de madurez y progreso en una sociedad. Los hombres necesitamos continuamente pedir perdón y perdonar. El perdón pertenece a la construcción misma de la convivencia humana.
Este año conmemoramos el cincuenta aniversario de la guerra civil española y con este motivo recordaremos de manera más viva que nuestra historia reciente es una historia de violencia y de muerte.
Sin duda, el aniversario será ocasión para rememorar hechos y recordar nombres de tantos seres queridos muertos en la contienda y borrados o manchados injustamente en esa historia escrita por los vencedores.
¿Será un recuerdo reconciliador o una operación dirigida a reactivar sentimientos de venganza y dar vida de nuevo a antagonismos y enfrentamientos difíciles de olvidar?
La actitud cristiana del perdón no consiste en trivializar la historia y olvidar ingenuamente las injusticias pasadas. Al contrario, el que perdona recuerda todo el horror del pasado pero lo hace para adoptar una postura innovadora y creadora hacia el futuro.
El que perdona recuerda para no repetir. Busca un futuro distinto del que nos viene impuesto por la violencia pasada. Trata de establecer otra relación nueva con los adversarios y antagonistas a quienes perdona.
El que perdona trata de romper esa lógica de la violencia que tiende a repetirse sin fin. El “ojo por ojo y diente por diente” no es innovador, nos introduce en la “lógica repetitiva de la violencia”, acumula inevitablemente mal, sufrimiento e injusticia.
Naturalmente, el que perdona sabe que asume un riesgo al renunciar a la fuerza o la venganza. Pero sabe que, sin ese riesgo, la historia no tiene futuro y la violencia se repetirá una y otra vez para mal de todos.
El pueblo vasco sabe lo que es sufrir en su propia carne esta violencia repetitiva y sin futuro: violencia y represión, terrorismo y antiterrorismo, muertos de un signo y de otro. Recordar heridas pasadas puede servir para potenciar la dinámica de esta violencia, pero puede ser también ocasión para escuchar la invitación al perdón de Aquel que no quiso “echar piedras” sobre nadie.
NO BASTA DESPENALIZAR
Tampoco yo te condeno.
La “batalla del aborto” se ha desatado. Pocas veces un problema de repercusiones humanas tan hondas habrá sido tan manipulado por oscuros intereses políticos e ideológicos.
Al analizar las diversas posiciones, uno no sabe exactamente dónde comienzan los intereses políticos de unos y otros, y dónde termina la búsqueda sincera de una profunda actitud moral.
Aturdido por enfrentamientos virulentos y polémicas apasionadas, no le es fácil al hombre sencillo de la calle ver con claridad cuál puede y debe ser su postura más humana y coherente con su fe.
La actitud de Jesús ante la mujer adúltera y sus acusadores nos obliga a todos a desenmascarar nuestras posibles hipocresías para preguntarnos sinceramente cuál es la raíz última de nuestra posición personal.
Quien conozca la pasión de Jesús por la vida y descubra en él al Dios que ha venido a la tierra a poner vida donde los hombres ponen muerte, no podrá defender desde su corazón creyente una política abortista que mata la vida.
Pero, al mismo tiempo, quien conozca el amor salvador de Jesús a cada persona y su pasión por cada ser humano, no pretenderá ayudar a las mujeres abortistas con la simple amenaza de una pena de cárcel.
La actitud de Jesús nos obliga, antes que nada, a no tomar postura sin sentirnos, de alguna manera, implicados.
¿Es tan extraño el aborto en una sociedad en la que estamos “abortando” de tantas maneras la vida de las personas, el amor generoso al necesitado y la defensa del desvalido?
¿No estamos creando entre todos una sociedad violenta e insolidaria que no defiende ni ayuda debidamente a la mujer violada ni apoya adecuadamente a la madre del disminuido?
¿No serán cada vez más las mujeres que recurran al aborto, si seguimos desentendiéndonos de las familias abrumadas por la necesidad y la miseria, y si seguimos promoviendo una cultura colectiva que sólo busca bienestar?
Como alguien ha dicho, “la vida no es de izquierdas ni de derechas”. Todos debemos sentirnos llamados a luchar para que ninguna vida quede truncada.
Pero esto no lo lograremos sólo con leyes ni con despenalizaciones, sino con una actitud de solidaridad, defensa y apoyo a quien tiene derecho a nacer y a quien tiene derecho a que se le ayude a dar vida.
LANZAR PIEDRAS
El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.
En el interior de toda sociedad encontramos modelos de conducta que, explícita o implícitamente, configuran el actuar y el ser del hombre. Son modelos que determinan en gran parte nuestra manera de pensar, actuar y vivir.
Pensemos solamente en la ordenación jurídica de nuestra sociedad. La convivencia social está regulada por una determinada estructura legal que depende, sin duda, de una determinada concepción del hombre.
Incluso en la moderna sociedad pluralista es necesario llegar a un acuerdo o consenso que haga posible la convivencia. Entonces, se va configurando un ideal jurídico de ciudadano, portador de unos derechos y sujeto de unas obligaciones. Y es este ideal jurídico el que se va imponiendo con fuerza de ley en la sociedad.
Pero esta ordenación legal necesaria, sin duda, para la convivencia social, no puede llegar a comprender de manera adecuada la vida concreta de cada hombre y cada mujer en toda su complejidad, su fragilidad y su misterio.
La ley tratará de medir con justicia a cada hombre, pero difícilmente puede tratarlo en cada situación como un ser concreto que vive y padece su propia existencia de una manera única y original.
Por eso, aunque la ley sea justa, su aplicación puede ser injusta sino se atiende a cada hombre y cada mujer en su situación personal única e irrepetible.
¡Qué cómodo es juzgar a las personas desde criterios seguros! Hay hombres de bien y gente indeseable. Personas de solvencia y hombres “con antecedentes penales”. Bienhechores de la sociedad y malhechores...
Qué fácil y qué injusto apelar al peso de fa ley para condenar a tantas personas marginadas, incapacitadas para vivir integradas en nuestra sociedad, conforme a la “ley del ciudadano ideal” (hijos sin verdadero hogar, jóvenes delincuentes de barrio, vagabundos analfabetos, drogadictos sin remedio, ladrones sin posibilidad de trabajo, prostitutas sin amor alguno, esposos fracasados en su amor matrimonial...).
Frente a tantos enjuiciamientos y condenas fáciles, Jesús nos invita a no condenar fríamente a los demás desde la pura objetividad de una ley, sino a comprenderlos desde nuestra propia conducta personal.
Antes de arrojar piedras contra nadie, hemos de saber juzgar nuestro propio pecado. Quizás descubramos entonces, que lo que muchas. personas necesitan no es la condena de la ley sino que alguien las ayude y les ofrezca una posibilidad de rehabilitación.
Lo que la mujer adúltera necesitaba no eran piedras sino una mano amiga que la ayudara a levantarse.
CREER EN EL PERDÓN
Bastantes piensan que la culpa es algo introducido en el mundo por la religión: si Dios no existiera, no habría mandamientos, cada uno podría hacer lo que quisiera y, entonces, desaparecería el sentimiento de culpa. Suponen que es Dios el que ha prohibido ciertas cosas, el que pone freno a nuestros deseos de gozar y el que, en definitiva, genera en nosotros esa sensación de culpabilidad.
Nada más lejos de la realidad. La culpa es una experiencia misteriosa de la que ninguna persona sana se ve libre. Todos hacemos en un momento u otro lo que no deberíamos haber hecho. Todos sabemos que nuestras decisiones no son siempre transparentes y que actuamos más de una vez por motivos oscuros y razones inconfesadas.
Es la experiencia de toda persona: no soy lo que debía ser, no vivo a la altura de mí mismo. Sé que podría muchas veces evitar el mal; sé que puedo ser mejor, pero siento dentro de mí 'algo' que me lleva a actuar mal. Lo decía hace muchos años Pablo de Tarso: “No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm. 7,19). ¿Qué podemos hacer?, ¿cómo vivir todo esto ante Dios?
El Credo nos invita a “creer en el perdón de los pecados”. No es tan fácil. Afirmamos que Dios es perdón insondable, pero luego proyectamos constantemente sobre él nuestros miedos, fantasmas y resentimientos oscureciendo su amor infinito y convirtiendo a Dios en un ser justiciero del que lo primero es defenderse.
Hemos de liberar a Dios de los malentendidos con los que deformamos su verdadero rostro. En Dios no hay ni sombra de egoísmo, resentimiento o venganza. Dios está siempre volcado sobre nosotros apoyándonos en ese esfuerzo moral que hemos de hacer para construirnos como personas. Y ahora que hemos pecado, sigue ahí como “mano tendida” que quiere sacarnos del fracaso.
Dios sólo es perdón y apoyo aunque, bajo el peso de la culpabilidad, nosotros lo convirtamos a veces en juez condenador, más preocupado por su honor que por nuestro bien. La escena evangélica es clarificadora. Todos quieren “echar piedras” sobre la adúltera, todos menos Jesús. Todos quieren convertir a Jesús en “juez condenador”, pero él, lleno de Dios, reacciona de manera sorprendente: “No te condeno. Anda y, en adelante, no peques más”.
QUIEN SE ATREVE A CONDENAR, NO HABLA EN NOMBRE DE DIOS
Fray Marcos
Jn 08, 01-11
INTRODUCCIÓN
La principal característica de las tres lecturas de hoy es que nos invitan a mirar hacia adelante. Isaías desde la opresión del destierro, promete algo nuevo para su pueblo. Pablo quiere olvidarse de lo que queda atrás y sigue corriendo hacia la meta. Jesús abre a la adúltera un horizonte de futuro que los fariseos estaban dispuesto a cercenar.
El encuentro con el verdadero Dios nos empuja siempre hacia lo nuevo. En nombre de Dios nunca podemos mirar hacia atrás. A Dios no le interesa para nada nuestro pasado. A mí debería interesarme, solo en cuanto me permite descubrir mis verdaderas actitudes del presente y ver lo que tengo que rectificar. En este tiempo de cuaresma, que es camino hacia la Pascua (plenitud), es interesante que recordemos esto.
CONTEXTO
El texto que acabamos de leer está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y, seguramente ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos y ninguno de los Santos Padres lo comenta.
Está más de acuerdo con la manera de redactar de Lucas; incluso aparece incorporado a este evangelio en algunos códices. Está garantizado que es un relato muy antiguo y su mensaje está muy de acuerdo con todos los evangelios, incluido el de Juan.
Puede ser que la supresión y los cambios se deban a su increíble mensaje de tolerancia y perdón, que se podía interpretar como lasitud o permisividad, en un tema tan sensible como el sexual.
EXPLICACIÓN
En el relato, se destaca de manera clara el "fariseísmo" de los letrados y fariseos, acusando a la mujer y creyéndose ellos puros. Si con toda certeza saben que es culpable, ¿por qué no la ejecutan ellos? No aceptan las enseñanzas de Jesús, pero con ironía le llaman "Maestro".
El texto nos dice expresamente que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, no sólo perdería su fama de bondad y misericordia, sino que iría contra el poder civil, que desde el año treinta había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba abiertamente en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente. Como tantas veces, en el evangelio, los jefes religiosos están buscando la manera de justificar la condena de Jesús.
También queda patente el absoluto menosprecio por la mujer. Si los pescaron "in fraganti", ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos).
Hay que tener en cuenta que se consideraba adulterio la relación sexual de un casado con una mujer casada, no la relación de un casado con una soltera. ¿Por qué? Muy sencillo: la mujer se consideraba propiedad del marido, con el adulterio se perjudicaba al marido, por apropiarse de algo que era de él (la mujer). Cuando el marido engañaba a su mujer con una soltera, su mujer no tenía ningún derecho a sentirse ofendida.
¡Cómo iba a estar de acuerdo Jesús con esta aberración! ¡Como iba a considerar venida de Dios, una Ley que estaba de acuerdo con esta desigualdad humillante! ¡Qué poco han cambiado las cosas en dos mil años! Hoy seguimos midiendo con distinto rasero la infidelidad del hombre y de la mujer.
Aparentemente, Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o "privilegio" del testigo. De ese modo se quería implicar de una manera rotunda en la ejecución y evitar que se acusara a la ligera a personas inocentes. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución.
Nos está diciendo que aquellos hombres todos acusaban, pero nadie quería hacerse responsable de la muerte de la mujer. En una ocasión, Jesús tuvo que advertir que no vino a abolir la Ley sino a darle plenitud; porque buscando la auténtica justicia algunos le acusaban de falta de legalidad, por ir más allá de la Ley.
En contra de lo que nos repetirán hasta la saciedad durante estos días, Jesús perdona a la mujer, antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón, sino que es el descubrimiento del amor incondicional lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida.
Tenemos aquí otro gran margen para la reflexión. El perdón por parte de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor y está en mí.
APLICACIÓN
Es incomprensible e inaceptable que después de veinte siglos, siga habiendo cristianos que se identifiquen con la postura de los fariseos. Sigue habiendo "buenos cristianos" que ponen el cumplimiento de la "Ley" por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el Dios de Jesús, el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la "Ley".
El PADRE estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor. La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero.
Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. La persona estaba sometida al imperio de la Ley. Por eso no tienen ningún reparo en sacrificarla en nombre de ese Dios inmisericorde. Por el contrario, Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada. Todo tiene que estar al servicio de los individuos.
Ésta es la enseñanza más original de Jesús. Desde el Paleolítico, los seres humanos buscaron verse libres de sus culpas por medio de un "chivo expiatorio". En todas las culturas y en todas las religiones, podemos encontrar esta exigencia de los dioses. El colmo de esta servidumbre fue el sacrificio de un ser humano como medio de aplacar a los dioses. Una persona "elegida" como instrumento de propiciación y sacrificada, garantizaba la supervivencia y el bienestar del resto del pueblo.
Jesús nos dice que lo más preciado para Dios es precisamente la persona concreta. Que la causa del Dios es la causa de cada ser humano. Lo más contrario a Dios es machacar a un ser humano, sea con el pretexto que sea.
En esta celebración de Semana Santa, es muy importante que seamos capaces de no aplicar a Jesús precisamente lo que vino a desbaratar. Explicar la muerte de Jesús como sacrificio exigido por Dios para poder amarnos, va en contra de la esencia del mensaje del mismo Jesús. La muerte de Jesús es fruto de la estupidez humana, no exigencia de Dios.
Ni siquiera debemos estar mirando a lo negativo que ha habido en nosotros. El pecado es siempre cosa del pasado. No habría pecado ni arrepentimiento si no tuviéramos conciencia de que podemos hacer las cosas mejor de lo que las hemos hecho.
Con demasiada frecuencia la religión nos invita a revolver en nuestra propia mierda, sin hacernos ver la posibilidad de lo nuevo, que seguimos teniendo, a pesar de nuestros fallos. Dios es plenitud y nos está siempre atrayendo hacia Él. Esa plenitud hacia la que tendemos siempre estará más allá. Será como un anhelo que nos dejará sin aliento por lo no conseguido. Será como el horizonte que se aleja en la medida que queremos alcanzarlo.
En la relación con el Dios de Jesús tampoco tiene cabida el miedo. El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. Miedo a no conseguir lo que deseamos, o miedo a perder lo que tenemos. Una y otra vez Jesús repite en el evangelio: "no tengáis miedo".
El miedo paraliza nuestra vida espiritual, metiéndonos en un callejón sin salida. El acercamiento al verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.
El evangelio nos descubre la posibilidad que tiene el ser humano de enfocar su vida de una manera distinta a la habitual. La "buena noticia" consiste en que el amor de Dios al hombre es incondicional, es decir no depende de nada ni de nadie. Me ama porque es amor. Su esencia es el amor y no puede dejar de amar sin destruirse a sí mismo.
Pero nosotros seguimos empeñados en mantener la línea divisoria entre el bueno y el malo. Fijaros que Jesús lo que hace es destruir esa línea divisoria. ¿Quién es el bueno y quien es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro hasta la muerte? El fariseísmo sigue arraigado en lo más hondo de nuestro ser.
La parábola del domingo pasado nos puede dar pistas para entender el episodio de hoy, que no es una parábola, sino un suceso concreto. La adúltera ha desplegado su hermano menor y se cree digna de condena. Los fariseos actúan desde su hermano mayor y se creen con derecho a condenar. Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres.
Tanto el menor como el mayor tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.
Seguimos empeñados en echar la culpa al otro, y naturalmente es el otro el que tiene que cambiar. Los tres personajes conviven en cada uno de nosotros y, aunque esa sea la meta, nunca nos podremos desembarazar, del todo, de los dos hermanos para llegar a ser el Padre.
Meditación-contemplación
Tampoco yo te condeno.
Jesús nos dice, sin paliativos, que Dios no condena.
Todo aquel que se atreve a condenar, no habla en nombre de Dios.
Mientras esto no lo tenga claro, no daré un paso en la vida espiritual.
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Si uno te ayuda a descubrir tus fallos,
te está ayudando a encontrar el camino de tu plenitud.
Si alguien te convence de que eres una piltrafa,
te está metiendo por un callejón sin salida.
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Dios no es un ser que ama. DIOS ES AMOR y solo amor.
Cuando atribuimos cualidades a Dios, lo ridiculizamos.
Si descubro ese AMOR en lo más hondo de mí,
todo mi ser quedará empapado, trasformado en amor.
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JUGAMOS A PENSAR QUE SOMOS LIBRES
Enrique Martínez Lozano
Jn 08, 01-11
¿Qué es más importante: la norma o la persona? La ley judía, tal como indican quienes llevan a la mujer ante Jesús, exigía la muerte de los adúlteros: "Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte" (Libro del Levítico 20,10); "Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos" (Libro del Deuteronomio 22,22). Aunque en una cultura machista, quien realmente moría era la mujer.
Con frecuencia, la violación de la norma se ha pagado con la muerte. De ese modo, los grupos humanos buscaban protegerse frente a comportamientos "desviados" que podían poner en peligro la estabilidad social.
A nivel individual, el motivo tiene que ver también con la seguridad: el individuo se siente seguro y resguardado de imprevistos cuando ve que las normas son respetadas.
Desde el lado religioso, la norma se reviste de un "manto sagrado" que puede hacerla "intocable" e infinitamente más rígida, al ser presentada y considerada como expresión de la voluntad divina. Nos encontramos, de nuevo, con lo que aparecía en el comentario de la semana pasada: la religión suele entender la norma como expresión de los "intereses de Dios" frente a los intereses del ser humano, dando como resultado un planteamiento en clave de rivalidad.
En esa confrontación, es claro que los supuestos intereses de Dios han de estar siempre por encima de los humanos; lo contrario es considerado "pecado". Y, por esa misma razón, la persona religiosa puede convertirse en fanática, arrogándose nada menos que la defensa de la Voluntad divina. Así se explica la obcecación cruel de quienes, en nombre de la Ley, no dudan en apedrear a una mujer hasta la muerte.
Mientras la persona se halla identificada con ese modo de ver, no se cuestiona su actitud: aunque sea dar muerte a alguien, eso es "lo que se debe hacer". Pero apenas tomamos un mínimo de distancia, empiezan los interrogantes: ¿Qué religión es esa en cuyo nombre se pueden matar personas y que no defiende al ser humano por encima de cualquier otro valor?
Se trata, sencillamente, de una religión que, al absolutizarse, se ha pervertido, porque se ha confundido de Dios, olvidando que Dios no puede ser sino Vida para todos sus hijos.
Ese riesgo suele acechar a la persona religiosa..., mientras no desmonta sus ideas sobre Dios. Una prueba de ello es que este pasaje que comentamos fue omitido en la mayoría de los códices y a punto estuvo de perderse. Finalmente, ya en el siglo V, recaló en el cuarto evangelio, aunque ciertamente no es joánico; parece más propio de Lucas. Quizás el motivo por el que terminó aterrizando aquí sea el texto que vienen un poco más adelante: "Yo no juzgo a nadie" (Juan 8,15).
Lo que la peripecia de este texto pone de relieve es la tendencia humana a asegurar el cumplimiento de la norma, así como el miedo a admitir excepciones a la misma. En definitiva, aquella comunidad primera, probablemente por su rigidez frente al adulterio, tuvo miedo de la actitud libre y perdonadora de Jesús, hasta el punto de silenciar (censurar) su novedad.
Es esa novedad precisamente la que destaca el relato. Frente a una religión que condena, Jesús es perdón sin reservas. Sus palabras a los acusadores parecen reproducir aquellas otras cargadas también de sabiduría: "¿Cómo te atreves a decir a tu hermano: déjame sacarte la mota del ojo, mientras llevas una viga en el tuyo?" (evangelio de Mateo 7,4).
A lo largo del evangelio, Jesús ofrece perdón gratuito, mostrando de ese modo a un Dios "diferente": no amenazante ni condenador, sino compasión incondicional.
Esta manera de ofrecer el perdón pareciera indicar que es también nuestro mismo concepto de "pecado" el que debemos modificar. Para una religión basada en la norma –y, en consecuencia, en el "mérito"-, el pecado aparecía revestido de malicia consciente y deliberada, por lo que la persona se hacía acreedora de la culpa y el castigo.
Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que el pecado se vincula, antes que nada, a la ignorancia. ¿Por qué hacemos el mal? Porque, como diría el propio Jesús, "no saben lo que hacen" (evangelio de Lucas 23,34).
No en vano, el término griego "hamartía" (pecado) significa literalmente "errar el blanco". Al Buda se le atribuyen también estas palabras: "Si realmente supiéramos lo que es el bien, lo haríamos siempre". Similares a las que dijera Sócrates: "Nadie hace el mal salvo por ignorancia de su lugar en el mundo o del bien".
Evidentemente, la ignorancia de la que aquí se habla no es el mero "no saber" el código de moral o la lista de mandamientos. Se trata más bien de la "oscuridad" e inconsciencia en la que se halla nuestra mente, objeto de un sinfín de condicionamientos de los que, en la mayoría de los casos, ni siquiera somos conscientes, porque ocurren en la zona oscura de nuestro psiquismo.
No hemos elegido nuestros genes, tampoco a nuestros padres ni el entorno en el que hemos nacido y crecido, con toda la serie de "mensajes" que se han grabado, casi indeleblemente, en nuestro interior: ¿dónde queda la supuesta libertad? Por otro lado, los neurólogos nos dicen que el pensamiento se produce cinco segundos antes de que nos demos cuenta de él; si tampoco elegimos nuestros propios pensamientos, ¿a qué se reduce la libertad?
Pero incluso, desde la perspectiva no-dual, si no existe el "yo" como una entidad independiente, sino sólo como una ficción creada por nuestra mente, al apropiarse de sus propios contenidos mentales, ¿"quién" sería el supuesto sujeto libre?
Finalmente, cada persona puede experimentarlo por sí misma. Si vuelvo la vista atrás, hacia mi pasado, ¿puedo decir, de un modo riguroso, que fui yo quién decidí mis actos, o no fueron más bien ellos los que sencillamente ocurrieron? Si analizo sólo "mis" acciones de ayer, ¿puedo decir con verdad que fui yo el hacedor libre de ellas, o no fue sencillamente una serie de reacciones condicionadas por los diferentes estímulos, de acuerdo a la programación recibida de los genes y de los diferentes condicionamientos padecidos a lo largo de mi historia?
Es indudable que, a un nivel relativo, jugamos a la ficción de pensar que somos libres, y sobre esa ficción descansa, en cierto sentido, nuestra sociedad. Sin embargo, a un nivel profundo, a ese mismo nivel en el que descubrimos la inconsistencia del "yo", venimos a reconocer que no existe lo que llamamos el "hacedor individual", sino que los "yoes" son sencillamente diferentes "papeles" que crea la Conciencia en toda esta representación que es el mundo que conocemos.
En esta perspectiva, no hay lugar para el mérito ni para el orgullo; tampoco para la culpa ni para el juicio o condena del otro. Todo está sencillamente "programado" por la Conciencia. Todo es un "juego" o "sueño" de Dios. Siendo así, ¿cabe otra actitud que no sea la del perdón?
De entrada, el ser humano tiende a despreciar este tipo de afirmaciones, porque venimos de una identificación con el yo, o mejor, con una "idea del yo" como entidad independiente, consistente, libre y, por tanto, responsable, merecedora de premio o castigo. Y es ese "yo" el que, después de haberse considerado como protagonista autónomo, se resiste a ver su propia inconsistencia. Porque negar su presunta libertad equivale a reconocer su carácter de "marioneta". Pero, como decía antes, cualquier persona puede empezar a experimentarlo por sí misma, con tal de que analice rigurosamente lo que llama "sus" acciones.
Descubierto el carácter vacío del yo, no sólo desaparecen el orgullo, el miedo, la culpabilidad, el juicio y el odio –que no es poco-, sino que nos apercibimos de que somos la Conciencia atemporal, la Presencia ilimitada, que se expresaba en esta forma concreta. Hemos nacido a nuestra identidad más profunda.
LA HUMANIDAD ES UNA COMUNIDAD DE PECADORES
José Enrique Galarreta
Jn 08, 01-11
El fragmento se inserta en la penúltima estancia de Jesús en Jerusalén, con motivo de la "Fiesta de las Tiendas", una gran fiesta religiosa anual que se celebraba desde antes del Exilio. Es la fiesta del cumplimiento de la Promesa, la fiesta mesiánica por excelencia.
El símbolo fundamental era el agua, como signo de abundancia y de bendición de Dios, y las chozas de ramaje que se hacían alrededor de la ciudad, recordando la peregrinación por el desierto, desde las que se hacían procesiones rituales a las fuentes de Gijón, que brotaban en la ladera sudeste de la colina del Templo y derramaban el agua a la piscina de Siloé. Jesús ha aprovechado este simbolismo para declararse:
Si alguno tiene sed, que venga a mí,
que beba el que cree en mí.
Como dice la Escritura,
de su seno brotarán corrientes de agua viva.
Todo ello provoca la áspera disputa con las autoridades sobre la autoridad de Jesús, y discusiones entre la gente acerca de Jesús. Finalmente, los jefes mandan una patrulla para prenderle, pero los guardias se vuelven sin arrestarle diciendo: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como ese hombre!". ¡Qué admirable poder de la presencia y la palabra de Jesús, que deja embobados e inermes incluso a los policías que van a detenerle!
En este contexto se inserta el pasaje del evangelio de hoy. No es un texto original de Juan: es una adición posterior. Por sus características internas y literarias se parece mucho a Lucas. Incluso en algunos manuscritos antiguos se coloca en Lucas, después del 21, 38, es decir, al final de las últimas discusiones en el templo, inmediatamente antes del relato de la Pasión. De todas maneras nadie discute su autenticidad y es seguro que es un relato contemporáneo a los Evangelios, desplazado aquí por razones que conocemos mal.
El relato se podría incluir entre las "trampas" que se van poniendo a Jesús para desautorizarle. La discusión sobre el tributo al César, la cuestión de la Resurrección, el primer Mandamiento, el cuestionamiento de su autoridad... Esta vez la trampa es mortal. Condenar a la mujer, aparte de posibles problemas jurídicos sobre autoridad para condenar a muerte, supone que toda la doctrina del perdón no se lleva a la práctica. Perdonar a la mujer significa quebrantar la Ley de Moisés, "autorizar" el pecado. Es una trampa perfecta, rabínica, un callejón sin salida.
Jesús tenía una escapatoria; como lo hizo en Lucas 12,13 podía decir: ¿quién me ha nombrado a mi juez en Israel? Pero entonces lapidarían a la mujer. Y es eso lo que quiere evitar Jesús, a toda costa.
La escena, por otra parte, es soberbia, incluso literariamente: el escenario, un pórtico del Templo. Multitud de gente rodeando a Jesús, sentado, como un rabino prestigioso. Un espacio libre en el centro, y allí, la mujer en pie y los sabios y santos del pueblo acosando a Jesús...
Como siempre, sin embargo, Jesús demuestra que todas esas dificultades están situadas en plano jurídico humano muy inferior, y "vuela" sobre ellas en una interpretación mucho más profunda. Varias son las frases determinantes.
"Aquél de vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra"
¿Quién es el hombre para juzgar de los pecados de los hombres? La primera tremenda verdad que pasaban por alto aquellos jefes religiosos es que se consideran jueces de la conciencia de los demás. Y esto pertenece sólo a Dios.
Pero, por encima de esto, hay otra lección más profunda, repetida en varios momentos por Jesús: ¿Por qué te consideras justo? La humanidad no está dividida en "justos" y "pecadores". La humanidad es una comunidad de pecadores, por lo que necesita del perdón para sobrevivir.
(La viga en tu ojo y la paja en ojo ajeno - El Fariseo y el Publicano - La parábola de los dos deudores - Todo ello culminación de la estupenda intuición del libro de Jonás: "pues si tú te contristas porque muere un arbusto, ¿no se va a preocupar Dios de la muerte de tantos hombres...?" Y, por encima de todo, la Parábola del Hijo Pródigo, que leímos el domingo pasado, en que muestra cómo es Dios respecto a los pecadores.)
Pero hay que recordar aquí que los escribas y los fariseos no hacen más que aplicar la ley, la ley de Moisés, la ley de "Dios":
§ LEVÍTICO 2,10: si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto, tanto el adúltero como la adúltera.
§ DEUTERONOMIO 22,22: si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos... Así harás desaparecer de Israel el mal.
¿Es que para Jesús La Ley no es válida? ¿No hay que cumplir la Ley de Dios? ¿No es Palabra de Dios?
Al responder a esta pregunta nos encontramos con dos sorpresas, fundamentales para entender lo de Jesús:
1. Que sólo podemos afirmar que el Antiguo testamento es Palabra de Dios cuando es recogido por Jesús. Cuando es superado, corregido o negado por Jesús (recordemos Mateo 5,43 "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos...") no podemos entenderlo más que como pura provisionalidad, la manera, imperfecta, de entender la Palabra que se hizo en un tiempo muy lejano a la mentalidad de Jesús.
2. Que Jesús supera la Ley en un sentido muy profundo: salvar a la persona es antes que cumplir la ley. Los escribas y fariseos quieren observar la ley matando a la persona. Jesús quiere salvar a la persona aun forzando la ley. No es el hombre para el Sábado sino el Sábado para el hombre.
Así, Jesús revela a Dios. Dios no es el que busca la justicia por el castigo. Dios es el que quiere salvar del pecado. Y nosotros los hombres o somos así o vamos contra Dios. Salvar al pecador, liberar del pecado es la obsesión de Jesús. Y por eso se indigna contra los "justos", porque en primer lugar no lo son, sino que son tan ciegos que no saben que son pecadores; y en segundo lugar porque, si lo son, es porque han recibido de Dios mucho más que otros, para que puedan salvar más.
"Tampoco yo te condeno. Vete en paz y no peques más"
Una vez más, Jesús ha actuado como Salvador, como Médico. Intenta ante todo curar a la mujer, y curar a los orgullosos letrados y fariseos, que son pecadores, están enfermos, pero no se dan cuenta, y ésa es su más grave enfermedad.
Es importante, sin embargo, darnos cuenta de que el mensaje no es que el pecado no tiene importancia. El pecado es una grave, quizá gravísima enfermedad. Quizá una enfermedad mortal. Una cosa es perdonar y otra decir que el pecado es indiferente. Todo el Antiguo Testamento muestra esta doble línea: la gravedad del pecado, que hace que el hombre pierda el paraíso, que desencadena el Diluvio (y así, cientos de textos) y el incesante trabajo de Dios por salvar al hombre del pecado.
Esta misma línea se recoge en el Nuevo Testamento. El pecado del mundo es el que le cuesta a Dios la Encarnación ("Tanto amó Dios al mundo que... no escatimó ni a su propio Hijo..."), el que le cuesta a Jesús la muerte en cruz.
El pecado es la muerte del hombre, y por tanto la preocupación de Dios, que no quiere que nadie se pierda (El Buen Pastor, la Oveja Perdida, la Mujer y las Cinco Monedas...). Pero Dios está para salvar, para evitar que el hombre se pierda.
Nos viene a la memoria la "última acción de Salvador" de Jesús. Mientras le crucifican va diciendo "Perdónales porque no saben lo que hacen". Y casi justo antes de morir, acepta al ladrón que no le dice más que "no te olvides de este pecador".
Por ello, recordamos que Jesús no revela a Dios simplemente con sus palabras, con su mensaje. Es Él mismo el que revela a Dios. En Él vemos cómo es Dios. Y Dios es así: capaz de jugarse la vida - y de perderla - por una mujer pecadora.
Después de este texto, el Evangelio de Juan coloca dos acciones salvadoras de Jesús, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, y una áspera polémica con los fariseos y letrados. A continuación, se reúne el Consejo y le condenan a muerte.
Retornamos al texto de Pablo. "Todo es pérdida ante el conocimiento sublime de Jesús": Conocido Jesús, todo lo demás es basura. Éste es el Jesús tras el cual corremos, el que da tal sentido a la vida que todo lo demás es basura. Corremos tras Él no por nuestras obras justas ante la ley, sino porque es agua fecunda, porque vivir así es vivir, porque esta es una Nueva Vida mejor y más dura y más limpia, y porque creemos - al verle resucitado - que es LA VIDA.
Si Jesús es Médico Salvador es porque en Él resplandece el Espíritu de Dios Médico y Salvador. Y si nosotros seguimos a Jesús, en nosotros ha de resplandecer ese mismo Espíritu. Dios es mi médico y mi salvador.
Esto significa ante todo que la luz de Dios descubre el pecado que hay en mí. Medio a oscuras no se ven las manchas. Con buena luz se ve enseguida que estamos manchados. Es la primera consecuencia del conocimiento de Dios: sentirnos pecadores.
Esto lo vio claramente el Antiguo Testamento, poniendo enorme distancia entre el Dios Santísimo y el hombre pecador, y representándolo en el Templo, con su Santuario inaccesible, oculto tras el Velo. Pero el Antiguo testamento no vio tan claramente que entre los hombres pecadores y Dios Santísimo no debe haber lejanía, porque Dios Santísimo es el Médico Salvador.
Por tanto, nuestra actitud ante todos los hombres nunca es de condena, porque sabemos que no son culpables sino enfermos, como nosotros mismos. Y no les ofrecemos la salud nosotros los sanos, sino nosotros tan enfermos como ellos.
Ninguna soberbia, ninguna superioridad, ningún sentido de que nosotros somos más que nadie: sedientos como todos, sabemos dónde está la fuente y compartimos el agua que hemos recibido. Oscuros como todos, nuestra mecha se ha encendido en el Fuego del Espíritu y procuramos que todo se encienda en él.
Porque hemos entendido el sentido de la vida cristiana: dejar atrás todos los valores intrascendentes para dedicarse a la gran Misión: colaborar con el Salvador, ayudar a curar el mal del mundo.
La fuente de todo esto es el descubrimiento del amor de Dios. Dios ama. En el comportamiento de los fariseos y de Jesús frente a la mujer adúltera hay una diferencia esencial. A Jesús le importa la mujer, le quiere, quiere que salga de sus pecados. A los otros les importa sólo que se cumpla la Ley.
Y éste es el secreto: si descubrimos que Dios nos quiere empezaremos a querer, nos sentiremos hermanos en la enfermedad y procuraremos compartir la medicina. Esta es la diferencia entre Jesús, el hombre lleno del Espíritu, y nosotros, en quienes el Espíritu aún lucha con las tinieblas. Jesús es la Salud plena, el Agua pura, la Luz total, porque "en Él reside toda la plenitud de la Divinidad".
Nosotros somos enfermos en camino de curación, luz y sombras, agua no muy limpia. Quizás, sin embargo, por eso mismo podemos ser buenos médicos, porque sufrimos en nuestra propia carne la enfermedad y comprendemos bien lo que necesitan otros enfermos como nosotros.
LA MUJER ADÚLTERA E INDEFENSA
Marifé Ramos González
Jn 8, 1-11
Nos acercamos a la Buena Noticia de este domingo desde tres perspectivas diferentes:
En primer lugar seguimos la recomendación de san Ignacio de Loyola y nos situamos en la escena “como si presentes nos hallásemos”. La imaginación y la empatía nos ayudarán a conectar con el texto.
En las últimas excavaciones realizadas junto a la muralla de Jerusalén han encontrado una vasija con un manuscrito. El texto dice así:
Esdras, escriba de Jerusalén, a la comunidad cristiana que se reúne los domingos en casa de Leví, para celebrar la cena del Señor:
Me habéis pedido que escriba todo lo que recuerdo del día en que quisieron apedrear a una mujer sorprendida en adulterio. Aunque han pasado varios años desde entonces lo recuerdo como si fuera hoy, porque nunca había visto nada parecido. Y tal como recuerdo el episodio os lo narro, con toda fidelidad, para que se mantenga viva la memoria de Jesús.
Yo tenía mi mesa de escriba en la explanada del templo. Allí iba la gente a pedirme que le redactara todo tipo de documentos. Sobre todo me pedían el “libelo de repudio”, con ese documento los maridos podían repudiar a sus esposas y romper el contrato matrimonial. Escribí cientos de libelos.
A menudo me temblaba la mano al firmarlos, porque pensaba en la situación en la que quedarían las mujeres que no podían volver con sus familias y vagarían por las calles, por motivos tan sucios como que se les había quemado la comida o se habían entretenido con sus amigas hablando en la fuente. Pero era mi trabajo y gracias a él podía llevar cada día unos denarios a casa.
La explanada, como cada día, estaba llena de gente que entraba y salía del templo. A menudo formaban corrillos de paisanos que comentaban la situación política de Israel. Cerca de donde yo me sentaba a diario a trabajar se sentaba Jesús a predicar.
De repente hubo un alboroto tremendo. Vi que un grupo de hombres avanzaba hacia Jesús en medio de un fuerte griterío. Cuando se iban acercando me di cuenta de que en medio del grupo caminaba a trompicones la mujer que hace unos días había sido sorprendida en adulterio.
Los hombres formaron un corro en torno a Jesús y el anciano Cleofás empujó con tanta fuerza a la mujer hacia el centro del corro que ella cayó al suelo; se quedó tirada, sin atreverse a levantar la vista.
El grupo gritaba casi al unísono: “Hay que matarla, alejemos el mal de entre nosotros…”
Jesús les miró fijamente y les dijo:
- ¿Qué trampa queréis tenderme hoy?
Ellos se quedaron sorprendidos. Y Elimas, el fariseo más anciano del grupo, tomó la palabra y dijo:
- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras, sólo tenemos que fijar una fecha para apedrearla y queremos cumplir a rajatabla la Ley. Tú, ¿qué dices?
Jesús guardó silencio. Jafet, el escriba, se situó en el centro, muy cerca de la mujer y con voz grave nos dijo:
- Os recuerdo que la ley de Moisés es muy clara respecto a los adulterios: El Levítico nos advierte que “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo serán castigados con la muerte él y la mujer”[1]. Y el libro del Deuteronomio nos manda que “Si un hombre fuere sorprendido acostado con una mujer casada, serán muertos los dos: el hombre que se ha acostado con la mujer y la mujer. Así harás desaparecer el mal de en medio de Israel” [2]
Se hizo un silencio sepulcral, como cuando se lee la Torá en la sinagoga; luego un murmullo de voces repetía al unísono: “Así harás desaparecer el mal de en medio de Israel. Así harás desaparecer el mal…”
Entonces Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo. Ninguno entendíamos lo que hacía, pero lo que era evidente es que el ambiente se crispaba por momentos y que ese modo de reaccionar parecía una burla para quienes esperaban impacientes una respuesta.
Los escribas y fariseos le habían llamado maestro, le habían pedido su opinión y Jesús jugaba con la arena como los chiquillos cuando juegan con las canicas. Parecía que escribía algo en el suelo. Un buen rato después, cuando la impaciencia y los murmullos iban en aumento, les dijo:
- Es evidente que si pretendo liberar de la lapidación a esta mujer podéis lapidarme a mí, por no cumplir la ley.
Ellos asintieron con la cabeza. Y continuó diciendo:
- Todos conocéis bien la historia de esta mujer. Muchos la habéis deseado y no la habéis conseguido. Todo el que mira a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón[3]. La ley dice que el varón que se sienta más ofendido por la culpa de una mujer debe ser el primero en tirarle una piedra, para que dé comienzo la lapidación. Aquel de vosotros que pueda decirnos hoy públicamente que su corazón está libre de adulterio que le tire la primera piedra.
Jesús se colocó en el centro del círculo, junto a la mujer y fue mirando fijamente a cada hombre. Elimas fue el primero en retirarse; todos sabíamos que muchos días, al anochecer acostumbraba a salir de la ciudad buscando las tiendas de pieles en las que las prostitutas ofrecían sus servicios. Pero cuando entraba en el templo a orar lo hacía con tanta elegancia que parecía el mejor de los judíos.
A continuación, se dio la vuelta su hijo y se marchó con él. Luego se retiró Jafet. Y así, uno tras otro, empezando por los más viejos, fueron deshaciendo el círculo y alejándose por la explanada. Algunos se volvían para mirar a la mujer, cuchicheaban en voz baja y la señalaban con el dedo.
Jesús ayudó a la mujer a ponerse de pie y con delicadeza le quitó las lágrimas de las mejillas. Ella le miraba sorprendida, como si no acabara de creerse lo que había ocurrido.
- Jesús –le dijo– creí que te matarían a ti también. ¿Por qué te has jugado la vida por defenderme? Es verdad que soy adúltera y que en mi vida…
- Calla, mujer, no te culpes –le dijo, poniéndole su mano sobre los labios para que no siguiera hablando– no eres más adúltera que ellos. Tú tienes una historia que te ha empujado al adulterio. Ellos se sienten dueños y señores de los cuerpos de las mujeres. ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Dónde está el hombre con el cometiste el adulterio?
Ella miró a su alrededor y vio que no había nadie. Le dijo:
- No están, todos se han ido. ¿Qué vas a hacer conmigo?
Jesús le dijo:
- Yo no te condeno. Anda, vete y en adelante no busques en cisternas agrietadas un agua que no sacia tu sed.
Ella temblaba, quizá de miedo y de emoción. Jesús extendió su manto y la cobijó, como si de este modo quedara al abrigo de quienes le lanzaban la ley de Moisés como arma arrojadiza. Juntos se alejaron de este lugar en el que ella había nacido de nuevo.
Al día siguiente, cuando Jesús volvió de nuevo a predicar, vi que a sus pies estaba ella, escuchándole absorta.
Cuando Jesús acabó de hablar se puso a jugar con algunos niños que se habían acercado. La mujer me miro sonriendo, se llevó la mano al corazón y se vino junto a mi mesa.
- ¡Estás desconocida! – le dije- De ayer a hoy tu rostro se ha llenado de vida.
- Cuando Jesús me cubrió con su manto sentí la necesidad de seguirle. Sabía que a su lado encontraría el camino del Manantial y no necesitaría saciar mi sed en otras fuentes. Le pedí formar parte de su grupo y él me llevó a la casa donde viven su madre, María Magdalena y otras mujeres que le acompañan y le sostienen con sus bienes. Ellas me han acogido como una hermana más y me han hecho sitio en la casa. El Señor ha ensanchado el espacio de mi tienda. Ayer me traían a rastras, llorando y hoy he venido cantando.
Recogí los manuscritos que tenía sobre la mesa. Yo también necesitaba encontrar el Manantial y librarme de las ataduras de un trabajo que me hacía cómplice de la injusticia. Me acerqué a Jesús, pero antes de decirle nada, él me dijo:
- Esdras, hace días que te estoy esperando. Ven y sígueme.
Desde entonces sigo siendo escriba, pero ahora pongo por escrito las palabras de Jesús y sus hechos, para mantener viva su memoria en las comunidades.
Era domingo. Esdras enrolló el pergamino, y salió de su casa para ir a celebrar la cena del Señor en la comunidad y entregarles lo que había escrito. No eran sólo recuerdos, entregaba también su encuentro con Jesús y la narración de su vocación. Así, cada domingo, la comunidad reavivaba su fe con los testimonios de quienes llevaban la Buena Noticia en su corazón.
En segundo lugar nos acercamos al texto del Evangelio con el periódico en la mano.
Buscamos en los medios de comunicación lo que ocurre hoy, dos mil años después, en situaciones semejantes a la de la adúltera, a pesar de haberse firmado la Declaración Universal de Derechos Humanos” (10 de diciembre de 1948).
El 6 de marzo han quemado viva a una mujer india. Su marido y un grupo de hombres del pueblo le han aplicado el “código del honor”, porque ella huyó de su pueblo y de su marido 8 años antes. Al volver a reencontrarse con su familia, pensando que sería perdonada, la golpearon, la rociaron con benzeno y le prendieron fuego. Murió abrasada viva. Se calcula que mueren unas mil mujeres al año en India, porque se les aplica este código. La mayor parte de sus verdugos ni siquiera son acusados. Los hombres se protegen entre ellos para guardar silencio y destruir las pruebas.
No se considera un deshonor casar a mujeres, incluso a niñas, con quienes deciden otras personas, aunque ese matrimonio sea repugnante por la diferencia de edad o por otros motivos. Pero las mujeres son condenadas a muerte cuando toman la vida en sus manos y deciden cómo y con quien quieren vivir. O les echan ácido en el rostro, que es otra forma de matarlas lentamente.
¿Qué hubiera pasado si un hombre del grupo de la India se hubiera plantado y hubiera defendido a esa mujer? El texto del evangelio nos presenta la actitud de Jesús frente a la mujer adúltera como algo totalmente revolucionario. Se jugó la vida porque no contribuyó a ejecutar lo que decía la ley de Moisés y esa actitud ante la ley implicaba la muerte. Hizo una apuesta fuerte, clara, valiente. Y nos mostró el camino, ya sea para contribuir a paliar las grandes desigualdades sociales como para trabajar en nuestros contextos concretos y cercanos.
En tercer lugar, descubrimos las piedras que llevamos en las manos.
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
¿Sería esto lo que estaba escribiendo Jesús en el suelo? Esta frase nos confronta hoy, invitándonos a mirarnos las manos para descubrir las “piedras” que estamos dispuestos a lanzar, además de las que guardamos en el zurrón, en reserva.
Cada juicio y cada pre-juicio son como piedras que lanzamos (a menudo con mucha puntería) para dañar o destruir la fama de una persona. Cada mentira es como una piedra que herirá a alguien, sin duda. Decimos “frases asesinas” que son como cuchillos que se clavan en el corazón ajeno. Cuando recordamos el daño que nos ha hecho una persona y se lo echamos en cara reiteradamente es como si le tiráramos las piedras que cuidadosamente hemos guardado en el zurrón, durante años, esperando el momento apropiado para lanzar la munición.
Quizá hoy el evangelio nos sugiere algo así: No te condeno, pero suelta la piedra que tienes en tu mano; vacía también tu corazón y tu mente de todas esas piedras que guardas, esperando la ocasión para tirarlas. Y que el Amor llene ese espacio vacío que has recuperado y te impulse a trabajar por quienes están al borde del camino, recibiendo pedradas.
Además de interrogarnos sobre nuestras propias actitudes personales es preciso mirar atentamente lo que ocurre en nuestras familias, trabajo, comunidades cristianas, etc. ¿Denunciamos con valentía las desigualdades? ¿Hacemos propuestas coherentes de corresponsabilidad e igualdad? ¿Somos referencia a la hora de vivir unas relaciones igualitarias, al estilo de las que propuso y vivió Jesús de Nazaret?
[1] Levítico 20, 10
[2] Deuteronomio 22, 22
[3] Mateo 5, 28
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El texto de hoy nos lleva a meditar sobre las desavenencias entre Jesús y los escribas y fariseos. Jesús, por su predicación y su modo de obrar, no es hombre grato a los doctores de la ley y a los fariseos. Por esto, tratan por todos los medios de poderlo acusar y eliminar. Le colocan delante una mujer, sorprendida en adulterio, para saber de su boca si debían o no observar la ley que ordenaba lapidar a una mujer adúltera. Querían provocar a Jesús. Haciéndose pasar por personas fieles a la ley, se sirven de la mujer para argumentar contra Jesús.
La historia se repite muchas veces. En las tres religiones monoteístas: judaica, cristiana y musulmana, con el pretexto de fidelidad a la ley de Dios, han sido condenadas y masacradas muchas personas. Y hasta el presente, esto continúa. Bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de Dios, muchas personas están marginadas de la comunión y hasta de la comunidad. Se crean leyes y costumbres que excluyen y marginan a ciertas categorías de personas.
Durante la lectura de Juan 8, 1-11, conviene leer el texto como si fuese un espejo en el que se refleja precisamente nuestro rostro. Leyéndolo, intentemos observar bien las conductas, las palabras y los gestos de las personas que aparecen en el episodio: escribas, fariseos, la mujer, Jesús y la gente.
b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura
Jn 8, 1-2: Jesús se dirige al templo para enseñar a la gente
Jn 8, 3-6a: Los adversarios le provocan
Jn 8, 6b: La reacción de Jesús, escribe en la tierra
Jn 8, 7-8: Segunda provocación, y la misma reacción de Jesús J
n 8, 9-11: Epílogo final
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál l es el punto de este texto que más te ha gustado o que te ha llamado más la atención?
b) Hay diversas personas o grupos de personas que aparecen en este episodio. ¿Qué dicen y qué hacen?
c) Trata de ponerte en el lugar de la mujer: ¿Cuáles eran sus sentimientos en aquel
momento?
d) ¿Por qué Jesús comenzó a escribir en tierra con el dedo?
e) ¿Cuáles son los pasos que nuestra comunidad debe y puede hacer para acoger a los
marginados?
Para los que desean profundizar más en el tema
a) Contexto literario:
Los versados en las Escrituras dicen que el Evangelio de Juan, crece lentamente, o sea, que ha sido escrito poco a poco. A través del tiempo, hasta finales del primer siglo, los miembros de las comunidades de Juan, en Asia Menor, recordaban y añadían detalles a los hechos de la vida de Jesús. Uno de estos hechos, al que se han añadido estas particularidades, es nuestro texto, el episodio de la mujer que está a punto de ser lapidada (Jn 8,1-11). Poco antes de nuestro texto, Jesús había dicho: “¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba!” (Jn 7,37). Esta declaración provoca muchas discusiones (Jn 7,40-53). Los fariseos llegan hasta ridiculizar a la gente, considerándola ignorante por el hecho de creer en Jesús. Nicodemo reacciona y dice: “Nuestra Ley ¿juzga quizás a alguien sin primero haberlo escuchado y saber qué hace?” (Jn 51-52). Después de nuestro texto encontramos una nueva declaración de Jesús: “¡Yo soy la luz del mundo!” (Jn 8,12), que provoca una discusión con los judíos. Entre estas dos afirmaciones, con sus subsiguientes discusiones, viene colocado el episodio de la mujer que la ley hubiera condenado, pero que es perdonada por Jesús. (Jn 8,1-11). Este contexto anterior y posterior sugiere el hecho de que el episodio ha sido inserto para aclarar que Jesús, luz del mundo, ilumina la vida de las personas y aplica la ley mejor que los fariseos.
b) Comentario del texto:
Juan 8,1-2: Jesús y la gente
Después de la discusión, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), todos se vuelven a casa (Jn 7,53). Jesús no tiene casa en Jerusalén. Por esto, se va al Monte de los Olivos.
Allí encuentra un jardín, donde acostumbra a pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al día siguiente, antes de la salida del sol, Jesús se encuentra de nuevo en el templo. La gente se acerca para poder escucharlo. De ordinario la gente se sentaba en círculo alrededor de Jesús y Él enseñaba. ¿Qué habrá podido enseñar Jesús? Con seguridad todo muy bello, puesto que la gente llega antes de la aurora para poderlo escuchar.
Juan 8, 3-6a: Las provocaciones de los adversarios
Improvisadamente, llegan algunos escribas y fariseos que llevan con ellos una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La colocan en medio del círculo entre Jesús y la gente. Según la ley, esta mujer debe ser lapidada. (Lev 20,10; Dt 22,22.24). Y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Ahora bien, Moisés en la Ley, nos mandó lapidar a una mujer como ésta. ¿Tú qué dices?” Era una provocación, una trampa. Si Jesús hubiese dicho: “Aplicad la ley”, los escribas habrían dicho a la gente: “No es tan bueno como parece, porque ordena matar a la mujer”. Si hubiese dicho: “No la matéis” hubieran dicho: “No es tan bueno como parece, porque no observa la ley”. Bajo la apariencia de fidelidad a Dios, manipulan la ley y se sirven de una mujer para poder acusar a Jesús.
Juan 8, 6b: La reacción de Jesús: escribe en tierra
Parecía una trampa sin escapatoria. Pero Jesús no se asusta. No se pone nervioso. Mas bien al contrario. Con calma, como persona dueña de la situación, se inclina y comienza a escribir en tierra con el dedo. Escribir en tierra ¿qué significado tiene? Algunos creen que Jesús está escribiendo en la tierra los pecados de los acusadores. Otros dicen que es un simple gesto de quien es dueño de la situación y no hace caso a las acusaciones de los otros. Pero es posible que se trate también de un acto simbólico, de una alusión a cualquier cosa muy común. Si tú escribe una palabra en la tierra, a la mañana siguiente no la encontrarás, porque el viento o la lluvia la habrán desfigurado, borrado.
Encontramos una alusión a lo que vamos diciendo en Jeremías, donde se lee que los nombres atribuidos a Dios son escritos en tierra, o sea quiere decir que no tienen futuro.
El viento o la lluvia lo harán desaparecer (cf. Jer 17,13) Quizás Jesús quiere decir a los otros: el pecado del que acusáis a esta mujer, Dios lo ha perdonado ya con estas letras que estoy escribiendo en la tierra. ¡De ahora en adelante no recordarán más los pecados!
Juan 8, 7-8: Segunda provocación y la misma reacción de Jesús
Ante la calma de Jesús, los que se ponen nerviosos son los adversarios. Insisten y quieren una opinión de Jesús. Y entonces Jesús se levanta y dice: “Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra”. E inclinándose comienza de nuevo a escribir en la tierra, no entra en una discusión estéril e inútil sobre la ley, cuando, en realidad el problema es otro. Jesús cambia el centro de la discusión. En vez de permitir que se coloque la luz de la ley sobre la mujer para poderla condenar, quiere que sus adversarios se examinen a la luz de lo que la ley exige de ellos. Jesús no discute la letra de la ley.
Discute y condena la conducta malévola del que manipula las personas y la ley para defender los intereses que son contrarios a Dios, autor de la ley.
Juan 8,9-11: Epílogo final: Jesús y la mujer
La respuesta de Jesús desconcierta y desarma a los adversarios. Los fariseos y los escribas se retiran, llenos de vergüenza, uno tras otro, “comenzando por los más ancianos”. Ha sucedido lo contrario de lo que ellos querían. La persona condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que se creían fieles a la ley. Y finalmente Jesús queda sólo con la mujer. Jesús se levanta, se dirige hacia ella: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?” Ella responde: “¡Ninguno, Señor!” Y Jesús: “¡Yo tampoco te condeno! Ve, y desde ahora no peques más”. Jesús no permite a nadie usar la ley de Dios para condenar al hermano, cuando el mismo hermano es pecador. Quien tiene una viga en el propio ojo, no puede acusar a quien en el ojo tiene sólo una pajita. “Hipócrita, quita primero la viga de tus ojos y entonces podrás ver bien para quitar la pajita en el ojo de tu hermano. (Lc 6,42).
Este episodio, mejor que cualquiera otra enseñanza, revela que Jesús es la luz del mundo (Jn 11,12) que hace aparecer la verdad. Hace ver lo está escondido en las personas, en su más íntimo. A la luz de la palabra de Jesús, los que parecían ser los defensores de la ley, se revelan llenos de pecados y ellos mismos lo reconocen y se van, comenzando por los más ancianos. Y la mujer, considerada culpable y rea de la pena de muerte, está en pie delante de Jesús, perdonada, redimida, llena de dignidad (cf. Jn 3,19-21). El gesto de Jesús la hace renacer y la restituye como mujer e hija de Dios.
c) Ampliando conocimientos:
Las leyes sobre la mujer en el Antiguo Testamento y la reacción de la gente.
Desde Esdras y Nehemías, la tendencia oficial era la de excluirla de cualquier actividad pública y de considerarla no idónea para realizar funciones en la sociedad, salvo la función de esposa y madre. Lo que contribuía mayormente a su marginación era precisamente la ley de la pureza. La mujer era declarada impura por ser madre, esposa e hija: por ser mujer. Por ser madre: cuando daba a luz, era inmunda (Lev 12,1-5). Por ser hija: el hijo que nace la vuelve inmunda durante cuarenta días (Lev 12,2-4); y todavía más la hija que la vuelve por ochenta (Lev 12,5). Por ser esposa: las relaciones sexuales, supone dejar impuros un día completo, tanto a la mujer como al hombre (Lev 15.18).
Por ser mujer: la menstruación la vuelve impura una semana entera, y causa impureza en los otros. Quien toca a la que tiene menstruación debe purificarse (Lev 15,19-30). Y no es posible que una mujer mantenga su impureza en secreto, porque la ley obliga a los otros a denunciarla (Lev 5,3).
Esta legislación hacía insoportable la convivencia diaria en casa. Siete días, cada mes, la madre de familia no podía reposar en el lecho, ni sentarse en una silla, mucho menos tocar al hijo o al marido, si no quería que se contaminasen. Esta legislación era el fruto de una mentalidad, según la cual la mujer era inferior al hombre. Algunos proverbios revelan esta discriminación de la mujer (Ecl 42,9-11; 22,3). La marginación llegaba a tal punto que se consideraba a la mujer como el origen del pecado y de la muerte y causa de todos los males (Ecl 25,24;42,13-14). De este modo se justifica y se mantiene el privilegio y el dominio del hombre sobre la mujer. En el contexto de la época, la situación de la mujer en el mundo de la Biblia no era ni mejor ni peor que la de las demás personas. Se trataba de una cultura general. Incluso hoy hay muchas personas que continúan teniendo esta mentalidad. Pero como hoy, así también antes, desde el principio de la historia de la Biblia, ha habido muchas reacciones en contra de la exclusión de la mujer, sobre todo después del destierro, cuando se logró expulsar a la mujer extranjera considerada peligrosa. (cf. Esd 9, 1-3 y 10,1-3). La resistencia de la mujer creció al mismo tiempo que la marginación era más onerosa. En diversos libros sapienciales descubrimos la voz de esta resistencia: Cantar de los Cantares, Ruth, Judit, Ester. En estos libros la mujer aparece no tanto como una madre o esposa, sino como una mujer que sabe usar su belleza y feminidad para luchar por los derechos de los pobres y así defender la Alianza contra los gentiles. Es una lucha no tanto a favor del templo o de las leyes abstractas, cuanto a favor de la vida de la gente.
La resistencia de la mujer contra su exclusión encuentra también eco en Jesús. He aquí algunos episodios de la acogida que Jesús les daba:
ü La prostituta: Jesús la acoge y defiende contra el fariseo (Lc 7,36-50).
ü La mujer encorvada; Jesús la defiende contra el jefe de la sinagoga (Lc 13,10-17).
ü La mujer considerada impura es acogida sin ser censurada y es curada (Mt 5,25-34).
ü La samaritana, considerada como hereje, es la primera en recibir el secreto de que Jesús es el Mesías (Jn 4,26).
ü La mujer extranjera es ayudada por Jesús y ésta le ayuda a descubrir su misión (Mc 7, 24-30).
ü Las madres con los niños, rechazadas por los discípulos, son acogidas por Jesús (Mt 19,13-15).
ü Las mujeres son las primeras en experimentar la presencia de Jesús resucitado (Mt 28,9-10; Jn 20,16-18).
ALESSANDRO PRONZATO
MIRADA.
Cuando levanta los ojos, la adúltera ve a uno que la mira de una manera distinta a los otros. Jamás había visto a un hombre observándola de aquella manera. Hasta ahora tenía experiencia de dos tipos de mirada. La del deseo, la de la codicia. Y la mirada de la condena. Y, quizás, en la escena evangélica, los... titulares de los dos tipos de mirada eran las mismas personas: sí, aquellos con las piedras en las manos... Ahora sus ojos se cruzan con los de un hombre que "ve" en ella no un objeto de placer ni un blanco para las piedras de una sentencia cruel. (...). Personalmente nunca he tenido dudas: la caridad comienza por la mirada.
Decía Simone Weil: "Una de las verdades fundamentales del cristianismo, verdad con demasiada frecuencia desconocida, es ésta: lo que salva es la mirada". La adúltera, como también Zaqueo, debe la propia salvación a la mirada. La mirada de Cristo es, en cierto sentido, creadora. Llama a una persona a la existencia. Despierta su ser auténtico, real. Liquida al hombre deshonesto, al canalla, y llama al santo. La mirada de Cristo no se resigna al "poco de bueno". Se obstina en sacar a la luz lo mucho bueno, lo mejor que hay en cada persona.
Es, pues, una mirada reveladora. Porque muestra al hombre mismo sus posibilidades, su verdadera dimensión. Me parece muy significativo este testimonio: "Conocí a una persona junto a la que no sólo cada uno se sentía él mismo, sino lo más, lo mejor de sí mismo. Cuando pregunté a aquella persona cuál era su secreto, me respondió con toda sencillez: basta dirigirte a aquel que está ante ti como si no existiese en el mundo nada más que el bien de aquella persona".
Nuestra mirada debe ser, ante todo, libre. Solamente una mirada libre representa una llamada a la libertad. Libre porque ha echado abajo la cárcel del propio egoísmo, de la propia comodidad, de la propia indiferencia, de los propios intereses, para abrirse al otro en actitud de acogida, de simpatía, de discreción, de cordialidad, de delicadeza y benevolencia. Libre de las lentes deformantes de los prejuicios, de las prevenciones, de las sospechas, de la desconfianza.
Libre de cualquier instinto de separación y de discriminación. Este me vale -¡tú no! Este me gusta -¡tú no! Este me interesa -¡tú no! Este me resulta simpático -¡tú no! "Este tú no se revela como un eco maléfico que rebota sobre la tierra excavando abismos de soledades abiertas hacia nosotros como un grito: "Mírame... para que yo sepa que existo" (A. Baggio).
Las personas rechazadas por nuestra mirada serán condenadas, quizás, a llevar durante toda su vida una marca de soledad, de rechazo, de insignificancia.
También una mirada indiferente puede ser "homicida". Su mensaje, en efecto, se puede traducir así: "Para mí tú no existes. Negándote importancia, te niego el derecho a la existencia". Una mirada de indiferencia tiene la capacidad de borrar a una persona.
Una mirada libre es una mirada que no se limita a tocar de soslayo a las personas que encuentra. No es una mirada rápida. No es huidiza. Sabe pararse y acoger. Acoger, pero no forzar.
Es necesario que, cada mañana, purifiquemos nuestra mirada. Se trata, en efecto, de:
-Desvincularla de todo instinto de posesión.
-Desarmarla de los varios elementos de hostilidad, agresividad, malignidad, dureza.
-Rejuvenecerla, restituyéndola la capacidad de sorpresa y de maravilla que hace nuevas las cosas y las devuelve el gusto del descubrimiento del otro.
-Hacerla atenta al otro. O sea, capaz de ver al otro como yo quisiera ser visto. Así, la atención se hace expresión de respeto y vehículo de liberación. Solamente la atención que nace del amor declara al otro: "Te reconozco el derecho de ser lo que eres. Deseo que seas todo lo que puedes ser" (A. Baggio). Sí, solamente si conseguimos una mirada purificada, las piedras comenzarán a caer de nuestras manos.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
Mirad, voy a hacer algo nuevo (Is 43, 19). La novedad es sin duda uno de los puntos salientes de los textos litúrgicos de hoy. El profeta en lenguaje poético, lleno de imágenes sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva liberación (primera lectura). La mujer adúltera, que trata el evangelio, descubre en la actitud de Jesús una novedad nunca vista, que la libera y transforma. Pablo de Tarso se confronta con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por eso todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
La vieja novedad de Dios. Algo nuevo puede hacerlo quien tiene en sí la fuente de la novedad. Un poeta tiene en sí la fuente de la poesía, y por eso puede en cualquier momento ser poéticamente creativo. Un genio político puede sorprendernos con su creatividad en cualquier momento de su vida. Un hombre carismático del espíritu puede poner en juego su carisma, incluso cuando menos se pudiera esperar. Esto que acontece con hombres extraordinariamente dotados, ahonda sus raíces en Dios mismo, la novedad por excelencia y fuente de toda novedad. En la historia de Israel la novedad divina no se ha agotado en el gran acontecimiento del Éxodo. Siete siglos después del Éxodo egipcio Dios mueve los hilos de la historia para crear una nueva situación y hacer volver a Jerusalén a los desterrados en Babilonia (primera lectura). Para la pobre mujer sorprendida en adulterio y condenada a la lapidación, debió ser una gozosa novedad la actitud de Jesús para con ella: "¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno". No menos novedosa debió de ser para los acusadores de la adúltera el comportamiento de Jesús: "Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra... Al oír esto se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos..." (Evangelio). ¿Quién es éste que se atreve a ponerse por encima de la ley de Moisés? A nuestros oídos, finalmente, suena bastante conocido eso de "la novedad cristiana". Pablo, que la ha experimentado hasta el fondo, la resume así: conocer a Cristo (conocimiento que es fruto de la experiencia de fe), experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su muerte, alcanzar así la resurrección de entre los muertos (segunda lectura). Se puede decir que la historia de la salvación se resume en la historia de las nuevas intervenciones de Dios en vistas siempre de la salvación de los hombres.
La novedad divina no parte de cero. Es verdad que ninguna novedad religiosa, política, social o económica parte de cero. Lo nuevo hunde sus raíces en lo antiguo, sin destruirlo, pero asumiéndolo en modo creativo. Una novedad sin raíces se seca y desaparece en poco tiempo. Lo nuevo para que sea fecundo tiene su paternidad en la historia. Tampoco Dios, en las nuevas maravillas que va realizando con el correr de los años y de los siglos, actúa desde cero. Si así fuera no podríamos hablar de una historia de la salvación, sino de acciones puntuales de Dios, desligadas unas de otras, intervenciones de un Dios francotirador que actúa a impulsos, al margen de todo plan. Por eso Isaías ve en la nueva intervención de Dios en favor de los desterrados de Israel en Babilonia no una novedad absoluta, sino un nuevo éxodo, estableciendo así una pasarela entre el pasado y el presente. Jesús con su comportamiento no liquida sin más la ley mosaica, sino que se sitúa por encima de ella y la interpreta en su verdadero sentido: "Vete y no vuelvas a pecar". Las acciones nuevas de Dios en la marcha de la historia de los pueblos y en la vida de cada persona no prescinden jamás de lo que ya se ha construido. El hombre de Dios, el cristiano, es aquél que sabe leer la historia y la vida de los hombres en una continuidad constante, sin rupturas, aunque no sin sorpresas. Por ello, en la visión cristiana de la historia el presente no es sino la unión de dos riberas, la del pasado en el que está enraizada y la del futuro hacia el que se proyecta.
Sugerencias pastorales
Sin miedo a la novedad de Dios. El cristianismo desde sus mismos orígenes ha experimentado una sana tensión entre el pasado y el futuro, entre lo nuevo y lo viejo, entre la tradición y el progreso. Aquellas formas de vida cristiana que logren mantener ambos polos de la tensión serán auténticas. Aquellas otras que, de tal manera acentúen uno de los polos que pierdan el equilibrio, caminan por un sendero equivocado. No tengamos miedo en modo alguno a la tradición, pero tampoco al progreso, a la novedad que Dios va creando en cada período de la historia. La novedad, si es de Dios, trae consigo siempre una superación de lo ya existente. La tradición, si es auténtica, da peso y solidez a las nuevas aportaciones. El cristiano es "como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas" (Mt 13, 52). Dos ejemplos de novedad en nuestro tiempo: la inculturación, los movimientos eclesiales. Son, en efecto, fenómenos nuevos, pero que "vienen de lejos". San Pablo es, en cierta manera, el primer campeón de la inculturación del Evangelio en categorías y mentalidad helenísticas. No cabe duda de que cada época histórica ha debido realizar esa misma labor, hasta nuestros días. Una mayor conciencia del pluralismo cultural, hoy vigente, y el desafío de iluminar con el Evangelio culturas ancestrales ajenas al cristianismo, infunden al proceso actual de inculturación un nuevo rostro. Por otra parte, los movimientos arraigan por igual en los orígenes del cristianismo. Los estudios sociológicos del Nuevo Testamento han mostrado que sea Jesús de Nazaret, sean los primeros cristianos fueron en gran parte predicadores itinerantes, al estilo de los filósofos populares contemporáneos. En la espiritualidad de muchos movimientos eclesiales se halla la intención de "volver a las fuentes", "volver a los orígenes del cristianismo". Sí, sociológica y canónicamente los movimientos eclesiales son algo nuevo en la Iglesia, pero su ascendencia no es de ayer. En la entraña misma del cristianismo está presente la osadía de insertar los nuevos esquejes en el viejo tronco.
La novedad siempre nueva. Las novedades humanas, como todas las cosas de este mundo, tienen su ciclo vital desde el nacimiento a la muerte. Son novedad, y dejarán de serlo. Por vía de extinción o de desgaste y decaimiento. La moda es como el escaparate en que se presenta la fugacidad de las novedades humanas. Pero hay una persona, Jesucristo, que lleva la novedad dentro de sí, que es novedad siempre presente sin desaparecer en el pasado y sin perderse en el futuro: Jesucristo, la novedad absoluta, "ayer, hoy y siempre". Vive, eternamente joven, con la vida de quien definitivamente ha derrotado a la muerte. Vive, infundiendo una pujante fuerza de novedad, en quienes le abren su corazón y asimilan su estilo de vida. Verdaderamente Cristo es en todo momento de la historia el Hombre Nuevo, que tiene el mismo mensaje eterno de Dios, pero siempre nuevo y renovador del hombre. ¿Por qué a veces los cristianos somos o nos creemos viejos? Sé siempre nuevo, siguiendo los pasos del Hombre Nuevo.
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La primera lectura pertenece al llamado libro de la consolación, del segundo Isaías. En el exilio, en el destierro, el pueblo está desvalido y sin apoyos: sin templo, sin sacerdotes, sin organización, postrado en su ánimo, sin esperanza...
Se dice que estamos "en el exilio" porque, como el pueblo de Israel en aquella situación, "no tenemos príncipes", ni líderes, ni tenemos un rostro claro del faraón en estos tiempos de mundialización del capital (frente a los tiempos en que el faraón tenía nombre y apellido concreto), ni se vislumbra una salida alternativa (frente a los tiempos en que era clara la alternativa de liberación por la que había que dar incluso la vida)...
Pero, en todo caso, es claro que el paradigma del exilio presenta una cierta semejanza con la situación de tantos cristianos que lucharon con esfuerzo y esperanza en las décadas pasadas por la liberación y que hoy no aciertan a rastrear las huellas por donde continúa el camino. Se han quedado desorientados, sin proyecto, sin alternativa y, a veces, hasta sin esperanza.
Lo que más necesita el pueblo es levantar la cabeza, abrir los ojos y recobrar la esperanza. Y escucha: "voy a realizar algo nuevo; ya está brotando, ¿no se dan cuenta?".
En estos tiempos de destierro de la esperanza, de falta de alternativas y de ausencia de utopías, es más actual y urgente que nunca el ministerio de la consolación: sencillamente, consolar al pueblo, hacerle abrir los ojos, o despertarlo del letargo o de la acomodación, y hacerle ver lo que ya está ahí, casi imperceptible pero realmente, la acción de Dios preparando para después de este exilio... ¡un nuevo éxodo!
El apóstol Pablo dice a la comunidad de Filipos que olvidándose de lo que dejó atrás se lanza hacia adelante, hacia la meta. Él ya ha sentido en su vida la experiencia de Jesús. Su pasado y presente se constituyen en motivo de reflexión para mejorar su nueva condición cristiana.
Pablo se ha comprometido con su propia transformación de vida. Ha comprendido que su vida era el producto de siglos de legalismos ciegos que producían el deterioro de la relación del pueblo con Dios. La misma ley que regulaba la vida de la sociedad se había convertido, por su exceso, en causa de extravío, al no dar espacio al Espíritu de Dios para que actuara con toda su fuerza.
El Evangelio nos dice que cuando a Jesús le presentan la mujer adúltera, es madrugada y él está en el templo. Con el amanecer comienza un día nuevo: es señal de un tiempo nuevo; y el templo es símbolo del pasado: representa la tradición caduca. El tiempo nuevo iniciado por Jesús contrasta con el tiempo viejo sostenido por la tradición y por el templo. La Mujer es presentada a Jesús por hombres reconocidos como verdaderos judíos, que le condenan un pecado en el cual ellos mismos participaban. Fue la ley, y sus intérpretes, los que hicieron que esta mujer fuera adúltera.
Pero frente a esa realidad de pecado, Jesús tiene una alternativa muy diferente a la de los intérpretes de las leyes mosaicas. Jesús se da cuenta de que la mujer es buena y que tiene capacidad de amar. Por eso, la perdona y la hace entrar en el nuevo amanecer, en el nuevo tiempo, ya no vigilado por la ley ni por sus intérpretes, y, mucho menos, regulado por el templo ni por los oficiales religiosos. Ahora es el Espíritu quien la acompaña y el amor es quien la guía, ya que ella ha asumido su cambio y su compromiso con la vida.
Nuestro aferramiento al pasado nos impide en muchos momentos reconocer el paso renovador del Espíritu por el presente, y como Isaías nos tenemos que preguntar: "ya está en marcha, ¿no se dan cuenta?". La plenitud del tiempo instaurado por Jesús marca unas relaciones nuevas entre el hombre y la mujer, un reconocimiento de que el pecado destruye tanto al hombre como a la mujer y que todos necesitamos conversión, cambio de mente y de corazón, para que nuestras actitudes produzcan vida. Para que así, perdonados y transformados por pura misericordia y por pura gracia, no sigamos condenando a los demás y creyendo que nosotros somos los mejores.
P. Eduardo Martínez Abas, escolapio
La cuaresma intenta llevarnos al encuentro de Jesucristo, para ir con él a la victoria de la Pascua: que nos sintamos triunfadores como él es triunfador del pecado y de la muerte con su resurrección.
Con una gran insistencia y desde hace ya tres domingos, se nos viene revelando ese retrato de un Jesucristo, que busca de mil modos y maneras llegar a nosotros, a nuestro corazón, vacío que está de esperanza por el hastío que produce a la corta o a la larga, el pecado. Esa vida desordenada, irresponsable y caprichosa que deja sin sentido, ni valor nuestra existencia. A esta vida así vivida, no la encontramos sentido.
Recordad primero, a aquel viñador, del que se nos habló el domingo 3º, que pide al dueño de la viña un año más de espera, antes de cortar la higuera que no tenía fruto. Y para nosotros se nos pide un año más de paciencia con nosotros mismos, para que logremos dar fruto, como le ocurrió a aquella higuera, donde había ido el amo un año y otro y otro, así hasta tres, sin encontrar nada. “Si no da fruto el año que viene, la cortarás”. Nosotros debemos tener también paciencia con nosotros mismos si no acabamos de dar fruto en esta cuaresma, en nuestra vida. Nunca la desesperanza.
También con pincelada maestra se nos ha presentado a Dios como ese buen Padre, que ve de lejos al hijo derrochador, que vuelve y que llevó una vida desastrada y disoluta en lejanas tierras. Y lo abraza y le besa. Interrumpe su confesión, aprendida de memoria, y no sentida. Lo viste, lo calza, le pone un anillo de señor y lo sienta a su mesa a un gran festín.
Y ¿qué decir de lo que hizo este mismo padre con su hijo mayor, el que nunca había abandonado ni a su padre, ni la casa? Este hijo mayor se siente justo y cumplidor de las reglas de juego, cumplidor de la ley. Y este padre, ante su actitud acusadora: “ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres”, y ante su actitud puritana, rebelde, llena de rencor y de envidia, su padre se abaja, se humilla, le suplica: “su padre salió a su encuentro y se puso a rogarle: “hijo mío tú siempre has estado conmigo y todo lo que tengo es tuyo”
Pues bien, si se nos ha trazado el retrato del Padre, lleno de ternura, de paciencia y que espera que un día llegaremos a estar a la altura de su amor, dando fruto, en este domingo y antes de entrar en la gran semana, que nosotros queremos hacer santa, esa gran olimpiada de toda la cristiandad, se nos presenta la figura de Jesucristo, Hijo de Dios, que obra, y ama como el Padre, porque el amor, es único en la Comunidad divina.
Si a estas alturas de la cuaresma hemos descubierto nuestra condición pecadora, bien por transgredir la ley, como el hijo menor, el hijo pródigo; bien por idolatrar la ley, como el hijo mayor con sus grandes fidelidades, pues a pesar de nuestra condición pecadora debemos dejarnos amar por Dios, tal y como somos, tal y como nos sintamos; es decir, pecadores.
Si el Padre perdona a uno y a otro hijo, si el Padre quiere al mayor y al menor, también Jesús, le vemos perdonar a la mujer adultera, cual otro hijo pródigo, y desarmar el corazón del odio que traían escribas y fariseos, que la querían lapidar para cumplir la ley. Nos llama la atención la misericordia tenida por Jesús sobre la mujer adúltera y en realidad de verdad trabajó mucho más al volcarse en amor e inteligencia sobre los fariseos y escribas para que dejaran en el suelo la piedra de su odio puritano y leguleyo.
Vemos a Jesús, sentado en el patio del templo. Había llegado a una hora temprana. Muchas gentes ya le rodeaban para escucharle. Los soldados llegaron a decir: jamás hemos visto hablar a un hombre como este, hablando. De repente, se oye un tumulto. Un grupo de hombres arrastran a la fuerza a una mujer desgreñada. La muchedumbre, que le rodeaba, se aparta y abre camino, después la rodean. Se oyen unas voces acusadoras: “ha engañado a su marido…es una adúltera, la hemos sorprendido… merece que la matemos a pedradas como manda la ley que nos dejó Moisés. Tú ¿qué dices? Se escuchan comentarios insidiosos, condenatorios, acusadores y sin piedad: “hay que apedrearla”. La situación se hace tensa. La mujer está muerta de vergüenza, no levanta la cabeza; la han sorprendido en flagrante delito de adulterio.
Jesús, sereno, los mira a sus ojos llenos de insidia y de odio. Se inclina y empieza a escribir con el dedo en la tierra junto a la mujer, como si quisiera hacer una barrera para protegerla. La actitud de Jesús está llena de respeto y de delicadeza. No la mira para no llenarla de vergüenza. Ya bastante tiene. Señor, no la quieres juzgar con tu mirada. Tienes piedad para con ella. Y empiezas a tomar una posición clara contra la ley por la ley. Las leyes son necesarias. Se necesitan reglas y normas generales para la vida en sociedad. Pero tú ves y vas más allá de la ley. Tú ves el corazón de esta mujer e interpretas la ley, la humanizas.
Los letrados y los fariseos insisten: quieren que Jesús también la condene. Y Jesús también se compadece de ellos, llenos como están de un puritanismo rencorosos, servil e idolátrico.
“Jesús se incorporó y les dijo: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Los haces adentrasen en su propia conciencia: “Mirad dentro de vosotros mismos”. Cuantas veces necesitamos nosotros hacer otro tanto, cuando nos sentimos tentados de juzgar a los demás con dureza y de modo inmisericorde. Nuestras propias debilidades deben hacernos indulgentes con las debilidades de los demás.
Este grupo acusador, conocedores y cumplidores fieles de la ley tienen un gran parentesco con el hijo mayor de la parábola que se nos contó el domingo pasado. Ese hijo también conocía y cumplía la ley, pero éste y aquellos tenían pervertido el corazón por el orgullo, la autosuficiencia, la confianza absoluta en unas normas y tradiciones, que haciéndolas suyas, ellos se convertían en dioses, juzgando, condenando y disponiendo de las vidas de los demás, incluso censurando y condenando la actitud misericordiosa y comprensiva del Padre y de Jesucristo.
Si tú te sientes reflejado en este grupo, fieles y cumplidores de la ley, llénate hoy de esperanza y de alegría, porque, si escuchas y dejas que las palabras de Jesús entren en tu corazón, lograrás dejar en el suelo, la piedra de tu odio acusador de tu autosuficiencia, de tu legalismo puritano, de tu endiosamiento funesto con el que te haces insoportable en la convivencia.
“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. “Ellos, al oírlo, dejaron que el eco de esa voz sonara y resonara en su corazón y “se fueron uno a uno, tirando por tierra su piedra”, su odio, su soberbia, haciendo ese gesto de auténtica conversión personal. Vinieron en masa y gritando. Se fueron uno a uno y en silencio sonoro. Y así hasta el último. Jesús a todos los quiso. Y ellos respondieron todos, pues todos dejaron la piedra. Y ¿nosotros, Comunidad cristiana de ................?
La adúltera quedó sola. Jesús, entonces, la preguntó: “Mujer ¿dónde están tus acusadores ¿ ¿ninguno te ha condenado?. La delicadeza e inteligencia de Jesús son admirables: pregunta de tal manera, que pone ya en los labios temblorosos de la mujer la respuesta, que la devuelve su honra y su honor. “Ninguno, Señor”. “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.
Esta frase de Jesús debe ser el espíritu con que celebremos esta Eucaristía y la oración jaculatoria de esta 5ª semana de cuaresma, que rezándola y saliendo frecuentemente de nuestros labios, penetre en nuestro corazón y lo haga nuevo. Isaías nos lo ha profetizado: “mirad que realizo algo nuevo. No recordéis, pues, lo de antaño, tus pecados y debilidades, no penséis en lo antiguo. Mirad que realizo algo nuevo: haré brotar agua en el desierto de tu corazón y ríos en el yermo de tu vida, para apagar tu sed. AMEN
UN PERDÓN QUE NO CONDENA, RECONSTRUYE
Los letrados y fariseos eran considerados (por la gente y por ellos mismos) los responsables de la moralidad pública. Estudiaban y se conocían al dedillo las normas, los criterios morales, los comportamientos inaceptables, lo que dictaban las autoridades religiosas. Incluso hablaban “en el nombre de Dios”, cuya voluntad conocían perfectamente puesto que estaba recogida en las normas oficiales. Pretendían acabar con la corrupción social y religiosa. No era un mal propósito. Y andaban “a la caza” para pillar, denunciar y condenar. Eso sí: procuraban que fueran otros los que aplicaran las sentencias. Ellos conservaban sus manos “limpias” y su conciencia tranquila, al haber conseguido reducir la inmoralidad y el pecado.
En la escena de hoy la mujer realmente no pinta gran cosa. El objetivo es Jesús. Lo cierto es que Moisés mandaba apedrear a los adúlteros. Al hombre y a la mujer: ¿y él dónde está?
Cuando se pone la ley/norma al lado de un pecado concreto, la sentencia adquiere rigor matemático. Pero las cosas cambian cuando al lado de la ley se coloca a una persona concreta. Esto pocas veces lo hacemos. Algunos prefieren “cargarse” a la persona antes que cuestionar la ley, o plantearse si es justa. Les resulta impensable sospechar que quizá la Ley no haya que aplicarla como ellos la entienden. Están deseando “tirar piedras”.
Esta gente que rodea a Jesús, “armada” con una mujer a la que han “pillado” pecando, se siente representante de la Institución Judía y del mismo Dios, y pretenden ponerle una trampa: A ver si se atreve a decir algo en contra de “lo que está escrito”, de sus sagradas leyes (es decir: de Dios). A ver si así deja de una vez de hablar de “misericordia” y de comprensión en el nombre de Dios. Nada de tener manga ancha con los débiles y pecadores. Hay que cumplir lo que ha mandado Moisés.
Todo está a punto: el delito evidente, los testigos, las piedras en las manos y la Ley que mandaba matar. Jesús: "¿tú qué dices?".
Pero Jesús no dice, "hace". Y lo primero que hace es callar, dar tiempo al silencio, esperar. Da una oportunidad a los acusadores a ver si son capaces de mirar la situación de otro modo, con calma, con otros ojos, a ver si alguien tiene algo “nuevo” que aportar. Pero es inútil. Todo está muy claro; están seguros de tener razón. Para ellos no hay otro camino. Son un ejemplo de aquel dicho: "Sabes muy bien dónde mirar: por eso no consigues encontrar a Dios”. Porque Dios es imprevisible, original, sorprendente. Si crees que entiendes, es señal de que no entiendes nada. Pero a esta mentalidad educada y dependiente de preceptos, normas, leyes, definiciones, juicios y condenas... le resulta casi imposible dar el salto. No saben nada de Dios. Han hecho a Dios a su imagen. Precisamente aquello que está prohibidísimo en el primer mandamiento, el más importante: hacerse imágenes de Dios (Éxodo 20, 2-5).
El Maestro pide a todos aquellos señores con vocación de jueces que dejen de acusar, que no miren a los demás siempre desde arriba, que se pongan al nivel de todo el mundo, que traten de experimentar de algún modo la debilidad de los demás, y que recuerden sus propias incoherencias y pecados. Él mismo optó entrar en nuestro mundo “bajando”, poniéndose a nuestra altura, hasta el punto de rebajarse hasta morir en una cruz. Por eso, tal vez, ante estos señores “tan altos”, tan prepotentes, tan intransigentes, tan subidos en su verdad y en su cátedra, él se baja, se echa al suelo, donde está tirada la mujer. Sólo desde donde está ella se puede hacer un juicio justo. ¡Pobre del que no se acuerda de esto: más pronto o más tarde terminará lanzando piedras! El que se olvida de sus propios pecados y de la misericordia que han tenido con él, al final no será capaz de resistir la tentación de apedrear a cualquier pecador que se le ponga por delante.
El diálogo final entre Jesús y la mujer tiene una ternura especial. Ella necesita, por encima de todo, que la reconstruyan: Está destrozada. No ha abierto la boca. Y esta es la tarea que asume el Señor. Como si recordara esas palabras de Isaías que hoy hemos escuchado: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo”. Lo importante no es lo que ha pasado, sino lo que tiene que brotar, lo nuevo. Ella necesita un camino en su desierto, un río en su vida seca.
¿Cómo llegó a tan lastimosa situación? ¿Qué pasaría en su vida de pareja para que haya tenido que ir a buscar cariño a otro sitio? ¿Qué ganamos con apedrearla? Lo que debiera importarles e importarnos es que se rehaga, que se encuentre a sí misma, que sea una persona nueva...
¿Habéis visto aquí la “penitencia” que Jesús pone ante un pecado evidente? ¿Habéis visto cómo riñe a la mujer? ¿Habéis visto qué condiciones le pone para perdonarla? Si recordáis la parábola del domingo pasado: ¿Le echo aquel padre alguna “bronca” al hijo derrochador, desobediente y cabeza loca? ¿Recordáis que le dijera: “vas a tener que demostrar que estás arrepentido”? Incluso le defiende ante el juicio objetivo e implacable de su hermano. Su perdón es sin condiciones, un “regalo”, que es lo que significa “per-dón”, un gran regalo inmerecido.
Y es que Dios cuando se encuentra con el pecado, sólo le inquieta una cosa: ¿Qué hacemos para vencerlo? ¿Cómo superarlo? No importa lo que ha pasado, lo que hemos hecho: "Yo tampoco te condeno". Él lo que procura es hacer que surja algo nuevo en nosotros. Porque la peor situación es la desesperanza, el sentirse “malo”, superado, humillado, vencido. Así no hay progreso espiritual ni revitalización cristiana ni eclesial, ni salvación. Y el hombre/mujer se pierde.
Necesitamos escuchar la voz que Dios quiere dirigirnos en nuestro pecado y ante el pecado que descubrimos en los otros: Necesitamos sentirnos nuevos, que se nos abran los caminos. Necesitamos escuchar muchas veces de sus labios: “Yo tampoco te condeno, anda y no peques más”, y se nos caerán todas las piedras de las manos.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Sal 42, 1-2
Hazme justicia, Señor, y defiende mi causa contra la gente sin piedad:
líbrame del hombre falso y perverso, Señor,
porque tú eres mi Dios, mi fortaleza.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Señor y Dios nuestro,
te rogamos que tu gracia nos conceda
participar generosamente de aquel amor
que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte
por la salvación del mundo.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Escúchanos, Dios todopoderoso,
y por este sacrificio purifica a estos hijos tuyos
que has iniciado en la fe cristiana.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión
Cuando se lee el evangelio de la mujer adúltera: Jn 8, 10-11
Mujer, ¿nadie te ha condenado? Nadie, Señor.
Yo tampoco te condeno; vete, no peques más en adelante.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
concédenos que podamos contarnos siempre
entre los miembros de Cristo,
cuyo Cuerpo y Sangre hemos recibido.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Oración sobre el pueblo
Padre, bendice a tu pueblo que espera en tu misericordia
y concédele que obtenga lo que desea por tu inspiración.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Yo estoy por hacer algo nuevo
y daré de beber a mi pueblo
Lectura del libro del profeta Isaías 43, 16-21
Así habla el Señor:
el que abrió un camino a través del mar
y un sendero entre las aguas impetuosas;
el que hizo salir carros de guerra y caballos,
todo un ejército de hombres aguerridos;
ellos quedaron tendidos, no se levantarán,
se extinguieron, se consumieron como una mecha.
No se acuerden de las cosas pasadas,
no piensen en las cosas antiguas;
yo estoy por hacer algo nuevo:
ya está germinando, ¿no se dan cuenta?
Sí, pondré un camino en el desierto
y ríos en la estepa.
Me glorificarán las fieras salvajes,
los chacales y los avestruces;
porque haré brotar agua en el desierto
y ríos en la estepa,
para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido,
el Pueblo que yo me formé
para que pregonara mi alabanza.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 125, 1-6
R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones. R.
Hasta los mismos paganos decían:
«¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!»
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría! R.
¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones. R.
El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas. R.
Por Cristo he sacrificado todas las cosas,
hasta hacerme semejante a Él en la muerte
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 8-14
Hermanos:
Todo me parece una desventaja comparada con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a Él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a Él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jl 2, 12-13
«Vuelvan a mí de todo corazón,
porque soy bondadoso y compasivo, dice el Señor».
EVANGELIO
El que no tenga pecado que arroje la primera piedra
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?»
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.»
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?»
Ella le respondió: «Nadie, Señor.»
«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.»
Palabra del Señor.
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