2 Domingo de Pascua (C)
Liturgia Viva – II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Estamos reunidos en nombre de Jesús.
Él es el Primero y el Último,
el Viviente, que vive para siempre,
Señor y Dios nuestro.
Que su paz y alegría esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
¿Por qué nos reunimos cada domingo para celebrar la eucaristía del Señor? Por la misma razón por la que los primeros cristianos trasladaron su día de culto, del Sábado Judío al Domingo cristiano. Porque Cristo resucitó de entre los muertos el domingo, el primer día de la semana. El domingo vino así a ser “el Día del Señor”, el día en que los cristianos comenzaron a celebrar que Cristo estaba vivo y resucitado en la comunidad de sus fieles, como está ahora presente aquí entre nosotros. Él es real y está vivo entre nosotros, es nuestro compañero en el camino de la vida y le reconocemos en la comunidad de la Iglesia. Que el Señor Jesús nos otorgue una fe perspicaz para percibir y experimentar su presencia.
Acto Penitencial
Antes que nada, pidamos al Señor
que nos dé la paz de su perdón.
(Pausa)
Señor Jesús, tú ofreces a toda la humanidad
la paz de la reconciliación con Dios:
R/ Señor, ten piedad de nosotros
Cristo Jesús, tú quieres que nos reconciliemos
con todos nuestros hermanos y hermanas:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, Jesús, tú quieres que encontremos
paz auténtica con nosotros mismos:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ábrenos, Señor, a la plenitud de la vida
y perdona todos nuestros pecados.
Y llévanos un día a las alegrías de la vida eterna. Amén.
Oración Colecta
Roguemos para que nuestra fe en el Señor Resucitado
sea la verdadera fuerza motriz de nuestras vidas.
(Pausa)
Oh Dios de la vida y Padre nuestro de amor:
Nosotros no hemos visto con nuestros propios ojos
a tu Hijo Jesucristo,
ni hemos tocado con nuestros dedos
las señales de sus heridas,
sin embargo creemos en él
y hemos venido aquí juntos en su nombre.
Otórganos una fe en Jesús
profunda, firme, duradera,
para que el Espíritu del mismo Jesús
aliente nueva vida en nosotros
y nos haga mirar con nuevos ojos
a nuestro mundo y a los hombres,
de forma que podamos llevarles
su paz, su justicia y su amor.
Que la gente que nos rodea vea
y saboree por medio de nosotros
que Jesús está vivo
como nuestro Señor Resucitado,
ahora y por los siglos de los siglos.
Primera Lectura (Hch 5,12-16): Muchos Llegaron a Creer en el Señor
Porque Jesús estaba vivo en los apóstoles, él continuó su trabajo de sanación por medio de ellos. Porque Jesús estaba vivo en la comunidad cristiana, muchos llegaron a creer en él.
Segunda Lectura (Ap 1,9-13. 17-19): No tengan miedo: Soy yo, el Que Vive
El apóstol Juan sintió estimulada su fe con una visión del Señor resucitado. En su mensaje a las siete iglesias, símbolo de la Iglesia universal, anima a los cristianos perseguidos a no tener miedo y a permanecer firmes en la fe.
Evangelio [A-B-C] (Jn 20,19-31): No Seas Incrédulo, sino Hombre de Fe, aun sin Ver
Como Tomás, antes de que el Señor se le apareciera, nosotros no hemos visto a Jesús en carne y hueso. Dichosos nosotros si tenemos suficiente fe para reconocerle en nuestras vidas y en nuestro prójimo.
Oración de los Fieles
Pidamos a nuestro Señor Jesucristo una fe viva que nos lleve a creer no solamente en sus verdades y enseñanzas, sino en su persona y en su presencia entre nosotros, y digámosle:
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Por nuestros pastores en la fe, para que pongan los poderes de sanación, perdón y paz, que Jesús les confió, al servicio del Pueblo de Dios y de todos los que buscan la verdad, roguemos al Señor.
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Por todos aquellos cuya fe está en crisis, por la oscuridad y la duda, para que encuentren al Señor Vivo y Resucitado en su trabajo diario, en los acontecimientos de la vida y en el amor y confianza de sus prójimos, roguemos al Señor.
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Por los enfermos y afligidos, por los perseguidos y por todos los que son puestos a prueba en la vida, para que sigan confiando en el Señor, que cura y da vida, roguemos al Señor:
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Por los que trabajan por la paz y la justicia en el mundo, y especialmente en nuestro país, para que el Señor les dé valor y fortaleza, y bendiga y haga eficaces todos sus esfuerzos, roguemos al Señor:
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Por ésta y por todas las comunidades cristianas, para que nuestra fe en Jesús nos lleve a tener fe en la bondad de los unos para con los otros y a sentirnos unidos en el amor, roguemos al Señor: R
R/ Señor, ayúdanos a crecer en la fe.
Señor Jesucristo, vive en medio de nosotros y haznos sensibles a tu presencia en nuestras vidas. Y que nuestra integridad y amor sean el signo para todos de que tú permaneces ahora con nosotros y de que permanecerás por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Jesús se apareció a sus discípulos
y, con su saludo y su presencia, les ofreció paz.
Que en estos signos de pan y vino
venga él y se quede en medio de nosotros,
sus discípulos de hoy,
para traernos la paz de su presencia
y para fortalecer nuestra fe;
porque él es nuestro Señor y nuestro Dios
ahora y por los siglos de los siglos.
Introducción al Padre Nuestro
Con Jesús presente entre nosotros
rezamos nuestra plegaria de confianza al Padre:
R/ Padre nuestro…
Oración por La Paz
Señor Jesucristo:
En la noche de Pascua
tú dijiste a tus apóstoles:
”Mi paz les dejo, mi paz les doy”.
No mires nuestros pecados de incredulidad
sino la fe de tu Iglesia,
que gozosamente proclama
que tú resucitaste de entre los muertos.
Permanece siempre presente entre nosotros
para que gocemos la paz que tú nos prometiste.
Y lleva a la Iglesia a la perfecta unidad y fraternidad,
ahora y por los siglos de los siglos.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, nuestro Señor Resucitado,
a quien, como Tomás, aclamamos
como nuestro Señor y nuestro Dios.
Dichosos nosotros
porque él viene y permanece con nosotros.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Te damos gracias por Jesús, tu Hijo Resucitado,
Él, que nos ama, está vivo.
Danos ojos perspicaces de fe para ver,
para que todo lo que somos y hacemos
tenga profundo significado y sentido,
y para que tu Hijo esté con nosotros y nos guíe,
a través de nuestras vacilaciones
y de nuestra oscuridad,
a la plenitud de la alegría y del amor.
Que él permanezca con nosotros
ahora y por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: ¡Ojalá creamos profundamente
que el Señor está presente
en medio de nosotros, su pueblo!
¡Qué diferentes serían nuestras relaciones
con Dios, de los unos con los otros,
e incluso con nosotros mismos!
Entonces tendríamos realmente la paz
de la que Jesús habla insistentemente en el evangelio de hoy.
Que esta fe esté viva en nuestra comunidad,
con la bendición de Dios todopoderoso,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Divina Misericordia
Celebramos hoy la fiesta de la Misericordia. Se celebra el primer domingo después de Pascua, y es conocido como el Domingo de la Divina Misericordia. La inscribió primero en el calendario litúrgico el cardenal Francisco Macharski para su Archidiócesis de Cracovia (1985) y a continuación algunos obispos polacos lo hicieron en sus diócesis. A petición del Episcopado de Polonia, el Papa Juan Pablo II, en 1995, instituyó esta fiesta en todas las diócesis de Polonia. El 30 de abril de 2000, día de la canonización de Sor Faustina Kowalska, el Papa instituyó esta fiesta para toda la Iglesia.
Durante toda esta Octava de Pascua hemos meditado sobre las apariciones del Señor a distintas personas. Son experiencias de vida, de alegría, de reencuentro con Aquél que nos amó hasta el final. Encuentros que devuelven el valor para seguir adelante, como veremos en Pentecostés.
De momento, las lecturas de hoy nos van presentando el panorama de la comunidad cristiana, cuando comenzaba su desarrollo. Es importante para nosotros, tenemos que prestar atención a los detalles, porque deberíamos ser como ellos.
Para empezar, estaban todos unidos. Era necesario, porque se enfrentaban a mucha oposición. Estaban unidos, y se reunían para orar. En eso sí nos parecemos, porque también nosotros oramos juntos. En estos días, después de la muerte del Papa Francisco, y a la espera del cónclave para elegir al nuevo papa, todos los católicos estamos también unidos en la oración, por su eterno descanso y por el futuro de la Iglesia. Es algo que se siente a lo largo y ancho del mundo.
Parece que a los no creyentes los cristianos les caían bien, eran simpáticos, porque intentaban vivir de otra manera, aunque no se les juntaban, porque tenían miedo. Podía ser peligroso, ya que ir contra corriente siempre ha sido arriesgado. De hecho, las persecuciones contra los cristianos así lo atestiguan. La fidelidad se prueba en las tribulaciones.
Quizá por esa fidelidad, por esa constancia, muchos se iban acercando a la Iglesia. Crecía el número de los hermanos. Seguramente, porque los gestos que hacían los Apóstoles eran los mismos que hacía Jesús: sanar a los enfermos, liberar a los endemoniados, en definitiva, ayudar a las personas a ser felices, siendo libres. Es que el Resucitado dio a sus Discípulos su poder sanador.
El libro del Apocalipsis se escribió al final del siglo primero, en plena persecución de Domiciano, y después de la persecución de Nerón. Frente a la necesidad de adorar públicamente al emperador, en el centro de las comunidades cristianas debe estar siempre el Resucitado. Porque Él es el único Rey que gobierna a la Iglesia con su Palabra; el Sacerdote que ofrece el único sacrificio agradable a Dios, dando su propia vida; la culminación de todas las profecías.
La pregunta para nuestra comunidad hoy es: ¿a quién colocamos en el centro de nuestras vidas? ¿Al Resucitado y a su Palabra o a otras personas y otras palabras? ¿Adoramos a Cristo o a otros ídolos?
Sobre la importancia de la comunidad nos habla el Evangelio. Fuera de ella, Tomás no se puede encontrar con el Resucitado. Reunido con ella, se produce el encuentro y la confesión de fe. Y, frente al miedo a los judíos y las dudas sobre la presencia del Resucitado, la paz que emana del Señor. Esa paz que permite incluso afrontar la muerte con armonía, como hacen los mártires.
Si lo pensamos bien, todos los Apóstoles dudaron, no sólo Tomás. En realidad, san Lucas, por medio de Tomás, quiere ayudarnos a dar respuesta a esas dudas que pueden afectar a todos los creyentes, a todos los que no han visto al Señor resucitado, ni siquiera a los Discípulos, porque vivieron numerosos años después de la muerte de éstos. Porque a muchos les costaba creer. Les hubiera gustado tocar las llagas del Resucitado, para comprobar que es Él. Como a muchos cristianos de hoy.
Con el relato de las apariciones, en el día primero de la semana – cuando también nosotros nos reunimos ahora – el evangelista Lucas nos da las claves para poder entender lo que significa creer en la resurrección del Maestro. No se trató de un hecho físico, sino de algo sobrenatural, invisible a los ojos, pero accesible a los que tienen fe. Por eso, “dichosos los que crean sin haber visto”. El cuerpo resucitado, glorificado, no está delimitado por el espacio y el tiempo; se extiende hasta donde el Espíritu se extiende; se hace presente en el tiempo en el que el Espíritu está presente.
Cuando nos preguntamos ¿qué vieron los discípulos?, podemos responder: su visión no fue óptica, con los ojos naturales. Vieron porque Dios les permitió ver, contemplar «misteriosamente» la realidad del Señor resucitado. Jesús resucitado no está en un solo lugar, sino en todo lugar; en un tiempo, sino en todos los tiempos; en una persona, sino en todas las personas. Le ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Ver al Señor es verlo todo. Es ver la humanidad y su historia «de otra manera», es ver la naturaleza «de otra manera», es verse a uno mismo «de otra manera», es ver a Dios «de otra manera».
La visión de Jesús resucitado responde a su aparición o sus apariciones. Sin aparición no se puede ver. Dios Padre tiene la iniciativa: él hace que podamos «ver», por eso, «nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre», a «su Hijo unigénito». Hoy en día, somos cristianos si nos es concedida la gracia de una auténtica aparición pascual. El Señor Resucitado sigue apareciendo. Ver de esa forma es «creer». Es sentirse distinto, renacido, como una criatura nueva.
La verdadera fe no consiste en no ver físicamente, sino en «ver» de otra manera, dejar que la Revelación y Aparición del Señor nos saquen de nuestra ceguera, de nuestros límites estrechos. Por eso, quien así contempla y ve, es «bienaventurado». Tenemos el Evangelio, en el que resuena la voz de Cristo. Esa voz que las ovejas conocen, y por la que se sienten atraídos. Esa voz que nos sigue llamando, y hablando de la misericordia de Dios. Como lo hizo el Papa Francisco.
Esos benditos por creer sin haber visto somos nosotros. Al igual que los Discípulos, estamos invitados a ser portadores de la paz de Cristo, a sanar con nuestras acciones y palabras, y a anunciar con valentía la Buena Nueva de Jesús. Que así lo hagamos, Señor. Amén.
EVANGELIO
A los ocho días, llegó Jesús.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Palabra de Dios.
NO SEAS INCRÉDULO SINO CREYENTE
No seas incrédulo, sino creyente.
La figura de Tomás como discípulo que se resiste a creer ha sido muy popular entre los cristianos. Sin embargo, el relato evangélico dice mucho más de este discípulo escéptico. Jesús resucitado se dirige a él con unas palabras que tienen mucho de llamada apremiante, pero también de invitación amorosa: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomás, que lleva una semana resistiéndose a creer, responde a Jesús con la confesión de fe más solemne que podemos leer en los evangelios: «Señor mío y Dios mío».
¿Qué ha experimentado este discípulo en Jesús resucitado? ¿Qué es lo que ha transformado al hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué recorrido interior lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? Lo sorprendente es que, según el relato, Tomás renuncia a verificar la verdad de la resurrección tocando las heridas de Jesús. Lo que le abre a la fe es Jesús mismo con su invitación.
A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles. Nos hemos hecho más críticos, pero también más inseguros. Cada uno hemos de decidir cómo queremos vivir y cómo queremos morir. Cada uno hemos de responder a esa llamada que, tarde o temprano, de forma inesperada o como fruto de un proceso interior, nos puede llegar de Jesús: «No seas incrédulo, sino creyente».
Tal vez, necesitamos despertar más nuestro deseo de verdad. Desarrollar esa sensibilidad interior que todos tenemos para percibir, más allá de lo visible y lo tangible, la presencia del Misterio que sostiene nuestras vidas. Ya no es posible vivir como personas que lo saben todo. No es verdad. Todos, creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos, caminamos por la vida envueltos en tinieblas. Como dice Pablo de Tarso, a Dios lo buscamos «a tientas».
¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte confiando en el Amor como última Realidad de todo? Ésta es la invitación decisiva de Jesús. Más de un creyente siente hoy que su fe se ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal y menos fundamentado. No lo sé. Tal vez, ahora que no podemos ya apoyar nuestra fe en falsas seguridades, estamos aprendiendo a buscar a Dios con un corazón más humilde y sincero.
No hemos de olvidar que una persona que busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente. Muchas veces, no es posible hacer mucho más. Y Dios, que comprende nuestra impotencia y debilidad, tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación.
DE LA DUDA A LA FE
El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.
Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: "Hemos visto al Señor". Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: "Si no lo veo...no lo creo".
Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.
Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.
Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.
Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas.
No son "pruebas" de la resurrección, sino "signos" de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: "No seas incrédulo, sino creyente". Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: "Señor mío y Dios mío".
Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.
ABRIR LAS PUERTAS
… con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven «en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos».
Con las «puertas cerradas» no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.
El «miedo» puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo.
ALEGRÍA Y PAZ
Se llenaron de alegría.
No les resultaba fácil a los discípulos y discípulas expresar lo que estaban viviendo. Se les ve acudir a toda clase de recursos narrativos. El núcleo, sin embargo, siempre es el mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos. Esto es lo decisivo. Recuperan a Jesús lleno de vida.
Los discípulos se encuentran con el que los había llamado y al que habían dejado solo. Las mujeres abrazan al que había defendido su dignidad y las había acogido como amigas. Pedro llora al verlo: ya no sabe si lo quiere más que los demás, sólo sabe que lo ama. María de Magdala abre su corazón a quien la había seducido para siempre. Los pobres, las prostitutas y los indeseables lo sienten de nuevo cerca, como en aquellas inolvidables comidas junto a él.
Ya no será como en Galilea. Tendrán que aprender a vivir de la fe. Deberán llenarse de su Espíritu. Tendrán que recordar sus palabras y actualizar sus gestos. Pero, Jesús, el Señor, está con ellos lleno de vida para siempre.
Todos experimentan lo mismo: una paz honda y una alegría incontenible. Las fuentes evangélicas, tan sobrias siempre para hablar de sentimientos, lo subrayan una y otra vez: el resucitado despierta en ellos alegría y paz. Es tan central esta experiencia que se puede decir, sin exagerar, que de esta paz y esta alegría nació la fuerza evangelizadora de los seguidores de Jesús.
¿Dónde está hoy esa alegría en una Iglesia, a veces tan cansada, tan seria, tan poco dada a la sonrisa, con tan poco humor y humildad para reconocer, sin problemas, sus errores y limitaciones? ¿Dónde está esa paz en una Iglesia tan llena de miedos, tan obsesionada por sus propios problemas, buscando casi siempre su propia defensa antes que la felicidad de la gente?
¿Hasta cuándo podremos seguir defendiendo nuestras doctrinas de manera tan monótona y aburrida, si, al mismo tiempo, no experimentamos la alegría de «vivir en Cristo»? ¿A quién atraerá nuestra fe si, a veces, no podemos ya ni aparentar que vivimos de ella?
Y, si no vivimos del Resucitado, ¿quién va a llenar nuestro corazón, dónde se va a alimentar nuestra alegría? Y, si falta la alegría que brota de él, ¿quién va a comunicar algo «nuevo y bueno» a quienes dudan, quién va a enseñar a creer de manera más viva, quién va a contagiar esperanza a los que sufren?
EL REGALO DE LA ALEGRÍA
Se llenaron de alegría.
Todos hemos conocido alguna vez momentos de alegría intensa y clara. Tal vez, sólo ha sido una experiencia breve y frágil, pero suficiente para vivir una sensación de plenitud y cumplimiento. Nadie nos lo tiene que decir desde fuera. Cada uno sabemos que en el fondo de nuestro ser está latente la necesidad de la alegría. Su presencia no es algo secundario y de poca importancia. La necesitamos para vivir. La alegría ilumina nuestro misterio interior y nos devuelve la vida. La tristeza lo apaga todo. Con la alegría todo recobra un color nuevo; la vida tiene sentido; todo se puede vivir de otra manera.
No es fácil decir en qué consiste la alegría, pero ciertamente hay que buscarla por dentro. La sentimos en nuestro interior, no en lo externo de nuestra persona. Puede iluminar nuestro rostro y hacer brillar nuestra mirada, pero nace en lo más íntimo de nuestro ser. Nadie puede poner alegría en nosotros si nosotros no la dejamos nacer en nuestro corazón.
Hay algo paradójico en la alegría. No está a nuestro alcance, no la podemos «fabricar» cuando queremos, no la recuperamos a base de esfuerzo, es una especie de «regalo» misterioso. Sin embargo, en buena parte, somos responsables de nuestra alegría, pues nosotros mismos la podemos impedir o ahogar.
Desde una perspectiva cristiana, la raíz última del gozo está en Dios. La alegría no es simplemente un estado de ánimo. Es la presencia viva de Cristo en nosotros, la experiencia de la cercanía y de la amistad de Dios, el fruto primero de la acción del Espíritu en nuestro corazón. El relato evangélico dice que «los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».
Es fácil estropear esta alegría interior. Basta con encerrarse en uno mismo, endurecer el corazón, no ser fiel a la propia conciencia, alimentar nostalgias y deseos imposibles, pretender acapararlo todo. Por el contrario, la mejor manera de alimentar la alegría es vivir amando. Quien no conoce el amor cae fácilmente en la tristeza. Por eso, el culmen de la alegría se alcanza cuando dos personas se miran desde un amor recíproco desinteresado. Es fácil que entonces presientan la alegría que nace de ese Dios que es sólo Amor.
FE Y PROGRESO
Dichosos los que crean sin haber visto.
Se habla hoy una y otra vez de crisis de fe. El término «crisis» tiene actualmente un sentido peyorativo. Sin embargo, proviene del verbo griego «krínein» que significa discernir, separar, juzgar. Una situación de crisis de fe es un momento decisivo que invita a clarificar las cosas y descubrir qué es en verdad ser creyente.
Se piensa con frecuencia que el moderno progreso de la ciencia y de la técnica es una amenaza para la fe. No es así. Dios ha creado al ser humano precisamente para que desarrolle su capacidad creativa. La fe no ha de temer el progreso científico. Al contrario, en ese progreso ha de encontrar el mejor espacio para crecer.
El progreso moderno se fundamenta básicamente en el cálculo y la eficacia. Para progresar científicamente es necesario el cálculo riguroso y preciso. Por otra parte, hay que asegurar y verificar la eficiencia. ¿Se resuelve así el problema de la vida? ¿Logra el ser humano de este modo satisfacer su anhelo de verdad, sentido y plenitud?
En medio del progreso, la persona ha de ser inteligente. Ha de saber leer dentro de la realidad (inteligencia viene de «intus-legere»), penetrar en el sentido de la existencia, encontrar el camino acertado para responder a sus anhelos más hondos. La fe no va contra la inteligencia, sino que la estimula.
La fe va más allá del progreso técnico. El creyente va al fondo de esa realidad que la técnica trabaja en sus aspectos más externos, escucha el misterio último de la existencia, se deja interrogar por la vida. La fe no nace como conclusión de una investigación científica, sino como gracia a la que se abre quien está atento a la vida y vive en actitud acogedora. La fe poco tiene que ver con la rigidez de la ciencia. Es más bien la acogida confiada del Misterio más allá de la ciencia.
El relato del encuentro de Tomás con Cristo resucitado es iluminador. Tomás adopta en principio una actitud científica: pide pruebas rigurosas y verificación eficiente. No es ése el camino de la fe. Cuando se encuentra con Cristo cambia de postura. No mete sus dedos ni su mano en las llagas. Reconoce sus límites, se deja interrogar por el Misterio, lo acoge y termina en actitud de adoración. Se hace creyente. El cristiano valora el progreso moderno que tanto puede humanizar la vida, pero no se cierra al misterio de Dios en quien está la salvación definitiva del ser humano.
NO SEAS INCREDULO
No seas incrédulo, sino creyente.
Los positivismos de todos los tiempos han defendido algo que se puede formular así: «No existe más realidad ni hay más verdad que la que yo puedo ver y tocar.» Naturalmente, las preguntas que a uno le brotan no son pocas: ¿Quién me garantiza a mí que no existe ninguna realidad más allá de lo que yo puedo comprobar?, ¿quién me asegura que mi razón es la medida de todo?, ¿no puedo sospechar que la profundidad y la grandeza de la existencia es más de lo que yo puedo abarcar directamente?
No hace mucho hablaba de estas cosas con un catedrático, de gran prestigio en su propio campo. Había intervenido yo el día anterior en unas Jornadas de la Universidad Balear con una ponencia poco habitual en esos foros: «¿Cómo nació la fe en la resurrección de Jesús?» El profesor se declaraba agnóstico pero estaba enormemente interesado por el origen de la fe cristiana.
Conversamos largamente sobre Cristo: ¿Está actualmente vivo?, ¿es un difunto más?, ¿cómo creer en él si no podemos verle?, ¿quién puede garantizar que nos aporta algo positivo?, ¿tiene sentido el empeñarnos en mantener viva esta reliquia del pasado? En muchas cosas sintonizábamos: los dos queríamos conocer la verdad; ambos sabíamos que no podíamos fundamentar nuestras respectivas posturas en pruebas científicas: yo acepto una Causa y un Origen misterioso que llamo «Dios»; él admitía una misteriosa ausencia de toda causa y origen.
En un determinado momento nos preguntamos por qué él tendía a negar a Dios y por qué yo me inclinaba a creer en Él. El catedrático, buen conocedor del evangelio, me dijo: «Mi postura es la de Tomás: yo necesito ver con mis propios ojos y tocar con mis propias manos.» Yo le hice ver entonces que el relato evangélico está redactado con mucho cuidado; en definitiva, Tomás no llega a meter sus dedos ni su mano en las llagas, sino que confiesa a Jesús como «Señor y Dios» después de haber escuchado desde el fondo de su ser esta llamada: «No seas incrédulo, sino creyente. » Entonces aquel hombre me hizo esta confesión sincera y sorprendente: «Si es así, no me parezco a Tomás, pues yo, en mi lucha interior, me he sorprendido a mí mismo en alguna ocasión haciéndole a Dios esta extraña petición: “Consérvame en la incredulidad”.»
Los dos quedamos en silencio. Estábamos hablando de algo que nos superaba a ambos. ¿Quién puede conocer los subterfugios y resistencias de los humanos ante la visita de Dios? El Misterio último de la vida nos desborda a creyentes y agnósticos. El corazón humano es pequeño y débil. Tal vez, su mayor grandeza está en escuchar esa llamada misteriosa: «No seas incrédulo, sino creyente. »
DANOS LA PAZ
Paz a vosotros.
En medio de este pueblo, enfrentado por tantos conflictos y desgarrado por tanta violencia, escucho en silencio, Señor, las primeras palabras que pronuncian tus labios de resucitado, después que los hombres te han crucificado: «Paz a vosotros.»
Y entiendo con una luz nueva que la paz no es un vago deseo, propio de gente ingenua que no tiene los pies en el suelo, sino el destino último del hombre, lo que más profundamente deseas tú para todos los pueblos y, también, para el nuestro.
Escuchando tus palabras, veo con más claridad que los que pecan de falta de realismo son quienes, en nombre de alguna causa, promueven el odio y la violencia porque no creen en el hombre ni en sus posibilidades.
Este es, Señor, nuestro gran pecado. No nos atrevemos a experimentar los caminos de la no-violencia. No nos fiamos del diálogo. No creemos que al mal sólo se le vence con el bien, a la injuria con el perdón, a la violencia con la paz.
Y aquí seguimos, divididos y enfrentados. Unos celebran el «Aberri Eguna», otros no. Unos lo celebran con una consigna y otros con otra. Fácilmente nos sentimos no sólo adversarios, sino también enemigos. Pero tú nos recuerdas que todos somos hermanos y no estamos hechos para vivir permanentemente en la violencia y el rechazo mutuo, sino en el diálogo y la paz.
Ese saludo pascual, «Paz a vosotros», que repites una y otra vez a los hombres, nos llama a todos a la conversión, pues todos hemos obstaculizado la paz cuando hemos ahondado la división entre nosotros, cuando hemos creado un clima de mutua intolerancia, hemos alentado de alguna manera el odio o hemos permanecido indiferentes, sin reaccionar ante atentados violentos e injusticias de todo tipo.
Señor, limpia nuestro corazón, pues en su interior se genera, en definitiva, la violencia, el odio y la venganza. Sanea nuestra mente que tiende a absolutizar siempre lo propio para imponerlo con fuerza a los demás. Transforma nuestros sentimientos y siembra en nosotros la concordia, la ternura y la compasión ante todo ser humano. Enséñanos a buscar la paz por caminos de justicia, diálogo y verdad.
Pero, por mucho que nosotros trabajemos en favor de la paz, nunca podremos presentarnos ante ti con una paz construida, lograda. Pobre paz la que sea sólo una paz hecha por nosotros. Por eso, escucha tú el deseo de este pueblo, cansado ya de tanta violencia, que pide y necesita paz. Tú que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
EXPERIMENTAR LA PAZ
La paz a vosotros.
Los relatos cristianos tienen especial interés en señalar que el encuentro con el Resucitado es siempre una experiencia pacificadora. Este es su saludo y su regalo: “La paz a vosotros”.
El hombre contemporáneo habla mucho de la necesidad de evitar las guerras y conflictos armados entre los pueblos. Podemos leer toda clase de libros, artículos y reflexiones sobre la necesidad de detener la carrera de armamentos y suprimir la fabricación de armas nucleares antes de que la humanidad sea destruida.
Pero apenas habla nadie de la necesidad de paz interior. Esa paz personal sin la cual la vida de cada hombre o mujer puede quedar destruida.
Esa paz no proviene sólo de circunstancias externas ni consiste en no tener problemas o conflictos de importancia. Es más bien una plenitud de vida que se experimenta gozosamente en lo más profundo del corazón como conquista y como don.
Esta paz nace de una confianza creciente en el Dios que nos salva, y se va difundiendo en todo nuestro ser, liberándonos de miedos di fusos o concretos, de angustias inmediatas o antiguas, de culpabilidades recientes o pasadas.
Esta paz exige enfrentarnos con nuestra propia verdad y reconciliarnos con nosotros mismos. Las cosas, las personas, el ajetreo de cada día, los problemas tiran de nosotros, nos dispersan, nos disgregan y nos distancian de nosotros mismos. Necesitamos poner cada cosa en su verdadero sitio, dar una unidad más profunda a nuestra vida, aceptar humildemente lo que somos, enraizar nuestra existencia en Dios.
No necesito entonces agarrarme nerviosamente a mí y a mis cosas puesto que soy sostenido por el Creador mismo de la vida. No necesito cargar con el peso de mis equivocaciones y mis pecados pues soy acogido y perdonado por quien es el Amor.
Puedo ser paciente conmigo mismo y aceptar humildemente mi fragilidad y mi pequeñez. Puedo autoestimarme sin hundirme en la amargura y en la desesperanza, a pesar de todas mis limitaciones.
Quien no está en paz consigo mismo no puede ser pacificador sino que vive vertiendo en la sociedad su amargura interior, su desintegración, su fracaso personal.
Quien conoce esta paz interior y la sabe guardar y hacer crecer en su corazón, se convierte en “constructor de paz” en la convivencia diaria. Celebrar la resurrección del Señor es acoger esa paz y difundirla en el mundo.
SIN HABER VISTO
Dichosos los que crean sin haber visto.
Las experiencias de Pascua terminaron un día. Ninguno de nosotros se ha vuelto a encontrar con Jesús, el resucitado. Al parecer, ya no tenemos, hoy día, experiencias semejantes.
Pero, si las experiencias que se esconden tras esos relatos no son ya accesibles a nosotros, y si no pueden ser revividas, de alguna manera, en nuestra propia experiencia, ¿no quedarán todos estos relatos maravillosos en algo muerto que ni la mejor de las exégesis logrará devolver a la vida?
Sin duda, ha habido a lo largo de la historia, hombres que han vivido experiencias extraordinarias. No se puede leer sin emoción el fragmento que encontraron en una prenda de vestir de Blas Pascal.
Con toda exactitud nos indica el gran científico y pensador francés el momento preciso en que vivió una experiencia estremecedora que dejó huella imborrable en su alma.
No parece tener palabras adecuadas para describirla: «Seguridad plena, seguridad plena... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría... Jesucristo. Yo me he separado de El; he huido de El; le he negado y crucificado. Que no me aparte de El jamás. El está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio».
No se trata de vivir experiencias tan profundas y singulares como la vivida por Pascal. Mucho menos, todavía, pretender encontrarnos con Jesús resucitado de manera idéntica a como se encontraron con él los primeros discípulos sobre cuyo testimonio único descansan todas nuestras experiencias de fe.
Pero, ¿hemos de renunciar a toda experiencia personal de encuentro con el que está Vivo? Obsesionados sólo por la razón, ¿no nos estamos convirtiendo en seres insensibles, incapaces de escapar de una red de razonamientos y raciocinios que nos impiden captar llamadas importantes de la vida?
¿No tenemos ya nadie esas experiencias de encuentro reconciliador con Cristo en donde uno encuentra esa paz que le recompone a uno el alma, le reorganiza de nuevo la vida y le introduce en una existencia más clara y transparente?
¿No hemos tenido nunca la «certeza creyente» de que el que murió en la cruz vive y está próximo a nosotros? ¿No hemos experimentado nunca que Cristo resucita hoy en las raíces mismas de nuestra propia vida?
¿No hemos experimentado nunca que algo se conmovía interiormente en nosotros ante Cristo, que se despertaba en nosotros la alegría, la seducción y la ternura y que algo se ponía en nosotros en seguimiento de ese Jesús vivo?
El hombre crítico, atento sólo a la voz de la razón y sordo a cualquier otra llamada, objetará que todo esto es especulación irreal a la que no responde realidad objetiva alguna.
Pero el creyente comprobará humildemente la verdad de las palabras de Jesús: «Dichosos los que creen sin haber visto».
RESUCITAR LO MUERTO
Exhaló su aliento sobre ellos.
La muerte no es sólo el final biológico del hombre. Antes de que llegue el término de nuestros días, la muerte puede invadir diversas zonas de nuestra vida.
No es difícil constatar cómo, por diversos factores y circunstancias, se nos van muriendo a veces, la confianza en las personas, la fe en el valor mismo de la vida, la capacidad para todo aquello que exija esfuerzo generoso, el valor para correr riesgos.
Quizá, casi inconscientemente, se va apoderando de nosotros la pasividad, la inercia y la inhibición. Poco a poco vamos cayendo en el escepticismo, el desencanto y la pereza total.
Quizás ya no esperamos gran cosa de la vida. No creemos ya demasiado ni en nosotros mismos ni en los demás. El pesimismo, la amargura y el malhumor se adueñan cada vez más fácilmente de nosotros.
Acaso descubrimos que en el fondo de nuestro ser la vida se nos encoge y se nos va empequeñeciendo. Quizás el pecado se ha ido convirtiendo en costumbre que somos incapaces de arrancar, y se nos ha muerto ya hace tiempo la fe en nuestra propia conversión.
Tal vez sabemos, aunque no lo queramos confesar abiertamente, que nuestra fe es demasiado convencional y vacía, costumbre religiosa sin vida, inercia tradicional, formalismo externo sin compromiso alguno, «letra muerta» sin espíritu vivificador.
El encuentro con Jesús Resucitado fue para los primeros creyentes una llamada a «resucitar» su fe y reanimar toda su vida.
El relato evangélico nos describe con tonos muy oscuros la situación de la primera comunidad sin Jesús. Son un grupo humano replegado sobre sí mismo, sin horizontes, «con las puertas cerradas», sin objetivos ni misión alguna, sin luz, llenos de miedo y a la defensiva.
Es el encuentro con Jesús Resucitado el que transforma a estos hombres, los reanima, los llena de alegría y paz verdadera, los libera del miedo y la cobardía, les abre horizontes nuevos y los impulsa a una misión.
¿No deben ser nuestras comunidades cristianas un lugar en el que podamos encontrarnos con este Jesús Resucitado y recibir su impulso resucitador? ¿No necesitamos escuchar con más fidelidad su palabra y alimentarnos con más fe en su Eucaristía, para sentir sobre nosotros su aliento recreador?
JESÚS VIVO ÚNICAMENTE SE DEJA VER CON LOS OJOS DE LA FE
Fray Marcos
Jn 20, 19-31
Si superamos la interpretación de la resurrección como la reanimación de un cadáver, se complica mucho la comprensión de la Pascua.
La experiencia pascual es una vivencia que afectó vitalmente a los seguidores de Jesús, y por tanto cambió su manera de ver a Jesús y a Dios. Es una falta de perspectiva exegética el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones o en el sepulcro vacío. Los evangelios nos dicen más bien, que para "ver" a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, solo lleva a la conclusión de que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús, como hace Magdalena; y las apariciones, a pensar que estamos ante un fantasma.
La resurrección es el concepto con el que los primeros cristianos quisieron trasmitir la manera de ver a Jesús después de su muerte. Esa experiencia de que seguía vivo, y además les estaba comunicando a ellos mismos Vida, no era fácil de comunicar. Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas, se habló de exaltación y glorificación. Primero se interpretó a Jesús como el juez escatológico, que vendría al fin de los tiempos a juzgar, es decir a salvar definitivamente a los suyos. Vieron a Jesús como dador de salvación definitiva sin hacer ninguna referencia a la resurrección.
Otra cristología que se puede percibir en algunas comunidades primitivas, es la de Jesús como taumaturgo que manifestó con su poder, que Dios estaba con él. Para ellos los milagros eran la clave de la comprensión de Jesús. Esta cristología es muy criticada ya en los mismos evangelios, lo cual quiere decir que se quería contrarrestar su influjo.
Otra manera de explicar la experiencia pascual, que no tiene explícitamente en cuenta la resurrección, es la que considera a Jesús como la Sabiduría de Dios. Sería el Maestro que conectando con la Sabiduría preexistente del AT, nos enseña lo necesario para llegar a Dios.
Estas maneras de entender a Jesús después de su muerte, fuero condensándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado par explicar la vivencia de los seguidores de Jesús una vez muerto.
En ninguna parte de los escritos canónicos del NT se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no puede ser un fenómeno constatable empíricamente; no puede ser objeto de nuestra percepción sensorial. Todos los intentos por demostrar la resurrección como un fenómeno constatable por los sentidos, están de antemano abocados al fracaso.
La experiencia pascual sí fue un hecho histórico. Cómo llegaron los primeros cristianos a esa experiencia no lo sabemos. En los relatos pascuales se manifiesta el intento de comunicar a los demás una vivencia íntima, que es intransferible. Desde su universo conceptual fueron elaborando unos relatos que intentan convencer a los demás de lo que ellos estaban viviendo. Desde el nuevo paradigma en el que nos encontramos hoy, no podemos entender el mensaje que quieren trasmitir. Al entenderlo literalmente, tomamos los relatos por crónicas de sucesos y perdemos el verdadero mensaje.
Cómo llegaron los discípulos a esta convicción, tenemos que descubrirlo a través de nuestra propia vivencia de resurrección. Es imposible conocer lo que pudo suceder en el interior de cada uno de ellos. Pero es muy importante que lo planteemos, porque ese mismo proceso tiene que realizarse en nosotros, si queremos entender la resurrección.
El relato que hemos leído hoy, fue escrito hacia el año cien, es decir 70 años después de morir Jesús. Como todos los relatos de apariciones, se ajusta al esquema teológico que es común a todos: una situación dada; aparición repentina; saludo; reconocimiento después de dudar; la misión. El querer entenderlo literalmente, nos priva del verdadero contenido. Es curioso que el relato de hoy no tenga en cuenta para nada el inmediato anterior del evangelio que leímos el domingo pasado. (Magdalena, Pedro y Juan en el sepulcro)
"Reunidos el primer día de la semana". Sigue insistiendo en el primer día de la semana. La creación del mundo había durado seis días. El séptimo descansó Dios. Jesús comienza la nueva creación el primer día de una nueva semana, es decir, el tiempo de otra creación, esta vez definitiva. Esta interpretación teológica vino después de la práctica que muy pronto se hizo común entre los cristianos. Los que seguían a Jesús, todos judíos, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del Sábado. Como el paso de un día a otro, se producía a la puesta del sol, al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. El texto demuestra que en las comunidades cristianas estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas (cada ocho días).
"Con las puertas atrancadas, por miedo a los judíos". ¿No eran judíos ellos? En muchos textos de Juan, cuando dice judíos quiere decir fariseos. Cuando se escribió, ya les habían expulsado de la sinagoga, por lo tanto se sentían cristianos, no judíos. El local cerrado delimita el espacio de la comunidad en medio del mundo hostil.
"En medio". No recorrió ningún espacio, su presencia se efectúa directamente. Jesús había dicho: "Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Él es para la comunicad fuente de vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia, sino que se les impone.
"Les mostró las manos y el costado". Los signos de su amor evidencian que es el mismo que murió en la cruz. No hay lugar para el miedo a la muerte. La verdadera vida nadie puedo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales, indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica vida.
"Recibid Espíritu Santo". "Sopló" es el verbo usado en Gn 2,7 en la traducción al griego de los 70. Con aquel soplo se convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da verdadera Vida. Termina así la creación del hombre. "Del Espíritu nace espíritu" 3,6. Esto significa nacer de Dios. Se ha Hecho realidad la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu.
"Tomás no estaba con ellos". Esta aclaración prepara una lección para todos los cristianos. Separado de la comunidad no tiene la experiencia de Jesús vivo; está en peligro de perderse. Solo unido a la comunidad puedes encontrar a Jesús.
"Los otros le decían, hemos visto al Señor". Significa la experiencia de la presencia de Jesús que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les ha hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. Tenemos aquí otra enseñanza clave. Los testimonios nunca son suficientes, no pueden suplir la experiencia personal de la nueva Vida.
"A los ocho días". Es decir, en la siguiente ocasión en que la comunidad se vuelve a reunir. Jesús se hace presente en cada celebración comunitaria. El día octavo es el día primero de la creación definitiva. La creación que Jesús ha realizado durante su vida, el día sexto, y que tiene su máxima expresión en la cruz, llega a su plenitud en la Pascua. Tomás se ha reintegrado a la comunidad, allí puede experimentar el Amor.
"Trae tu dedo, aquí tienes mis manos". En este relato, la duda está personalizada en Tomás. Las señales son inseparables del nuevo Jesús porque son el símbolo del amor total. Gracias a que posee el Espíritu en plenitud, puede ahora comunicarlo a sus seguidores. La resurrección no le ha separado de la condición humana anterior.
"¡Señor mío y Dios mío!" La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Se negó a creer si no tocaba sus manos traspasadas. Ahora renuncia a la certeza física y va mucho más allá de lo que ve. Al llamarle Señor y Dios, reconoce la grandeza, y al decir mío, el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión.
"Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás tiene la misma experiencia de los demás: ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al presente. Solo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo, resucitado.
Por exigir esa presencia, la experiencia de Tomás no puede ser modelo. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado en la comunidad. El descubrimiento de ese amor, tiene que llevar a la fe en Jesús vivo.
Naturalmente, todos tienen que creer sin haber visto, porque lo que se ve no se cree. Fijaros que Tomás ve el cuerpo de Jesús, pero dice: ¡Señor mío y Dios mío! La resurrección no puede ser objeto de conocimiento, ni sensorial ni intelectual, sino de fe. Solo experimentando a Cristo Vivo, sabré lo que es la resurrección.
Meditación-contemplación
Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. (Pablo)
Métete esto bien en la cabeza:
Sin experiencia pascual, no hay cristiano posible.
Es necesario un proceso de interiorización de lo aprendido sobre Jesús.
.........................
El difícil paso que dieron los discípulos de Jesús,
del conocimiento externo y sensorial a la experiencia viva,
es el paso que tengo que dar yo, del conocimiento teórico de Jesús,
a la vivencia interna de que me está comunicando su misma VIDA.
...................
El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.
El mismo Espíritu que descendió sobre él,
me está invadiendo a mí en cada momento.
Si dejo que él tome las riendas de mi ser, me hará vivir su misma Vida.
.........................
CREER Y VER
Enrique Martínez Lozano
Jn 20, 19-31
Si en el cuarto evangelio, todos los personajes que aparecen son representativos, Tomás es símbolo de aquellos discípulos que tenían (tienen) dificultades o se resistían (resisten) a creer en la resurrección de Jesús. Pensando en ellos, el autor del evangelio ha construido una catequesis, que gira en torno a dos cuestiones centrales: la afirmación de fe de Tomás y la bienaventuranza que pone en boca de Jesús.
Empecemos por el final: "Dichosos los que creen sin haber visto". En el cuarto evangelio, el tema de "creer" –que aparece unido a "nacer de nuevo"- presenta una especial relevancia y remite a algo paradójico: No se trata de "ver" para poder "creer", sino justo al revés: sólo cuando se "cree", se "ve".
Aunque de entrada pueda sonar extraña, en realidad esa paradoja responde ajustadamente a lo que es la condición humana. Si sabemos que "creer" significa "confiar", caeremos en la cuenta de que el niño, antes de "saber", confía... Y sobre esa confianza se empieza a construir su personalidad.
¿Qué significa, pues, "creer" o "confiar"? Aquí está la clave de toda esta cuestión. Se trata de acceder a un estadio de conciencia donde la confianza resplandece, porque descubres que, en ese nivel, todo está bien. Acalla la mente y su vagabundeo errático, silencia el ego y su cúmulo de deseos, y emergerá la Quietud, el estado de Presencia, caracterizado por la Confianza y la Certeza: es justo ahí cuando empiezas a "ver" o a comprender.
Esa es precisamente la bienaventuranza: se proclama felices o dichosos a quienes, trascendiendo la mente y el yo, experimentan la confianza radical, en ese estado que permite "ver".
De este modo, parece que el autor del evangelio buscaba motivar a los cristianos de la segunda generación para que acogieran la fe en la resurrección y, de ese modo, llegaran a la profesión de fe cristiana: "Señor mío y Dios mío". Porque es ahí –viene a decir- donde se juega la fe, no en el hecho de haber tocado o no las llagas del resucitado.
Lo que se percibe y vive en ese nivel –trascendida la mente y el yo- es Paz y Perdón. Ahí se ha dejado el reino del ego y se es introducido en el reino del Espíritu. No es extraño que sean precisamente ésas las palabras del resucitado.
Por lo demás, el resto del relato no parece ser sino una escenificación que pretendía mostrar el objetivo enunciado.
Se sitúan las apariciones, tanto la primera como la segunda, en domingo –"el día del Señor"- y en el contexto de la celebración de la Eucaristía. Con lo que el autor transmite también otro mensaje: la eucaristía –o "fracción del pan", o "cena del Señor"- es el "lugar" idóneo para experimentar al resucitado; y quien no participa de ella, pierde la posibilidad de verlo. Pero no por un motivo mágico –como si de un premio se tratara-, sino porque la eucaristía es la celebración de la Unidad de todo.
Se menciona de un modo expreso el miedo de los discípulos. Si tenemos en cuenta que este evangelio no se escribe antes del año 100, no sabemos si esa mención obedece a un recuerdo histórico –en el contexto de alguna persecución de que fueran objeto los discípulos de Jesús por parte de los judíos-, o quiere mostrar sencillamente el estado de ánimo del grupo antes del "encuentro" con el resucitado, o incluso si sólo es un pretexto para decir que las puertas estaban "cerradas" y, aun a pesar de ello, Jesús se hace presente.
El mensaje puesto en boca del resucitado es siempre un mensaje de Paz. De hecho, lo había sido a lo largo de toda la vida del Maestro, a pesar de haber vivido en un conflicto casi permanente. En medio del conflicto, Jesús fue paz.
La paz es hermana de la confianza. Al acallar la mente –cuando dices "¡párate!"-, aparece lo que siempre hay: Quietud (otro nombre de la paz). Y simultáneamente, Confianza que brota al apercibir que, en ese "lugar", en el Silencio que está oculto detrás de tantos ruidos de todo tipo, todo está bien. La confianza y la paz se hermanan en una sensación de Gozo sereno y desapropiado, que no está reñido con que, a nivel superficial, aparezcan alegrías o tristezas efímeras.
Quien experimenta esto, se siente "enviado", tal como señala el mismo texto. No a hacer proselitismo ni porque se crea en posesión de la verdad. Es algo mucho más hondo, gratuito y desapropiado. Sentirse "enviado" es, sencillamente, reconocerse como "cauce" a través del cual la Vida se expresa. Por eso mismo, no hay apropiación ni expectativas; se deja que la Vida sea. Por eso, en este sentido en el que lo estamos planteando, únicamente puede sentirse "enviado" quien ha dejado de identificarse con su yo, se ha desprendido del ego. El yo no puede nunca vivir como "enviado", aunque lo proclame, porque su característica es vivir egocentrado, justo lo opuesto a ser cauce.
Tanto la paz como el envío y el perdón, que se nombrará más adelante, nacen –es otra forma de decirlo- de experimentarse llenos del Espíritu. En el Silencio de la mente, en la Quietud de la Presencia, en la desapropiación del yo, lo que queda es Espíritu... Y eso que queda es, justamente, nuestra identidad más profunda.
Pierre Teilhard de Chardin decía que "no somos seres humanos que vivimos una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana". Mientras estamos identificados con el yo, convencidos de que eso es nuestra identidad última, si somos personas religiosas, vemos el Espíritu como alguien "exterior" o, al menos, separado, de quien vendría la fuerza a nuestro pequeño yo.
Al despertar, todo se modifica. Venimos a descubrir que somos el Espíritu, que se está expresando en una forma concreta, la de cada yo particular. En lo concreto, no se trata, por tanto, de acudir al Espíritu para que venga en auxilio de mi pequeño yo, sino de no olvidar nunca más que "soy" el Espíritu viviéndose en una particular forma humana.
He entrecomillado la palabra "soy", porque el sujeto de la misma no es mi pequeño yo -¡eso sí que sería el colmo de la inflación egoica!-, sino el mismo Espíritu que habla a través de esta forma.
Es precisamente en este cambio en la percepción de nuestra identidad donde se juega el "salto" que parece anunciarse en la humanidad. Un salto decisivo que habrá de llevarnos de vivir egocentrados –girando únicamente en torno a nuestros pequeños intereses, sean individuales o colectivos- a experimentarnos como una única Identidad compartida en la que, en cada ser, nos reconocemos a nosotros mismos. Esto no es otra cosa que la vivencia de la No-dualidad: las diferencias están, pero dentro de una no-separación o Unidad radical.
Es también a partir de ahí como se modifica tanto la percepción como el comportamiento. ¿Cómo me dirigiré al otro, a quien reconozco como el Espíritu, el mismo Espíritu que "yo" soy en mi identidad más profunda? ¿Cómo actuaré con alguien que, detrás de su forma particular, "soy" yo mismo, detrás también de mi particular forma? Únicamente desde aquí es posible vivir el perdón, el no-juicio, la compasión y el amor servicial. Ahí "vemos" al resucitado, como espejo de lo que somos y siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser.
Una poesía de Eugenia Domínguez apunta e invita a que salgamos de la ignorancia que supone reducirnos a la mente y tengamos el coraje de permanecer, sencillamente, en el Yo Soy. Di "Yo soy", no añadas nada más... y permanece ahí, hasta que la luz se manifieste.
PAUSA
Tardé tanto en convencerme
de que correr y morir son lo mismo...
Alguna tregua breve,
y vuelta a la tortura de la noria,
donde luces y sombras se suceden
y se mezclan aturdidas.
Tardé siglos en darme cuenta
de mi prolongada, absurda muerte
y un instante solo en detenerme,
el instante preciso para ver
que vivo y reconocer
mi peso, mi paso, mi volumen,
el misterio que alienta
en mi cuerpo y lo trasciende
difuminando sus bordes,
uniendo mi vida a la Vida.
Un instante solo en detenerme,
reconocer que Soy
y Ser.
LA VIDA ETERNA NO PERPETÚA EL YO SINO QUE NOS LIBERA DE ÉL
Jn 20, 19-31
En el nivel mental de conciencia –cuando la persona se identifica con su mente y, por tanto, con su yo-, no parece caber actividad más elevada que el pensamiento, ni otra identidad que la egoica. No es de extrañar, por tanto, que incluso la propia religión y su "promesa" de vida gire en torno al yo. En esta perspectiva, "vida eterna" equivale a perpetuación del yo en un tiempo sin fin.
Desde esa clave –colectivamente, no era posible otra-, la lectura que se hacía de los relatos de las apariciones insistía, fundamentalmente, en la literalidad de las palabras y en la materialidad del cuerpo, como único modo de asegurar la que creían ser la identidad definitiva del resucitado.
La inevitable disonancia que suponía la afirmación de "ver" a un cuerpo resucitado se resolvía apelando al propio carácter extraordinario del "milagro" de la resurrección, sin respetar suficientemente el hecho de que la muerte conlleva el abandono de toda dimensión espacio-temporal.
Por eso, aunque el autor del relato había dejado indicios para evitar una lectura literalista –repite que se trata de un cuerpo que entra "estando cerradas las puertas" y termina su escrito reconociendo expresamente que se trata de "signos" que han sido escritos "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre"-, pintores y predicadores se encargaron de hacer "visualizar" la resurrección como una vuelta del "yo" a la vida.
En la medida en que, trascendiendo el nivel mental, atisbamos que nuestra identidad no se circunscribe a la mente –ni al "yo", que ella piensa que somos-, la lectura de lo que se ha llamado "vida eterna" se modifica sustancialmente, al empezar a comprender que no se trata de "perpetuación del yo", sino más bien, de "liberación" de él.
Desde el nivel transpersonal, lo que habitualmente se entiende como "yo" no es sino un "objeto" más, dentro del mundo de las "formas"; una "identidad transitoria", constituida por la Conciencia y expresión de la misma.
El "despertar" –y, en otro nivel, la resurrección- consiste precisamente en la toma de conciencia de que no somos la "forma" con la que nos habíamos identificado, sino la Conciencia atemporal, la Vida ilimitada que en ella se manifiesta. Quien se experimenta a sí mismo como "Vida" es ya una persona "resucitada". Supera la ignorancia y el sufrimiento, ligados irremediablemente al yo, y deja atrás el miedo a la muerte, porque sabe que sólo muere la "forma" transitoria.
Esto mismo es lo que sabía Jesús, tal como lo presenta el cuarto evangelio en el relato de la llamada "resurrección" o resucitación de Lázaro, cuyo eje central es la afirmación del propio Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá" (evangelio de Juan 11,25).
Con otras palabras: la resurrección es un acontecimiento ya presente; somos ya resucitados, sólo nos falta enterarnos, experimentar que somos infinitamente más que el "yo" al que con frecuencia nos hemos reducido. Pero hasta que no podamos decir, como Jesús, "el Padre y yo somos uno" (evangelio de Juan 10,30), seguiremos pensando en la resurrección como la perpetuación de este mismo yo que no nos deja ver más allá de él.
Desde la nueva perspectiva, el texto de hoy se nos muestra como una catequesis muy rica en contenido. Por una parte, vincula la resurrección con la paz, el don del Espíritu y el perdón. Por otra, parece querer responder a los cristianos de la "segunda generación", que ya no habían conocido al Jesús histórico ni habían participado de aquella primera experiencia "fundante". Es a ellos, representados en la figura de Tomás, a quienes se les dice: "Dichosos los que crean sin haber visto".
En línea con lo que había sido uno de los ejes de todo este evangelio, se invita a "creer" porque, cuando se cree, se "ve". La sabiduría que contiene esta propuesta es mayor de lo que, a simple vista, pudiera parecer.
El que exige "ver" –con los sentidos y con la mente- no podrá llegar nunca más allá del mundo de los objetos, porque ése es el límite de la mente. Sin embargo, cuando se es capaz de acallar la mente –en el lenguaje del evangelio, cuando se "cree" o confía-, se puede "ver" lo que está más allá de los objetos.
No es casual que se llame "dichoso" a quien lo logra: es realmente la dicha de quien sale de la ignorancia y comprende (ve) la Belleza, plena de sentido, de todo lo que es.
Ante ello, la única respuesta posible es la de Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!". No necesitó meter los dedos ni la mano –eso es sólo un artificio literario propio del narrador-; sólo tuvo que caer en la cuenta de que lo Real es infinitamente más que aquello que nuestros sentidos pueden captar. Y al conocerlo, se modifica también la percepción de nuestra propia identidad y nos quedamos en el asombro, la admiración y la alabanza: Señor mío y Dios mío...
Únicamente necesitamos adiestrarnos en una cosa: acallar la mente, quitar pensamiento y poner consciencia. Al hacernos conscientes, venimos al presente, los pensamientos se detienen y lo único que queda es consciencia-no-pensada, que percibimos como un "espacio" amplio que nada deja fuera. Ese "Espacio" es, en último término, nuestra verdadera identidad. No somos el yo-que-piensa, sino la Presencia consciente e ilimitada que no puede ser pensada.
Por esa razón, "poner presencia" es favorecer la emergencia de nuestra verdadera identidad: no soy las olas, sino el mar de donde nacen y al que vuelven; no soy las nubes que pasan, sino el cielo por el que circulan; no soy una barquita a merced del oleaje, sino el océano que la sostiene...; no soy los pensamientos que dicen "yo", sino la Conciencia en la que ellos aparecen y desaparecen.
Tiene razón Shesa cuando dice:
"¿Podrá conocer una ola lo que es el mar?
Cuando ustedes piensan, son olas, cuando comprenden, son mar.
La sustancialidad de la ola es la sustancialidad del mar. Pero eso no se ve, porque estamos pensando...
No hay que convertirse en mar, porque ya se es; lo que hay que hacer es dejar de moverse para darse cuenta".
Sagyo, el poeta y monje budista del siglo XII, debió vivir algo así cuando, poéticamente, expresaba que la Presencia inefable –que no se puede pensar, pero que no se puede dejar de percibir cuando acallamos la mente- es Dicha y se derrama como Gratitud:
"Palpo aquí una presencia latente. No sé lo que es. Pero me brotan lágrimas de agradecimiento".
UN GIRO COPERNICANO EN EL MODO DE CONOCER
Jn 20, 19-31
Los evangelios no son –ni pretenden ser- crónicas periodísticas. Se trata, más bien, de relatos exquisitamente elaborados durante unos 50-70 años, en el marco de las diferentes comunidades y redactados, finalmente, por autores cuidadosos que miman el simbolismo incluso en los detalles más pequeños.
Son, fundamentalmente, catequesis, tal como pone de relieve el texto de Juan que leemos hoy: "Se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre". Su objetivo es promover y sostener la fe en Jesús, como fuente de vida.
El mismo texto de este domingo es una catequesis sobre la fe, dirigida a los discípulos de la segunda generación (y de las generaciones posteriores, incluidos nosotros), a quienes se anima a creer –"dichosos los que crean sin haber visto"-, a partir de la figura de Tomás.
Todo empieza en una situación de oscuridad y miedo, dos características que suelen ir juntas y que son frecuentes en la vida de las personas. El miedo es consecuencia de la "oscuridad", de la ignorancia, del no saber. La sabiduría auténtica –no la mera erudición ni la "lección aprendida"-, además de sabor, aporta siempre luz.
La Sabiduría, que es luz, se cuela por cualquier rendija de nuestra vida, por pequeña que sea, siempre que estemos mínimamente atentos y dispuestos a ver. En nuestro momento histórico, esto parece resultar, de entrada, más difícil debido al incesante bombardeo de informaciones de todo tipo, que no dan tregua ni favorecen el silencio necesario para atender a esas otras "señales", que suelen ser más calladas.
En el relato que comentamos, se cuela en forma de sensación de presencia, de paz y de dinamismo interior. En aquellos discípulos, de una manera "personalizada": la presencia de Jesús es fuente de paz y manantial del Espíritu. Y el primer efecto –fruto- que produce en ellos es alegría, gozo de ser, que disipa el miedo, porque la presencia aleja la oscuridad.
Desde una perspectiva no-dual, sabemos que cada parte contiene el todo. Esto significa que la presencia, la paz y el dinamismo que habitaban a Jesús y que los discípulos experimentaron a través de su persona, se nos regalan también a nosotros, a través y en medio de la realidad que nos toca vivir.
Es sabido que el modelo mental (dual) separa, fracciona y, de ese modo, distorsiona la realidad, abocando además a cualquier tipo de absolutismo y, en último término, de fanatismo. Porque, al separar, tiene necesariamente que comparar.
Basta salir del estrecho cerco del modelo mental para captar su engaño y su trampa. Para empezar, podemos recurrir a la imagen (metáfora) del océano y las olas. El modelo mental se detendría exclusivamente en la singularidad de cada ola, absolutizando la separación entre ellas y olvidando la naturaleza común de agua, que comparten. Desde el modelo no-dual, por el contrario, se advierte, antes que nada, el agua que constituye, conforma y se expresa en cada una de las olas. La perspectiva cambia radicalmente.
Si traemos la metáfora a nuestro tema, me parece que puede afirmarse lo siguiente. En Jesús, los cristianos vemos una "ola" nítida –nuestra ola de referencia- en la que apreciamos con claridad el "agua" que constituye todo lo real. En ese sentido, afirmamos que Jesús es "espejo" de lo que somos.
Como dice Javier Melloni, "Jesús es plenamente Dios y hombre, y eso es lo que somos todos. El pecado del cristianismo es el miedo; no nos atrevemos a reconocernos en lo que Jesús nos dijo que éramos".
Me parece importante insistir en que no se trata, en primer lugar, de una cuestión o problemática cristológica ni teológica, sino gnoseológica. Es decir, no estamos discutiendo quién es Jesús, sino –esto es lo decisivo, para evitar entrar en un enfrentamiento religioso- cómo es nuestro modo de conocer. Si no clarificamos este punto, no haremos sino aumentar la confusión.
El problema se torna irresoluble, a mi modo de ver, cuando confundimos la "fe" misma –o la verdad- con nuestro "modo de verla". En concreto, si pienso que el contenido de la creencia es el que veo a través del modelo mental (dual), el resultado de mi fe será la imagen de un Dios separado e, igualmente, de un Jesús también separado, adornado de "atributos" exclusivos. Es decir, el modelo mental habría introducido un filtro distorsionador de la realidad... y hace creer que su propio modo de ver proporciona la verdad de lo que es.
Sin embargo, hay otro modo de ver, desde la no-dualidad. Y ahí las cosas cambian por completo. Desde él, podemos percibir que Jesús es manifestación de Lo Que Es y expresión de lo que somos todos. Caen, por tanto, las separaciones, los enfrentamientos y los fanatismos. Y resplandece la Verdad una que en todo se expresa y manifiesta.
¿Por qué se dan tantas resistencias a verlo de este modo, que es amplitud y liberación, superada la rigidez y estrechez del modelo mental? Probablemente, se deba a dos motivos:
· porque hemos crecido con ese modelo, hasta identificarnos con él, lo cual hace difícil que podamos tomar distancia del mismo;
· y porque se hallan implicados afectos, sentimientos y creencias, de una forma intensa, hasta el punto de creer que el cambio de modelo supone una infidelidad o traición nada menos que a la misma fe, a Jesús o a Dios.
Todo ello es comprensible. Cada persona tenemos nuestra historia, estamos donde estamos y usamos el modo de conocer que podemos usar. Tal como lo veo, no se trata de "convencer" a nadie, sino de hacer luz para no confundir la verdad con los modelos que usamos. Y, a partir de ese reconocimiento previo, seguir avanzando en el modelo que vayamos viendo más adecuado para crecer en comprensión de lo Real.
Insinuaba más arriba que, desde esta perspectiva no-dual, la presencia, la paz, el dinamismo, la alegría... constituyen aspectos de la Realidad una, que en Jesús se expresó de modo admirable, pero que podemos percibir en todo, cuando estamos atentos. Del mismo modo que, hasta en el arroyo más insignificante, palpamos el agua que constituye todo el océano.
Es esta comprensión la que nos libera de la oscuridad y del miedo, en los que, como aquellos discípulos, hemos podido estar encerrados.
UNA CATEQUESIS SOBRE LA RESURRECCIÓN
Jn 20, 19-31
A juzgar por los elementos que contiene, nos hallamos ante una catequesis "completa" sobre la resurrección. Una catequesis que tiene como destinatarios –el evangelio de Juan se escribe en torno al año 100- a los discípulos de la "segunda generación".
¿Por qué a no pocos cristianos les cuesta aceptar que se trate de una catequesis? Los motivos pueden ser varios: por un lado, venimos de una tradición que ha entendido estos relatos en una tal literalidad, que resulta difícil abandonarla; por otro, nuestra imaginación –con ayuda también de pintores y predicadores- "creó" la escena, y eso nos hace pensar que lo imaginado tiene que ser real; por otro todavía, nuestra mente exige una prueba "tangible" –como el apóstol Tomás en este relato-, sin percibir que se trata de un ámbito al que la mente nunca puede tener acceso.
Por todo ello puede resultar difícil reconocer que este relato sea una escenificación catequética, a través de la cual, el autor del evangelio quiera comunicarnos la experienciade los primeros testigos, el mensaje que encierra la resurrección y la invitación a "creer sin ver". De no ser así, ¿cómo se explicaría que un hecho tan contundente no haya sido narrado por los otros evangelistas?
Todo apunta a que la escena de Tomás es un añadido posterior, que tenía como objeto señalar la igualdad básica de la fe de la comunidad actual con aquella de los primeros discípulos. El centro de la narración se encuentra justamente en la bienaventuranza con que concluye: "Dichosos los que crean sin haber visto".
¿Por qué entonces la insistencia en los agujeros de los clavos en las manos y de la lanza en el costado? Sin duda, es el modo portentoso de señalar que nos hacen falta pruebas físicas para creer en el resucitado. De hecho, en ningún momento se dice que Tomás accediera a tocar las heridas.
En realidad, se trata de una invitación a la fe, que se expresa en la confesión final: "¡Señor mío y Dios mío!". Por eso, los destinatarios del relato son precisamente "los que crean sin haber visto", a quienes se les llama "dichosos". Pero no se entiende la fe como "creencia" o adhesión mental, sino como "mirada profunda" –más allá de la mente: más allá de los agujeros de los clavos y de la lanza- que nos permite "ver" de otro modo.
La conclusión del texto que hoy comentamos sería el final original del evangelio, en el que se deja en claro la finalidad del escrito. Encontramos en él temas muy queridos para el autor: "creer", "tener vida", "Hijo de Dios".
El objetivo del autor no es ofrecer una crónica periodística, sino un testimonio de fe en Jesús, y busca promover esa misma fe que es vida para quien la acoge.
"Vida" es el término que mejor parece expresar, para este evangelio, el don de Jesús. En realidad, incluye todo; por ello, es un nombre adecuado también para referirse a "Lo que es", a lo que constituye el núcleo último de todo y nuestra identidad más profunda.
SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!
Jn 20, 19-31
Clausuramos hoy la octava de Pascua con este domingo conocido como el “Domingo de la Divina Misericordia”. Y lo hacemos contemplando a Jesús resucitado, en una de las numerosas apariciones que la Liturgia, durante el tiempo de Pascua, nos regala. Somos invitados a rememorar estos encuentros y a renovar en nosotros la alegría profunda que sentimos en la Vigilia Pascual del Domingo de Resurrección. “¡El Crucificado ha resucitado!” es la proclamación que todos los textos de las apariciones se encargan de subrayarnos.
En el relato de hoy, el evangelista describe con minuciosidad la situación de los discípulos: es de noche, están encerrados en una casa, tienen miedo… Aún les pesa más todo lo vivido con Jesús durante su última semana de vida que las palabras de María Magdalena asegurándoles haber visto al Señor (Jn 20,18). Sin embargo, y en medio de ese contexto de oscuridad, Juan resalta de un modo especial el cumplimiento de las promesas que Jesús había hecho a sus discípulos. Les había dicho: “volveré a estar con vosotros” (14,18) y ahora se presenta en medio de ellos (20,19). Había prometido: “dentro de poco volveréis a verme” (16,16ss) y se afirma que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (20,20). Había anunciado: “os enviaré el Espíritu” (14,26; 15,26; 16,7ss), y “tendréis paz” (16,33) y esto es lo primero que escuchan los discípulos del Resucitado: “Paz a vosotros” y “Recibid el Espíritu Santo” (20,21ss).
Pero este evangelio no está lleno sólo de promesas cumplidas. También lo está de certezas “tangibles”, las que necesitan unos discípulos que aún no se encuentran dispuestos a aceptar la Resurrección tal y como ha acontecido, a los que les puede el miedo, la incredulidad y la falta de fe. Desde luego, no era esta resurrección la que esperaban. Ellos habían aprendido a esperar la resurrección del último día. Eso es lo que expresa María antes de que Jesús resucitara a su hermano Lázaro (11,24). Por eso tampoco se entusiasman cuando María Magdalena les anuncia que el sepulcro está vacío. Lo único que pueden pensar es que ha sido un robo (20,2.13.15)… Jesús Resucitado irrumpe, como lo había hecho en vida junto a ellos, de un modo totalmente nuevo y rompedor.
Por eso Tomás (y aquí podríamos poner el nombre de cualquier de nosotros) muestra resistencia a la luz, necesita más signos. Él quiere ver. Se resiste a creer en la palabra de sus compañeros. Sin embargo, en medio de sus dudas, no ha abandonado el grupo. Tomás permanece, por Gracia, con una fe más honda que sus dudas… aunque el miedo haga que se aferre a la oscuridad. Necesita señales que le confirmen que “ese” a quien dicen haber visto, es el Jesús que él ha conocido, a quien ha querido y seguido. De ahí que Juan resalte de muchos modos que el Resucitado es el Crucificado. Y de ahí las exigencias de ver y palpar los agujeros de las manos y el costado. Tomás necesita recuperar el sentido, asegurar que la identidad de Quien se les aparece es la misma que la de Aquel que vio morir en la cruz.
Conocedor de nuestra lentitud para entender y de nuestras más profundas miserias, Jesús actúa una vez más con absoluta misericordia y acepta las “condiciones” de Tomás, dirigiéndose directamente a él y brindándole abiertamente sus manos y su costado para que pueda creer. Pero no hace falta que el discípulo llegue a hacerlo para pronunciar la confesión más hermosa: “¡Señor mío y Dios mío!”. Basta oír la voz de su Maestro. Le basta con escuchar, de nuevo, su Palabra. De esta forma el incrédulo se convierte en creyente, el desconfiado en modelo de fe. Sus palabras son la auténtica confesión de la fe cristiana: Jesús, el Crucificado, es el Señor. Es Dios. Con esta claridad había abierto Juan su evangelio: “La Palabra era Dios” (1,1). Todo el evangelio queda así incluido en estas dos afirmaciones o confesiones de fe. Jesús es la última y definitiva intervención de Dios en la historia. Y así el evangelista explicará la finalidad que se propuso al escribir su evangelio: llevar a todos a la fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios (20,31).
Las últimas palabras, la última bienaventuranza, es para nosotros una invitación: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Para ello, nos ha dejado su Espíritu. Nos dice Juan que “exhaló su aliento sobre ellos”, en un nuevo gesto creador, como el soplo de Dios al principio de todo. Y, en su infinita misericordia, nos ha regalado su paz para que nosotros, en medio de nuestro mundo, permaneciendo a pesar de las dificultades, la multipliquemos y hagamos posible lo que Juan deseó al escribir su evangelio: que todos tengamos VIDA en el nombre de Jesús, el Crucificado-Resucitado.
J. ALDAZABAL
LA COMUNIDAD PASCUAL
El ambiente de la celebración debe continuar tan festivo y pascual como hace ocho días: adornos del altar y del ambón, cirio encendido, repertorio de cantos pascuales, aleluya festivo, la aspersión al inicio de la Misa en vez del acto penitencial... La Pascua acaba de empezar, y la comunidad la debe celebrar con ilusión y con elementos distintos al resto del año.
De la temática de las lecturas vale la pena resaltar, además de la noticia central de la Resurrección, sobre todo la vida pascual de la comunidad y el sentido del domingo para ella. El libro de los Hechos ya lo comenzamos a leer el domingo pasado. Ahora empieza el del Apocalipsis, como 2. lectura. Convendrá, pues, como cada vez que empieza un libro que se va a ir leyendo continuadamente, que el predicador se prepare con una reflexión global (cf. por ejemplo la que ofrece el Dossier CPL n. 52, Pascua/Pentecostés). Es la historia de una Iglesia en lucha, pero vista desde la perspectiva de la victoria, porque su Esposo y Señor ya ha vencido al mal.
-"YO SOY EL QUE VIVE"
El punto de arranque para la homilía, como lo es para toda la Pascua, es que Cristo vive y es el Señor Glorioso. Es él quien se hace presente a su comunidad y la anima: "Y se llenaron de alegría al ver al Señor" (evang). Es la misma visión que nos ofrece el Apocalipsis: "No temas: yo soy el que vive, estaba muerto, y ya ves, vivo...". Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana. Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, sigue presente a su comunidad, guiándola y animándola por su Espíritu, como lo hizo con la primera y lo hará hasta la victoria final.
-RASGOS DE LA COMUNIDAD PASCUAL
Pero tal vez lo más conveniente hoy es trazar como el retrato-robot de una comunidad que cree en el Resucitado y se deja mover por su Espíritu. Ella misma, la comunidad, es el primer fruto de la Pascua del Señor. Siguiendo los Hechos, en su "sumario" de hoy, y las otras lecturas, podemos comentar las características que debería tener nuestra Iglesia o nuestra comunidad concreta hoy.
a) Es una comunidad de creyentes, que se reúnen por la fe en Cristo: "hombres y mujeres que se adhieren al Señor" (Hechos), los que creen que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios y en su nombre tienen vida (evang), los que le siguen porque él es el "primero y el último", el Señor de la historia (Apoc.).
b) Es una comunidad misionera y que crece. Jesús les ha dado la misión de ser sus testigos: "yo os envío", y les infunde su Espíritu para que les ayude (evang). Y en efecto en los Hechos vemos que cumple el encargo: "crecía el número de los creyentes". No es una comunidad cerrada, sino abierta y dinámica.
c) Es una comunidad fraterna y servidora, que continúa haciendo lo mismo que había hecho su Maestro: el bien. Practica la fraternidad y cura a los enfermos (Hechos). Esos son sus mejores carismas y signos.
d) Esta comunidad sabe lo que es el sufrimiento en el camino de la vida. Es una generación que "no ha visto a Jesús" y por ello tiene doble mérito en su fe (evang.). Una comunidad desterrada en medio de un mundo hostil e indiferente, "en la tribulación" (Apoc). Pero supera desde la fe y la esperanza las dificultades.
e) Se reúne cada domingo para celebrar su fe y su encuentro con el Resucitado. La primera aparición del Señor es "el primer día de la semana", y la siguiente "a los ocho días", o sea, siempre en el día que los judíos llamaban "primero después del sábado", pero como fue el día en el que resucitó Jesús, pronto se llamó "el día del Señor" (Apoc.), en latín "dominicus dies", domingo. La "comunidad del Señor" se reúne en "el día del Señor" para celebrar "la cena del Señor": siempre centrada en Cristo, y por eso viva y esperanzada.
f) Es una comunidad sacramental: no sólo por la Eucaristía, en la que es alimentada progresivamente en su encuentro con Jesús -Palabra y Alimento de Vida- sino además porque en la perspectiva de la Pascua entran el Bautismo, la Confirmación del Espíritu, y también el perdón del sacramento de la Reconciliación: "recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados" (evang.).
Aquí tenemos un termómetro para examinar nuestra vida pascual. Según la asamblea, puede ser más conveniente insistir en un rasgo más que en otro, pero en ninguna se debería considerar esto como una utopía irrealizable. Porque el protagonista de la nueva vida pascual es Cristo y su Espíritu, no nosotros en primer lugar. Es El quien nos quiere comunicar su Pascua, sobre todo a partir de nuestra Eucaristía dominical. Aunque su oferta es una urgencia de compromiso y de apertura por parte nuestra, para que nuestro testimonio en el mundo sea creíble y "crezca el número de los creyentes".
OCARM
Lectio
a) Clave de lectura:
Estamos en el así llamado “libro de la resurrección” donde se narran, sin una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IV Evangelio, en la mañana (20,118) y en la tarde del primer día después del sábado y ochos días después, en el mismo lugar y día de la semana. Nos encontramos de frente al acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad, un acontecimiento que nos interpela personalmente. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe.. y vosotros estáis aún en vuestros pecados” (1Cor 15,14.17) dice el apóstol Pablo, que no había conocido a Jesús antes de la Resurrección, pero que lo predicaba con toda su vida, lleno de celo. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La disponibilidad de “andar” proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el Resucitado. ¿Estamos preparado para aceptar Su “mandato” y a dar la vida por su Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto (testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.
b) Una posible división del texto para facilitar la lectura:
• Juan 20,19-20: aparición a los apóstoles y muestra de las llagas
• Juan 20,21-23: don del Espíritu para la misión
• Juan 20,24-26: aparición particular para Tomás ocho días después
• Juan 20,27-29: diálogo con Tomás
• Juan 20,30-31: finalidad del evangelio según Juan
Meditatio
a) Algunas preguntas para ayudar a la meditación:
• ¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho?
• ¿Es posible que haya algunos que se profesen cristianos, pero que no crean en la Resurrección de Jesús?
• ¿Tan importante es creer?
• ¿Qué cambia si sólo nos quedásemos con su enseñanza y su testimonio de vida?
• ¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión?
• ¿Cómo continúa, después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo?
• ¿Cuál es el contenido del anuncio misionero?
• ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de Tomás?
• ¿Cuáles son , si las tengo, las dudas de mi fe?
• ¿Cómo las afronto y progreso?
• ¿Sé expresar las razones de mi fe?
b) Comentario:
• Al atardecer de aquel día, el primero de la semana: los discípulos están viviendo un día extraordinario. El día siguiente al sábado, en el momento en el que viene escrito el IV evangelio, es ya para la comunidad “el día del Señor” (Ap 1-10), Dies Domini (domingo) y tiene más importancia que la tradición del sábado para los Judíos.
• Mientras estaban cerradas las puertas: una anotación para indicar que el cuerpo de Cristo Resucitado, aún siendo reconocible, no está sujeto a las leyes ordinarias de la vida humana. Paz a vosotros: no es un deseo, sino la paz que había prometido cuando estaban afligidos por su partida (Jn 14,27; 2Tes 3,16; Rom 5,3), la paz mesiánica, el cumplimiento de las promesas de Dios, la liberación de todo miedo, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, la reconciliación con Dios, fruto de su pasión, don gratuito de Dios. Se repite por tres veces en este pasaje, como también la introducción (20,19) se repite más adelante (20,26) de modo idéntico.
• Les mostró las manos y el costado: Jesús refuerza las pruebas evidentes y tangibles de que es Él el que ha sido crucificado. Sólo Juan recuerda especialmente la herida del costado producida por la lanza de un soldado romano, mientras Lucas tiene en cuenta las heridas de los pies (Lc 24-39). Al mostrar las heridas quiere hacer evidente que la paz que Él da, viene de la cruz (2 Tim 2,1-13). Forman parte de su identidad de Resucitado (Ap 5,6)
• Los discípulos se alegraron de ver al Señor: Es el mismo gozo que expresa el profeta Isaías al describir el banquete divino (Is 25,8-9), el gozo escatológico, que había preanunciado en los discursos de despedida, gozo que ninguno jamás podrá arrebatar (Jn 16,22; 20,27). Cfr. También Lc 24,39-40; Mt 28,8; Lc 24,41.
• Como el Padre me envió, también yo os envío: Jesús es el primer misionero, el “apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos” (Ap 3,1). Después de la experiencia de la cruz y de la resurrección se actualiza la oración de Jesús al Padre (Jn 13,20; 17,18; 21,15,17). No se trata de una nueva misión, sino de la misma misión de Jesús que se extiende a todos los que son sus discípulos, unidos a Él como el sarmiento a la vid (15,9), como también a su Iglesia (Mt 28,18-20; Mc 16,1518; Lc 24,47-49). El Hijo eterno de Dios ha sido enviado para que “el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17) y toda su existencia terrena, de plena identificación con la voluntad salvífica del Padre, es una constante manifestación de aquella voluntad divina de que todos se salven. Este proyecto histórico lo deja en consigna y herencia a toda la Iglesia y de modo particular, dentro de ella, a los ministros ordenados.
• Sopló sobre ellos: el gesto recuerda el soplo de Dios que da la vida al hombre (Gn 2,7); no se encuentra otro en el Nuevo Testamento. Señala el principio de una creación nueva.
• Recibid el Espíritu Santo: después que Jesús ha sido glorificado viene dado el Espíritu Santo (Jn 7,39). Aquí se trata de la transmisión del Espíritu para una misión particular, mientras Pentecostés (Act 2) es la bajada del Espíritu Santo sobre todo el pueblo de Dios.
• A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos: el poder de perdonar o no perdonar (remitir) los pecados se encuentra también en Mateo de forma más jurídica (Mt 16,19; 18,18). Es Dios quien tiene el poder de perdonar los pecados, según los escribas y Fariseos (Mc 2,7), como según la tradición (Is 43,25). Jesús tiene este poder (Lc 5,24) y lo transmite a su Iglesia. Conviene no proyectar sobre este texto, en la meditación, el desarrollo teológico de la tradición eclesial y las controversias teológicas que siguieron. En el IV evangelio la expresión se puede considerar de un modo amplio. Se indica el poder de perdonar los pecados en la Iglesia como comunidad de salvación, de la que están especialmente dotados aquellos que participan por sucesión y misión del carisma apostólico. En este poder general está también incluso el poder de perdonar los pecados después del bautismo, lo que nosotros llamamos “sacramento de la reconciliación” expresado de diversas formas en el curso de la historia de la Iglesia.
• Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo: Tomás es uno de los protagonistas del IV evangelio, se pone en evidencia su carácter dudoso y fácil al desánimo (11,16; 14,5). “Uno de los doce” es ya una frase hecha (6,71), porque en realidad eran once. “Dídimo” quiere decir Mellizo, nosotros podremos ser “mellizos” con él por la dificultad de creer en Jesús, Hijo de Dios muerto y resucitado.
• ¡Hemos visto al Señor! Ya antes Andrés, Juan y Felipe, habiendo encontrado al mesías, corrieron para anunciarlo a los otros (Jn 1,41-45). Ahora es el anuncio oficial por parte de los testigos oculares (Jn 20,18).
• Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré: Tomás no consigue creer a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección (Lc24, 34-40; Mc 16,11; 1Cor 15,5-8), especialmente aquéllos que no han visto al Señor. Tomás es su (nuestro) intérprete. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús no ve en Tomás a un escéptico indiferente, sino a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para lanzar una apreciación a hacia los futuros creyentes (versículo 29).
• Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente: Jesús repite las palabras de Tomás, entra en diálogo con él, entiende sus dudas y quiere ayudarlo. Jesús sabe que Tomás lo ama y le tiene compasión, porque todavía no goza de la paz que viene de la fe. Lo ayuda a progresar en la fe. Para profundizar más en la meditación, se pueden confrontar los lugares paralelos: 1Jn 1-2; Sal 78,38; 103,13-14; Rom 5,20; 1Tim 1,14-16.
• ¡Señor mío y Dios mío!: Es la profesión de fe en el Resucitado y en su divinidad como está proclamado también al comienzo del evangelio de Juan (1,1) En el Antiguo Testamento “Señor” y “Dios” corresponden respectivamente a ”Jahvé” y a “Elohim” (Sal 35,23-24; Ap 4,11). Es la profesión de fe pascual en la divinidad de Jesús más explicita y directa. En el ambiente judaico adquiría todavía más valor, en cuanto que se aplicaban a Jesús textos que se refieren a Dios. Jesús no corrige las palabras de Tomás, como corrigió aquéllas de los judíos que lo acusaban de querer hacerse “igual a Dios” (Jn 5,18ss), aprobando así el reconocimiento de su divinidad.
• Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído: Jesús nunca soporta a los que están a la búsqueda de signos y prodigios para creer (Jn 4,48) y parece reprochar a Tomás. Encontramos aquí un pasaje hacia una fe más auténtica, un “camino de perfección” hacia una fe a la que se debe llegar también sin las pretensiones de Tomás, la fe aceptada como don y acto de confianza. Como la fe ejemplar de nuestros padres (Ap 11) y como la de María (Lc 1,45). A nosotros, que estamos a más de dos mil años de distancia de la venida de Jesús, se nos dice que, aunque no lo hayamos visto, lo podemos amar y creyendo en Él podemos exultar de “un gozo indecible y glorioso” (1Pt 1,8). Estos [signos] han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre: El IV evangelio, como los otros, no tiene la finalidad de escribir la vida completa de Jesús, sino sólo demostrar que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado, el Liberador y que era Hijo de Dios. Creyendo en Él tenemos la vida eterna. Si Jesús no es Dios, ¡vana es nuestra fe!
MISAL DOMINICAL
o de la Divina Misericordia
Antífona de entrada 1 Ped 2, 2
Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la palabra,
que los hará crecer para la salvación. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios de eterna misericordia,
que en la celebración anual de las fiestas pascuales
reavivas la fe del Pueblo santo;
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia,
para comprender, verdaderamente, la inestimable grandeza
del bautismo que nos purificó,
del espíritu que nos regeneró
y de la sangre que nos redimió.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las ofrendas
que te presentamos, (junto con los recién bautizados),
y haz que, renovados por la confesión de tu nombre
y por el bautismo,
lleguemos a la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio pascual I (en este día).
EL MISTERIO PASCUAL
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en (esta noche) (este día) (este tiempo)
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Porque Él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo:
muriendo destruyó nuestra muerte,
y resucitando restauró nuestra vida.
Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Antífona de comunión Cf. Jn 20, 27
Acerca tu mano, y reconoce el lugar de los clavos:
en adelante no seas incrédulo, sino fiel. Aleluia.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso, concédenos
que los frutos del sacramento pascual que hemos recibido,
permanezcan siempre en nuestros corazones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Puede usarse la bendición solemne.
Dios Padre, que por la resurrección de su Unigénito
los ha redimido y les ha dado la gracia de la adopción filial
los colme con el gozo de su bendición.
R. Amén.
Cristo, que por su redención les obtuvo la perfecta libertad,
les conceda participar de la herencia eterna.
R. Amén.
Y ustedes, resucitados con él en el bautismo por la fe,
por medio de una vida santa
puedan llegar a la patria celestial.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
R. Amén.
Para despedir al pueblo, el diácono o el mismo sacerdote canta o dice:
Pueden ir en paz, aleluia, aleluia.
R. Demos gracias a Dios, aleluia, aleluia.
LECCIONARIO DOMINICAL
Aumentaba cada vez más
el número de los que creían en el Señor,
tanto hombres como mujeres
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 5, 12-16
Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 117, 2-4. 22-27a
R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.
Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina. R.
Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre
Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19
Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea.»
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos tenían la blancura de la lana y de la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies, bronce fundido en el crisol; y su voz era como el estruendo de grandes cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada de doble filo; y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.»
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 20, 29
Aleluia.
Dice el Señor: Ahora crees, Tomás, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!
Aleluia.
EVANGELIO
Ocho días más tarde, apareció Jesús
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario