3 domingo Pascua (C)

 Liturgia Diaria Domingo 3º de Pascua - Ciclo C

Encontrando al Señor Resucitado

 

Saludo (Ver la Segunda Lectura)

 

Al que está sentado en el trono

y al Cordero

toda alabanza, honor, gloria y poder.

Que el Señor Resucitado esté con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante

 

    Quizás sintamos envidia de los apóstoles, porque vieron y experimentaron a Jesús después de que resucitó de entre los muertos. No hay ninguna razón para tenerles envidia: --- Si tenemos fe, nosotros también le experimentamos como resucitado, vivo, presente, y compartiendo nuestra vida. --- Si tenemos fe, sabemos que él está aquí, cuando sufrimos contratiempos y fracasos, o cuando nos regocijamos por cosas bellas de la vida.  --- Si tenemos fe, sabemos que Jesús está ahí cuando nos fortalecemos y animamos unos a otros. --- Si tenemos fe, sabemos que Jesús está con nosotros cuando compartimos una comida de amistad, y, especial y profundamente, cuando participamos y comemos juntos en el banquete de la eucaristía. Alcemos nuestras cabezas y sintámonos felices: ¡El Señor Resucitado está con nosotros en nuestra vida!

 

Acto Penitencial

 

Cuando pecamos, es como si quisiéramos  dejar al Señor fuera de nuestra vida.

Pidámosle ahora que nos perdone.

        (Pausa)

 

Señor Jesús, tú caminas a nuestro lado cuando sufrimos y luchamos, pero con frecuencia no te reconocemos.

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, te encontramos a ti cuando animamos a los enfermos y desalentados, pero frecuentemente no nos damos cuenta de que en ellos estás tú.

R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tú estás presente cuando compartimos nuestra alegría y amistad en torno a la mesa y cuando preparas ante nosotros el banquete de la eucaristía.

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona nuestros pecados y renueva nuestra alegría. Camina a nuestro lado  y llévanos a la felicidad de la vida eterna.

 

Oración Colecta

 

Pidamos al Padre que nos dé suficiente fe y amor para reconocer a Jesús presente en nuestra vida.

        (Pausa)

 

Oh Dios y Padre nuestro:

Qué diferente y cuánto más rica sería nuestra vida

si fuéramos más conscientes 

de la presencia ente nosotros

de Jesús, tu Hijo resucitado.

Danos suficiente fe y amor para verle

cuando inspira y guía a nuestra comunidad

por el camino de la justicia y la compasión.

Haz que sintamos su presencia

cuando nos esforzamos y luchamos,

aunque nos parezca que lo hacemos en vano.

Haz que le reconozcamos como huésped

en nuestros hogares y en nuestras comidas de familia.

Haznos totalmente conscientes 

de que él está en medio de nosotros

cuando nos reunimos para la oración,

especialmente para la eucaristía.

Porque entonces seremos fuertes y alegres

por medio de Jesucristo nuestro Señor.

 

Primer Lectura (Hch 5,27b-32. 40b-41): Damos Testimonio de que Jesús es Nuestro Guía y Nuestro Salvador.

    Ninguna amenaza de los poderosos puede silenciar a la Iglesia que da testimonio del Señor Resucitado. Como los apóstoles, nosotros también podemos contar con la fuerza del Espíritu Santo.

 

Segunda Lectura (Ap 5,11-14): Toda Gloria al Cordero Sacrificado

    El apóstol Juan anima a los cristianos perseguidos con una visión celestial. Allí ve a Jesús en su gloria. Aunque Jesús fue sacrificado, él está vivo y glorioso. Los que han recibido vida de él comparten su vida y su victoria de resucitado.

 

Evangelio (Jn 21:1-19 o 21,1-14): ¡Es el Señor!

    Los apóstoles estaban faenando en el mar, evidentemente sin éxito. Ellos no reconocieron la presencia del Señor. Pero él estaba realmente con ellos, como lo está con nosotros, para darnos fuerza y esperanza.

 

Oración de los Fieles

 

   Pidamos a nuestro Señor Jesucristo por todos los que dan testimonio de él en su vida y apostolado, y digamos:

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

 

Señor Jesús, tus apóstoles faenaron como pescadores toda la noche sin resultado alguno. Mantén el ánimo y fortaleza de todos tus apóstoles de hoy, que trabajan sin éxito aparente. Y así te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor Jesús, al principio los apóstoles no te reconocieron. Con frecuencia nosotros tampoco percibimos que tú estás aquí. Haznos conscientes de que tú estás siempre con nosotros. Y así te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor Jesús, hoy la red de la Iglesia se está llenando de nuevo con pueblos de todas las partes del mundo. Que no se rompa esa red, sino que pueda acoger y acomodar a todos, y así te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor Jesús, también hoy en muchos lugares se les advierte y se les prohíbe a tus mensajeros hablar en tu nombre. Para que tus testigos te obedezcan a ti más que a los hombres, y prediquen sin miedo tu palabra, te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor Jesús, tus discípulos tambíén hoy son perseguidos; se les encarcela y tortura. Dales el valor y la fortaleza para mantenerse fieles y para sobrellevar sus sufrimientos con alegría, y así te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor Jesús, que nuestras comunidades cristianas, junto con toda la creación, te den gloria, honor y alabanza, y así te pedimos:

 

R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.

 

Señor, ¡qué bueno estar aquí contigo! Tú eres nuestra fuerza y nuestra alegría, ahora y por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Oh Dios, Padre amoroso:

Tú pones buenas palabras en nuestra boca

y llenas nuestras manos con buenos dones;

Tú nos confías hasta a tu propio Hijo

y lo pones en nuestras manos, en la eucaristía.

Te pedimos que por medio de él, y juntamente con él,

lleguemos a ser para el mundo

tu palabra y tu don, tu signo de esperanza.

Haznos capaces de dar testimonio

de tu amor para con los hombres,

hoy y mañana,

y por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística

 

    Con corazón alegre alabamos al Padre por la continua presencia de Jesús en toda su Iglesia, en sus líderes y en todos nosotros.

 

Invitación al Padre Nuestro

 

Con la más plena confianza oramos

a nuestro Padre en el cielo

que permanezca siempre con nosotros

por medio de su Hijo Resucitado, Jesucristo.

Y así decimos: R/ Padre nuestro…

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todos los males

y concédenos la paz en nuestros días.

Fortalécenos con el poder de tu Hijo,

el Cordero que fue degollado por nosotros,

para que nuestra fe permanezca firme

en persecuciones, contradicción y pruebas,

mientras esperamos con gozo la venida gloriosa

de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

 

Invitación a la Comunión

 

Éste es Jesucristo, el Señor,

que nos dice a nosotros, sus discípulos hoy:

Vengan a comer en mi banquete.

Él toma pan y nos lo da.

Dichosos nosotros

que sentimos que el Señor está aquí a nuestro lado.

R/Señor, no soy digno…

 

Oración después de la Comunión

 

Oh Padre amoroso:

Nos sentimos muy felices de darte gracias

por permitirnos encontrarnos con tu Hijo Jesús

aquí en la eucaristía.

Que las palabras en las que reconocemos su voz

sigan resonando en nuestro corazón y en nuestra vida.

Que, ahora que hemos compartido juntos su mesa,

su pan de vida nos dé fuerza

para dar testimonio de su nombre

y para dar ánimo y esperanza

a nuestros hermanos y hermanas.

Te lo pedimos en nombre de Jesucristo el Señor.

 

Bendición

 

Hermanos: ¡Qué bueno que hemos tomado más conciencia de cómo el Señor Resucitado está con nosotros,

no solo en esta eucaristía, sino también en la vida de cada día!

Aprendamos a percibir los signos de su presencia en la gente que encontramos, en

 

el bien que otros nos hacen

y en todo lo que hacemos los unos por los otros.

Que esto nos dé a todos entusiasmo y alegría.

Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

 

EXPERIENCIA PASCUAL

 

Acción de gracias

 

Te reconocemos, Señor, como creador de todo el universo.

Tú eres el Dios de la vida, el Dios de toda la humanidad,

pero eres sobre todo un Padre bueno para nosotros,

que nos amas a todos, sin esperar nada a cambio.

Gracias, Padre santo.

Apenas comprendemos tu infinita generosidad

porque nuestros patrones de actuación

son siempre interesados.

Pero si no quieres nada para Ti, no nos queda más salida

que agradecerte tanto cariño queriendo a todos tus hijos

sintiéndolos como hermanos. Y eso queremos hacer.

Permítenos, Señor, este sencillo himno de gloria y alabanza.

 

Memorial de la Cena del Señor

 

 

Debemos agradecerte muy especialmente, Padre Dios,

el paso por nuestra historia de tu hijo Jesús de Nazaret,

que nos ha enseñado cómo vivir y nos ha acercado a Ti.

Nos impresiona su generosidad, su bondad sin límite,

cómo estaba siempre dispuesto a ayudar y consolar

a los mendigos y enfermos que le salían al encuentro.

Cuando recordamos su vida, su palabra, su fe, su cariño,

sentimos como que nos arde el corazón.

Cuando nos reunimos en su nombre,

es como sentir su cálida presencia entre nosotros.

Queremos pedirle como los dos de Emaús que no nos deje,

que nos hace mucha falta tenerle de guía y cerca,

ahora que oscurece a nuestro alrededor.

Este es el momento de rememorar y celebrar su entrega

y este es el momento de comprometernos a imitarle.

 

Invocación al Espíritu de Dios

 

Padre santo, queremos entender bien y anunciar al mundo

la vida, muerte y resurrección de tu hijo Jesús,

para que sea norte y modelo para toda la humanidad.

Envíanos tu espíritu, aliéntanos, necesitamos tu fuerza.

Queremos sentirnos hijos tuyos, amigos fieles de Jesús.

Nuestra firme voluntad es la de continuar su misión

y llevar a término la obra liberadora que Jesús empezó.

Queremos eliminar de este mundo tanta injusticia,

y promover buenos sentimientos en el corazón de todos,

para que todos nos sintamos compañeros

y marchemos juntos, en la misma dirección,

para hacer realidad la utopía de tu reino universal.

Sabemos que Jesús nos acompaña siempre

y solo hemos de ser capaces de reconocer su rostro

en los hermanos que encontremos en el camino.

Nos unimos a todos los constructores de un mundo mejor

Y juntos bendecimos tu nombre y el de tu hijo Jesús.

 

AMÉN.

 

 

Dios llama a Pedro

 

Acabamos de asistir al entierro del Papa Francisco, y estamos en las vísperas del inicio del cónclave que elegirá al nuevo Pontífice. Seguimos orando con toda la Iglesia. En este contexto, la liturgia nos presenta la llamada del primer Papa, san Pedro. ¿Casualidad? Más bien, el paso de Dios por nuestra vida. Porque Él siempre está ahí, aunque a veces nos cueste verlo, y la Palabra siempre nos ilumina.

 

Vamos avanzando por el camino de la Pascua, y Jesús sigue haciéndose presente en la vida de sus Discípulos. Tres domingos de Pascua, y tres relatos evangélicos de apariciones. El Evangelio de hoy nos narra la tercera aparición de Jesús después de resucitado. Esta vez se aparece a siete de sus discípulos junto al lado de Tiberiades. En las dos anteriores apariciones el Señor se aparece en domingo, en esta ocasión lo hace cualquier día de la semana, les visita cuando están ocupados en sus quehaceres diarios, en el trabajo

 

Hay siete testigos, como digo, de la aparición del Señor. El siete ha sido siempre el número de la perfección. Y los testigos son Pedro y una muestra de los diversos discípulos que hay en todos los grupos: alguno con dudas, otros con mucho genio, uno más conservador y dos sin nombre, en los que nos podemos ver representados cada uno de nosotros.

 

De Pedro surge la iniciativa para volver al trabajo. Al oír esa propuesta, los otros se unen. Podíamos pensar que estaban cansados de no hacer nada, después de la muerte de Jesús. O, si lo vemos desde otro punto de vista, Pedro es el líder del grupo, y le siguen. Aunque la noche no resulta demasiado productiva.

 

No pescan nada, porque les falta la luz. No sólo la luz del sol, sino también la luz que es Jesús. Sin Él, aunque lo intenten, no pueden hacer nada. Sólo al amanecer llega la Luz que les indica el camino para ser verdaderos pescadores de hombres. Confiando en Él, ocurre el prodigio: una pesca milagrosa.

 

Ya en tierra, tiene lugar la comida. Pedro aporta parte del pescado recién atrapado. Da de lo que tiene, para ese almuerzo fraterno. El fruto, además, del trabajo de todos. Y en torno a las brasas se produce el reconocimiento: saben, sin preguntar, que es el Maestro. Reparte el pan y los peces y se restablece la comunidad que se había dispersado tras el arresto de Cristo. Pero queda todavía algo: que Pedro se convenza de que ha sido perdonado.

 

A las tres negaciones se contraponen tres afirmaciones de afecto. Contra los “noes”, los “síes”. Se trata de una cuestión de amor. Ese amor que no le faltaba a Pedro, aunque el miedo le pudiera en el momento de la verdad. Ahora, la encomienda: “Apacienta a mis ovejas”. Cuando se ha reafirmado su fe, llega el momento de ser la cabeza del grupo, de la Iglesia naciente.

 

Jesús ayuda a Pedro a que purgue y olvide su antiguo pecado. Probablemente desde ese día, Pedro no tendría escrúpulos y se sintió limpio y perdonado. Uno de los mayores enemigos del alma es el escrúpulo. La confesión da una certeza objetiva de que los pecados han sido perdonados. Otra cosa es que Pedro recordase con tristeza y sensación de sentirse pecador sus negaciones, pero sabiendo que la culpa había sido borrada. En este año del “Jubileo de la esperanza” sabernos perdonados debe darnos también a nosotros motivos para seguir adelante, con mucha esperanza.

 

Desde ese momento, se transforman de verdad en pescadores de hombres. Cumpliendo el mandato del Maestro, porque “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ese pequeño grupo se va incrementando progresivamente, gracias a la atrevida predicación de los testigos de la resurrección. Transmitiendo al pueblo el mensaje de vida que ellos mismos habían visto y oído. “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero.” Jesús está vivo, les ha regalado su Espíritu y los acompaña en la misión. De esa certeza nace la fuerza que hace posible enfrentarse a las autoridades. A la luz del Resucitado están dispuestos a llegar hasta el final, entregando la vida cuando sea preciso. Contentos de sufrir por el nombre de Jesús.

 

A nuestras comunidades de hoy también se nos pide que estemos dispuestos a presentar los frutos de nuestro trabajo. Compartiendo crecemos en solidaridad y en empatía. Y, sobre todo, se nos recuerda que nuestra fuerza está en el compartir el Pan de la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo. Juntos, en comunidad, podemos ver al Señor.

 

Porque a Jesús, a veces, no se le ve a la primera. Cuesta reconocerlo. Lo hemos visto en todos los relatos de apariciones en estas semanas de Pascua. María Magdalena, los discípulos de Emaús, los mismos Apóstoles… Pero los suyos sí saben descubrirlo. Los creyentes saben por experiencia que está vivo. Los suyos saben dónde está Él. Y los suyos son los que siguen diciendo a los incrédulos: hemos visto al Señor. Que también nosotros podamos dar ese testimonio.

 

 

EVANGELIO

 

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 21,1-19

 

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:

- Me voy a pescar.

Ellos contestan:

- Vamos también nosotros contigo.

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

- Muchachos, ¿tenéis pescado?

Ellos contestaron:

- No.

Él les dice:

- Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

- Es el Señor.

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

Jesús les dice:

- Traed de los peces que acabáis de coger.

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice:

- Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.

Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

- Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Él le contestó:

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

- Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le pregunta:

- Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Él le contesta:

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice:

- Pastorea mis ovejas.

Por tercera vez le pregunta:

- Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó:

- Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

- Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

- Sígueme.

 

Palabra de Dios.

 

 

SIN JESÚS NO ES POSIBLE

 

Aquella noche no cogieron nada.

 

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pesca en medio de mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: sólo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.

El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.

El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.

Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús. Sólo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello sólo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser "pescadores de hombres".

La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?

Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es "hacer muchas cosas", sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.

No podemos quedarnos en la "epidermis de la fe". Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Sólo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.

 

 

AL AMANECER

 

En el epílogo del evangelio de Juan se recoge un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Cuando se redacta, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.

Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.

La pesca resulta un fracaso completo. El narrador lo subraya con fuerza: "Salieron, se embarcaron y aquella noche no cogieron nada". Vuelven con las redes vacías. ¿No es ésta la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?

Con frecuencia, nuestros esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?

En este contexto de fracaso, el relato dice que "estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla". Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero "no sabían que era Jesús".

¿No es éste uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística.

Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce:"¡Es el Señor!". No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús:"Señor, tú sabes que te quiero". Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa.

En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. Hoy no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza.

 

 

CUALQUIERA NO SIRVE

 

¿Me amas?

 

Después de comer con los suyos a la orilla del lago, Jesús inicia una conversación con Pedro. El diálogo ha sido trabajado cuidadosamente, pues tiene como objetivo recordar algo de gran importancia para la comunidad cristiana: entre los seguidores de Jesús sólo está capacitado para ser guía y pastor quien se distingue por su amor a él.

No ha habido ocasión en que Pedro no haya manifestado su adhesión absoluta a Jesús por encima de los demás. Sin embargo, en el momento de la verdad es el primero en negarlo. ¿Qué hay de verdad en su adhesión? ¿Puede ser guía y pastor de los seguidores de Jesús?

Antes de confiarle su «rebaño», Jesús le hace la pregunta fundamental: ¿Me amas más que estos? No le pregunta: ¿Te sientes con fuerzas? ¿Conoces bien mi doctrina? ¿Te ves capacitado para gobernar a los míos? No. Es el amor a Jesús lo que capacita para animar, orientar y alimentar a sus seguidores como lo hacía él.

Pedro le responde con humildad y sin compararse con nadie: Tú sabes que te quiero. Pero Jesús le repite dos veces más su pregunta de manera cada vez más incisiva: ¿Me amas? ¿Me quieres de verdad? La inseguridad de Pedro va creciendo. Cada vez se atreve menos a proclamar su adhesión. Al final se llena de tristeza. Ya no sabe qué responder: Tú lo sabes todo.

A medida que Pedro va tomando conciencia de la importancia del amor, Jesús le va confiando su rebaño para que cuide, alimente y comunique vida a sus seguidores, empezando por los más pequeños y necesitados: los corderos.

Con frecuencia se relaciona a jerarcas y pastores sólo con la capacidad de gobernar con autoridad o de predicar con garantía la verdad. Sin embargo, hay adhesiones a Cristo, firmes, seguras y absolutas que, vacías de amor, no capacitan para cuidar y guiar a los seguidores de Jesús.

Pocos factores son más decisivos para la conversión de la Iglesia que la conversión de los jerarcas, obispos, sacerdotes y dirigentes religiosos al amor a Jesús. Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: ¿Me amas más que éstos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?

 

 

¿ME AMAS?

 

¿Me amas...?

 

Esta pregunta que el resucitado dirige a Pedro nos recuerda a todos los que nos decimos creyentes que la vitalidad de la fe no es un asunto de comprensión intelectual, sino de amor a Jesucristo.

Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama, apenas puede «entender» algo acerca de la fe cristiana.

No hemos de olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre «aventurarse» en el otro.

Así sucede también en la fe cristiana. Yo tengo razones que me invitan a creer en Jesucristo. Pero si le amo, no es en último término por los datos que me facilitan los investigadores ni por las explicaciones que me ofrecen los teólogos, sino porque él despierta en mí una confianza radical en su persona.

Pero hay algo más. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por esa persona, por su vida y su misterio.

La fe cristiana es «una experiencia de amor». Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que «aceptar verdades» acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y todo nuestro vivir.

Un teólogo tan poco sospechoso de frivolidades como K. Rahner no duda en afirmar que sólo podemos creer en Jesucristo «en el supuesto de que queramos amarle y tengamos valor para abrazarle».

Este amor a Jesucristo no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, es justamente el que puede darle su verdadera hondura, liberándolo de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo es más fácil descubrir que eso que llamamos tantas veces «amor» no es sino el «egoísmo sensato y calculador» de quien sabe comportarse hábilmente sin arriesgarse nunca a amar con desinterés a nadie.

La experiencia del amor a Cristo podría darnos fuerzas para liberar nuestra existencia de tanta sensatez fría y calculadora, para amar incluso sin esperar siempre alguna ganancia, para renunciar al menos alguna vez a pequeñas y mezquinas ventajas en favor de otro.

Tal vez algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas si fuéramos capaces de escuchar con sinceridad la pregunta del resucitado: «Tú, ¿me amas?»

 

 

VIVIR ENAMORADO

 

Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

 

El canadiense B. Lonergan ha sido el último teólogo que ha recordado de manera penetrante que «creer es estar enamorado de Dios». ¿Qué puede pensar hoy alguien que escuche esta afirmación? Por lo general, los teólogos no hablan de estas cosas, ni los predicadores se detienen en sentimentalismos de este género. Y, sin embargo, ¿qué otra cosa puede ser confiarse a un Dios que es sólo Amor?

Nada nos acerca con más verdad al núcleo de la fe cristiana que la experiencia del enamoramiento. La idea no es la «genialidad» de un teólogo piadoso, sino la tradición constante de la teología mística que arranca del cuarto evangelio: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor».

El enamoramiento es, probablemente, la experiencia cumbre de la existencia humana. Nada hay más gozoso. Nada llena tanto el corazón. Nada libera con más fuerza de la soledad y del egoísmo. Nada ilumina y potencia con más plenitud la vida. Los místicos lo saben. Por eso, cuando hablan de su fe y entrega a Dios, se expresan como los enamorados.

Se sienten tan atraídos por Él que Dios comienza a ser el centro de su vida. Lo mismo que el enamorado llega a vivir de alguna manera en la persona amada, así les sucede a ellos. No sabrían vivir sin Dios. Él llena su vida de alegría y de luz. Sin Él les invadiría la tristeza y la pena. Nada ni nadie podría llenar el vacío de su corazón.

Alguien podría pensar que todo esto es para personas especialmente dotadas para vivir el misterio de Dios. En realidad, estos creyentes enamorados de Dios nos están diciendo hacia dónde apunta la verdadera fe. Ser creyente no es vivir «sometido» a Dios y a sus mandatos. Antes que nada, es vivir «enamorado» de Dios.

Para el enamorado no es ningún peso recordar a la persona amada, sintonizar con ella, corresponder a sus deseos. Para el creyente enamorado de Dios no es ninguna carga estar en silencio ante él, acogerlo en oración, escuchar su voluntad, vivir de su Espíritu. Aunque lo olvidemos una y otra vez, la religión no es obligación, es enamoramiento.

En este contexto la escena evangélica del cuarto evangelio cobra una hondura especial. La pregunta de Jesús a Pedro es decisiva: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» La respuesta de Pedro es conmovedora: «Señor, tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero».

 

 

EXPERIENCIA DE DIOS

 

Tú sabes que te quiero.

 

Se cita hoy con frecuencia un texto de Karl Rahner, considerado por él mismo como su testamento: «El hombre religioso de mañana será un místico, una persona que haya experimentado algo, o no podrá ser religioso, pues la religiosidad del mañana no será ya compartida en base a una convicción pública unánime y obvia. » La idea del gran teólogo alemán es clara. En el futuro la religiosidad no podrá sustentarse en el ambiente socio-cultural como en tiempos pasados. Será religiosa la persona que conozca alguna experiencia de Dios. Sin esa experiencia no habrá fe religiosa.

En realidad, hablar de «experiencia de Dios» es idolatría. Dios no puede ser objeto directo de ningún conocimiento o experiencia. Dios no es una cosa o un ente que pueda ser captado por nosotros. Un «ser divino» construido por nosotros siempre sería un ídolo, aunque fuese sólo de nuestra mente.

La experiencia de Dios no es tampoco una experiencia de nuestro «yo profundo». Se vive desde lo profundo, pero trasciende nuestro «yo» y no se reduce a «psicologismo». Nos abrimos a Dios precisamente cuando no nos paramos en nosotros mismos. «Ensimismarse» en uno mismo no sería experiencia de Dios, sino un espantoso narcisismo en el que siempre puede caer una falsa religiosidad.

La experiencia de Dios se inicia cuando la persona percibe la dimensión de profundidad e infinito que hay en todo. Yo no agoto el fondo de la realidad. Yo no soy, no puedo ser ni existir desde mí mismo. Reconocer mis propios límites es empezar a hacerme consciente de que hay «algo más» más allá de todo, algo que se me escapa, pero que está ahí fundando y sosteniendo la realidad: una «Presencia fundante».

Esta experiencia de Dios no es patrimonio de ninguna religión o Iglesia. Todo ser humano puede intuirla si vive hasta el fondo las experiencias humanas básicas del placer, la belleza, el amor, la bondad, la angustia o el dolor. En todo podemos percibir que no vivimos fundados en nosotros mismos, sino que «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios.

La fe cristiana no hace sino ahondar desde Cristo en esta experiencia y darle un contenido más concreto. Lo que funda y sostiene toda la realidad es el amor infinito e insondable de Dios. Podemos vivir con confianza. Estamos sostenidos desde nuestras raíces por el Amor. Quien se abre a Dios se reconoce salvado.

Precisamente por esto, el relato evangélico de Juan pone en boca de Jesús la pregunta a la que hemos de responder cada uno desde la propia experiencia: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» La respuesta del creyente es humilde pero sincera: «Señor tú conoces todo, tú sabes que te quiero

 

¿DONDE ESTA DIOS?

 

Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

 

La crisis religiosa está dejando a no pocos sin las seguridades sobre las que se apoyaba en otros tiempos su vida cristiana. Bastantes tienen, incluso, la impresión de que Dios ha desaparecido. De aquella fe que veía a Dios en todas partes, se está pasando al dónde está Dios?» De la religiosidad que confesaba «todo habla de Dios», se está llegando a su silencio total.

Todo parece conducir al «eclipse de Dios». Se van borrando poco a poco las huellas de su presencia. Cada vez parece más difícil escuchar su voz. La pregunta religiosa más radical de nuestros tiempos ha venido a ser ésta: ¿Dónde está Dios? ¿Dónde podemos encontrarnos con él?

Dios sigue estando, sin duda, presente en la vida de los hombres y mujeres de este final de siglo. Son muchas las cosas que lo ocultan, pero nada tanto como nuestra propia ceguera. Muchos ruidos apagan su voz, pero no tanto como nuestra sordera. Por eso, para encontrarse con él, no basta preguntar «¿dónde está Dios?»Es necesario también preguntarse: «¿dónde estamos nosotros?»

Dios no es encontrado de cualquier forma. Su presencia no aflora en cualquier conciencia. ¿Cómo podrá percibirlo quien vive fuera de sí, separado de su raíz, volcado sobre sus posesiones, disperso en sus quehaceres? La parábola de Jesús sigue cumpliéndose también hoy: los convidados no escuchan la invitación porque andan «ocupados en sus tierras y sus negocios». El encuentro con Dios es posible cuando la persona pasa de la superficialidad a la atención interior, de la dispersión al centro de su ser, y, sobre todo, del egoísmo al amor.

Quien vive siempre volcado hacia lo exterior no puede percibir la presencia de Dios. Lo primero es recuperar el deseo de interpretar y vivir la propia vida desde dentro. «No quieras ir fuera de ti, es en el hombre interior donde habita la verdad» (san Agustín).

Tampoco se puede escuchar a Dios cuando se vive de forma dispersa y fragmentada, en función de una agenda y no de un proyecto de vida. Es necesario llegar al centro de la persona. El gran teólogo suizo, H. von Balthasar, dice que «el hombre es un ser con un misterio en su corazón, que es mayor que él mismo». Ahí resuena de forma callada pero permanente la voz de Dios.

Pero, sobre todo, no puede presentir a Dios en su vida quien vive manipulando a los demás, organizándolo todo en función de su bienestar, dominado sólo por su propio interés. La razón es clara. Lo vieron desde el principio los primeros creyentes: «Quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es Amor» (1 Juan 4, 7). Quien vive de forma egoísta e interesada, ¿qué puede entender de amor y gratuidad?, ¿cómo va a presentir el misterio último de la existencia? Tal vez, todos hemos de escuchar en el fondo del corazón la misma pregunta que escuchó Pedro de labios de Jesús: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

 

 

¿ME AMAS?

 

¿Me amas...?

 

Esta pregunta que el resucitado dirige a Pedro nos recuerda a todos los que nos decimos creyentes que la vitalidad de la fe no es un asunto de comprensión intelectual, sino de amor a Jesucristo.

Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama, apenas puede «entender» algo acerca de la fe cristiana.

No hemos de olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre «aventurarse» en el otro.

Así sucede también en la fe cristiana. Yo tengo razones que me invitan a creer en Jesucristo. Pero si le amo, no es en último término por los datos que me facilitan los investigadores ni por las explicaciones que me ofrecen los teólogos, sino porque él despierta en mí una confianza radical en su persona.

Pero hay algo más. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por esa persona, por su vida y su misterio.

La fe cristiana es «una experiencia de amor». Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que «aceptar verdades» acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y todo nuestro vivir.

Un teólogo tan poco sospechoso de frivolidades como K. Rahner no duda en afirmar que sólo podemos creer en Jesucristo «en el supuesto de que queramos amarle y tengamos valor para abrazarle».

Este amor a Jesucristo no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, es justamente el que puede darle su verdadera hondura, liberándolo de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo es más fácil descubrir que eso que llamamos tantas veces «amor» no es sino el «egoísmo sensato y calculador» de quien sabe comportarse hábilmente sin arriesgarse nunca a amar con desinterés a nadie.

La experiencia del amor a Cristo podría darnos fuerzas para liberar nuestra existencia de tanta sensatez fría y calculadora, para amar incluso sin esperar siempre alguna ganancia, para renunciar al menos alguna vez a pequeñas y mezquinas ventajas en favor de otro.

Tal vez algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas si fuéramos capaces de escuchar con sinceridad la pregunta del resucitado: «Tú, ¿me amas?»

 

 

EL GESTO FINAL

 

Jesús se presentó en la orilla.

 

Durante muchos años, J. P. Sartre ha sido en Europa el predicador más escuchado del existencialismo ateo. El mensaje de su ateísmo caló hondamente en las generaciones de la postguerra: Dios no existe. El hombre está solo, arrojado a este mundo absurdo, prisionero de su propia libertad, abocado a la “nada” final.

Según Sartre, “es absurdo que hayamos nacido y es absurdo que muramos”. El hombre no es sino “una pasión inútil” y la muerte, un hecho brutal y absurdo que nos convierte en “despojo de los supervivientes”. Este es el resultado de su devastador análisis.

Sin embargo, al final de su vida y después de un intenso contacto con su amigo judío, Benny Levy, creyente en Dios, escribía así en el Nouvel Observateur de París (marzo de 1980): “Yo me siento, no como un polvo aparecido en el mundo, sino como un ser esperado, provocado, prefigurado, como un ser que no parece poder venir sino de un Creador y esta idea de una mano creadora que me hubiera creado me reenvía hacia Dios”.

Naturalmente, sus amigos más cercanos protestaron vivamente. Simone de Beauvoir habló de un Sartre enfermo y acabado, fatigado, influenciable y sin lucidez.

Sin embargo, el hecho es de importancia grande. El representante máximo de un ateísmo desesperanzado parece haber preferido, al final, abrirse al misterio y no quedar encerrado en el absurdo.

Ahora llega hasta mis manos un artículo del gran escritor francés Jean Gitton en Le Figaro donde comenta así el gesto de Sartre: “Cómo hemos de interpretar las palabras de la última hora, del último momento, cuando liberado de su “personaje”, reducido a su sola persona, uno es, por fin, él mismo?... Yo me inclino ante el último gesto de J.P. Sartre. Veo en este gesto el rastro de una valentía soberana, la que nos permite desmentirnos para acabarnos eternamente”.

He recordado al autor de “El ser o la nada”, al leer de nuevo el maravilloso relato de San Juan. Los hombres nos sentimos, con frecuencia, pescadores que se fatigan trabajando “de noche” y sin pescar “nada”. Es fácil sentir entonces la tentación de que la vida es “una pasión inútil”. Se nos olvida que cada uno de nosotros somos “un ser esperado” por ese Cristo que vive resucitado en la orilla de la vida eterna.

Es bueno que antes de cerrar los ojos y despedirnos de este mundo, sepamos todos desmentirnos de nuestros errores y equivocaciones, para abrirnos humildemente al misterio santo de un Dios que nos espera, aunque junto a nosotros haya quienes nos tachen de debilidad. cobardía o ceguera.

 

 

ALGUIEN NOS ESPERA

 

Venid a comer.

 

El verdadero y decisivo problema que tiene planteado la humanidad es «el problema del futuro». ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? ¿Qué va a ser de mí mismo, de mi familia, mis proyectos, mis aspiraciones? ¿Qué va a ser de mis hijos, de mi pueblo, de la humanidad entera? ¿En qué van a terminar nuestras luchas, trabajos y esfuerzos?

Son bastantes los que sintiéndose «hombres de mente moderna» rechazan la esperanza cristiana como pura mitología carente de todo valor. Utopías fantásticas propias de una época aún no iluminadas por la razón.

Los pensadores marxistas pretenden enseñarnos hoy a vivir con otro realismo, sin poner nuestra mirada en ilusiones vacías y engañosas. Hemos de aceptar con resignación nuestra propia muerte individual. Lo importante es que la sociedad continúa y es en el progreso y en el desarrollo de esa sociedad siempre mejor, donde debemos poner nuestra esperanza. Así escribe el marxista checo V. Gardaysky: «Mi suerte es para mí, el fin de las esperanzas, a pesar de lo cual constituye una esperanza pura obrar para la sociedad». La muerte es la derrota personal de cada individuo pero, gracias a la aportación de cada uno de nosotros, la sociedad progresa y camina con esperanza hacia el futuro.

Quizás son hoy bastantes los que, sin ser marxistas, tienen una concepción de la muerte muy semejante a la de este pensador. Pero, ¿se ha resuelto así el problema de nuestro futuro? ¿Es ésa toda la esperanza que podemos tener?

¿Qué decir entonces de todos los que han sufrido en el pasado y han muerto sin ver cumplidas sus esperanzas? ¿Qué decir de nosotros mismos que no tardaremos en formar parte de ese número de personas que no han visto colmadas sus ansias infinitas de felicidad?

¿Hay que abandonar a la desesperación y al absurdo a todos los débiles, los vencidos, los tarados, los viejos, y todos aquellos que no pueden contribuir al progreso de la sociedad, porque no pertenecen a la élite de quienes empujan la historia hacia un futuro feliz?

Pero además, ¿podemos tener la seguridad de que la sociedad está progresando hacia ese mundo feliz que el hombre busca como su verdadera patria? Este mundo cada vez más dominado por el hombre, ¿no es un mundo cada vez más lleno de amenazas? ¿No se perfila cada vez con más claridad la posibilidad de un final catastrófico más que de una consumación feliz?

Los cristianos creemos que cuando se desvanece la esperanza en la Resurrección y la salvación de Dios, el mundo no se enriquece sino que se vacía de sentido y queda privado de horizonte.

Nosotros creemos que sólo Cristo resucitado, en quien Dios nos ha abierto una esperanza definitiva de futuro, nos puede proteger de la desesperación, del vacío, del sin-sentido y de la tristeza, de la frustración final.

Por eso, mientras nos afanamos «en medio del mar» de la vida, tenemos puesta nuestra mirada en ese Resucitado que nos espera «en la orilla» y nos invitará a saciar por fin toda nuestra hambre de felicidad: «Venid a comer».

 

LA OTRA ORILLA

 

Jesús se presentó en la orilla.

 

Entre nosotros, quizás nadie ha confesado con tanta firmeza y rotundidad su perfecto agnosticismo como el profesor E. Tierno Galván.

Su actitud puede resultar fuertemente escandalosa a más de un creyente poco acostumbrado a escuchar de cerca la confesión de un ateo. Y, sin embargo, es fácil que muchos «cristianos», aun sin atreverse a confesarlo explícitamente, se sientan identificados con sus palabras: «Yo vivo perfectamente en la finitud y no necesito más».

¿Por qué plantearse tantas cuestiones sobre Dios y la otra vida? Lo importante es aprender a aceptar con realismo esta vida sin «echar de menos a Dios» ni soñar con la vida del más allá.

Hablar de «resurrección» es síntoma de un infantilismo propio de quien vive todavía en un estadio precientífico. Lo más sensato es despreocuparse de la otra vida. Sólo existe lo que tenemos ante nuestros ojos. No hay más. Debemos aprender a vivir y a perecer sin refugiarnos en ilusiones de pervivencia y resurrección.

La postura de Tierno Galván, ¿no resulta demasiado segura y satisfecha para ofrecernos la verdadera clave de la suerte misteriosa que nos está reservada a los hombres?

¿Es ésta la postura «más sensata», o la resignación de quien se rinde ante lo inevitable, mientras en su interior todo es protesta?

Sin duda, este mundo finito tiene un sentido válido y verdadero. Tiene sentido el amor de unos esposos, el nacimiento de unos hijos, el trabajo por una humanidad nueva, la lucha por unos tiempos mejores.

Pero la verdad de las cosas finitas sólo se ve desde su final. Y si un día todo va a perecer, surgen en nosotros preguntas que nos impiden vivir y morir con seguridad y satisfacción.

¿Por qué la vida, la fuerza y la salud tienen que caminar inevitablemente hacia su final? ¿Por qué el asesino tiene que triunfar sobre la víctima? ¿Cómo se puede hacer verdadera justicia a quienes a lo largo de la historia han muerto por defenderla? ¿Qué sentido tiene la vida infrahumana de los menos privilegiados de nuestra sociedad?

Los cristianos creemos que la vida del hombre, sin el horizonte de Cristo resucitado es «trabajar de noche sin lograr pescar nada definitivo».

Pero la noche tiene un amanecer. En medio del mar nos esforzamos por vislumbrar la orilla donde Alguien nos espera. A tientas, pero con fe, confiamos el futuro último de nuestra historia al Dios que ha resucitado a Jesucristo.

 

 

LA EXPERIENCIA PASCUAL

Fray Marcos

 

Jn 21, 01-19

 

Antes de analizar el relato de hoy, vamos a seguir reflexionando algo más sobre la experiencia pascual. Después de la misa del domingo pasado, alguien me preguntó, como quien no quiere la cosa, "explícanos en qué consiste la experiencia pascual". Se trata de una experiencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera humana de explicarla.

 

Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos para poder meter la realidad vivida, por eso los primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos. El fallo está en nosotros, que seguimos interpretándolos como crónicas de sucesos en vez de buscar el verdadero mensaje que quieren transmitirnos.

 

El objeto de esos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo.

 

Descubriremos la fuerza arrolladora de esa vivencia y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos, si tenemos en cuenta las circunstancias en que se desarrolló la muerte de su Maestro. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. No fue una simple condena a muerte. Fue una condena a ser crucificado. Esa condena llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

 

Desde esta perspectiva, la posibilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con lienzos, aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es absolutamente nula.

 

Pero es completamente lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte en cruz de un Jesús que para ellos lo era todo. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con lo que querían transmitir.

 

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece.

 

Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos una experiencia de una comunidad que está deseando que otros cristianos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

 

La introducción del relato nos pone en la pista. "Se manifestó" (ephanerôsen) tiene el significado genérico de "surgir de la oscuridad". Para Juan implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno.

 

"Al amanecer", justo cuando se está pasando de la noche al día, los siete discípulos pasan de una visión terrena de Jesús basada en lo que pudieron percibir a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar.

 

Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo.

 

1º Situación dada.

 

Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual. Nada más contrario a una búsqueda específica de algo espiritual. Ajenos a lo que les va a pasar, y por lo tanto, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es un número de plenitud, referido a todas las naciones paganas. Misión universal de la nueva comunidad.

 

La pesca es la imagen del resultado de la misión. "Aquella 'noche' no cogieron nada". Este dato es de vital importancia para comprender el mensaje. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es infructuosa y estéril.

 

Veis como el relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace siempre de noche, no de día. Sin embargo aquella a la que se refiere el relato, se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

 

2º Jesús se hace presente.

 

Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece.

 

La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto.

 

Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos.

 

Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

 

3º Les saluda.

 

Comienza una conversación amistosa, que pretende acentuar la cercanía. "Muchachos" (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el "chiquillo de la tienda", "la muchacha para todo". Al darles ese nombre, Jesús está exigiéndoles una disponibilidad total para el servicio.

 

Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que llevar a cabo.

 

4º Lo reconocen.

 

La dificultad de reconocimiento se manifiesta en que sólo uno de los discípulos lo descubre. No el que mejor vista tiene, sino el que está más identificado con Jesús. Sólo el que tiene experiencia del amor de Jesús, sabe leer las señales.

 

Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo.

 

Juan comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

 

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro queda reflejado de un modo simbólico en la palabra "se ató". La misma que utilizó el evangelista Juan para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena.

 

Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Sólo Pedro se tira al agua, porque sólo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

 

La tierra es el lugar propio de la comunidad donde vive con Jesús. Los discípulos que se quedan en la barca, no estaban lejos de esa tierra.

 

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece.

 

El alimento que les da él se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo personal. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos, que han desarrollado su amor y lo manifiestan al trabajar en favor del hombre. No tiene sentido comer con Jesús si no se aporta nada.

 

El don de sí mismo queda ahora patente por la invitación a comer. Su presencia en el don, es tan perceptible que no deja lugar a duda. La presencia de Jesús en la comunidad es una llegada continuada.

 

Es claro el paralelismo con la escena de la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado y se describen las mismas acciones de Jesús.

 

Jesús es ahora el centro de la comunidad que irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él.

 

Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones...

 

5º La misión.

 

El domingo pasado, el reconocimiento después de la duda se centra en Tomás; hoy se cristaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar.

 

Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Sólo una entrega a los demás como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Sólo él lo había negado.

 

Jesús usa el verbo "agapaô" = amor-amor. Pedro contesta con "phileô" =querer, amistad. Pedro empieza a comprender. Jesús no es el Señor, sino el amigo.

 

Apacentar = procurar alimento. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar vida. Sólo puede hacerse en unión con Jesús, que es la Vida. "Corderos" y "ovejas" indican a los pequeños y a los grandes, sin distinciones.

 

Le pide que renuncie a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. El modelo de pastor se entrega él mismo por las ovejas. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión Jesús es modelo de pastor. Para la comunidad, es el único pastor.

 

Al preguntarle por tercera vez, pone en estrecha relación este episodio con las tres negaciones de Pedro. Espera de Pedro una rectificación definitiva y total. Ahora es Jesús el que usa el verbo "phileô" me quieres, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado.

 

Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que él se había forjado. Jesús no pretende ser servido, sino que, como él, sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición al designio de Jesús. Con la tercera pregunta queda claro que hay adhesiones no válidas.

 

 

 

Meditación-contemplación

 

 

 

Jesús se manifestó de esta manera.

 

No hay nada espectacular en esa presencia.

 

Solo el discípulo más cercano a Jesús, lo reconoce.

 

Esta es la clave de todo el relato.

 

.....................

 

 

 

Si vivo la presencia de Jesús dentro de mí,

 

lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.

 

Si no lo he descubierto en mí,

 

lo buscaré en personas o hechos espectaculares.

 

..........................

 

 

 

Si pongo amor en las cosas que hago,

 

estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

 

La clave no está en la realidad, sino en mi actitud ante esa realidad.

 

Descubrir esa presencia, es la tarea de todo cristiano.

 

.........................

 

ECHANDO LAS REDES A DESHORA

 

 

 

         Con el desconcierto causado por la muerte del Maestro, parece que los discípulos se han olvidado de aquellas palabras suyas: «Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Ya no está Jesús y por lo tanto es «de noche». No solo cronológicamente, sino afectivamente e incluso «laboralmente». Cuando falta la luz, cuanto falta su presencia, la actividad es inútil. Especialmente la actividad pastoral.

           Es frecuente que haya «noche» en nuestras vidas. Pueden ser tantas las causas: una crisis personal, una etapa de desencuentro, de incomprensión o de rechazo, fracasos, desengaños, enfermedades, sufrimientos de cualquier tipo, cuando el trabajo se vuelve rutinario o sin sentido, cuando nos embarga el pesimismo, la depresión, el sentimiento de soledad...

               A veces la «noche» es social: podemos ver la polarización en lo político, el desánimo y el cansancio por la pandemia, la desesperanza por las guerras que no terminan, la inflación en los precios... Y también parece que la noche nos «pilla» a los cristianos: proyectos muy trabajados que no consiguen apenas nada, falta de respuesta en las convocatorias pastorales, cristianos que se alejan de la Iglesia por distintas razones, las reformas que no consiguen reformar...

           Todas ellas dejan una gran sensación de «vacío», de miedo, de tristeza, porque, como Pedro, seguimos saliendo a pescar «como siempre» hemos hecho, como si no hubiera pasado nada. Recuerda uno cierta canción de tiempos jóvenes, en que se decía: «porque hay muchos hombres que hablan en su nombre, pero no le dejan hablar a él; porque hay muchos hombre que se reúnen en su nombre... pero no le dejan entrar a él.» Sin la presencia y los criterios del Resucitado, los esfuerzos resultan infructuosos: «Muchachos, ¿tenéis pescado? ¡Pues no!».

              No es poco reconocer abiertamente que no tenemos pescado, que nos hemos cansado en viento y en nada (Isaías 49, 1-6). Y es significativo que es entonces cuando se presenta el Resucitado. Así ha ocurrido otras veces: sale al paso de la angustia de Magdalena, del desencanto de los caminantes de Emaús, del miedo de los discípulos encerrados en el cenáculo, de las dudas de Tomás, de la rabia de Saulo... La necesidad y el malestar abren las puertas al encuentro. Quien se siente lleno, quien obtiene resultados de sus esfuerzos... no necesita ningún Señor. Sólo los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los que necesitan misericordia, los perseguidos, los que no tienen pescado... se encuentra en condiciones de recibir una «visita» del Señor..., que llega «pidiendo». Pues no tenemos nada que ofrecerte, sólo nuestro vacío y cansancio.

Y entonces reciben sus instrucciones: «echad la red a la derecha y encontraréis».

¡Pero si es de día! Todos «saben» que el tiempo de pescar es por la noche. No tiene sentido salir a echar ahora las redes... «Los discípulos no sabían que era Jesús». Sin embargo deciden hacer caso a las palabras de aquel desconocido, se abren a la sorprendente novedad/petición de echarse al mar «al amanecer»... Y las redes se llenan de peces grandes. Al verlo... sólo el discípulo a quien Jesús amaba, exclama: «¡Es el Señor!». Dos reacciones distintas ante un mismo hecho. Pero sólo el amor permite interpretar y reconocer que el resultado se ha debido al Señor. Menos mal que el bueno de Pedro se deja iluminar por el discípulo amado y se lanza al agua. Al seguir sus instrucciones han conseguido estupendos resultados... pero sobre todo han encontrado al Señor.

             Al llegar a tierra, Jesús les ha preparado pan y pescado para comer juntos. Pero quiere contar con lo que ellos mismos han conseguido. La comunión que Jesús busca con sus discípulos, precisa también que ellos «pongan algo de su trabajo», como ocurre en nuestras celebraciones eucarísticas: «... y del trabajo de los hombres, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos». El Señor nos ha preparado el fuego, la mesa, el pan y el pescado... y nosotros le entregamos de nuestros peces y de nuestro trabajo. Sólo así se hace posible la comunión/Comunión.

 

Te doy gracias, Señor, porque estás aquí, conmigo

aunque tantas veces no te reconozca:

              en mi trabajo de cada día, cuando todo es luminoso y feliz...

              pero especialmente en medio de mis noches y mis cansancios.

Te presentas Resucitado, con la sencillez y la fuerza del Espíritu,

pidiéndome cualquier cosa, ¡con lo vacío y necesitado que yo estoy!

Pero es que... no hago las cosas a tu modo, no las hago contigo...

aunque pretenda hacerlas en tu nombre.

Aún me falta mucho para ser como Pedro,

          que se lanza al agua porque te ha visto... y ya no piensa en nada más.

Me falta mucho para ser como el discípulo amado, que te descubre al  primer vistazo,

o como María Magdalena, que te busca incansable

           y pregunta a quien sea hasta que te encuentra,

o como la de aquellos siete discípulos ha habían vivido a tu lado,

 y que echaron de nuevo las redes porque tú lo dices.

Yo creo que intuyeron que podías ser tú, aunque todavía no te reconocieran

         porque uno no hace caso de un desconocido

         que le pide cosas sorprendentes y novedosas.

Pero si tú lo dices, me echaré a pescar al amanecer

       y lanzaré las redes como y donde tú quieras.

Señor: Dame ojos para «ver» tus signos e interpretarlos:

 los signos de los tiempos,

 las huellas de tu paso misterioso por mis lagos,

 y en la creación: el agua, el fuego, la luz, la paz,

 el pan, los peces y el trabajo compartidos en la Eucaristía,

 la vida ofrecida generosamente,

 el corazón liberado de puertas y candados,

 el silencio y la perseverancia de mis hermanos consagrados,

 tu llamada permanente en los más pobres,

 la Comunidad que nace del Evangelio y destila aroma de Resucitado,

 los que oyen y obedecen tu voz resucitada cuando gritas «ven y sígueme»,

 los enfermos que creen contra toda esperanza,

 el perdón sanador y recreador,

 los que están dispuestos a vivir una vida distinta, con sentido, regalándose...

Y mejor aún si haces de mí un signo humilde de la Vida que tú repartes y eres.

Tú, Señor, lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.

Y yo sé lo que de mí esperas: Que apaciente tus ovejas

.

 

 

DESENTRAÑANDO EL SIMBOLISMO DEL RELATO

Enrique Martínez Lozano

 

Jn 21, 01-19

El capítulo 21 del cuarto evangelio, al que pertenece este relato, es un apéndice, añadido posteriormente, que se centra en el tema de la misión de la comunidad y en el papel que en ella ocupa Simón Pedro.

El texto que comentamos hoy no habla propiamente de una "jornada de pesca", sino de la misión comunitaria. Este es el marco adecuado para poder comprender la catequesis que se nos ofrece, repleta de simbolismo.

Para empezar, se nos dice que esto ocurrió "algún tiempo después". Pasada ya la fase inicial, la comunidad se encuentra "embarcada" en la misión.

La iniciativa corresponde a Pedro –una figura a la que costó tiempo aceptar en las comunidades joánicas, reticentes ante la autoridad- y lo acompañan otros seis discípulos: en total siete, un número que habla de totalidad y de apertura a los paganos. En realidad, todo el relato está poniendo de relieve la universalidad de la misión: habla de mar (no de lago), de Tiberíades (no de Galilea)...

La barca y la pesca son símbolos frecuentes de la misión de la comunidad –todavía hoy se sigue hablando de la "barca de Pedro"-, así como la "noche", particularmente en este evangelio, simboliza la "oscuridad" interior, que suele estar asociada a la distancia con respecto a Jesús.

En un "guiño" cómplice, el autor nos dice que sólo "amanece" cuando Jesús se hace presente. Y, a partir de ahí, todo empieza a cambiar. Quienes no habían conseguido nada en toda la "noche", obtienen ahora una "multitud de peces", hasta "ciento cincuenta y tres".

Sobre ese número se han dado diferentes explicaciones, si bien todas ellas coinciden en que lo que busca señalar es la universalidad de la "pesca": nadie queda excluido.

Para san Jerónimo, ése sería el número total de especies de peces existentes, según los naturalistas griegos; para san Agustín, la cifra es el resultado de la suma aritmética de 1+2+3...+17, número que descomponiéndose, a su vez, en 10 + 7, habla también de totalidad.

En cualquier caso, el mensaje es claro: ningún ser humano queda fuera.

Es significativo el apunte del narrador: a pesar de ser tantos peces, "la red no se rompió". El lector mínimamente familiarizado con su modo de escribir sabe que esto no es casual. El verbo "romper" (schizo) se usa únicamente aquí y en el relato de la crucifixión, cuando se dice que no rompieron la túnica de Jesús, porque era "sin costuras" (19,23).

Tanto la túnica –que representa a la propia persona de Jesús- como la red hablan de la Unidad de Jesús con todos y con todo, de la unidad-sin-costuras de lo Real.

A los discípulos les cuesta reconocer a Jesús. Y es precisamente el "discípulo amado" –símbolo del verdadero discípulo- el que lo percibe; como siempre, el que "ve" es el amor.

Una vez reconocido, se subraya la prontitud de Pedro, si bien primero ha tenido que "ceñirse la túnica", porque "estaba desnudo". El lector del cuarto evangelio puede ver aquí una referencia a la actitud de servicio puesta de relieve en el relato del "lavatorio de los pies", donde Jesús se "ciñe" la toalla. La actitud imprescindible para la misión –parece decir el texto- no puede ser sino la del servicio.

Jesús los espera como alimento: el pan y el pescado son símbolo de la Eucaristía que, para el autor del relato, parece ir inseparablemente unida a la misión.

Sabemos que, para la primera comunidad, el pez era uno de los símbolos por excelencia para representar a Jesús, por el acróstico que habían hecho con sus letras en griego. Ijthýs son las letras iniciales que corresponden a la expresión "Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador".

Finalmente, el relato aporta otra constatación, que tampoco es superflua, al afirmar que "ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor". La presencia del Resucitado no es idéntica a la del Jesús terreno; aunque no se palpa como anteriormente –y esto resulta frustrante para nuestros sentidos y nuestra mente-, la certeza permanece.

Se trata, sin duda, de una certeza experimentada a nivel "transpersonal". Acallada la mente, emerge la evidencia de la Unidad en la que todo es sin costuras de ningún tipo, la Unidad no-dual en la que los discípulos se perciben no-separados de Jesús, compartiendo comida, misión y vida en la Presencia atemporal que todos somos.

Finalmente, se trata de eso: dejar de identificarnos con las "cosas" –lo que tenemos y lo que pensamos ser- para, dejándonos sencillamente estar y permanecer, viniendo al instante presente, abrirnos a experimentar nuestra identidad profunda, como la Vida que es y que fluye a través de nuestra forma.

Prueba a soltar todos tus pensamientos y preocupaciones; quédate sólo en el aquí y ahora, nota la intensidad de Presencia que aparece y permítete descansar en Ella. No quieras pensarla, ni entenderla, ni "llenarla" con nada, ni ir "más lejos" (¿a dónde?)... Déjate, simplemente, estar en Ella. Todo lo demás se te "dará por añadidura".

 

 

PEDRO, PECADOR QUERIDO POR DIOS

José Enrique Galarreta

 

 

Jn 21, 01-19

 

Se trata del capítulo 21, el último del cuarto evangelio, del que se han omitido los cinco últimos versículos, que son la conclusión. Sabemos que este capítulo es un añadido a todo lo anterior, que el añadido es tan antiguo como el resto del evangelio y que está escrito en el mismo entorno en que se escribió el resto del evangelio.

 

El texto presenta varios temas de interés. Ante todo, nos encontramos con la "tradición de Galilea". Esta tradición está presente sólo en Mateo (despedida de Jesús en el monte de Galilea, cap 28,16) y en este relato de Juan situado junto al lago Tiberíades. La tradición de Galilea no está ni en Marcos ni en Lucas y disuena especialmente del relato de Lucas l(Evangelio + Hechos) que hace suponer una fuerte continuidad de los acontecimientos de Pascua: Ascensión, Pentecostés, primera comunidad.

 

Esta tradición de Galilea parece ser muy creíble, especialmente porque está al margen de la tradición "oficial" (la contradice de algún modo), que es la que presenta Lucas, en la que la iglesia nace, como no podía ser menos, en Jerusalén. De la misma manera, la tradición oficial coincide mal con el relato más antiguo acerca de la resurrección, el que se contiene en 1 Corintios 15:

 

"...yo os transmití lo que había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y después a los doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez, de los cuales la mayoría viven todavía, algunos han muerto; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles; por último se me apareció a mí...."

 

Esta divergencia de tradiciones nos recuerda la imposibilidad de reconstruir cronológicamente los hechos, y la necesidad de comprender los textos de la resurrección como relatos de fe, no como crónica histórico/periodística de sucesos.

 

En el relato de Juan que hoy leemos nos encontramos ante todo con el conocido signo de la pesca milagrosa unido con la vocación personal de Pedro. Exactamente lo mismo que relata el evangelio de Lucas (5,6-11) al narrar la vocación de los primeros discípulos.

 

Pesca milagrosaàvocación de Pedro. Es conveniente recordar la presencia de Pedro en el evangelio. Pedro tiene un especial protagonismo en los evangelios, acompaña a Jesús con Santiago y Juan en varios hechos importantes (Jairo, Transfiguración, Getsemaní..), interviene significadamente en varios diálogos y situaciones... pero, aparte de ello y centrándonos en su proceso personal de adhesión a Jesús, podríamos señalar los siguientes pasos:

 

§ presentación a Jesús por Andrés, su hermano: cambio de nombre (SimónàRoca). Juan 1.40

§ llamamiento específico a orillas del lago. En Lucas 5,6, asociado a la pesca milagrosa.

§ profesión de fe ("tú eres el Cristo, el hijo de Dios...") y respuesta de Jesús ("Tú eres Roca, y sobre esta Roca afirmaré mi iglesia") Marcos 8,28. Mateo 16,16. Lucas 9,19.

§ Esta escena va completada con el violento rechazo de Jesús acerca de la mesianidad que entendía Pedro ("Apártate de mí Satanás, tú piensas como los hombres y no como Dios")

§ Promesa solemne de Pedro "aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré" (Marcos 14,29. Mateo 26,30. Lucas 22,33)

§ Negaciones de Pedro: "No conozco a ese hombre" Mateo 26,73, Marcos 14,70, Lucas 22,59. (Completadas con la mirada de Jesús a Pedro en Lucas 22,61)

 

Después de esto, el nombre de Pedro es especialmente citado en los relatos de la resurrección. En Marcos 16,7: "Id y decid a sus discípulos y a Pedro...". En Lucas 24,34: "Ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". En el texto ya citado de Corintios y en la carrera al sepulcro de Juan y Pedro mencionada por el evangelio de Juan cap.20.

 

Todo este proceso culmina y se resume en el texto del evangelio de hoy, iluminado por Lucas 22.31 "Yo he rezado por ti para que no falle tu fe. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos".

 

Así pues, a la luz de todo este conjunto de textos, nos encontramos con dos temas muy diferentes:

 

 

 

A. La reconstrucción de los sucesos según la tradición galilea:

 

¿Se fueron a Galilea? ¿Significa esto que se escaparon de Jerusalén después de la crucifixión? ¿Quieren recordarnos los textos del cuarto evangelio que el escándalo de la cruz fue tan fuerte que la comunidad empezó a dispersarse? ¿Seguía siendo Pedro el "cabecilla" del grupo como parece indicar el texto de hoy? ¿Fue en Galilea donde recuperaron la fe en Jesús? ¿Fue precisamente Pedro el que "una vez convertido" confirmó a los demás, fue el motor de la primera comunidad?

 

Todas estas preguntas, que tan interesantes nos parecen, no tienen respuesta. Los textos de los evangelios no tienen la intención de ofrecernos materiales para reconstruir la cronología / geografía de los sucesos, y por tanto no nos permiten hacerlo. A pesar de ello, para nuestra mentalidad siguen siendo preguntas llenas de sentido.

 

 

 

B. La confirmación de Pedro como pastor de la comunidad.

 

Es fuertemente llamativo el paralelismo de este texto con los textos de las negaciones de Pedro.

 

Tres negaciones y tres preguntas de Jesús.

 

"Aunque todos, yo no" - "¿me amas más que estos?"

 

Y es la humilde respuesta de Pedro "tú sabes que te quiero", la que es aceptada por Jesús.

 

El texto, por tanto, colocado al final del evangelio de Juan, y añadido al texto primero como una conclusión, tiene la intención evidente de recordar a las comunidades joanneas, tan devotas de Juan, tan carismáticas y tan poco inclinadas a los aspectos más tradicionales de la comunión apostólica, la importancia de Pedro como pastor de la iglesia y la perfecta comunión de Juan y Pedro en la intimidad de Jesús y en la edificación de la primera iglesia.

 

Es importante señalar la identidad de este mensaje con la primera parte de los hechos, en la que son Juan y Pedro los compañeros inseparables, los que curan juntos, los que comparecen ante el Consejo y son castigados.

 

Son éstos por tanto textos de comunión, llamamientos a la unidad entre las diversas tendencias de la iglesia primitiva, mucho menos uniforme de lo que nosotros hemos imaginado. En ellos se hace una llamada a la conversión a Jesús, sea cual sea el cauce y la mentalidad por la que nos hemos puesto en contacto con Él.

 

Convertirse a Jesús, como Pedro, es algo tan fundamental como la relación entre la elección de Jesús y la condición de pecador. Un eje básico, una clave de nuestra fe.

 

La primera y más grave acusación contra Jesús fue: "Éste acepta a los pecadores y come con ellos". Y la conclusión fue que no era profeta, no era de Dios.

 

Los acusadores eran fariseos y su acusación nace de un profundo error teológico y antropológico. Para ellos, Dios acoge a los justos y rechaza a los pecadores. Para ellos, ellos mismos eran justos. Por eso, no necesitaban de Dios más como reconocedor de sus virtudes. Por eso no necesitaban de Jesús. Los sanos no necesitan médico. Esta línea culmina en el episodio de la adúltera, en que Jesús muestra que todos son pecadores.

 

Por todo esto, la meta de los fariseos es la justicia y el cumplimiento de la ley. La meta de Jesús es la compasión y la liberación del pecado. Por eso no se pueden convertir, rechazan el Espíritu.

 

El primer contacto de Pedro con Jesús muestra esa mentalidad. En la barca, tras la pesca milagrosa, Pedro exclama: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador". Y esta mentalidad pervive en el cenáculo: "Aunque todos te nieguen, yo no". Mentalidad farisaica pura: Dios lejos de los pecadores y yo soy mejor que otros.

 

Entonces viene la prueba de la fe. Pedro es fanfarrón y demasiado seguro de sí, y niega a Jesús, le traiciona. ¿Dónde habrá quedado la promesa de Jesús de construir su iglesia sobre esa ROCA?

 

La aparición de Tiberíades pone las cosas exactamente en su sitio. Los pecados de Pedro no cambian el corazón de Jesús. Pedro es el pecador confirmado: seguirá siendo pecador en el libro de los Hechos y se comportará de forma ambigua en varias ocasiones; será increpado por Pablo por su conducta... no importa nada de eso. Los pecados de Pedro están cubiertos por otra frase que es la clave: "Señor, tú sabes que te quiero".

 

Los dos personajes que son constituidos primeros testigos de la resurrección son María Magdalena y Pedro. Y de los dos consta que son pecadores y que se han distinguido en su amor a Jesús. En ellos, muy especialmente en Pedro, sus pecados son más fuertes incluso que su amor. Pero ante Jesús, su amor es más importante que sus pecados.

 

Todo esto nos hace situarnos en una posición correcta ante Dios. Pecadores queridos por Dios, elegidos por Dios, que cuenta con nosotros como somos para una misión tan grande como hacer presente en el mundo el mismo Espíritu de Jesús. Un espíritu de entrega, de exigencia, de servicio y de perdón, que cuenta con los pecados y los arrolla por la fuerza del amor.

 

La virtud de Pedro, aquella que le hace ser elegido y confirmado como pastor de la iglesia es su adhesión incondicional a Jesús. Ésta le confirmará, ésta le hará poner toda la vida al servicio de la iglesia, ésta le hará sentirse honrado y feliz cuando es perseguido, le llevará a aceptar humildemente las reprimendas de Pablo, hasta la meta: dar su vida por Jesús crucificado en la persecución de Nerón. Pedro, el pecador.

 

 

SOMOS EFICACES CUANDO NOS VIVIMOS COMO CAUCES

Enrique Martínez Lozano

 

Jn 21, 1-19

En este Apéndice del cuarto evangelio –originalmente, acababa en el capítulo 20-, vuelve a aparecer una imagen muy querida para aquellas primeras comunidades: la pesca.

Se trata de una catequesis, mucho más elaborada que otras, sobre la presencia inequívoca de Jesús en medio de la actividad (misión) del grupo y, especialmente, en la eucaristía (representada aquí por el pescado y el pan).

La barca era símbolo de la propia comunidad –todavía hoy se oye hablar de la "barca de Pedro" para referirse a la Iglesia- y la pesca era imagen de la misión.

A estas alturas de los hechos –nos hallamos ya en el siglo II-, la comunidad de Juan reconoce la primacía de Pedro, algo que, en un principio, le había costado aceptar. En consonancia con ese cambio, aquí aparece ya Pedro tomando la iniciativa.

Son en total siete los discípulos que van a la misión. De ese modo –siete es el número de la totalidad: 3+4, Dios + el cosmos-, se hace ver que la misión incumbe a la iglesia entera.

Toda la noche –en el cuarto evangelio, este término denota oscuridad interior- han estado trabajando, pero solo cuando toman consciencia de la presencia de Jesús, el trabajo da fruto. Esa toma de consciencia no hay que leerla en un sentido mágico –alguien, desde fuera, opera un milagro-, sino como una consciencia interior que nos hace anclarnos en nuestra verdadera identidad.

Al hacer así, venimos a descubrir que somos solo cauce, puente, canal, a través del cual la Vida, gratuita, fluye. Y es entonces cuando se opera el milagro, en todas las dimensiones de nuestra existencia. Hasta que no nos percibimos como canal, nuestro propio ego –con el que nos mantenemos identificados- constituye un bloqueo que tapona la Vida.

El resultado son 153 peces: probablemente, se trate de una alusión al mundo entero (ese era el número de naciones que, según ellos, poblaban la tierra). Todos, sin excepción, estamos en la gran Red de la Vida.

Y la eucaristía: el símbolo del pez fue uno de los primeros –junto con el de la imagen del pastor, y mucho antes que con la cruz- con que los discípulos representaron a Jesús. El motivo es sencillo. En griego, "pez" se dice ιχθyσ (ijthýs), con cuyas letras los cristianos formaron este acrónimo:

Ι = Iesous = Jesús

χ = Xristós = Cristo

Θ = Theou = de Dios

Ύ = Uios = Hijo

Σ = Soter = Salvador

"Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador".

Con esa imagen, profesaban su fe. Y se ayudaban a vivir en la presencia de aquel que les remitía a su propia Presencia.

 

 

 

MISAL DOMINICAL

Antífona de entrada     Cf. Sal 65, 1-2
Aclame al Señor toda la tierra.
Canten la gloria de su nombre. Aleluia.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro,
que tu pueblo se alegre siempre por la nueva vida recibida,
para que, con el gozo de los hijos,
aguarde con firme esperanza el día de la resurrección final.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas

Recibe, Señor,
las ofrendas de tu Iglesia desbordante de alegría
y después de haberle concedido el motivo de un gozo tan grande,
concédele participar de la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual.

Antífona de comunión


Año C:     Cf. Jn 21, 12-13
Jesús dijo a sus discípulos: Vengan a comer,
y tomó el pan y se lo dio. Aleluia.

Oración después de la comunión
Padre, mira con bondad a tu pueblo,
y, ya que lo has renovado con los sacramentos de la vida eterna,
concédele alcanzar la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede impartirse la bendición solemne.

 

 

LECCIONARIO DOMINICAL

Nosotros somos testigos de estas cosas;
nosotros y el Espíritu Santo

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     5, 27-32. 40b-41

       Cuando los Apóstoles fueron llevados al Sanedrín, el Sumo Sacerdote les dijo: «Nosotros les habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina. ¡Así quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!»
       Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A Él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen».
       Después de hacerlos azotar, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles, por su parte, salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el Nombre de Jesús.

Palabra de Dios.


SALMO
     29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

R.
 Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste.

O bien:

Aleluia.

Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. 
R.

Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría. 
R.

«Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor».
Tú convertiste mi lamento en júbilo.
íSeñor, Dios mío, te daré gracias eternamente! 
R.


El Cordero que ha sido inmolado
es digno de recibir el poder y la riqueza


Lectura del libro del Apocalipsis     5, 11-14

       Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente:
       «El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza».
       También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían:
       «Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos».
       Los cuatro Seres Vivientes decían: «¡Amén!», y los Ancianos se postraron en actitud de adoración.

Palabra de Dios.


ALELUIA


Aleluia.
Resucitó Cristo, que creó todas las cosas
y tuvo misericordia de su pueblo.
Aleluia.


EVANGELIO

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio,
e hizo lo mismo con el pescado

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     21, 1-19

       Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
       Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
       Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros».
       Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
       Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
      Ellos respondieron: «No».
       Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!»
       Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
       Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».
       Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer».
       Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
       Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
       Él le respondió: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero».
       Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos».
       Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
       Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero».
      Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas».
       Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
       Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero».
       Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».
       De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme».

Palabra del Señor.


O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan    21, 1-14

       Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
       Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros».
       Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
       Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
      Ellos respondieron: «No».
       Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!»
       Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
       Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».
       Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer».
       Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
       Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor.

 

 

 

 


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