4 domingo Pascua (C)

 Liturgia Viva – IV Domingo de Pascua

Notas:
    1. Recuerden que hoy es la “Jornada Mundial por las Vocaciones”. Lo que se dice de Jesús es también aplicable a los pastores que ocupan su lugar. No que ellos sean Jesús mismo: Son solamente humildes signos de Jesús, que, por su vida y por sus obras, deberían mostrar al pueblo el camino hacia él. 
    2. Los que intenten tener una celebración especial por las vocaciones, este día o durante la semana siguiente, vean, por favor, el Sacramentario y Leccionario para textos para misas por las vocaciones.

 

Saludo (Ver la Segunda Lectura)
El Cordero en el trono será nuestro pastor
y nos conducirá a manantiales de agua viva.
Dios enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos.
Que este Cordero de Dios, Jesús nuestro Señor,
esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)


1.    Les llamo por su Nombre
Es muy tranquilizador saber que nuestro guía o líder de nuestra comunidad nos conoce personalmente y nos llama por nuestro nombre. Ello nos hace pensar o decir: Él me conoce y yo le conozco a él. Esto exige una confianza, lealtad y amor más profundos. En el Domingo del Buen Pastor Jesús mismo nos recuerda cómo nos conoce personalmente. Al mismo tiempo, el hecho de que también nosotros le conozcamos a él, al menos un poco, cambia nuestra vida entera; porque conociéndole a él, conocemos a Dios. Experimentamos en él la bondad, el cuidado y la presencia íntima de Dios en la vida de cada día. Ojalá nosotros también pudiéramos estar cerca los unos de los otros, y los pastores de Jesús pudieran estar cercanos a su pueblo.

 

2.    La Voz del Pastor
¿Quiénes son los pastores en quienes el pueblo confía y a quienes el pueblo escucha? Como por instinto, la gente se entrega confiadamente a sacerdotes que no se predican a sí mismos, sino al Señor Jesús y a su Buena Noticia, el Evangelio. Escuchan y confían en sacerdotes que les conocen y que también sacan su tiempo para escucharles a ellos, para asomarse a sus problemas y esperanzas; porque en ellos reconocen algo de Jesús, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Unámonos a Jesús, nuestro Buen Pastor, en su acción de gracias al Padre.

 

Acto Penitencial


“Las ovejas que me pertenecen escuchan mi voz”,
dice Jesús, nuestro Buen Pastor.
Y nosotros… ¿le hemos escuchado y seguido?
Examinémonos ante el Señor.
        (Pausa)
Señor Jesús, tú nos conoces y nos llamas a cada uno por nuestro nombre. 
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús, tú nos aseguras que no permitirás que nos perdamos, o que nunca nos abandonarás.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, el Padre nos confió a ti
y tú nos das vida que durará para siempre.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Ten misericordia de nosotros, Señor,

y nunca permitas que el pecado nos separe de ti.

Perdónanos, haz que te sigamos hasta el final, y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta

 

Oremos para que sepamos reconocer
y amar verdaderamente a Jesús, el Señor.
        (Pausa)
Oh Dios y Padre nuestro amoroso:
Tú nos has permitido graciosamente
experimentar cuánto te preocupas por nosotros,
dándonos a Jesús como nuestro Buen Pastor. 
Él nos conoce bien, ya que nos lleva en su corazón. 
Haz que seamos siempre íntimos suyos,
para que nosotros también le reconozcamos a él como Buen Pastor,
oigamos su voz, y le sigamos sin reserva. 
Que, conforme a su amor,
nuestra preocupación y cuidado se desborden
en favor de los hermanos que tú has puesto en nuestro camino. 
Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo nuestro Señor.


Primera Lectura (Hch 13,14.43-52): Los Pastores se Arriesgan
    La Buena Noticia de Jesús tenía que anunciarse primero a los judíos; pero no se puede restringir a un solo grupo; está destinada para todos. El conflicto de Pablo y Bernabé con los judíos da ocasión para predicar el evangelio directamente a los paganos.

Segunda Lectura (Ap 7,9.14b-17): El Cordero Será el Pastor de Ustedes
Gentes de toda raza, pueblo y cultura seguirán al Cordero como a su Pastor, quien les guiará a la vida eterna.

Evangelio (Jn 10,27-30): Los que Oyen mi Voz me Siguen
    Jesús es nuestro Buen Pastor. Él nos conoce personalmente y nos conduce a la plenitud de vida, si queremos caminar con él.

 

 

Oración de los Fieles


    Roguemos a Jesús, Cordero de Dios y Pastor nuestro, que conduzca a todos los hombres a los manantiales de la vida. Y digamos:  


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

Señor, tú llamas a una muchedumbre inmensa de cada raza, lengua y nación. Para que sepan oír tu voz, aceptarte desde la fe y seguirte fielmente, te pedimos:  


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

Señor, son pocos los que te reconocen. Que ninguno de ellos se pierda; y guárdalos siempre fieles a ti. Y así te pedimos: 


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

Señor, muchos de tus seguidores están todavía sufriendo persecuciones. Que, a pesar de ello, continúen sirviéndote día y noche, y estén unidos a ti en sus pruebas y dificultades. Y así te pedimos:


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

Señor, demasiada gente padece hambre, y muchos tienen sed de justicia y verdad. Que la tierra produzca su fruto y tu pueblo trabaje por la justicia, la verdad y la paz. Y así te pedimos: 


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

Señor, mira la miseria de los que sufren. Enjuga todas las lágrimas de sus ojos, y llévales la alegría de tu amor y también la de nuestro amor. Y así te pedimos: 


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

Señor, mira la riqueza de corazón de muchos que están deseosos de servirte a ti y a tu pueblo en ministerios de amor y de servicio. Llámalos al sacerdocio y a la vida religiosa y misionera, para que conduzcan a tu pueblo como Buenos Pastores. Y así te pedimos: 


R/ Cordero y Pastor nuestro, únenos en un solo rebaño.

 

 Señor Jesús, llámanos por nuestro nombre y unifícanos como tu único pueblo, pues tú eres nuestro Pastor y Señor por los siglos de los siglos.

 

 

Oración sobre las Ofrendas


Oh Dios, Padre nuestro,
que te preocupas por nosotros:
Tú preparas para nosotros el pan de vida
y nos ofreces la copa de alegría
de Jesús, Hijo tuyo y pastor nuestro.
Que él nos haga cada vez más tu pueblo fiel;
y que nos ayude a proclamar
-por lo que somos y hacemos-
que su mensaje de vida y alegría
está destinado para todos
en cualquier parte del mundo,
porque él es nuestro Señor y Salvador
por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
    Te damos gracias, Padre nuestro, por darnos a tu propio Hijo Jesús como nuestro guía y Pastor. Así como él se ofreció a sí mismo por nosotros, así también queremos nosotros ofrecernos con él para que otros vivan y sean felices.

 

Invitación al Padrenuestro
El Padre ha puesto a Jesús
como Buen Pastor para nuestro cuidado. 
Con él recitamos nuestra oración de confianza filial.

 

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor,
de nuestras facciones y de nuestra división,
y reúnenos a todos juntos
bajo el liderazgo de Jesús, nuestro Buen Pastor. 
Que podamos participar en la paz
de su amor bondadoso y reconciliador;
y guárdanos de toda ansiedad,
porque estamos seguros
de que él nos llevará a la fuente de agua viva,
ya que él es nuestro Buen Pastor
y nuestro Salvador, Jesucristo.  
R/ Tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo,
el Cordero de Dios sentado en el trono,
que nos conduce a los manantiales de vida,
para que nunca más tengamos de nuevo hambre o sed.
Dichosos nosotros,
invitados a la mesa de nuestro Buen Pastor y Señor.

 

Oración después de la Comunión


Padre de bondad: 
Hemos escuchado la voz de tu Hijo
que nos ha hablado aquí en esta eucaristía.
Danos la gracia de seguir perteneciendo a él, a su rebaño,
y de seguirle a dondequiera que él nos lleve.
Que ni el miedo ni la tentación engañosa nos venzan
y nos secuestren lejos de tu amor.
Así como él se nos ha dado como pan de vida,
que nosotros también nos demos los unos a los otros.
Que nuestro Buen Pastor nos lleve
a los verdes pastos de tu alegría eterna.
Concédenoslo por medio de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,
que vive y reina por los siglos de los siglos. 

 

Bendición
Hermanos: En esta celebración eucarística Cristo ha estado con nosotros como nuestro Buen Pastor.  – Que él esté también con nosotros en nuestra vida y nos guíe por medio de su Santo Espíritu. Que también nos haga pastores, los unos de los otros: que, como hermanos, nos preocupemos unos de otros, nos animemos y apoyemos mutuamente; y que así lleguemos a ser para el mundo un signo del amor fiel y bondadoso de Dios. 
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

Yo les doy la vida eterna.

 

El cuarto domingo de Pascua siempre es el domingo del Buen Pastor. Cada año, en los tres ciclos, la liturgia nos presenta un pasaje del capítulo diez de Juan, donde Jesús mismo es el verdadero pastor. Aprovechamos este texto, que tiene tintes vocacionales, para secundar la invitación que la Iglesia nos hace en este día a orar por las vocaciones Los cuatro versículos que leemos en el evangelio de hoy se han extraído de la parte final del discurso de Jesús y quieren ayudarnos a profundizar el significado de esta imagen tan extendida.

 

Siguiendo el mandato del Buen Pastor, Pablo y Bernabé se fueron a predicar la Buena Nueva por esos mundos de Dios, hasta Antioquía de Pisidia. Parece que no lo hicieron del todo mal, porque muchos se convirtieron a la fe que enseñaban estos dos grande apóstoles. Pero, como sucede a menudo, la envidia, que es muy mala consejera, provoca el rechazo de aquellos que vivían apegados a sus tradiciones. Algunos hicieron mal uso de su influencia, para que se prohibiera a los Apóstoles predicar con libertad. Parece que tráfico de influencias ha habido siempre.

 

Pero como Dios escribe recto con renglones torcidos, el rechazo en Pisidia es el comienzo de otra gran evangelización. Igual que el martirio de Esteban supuso el comienzo de la expansión de la Iglesia primitiva, la oposición de los judíos lleva a Pablo a decidir abrirse a los gentiles, “hasta los confines de la tierra”. Los gentiles se alegraron, porque les llegaba la Buena Nueva. Igual que nosotros nos alegramos, porque hemos escuchado esa Buena Noticia. Todo gracias a los desvelos evangelizadores de los Apóstoles.

 

En la segunda lectura, vemos a una muchedumbre inmensa. ¿De qué, o mejor, de quién nos habla el texto del Apocalipsis? Son los que en esta vida han vivido conflictos y sufrido persecuciones y dieron su vida por los demás, al igual que el Cordero. La gente los tomó por fracasados, pero para Dios son los que han triunfado de verdad.

 

Este texto es un buen recordatorio para que los cristianos perseguidos y agobiados aprendan a resistir con paciencia y firmeza. Lo que le pasó a Jesús, el Cordero, se realiza en ellos; si lo siguen como uno sigue a un pastor, participarán en la victoria de la resurrección. Es difícil, pero es posible.

 

Y el Evangelio, por un lado, quiere que conozcamos mejor quien es Jesús, el buen Pastor; por otro lado, la intención aparece en el último versículo del capítulo, cuando el evangelista dice que “muchos creyeron en Jesús en aquel lugar”. Y es que todos los encuentros con Jesús de las personas que aparecen en el evangelio de Juan acaban en una confesión de fe en Jesús: los que fueron a las bodas de Caná, Nicodemo, la Samaritana, el ciego de nacimiento…, y finalmente Tomás, el discípulo incrédulo que acaba reconociendo a Jesús como su Señor y su Dios. Todos ellos terminaron creyendo en Jesús, a pesar de las dudas; así que siempre es posible, si nos lo tomamos en serio, que nuestra fe salga fortalecida, como la de aquellos contemporáneos de Cristo.

 

En esta relación, en este diálogo, Él siempre toma la iniciativa. Habla con nosotros, nos busca, y por eso podemos reconocer su voz, cuando la escuchamos. Dios Trino, que es relación, se quiere comunicar con nosotros. Dios nos habla a través de su Palabra, en los acontecimientos de la vida (los buenos y los malos), en las personas que están cerca de nosotros… Dios nos habla y quiere establecer una relación personal con cada uno de nosotros, porque nos conoce a cada uno en particular. Porque es Dios y porque nos ama, nos conoce personalmente, conoce dónde estamos – mejor que cualquier GPS – y sabe lo que nos pasa, mejor que nosotros mismos.

 

Y nosotros, las ovejas, confiamos en Él. Podemos seguirle sin miedo, porque en su voz oímos el eco de la felicidad, la felicidad de verdad. No la efímera alegría que dan las cosas del mundo, sino la Felicidad que solo Dios puede dar. Nosotros le seguimos, y Él nos da la vida eterna. Seguramente por eso muchas de las personas con las que se encontraba el Señor creían en Él. Ninguno quedo defraudado. A todos les llegó su recompensa. Con persecuciones y sufrimiento, pero llegó.

 

Nosotros hemos escuchado la voz del Pastor, una voz que nos suena conocida, y que nos conoce. A lo largo de nuestra vida, hemos sentido su presencia, hemos podido apoyarnos en Él en los momentos difíciles, es nuestro tesoro, por el que merece la pena venderlo todo para poder comprarlo. Él nos regala la vida que no tiene fin, en la que no habrá ni lágrimas, ni pena, ni dolor, ni muerte.

 

Ese Buen Pastor se quedó con nosotros, nos dejó su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Aquí nos sale al encuentro, refuerza y vigoriza nuestra fe y acrecienta nuestra esperanza. Alimentados en este banquete celestial, nos envía a ser sus discípulos, como a los primeros Apóstoles, para dar testimonio de que somos sus amigos y de que le seguimos incondicionalmente, porque sabemos de Quién nos hemos fiado.

 

Cuando escribo estas líneas, el Cónclave todavía no ha elegido al nuevo Papa. Si cuando las leas ya hay nuevo Pontífice, no dejes de rezar por el sucesor de Pedro. Si no ha sido así, ora por los Cardenales, encargados de elegirlo. Para que escuchen al Espíritu Santo.


 

EVANGELIO

 

Yo doy la vida eterna a mis ovejas.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 10,27-30

 

En aquel tiempo, dijo Jesús:

- Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.

Yo y el Padre somos uno.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

ESCUCHAR SU VOZ Y SEGUIR SUS PASOS

 

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

La escena es tensa y conflictiva. Jesús está paseando dentro del recinto del templo. De pronto, un grupo de judíos lo rodea acosándolo con aire amenazador. Jesús no se intimida, sino que les reprocha abiertamente su falta de fe: «Vosotros no creéis porque no sois ovejas mías». El evangelista dice que, al terminar de hablar, los judíos tomaron piedras para apedrearlo.

Para probar que no son ovejas suyas, Jesús se atreve a explicarles qué significa ser de los suyos. Sólo subraya dos rasgos, los más esenciales e imprescindibles: «Mis ovejas escuchan mi voz... y me siguen». Después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser la Iglesia de Jesús es escuchar su voz y seguir sus pasos.

Lo primero es despertar la capacidad de escuchar a Jesús. Desarrollar mucho más en nuestras comunidades esa sensibilidad, que está viva en muchos cristianos sencillos que saben captar la Palabra que viene de Jesús en toda su frescura y sintonizar con su Buena Noticia de Dios. Juan XXIII dijo en una ocasión que "la Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca". En esta Iglesia vieja de veinte siglos hemos de hacer correr el agua fresca de Jesús.

Si no queremos que nuestra fe se vaya diluyendo progresivamente en formas decadentes de religiosidad superficial, en medio de una sociedad que invade nuestras conciencias con mensajes, consignas, imágenes, comunicados y reclamos de todo género, hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor.

Pero no basta escuchar su voz. Es necesario seguir a Jesús. Ha llegado el momento de decidirnos entre contentarnos con una "religión burguesa" que tranquiliza las conciencias pero ahoga nuestra alegría, o aprender a vivir la fe cristiana como una aventura apasionante de seguir a Jesús.

La aventura consiste en creer lo que él creyó, dar importancia a lo que él dio, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarnos a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó.

Si quienes viven perdidos, solos o desorientados, pueden encontrar en la comunidad cristiana un lugar donde se aprende a vivir juntos de manera más digna, solidaria y liberada siguiendo a Jesús, la Iglesia estará ofreciendo a la sociedad uno de sus mejores servicios.

 

 

ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS

 

Era invierno. Jesús andaba paseando por el pórtico de Salomón, una de las galerías al aire libre, que rodeaban la gran explanada del Templo. Este pórtico, en concreto, era un lugar muy frecuentado por la gente pues, al parecer, estaba protegido contra el viento por una muralla.

Pronto, un grupo de judíos hacen corro alrededor de Jesús. El diálogo es tenso. Los judíos lo acosan con sus preguntas. Jesús les critica porque no aceptan su mensaje ni su actuación. En concreto, les dice: "Vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas". ¿Qué significa esta metáfora?

Jesús es muy claro: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco; ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". Jesús no fuerza a nadie. Él solamente llama. La decisión de seguirle depende de cada uno de nosotros. Solo si le escuchamos y le seguimos, establecemos con Jesús esa relación que lleva a la vida eterna.

Nada hay tan decisivo para ser cristiano como tomar la decisión de vivir como seguidores de Jesús. El gran riesgo de los cristianos ha sido siempre pretender serlo, sin seguir a Jesús. De hecho, muchos de los que se han ido alejando de nuestras comunidades son personas a las que nadie ha ayudado a tomar la decisión de vivir siguiendo sus pasos.

Sin embargo, ésa es la primera decisión de un cristiano. La decisión que lo cambia todo, porque es comenzar a vivir de manera nueva la adhesión a Cristo y la pertenencia a la Iglesia: encontrar, por fin, el camino, la verdad, el sentido y la razón de la religión cristiana.

Y lo primero para tomar esa decisión es escuchar su llamada. Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal. Comenzamos a seguirle cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo. Por eso, la fe no consiste primordialmente en creer algo sobre Jesús sino en creerle a él.

Cuando falta el seguimiento a Jesús, cuidado y reafirmado una y otra vez en el propio corazón y en la comunidad creyente, nuestra fe corre el riesgo de quedar reducida a una aceptación de creencias, una práctica de obligaciones religiosas y una obediencia a la disciplina de la Iglesia.

Es fácil entonces instalarnos en la práctica religiosa, sin dejarnos cuestionar por las llamadas que Jesús nos hace desde el evangelio que escuchamos cada domingo. Jesús está dentro de esa religión, pero no nos arrastra tras sus pasos. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a vivir de manera rutinaria y repetitiva. Nos falta la creatividad, la renovación y la alegría de quienes viven esforzándose por seguir a Jesús.

 

 

DIOS NO ESTÁ EN CRISIS

 

Mi Padre... supera a todos.

 

Es más frecuente de lo que pensamos. Los creyentes decimos creer en Dios, pero en la práctica vivimos como si no existiera. Éste es también el riesgo que tenemos hoy al abordar la crisis religiosa actual y el futuro incierto de la Iglesia. Vivir estos momentos de manera «atea».

Ya no sabemos caminar en la «presencia de Dios». Analizamos nuestras crisis y planificamos el trabajo pensando sólo en nuestras posibilidades. Se nos olvida que el mundo está en manos de Dios, no en las nuestras. Ignoramos que el Gran Pastor que cuida y guía la vida de cada ser humano es Dios.

Vivimos como cristianos «huérfanos» que han perdido a su Padre. La crisis nos desborda. Lo que se nos pide nos parece excesivo. Es imposible perseverar con ánimo en una tarea, cuando no se ve el éxito por ninguna parte. Nos sentimos solos y cada uno se defiende como puede.

Según el relato evangélico, Jesús está en Jerusalén comunicando su mensaje. Es invierno y, para no enfriarse, se pasea por uno de los pórticos del templo, rodeado de judíos que lo acosan con sus preguntas. Jesús está hablando de las «ovejas» que escuchan su voz y le siguen. En un momento determinado dice: Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre.

Según Jesús, Dios supera a todos. Que nosotros estemos en crisis, no significa que Dios está en crisis. Que los cristianos perdamos el ánimo, no quiere decir que Dios se haya quedado sin fuerzas para salvar. Que nosotros no sepamos dialogar con el hombre de hoy, no significa que Dios ya no encuentre caminos para hablar al corazón de cada persona. Que las gentes se marchen de nuestras iglesias, no quiere decir que se le escapen a Dios de sus manos protectoras.

Dios es Dios. Ninguna crisis religiosa y ninguna mediocridad de la Iglesia podrán arrebatar de sus manos a esos hijos e hijas a los que ama con amor infinito. Dios no abandona a nadie. Tiene sus caminos para cuidar y guiar a cada uno de sus hijos, y sus caminos no son necesariamente los que nosotros le pretendemos trazar.

 

 

VOLVER A JESÚS

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

Se pueden hacer toda clase de estudios y diagnósticos. Lo cierto es que el mundo necesita hoy savia nueva para vivir. Las iglesias andan buscando aliento y esperanza. Las muchedumbres pobres del planeta reclaman justicia y pan. Occidente ya no sabe cómo salir de esa tristeza mal disimulada que ningún bienestar logra ocultar.

El problema no es sólo de cambios políticos ni de renovaciones teológicas, sino de vida. Estamos necesitados de algo parecido al «fuego» que prendió Jesús en su breve paso por la tierra: su mística, su lucidez, su pasión por el ser humano. Necesitamos personas como él, palabras como las suyas, esperanza y amor como los suyos. Necesitamos volver a Jesús.

Desde el inicio, los cristianos vieron que él podía guiar a los seres humanos. Con su conocido lenguaje, el cuarto evangelio lo presenta como el «pastor» capaz de liberar a las ovejas del aprisco donde se encuentran encerradas para «sacarlas afuera», a un país nuevo de vida y dignidad. El marcha por delante marcando el camino a quienes lo quieran seguir.

Jesús no impone nada. No fuerza a nadie. Llama a cada uno «por su nombre». Para él no hay masas. Cada uno tiene nombre y rostro propio. Cada uno ha de escuchar su voz sin confundirla con la de extraños que no son sino «ladrones» que quitan al pueblo luz y esperanza.

Esto es lo decisivo: no escuchar voces extrañas, huir de mensajes que no vienen de Galilea. Siempre que la Iglesia ha buscado renovarse, se ha desencadenado una vuelta a Jesús para seguir de nuevo sus pasos. Como se ha recordado tantas veces, «sígueme» es la primera y la última palabra de Jesús a Pedro (D. Bonhoeffer).

Pero volver a Jesús no es tarea exclusiva del Papa ni de los obispos. Todos los creyentes somos responsables. Para volver a Jesús no hay que esperar ninguna orden. Francisco de Asís no esperó a que la Iglesia de su tiempo tomara no se qué decisiones. Él mismo se convirtió al evangelio y comenzó la aventura de seguir a Jesús de verdad. ¿A qué tenemos que esperar para despertar entre nosotros una pasión nueva por el evangelio y por Jesús?

 

 

DESDE ABAJO

 

Las conozco..., y les doy vida eterna.

 

La imagen del pastor está cargada de simbolismo religioso en la tradición bíblica. El pastor simboliza al jefe que gobierna y que dirige al pueblo. Su principal tarea es vigilar, guiar y proteger al rebaño. Dios es «el pastor de Israel» porque conduce al pueblo, vela por él y lo protege. Ese es también hoy su principal significado cuando se habla en la Iglesia de los pastores que «guían al pueblo».

Sin embargo, cuando los primeros cristianos hablan de Jesús como «Buen Pastor», no lo hacen sobre todo para presentarlo como jefe y caudillo de un pueblo, sino para destacar su preocupación por la vida de las personas. Jesús es «Buen Pastor», no porque sabe gobernar, conducir y vigilar mejor que nadie, sino porque es capaz de «dar su vida» por los demás.

Esta teología del Buen Pastor recoge bien la actuación de Jesús. Su primera preocupación no fue salvaguardar la doctrina, vigilar la moral o controlar la liturgia, sino desvivirse por la gente, luchar contra el sufrimiento bajo todas sus formas y trabajar por una vida más digna y dichosa para todos, llegando «hasta dar su vida» en este empeño. La Iglesia tiene la responsabilidad de invitar y orientar a los creyentes hacia la verdad de Cristo, pero Cristo se dedicaba precisamente a quitar sufrimientos y dar vida. Sólo desde ahí revelaba y anunciaba al verdadero Dios.

En estos tiempos en que tanta gente «abandona el rebaño» y se aleja de la fe, la mejor manera de guiar hacia la «verdad de Cristo» sería ver que la Iglesia está dedicada en cuerpo y alma a que la gente sea más dichosa, se sienta menos desamparada y más protegida contra el mal y el sufrimiento.

Los mismos cristianos que confesaron a Jesús como «pastor», le presentaron también como «cordero» sacrificado por los demás. Es un buen recordatorio para los pastores de la comunidad cristiana. El trabajo pastoral no se hace imponiéndose «desde arriba», sino sirviendo desde abajo. No se conduce hacia Cristo desde el poder y el dominio, sino desde la compasión y la lucha contra el sufrimiento y desamparo.

 

 

CREER DE MANERA DIFERENTE

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

El acto de creer es siempre una decisión absolutamente personal, cualquiera que sea la edad y la trayectoria de quien lo hace. Una decisión en la que nada ni nadie puede suplantar a la persona. No se cree en Jesucristo por tradición familiar o presión ambiental. En este sentido, la fe no se transmite ni se hereda. Ha de nacer de la libertad de cada persona como una de las decisiones más importantes de su vida.

El acto de creer no tiene nada que ver con la credulidad o el iluminismo. Estamos hoy muy lejos de las tesis cientifistas de comienzos de siglo, que consideraban la fe como fruto de una debilidad mental o psicológica. Creer es un acto profundamente responsable y comprometido.

El acto de creer no es, sin embargo, resultado de una investigación científica. La ciencia no puede responder a las cuestiones últimas de la existencia. Se queda muda, pues no es su competencia. Sólo sabe investigar el funcionamiento del mundo. Una cosa es la actitud abierta y confiada ante el Misterio último de la existencia que llamamos «Dios», y otra la acumulación de conocimientos organizados que una sociedad ha logrado en un determinado momento de su historia.

En la fe cristiana es decisivo el encuentro personal con Cristo. El punto de partida y los itinerarios de cada persona pueden ser diferentes, pero Cristo es el «camino» que lleva hacia Dios. Por ello, es decisivo conocer a Cristo. El es el «Buen Pastor», y quienes se dejan guiar por él lo «conocen».

No se trata de un conocimiento teórico. En el lenguaje bíblico, «conocer» es experimentar, entrar en comunión íntima. No se conoce desde la distancia, sino por medio de una relación vital. Conocer a Cristo es quererlo, experimentar que su presencia nos hace bien, acogerlo como a alguien único e inconfundible que da otro tono y vitalidad a nuestro vivir diario.

Son bastantes los bautizados cuya fe se mueve en una atmósfera abstracta de convicciones, creencias y ritos. No «conocen» vitalmente a Cristo. En su cristianismo falta precisamente Cristo, el único que podría reavivar su fe, eliminar sus prejuicios y resistencias, enseñarles a creer de manera diferente. Para ser cristiano, lo primero es encontrarse personalmente con Cristo, «escuchar su voz» y seguirle.

 

 

AMIGO Y MAESTRO

 

Las conozco... y les doy vida eterna.

 

Los primeros creyentes plasmaron su fe en Jesús empleando imágenes y títulos válidos para su mundo de experiencia, pero necesitados a veces de «traducción» para ser vividos por los hombres y mujeres de hoy. Así sucede con títulos como «Señor», «Rey» o «Pastor» que, leídos desde una cultura reacia a todo lo autoritario, pueden no expresar la experiencia original de los primeros cristianos.

Concretamente, la bella imagen de Jesús como «Buen Pastor» tuvo gran arraigo en los primeros siglos del cristianismo (recuérdese su presencia en las catacumbas romanas), pues sugiere el cuidado de Cristo por los suyos, su servicio y entrega total, su disponibilidad a dar la vida por los suyos. Sin embargo, ha ido perdiendo atractivo y fuerza en nuestros días en la medida en que puede evocar el seguimiento gregario a Cristo de un «rebaño» de cristianos poco conscientes y responsables.

En la cristología contemporánea se advierte hoy un desplazamiento hacia dos títulos, de origen neotestamentario ambos, y que, tal vez, responden mejor a la experiencia actual: Cristo Amigo y Maestro.

El título de «Amigo» arranca del evangelio de Juan y subraya la relación amistosa y confiada que se establece entre Cristo y el creyente: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Cristo no es sólo el Señor que salva, sino el Amigo cercano que comprende y acompaña. La teología actual subraya la importancia de un Cristo Amigo en una época en la que no pocos experimentan la pérdida de identidad y la soledad existencial. Son varios los cristólogos que atraen la atención sobre esa frase que, según san Mateo, resume la actuación de Jesús: «La caña cascada no la quebrará, y la mecha humeante no la apagará» (Mt 12, 20).

El título de «Maestro» tiene también sus raíces en la tradición evangélica: «No llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro maestro, Cristo» (Mt 23, 10). Cristo no es sólo el gran revelador del Padre, sino el maestro interior que enseña a vivir con sabiduría. Algo que es importante recordar en tiempos de crisis de sentido en que no pocos son víctimas de la confusión y la escisión interna.

No basta confesarse cristiano y seguidor de Jesús. Es decisivo el tipo de relación que se establece con él. No es lo mismo obedecer a Cristo Legislador, que comunicarse confiadamente con Cristo Amigo y compañero de camino. No es igual aceptar a Cristo «revelador de la doctrina cristiana», que dejarse enseñar día a día por él.

 

 

LA VIDA

 

Yo les doy vida eterna.

 

Es bueno recordar de vez en cuando, aunque de manera sencilla, los rasgos fundamentales del vivir humano. Nos puede ayudar a vivir de manera más lúcida y responsable.

Antes que nada, hemos de recordar que la vida es algo personal. Mi vida es tarea mía y sólo yo la puedo vivir. Nadie me puede sustituir. Si yo no amo, siempre faltará en el mundo ese amor. Si yo no creo, no gozo, no crezco..., faltará para siempre esa creatividad, ese gozo o ese crecimiento.

Esto significa también que no existe la vida en abstracto. Existimos los vivientes. Como tampoco existen en abstracto valores como el amor, la bondad, la justicia, sino encarnados en la vida concreta. Existe el amor cuando hay personas vivas que se quieren; existe la bondad cuando hay personas buenas; hay justicia cuando las personas viven de manera justa.

La vida es, además, algo irrepetible. Cada experiencia, cada gozo o sufrimiento que vivo en este preciso momento no volverá a repetirse. No sólo se vive una sola vez, sino que todo en la vida se vive sólo una vez. La experiencia siguiente podrá ser mejor o peor, pero nunca será ya lo vivido.

Por eso, cada instante de la vida encierra una continua novedad. Lo que se me ofrece en este momento no se me volverá a ofrecer así. Cada momento es nuevo y en cada decisión voy dando a mi vida una dirección u otra.

La vida es, por otra parte, algo inacabado. Una tarea siempre por hacer. La vida es expansión, desarrollo, despliegue. Lo más terrible que se puede decir de alguien es que está «acabado». Cuando esto sucede, la vida se termina.

Precisamente por eso, la verdadera vida consiste en irse construyendo a sí mismo. Como dice el famoso antropólogo Konrad Lorentz, ahí está la grandeza y también la debilidad del ser humano, en que «puede ir siempre más lejos, pero puede también caer siempre más bajo. Siempre se da la posibilidad constitutiva de superarse o de perderse». De ahí la importancia de mantener siempre el deseo de vivir creciendo.

Pero, ¿a dónde se dirige nuestra vida? ¿Dónde termina definitivamente? ¿Dónde alcanza su verdadero cumplimiento? Apoyados en Cristo resucitado, los cristianos creen que la vida no termina en la extinción biológica sino que está llamada a trascenderse. La vida es mucho más que esta vida que conocemos ahora. Hemos nacido para una «vida eterna» que alcanza su plenitud en Dios.

Sin duda, esta postura puede ser rechazada y hasta ridiculizada. Pero la vida sigue ahí con todo su misterio. Cada uno tendrá que preguntarse dónde ha descubierto una luz más luminosa, un camino más estimulante y una esperanza más liberadora para enfrentarse a la vida.

 

 

MÁS ALLA DE LAS PALABRAS

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

El Congreso sobre “Evangelización y hombre de hoy” celebrado el verano pasado en Madrid elaboró un mensaje final en el que se hacía esta sincera confesión: “Nos hemos sentido, en conjunto, como evangelizadores mediocres, cobardes a veces, divididos, rutinarios. Nos sobran palabras. Y nos falta la Palabra”.

Ciertamente, la Iglesia actual habla mucho. Habla el Papa. Hablan los Obispos y hablan los sacerdotes. Cartas Pastorales, documentos doctrinales, declaraciones, homilías, conferencias... Los teólogos escriben estudios y artículos de investigación. Los catequistas, obras de divulgación. Palabras, palabras, muchas palabras.

Pero si, a través de todas esas palabras, los hombres y mujeres de hoy no escuchamos la Voz de Alguien que está vivo y presente en la historia de la humanidad, ese mensaje pierde su “densidad vital”. Esas palabras quedan marcadas por la muerte propia de toda palabra o letra en la que falta el Espíritu.

Entonces los cristianos corremos el riesgo de vivir defendiendo y propagando una doctrina más, una ideología, a nuestro entender, más noble y más humana que otras, pero, al fin y al cabo, una ideología en competencia y rivalidad con otras, pero donde falta lo más decisivo: la presencia de Aquel que puede dar vida a ese mensaje.

Urgidos por la resurrección de Jesús, las primeras comunidades cristianas recordaron su mensaje y recogieron sus palabras no como unos discípulos que recogen con veneración el testamento de su maestro desaparecido para siempre, sino como la Palabra del que está vivo y sigue hablando con la fuerza de su Espíritu. Nació así un género literario nuevo y desconocido: el Evangelio.

Los cristianos hemos de aprender a oír y leer el mensaje cristiano “escuchando la voz» del Resucitado. De lo contrario, será difícil que entendamos apenas nada.

Puede uno escuchar palabras y tener la impresión de que le resultan conocidas. Puede uno leer frases y frases, entender la conexión que hay entre ellas y pensar que ya las ha comprendido. Pero, mientras el creyente no escucha personalmente a Cristo, todavía no sabe de qué se trata y no puede entender aquellas palabras de Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz... y yo les doy la vida eterna”.

Todas las palabras y los escritos de los cristianos (también este modesto artículo) no han de tener otra pretensión sino la de señalar, de alguna manera, la dirección adecuada para escuchar la Voz del que nos puede dar vida.

 

 

ESCUCHAR

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces y ruidos que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz que necesitamos oír para tener vida.

¿Cómo pueden resonar en esta sociedad las palabras de Jesús que leemos hoy en el evangelio? «Mis ovejas escuchan mi voz... y yo les doy vida eterna».

Apenas sabemos ya callarnos, estar atentos y permanecer abiertos a esa Palabra viva que está presente en lo más hondo de la vida y de nuestro ser.

Convertidos en tristes «teleadictos» nos pasamos horas y más horas sentados ante el televisor, recibiendo pasivamente imágenes, palabras, anuncios y todo cuanto nos quieran ofrecer para alimentar nuestra trivialidad.

Según estudios realizados, son mayoría los que ven de dos a tres horas diarias de televisión, lo cual significa que cuando hayan cumplido 65 años habrán estado 9 años consecutivos ante el televisor.

Envuelto en un mundo trivial, evasivo y deformante, el «teleadicto» sufre una verdadera frustración cuando carece de su alimento televisivo.

Necesita esa pequeña pantalla llena de colores, que se convierte con frecuencia, en una pantalla en sentido literal y estricto, entre el individuo y la realidad. Ya no vive desde las raíces de la misma vida. Apenas escucha ya otro mensaje sino el que recibe a través de las ondas.

El hombre contemporáneo necesita urgentemente recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha, si no quiere ver su vida y su fe ahogarse progresivamente en la trivialidad.

Necesitamos estar más atentos a la llamada de Dios, escuchar la voz de la verdad, sintonizar con lo mejor que hay en nosotros, desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar vida a nuestra vida.

Según K. Rahner, «el cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que ha experimentado algo, o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, sino en la experiencia y decisión personales».

Lo que cambia el corazón del hombre y lo convierte no son las palabras, las ideas y las razones, sino la escucha sincera de la voz de Dios.

Esa escucha sincera de Dios que transforma nuestra soledad interior en comunión vivificante y fuente de nueva vida.

 

 

SABER ESCUCHAR

 

Mis ovejas escuchan mi voz.

 

El saber escuchar es uno de los rasgos que caracterizan al verdadero creyente. El cristiano es un hombre que trata de comprender y vivir toda su existencia a partir de la escucha sincera de Jesucristo y su mensaje. Las ovejas saben escuchar su voz.

Pero saber «escuchar» el evangelio no es tan sencillo como pudiéramos creer. Cuando leemos el mensaje de Jesús, cada uno de nosotros va acentuando aquello con lo que mejor sintoniza, y va subrayando lo que mejor y más directamente responde a sus planteamientos y su visión personal de la vida.

De esta manera, cada uno hacemos nuestra propia lectura del evangelio y vamos configurando el mensaje de Jesús y dándole vida desde nuestra propia comprensión.

Con frecuencia, no sospechamos los creyentes el riesgo que corremos de adulterar el contenido de la fe. No somos conscientes de la influencia que ejerce en nuestra lectura del mensaje cristiano, la mentalidad de la clase a la que pertenecemos, la ideología que predomina en nuestra concepción de la vida, la posición ante los problemas concretos de nuestra sociedad, las opciones que vamos tomando en la vida...

El tomar conciencia más clara de la parte de subjetividad que se encierra en toda escucha puede ser ya muy positivo. Precisamente, aquél que ingenuamente cree acercarse al evangelio con objetividad, sin sospechar de sus prejuicios y predisposiciones, es el que más riesgos corre de falsearlo.

Pero la escucha fiel del evangelio tiene además exigencias concretas que los cristianos deberíamos recordar. Sólo señalamos alguna.

Es necesario abrirse a la verdad total del mensaje de Jesús, evitando una selección ilegítima del evangelio y una polarización exclusivista sobre determinados aspectos del mensaje cristiano. Quizás esta lectura parcial y reduccionista del evangelio sea una de las tentaciones más graves que nos acechan siempre a los cristianos.

Por otra parte, nunca podemos tener la pretensión de que nuestra escucha del evangelio sea la única auténtica, ni siquiera la más fiel. Nadie puede asegurar que lo que a él se le escapa no sea relevante para la comprensión de la fe o que sea menos importante que lo que otros descubren y viven.

Es necesario el diálogo, la confrontación, la complementariedad con otras lecturas del evangelio hechas desde otros presupuestos distintos y por creyentes que viven quizás otra experiencia cristiana diferente a la nuestra.

 

 

¿QUE DAN NUESTROS LIDERES?

ANA MARÍA CORTES

 

 

En una sociedad rural, como era la que escuchaba a Jesús en su predicación, la imagen del Pastor bueno al frente de su rebaño, conociendo a todas y cada una de sus ovejas, guiándolas a los mejores pastos e incluso dando su vida por ellas, era una imagen próxima, conocida y perfectamente asimilable. Por eso la usó Jesucristo que era, entre otras cosas, un espléndido conocedor de la realidad circundante y de sus oyentes.

 

Hoy, la figura del pastor queda lejana y desdibujada. Apenas se cruza con nosotros alguna vez cuando recorremos las carreteras de nuestra tierra y casi nos parece un vestigio de un pasado superado. A pesar de su rareza todavía aspira cierta ternura y un enlace entrañable con lo más puro de la naturaleza.

 

No tenemos pastores. Quizás hoy habría que hablar del líder, porque lo que hoy tenemos son líderes (o lo que no tenemos, quizá). El hombre siempre ha necesitado mirarse en otro hombre, siempre va buscando modelos de comportamientos, siempre ha tenido delante la imagen de algún hombre al que admirar y al que, aunque sea inconscientemente, pretende parecerse o está dispuesto a seguir. El líder se destaca de los demás, por sus especiales cualidades y, para ser auténtico, debería ser imitable sin temor a errar.

 

¿Cuales son hoy los líderes que acaparan nuestra atención y nos marcan el camino? Fundamentalmente, los políticos. Querámoslo o no, aceptémoslo o no la política tiene una importancia decisiva en la vida de la humanidad. Es evidente que no se puede vivir en sociedad sin organizarse y que la máxima y más importante de las organizaciones sociales, es, sin duda, el Estado a cuyo frente se encuentran los políticos. De los políticos depende que una sociedad sea de una u otra forma porque de las leyes que dicten se derivará la justicia social o injusticia; el respeto a la vida o su desprecio, el respeto a los llamados derechos humanos o su conculcación; la posibilidad de una solidaridad entre los hombres o la incentivación de una individualidad peligrosa capaz de pasar por encima de cualquier consideración para conseguir un propósito que los propios líderes cultivan con pasión: el dinero, la influencia y la autosatisfacción.

 

Hay otros líderes: los triunfadores apresurados en el mundo de los negocios. Aquellos que dominan y son realmente uno de los llamados poderes fácticos, los que ocupan las portadas y los artículos de las revistas especializadas, los que imponen las leyes del mercado quizá con la fría distancia que supone dictar resoluciones desde los Consejos de Administración de potentes multinacionales que no están cerca precisamente de las "ovejas" y que, por supuesto, ni las conocen.

 

Podríamos hablar de los líderes, todos ellos triunfadores, arrogantes, subidos al podio del éxito, unos líderes, auténticos ídolos con los pies de barro, que mientras duran, aunque sea fugazmente, dejan embobados a sus seguidores que se visten como ellos, actúan como ellos y quieren ser como ellos.

 

No es nuevo este fenómeno. Lo que es nuevo es la difusión pública que puede tener el líder y por tanto su influencia.

 

En tiempos de Jesús también habría líderes de esta clase. Ninguno de ellos, posiblemente como los que hoy tenemos, conocía a las "ovejas", ninguno vivía con ellas ni como ellas, ninguno estaba dispuesto a arriesgar su vida para salvarlas de un mal vericueto.

 

Pero, de pronto, surgió otro líder. Un líder poderoso, auténtico, veraz, valiente. Un líder capaz de utilizar dos palabras mágicas en su momento justo: Si y No; lo que en román paladino decimos llamar al pan, pan y al vino. De pronto en aquella pequeñísima e insignificante parte del mundo entonces conocido, lejos de la opulenta Roma, la superpotencia del momento, se oyó la voz estruendosa de un líder que decía cosas rarísimas, tales como llamar bienaventurados a los que lloraban, a los que sufrían y a los que nadie quería por pobres y por desgraciados; y no solamente hablaba sino que hacía: liberaba a los paralíticos de su parálisis, a los mudos de su mudez, a los ciegos de su impedimento y abría el oído a los sordos y hasta a los muertos devolvía la vida para que pudiesen certificar de su poder y de su bondad por los caminos de Galilea o de Judea. De repente surgió un líder que no tenía dónde reclinar su cabeza pero al que no le importaba acudir a los convites de algún amigo "pudiente", que también los tuvo, para llenar de gracia y de sentido común su casa. De repente surgió el líder que habló del Reino de Dios no como una espiritualísima realidad a conseguir cuando el hombre abandonara esta tierra en la que está tan arraigado, sino precisamente antes de que la abandone.

 

De repente surgió un líder cuya voz no se ha callado, cuyo eco sigue retumbando en el aire y golpeando la conciencia de los hombres, creyentes o no porque cuando alguien se acerca al hombre por el hombre está siendo, lo sepa o no, lo quiera o no, una pequeña resonancia de aquella gigantesca voz que gritó hace dos mil años.

 

Pero el problema actual es que nuestros líderes actuales apenas merecen la pena. Nos falta la figura gigantesca que viva lo que dice, que esté cerca de los hombres, que se adentre con ellos por los difíciles y a veces angustiosos caminos de la vida y que esté dispuesto a recorrerlos palmo a palmo sin desfallecer.

 

La verdad es que cada cristiano debería ser un líder, a tamaño reducido, claro está, capaz de captar la atención del mundo y de recordar que los hombres pueden y deben vivir, respirar y sentirse creadores.

 

 

 JOAQUÍN GOMIS

 

 

No sé -y perdonad que comience este comentario con un intento de humor-, no sé, digo, si ninguno de nosotros se siente entusiasmado por ser comparado a una oveja. La oveja no parece un animal especialmente inteligente. Hoy, en nuestra sociedad, cuando el ideal parece ser el del ejecutivo agresivo, seguro, convincente -o la mujer liberada, también segura, sin complejos-, proponer el ejemplo de la oveja como animal dócil que en manada obedece al silbido o a la voz del pastor..., ciertamente no sé si es muy sugestivo. Pero es la comparación que hemos escuchado en el evangelio. Se nos ha dicho que nosotros debemos ser como ovejas. Vale. Intentemos ver qué significa, qué se nos quiere decir.

-Somos su pueblo y ovejas de su rebaño

En primer lugar, quizá convendría recordar lo que hemos escuchado en el salmo (una lectura -digámoslo entre paréntesis-, que a menudo no escuchamos con atención pero que es tan importante, tan Palabra de Dios, como las restantes). DECÍA EL SALMO: "somos su pueblo y ovejas de su rebaño". Y ahí está la primera cosa que nos toca, que debe afectarnos, en la comparación de tratarnos de ovejas. Porque las ovejas no van solas, cada una por su lado, sino en rebaño. Claro está que -como decía al principio- hoy parece casi un insulto decir que uno forma parte de un "rebaño" (vivimos en una sociedad que se pretende individualista, de afirmación personal). Pero, sea como sea, EL CRISTIANO FORMA PARTE DE UN "REBAÑO". O, dicho de otro modo, quizás más comprensible: forma parte de un pueblo.

Y ésta es la primera afirmación que hoy deberíamos destacar: no hay vida cristiana. CR/C:NO HAY SEGUIMIENTOS DE JC, no hay pertenencia a la Iglesia, SIN SABERSE MIEMBROS DE UN PUEBLO, ovejas de un rebaño. No se puede ser cristiano cada uno a su aire, desentendiéndose de los demás -y mucho menos menospreciando a los demás, sean quienes sean estos "demás"- no se puede ser cristiano sin aceptar que formamos parte de una Iglesia, aunque haya en nuestra Iglesia cosas que nos molestan. Este tiempo de Pascua que estamos celebrando no es sólo celebración alegre de la Resurrección de Cristo, anuncio de Vida nueva y eterna para todos. Es también CELEBRACIÓN DEL VIVIR EN LA COMUNIÓN QUE ES LA IGLESIA, la comunidad de los seguidores de JC.

Es lo que nos recuerdan cada domingo de este tiempo tanto la lectura histórica de los Hechos de los Apóstoles -el recuerdo de la iglesia naciente-, como la lectura profética del Apocalipsis -la profecía, el anuncio de la meta hacia la que se encamina la Iglesia. Creer en JC resucitado significa también estar dispuesto a formar parte de este "rebaño" que es la Iglesia. Permitid que lo repita: NO PODEMOS SER OVEJAS QUE SE SEPARAN DEL REBAÑO; si JC nos compara a este débil animalito que es la oveja es porque necesitamos vivir unidos al "rebaño", es decir, a la comunión cristiana que es la Iglesia. Aunque nos cueste.

-Escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen

Con todo, como cualquier comparación, no debe exagerarse. Si recordamos lo que hemos escuchado en el evangelio, debemos constatar que JC habla de UNAS "OVEJAS" MUY "PERSONALIZADAS". Me explico: no como un número más en el rebaño, sino como alguien - hombre, mujer- que tiene una relación muy personal con JC. Porque dice: "escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen". NO BASTA EN ABSOLUTO FORMAR PARTE DEL REBAÑO (multitudinariamente, rutinariamente). Lo que JC dice EXIGE UNA RELACIÓN PERSONAL: escuchar su voz. Cada uno, cada uno de nosotros -para ser cristiano- no puede contentarse con ser miembro de la Iglesia (venir a misa, cumplir los preceptos, etc.) sino que hay algo mucho más importante, también más difícil pero también más humano, más enriquecedor: saber escuchar personalmente la voz de JC, su palabra de vida, su llamada a reconocerle vivo y actuante en nuestra vida de cada día.

Es una relación personal.

Es una relación personal que tiene una base, un fundamento en el que a menudo no pensamos. Pero lo afirma JC: "Yo las conozco". Esto es muy importante. Incluso más importante que sentirse miembro del "rebaño". LO MAS IMPORTANTE, EL PRINCIPIO Y FUNDAMENTO DE NUESTRA VIDA CRISTIANA es atrevernos a aceptar este gran misterio del amor de Dios: JC NOS CONOCE -y nos conoce con amor total- Y POR ELLO PODEMOS SEGUIRLE. Porque sólo puede seguirse -es decir, confiar la vida, entregar la vida- a quien te conoce y ama. Con un conocimiento y amor personal, de cada uno de nosotros, que nada -ni nuestro mayor pecado- puede destruir.

"NADIE LAS ARREBATARA DE MI MANO" hemos leído en el evangelio. "Nadie", ni nuestro pecado, ni nuestra mediocridad, ni nuestras dudas, ni lo que sea. "Nadie las arrebatara de mi mano".

Esta es nuestra gran confianza. JC nos conoce -personalmente, a cada uno-, nos ama, nos guía. Por eso podemos seguirle unidos, formando su "pequeño rebaño", para intentar comunicar -contagiar- a todos los que conviven con nosotros esta gran Buena Nueva: hay un Pastor que nos puede guiar hacia una vida auténtica, nueva y total.

 

J. ALDAZABAL

 

Hoy, domingo del Buen Pastor, la homilía podría seguir una doble línea: la de Cristo como Pastor y la de la universalidad de la salvación pascual que él nos trae.

 

-UN PASTOR QUE NOS CONOCE Y NOS DA LA VIDA. Tanto el evangelio como la segunda lectura, así como el salmo responsorial y las oraciones de la Misa, apuntan claramente a la imagen de Cristo como el Buen Pastor.

 

Los versículos que este año leemos del capítulo 10 de Juan nos presentan una admirable intercomunión: entre Cristo y Dios: "yo y el Padre somos uno"; entre Cristo y nosotros: "yo las conozco y les doy la vida eterna... ellas escuchan mi voz y me siguen". Pero el Apocalipsis nos ayuda a entender mejor esta imagen añadiéndole la del Cordero. El Cristo que, como Cordero, ha sido inmolado en la Cruz, es el que mejor puede decir que es Pastor.

 

Precisamente porque se ha entregado, puede ir delante, guiar y dar la vida a sus ovejas: "El Cordero será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas" (Apoc). Así, el cuadro de Cristo Pastor aparece riquísimo en las varias lecturas y oraciones: nos conoce por nuestros nombres, nos da la vida eterna, nos guía y nos defiende (evangelio), nos purifica en su Sangre y nos conduce a fuentes de agua viva (segunda lectura), somos "rebaño adquirido por la sangre de Cristo" (poscomunión)...

 

Así, el cuadro de Cristo Pastor es la razón de nuestra esperanza y optimismo. Si somos cristianos y nos reunimos aquí, para la Eucaristía dominical, es porque creemos en él, porque queremos seguirle y escuchar su voz, porque estamos convencidos de que sólo en él está la vida eterna.

 

Esto es también lo que nos anima ante las dificultades del camino, que no faltan: porque seguimos siendo "débil rebaño" (oración colecta) y todavía estamos "en la gran tribulación" (segunda lectura). A pesar de que somos cristianos, a todos nos cuesta seguir al Pastor. Porque seguir es algo más que creer intelectualmente: es aceptar su camino, hacer nuestra su mentalidad, ir asimilando sus criterios de vida. Y eso es difícil.

 

(Si se sigue en el Tiempo Pascual el tema de los ministros y lo que representan en la vida de la comunidad, se puede tomar pie en la homilía del ejemplo de esos dos valientes misioneros: Pablo y Bernabé; el domingo pasado era Pedro; ellos con su palabra y con el compromiso de su vida, a pesar de los insultos y las persecuciones, dan testimonio de Cristo. Los ministros son los que de un modo más claro y estable prolongan en la Iglesia de hoy la entrega de Cristo Pastor).

 

-LA SALVACIÓN ES PARA TODOS. La universalidad de la salvación es un tema que hoy aparece destacado en las lecturas.

 

Pablo y Bernabé anuncian a los paganos la Buena Noticia: "cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho" Todo el libro de los Hechos está impregnado de su espíritu misionero: La Buena Noticia, desde Jerusalén, se difunde por todo el mundo. La visión final del Apocalipsis es también una ruptura con todo particularismo estrecho: "vi una muchedumbre inmensa, de toda nación, razas, pueblos y lenguaje". La Iglesia de Cristo es abierta, misionera, "católica", universal.

 

El, como Pastor, ha dado la vida por todos, y quiere que se salven todos. (En la oración universal, conectar su motivación con esta perspectiva).

 

Esto es un juicio contra nuestra estrechez de mente, contra toda tendencia que pueda existir a cerrarnos, a replegarnos en un grupo-secta. Y también lo es contra la tendencia a desconfiar de los demás: del mundo de hoy, de los jóvenes, o de las "gran masa" de la sociedad o incluso de los cristianos ¿Es que somos nosotros -los "practicantes", o las comunidades reducidas- los que monopolizan a Cristo o a su Espíritu? Tendríamos que confiar mucho más en la humanidad y en Cristo. El protagonista principal de la Pascua es El, con su Espíritu: ¿por qué concederle un amplio margen de confianza, ya que es él el más interesado en que esta Pascua del año 80 sea una verdadera primavera en la Iglesia y en el mundo entero? Es evidente que las dificultades nos salen al paso con abundancia. Tampoco les faltaron a Pablo y Bernabé: pero seguro que quedaron olvidadas cuando vieron la respuesta inesperadamente generosa de los paganos. ellos mismos "quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo" (segunda lectura). Lo que nos suele faltar es un auténtico espíritu misionero. Y la Pascua, como celebración de la victoria de Cristo, debería ser esencialmente contagiosa y comunicativa.

 

La Eucaristía que celebramos es encuentro gozoso con Cristo Pastor (Palabra, Cuerpo y Sangre: el mejor alimento que nos ofrece). Y este encuentro nos debe dar la fuerza necesaria para que a lo largo de la semana sigamos su camino y hagamos algo para que también a otros llegue la Buena Noticia y la esperanza de la fe.

 

 

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ

 

1. Más cerca del final

 

Estamos en la fiesta de la dedicación del templo, unos dos meses después de la fiesta de los campamentos. Jesús aparece en el templo enfrentado, por última vez en este evangelio, con los dirigentes judíos. En adelante no volverán a discutir. Las autoridades religiosas ya han tomado hace tiempo una decisión irrevocable:  matarlo como sea. Les costará aún cuatro meses lograrlo. Lo harán, como es natural en hombres tan "piadosos", en nombre de Dios (Mt 26,63-66; Mc 14,61-64; Lc 22,67-71). Esta fiesta tenía por objeto la conmemoración anual de la purificación del templo que había realizado Judas Macabeo en el año 165 antes de Cristo, después de la profanación que de él había hecho Antíoco IV Epífanes (1 Mac 4,36-59; 2 Mac 10,1-8). Caía en diciembre -mes de Kisléu - y duraba ocho días. Tenía un ceremonial calcado al de la fiesta de los campamentos (2 Mac 1,9.18). Más tarde se caracterizó por las lámparas que se encendían delante de las casas durante todos los días de su celebración (2 Mac 1,18-22), por lo que vino a llamarse también fiesta de las luminarias.

 

Era también una fiesta muy popular, aunque no obligaba la peregrinación a Jerusalén, como en las otras tres grandes fiestas (pascua, pentecostés y campamentos). En la escena no aparecerá para nada el pueblo. Será un enfrentamiento entre Jesús y los dirigentes religiosos, a solas.

 

"Era invierno". Una precisión innecesaria, pues la fiesta caía siempre en invierno. Quizá Juan nos quiera indicar la "muerte" que reina en Jerusalén y en su templo, causada por los malos pastores. Puede ser también una indicación para precisar a los lectores de la gentilidad la época del año en que se celebraba la fiesta.

 

La escena tiene lugar cuando "Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón".  El atrio de los gentiles del templo estaba rodeado todo él por pórticos cubiertos adosados a sus muros. El del lado oriental recibía el nombre de Salomón, porque se decía que había sido construido por este rey. Desde este pórtico se dominaba el profundo valle de Cedrón.  Sus muros medían unos doscientos metros de largo y estaban construidos con piedras de sillería blanquísimas, de unos diez metros de largo y tres de alto cada una. Era el pórtico más antiguo de los conservados. En invierno era un lugar muy acogedor porque resguardaba de los vientos fríos.

 

En este escenario, un día de la fiesta, "los judíos", que son, indudablemente, los fariseos por su argumentación, le salen al encuentro y, "rodeándolo" -expresión que indica hostilidad-, quieren forzarlo a una respuesta que, de haber sido afirmativa, habría provocado su inmediata detención. Quieren que les diga sin rodeos si él es el Mesías, acabar de una vez con las divisiones que hay entre ellos a causa de la curación del ciego de nacimiento (Jn 10,19-21). La exigencia que muestran deja entrever que nos acercamos al punto culminante de las hostilidades entre Jesús y los dirigentes religiosos de Jerusalén.

 

Parece extraño que los fariseos acusen a Jesús de mantenerlos en la incertidumbre acerca de su mesianidad, cuando sus palabras y sus obras han manifestado suficientemente que él es el enviado de Dios. Con todo, la pregunta no carece completamente de razón, si tenemos en cuenta que únicamente se ha dado a conocer explícitamente como Mesías delante de la samaritana (Jn 4,25-26), de los discípulos (Mt 16,15-17; Mc 8,29-30; Lc 9,20-21) y del ciego de nacimiento (Jn 9,35-37). Se ha dado a conocer cuando sus interlocutores se han mostrado dispuestos a aceptar su testimonio, dando pruebas de su voluntad de creer. Y ése no es el caso de los dirigentes, evidentemente, a los que siempre ha hablado indirectamente de su mesianidad, evocando sobre sí las profecías, presentándose como el enviado del Padre y confirmándolo con milagros-signos.

 

2. Sus credenciales son las obras

 

Tampoco ahora responde Jesús directamente a su pregunta, sino que vuelve a presentarles sus credenciales: "Las obras que yo hago en nombre de mi Padre". Es verdad que nunca afirmó ante ellos explícitamente su mesianismo, pero las pruebas que les ha presentado repetidas veces deberían haber sido suficientes, si hubieran estado dispuestos a creer. El problema no está en sus declaraciones. El verdadero problema está en los dirigentes, que no están dispuestos a aceptarlo como Mesías bajo ningún concepto. ¿Qué lenguaje puede ser tan elocuente como el de las buenas obras realizadas a favor del hombre? Pero son precisamente esas obras la causa de su incredulidad: no las toleran porque derriban su posición de poder y opresión sobre el pueblo. Son sus intereses personales los que les impiden admitirlas. La culpa es suya por defender intereses distintos a los de Dios, por ser mercenarios en lugar de pastores del pueblo.

 

No es posible comprender a una persona sin tener una elemental simpatía por ella.  Mucho menos seguirla. Es una verdad que los textos evangélicos nos ponen de relieve con mucha frecuencia. Cuando el hombre intenta con sinceridad y desprendimiento un conocimiento de Jesús y una adhesión a sus palabras y obras, termina por creer en él al experimentar su verdad en sí mismo.

 

Jesús quiere que analicemos, con un corazón desprendido de prejuicios e intereses, sus obras y sus palabras. Si aceptamos esto y lo llevamos a la práctica, no tendremos inconveniente en creer en él: toda su vida -excepto la resurrección, que siempre está más allá- se irá transformando en experiencia personal en la medida en que sigamos su camino.

 

Los dirigentes no podían aceptarlo en absoluto al acercarse a él con unas ideas preconcebidas, que excluían totalmente su realidad mesiánica. ¿Cómo iba a ser el Mesías si no estaba de acuerdo con ellos? ¿Podía Dios estar en contra de Dios? ¿No tenían ellos toda la verdad al ser seguidores de Abrahán y de Moisés? Tengamos cuidado, porque también ahora es frecuente acercarnos a Dios y a Jesús con unas ideas fijas sobre ellos que no estamos dispuestos a cambiar y con las que defendemos nuestra mediocridad y falta de compromiso con las exigencias del reino de Dios.

 

Jesús, aunque sin pronunciar el título, se ha declarado Mesías muchas veces y con suficiente claridad. Las únicas credenciales que les presenta son sus obras, que ellos deben analizar para sacar sus conclusiones. No está dispuesto a someter a discusión su mesianismo con gente que está cerrada a él. Para hablar de él tendrían que aceptar una condición previa: reconocer que sus obras son las mismas que las del Padre Dios, del que se describe como Hijo. Obras que tienen como objetivo la vida plena del hombre, por encima de cualquier ley, institución o doctrina. Quien pretenda abordar la cuestión de su mesianismo tendrá que pronunciarse primero por esta cuestión fundamental. Cuestión a la que ellos no responderán nunca, porque tendrían que renunciar a sus intereses y privilegios, o confesar que en realidad están en contra del bien del hombre oprimido y, por tanto, de Dios. El mesianismo de Jesús no es una cuestión abstracta, como ellos pretenden, sino vital. Jesús no acepta una discusión sin compromiso, como ellos desean.  Quien esté a favor del hombre sin condiciones, está con el Dios de Jesús; quien esté en su contra de alguna manera, aunque tenga el nombre de Dios todo el día en los labios, está contra él.

 

Ellos no creen "porque no son ovejas suyas". Nunca han escuchado la voz de Dios; por eso no escuchan la de Jesús.

 

3. De nuevo la imagen del pastor y las ovejas

 

Ante los dirigentes, que se niegan a aceptarlo, Jesús nos describe qué significa ser de los suyos: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna".

 

Es posible que ninguna persona se sienta halagada si se la compara con una oveja, animal débil y que no parece demasiado inteligente, siempre obediente al pastor y al perro del rebaño. En una sociedad como la actual, en la que el individualismo y la agresividad parecen ser el ideal de muchos hombres, proponer el ejemplo de la oveja como modelo de seguidor de Jesús no parece muy afortunado a simple vista.

 

A pesar de todo, la enseñanza que se encierra detrás de estas palabras de Jesús, y aunque él hablara en una época de costumbres muy distintas a las nuestras, sigue siendo muy actual; sigue siendo la misma que entonces. Lo que necesitamos es profundizar qué quiso decir.

 

Jesús nos describe, en pocas palabras, la intimidad de las relaciones existentes entre él y sus discípulos de todos los tiempos. Los suyos escuchan su voz no sólo verbalmente, sino entregándose sin reservas con él y como él en favor del bien de la humanidad. Eso es lo que significa el seguimiento: los suyos oyen su voz y lo siguen como a su pastor y modelo. Porque seguir es mucho más que creer intelectualmente: es aceptar su camino, hacer nuestra su mentalidad, ir asimilando sus criterios de vida... Y es en ese seguimiento y mutuo conocimiento donde irán encontrando la vida verdadera. Vida plena y eterna; única que puede satisfacer y llenar el corazón humano. Una vida que nos da entregando él la suya, y que damos a los demás siguiendo su ejemplo. Entrega que nos va abriendo la puerta de la vida verdadera. No hay más camino que éste.

 

Las ovejas no van solas, cada una por su lado, sino en rebaño. Con ello nos está diciendo que el cristiano forma parte de un pueblo, que no hay vida cristiana, no hay seguimiento de Jesús ni pertenencia a la iglesia sin saberse miembros de un pueblo; que no se puede ser cristiano desentendiéndose de los demás, cada uno a su aire, sin aceptar que formamos parte de una iglesia; aunque haya en ella muchas cosas que no nos gustan.  No podemos ser "ovejas" que se separan del "rebaño".

 

Como vemos, Jesús habla de unas "ovejas" que mantienen con el pastor unas relaciones muy profundas. No basta pertenecer a un pueblo -iglesia- de una forma rutinaria y multitudinaria. Es necesaria la relación personal con Jesús. El nos conoce y nos ama profundamente a cada uno. ¿Cómo podremos seguirle, responsable y libremente, sin saber de su conocimiento y amor y sin responderle adecuadamente? ¿Cómo seguir y amar a alguien del que no sabemos su conocimiento y amor por nosotros? Sólo podemos seguir -con el seguimiento que nos pide Jesús- a quien nos conoce y nos ama, porque sólo al que reúne esas condiciones se le puede confiar y hacer entrega de la propia vida, al ser la respuesta plena y para siempre de todas nuestras búsquedas, la razón última de nuestra esperanza y optimismo.

 

Jesús desea una comunidad madura, en la que los miembros se sientan personas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, sino una comunidad unida por el amor que respete la pluralidad de razas, culturas... Más importantes que los lazos institucionales y visibles son los lazos íntimos que unen a cada uno con Jesús. Lazos que es necesario reforzar constantemente. Nuestro cristianismo no puede consistir solamente en el cumplimiento de unas normas. No hay fe cristiana sin una relación interior, personal y libre con Jesús de Nazaret.

 

La "voz" de Jesús resuena siempre que alguien vive y anuncia como él el mundo nuevo,  la nueva humanidad, el reino de Dios; siempre que alguien pregona, como él, la justicia, la  libertad, la verdad, el amor, la paz, la fraternidad universal; siempre que alguien nos  descubre el verdadero sentido de la vida, de Dios... Seguidor de Jesús es el que reconoce  su voz en los profetas de hoy; el que sabe discernir -en un mundo en el que todo está  mezclado y todo se presenta como verdadero- dónde está realmente la verdad que salva, la  diga quien la diga, y sabe adivinar dónde se encuentra el engaño: los pobres, los sencillos,  los limpios de corazón... (Mt 5,3-12). Ninguno de ellos "perecerá para siempre", porque no hay ni habrá en el mundo poder capaz de "arrebatarlos de su mano". Tal es la fuerza que une a Jesús con sus seguidores, fruto del conocimiento y del amor mutuos.

 

Esta absoluta seguridad que los suyos experimentan al lado del Pastor tiene su máximo fundamento en las relaciones de unidad que existen entre Jesús y el Padre. Como el Padre es más fuerte que todos los poderes del mundo, nadie será capaz de "arrebatarle de las manos" a ninguno de sus seguidores; como tampoco de las de Jesús, como él mismo acababa de afirmar. ¿No vienen a ser las mismas? Al cuidado que el buen Pastor tiene por sus "ovejas" se suma la solicitud del Padre "que se las ha dado", para formar juntos una indisoluble unidad (Jn 17,21).

 

Con estas palabras, Jesús previene a los dirigentes para que no intenten recuperar lo que ya han perdido. Perderán el tiempo si pretenden interponerse entre él y los que quieran seguirle.

 

"Yo y el Padre somos uno". Esta expresión encuentra su máxima clarificación en la "oración sacerdotal" (Jn 17) y en el "prólogo" de Juan (Jn 1,1-18).

 

"Son uno", pero no en el sentido de la unidad que existe entre Ia voz o el anuncio de un profeta y la voz o el anuncio de Dios mismo. Los profetas hablaban explícitamente en nombre de Dios, y nadie se extrañaba. La afirmación de Jesús tiene un sentido trascendente: presupone una unidad o identidad de naturaleza. Así lo entendieron sus adversarios, como veremos más adelante.

 

Las obras de Jesús son las mismas del Padre. Nada en él queda fuera de la actividad del Espíritu. Esta identificación con el Padre excluye cualquier intento de pretender estar por encima de él. La crítica de Jesús es crítica de Dios; la oposición a él es oposición a Dios; negarle o rechazarle es negar o rechazar a Dios. No pueden apoyarse en nada para juzgarlo: está por encima de toda ley, como lo está Dios. Por esa razón puede pedirnos un seguimiento sin condiciones, como ha hecho. Ante él no cabe más opción que aceptarlo o rechazarlo, pero sabiendo que ambas opciones incluyen la misma actitud respecto a Dios.

 

4. Cuando faltan las razones... /Jn/10/31-42

 

Los judíos entienden bien sus palabras: se hace Uno con Dios, lo que equivale a hacerse Dios. Para ellos tales palabras suenan a blasfemia. "Agarraron piedras para apedrear a Jesús", decididos a hacer justicia por sí mismos. No era la primera vez que lo habían intentado (Jn 8,59). Como corresponde a lo que son, su reacción es la violencia y la muerte. Cogieron piedras de las que había allí mismo en el templo, y de las que se habían servido los judíos en más de una ocasión para apedrear a la guarnición romana.

 

Las palabras de Jesús iban mucho más allá de la idea que ellos tenían del Mesías. Eran unas palabras intolerables. ¿Por quién se tenía? Los representantes oficiales de la ortodoxia religiosa quieren matarlo, invocando su obligación de defender la ley divina. Así ocurrirá con Jesús dentro de unos meses; y así ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia de la iglesia.

 

Dice Erich Fromm: "El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad". Evidentemente, la fe de los dirigentes religiosos judíos no estaba a la altura del poder que se les había confiado. Sigue el mismo autor: "Sobre el supuesto de que los hombres son corderos erigieron sus sistemas los grandes inquisidores y dictadores". El problema surge cuando el "cordero" usa su propia cabeza. Los ejemplos que se pueden traer son casi infinitos. Confío en que ninguno sea tan ciego que no sepa de alguno...

 

Esta vez Jesús se enfrenta con sus adversarios (en la ocasión anterior se había ocultado), resuelto a convencerlos de su equivocación. Les pregunta el motivo de su intento de apedrearlo. El no ha realizado más que buenas obras. Son éstas las que merecen alabanza o condenación. Si ellos las condenan, deben explicarle cuál o cuáles de ellas merecen la muerte. Las obras son, principalmente, los milagros que ha obrado en su calidad de enviado de Dios. Con sus palabras pretende que abran los ojos y se den cuenta de que lo que ha afirmado de sí mismo está suficientemente acreditado por Dios con los signos que ha realizado en su nombre. Si no pueden negar los milagros, es lógico que saquen las conclusiones y reconozcan la legitimidad de lo que les ha dicho. Jesús les ha propuesto sus milagros como prueba de la verdad de sus palabras. Ellos, al no poder negarlos, separan las obras de las palabras. Y es una lástima: por primera vez en la historia de la humanidad ambas, obras y palabras, coincidían. Lo quieren apedrear "por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios".

 

Hablan de blasfemia. Haber convertido la casa de Dios en un mercado (Jn 2,16), explotar al pueblo y tenerlo abandonado... no cuenta, con tal de tener todo el día el nombre de Dios en los labios y guardar unas normas puramente externas. Es el culto a la palabra vacía y el asesinato de la vida. Es el error en que acaba cayendo el hombre "piadoso" si pierde el contacto constante con el Dios de Jesús.

 

Jesús se defiende de la acusación de blasfemia que le han hecho, apelando a la Escritura. Alude al salmo 82,6. Usa un argumento muy del agrado de los rabinos, empleado ya otras veces (Jn 7,22-23): partir de lo menos importante a lo más. Su demostración escriturística puede formularse así: si en la misma ley Dios da el apelativo de "dioses" a unos hombres por haber sido objeto de una comunicación divina transitoria, ¡cuánto más a él, en quien se realiza el proyecto total de Dios! Si a aquellos que recibieron la ley, la palabra de Dios, y fueron encargados por Dios de interpretarla y aplicarla, se les llama "dioses", ¡cuánto más se podrá llamar "Hijo de Dios" al que es la misma palabra de Dios!  (Jn 1,1). Teniendo en cuenta, además, que muchos de aquellos hombres habían sido infieles a la misión que se les confiara, como lo demuestran los mismos escritos revelados.  Infidelidad que no se le puede aplicar a Jesús en absoluto.

 

El no es uno de tantos a los que Dios haya dirigido su palabra. El es "a quien el Padre consagró y envió al mundo". Consagrar, en el lenguaje bíblico, significa escoger para Dios y para su servicio o para una misión relacionada con él. Aquí indica que Jesús, el consagrado por Dios, toma el lugar del templo y de la ley. Seguirle a él será lo único necesario en adelante. ¿No hemos vuelto a edificar otro "templo" y otra "ley" y olvidado a Jesús?

 

Vuelve a remitirse, una vez más, a sus obras, para demostrar el derecho que tiene a llamarse "Hijo de Dios". Es su desafío final a los dirigentes. ¿No es prueba la calidad de un hombre por sus obras? Si él demuestra con sus obras "que el Padre está en él y él en el Padre", será verdad. ¿Quién podría hacer lo que él ha realizado sin la ayuda del Padre? ¿Y cómo va a ratificar Dios con una ayuda tan singular a un hombre que no le fuera fiel? Es lo mismo que les decía el ciego de nacimiento: Dios no oye a los pecadores (Jn 9,31). Por otra parte, sus obras no son sólo los milagros, sino toda su actividad mesiánica, todo el conjunto de hechos y palabras que las manifiestan.

 

Ante unos oyentes hostiles, armados de piedras, Jesús no se ha retractado de nada de lo dicho anteriormente. Es más: con sus palabras los condena indirectamente. ¡Son incapaces de rendirse ante la evidencia! Es el no hacer caso "aunque un muerto resucite" (Lc 16,31).  Si hubieran reconocido que su actividad era propia de Dios, indiscutiblemente tendrían que haberlo aceptado como Mesías, lo que implicaba ponerse a favor del hombre, renunciando a la opresión que ejercían sobre el pueblo.

 

Jesús identifica el aceptarlo como Mesías con el compromiso con él y con el Padre. No hay fe en Jesús sin que esté precedida de una opción en favor de los oprimidos. Las discusiones teóricas, tan abundantes cuando falta el compromiso, no llevan a ninguna parte.

 

¿Qué obras concretas estamos haciendo que demuestren que seguimos a Jesús? Si no hay obras, no hay seguimiento. Creemos en Jesús, le seguimos, en la medida que tratemos de identificar nuestra vida con la suya.

 

Tampoco los fariseos ceden en su postura: "Intentaron de nuevo detenerlo", sin duda para lapidarle. Ya no responden a sus palabras. Ha dejado al descubierto sus verdaderos intereses y no tienen respuesta. Apelan, como de costumbre, a la violencia. Pero Jesús "se les escabulló de las manos". No se dice cómo. ¿Se puso el pueblo de su parte? ¿Se impuso su fuerte personalidad, como en otras ocasiones, para pasar entre ellos? (Lc 4,30).  No lo sabemos ni importa demasiado.

 

Lo que sí interesa destacar es que Jesús sale del templo para no volver a entrar en él, en este cuarto evangelio.

 

5. Jesús se retira al otro lado del Jordán

 

Ante el definitivo rechazo de los dirigentes religiosos de Israel, Jesús sale fuera del territorio judío, simbolizado con el paso del río Jordán. Es allí donde formará su comunidad, frente a las instituciones opresoras que lo han rechazado. El lugar donde se instala, y donde Juan bautizaba al principio, se llama Betania (Jn 1,28); el mismo nombre de la aldea de Lázaro, lo que indica que también éste pertenece, con sus dos hermanas, a la comunidad de Jesús. El alejamiento de Jesús es simbólico; sus comunidades vivirán en medio del mundo, pero sin pertenecer a él.

 

Jesús, que quiere un pueblo libre y responsable -es el sentido que tienen las curaciones-, sitúa su comunidad fuera del país judío, que lo ha rechazado. Ha salido de los límites de Israel, pues la que había sido tierra prometida se ha convertido en tierra de opresión. "Allí" permaneció algún tiempo. Lejos de Jerusalén y del templo, de las disputas y persecuciones, debieron ser días de tranquilidad. Al acudir "muchos" a él, tuvo que dedicarse también al apostolado. Ya no habla de "multitudes" despersonalizadas. La nueva comunidad comienza a existir. Van optando por él frente a los dirigentes que lo persiguen a muerte.

 

El recuerdo del Bautista estaba muy vivo aún entre las gentes; y lo comparaban con Jesús. A pesar de la grandeza del primero, contrastaron y proclamaron dos cosas: que el Bautista no había hecho ningún milagro y que todo lo que había dicho de Jesús era verdad.  Jesús ha cumplido plenamente lo que anunciaba Juan. Es posible que este dato, aportado únicamente en este evangelio, se deba al interés que ha manifestado el evangelista y apóstol Juan en todo su relato por situar la figura del Bautista por debajo de la de Jesús, a causa del excesivo relieve que le habían dado algunos seguidores suyos y que estaba originando enfrentamientos entre seguidores de ambos. Por esta misma razón es el único evangelista que no narra el bautismo de Jesús por Juan.

 

"Muchos" -personalizados- reconocen por sus obras su calidad de Mesías y "creyeron en él allí".

 

 

 

DAR LA VIDA EN VIDA, TRANSFORMÁNDOLA EN VIDA DEFINITIVA

Fray Marcos

 

Jn 10, 27-30

En la lectura del evangelio, hemos terminado con las apariciones, pero seguimos con un texto más profundamente pascual que los mismos relatos de apariciones. Juan nos habla de Vida definitiva, que es la clave de todo este tiempo pascual.

Es una pena que al hablar de vida eterna sigamos pensando en una vida biológica en el más allá. Seguimos esperando que después de la muerte se nos devolverá está vida que ahora tenemos. La verdad es que los evangelios nos hablan de una Vida que hay que conseguir aquí y ahora, y que no tiene nada que ver con la biológica.

Parece mentira el poco caso que hacemos al evangelio cuando no está de acuerdo con nuestros prejuicios. En el evangelio de Juan está muy claro: "Hay que nacer de nuevo. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu, Espíri­tu".

Para poder entender los cuatro versículos que hemos leído hoy, hay que tener en cuenta todo el discurso que sigue a la curación del ciego de nacimiento: Jesús como puerta, Jesús como modelo de pastor. El pastor modelo da la vida a las ovejas. Ésta es una de las claves del relato.

Bien entendido que "dar la vida" no significa aquí dejarse matar, sino "matarse" en beneficio de los demás mientras se vive. En efecto: en griego hay tres palabras para designar "vida": "Bios" y "Zoê", que significan vida biológica, y "psykhê" que significa la personalidad sicológica. Aquí el griego, dice psykhê. Quiere decir que no se refiere a dar la vida biológica muriendo, sino a entregarse como persona durante la vida.

La imagen del pastor en muy frecuente en el AT, sobre todo para designar la solicitud de Dios para con su pueblo. También se emplea para hablar de los dirigentes que actúan en su nombre. Jesús dijo a los judíos lo mismo que leemos en Ezequiel:

"¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que pastorear los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis las débiles, ni curáis las enfermas ni vendáis las heridas; no recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes... Los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de pastorearse a sí mismos..."

Siempre ha pasado lo mismo; se utiliza a Dios en beneficio propio.

Debemos tener en cuenta que en el evangelio de Juan no habla Jesús sino los cristianos de finales del siglo I, que expresan lo que aquella comunidad pensaba de Jesús. No concibo a Jesús creyéndose pastor de nadie.

Como ser humano, Jesús llega a su plenitud por las relaciones con los demás. Pero unas verdaderas relaciones humanas solo son posibles entre iguales. Porque nunca se creyó más que nadie, sino al servicio de todos, se presenta ante nuestros ojos como modelo de relaciones humanas. Relación entrañable con los demás hombres, de tal manera que se preocupa por todos como un pastor auténtico se preocupa por cada oveja.

Pero también se propone como modelo de relación entrañable con Dios, manifestada en esa entrega total al servicio de cada una de las ovejas.

Después de decir que ellos no son ovejas suyas, describe con todo detalle qué significa ser de los suyos, les está acusando de no querer seguirle, comprometiéndose con él al servicio del hombre.

No se trata sólo de oír a Jesús, se trata de escuchar, que es algo mucho más complicado. La mayoría de las veces oímos y aceptamos sólo lo que está de acuerdo con nuestros intereses. No estamos abiertos a la novedad, sobre todo si lo nuevo nos hace salir de nuestras seguridades egoístas. Escuchar significa acercarse sin prejuicios (sin juicios previos) y aceptar lo que nos dice, aunque eso suponga cambiar nuestras conviccio­nes.

No basta aceptar lo que (Jesús) nos da. Seguirle es aceptar darse a los demás como Jesús y como Dios se dan. Es aceptar a los demás como lo que más importa.

"Y ellas me siguen". No basta escuchar, hay que ponerse en movimien­to y entrar en la nueva dinámica. La buena noticia de Jesús consiste en manifestar que hay una nueva manera de afrontar la existencia humana, una manera de vivir que esté más de acuerdo con las exigencias profundas del ser humano. Esa será la manera de cumplir lo que Dios espera de nosotros. La voluntad de Dios está ya en mí. Jesús no nos pide ser ovejas o borregos...

Si le escuchan y le siguen, él les da la Vida definitiva. La Vida que transciende y que está por encima de las limitaciones de lo terreno. La Vida que el mismo Jesús, demuestra haber desplegado en él. La consecuencia primera de seguirle es alcanzar esa Vida definitiva, Vida en el Espíritu.

Esto es lo verdaderamente importante para nosotros. Lo que pasó en Jesús tiene que pasar también en mí. Éste es el meollo del misterio pascual.

Como modelo de pastor, defiende a los suyos con todo su ser, no pasarán a manos de ladrones y bandidos. Ponerse en las manos de Jesús equivale a estar en las manos del Padre. "No hay quien libre de mi mano; lo que yo hago, ¿quién lo deshará? (Is 43,13)

La frase más sublime, y que mejor refleja la conciencia que la comunidad de Juan tenía de Jesús, es ésta: "Yo y el Padre somos uno".

Hoy sabemos que los discursos de Juan no son originales de Jesús, por lo tanto, no tiene sentido pensar que esa frase exprese su conciencia de ser la segunda persona de la Trinidad. Para nosotros, tiene mucha más importancia si caemos en la cuenta de que fue la experiencia de la comunidad de Juan, la que llegó a la increíble conclusión de que el hombre Jesús era idéntico a Dios.

Una de las pocas palabras que podemos asegurar que pronunció el mismo Jesús, es la de "abba". Así y todo, el concepto de padre que nosotros usamos en el aspecto humano, no es suficiente para expresar lo que Dios es. Los padres biológicos nos han trasmitido la vida, pero esa vida que recibimos de ellos, en un momento determinado se hace independiente y sigue sus propios derroteros.

En el caso de la Vida que Dios nos comunica, se trata de su única Vida, que se convierte en nuestra propia vida sin dejar de ser la de Dios. Por lo tanto, no hay posibilidad de independencia, al contrario, en todo momento estamos dependiendo de ese don. Dios (Vida) está dándose Él mismo en todo instante a cada uno de nosotros.

El ser humano Jesús había llegado a una experiencia de unidad total con Dios. Ya no había ninguna diferencia entre lo que era él y lo que era Dios en él, porque de él, de su falso yo, no quedaba absolutamente nada.

Fijaros que, para dar sentido a una adhesión a su persona, se muestra él mismo totalmente volcado sobre el Padre. Relacionarnos con Jesús es relacionarnos con Dios. Esta es la razón por la que, el Jesús que predicó el Reino de Dios, se convirtió, enseguida, en el objeto de la predicación de los primeros cristianos.

Jesús, como nuevo santuario, hace presente al Padre. No olvidemos que el dialogo se dirige a los "judíos" en el Templo, y en la fiesta de la Dedicación. El Padre se manifiesta en Jesús que realiza su obra creadora llevando al hombre a plenitud. No hay nada en Jesús que se encuentre fuera de Dios. Todo en él es expresión del Padre. Esa identifica­ción excluye toda instancia superior a él mismo. Los judíos no pueden encontrar nada en qué apoyarse para juzgarle. Ante él, sólo cabe aceptación o rechazo, que es aceptar o rechazar a Dios.

Jesús al entregar su vida (viviendo y muriendo para los demás) está identificándose con lo que es Dios. Se manifiesta como Hijo que hace en todo lo que de él espera el Padre. El don total de sí, es la mejor demostración de que ha cumplido fielmente la misión. Así manifiesta su condición de Hijo: hace todo lo que ve hacer al Padre.

Al dar la vida muriendo, manifiesta, en plenitud, la verdadera Vida, que es la misma de Dios. Esa misma Vida es la que comunicará a los demás. Dios se la está comunicando a él y él la comunica a los que le siguen. Jesús es así manifestación de Dios y modelo de Hombre.

Donde hay amor hasta el límite, hay Vida sin límite. Para quien ama como Jesús amó, no hay muerte. Por eso la entrega de la vida es algo espontáneo. Es la disponibili­dad total que le constituye como Hijo.

Si Jesús promete la Vida al que escuche su voz, quiere decir que les está ofreciendo la misma meta que él consiguió como ser humano: Una identificación total con el Padre. Recordemos las palabras de Juan en el discurso del pan de vida:

"El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me come vivirá por mí".

Son realidades que nos desbordan si tratamos de comprenderlas con la inteligencia, sólo cuando nos decidimos a vivirlas, se harán patentes y claras; lo mismo que vivimos la vida biológica sin saber explicar lo que es. Ésta ha sido la experiencia de todos los místicos.

El camino para llegar a vivir esta realidad es la meditación-contemplación. La verdadera salvación me llegará por una toma de conciencia de lo que realmente soy, y una identificación total con lo que hay de Dios en mí.

Para ello hay que superar las apariencias. Yo no soy lo que creo ser. Tengo que salir del engaño y entrar en la dinámica de mi auténtica existencia. Es la principal tarea de todo ser humano. Los orientales la llamaron iluminación. Todos los místicos llegaron a la convicción de que eran una sola cosa con Dios.

 

Meditación-contemplación

 

Jesús da VIDA DEFINITIVA porque es UNO con el Padre.

Son dos frases eminentemente pascuales.

No se trata de una Vida para el más allá.

Se trata de participar de la misma Vida eterna de Dios.

....................

 

Desde la vida biológica, en la que me encuentro,

debo acceder a la Vida Divina, que también está en mí.

A esta VIDA no le afecta la muerte,

por eso, cuando esta vida termina, AQUELLA continúa.

.....................

 

Tener fe, consiste en confiar en esta promesa de Jesús.

Es pasar ya, desde ahora, a esa Vida Nueva.

Nacer de nuevo a una Vida que ya no terminará.

Ahí encontraré la verdadera salvación.

........................

 

 

CONOCER AL PADRE Y A JESÚS ES SER UNO CON ELLOS

Enrique Martínez Lozano

 

 

Jn 10, 27-30

"Dime tú, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño" (Cantar de los Cantares 1,7). El cuarto evangelio presenta a Jesús como el Amado del Cantar pero, sobre todo, como el Pastor bueno que es cuidado, descanso y alimento:

"El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar, me conduce junto a aguas tranquilas, y repone mis fuerzas..." (Salmo 23,1-3).

Con gran osadía, el autor transfiere a Jesús la imagen con que la piedad judía se dirigía a Yhwh. Una imagen, por otro lado, totalmente coherente con el mensaje del propio evangelio, que dirá del Maestro: "Habiendo amado a los suyos, que están en el mundo, los amó hasta el extremo" (13,1).

En el texto, la alegoría del Pastor habla de "escucha", "conocimiento" y "vida eterna", a la vez que, en un ahondamiento progresivo, remite al Padre y culmina en la Unidad, como Fuente de donde todo lo demás brota. Son estas realidades las que nos permiten conectar con el sentido originario de la imagen que, tomada en su literalidad –por las connotaciones dialécticas de pastor/ovejas, paternalismo/"borreguismo", poder/sumisión- hoy nos resulta pueril e incluso provoca justificado rechazo.

Todo arranca con la escucha. Aunque, a su vez, sólo escucha quien se encuentra en una actitud de búsqueda. Quien cree estar en posesión de la verdad –simplemente porque ha colgado esa etiqueta sobre su propia y particular creencia-, ha dejado de buscar; blindado a cualquier cuestionamiento, permanece instalado en la comodidad de lo adquirido.

Bien porque tal instalación resulte insoportable, bien por el propio dinamismo interior que la hace estar en camino, cuando la persona se pone en movimiento, empieza escuchando. La escucha requiere una disposición de apertura inicial, que implica flexibilidad para permitir incluso que las convicciones previas puedan ser removidas.

Cuando aquello que "escuchamos" encuentra eco en nuestro interior, reconocemos estar en contacto con "nuestra" verdad y en profunda "sintonía" con la persona que nos habla. Esto es lo que ocurría con los seguidores de Jesús y lo que sigue ocurriendo con los lectores del evangelio: al percibir que la palabra de Jesús "lee" nuestro interior, la reconocemos como propia y "comulgamos" con su persona, en la vivencia de una unidad que transciende el tiempo y el espacio.

Somos "cristianos" porque, al conocer su "modo de vivir", descubrimos que es el "nuestro": eso –y no un mimetismo infantilizante o una sumisión heterónoma- es "seguir a Jesús". El llamado seguimiento es, en realidad, expresión de la propia identidad y "complicidad" que nace de la unidad percibida.

Complicidad y unidad brotan de la comprensión y, en último término, del conocimiento.

Es sabido que el "conocer" hebreo no es una actividad meramente intelectual, sino que implica a la persona entera, en una experiencia totalizadora. Es el mismo verbo que se usa para referirse a la relación sexual por la que –como ya decía el libro del Génesis 4,1- "el hombre conoció a su mujer".

Es también un verbo que el propio autor del cuarto evangelio usa repetidamente, para expresar la relación de Jesús con el Padre y con los discípulos, así como para describir en qué consiste la "vida eterna": "que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo" (17,3).

Este conocer hace referencia a intimidad experimentada, a un saber interior del otro y de los otros por el que te descubres a ti mismo. Se trata, en definitiva, de un conocer que es una misma cosa con el ser. En el verdadero conocimiento –que no mera erudición-, sólo se conoce cuando se es. Por ese mismo motivo, sólo es sabio –en el sentido profundo del término- aquél que ha sido previamente transformado.

Al decir que nos conoce, Jesús está expresando que nos "constituye" por dentro; que se vive a un nivel en el que no existe ninguna distancia con respecto a ningún ser y, por eso –las palabras se quedan irremediablemente cortas- "es nosotros".

Algo similar significa la "vida eterna", que no se reduce a una creencia mental –asentir intelectualmente a la existencia de Dios y de Jesús-, en premio de la cual pudiéramos ir al cielo. No; conocer al Padre y a Jesús es ser uno con ellos.

Por eso mismo, Jesús continúa afirmando que él da la vida eterna, es decir, la plenitud de la vida, que experimentamos cuando caemos en la cuenta –cuando se produce la comprensión- de que somos-uno-en-y-con-Dios: aquí esta el principio y la clave de todo lo demás.

Eso hace que el texto que estamos comentando se entienda mejor cuando empezamos a leerlo por el final: "El Padre y yo somos uno". Todo lo demás es consecuencia.

En el cuarto evangelio, esa afirmación no es única. Hay otras expresiones que ponen de relieve la conciencia transpersonal (no-dual) de Jesús: "El Padre está en mí y yo en el Padre" (10,38); "Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí" (14,11); o "todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo mío" (17,10), que parecen ser un calco de las palabras que, en la parábola del hijo pródigo" (evangelio de Lucas 15,31), el padre dirige al hermano mayor: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo".

La "vida eterna" no es un tiempo que no terminara nunca; tampoco es un futuro asegurado al propio yo. Es la plenitud de vida que coincide con la plenitud de la Presencia. Eternidad no es mucho tiempo, sino ausencia de tiempo. Mientras estamos identificados con la mente, vivimos fuera del presente, en el laberinto interminable de nuestros pensamientos y emociones, y a merced de sus vaivenes; en realidad, más que vivir, somos manejados por ellos.

Al detener el vértigo mental y anclarnos en el presente, entramos en contacto directo con la Vida y saboreamos –a veces, ni tiempo nos damos para ello- la "vida eterna". Si pudiéramos permanecer y establecernos en esa intensidad de Presencia, sabríamos de primera mano aquello a lo que se refiere Jesús, cuando dice que "nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre".

Lo único que nos saca de la Vida –que nos arrebata de su mano- es nuestra mente no observada: ahí están los "lobos" y los "ladrones" que nos atormentan y esquilman. Por eso, mientras permanecemos en el Presente, no corremos ningún peligro: el Presente es el lugar de la vida, es "otro nombre" de Dios.

En un nivel de conciencia mítico o racional –egoico- y en un modelo dual de cognición, "Dios" únicamente podía ser pensado como un Ser separado que se "relacionaría" desde fuera. La "vida eterna" sólo podía representarse como un "estado" posterior a este "valle de lágrimas", añadido como recompensa por las "buenas obras" realizadas.

Aquellas representaciones apuntaban en la buena dirección, aunque eran tan deudoras de la estrechez de la mente, que terminaban siendo groseras. Por eso, bien entendidas, son totalmente ciertas las palabras de José Luis Sampedro: "La teología es contradicción en términos porque es absurdo razonar a Dios; el mero hecho de pretenderlo prueba el orgullo clerical". La contradicción no sería otra que la pretensión de objetivar lo Inobjetivable.

J.F. Moratiel decía: "No hay que discurrir sobre el silencio, basta vivirlo". Eso mismo vale para el Presente; eso mismo vale para Dios.

Trascendido el modelo dual y el nivel mental, podemos abrirnos a experimentar la Unidad de todo Lo que es y somos, la "vida eterna" de la que hablaba Jesús y que constituye, sin exageración, nuestra identidad última, la identidad compartida en la que "el Padre y yo somos uno".

Siéntate relajadamente. Respira profundamente dos o tres veces. Consiente a soltar todos tus pensamientos y todas tus preocupaciones, permite que se vayan. Quédate sólo "aquí y ahora". Ya "has llegado". Déjate estar ahí, en esa "nube del no-saber", en la "pura consciencia de ser", en una "contemplación sin objeto", en una descansada "advertencia o atención amorosa"...

Y cuando vuelvas a tu vida cotidiana, ve practicando el "estar presente" en todo lo que haces: estando presente a tu cuerpo y "volcándote" –o "dejándote fluir"- en todo aquello –personas, objetos, acciones- que te llega a través de los sentidos. Aprende, poco a poco, a estar sin pensar. Habrás empezado a saborear la "vida eterna", en la que "todos somos uno", como también quería y soñaba Jesús (evangelio de Juan 17,21).

 

 

EL SÍNTOMA DE LA PERSECUCIÓN

José Enrique Galarreta

 

Jn 10, 27-30

Los textos de los Hechos y del Apocalipsis (y marginalmente también el evangelio) nos presentan una constante de la primera iglesia: la persecución.

Fueron primero las autoridades judías de Jerusalén (lectura de Hechos del domingo pasado). En Jerusalén morirán por su fe en Jesús Esteban y Santiago. Ahora son las de las sinagogas de Antioquía y se repetirán varias otras veces. La predicación de Pablo estará llena de ellas.

Y cuando la fe en Jesús se extienda por todo el Imperio Romano, se desatarán contra los cristianos otras persecuciones aún más terribles. Pedro y Pablo morirán en Roma en la persecución de Nerón. El Apocalipsis entero está escrito para confortar a los cristianos y mantener su fe en tiempos de persecución.

Y no es de extrañar, puesto que Jesús fue el primero. Jesús fue rechazado, y es éste un mensaje importante del cuarto evangelio: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". La gente prefería un Mesías político, los fariseos y escribas lo tuvieron por hereje y pecador, los sacerdotes vieron en él un peligro para su religión y su poder, y el poder político prefirió matar a un inocente antes que enemistarse con las autoridades judías.

Más tarde, los intelectuales, los políticos, los adoradores de otros dioses, seguirán la persecución.

Esta constante en la vida de Jesús y en la vida de la iglesia nos lleva a dos consideraciones. En primer lugar, por qué. En segundo lugar, cómo nos afecta a nosotros.

Jesús es perseguido y la iglesia es perseguida porque van contra los criterios del mundo, lo que Juan llama "el mundo", "las tinieblas", lo que Pablo llama "la carne", "el cuerpo".

Ser hijo de Dios, construir el reino, son desafíos a los que centran sus intereses en el poder, la posesión y disfrute de bienes... Andar por el mundo austeramente, sin mentir, sin perjudicar, respetando a los débiles, cuidando la naturaleza, dando la cara por la justicia... molesta.

Cuando lo hizo Jesús molestó tanto que lo quitaron de en medio. Ésta es una de las dimensiones existenciales del Reino: la oposición de "el pecado", por llamarlo con un nombre genéricamente aceptado. En frase de Pablo:

"Todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones" (2 Tim 3,12)

La segunda cuestión es nuestra situación ante la persecución. Es impensable que vivir los criterios del evangelio en un mundo que se rige por los opuestos no cueste ningún precio. En una sociedad tan "civilizada" como la nuestra el precio no será la condena a muerte, desde luego. Pero quizá sea no medrar en la empresa, no ser bien visto por el entorno social, no ser comprendido por tu familia, por tus padres o por tus hermanos o por tus hijos...

Si hacemos una apuesta valerosa por una vida austera, por un compromiso por los más pobres, por una fidelidad absoluta a que sólo se sirve a Dios si se sirve al prójimo... no podemos esperar que nos traten como a personas "normales", porque molestaremos.

Pero nos encontramos con el sorprendente fenómeno de que esto no sucede. Y la consecuencia es estremecedora: no sucede porque nuestro compromiso con el evangelio es deficiente.

Una de nuestras deficiencias más llamativas es la separación que hacemos entre la fe y el compromiso. Nos han atiborrado de dogmas y de cumplimientos cultuales, pero seguir a Jesús es vivir como Él. La historia de la Iglesia sabe mucho de personas, obispos, papas, órdenes religiosas... impecablemente ortodoxas y ajenas a toda austeridad de vida, a todo compromiso con la justicia, a todo sentimiento de servicio.

Ésa ha sido, no pocas veces, una Iglesia ortodoxísima, pero no seguidora de Jesús; y desde luego, no perseguida. Y no hablo de la Iglesia como institución oficial, ni de las Jerarquías de la Iglesia, sino de todos nosotros la iglesia, tengamos en ella el puesto que tengamos.

Cada uno sabrá, analizando a fondo su espíritu, qué persecuciones le costaría seguir a Jesús.

Habrá, desde luego, una persecución desde dentro, la rebelión de "la carne" contra "el espíritu". En un mundo como el que vivimos, tan solicitados por innumerables "valores" que no son los de Jesús, cobran mayor fuerza que nunca conceptos como "vencerse a sí mismo", "elegir la senda empinada". Y creo que nos es especialmente aplicable el "no podéis servir a dos señores". Cada uno deberá hacerse la pregunta: "¿qué me cuesta mi fe?". Si no me cuesta nada es que no vale nada.

Me temo también que los dos señores a los que servimos son por un lado la fe teórica, la que profesamos en el Credo de la Misa, tan teológico y tan ignorante de toda práctica, y, por otro, nuestra condescendencia con los valores normales de nuestra sociedad.

Servimos al primer señor porque tranquiliza nuestra conciencia religiosa. Y servimos al segundo porque nos apetece. El maridaje de estos dos señores se completa con el descubrimiento tranquilizador de Dios Padre. Nuestra mediocridad no importa, puesto que Dios me seguirá perdonando. Y una vez más hemos dejado a Dios Padre en pura teoría, porque Dios Padre significa que somos hijos y si no lo somos pierde su significado.

El mundo entero vive una coyuntura histórica en la que la fuerza del pecado multiplicada por la ciencia y la tecnología está poniendo ya en peligro la subsistencia de la humanidad y hasta del planeta. Cada vez más pobres y cada vez más explotados. Cada vez más corrupción en los ámbitos del poder. Cada vez más peligro de que el planeta sea inhabitable... Los que quieran seguir a Jesús tendrán que tomarse en serio la salvación de la humanidad. También ellos disponen de la ciencia y de la tecnología y de todo lo que el ser humano posee para multiplicar la eficacia del Espíritu.

Si creemos que Jesús es el Salvador, o nos convertimos en salvadores, en creadores y defensores de humanidad, o no somos de Jesús. Aunque cueste persecución.

Estas consideraciones, sin embargo, no deben hacernos olvidar el marco completo del mensaje de Jesús. Nuestra incorporación al Reino, nuestro seguimiento de Jesús, no se agota ni siquiera se define preferentemente por la cruz, la persecución. La cruz, la persecución son el precio, pero sólo el precio de "El Tesoro".

Lo de Jesús sigue siendo "la Gran Noticia", y el estado de ánimo del que sigue a Jesús es siempre la alegría, la paz, la gratitud. Vendemos un campo, pero porque hemos encontrado un tesoro.

Haciendo una aplicación, con todo respeto y temor, a la vida misma de Jesús, podemos pensar que de ninguna manera se puede pensar en mejor vida, más satisfactoria, más plena, más humana y divina. Su destino es el mejor, y su satisfacción interior tuvo que ser radiante. A pesar de los trabajos, a pesar de las persecuciones, a pesar de la cruz. Porque estaba en el Reino, estaba en las cosas de su Padre.

Pero es siempre una satisfacción, una alegría y una paz que nacen de dentro, no se reciben de fuera. Es esto también un modelo perfecto para nosotros.

Por encima de todas las satisfacciones que vienen de fuera, lo nuestro es sentirnos bien desde dentro. Mejor que buscar tesoros pequeños y perecederos, buscamos servir a los hijos de nuestro Padre. Y nos encontramos con que, a cualquier precio, en medio de cualquier persecución, no se cambia ni se enturbia la fuente profunda de nuestro bien-estar, que nace de la seguridad de poseer el tesoro, de estar donde debemos estar, en las cosas de nuestro Padre.

 

 

MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ

Carmen Soto

 

Jn 10, 27-30

Jesús como buen pastor anuncia a un Dios que solo desea ofrecer su amor y perdón. Quien tiene un rol de liderazgo en la iglesia ha de identificarse no sólo con esta metáfora, sino con su modo de actuar.

En el Evangelio de este domingo nos encontramos a Jesús identificándose con la metáfora del buen pastor. Para entender sus palabras es necesario acercarse al comienzo del capítulo 10 en el que Jesús está polemizando con sus oponentes sobre su identidad. En el diálogo el maestro se identifica con el Buen pastor, una metáfora que ya habían usado los profetas para hablar del modo que tenía Dios de guiar a su pueblo en contraste con mal gobierno de los dirigentes de Israel. Así lo denunciaba Ezequiel:

“¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y a las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. (…)

Por eso, pastores, escuchad la Palabra del Señor:

Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas para que dejen de apacentarse a sí mismos, los pastores; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que no sean su manjar.

Así dice el Señor Dios: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Los sacaré de entre los pueblos, los congregaré de los países, los traeré a su tierra, los apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país. Los apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus prados en los montes más altos de Israel; allí se recostarán en fértiles dehesas y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel.

Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear, oráculo del Señor Dios. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido”. (Ez 34, 1-16).

Jesús al desarrollar de nuevo esta metáfora no sólo se identifica con el modo de actuar de Dios sino que se está proponiendo como en mediador de la acción amorosa del Padre (Jn 10,14- 18). Para los que están discutiendo con él sus palabras son escandalosas, porque además de denunciar sus malas prácticas como líderes del pueblo, está cuestionando su poder y su capacidad mediadora con la divinidad. Por eso buscan reafirmarse acusándolo de endemoniado (Jn 10,19-20).

El fragmento que leemos este domingo pertenece a una narración más amplia que sitúa a Jesús debatiendo con los judíos en el pórtico de Salomón, un lugar situado en la parte más exterior del templo y al que podía acceder cualquier persona (Jn 10, 22). El relato informa que la conversación tiene lugar durante la fiesta de la dedicación del templo, una fiesta que formaba parte da celebración del año nuevo (Hanukka). Está era una fiesta que había instituido en el año 165 a.C., para recordar la nueva consagración del templo después de ser profanada por los paganos (1 Mac 4, 53-59). Este contexto tiene importancia porque al preguntarle los judíos si él es el mesías (Jn 10,24). Jesús al responder no se va a vincular con la santidad del templo, ni con su valor mediador para el encuentro con Dios, sino que va a utilizar de nuevo la imagen del pastor. Los que escuchaban a Jesús conocían las palabras proféticas y no pueden menos que considerar blasfemo (Jn 10,33) lo que el Maestro estaba diciendo. Como pastor Jesús asume el rol de mediador de la acción amorosa de Dios (Jn 10, 29) y por tanto admite tener una palabra de autoridad superior a cualquier otra que pudiesen pronunciar los presentes. El camina delante, y quien cree en él se sabe en las manos de Dios. A su lado las hijas e hijos de Dios pueden descansar porque en su actuar encuentran el amor y el perdón de Dios.

 

 

OCARM

Meditatio 

a)    Una clave de lectura: 

•      El pasaje de la liturgia de este domingo está sacado del capítulo 10 de Juan, un discurso de Jesús durante la fiesta judía de la dedicación del Templo de Jerusalén que acaecía a finales de diciembre (durante la cual se conmemoraba la reconsagración del Templo violado por los sirios-helenistas por obra de Judas Macabeo en el 164 a.C). Las palabras de Jesús sobre la relación entre el Pastor (Cristo) y las ovejas (la Iglesia) pertenecen a un verdadero y propio debate entre Jesús y los judíos. Estos hacen a Jesús una pregunta clara y piden una respuesta también clara y pública: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente» (10,24). Juan presenta, otras veces, a los judíos que pretenden arrancar a Jesús una afirmación clara sobre su identidad (2,18; 5,16; 8,25). Una petición de este tipo, los Sinópticos la presentan durante el proceso ante el Sanedrín (Mt 26,63; Mc 14,61; Lc 22,67). La respuesta de Jesús se presenta en dos momentos (vv. 25-31 e 32-39).

Consideramos brevemente el contexto donde se inserta la primera, que es la de nuestro texto litúrgico. Los judíos no comprendieron la parábola del buen pastor (Jn 10, 1-21) y piden ahora a Jesús una declaración más clara de su identidad. El motivo de su incredulidad no es por sí mismo un motivo de búsqueda, sino que en su cerrazón mental rechazan pertenecer a sus ovejas. Puede ser iluminadora una expresión análoga de Jesús en Mc 4,11: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas». Las palabras de Jesús solamente son luz para el que vive dentro de la comunidad, para aquél que decide quedarse fuera solamente es un enigma que desconcierta. A la incredulidad de los judíos, Jesús contrapone el comportamiento de aquellos que le pertenecen y que el Padre les ha dado; también su relación con ellos. 

•      El lenguaje de Jesús no es para nosotros de evidencia inmediata; más aún, compara a los creyentes con un rebaño, y nos deja perplejos. Somos, en gran mayoría, extraños a la vida agrícola y pastoril, y no es fácil comprender lo que significa el rebaño para un pueblo de pastores. Los oyentes, a los que Jesús dirige su palabra, era un pueblo de pastores. Es evidente que la parábola es entendida desde el punto de vista de un hombre que comparte casi todo con su rebaño. Él lo conoce: ve cada una de sus cualidades y de sus defectos; también las ovejas conocen a su guía: responden a su voz y a sus indicaciones. 

i) Las ovejas de Jesús escuchan su voz: no se trata sólo de una escucha externa (3,5; 5,37) sino de una escucha atenta (5,28; 10,3), hasta la escucha obediente (10,16.27; 18,37; 5,25). En el discurso del buen pastor esta escucha expresa la confianza y la unión de las ovejas al pastor (10,4). El adjetivo «mías» no indica solamente la simple posesión de las ovejas, sino que pone en evidencia que las ovejas le pertenecen, y le pertenecen en cuanto que Él es el propietario (10,12). 

ii) He aquí, pues, que se establece una relación íntima entre Jesús y las ovejas: «y yo las conozco» no se trata de un conocimiento intelectual; en el sentido bíblico “conocer a alguien” significa, sobre todo, tener una relación personal con él, vivir en cierto sentido en comunión con él. Un conocimiento que no excluye los trazos humanos de la simpatía, amor, comunión de naturaleza. 

iii) En virtud de este conocimiento de amor, el Pastor invita a los suyos a seguirlo. La escucha de la palabra comporta un discernimiento, para que entre todas las voces posibles, elijan la que corresponde a una persona concreta (Jesús). Como consecuencia de este discernimiento, la respuesta se hace activa, personal y se convierte en obediencia. Esta proviene de la escucha. Por lo tanto, entre la escucha y la secuela del Pastor está conocer a Jesús. 

•      El conocimiento de Jesús hacia sus ovejas abre un itinerario que conduce al amor: «Yo les doy la vida eterna». Para el evangelista la vida es el don de la comunión con Dios. Mientras en los sinópticos la ‘vida’ o ‘vida eterna’ está unida al futuro; en el evangelio de Juan está unida a una posesión actual. Este aspecto se repite con frecuencia en la narración de Juan: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (3,36); «En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna» (5,24; 6,47). 

•      La relación de amor de Jesús se concretiza por la experiencia de protección que el hombre experimenta: se dice que las ovejas «no perecerán jamás». Quizás una alusión a la perdición eterna. Y se añade que «nadie las arrebatará». Tal expresión sugiere el papel de la mano de Dios y de Cristo que impiden a los corazones de las personas ser arrebatadas por otras fuerzas negativas. En la Biblia, la mano, en algunos contextos, es una metáfora que indica la fuerza de Dios que protege (Dt 33,3; Sal 31,6). Por otra parte, el verbo «arrebatar» (harpázō) sugiere la idea que la comunidad de discípulos no estará exenta de los ataques del mal y de las tentaciones. Pero la expresión «nadie las arrebatará» indica la presencia de Cristo que asegura a la comunidad la certeza de una estabilidad granítica que le permite superar toda tentación de miedo. 

b)    Algunas preguntas: 

para ayudarnos en la meditación y en la oración. 

i) La primera actitud que la palabra de Jesús ha puesto en evidencia es que el hombre debe “escuchar”. Este verbo en el lenguaje bíblico está lleno de resonancias: implica la adhesión alegre al contenido de lo que se escucha, la obediencia a la persona que habla, la elección de vida de Aquél que se dirige a nosotros. ¿Eres un hombre inmerso en la escucha de Dios? ¿Hay espacios en tu vida diaria que dedicas, de modo particular, a la escucha de la Palabra de Dios? 

ii) El diálogo o comunicación íntima entre Cristo y tú se define en el evangelio de la liturgia de hoy con un gran verbo bíblico, «conocer». Éste implica a todo el ser del hombre: la mente, el corazón, la voluntad. Tu conocimiento de Cristo ¿se limita a un conocimiento teórico-abstracto o te dejas transformar y guiar por su voz en el camino de tu vida? 

iii) El hombre que ha escuchado y conocido a Dios «sigue» a Cristo come único guía de su vida. Tu seguimiento diario ¿es continuo? ¿Aún cuando en el horizonte aparece la pesadilla de otras voces e ideologías que tratan de separarte de la comunión con Dios? 

iv) En la meditación del evangelio de hoy aparecen otros dos verbos: nosotros no «pereceremos» y nadie nos podrá «arrebatar» de la presencia de Cristo que protege nuestra vida. Es esto lo que fundamenta y motiva nuestra seguridad cotidiana. Tal idea se expresa de modo luminoso en Pablo: «Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8,38-39). Cuando entre los creyentes y la persona de Jesús se establece una relación hecha de llamada y de escucha, entonces se procede en la vida con seguridad de llegar a la madurez espiritual y al éxito. El verdadero fundamento de esta seguridad está en descubrir cada día la identidad divina de este pastor que es la seguridad de nuestra vida. ¿Experimentas esta seguridad cuando te sientes amenazado por el mal? 

v) Las palabras de Jesús «Yo les doy vida eterna» te aseguran que la meta de tu camino, como creyente, no es oscura ni incierta. Para ti, ¿la vida eterna hace referencia a la cantidad de años que puedes vivir o, por el contrario, es un reclamo a la comunión de vida con el mismo Dios? ¿Es motivo de alegría para ti experimentar la compañía de Dios en tu vida? 

 


 

MISAL DOMINICAL

 

Antífona de entrada     Cf. Sal 32, 5-6
Toda la tierra está llena del amor del Señor, y su Palabra hizo el cielo. Aleluia.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno,
condúcenos hacia los gozos celestiales,
para que tu rebaño, a pesar de su debilidad,
llegue a la gloria que le alcanzó la fortaleza Jesucristo, su pastor.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas

Señor Dios, por estos misterios pascuales
concédenos ser constantes en la acción de gracias,
para que la continua eficacia de la obra redentora
sea fuente de inagotable alegría.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual.

Antífona de comunión
Resucitó el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas
y se entregó a la muerte por su rebaño. Aleluia.

Oración después de la comunión
Te pedimos, Pastor bueno, que cuides con solicitud a tu rebaño,
y conduzcas hacia las praderas eternas
a las ovejas que redimiste con la preciosa sangre de tu Hijo.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Puede impartirse la bendición solemne.

 

 


 

LECCIONARIO DOMINICAL


Nos dirigimos ahora a los paganos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     13, 14. 43-52

      Pablo y Bernabé continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.
      Cuando se disolvió la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé. Estos conversaban con ellos, exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios.
      Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo.
      Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron:
      «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor: Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra.»
      Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región.
      Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio. Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio.
      Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 99, 1b-3. 5


R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.


Aclame al Señor toda la tierra,
sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos jubilosos. 
R.

Reconozcan que el Señor es Dios:
él nos hizo y a él pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de su rebaño. 
R.

¡Qué bueno es el Señor!
Su misericordia permanece para siempre,
y su fidelidad por todas las generaciones. 
R.

 

El Cordero será su pastor
y los conducirá hacia los manantiales de agua viva

Lectura del libro del Apocalipsis     7, 9. 14b-17

      Yo, Juan, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano.
      Y uno de los ancianos me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo.
      El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos.»

Palabra de Dios.


ALELUIA     Jn 10, 14

Aleluia.
Dice el Señor: Yo soy el buen Pastor:
conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.
Aleluia.


EVANGELIO

Yo doy Vida eterna a mis ovejas

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     10, 27-30

En aquel tiempo, Jesús dijo:
      «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»

Palabra del Señor.

 

 

 


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