5 domingo Pascua (C)
Liturgia Viva del Domingo 5º de Pascua - Ciclo C
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Dios vive en medio de su pueblo.
Planta su tienda entre nosotros en su Hijo Jesucristo.
Que éste sea nuestro Emanuel, nuestro “Dios-con-nosotros”,
y que esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. El Amor Es Inventivo
Con frecuencia nos sorprendemos por las cosas que nuestros seres queridos nos regalan o hacen por nosotros. Nos asombra lo inventivo que puede ser el amor. --- Miremos a Dios, origen de todo amor; él determinó que su propio Hijo se hiciera uno de nosotros. --- ¡Jesús nos deja asombrados por su amor a los pecadores, a los inadaptados en la vida, a los que sufren! Entrega su vida por nosotros. Y es precisamente ese amor, inventivo y creador, el que constituye el núcleo de nuestra fe y de nuestra vida. Si tuviéramos, aunque solo fuera un poquito de esa clase de amor, podríamos renovarnos totalmente a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. -Es este amor inventivo y renovador el que Jesús viene a compartir con nosotros en esta eucaristía.
2. Miren Cómo se Aman Unos a Otros
Si les pidieran a ustedes definir lo más típico y característico de nuestra comunidad cristiana, ¿podría decirse de nosotros, como de los primeros cristianos, “Miren cómo se aman unos a otros”? De acuerdo con nuestro Señor mismo, la señal característica de sus discípulos debería ser que nos amamos unos a otros como él nos ha amado. --- Reunidos como estamos aquí para el banquete eucarístico del Señor, banquete de amor, pidámosle que nos ayude a amarnos unos a otros como él nos amó.
Acto Penitencial
Dios nos ha amado mucho más de lo que nos podemos imaginar. Pero ¿en qué medida hemos respondido a su amor? ¿En qué medida también hemos respondido al amor de los hermanos?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
· Señor Jesús, con tu amor viniste a renovar este nuestro mundo, decrépito y enfermo.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tú encomendaste a la Iglesia y al mundo el mandamiento del amor como tu testamento y como el corazón de tu mensaje.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú nos propusiste tu amor como modelo y medida de nuestro amor entre nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdona nuestros pecados. Renuévanos con tu amor y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que nuestro amor reciba su fuerza del amor de Dios.
(Pausa)
Oh Dios, Padre amoroso:
Tú hiciste que tomáramos conciencia
de la profundidad de tu amor
cuando tu propio Hijo Jesús
entregó su vida por nosotros.
Él nos pide que nos amemos unos a otros
como él nos amó –sin medida y hasta el fin.
Y, sin embargo, nuestro amor
permanece frágil y voluble;
siempre se nos queda corto.
Danos, Padre bondadoso, un poco de tu mismo amor;
que sea un amor confiable y duradero como el tuyo,
siempre respetuoso de los demás,
siempre inventivo y nuevo;
y que se arranque de sí mismo
para alcanzar a los hermanos,
especialmente a los pobres y a los no amados.
Te lo pedimos en nombre de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Hch 14,21b—27): Dios Había Hecho Grandes Cosas con Ellos.
Pablo y Bernabé habían sufrido y se habían esforzado mucho para fundar nuevas comunidades cristianas y para animar a los fieles. Sin embargo, reconocían que fue Dios quien hizo todo ese buen trabajo por medio de ellos.
Segunda Lectura (Ap 21,1-5): Miren, Yo Hago Todo Nuevo
Desde que Jesús resucitó, un mundo nuevo ha comenzado a tomar forma entre los hombres, la de la presencia de Dios entre nosotros por medio del mismo Cristo Resucitado. Juan nos proporciona una visión esperanzada de este nuevo mundo en ciernes.
Evangelio (Jn 13,31-35): Un Nuevo Mandamiento para un Pueblo Nuevo
En la Última Cena, Jesús lega a sus discípulos el mandamiento del amor como su última voluntad, su testamento. Este amor es la clave para un mundo nuevo.
Oración de los Fieles
Jesús nos está recordando hoy que el amor es la ley fundamental del cristianismo. -Pidamos a Dios nuestro Padre que el amor no sea entre nosotros como una palabra vacía y sin sentido, y digamos:
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
Por la Iglesia, pueblo de Dios, para que, con la fuerza de nuestro compromiso y entrega, seamos una voz y una fuerza que promueva eficazmente la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
· Por las Iglesias que buscan, un poco a oscuras, la unidad, para que un día compartan juntas el único pan de la eucaristía de nuestro único Señor Jesucristo, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
· Por científicos y economistas, para que con sus inventos y esfuerzos promuevan el bienestar, la calidad de vida y la libertad y dignidad humana para todos, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
· Por todos los hombres de buena voluntad, para que construyamos juntos una sociedad basada en la justicia y en el amor, donde no haya lugar para discriminación alguna, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
· Por todos nosotros aquí reunidos, para que formemos una comunidad de servicio, amor y esperanza, abierta a todas las necesidades y justas aspiraciones de nuestros hermanos, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos uno en tu amor.
Oh Dios de esperanza, en ti confiamos. Haznos nuevos; renueva nuestras vidas y nuestro mundo por medio de aquel que es tu presencia visible y encarnada entre nosotros, Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios de esperanza, siempre fiel:
¡Cómo querríamos
que el pan que vamos a comer en esta eucaristía
fuera pan de paz y bienestar para todos,
pero para muchos es todavía pan duro
de lágrimas e injusticia!
¡Cómo querríamos que la copa que vamos a beber fuera copa de unidad y de alegría,
pero con frecuencia es todavía para muchos
copa amarga de desigualdad,
discriminación y tristeza!
Que este pan y vino que te presentamos sobre el altar
se convierta para nosotros en tu Hijo Jesucristo,
alimento y bebida divinos
que nos den fuerza para construir, todos juntos,
un mundo mejor,
pues él es nuestro Dios y Señor
por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Llenos de alegría, demos gracias al Padre, porque una nueva vida y un mundo nuevo comenzaron para nosotros el día en que Cristo resucitó de entre los muertos.
Invitación al Padrenuestro
Con Jesús, que vive entre nosotros, roguemos a nuestro Padre del cielo para que la plenitud de su reino llegue a ser una realidad entre nosotros.
Oración por la Paz
Señor Jesucristo:
Tú dijiste a tus apóstoles:
“Mi paz les dejo, mi paz les doy”.
No tengas en cuenta nuestros pecados
sino la fe y el amor de tu Iglesia santa,
y danos siempre la pazque procede del compartir y de la unidad
y de trabajar juntos para construir tu reino de justicia y amor,
en el que tú vives con nosotros
por los siglos de los siglos.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que nos recuerda hoy a sus discípulos:
Ámense como yo les he amado.
Dichosos nosotros,
invitados a comer este pan de vida y amor.
Oración después de la Comunión
Oh Padre amoroso:
La eucaristía que hemos compartido
es para nosotros el signo y la prueba
de que podemos aprender a amarnos unos a otros
como Jesús nos amó: sin medida y hasta el fin.
Gracias por el amor que nos has mostrado.
Que nuestro amor dé testimonio
de todo el amor que hemos recibido de ti,
para que nuestros esfuerzos
por difundir tu justicia y alegría
lleve a los hermanos a reconocerte
como el único Dios verdadero,
y a acoger y aceptar gozosamente
a quien tú nos has enviado,
Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: En esta celebración eucarística nos hemos sentido unidos como una comunidad de fe, esperanza y amor. Ahora retornamos a nuestras respectivas tareas y trabajos. Permanezcamos unidos y tomemos muy a pecho el mandamiento del amor de Jesús, el Señor. Esforcémonos por amarnos unos a otros como él nos amó. Ésta es la verdadera clave para construir un mundo nuevo.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.
EVANGELIO
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 13,31-33a. 34-35
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.
Palabra de Dios.
NO PERDER LA IDENTIDAD
Como yo os he amado.
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con ternura especial: “Hijitos míos, me queda poco de estar con vosotros”. La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer. Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos si se quedan sin el Maestro?
Jesús les hace un regalo: “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Si se quieren mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.
Por eso, Jesús añade: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. Lo que permitirá descubrir que una comunidad que se dice cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.
Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la "cultura del intercambio". Las personas se intercambian objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad. Eric Fromm llegó a decir que "el amor es un fenómeno marginal en la sociedad contemporánea". La gente capaz de amar es una excepción.
Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e intercambios interesados que predomina con frecuencia entre nosotros.
Si la Iglesia "se está diluyendo" en medio de la sociedad contemporánea no es sólo por la crisis profunda de las instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es, también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta el distintivo cristiano.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una actitud de servicio y de lucha contra todo lo que deshumaniza y hace sufrir el ser humano.
AMISTAD DENTRO DE LA IGLESIA
Es la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: "Hijos míos, me queda ya poco de estar con vosotros".
Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros". Este es el testamento de Jesús.
Jesús habla de un "mandamiento nuevo". ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También filósofos diversos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: "amaos como yo os he amado". Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.
Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: "No os llamo siervos... a vosotros os he llamado amigos". En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.
Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: "no he venido a ser servido sino a servir". Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.
Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.
Un día, el mismo Jesús que señaló a Pedro como "Roca" para construir su Iglesia, llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí". En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.
COMUNIDAD DE AMISTAD
… que os améis unos a otros como yo os he amado.
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. ¿Quién llenará su vacío? Jesús les dice: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. Si saben quererse como Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos.
El evangelista Juan tiene su atención puesta en la comunidad cristiana. No está pensando en los de fuera. Cuando falte Jesús, en su comunidad se tendrán que querer como amigos porque así los ha querido Jesús: vosotros sois mis amigos; ya nos os llamo siervos, a vosotros os he llamado amigos. La comunidad de Jesús será una comunidad de amistad.
Esta imagen de la comunidad cristiana como “comunidad de amigos” quedó pronto olvidada. Durante muchos siglos, los cristianos se han visto a sí mismos como una “familia” donde algunos son padres (el Papa, los obispos, los sacerdotes, los abades...); otros son hijos fieles, y todos han de vivir como hermanos.
Entender así la comunidad cristiana estimula la fraternidad, pero tiene sus riesgos. En la familia cristiana se tiende a subrayar el lugar que le corresponde a cada uno. Se destaca lo que nos diferencia, no lo que nos une; se da mucha importancia a la autoridad, el orden, la unidad, la subordinación. Y se corre el riesgo de promover la dependencia, el infantilismo y la irresponsabilidad de muchos.
Una comunidad basada en la “amistad cristiana” enriquecería y trasformaría hoy a la Iglesia de Jesús. La amistad promueve lo que nos une, no lo que nos diferencia. Entre amigos se cultiva la igualdad, la reciprocidad y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es superior a otro. Se respetan las diferencias, pero se cuida la cercanía y la relación.
Entre amigos y amigas es más fácil sentirse responsable y colaborar. Y no es tan dificil estar abiertos a los extraños y diferentes, los que necesitan acogida y amistad. De una comunidad de amigos es difícil marcharse. De una comunidad fría, rutinaria e indiferente, la gente se va, y los que se quedan, apenas lo sienten.
UN ESTILO DE AMAR
Como yo os he amado.
Los cristianos iniciaron su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra más usada era “philia” que designaba el afecto hacia una persona cercana y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también de “eros” para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quién produce en nosotros goce y satisfacción.
Los primeros cristianos abandonaron prácticamente esta terminología y pusieron de moda otra palabra casi desconocida, “ágape”, a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesús. De ahí su interés en formular bien el “mandato nuevo el amor”: “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Lo recordarán así años más tarde en las primeras comunidades cristianas: “Pasó toda su vida haciendo el bien”.
Por eso, su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace sitio en su corazón y en su vida a quienes no tienen sitio en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Defiende a los débiles y pequeños, los que no tienen poder para defenderse a sí mismos, los que no son grandes o importantes para nadie. Se acerca a quienes están solos y desvalidos, los que no tienen a nadie.
Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad, ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos. Lo normal es vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Hasta parece correcto vivir rechazando y excluyendo a quienes nos rechazan o excluyen. Sin embargo, lo que le distingue al seguidor de Jesús no es cualquier “amor”, sino precisamente ese estilo de amar que consiste en saber acercarse a quienes nos pueden necesitar. No lo deberíamos olvidar.
FRENTE AL CINISMO
Que os améis unos a otros.
Por mucho que nos tapemos los ojos y nos cerremos los oídos, los datos están ahí con toda su brutalidad. Nueve millones de seres humanos mueren cada año de hambre y desnutrición. Para entenderlo mejor, cada día se produce una tragedia siete veces más horrorosa que la de las Torres Gemelas, pues mueren de hambre 25.000 personas. En Nueva York murieron 2.792.
No hace falta que nadie utilice bombas químicas. No son necesarias armas de destrucción masiva. Nosotros, los pueblos más civilizados del Planeta, nos bastamos para ir destruyendo masivamente seres humanos, desarrollando sin límite alguno nuestro bienestar a costa de exprimir o ignorar a los pueblos más indefensos.
Ésta es hoy nuestra mayor vergüenza. Tenemos recursos para eliminar el hambre, pero seguimos ciegos nuestra carrera egoísta hacia un bienestar siempre mayor, mientras unos 840 millones de niños vienen al mundo sólo a sufrir y morir de desnutrición en pocos años.
Los expertos nos han alertado hace tiempo. Estamos llevando demasiado lejos la desigualdad y el desequilibrio. Los excluidos de la vida no soportan ya tanta burla cruel. Y en Occidente empezamos a sentir cada vez más el acoso, la rebelión desesperada y hasta la reacción violenta de quienes no se resignan a vivir sin esperanza alguna.
Los teólogos están hablando de la necesidad de introducir en el Planeta una “ética de la compasión universal”. Las mentes más lúcidas llaman a funcionar con otro concepto de “desarrollo sostenible” para todos los pueblos. Pero los poderosos de la Tierra siguen ciegos y sordos. No saben impulsar políticas de acercamiento, cooperación y solidaridad. Sólo se les ocurren medidas de fuerza: endurecer las fronteras, frenar la inmigración, hacer “guerras preventivas”, controlar el petróleo, defender el propio bienestar.
Frente a esta actitud cínica y temeraria, las Iglesias cristianas han de reaccionar de manera enérgica. Hay que crear otra conciencia en los pueblos ricos de Occidente. Los cristianos hemos de recordar más que nunca las palabras de Jesús: “La señal por la que os conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
DIOS AMA AL MUNDO
Que os améis unos a otros como yo os he amado.
Hay en el Evangelio frases que deberíamos gravar con fuego en nuestro interior, pues podrían transformar de raíz nuestra visión de Dios. Una es ésta que leemos en el evangelio de Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único... Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).
Nunca ha sido fácil la relación de los cristianos con el mundo. A veces ha predominado la actitud pesimista (san Agustín, Tomás de Kempis) que ha predicado el “desprecio del mundo”, la condenación de lo mundano y la huida de lo terreno para encontrarse con Dios. Otras veces, un frívolo optimismo ha llevado a la Iglesia a vivir un neopaganismo mundano muy alejado del Evangelio. ¿Cuál es la actitud de Dios?
Dios ama al mundo. Es lo primero que hemos de recordar. Dios no condena, no excluye a nadie, no discrimina. No abandona a nadie en ninguna circunstancia. Ama a la humanidad, ama la historia que van construyendo los humanos, ama las culturas y las religiones, ama a los pueblos. A todos. Su amor no depende de nuestras clasificaciones y fronteras.
Dios quiere salvar al mundo. Dios ama al mundo no porque el mundo es bueno, sino para que llegue a serlo. En el mundo hay mucho de injusticia, mentira e indignidad. Dios ama para salvar, para que el mundo llegue a ser más humano, más digno, más habitable. Orientar la vida hacia la verdadera voluntad de Dios siempre lleva a hacerla más sana, más responsable, más plenamente humana.
Dos rasgos deberían caracterizar la actitud del cristiano ante el mundo. Antes que nada, el cristiano ama el mundo y ama la vida. Quiere a las gentes, disfruta con los avances de la humanidad, goza con todo lo bueno y admirable que hay en la creación, le gusta vivir intensamente. Lo ve todo desde el amor de Dios, y esto le lleva a vivir en una actitud de simpatía universal, de misericordia y de perdón.
Al mismo tiempo, sabe que el mundo necesita ser transformado y “salvado”. Por ello, su modo de estar en el mundo está marcado por el empeño de hacer la vida más humana y el mundo más habitable. No se desentiende de ningún problema grave, sufre con los pueblos que sufren, le duelen las guerras y la violencia criminal, lucha contra la xenofobia y los racismos, se preocupa de quienes no tienen un sitio digno en la sociedad, hace lo que puede para que la vida sea más llevadera y más humana para todos. Su corazón es el de un “hijo de Dios”.
Por eso, la única señal decisiva por la que se le conoce al discípulo de Cristo es siempre la misma: sabe amar como él nos ha amado. Esto es lo esencial. Sin esto no hay cristianismo.
LA VIA PROFANA
Que os améis unos a otros...
Una de las tareas más importantes hoy dentro del cristianismo es, sin duda, liberarlo de adherencias y visiones deformadas, que ocultan su originalidad revolucionaria e impiden captar dónde está Li verdadera fuerza de la fe cristiana. Por eso son tan importantes obras como la de J. Moingt, traducida recientemente con el título El hombre que venía de Dios (Desclée de Brouwer, 1995).
En este denso estudio, resultado de su larga enseñanza de la teología en Lyon y París, el teólogo francés hace esta afirmación central: “La gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los hombres otra vía de acceso a Dios distinta a la de lo sagrado, la vía profana de la relación con el prójimo, la relación vivida como servicio al prójimo. “
Este mensaje sustancial del cristianismo queda explícitamente confirmado en la revolucionaria parábola del juicio final. El relato evangélico es asombroso. Son declarados “ Benditos del Padre” los que han hecho el bien a los necesitados: hambrientos, extranjeros, desnudos, encarcelados, enfermos; no han actuado así por razones religiosas, sino por compasión y solidaridad con los que sufren. Los otros son declarados “malditos” no por su incredulidad o falta de religión, sino por su falta de corazón ante el sufrimiento del otro.
No solemos captar, por lo general, el cambio sustancial que esto introduce en la historia de la religión. Se puede formular así: la salvación no consiste ya en buscar a través de la religión un Dios Salvador, sino en preocuparse de quienes padecen necesidad. Lo que salva es el amor al que sufre. La religión no es requerida como algo indispensable, y no podrá nunca suplir la falta de este amor.
Seguimos pensando que el camino obligatorio que conduce a Dios y lleva a la salvación pasa necesariamente por el templo y la religión. No es así. El cristianismo afirma que el único camino indispensable y decisivo hacia la salvación es el que lleva a ayudar al necesitado. Esta es la gran revolución que introduce Cristo: Dios es amor gratuito y sólo se encuentra con él quien, de hecho, se abre a la necesidad del hermano.
En estos tiempos de crisis religiosa en que bastantes viven una fe vacilante y sin caminos claros hacia Dios, ésta es la Buena Noticia que nos llega de Cristo. Se puede dudar de muchas cosas, pero no de ésta: hay un camino que siempre conduce hasta Dios, y es el amor al necesitado. Las religiones no tienen ya el monopolio de la salvación. Sólo salva el amor. Este es el camino universal, la “vía profana” accesible a todos. Por él peregrinamos hacia el Dios verdadero, creyentes y no creyentes.
Desde ahí hemos de entender el mandato de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que os conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros. “
MÁS QUE UN DEBER
La señal por la que os conocerán...
La vida del ser humano tiene su origen y su término en el misterio de un Dios que es amor infinito e insondable. Por eso, lo reconozcamos o no, la fuerza vital que circula por cada uno de nosotros proviene del amor y busca su desarrollo y plenitud en el amor.
Esto significa que el amor es mucho más que un deber que hemos de cumplir o una tarea moral que nos hemos de proponer. El amor es la vida misma, orientada de manera sana. Sólo quien está en la vida desde una postura de amor está orientando su existencia en la dirección acertada.
Los cristianos hemos hablado mucho de las exigencias y sacrificios que comporta el amor, y, sin duda, es absolutamente necesario hacerlo si no queremos caer en falsos idealismos. Pero no siempre hemos recordado los efectos positivos del amor como fuerza básica que puede dinamizar y unificar nuestra vida de manera saludable.
En la medida en que acertamos a vivir amando la vida, amándonos a nosotros mismos y amando a las personas, nuestra vida crece, se despliega y se va liberando del egoísmo, de la indiferencia y de tantas esclavitudes y servidumbres que la pueden ahogar.
Además, el amor estimula lo mejor que hay en la persona. El amor despierta la mente dándole mayor claridad de pensamiento. Hace crecer la vida interior. Desarrolla la creatividad y hace vivir lo cotidiano, no de manera mecánica y rutinaria, sino desde una actitud positiva y enriquecedora.
Precisamente porque enraíza al hombre en su verdadero ser, el amor pone en la vida color, alegría, sentido interno. Cuando falta el amor, la persona puede conocer el éxito, el placer, la satisfacción del trabajo bien realizado, pero no el gozo y el sabor que sólo el amor pone en el ser humano.
No hemos de olvidar que el amor satisface la necesidad más esencial de la persona. Ya puede uno organizarse su vida como quiera, si termina sin amar ni ser amado, su vida es un fracaso. Vivir desde el egoísmo, el desamor, la indiferencia o la insolidaridad es vaciar la propia vida de su verdadero contenido.
Los creyentes sabemos que el amor es el mandato cristiano por excelencia y el verdadero distintivo de los seguidores de Cristo: “La señal por la que os conocerán que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros.” Pero no hemos de olvidar que este amor no es una carga pesada que se nos impone para hacer nuestra vida más difícil todavía, sino precisamente la experiencia que puede traer a nuestra existencia mayor gozo y liberación.
EL AMOR, UN FENOMENO MARGINAL
La señal por la que os conocerán...
Sin duda, uno de los principios que más determina las relaciones y la convivencia de las gentes dentro de la sociedad moderna es el intercambio. Es el factor que lo condiciona casi todo.
Las personas se intercambian artículos, objetos de todo género, servicios y favores. Pero se intercambian, además, los sentimientos, los cuerpos y hasta la amistad. Todo puede ser objeto de contrato.
En esta “cultura del intercambio” se ha ido imponiendo una moral muy particular. Cada uno trata de conseguir las máximas ventajas para uno mismo, dentro de ese “mercado general”. La honestidad consiste simplemente en lograrlo sin recurrir a la fuerza o al fraude.
En esta sociedad, los cristianos corremos el riesgo de pensar que estamos viviendo ya el amor cristiano con tal de no abusar de los demás o no engañarlos injustamente. Sin embargo, el amor fraterno del que habla Jesús es algo radicalmente diferente.
El amor cristiano significa preocuparme desinteresadamente por el otro, sentirme responsable de su felicidad, acercarme cuando me necesita, compartir gratuitamente con él lo que yo poseo. El intercambio honesto, por el contrario, exige respetar los derechos del otro, pero no significa amarlo ni sentirse responsable de su felicidad o preocupado por sus necesidades.
No es extraño que un hombre tan perspicaz en sus análisis de la sociedad moderna como E. Fromm haya llegado a decir: “La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”.
Para vivir el amor cristiano es necesario resistirse al espíritu que invade nuestra sociedad. No se puede vivir el amor fraterno sin distanciarse del estilo de relaciones que predominan hoy entre nosotros.
Pero el criterio para reconocer también hoy al discípulo de Jesús sigue siendo el amor: “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
Una de las preguntas más sencillas pero, al mismo tiempo, más clarificadoras para detectar si este amor cristiano crece hoy en nosotros es la siguiente: ¿Amo yo a alguien a quien no necesito para mis fines o mis intereses personales?
Este estilo de entender y vivir la vida es lo que caracteriza al verdadero cristiano por encima de otros criterios de identidad basados en doctrinas, observancias o cultos.
LA SEÑAL
Como yo os he amado.
Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano.
Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para “hacer el amor” ... Pero ¿qué es el amor? ¿cómo se vive y se alimenta el amor?
Cualquier observador sereno de nuestra sociedad sabe que tantas cosas a las que se llama hoy “amor” no son en realidad sino otras tantas formas de desintegrar el verdadero amor.
Hay quienes llaman amor al contacto fugaz y trivial de dos personas que se “disfrutan” mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.
Para otros, amor no es sino una hábil manera de someter a otro a sus intereses ocultos y sus satisfacciones egoístas.
No pocos creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para una sensación de soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.
Bastantes creen encontrar el amor en una relación satisfactoria donde la mutua tolerancia y el intercambio de satisfacciones los une frente a un mundo hostil y amenazador.
Pero en esta sociedad donde se corre con frecuencia tras ese ideal descrito por A. Huxley del hombre bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho y con posibilidad de divertirse intensamente, son ya bastante los que experimentan la verdad de la fina observación de A. Saint-Exupéry: “Los hombres compran cosas hechas a los mercaderes. Pero, como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos”.
En en esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
Los cristianos estamos llamados a distinguimos no por un saber particular, por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar.
Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.
Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.
Esta es la tarea gozosa del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.
El que se adentre por este camino descubrirá que sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida y que sólo desde el verdadero amor es posible experimentar la gran alegría de vivir.
VERDADERO TEST
Como yo os he amado.
Nunca subrayaremos suficientemente los creyentes que el amor fraterno es el verdadero “test” para verificar la autenticidad de una comunidad que quiere ser la de Jesús.
Lo que permite descubrir “la verdad” de una comunidad cristiana no es la formulación verbal de un determinado credo ni la práctica precisa de unos ritos cultuales ni la organización o disciplina eclesial. La señal por la que se deberá conocer también hoy a los verdaderos discípulos es el amor vivido prácticamente con el espíritu de Jesús.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Pero quizás no siempre hemos acertado o no nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido práctico a partir de las actitudes concretas de Jesús de Nazaret.
Es cierto que las exigencias concretas del amor no pueden determinarse de antemano con la precisión con que se pueden fijar y delimitar las obligaciones de una ley. Precisamente, según Jesús, son las necesidades del hermano las que nos ayudarán a descubrir cómo debemos actuar en cada situación.
Jesús concibe el amor al prójimo como un comportamiento activo y creador que toma en serio las necesidades del hermano y se atreve a hacer por él todo lo que sea necesario para ayudarle a vivir como verdadero hombre.
Esto quiere decir que para dar un contenido concreto a nuestro amor al hombre es necesario analizar la realidad, detectar las opresiones concretas que deshumanizan al hombre actual y estudiar las diversas estrategias que se pueden seguir para lograr niveles más altos de justicia, fraternidad y humanidad.
Pero, si queremos amar como él nos amó, es necesario también descubrir desde su actuación concreta el modo concreto de vivir el amor.
Es sospechoso referirse a Jesús para recordarle como alguien que confirma siempre lo que ya venimos haciendo desde posturas previamente tomadas.
El que quiere amar “como él nos amó”, debe valorar las diversas opciones posibles y asumir aquélla que, aun no siendo la más cómoda, la más útil o la más fácil, sea, sin embargo, la más acorde con Aquél que amó a los necesitados compartiendo su suerte, defendió a los débiles exponiéndose a la injusticia de los fuertes, amó a todos sin ser neutral ante las desigualdades, denunció toda injusticia sin ser injusto con nadie.
P. ANTONIO IZQUIERDO
NEXO ENTRE LAS LECTURAS
La Iglesia nace de la Pascua. En este domingo los textos litúrgicos pueden concentrarse en torno al tema de la Iglesia. Ante todo, en el Evangelio se nos ofrece la caridad como sustancia de la Iglesia: "En eso conocerán que sois mis discípulos". Esta Iglesia, amor y comunión, se realiza históricamente en las pequeñas comunidades de los orígenes cristianos, por ejemplo, en las comunidades fundadas por Pablo y Bernabé durante su primer viaje misionero (primera lectura). Esta Iglesia histórica es reflejo, a la vez que impulso, hacia la Iglesia eterna, morada definitiva y sin término de Dios entre los hombres (segunda lectura).
MENSAJE DOCTRINAL
1. La caridad, sustancia de la Iglesia. En esto conocerán que sois mis discípulos: "si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35). Al decir discípulos no se refiere a cada uno individualmente, sino en cuanto comunidad de los que siguen a Jesús y sus enseñanzas, es decir, en cuanto Iglesia. Jesús, en esta hora suprema en que nos deja Su Testamento antes de morir, no dice: "Conocerán que sois mis discípulos, si vivís pobres o si sois obedientes, si habéis aprendido bien todas mis enseñanzas o si sois capaces de predicar mi Evangelio". Son todas cosas necesarias, pero no coinciden con la sustancia, con la quintaesencia de la Iglesia. Ésta es solamente la caridad. Por eso, podría definirse a la Iglesia como "la comunidad de los que se aman, como Cristo los ha amado". Cristo nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida. Cristo nos ha amado hasta hacernos partícipes del mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. Cristo nos ha amado hasta hacerse esclavo y lavar los pies a los suyos, para que conociésemos bien que el amor, la autoridad entre sus discípulos, es fundamentalmente servicio. Si por encima de la caridad, o peor todavía, al margen de ella, se ponen otros valores en la vida diaria de la Iglesia, habrá que concluir que no estamos tocando el corazón de la Iglesia.
2. Una Iglesia en la historia. Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a fundar las primeras comunidades cristianas en Jerusalén, la Iglesia-Madre, en Samaria, en las ciudades de la costa mediterránea de Palestina, en Damasco, Antioquía...y con Pablo y Bernabé en la zona meridional de la provincia romana de Asia (actual Turquía). La Iglesia-Caridad comienza a encarnarse en pequeñas comunidades de hombres y mujeres, judíos y gentiles, de razas y costumbres diversas, pero unidos por la fe y el amor a Jesucristo. Esta encarnación histórica de la Iglesia-Caridad comporta ciertos requisitos, algunos de los cuales encontramos en la segunda lectura: la necesidad de la tribulación por el hecho mismo de vivir entre otros que no son cristianos; la necesidad de ser confortados y animados en la vivencia de la fe y de la vida cristiana; la designación de presbíteros para la buena marcha de la comunidad; la oración y el ayuno, como dos apoyos importantes de la caridad. Implica además la alegría de compartir con otras comunidades, en este caso, con la comunidad de Antioquía, las maravillas obradas por Dios a lo largo del viaje misionero de Pablo y Bernabé por el Sur de la provincia de Asia. Estos aspectos, entre otros, hablan de una Iglesia viva, presente y encarnada en las circunstancias históricas.
3. La Iglesia en su eterno destino. De esta Iglesia espléndida y luminosa, en plenitud de perfección divina y humana, nos habla la segunda lectura, tomada del Apocalipsis. El autor imagina a la Iglesia como una ciudad, la nueva Jerusalén, la morada de Dios con los hombres (21,3). Una Iglesia, por ello, visitada y habitada por la felicidad más plena, una Iglesia siempre joven y llena de vida. Una Iglesia franca, sin fronteras, con los brazos abiertos acogiendo a todos. Esta Iglesia, tan hermosa y magnífica en su destino, tiene un reflejo, aunque pálido, en la Iglesia histórica, en las iglesias fundadas por los primeros apóstoles, en las iglesias en que hoy se encarna el amor y la fe de los cristianos.
SUGERENCIAS PASTORALES
1. El verdadero rostro de la Iglesia. ¿Qué es lo que hace brillar ante los hombres el verdadero rostro de la Iglesia, un rostro bello y atractivo? Indudablemente la caridad. La Iglesia docente es necesaria, insustituible, e inseparable de la Ecclesia amans, pero a los ojos de los hombres, incluso de los mismos cristianos, no es el rostro más atractivo. La Iglesia que celebra los sacramentos es importantísima, y un modo aptísimo de expresar el amor de la Iglesia a sus hijos en diversas situaciones y circunstancias de la vida, pero tampoco es el rostro que más seduce a los cristianos, menos todavía a los que no lo son (Se sabe la desafección que ha habido y continúa habiendo hacia los sacramentos). Tampoco el rostro más genuino de la Iglesia nos lo ofrecen sus instituciones, a veces tan criticadas -con frecuencia de modo injusto y desleal- por nuestros contemporáneos. El verdadero rostro de la Iglesia nos lo da la Iglesia-Caridad, comunión, la Iglesia que realmente ama y se dedica a comunicar amor mediante todos y cada uno de sus hijos. Todos conocemos el canto que dice: "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", frase que podría parafrasearse de otra manera: "Donde hay caridad y amor, ahí está la Iglesia". Esa caridad que en Dios tiene su manantial y en Dios termina su recorrido de amor por las vidas de los hombres. Dios, alfa y omega de la caridad, entre estos dos extremos del vocabulario griego, se hallan todas las demás consonantes y vocales con las cuales expresar de todo corazón nuestro amor al prójimo. No desliguemos jamás la caridad de la fe, del dogma, de la liturgia, de las instituciones, pero que el rostro más bello, genuino y verdadero, que cada uno de nosotros ofrezca a la Iglesia, sea el rostro de la caridad verdadera y del amor sincero. Recordemos lo que san Pablo dice en el himno a la caridad: "Si no tengo caridad, nada soy".
2. Mi parroquia es también la Iglesia. El fenómeno de la globalización puede ayudarnos a captar mejor la universalidad de la Iglesia y, por consiguiente, de la caridad cristiana. El campanilismo, es decir, ese encerrarse en la propia parroquia, en la propia diócesis, cortando a la mirada cualquier horizonte abierto hacia otras parroquias, otras diócesis, y toda la Iglesia en los diversos continentes, ha de ser rechazado por un corazón auténticamente cristiano. Ciertamente que he de amar y ejercitar la caridad sobre los miembros de mi familia, de mi barrio, de mi parroquia, etc. Pero, ¿no está siendo verdad que el mundo entero está comenzando a ser nuestra parroquia, y, por tanto, el lugar para la expresión de nuestra caridad? Un ejemplo concreto de la globalización del amor lo dieron muchas familias cristianas, y muchas parroquias, de toda Italia, pero especialmente de Roma, durante la Jornada mundial de la juventud, acogiendo a tantos jóvenes venidos de todas partes del mundo. ¿Qué puedo hacer para expresar, desde mi parroquia y en mi parroquia, el amor a toda la Iglesia?
EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO
La gracia de Espíritu Santo, desde los primeros tiempos, hizo fecunda y vital a la Iglesia o asamblea cristiana: conversiones y conversiones, abrazando el cristianismo que daba un sentido nuevo a sus vidas y los liberaba: a los unos de aquella sociedad judía, que se había quedado cerrada, fosilizada y anquilosada en sus leyes y tradiciones, como si el Pueblo fuera más que su mismo DIOS y a los otros los liberaba de aquella sociedad pagana, corrompida y asqueada de tanta perdición y suciedad.
Los dos polos, alrededor de los cuales giró la Sociedad: EL FANATISMO RELIGIOSO O POLÍTICO (que es como una religión, con sus dogmas y mandamientos) y LA CORRUPCIÓN DEL LIBERTINAJE, REVESTIDO DE LIBERTAD Y PROGRESO.
Esta gracia del Espíritu Santo sigue en nuestro tiempo trabajando, pero sin publicidad, en lo profundo, en el interior del ser humano. La Iglesia no deja de pedirle y de decirle: “Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre / si tu le faltas por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías tu aliento”.
Son millones de hermanos nuestros, que son santos, que son buenos y sin publicidad, sin darnos casi cuenta de los beneficios que recibimos de su bondad. Y nos están rodeando. Quizá, hasta somos nosotros mismos, uno de ellos. ¿No?
Nosotros, cristianos, tenemos que evitar, como lo hace la gente del mundo, recordar y ver solo lo malo, cuando lo bueno supera a lo malo. No nos dejemos vencer por la perversidad o el pesimismo, en nuestro mirar, observar y ver.
También, en estos comienzos de la comunidad cristiana de los primeros siglos, esta gracia del Espíritu Santo hacía surgir en el seno de la Iglesia, nuevos ministerios o servicios en su actividad evangelizadora; y así el grupo inicial de los doce apóstoles y discípulos directos de Jesús, se vio incrementado por la asociación de los presbíteros (personas maduras, mayores, ancianos) y diáconos (servidores), que eran de cultura griega. Los llamados siete diáconos o servidores.
Y también se vio incrementada por misioneros, como Bernabé y Pablo, que como hemos escuchado en la primera lectura, extendían la Buena Noticia del Evangelio por todo el Imperio y dejaban al frente de las pequeñas comunidades que se iban formando, a ancianos (que en griego se dice presbíteros) personas mayores, competentes por la madurez que les daba la vida vivida, y llenos del Espíritu Santo y los encomendaban el gobierno de la Comunidad Cristiana, ordenándoles a tal misión, mediante la oración y la imposición de manos. Este era el gesto, el signo de la orden o mandato, que recibían de su misión a realizar. Es el sacramento del sacerdocio.
Hoy, nos encontramos invadidos y avasallados en la vida civil y religiosa, en la vida de la sociedad, por la cultura de lo externo y material. Se juega de esa manera con la gente joven, y la quemamos, porque sin la debida madurez de vida, se les confían misiones propias de la sabiduría de la vida, de la que ellos carecen, porque aún no la han cursado y esa asignatura de la sabiduría, no se puede hacer por libre. La vida hay que vivirla. Tienen más conocimientos, en su conjunto, afortunadamente, que las generaciones de ancianos. Tienen más energía, más fuerza y presencia más atractiva.
Es lo que pide esta sociedad, arrasada y dominada por la modernidad: la apariencia, la imagen es lo que cuenta. Los castign. Pero si se hacen incluso, filas o conjunto de libros, con solo tapas o cubiertas para colocarlas en las librerías de las casas y aparentar así la cultura de sus habitantes y resulta que están vacías esas tapas o cubiertas. Así se está vaciando a la gente. Solo se es apariencia.
La Iglesia, pues, desde su nacimiento recibe este mandato y autoridad sagradas de los apóstoles, mediante el sacramento de la orden, que les daban, les ordenaban y confiaban una misión, un territorio. Porque los apóstoles, a su vez habían recibido de Jesús esa orden y esa misión de Evangelizar a todo el mundo: “Id a todo el mundo a predicar el Evangelio, perdonando los pecados y bautizándoles”. Esa autoridad sagrada se dice en griego “jerarquía”.
Tenemos, pues, ese privilegio y gracia, esa seguridad los cristianos, de tener unos pastores, cuya autoridad para predicar, conducir y gobernar su comunidad, les viene de Dios y no de partidos políticos o grupos de presión, ni les viene esa autoridad de la comunidad de científicos, que a tientas buscan la verdad.
Ni tampoco les viene su autoridad, del voto de mayorías de la misma comunidad de cristianos. Se rige esta comunidad, no por leyes de democracia, cuyo fundamento es el ser humano, limitado en sus conocimientos, falible, en una palabra, y dejando a veces, mucho que desear ese pueblo o asamblea en sus comportamientos. La comunidad se rige y se gobierna por la misma autoridad de Dios, que no nos abandona, y que esa autoridad divina la ha confiado a los apóstoles. De Dios, divino, sagrado, se dice: Ierós. Y autoridad se dice en griego: Arjia. Es decir la Iglesia se rige y gobierna por la autoridad divina. Iera- arjía, o jerarquía.
La jerarquía en la Iglesia no es, pues, una invención de los obispos o sacerdotes, sino que es un regalo de Dios a los seres humanos, para darles seguridad y garantía en su caminar hacia lo trascendente, hacia Dios.
Nosotros cristianos y cuantos en su espíritu son cristianos, la verdad de lo fundamental, la verdad de lo que es la vida del ser humano, la tenemos enseñada por la jerarquía, con la garantía de la autoridad del mismo Dios, tal como él lo reveló y lo dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El enviado puede ser indigno, pero su mensaje es de Dios. Como el frasco o envase de un gran perfume, puede ser deleznable y sucio, pero lo que lleva en su interior es de tal calidad, que embriaga todo el universo con su buen olor.
Todos los miembros de este nuevo Pueblo de Dios tienen un carácter sagrado, porque por el bautismo real o del deseo, manifestado en sus vidas honestas, les hace ser miembros de Cristo, sacerdotes y profetas y reyes. No tienen leyes, porque se rigen por el amor activo y desinteresado, imitando y obedeciendo a Jesús, en quien hemos creído, que es camino y verdad y vida.
Este pueblo de la Nueva Alianza, que somos hoy todos nosotros, cristianos en ........... ,y en todo el mundo, camina hacia su patria definitiva, donde está nuestras verdaderas raíces: “un nuevo cielo, una nueva tierra”, de los que simbólicamente nos han hablado hoy en la segunda lectura:
“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe” … “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado”.
En los relatos fantásticos antiguos y en las mitologías se nos habla y se creía que el mar era la guarida donde vivía el monstruo marino, maléfico, Satanás, que era y es el origen de todos los males para el hombre, que busca como los puede tragar. Esos miedos tenían muchos marinos, que acompañaban a Colón hacia las Américas, sin saber con seguridad si existía tierra firme y temían ser engullidos con barcos y todo por esa bestia infernal, feroz y maléfica.
Esa bestia ha sido vencida y muerta, nos lo enseñaron con lenguaje simbólico, hace dos domingos, cuando Jesús esperaba en la orilla del lago a los apóstoles con su pesca prodigiosa de 157 peces grandes. “Al saltar a tierra, vieron unas brasas con un pescado grande puesto encima y pan” . El monstruo marino, Satanás ha sido puesto sobre las brasas. Nosotros hemos quedado libres de todo miedo y temor, porque Jesús es más fuerte que Satanás. Esta enseñanza nos libera de todos esos miedos supersticiosos, de ver el diablo por todas partes, siendo el causante de todas nuestras desgracias. No puede hacernos nada, está desarmado, está sobre las brasas y ya no tiene ni guarida, porque “el mar ya no existe”.
Los cristianos tenemos esa seguridad y confianza por estas enseñanzas infalibles que recibimos de Dios a través de la Iglesia. Los no cristianos se debaten en miedos y espantos, rindiendo culto satánico con ritos que llegan a producir hasta sacrificios humanos a los malos espíritus. Nosotros, la paz. Ellos, el miedo y la guerra. Nosotros en la luz. Ellos en las tinieblas.
Nosotros, además con la promesa de que Dios nos quiere tanto, que se ha enamorado de nosotros, y que como la nueva Jerusalén desciende del cielo, arreglada como una novia que se adorna para su esposo”. Tú, Comunidad cristiana en ................... ¿te estás adornado como una esposa para que Dios te encuentre hermosa y no tenga una decepción el día de tu encuentro, el día de tu muerte?
Para ataviarse y arreglarse como una novia, hay que estar unidos a Cristo en la oración y en la Eucaristía, como el sarmiento a la vid, para tener su savia, que es la sabia del amor sin medida. Los que no son cristianos se deben amar unos a otros como se aman a ellos mismos. Esa es su medida. “Amar al prójimo, como a sí mismo”.
Los que estamos unidos a Cristo, los que somos de la familia de Dios, hijos de Dios por adopción, desde nuestro bautismo recibido y vivido, se nos ha dado una capacidad desbordante de amor, la gracia de 157: amar como Dios ama, sin medida. La medida del amor de Dios es el amor sin medida.
“Un mandamiento nuevo os doy, nos dijo Jesús en la última cena: que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Y Jesús nos ha amado hasta dar la vida por nosotros. Esa es la medida. “Porque no hay mayor signo de amor, que el de dar la vida por los amigos”. Y “vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Y “esta es la señal por la cual conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” de esta manera prodigiosa.
En esta eucaristía que vamos a celebrar nos podemos encontrar con todo y lo podremos decir todo. Vamos, pues, a intentarlo.
OCARM
Meditatio
a) Preámbulo al discurso de Jesús:
Nuestro pasaje concluye el cap. 13 en el que se entrelazan dos temas, que luego son retomados y desarrollados en el cap. 14: donde el Señor va, y por lo tanto el lugar; y el tema del mandamiento del amor. Algunas consideraciones sobre cómo se articula el contexto en el que están insertas las palabras de Jesús sobre el mandamiento nuevo pueden ayudarnos a llegar a algunas reflexiones preciosas sobre los contenidos.
En primer lugar, en el v.31 se dice “cuando salió”, ¿de qué se trata? Para entenderlo hay que ir al v. 30 donde se dice que “tomado un bocado, salió enseguida. Y era de noche”.
Por consiguiente, el personaje que sale es Judas. La expresión “era de noche”, es característica de todos los “discursos de despedida” que acontecen justamente de noche.
Las palabras de Jesús en Juan 13,31-35 van precedidas de esta inmersión en la oscuridad de la noche. ¿Qué significado simbólico tienen? En Juan la noche representa el momento cumbre de la intimidad esponsal (por ejemplo la noche esponsal), pero al mismo tempo de la suprema angustia. Otro significado de la oscuridad de la noche: representa el peligro por antonomasia, es el momento en el que el enemigo urde los hilos de la venganza hacia nosotros, expresa el momento de la desesperación, de la confusión, del desorden moral e intelectual. La oscuridad de la noche es como un callejón sin salida.
Durante la tormenta nocturna, en Juan 6, la oscuridad de la noche expresa la experiencia de la desesperación y de la soledad, mientras que están en mano de las fuerzas oscuras que agitan las aguas del mar. Y la anotación temporal "mientras era aún de noche" en Juan 20,1 indica las tinieblas producidas por la ausencia de Jesús. En el Evangelio de Juan, Cristo luz no está en el sepulcro, por ello reina la oscuridad (20,1).
Con razón, pues, los “discursos de despedida” hay que considerarlos dentro de este marco temporal. Casi a indicar que el color de fondo de estos discursos es la separación, la muerte o el irse de Jesús que dará lugar a una sensación de vacío o de amarga soledad.
En el hoy de la iglesia y de la humanidad podría significar que cuando Jesús lo ausentamos de nuestra vida despunta en nosotros la experiencia de la angustia y del sufrimiento.
Volviendo a las palabras de Jesús en 3,31-34, eco de su ida y de su muerte inmediata, el evangelista Juan evoca de nuevo su pasado vivido con Jesús, entretejido de recuerdos que le han abierto los ojos a la riqueza misteriosa del Maestro. Esta memoria del pasado forma parte también del camino de fe.
Es característico de los “discursos de despedida” el que todo lo que se transmite, en particular en el momento tan trágico y solemne de la muerte, se convierta en patrimonio inalienable, testamento que hay que custodiar con fidelidad. Y también los discursos de Jesús sintetizan todo lo que ha enseñado y realizado, con el intento de solicitar a los discípulos para que sigan la misma dirección que él mismo ha indicado.
b) Para ahondar en el tema:
Nuestra atención se detiene, ante todo, sobre la primera palabra utilizada por Jesús en este discurso de despedida que leemos en este domingo de Pascua: “Ahora”. “Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado”. ¿De qué “hora” se trata? Es el momento de la cruz que coincide con la glorificación. Este último término en el Evangelio de Juan coincide con la manifestación, o revelación. Por consiguiente, la cruz de Jesús es la “hora” de la máxima epifanía o manifestación de la verdad. Hay que excluir todo significado sobre el ser glorificado que pueda hacer pensar a algo relativo al “honor”, al “triunfalismo”, etc.
Por un lado, Judas entra de noche, Jesús se prepara a la gloria: “Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto” (v.31-32). La traición de Judas madura en Jesús la convicción de que su muerte es “gloria”. La hora de la muerte en cruz está en el plan de Dios; es la “hora” en la que sobre el mundo, mediante la gloria del “Hijo del hombre”, resplandecerá la gloria del Padre. En Jesús, que ofrece la vida al Padre en la “hora” de la cruz, Dios se glorifica revelando su ser divino y acogiendo en su comunión a todos los hombres.
La gloria de Jesús (del Hijo) consiste en su “amor hasta el extremo” por todos los hombres, tanto que se ofrecen hasta a los que le traicionan. Un amor, el amor del Hijo, que se hace cargo de todas las situaciones destructoras y dramáticas que gravitan alrededor de la vida y de la historia de los hombres. La traición de Judas es el símbolo, no tanto de un individuo, como de toda la humanidad malvada e infiel a la voluntad de Dios.
Sin embargo, la traición de Judas sigue siendo un evento cargado de misterio. Un exegeta escribe: “Con su traicionar a Jesús, “la culpa se inserta en la revelación; y hasta se pone al servicio de la revelación” (Simoens, Secondo Giovanni, 561). En un cierto sentido la traición de Judas ofrece la posibilidad de conocer mejor la identidad de Jesús: su traición ha permitido comprender hasta qué punto ha llegado la predilección de Jesús por los suyos. Don Mazzolari escribe: “Los apóstoles se han convertido en amigos del Señor, buenos o no, generosos o no; fieles o no quedan siempre amigos. No podemos traicionar la amistad de Cristo: Cristo no nos traiciona nunca, no traiciona nunca a sus amigos, aunque no lo merezcamos, aun cuando nos rebelamos en contra de Él, aun cuando lo negamos. Ante sus ojos y su corazón nosotros somos siempre los “amigos” del Señor. Judas es un amigo del Señor, aunque en el momento en que, besándolo, consume la traición del Maestro” (Discursos 147).
c) El mandamiento nuevo:
Detengamos nuestra atención sobre el memorial del mandamiento nuevo.
En el v.33 notamos un cambio en el discurso de despedida de Jesús, no se usa más la tercera persona, sino que hay un “tú” a quien el Maestro dirige su palabra. Este “tú” se expresa al plural y con un término griego que expresa profunda ternura: “hijitos” (teknía). Más concretamente: Jesús utilizando este término quiere comunicar a sus discípulos, con el tono de su voz y con la apertura de su corazón, la inmensa ternura que les tiene. Es interesante, además, otra indicación que encontramos en el v.34: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. El término griego Kathòs “como”, no indica de por sí una comparación: como yo os he amado, amaos. El sentido podría ser consecutivo o causal: “Ya que yo os he amado, así amaos también vosotros”.
Hay exegetas que como el P. Lagrange ven en este mandamiento de Jesús un sentido escatológico: durante su relativa ausencia, Jesús, en espera de su definitivo retorno, quiere ser amado y servido en la persona de sus hermanos. El mandamiento nuevo es el único mandamiento. Si falta, todo falta. Escribe Magrassi: “Fuera las etiquetas y las clasificaciones: todo hermano es sacramento de Cristo. Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado del hermano de la mañana a la noche sin aceptarlo y sin amarlo? La gran operación en este caso es el éxtasis en el sentido etimológico de la palabra: salir de mí para hacerme prójimo de cualquiera que me necesite, empezando por los más cercanos y por las cosas humildes de cada día” (Vivere la chiesa, 113).
d) Para la reflexión:
- ¿Amamos a nuestros hermanos como amamos a Cristo?
- ¿Sé reconocer al Señor presente en la persona del hermano, de la hermana?
- ¿Sé captar las pequeñas ocasiones cotidianas para hacer bien a los demás?
- Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado de los hermanos de la mañana a la noche sin aceptarlos y sin amarlos?
- La caridad ¿da sentido a todo en mi vida?
¿Qué puedo hacer para mostrar mi agradecimiento al Señor que vino por mí a hacerse siervo y ha consagrado por mi bien toda su vida? Jesús contesta: Sírveme en mis hermanos. Es éste el modo más auténtico para indicar el realismo de tu amor para conmigo.
ALESSANDRO PRONZATO
NOVEDAD:
En el discurso de despedida, en un contexto de complot, traición, pesadumbre, tinieblas, Jesús deja a sus amigos un mandamiento: el del amor. Es necesario eliminar enseguida de la palabra "mandamiento" todo lo que puede hacer referencia, en nuestros oídos, a un algo de legalístico o de coacción. No se trata de aplicar una norma del código, sino de entrar libremente en comunión, a través de El, con el padre y con los hermanos.
Este mandamiento tiene tres características:
- es nuevo
- se vive imitando el amor de Jesús
- constituye un signo distintivo del cristiano.
El amor, pues, asume un carácter de novedad. Es más, es la verdadera novedad. El odio, la venganza, la violencia, la indiferencia, el egoísmo: son todas cosas viejas, pasadas de moda, y nos hacen envejecer y hacen envejecer al mundo. Son noticias requete sabidas, acciones "repetitivas", que no hacen progresar al mundo.
Sólo el amor es nuevo, inédito, capaz de crear, inventar situaciones nuevas, transformar radicalmente una realidad. El amor constituye el elemento sospecha, lo "nunca visto" que determina el verdadero progreso.
Por otra parte, nuestro amor debe modelarse sobre el amor de Cristo. "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado". El mandamiento de Cristo es nuevo, no en oposición al antiguo testamento (donde se enseña el amor al prójimo e incluso al extranjero), sino porque pone a la persona de Jesús, su amor "loco" hacia los hombres, como paradigma del amor que debe ser la impronta de las relaciones entre nosotros.
GRATUIDAD: Pero el amor de Cristo es un amor que se traduce en el don de sí, en el no pertenecerse, en el ser-para-los-demás. El, más que darnos cosas, se nos ha dado a sí mismo. Su amor es un amor gratuito, sin motivo. Es inútil buscar una causa al amor de Dios en las cualidades del hombre. Con Cristo se revela un amor que no se deja determinar por el valor de su objeto, sino solamente por la propia naturaleza divina. El amor de Dios no se deja condicionar y ni siquiera imponer límites por malos comportamientos del hombre. "Él hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos" (Mt 5,45). Cristo no nos ama porque seamos virtuosos, buenos, personas decentes, merecedoras, sino que amándonos nos hace buenos.
CREADOR: Su amor, en suma, es un amor creativo. Dios no ama lo que, en sí, es digno de amor. Sino que, amando, confiere valor al objeto de su amor.
Con otras palabras: lo que en sí está privado de valor, adquiere valor convirtiéndose en objeto del amor divino. Dios no me ama porque valga algo, tenga cualidades, méritos. Sino que me hago precioso porque él me ama. El amor no constata valores. ¡Los crea! No los verifica, no hace inventario de ellos. ¡Los produce! Da valor amando. El amor es un principio creativo de valores.
Con frecuencia, por otra parte, nuestro amor, más que ser creativo, resulta reactivo (quiero decir, nos dejamos condicionar por los comportamientos ajenos: si aquél es simpático, digno de estima, me trata bien, es educado, generoso conmigo, también yo lo quiero). Es respuesta más que propuesta.
El verdadero amor cristiano, por el contrario, es un amor creativo, que toma la iniciativa, lanza un desafío, independientemente de las posturas ajenas en relación con nosotros.
IDENTIDAD: Finalmente, la caridad es la verdadera divisa del cristiano. Lo que le hace reconocer en cuanto tal. El cristiano posee un signo característico fundamental. No es un observante, uno que va a la iglesia, uno que hace limosnas, uno que recita el credo. Es esencialmente uno que ama. La caridad se convierte en palabra clave, definitiva, del lenguaje cristiano, que de otra manera se hace indescifrable. Sin la presencia de la caridad, sin su preciosa autentificación, las otras palabras del vocabulario no tienen valor alguno, no tienen significado. Son términos sin curso legal. "Podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor no soy más que un metal que resuena" (/1Co/13/01).
La caridad es el mensaje fundamental que el cristiano debe transmitir durante su jornada. Faltando este mensaje, aunque uno haya hablado el día entero, no ha dicho nada. Y, de todos modos, los otros no han entendido nada. "Nosotros...hemos creído en el amor" (/1Jn/04/16). La verdad del cristiano es amar. El cristiano es, esencialmente, alguien que cree en el amor. Y creer en el amor significa creer también en la fuerza del amor. Significa dirigir todo, exclusivamente, hacia la fuerza del amor.
Significa estar convencidos de que:
- amando se tiene razón
- amando se triunfa
- se enseña amando
- se saca a flote a una persona amándola. "Tú no eres nadie, mientras nadie te ama", como dice una canción popular americana.
Un pobrecito cae en la cuenta de que existe, sólo, cuando se siente amado. Sería oportuno recordar que un signo de reconocimiento debe ser visible, legible. El amor no es un sentimiento vago, una buena intención. Abramos el evangelio y aprendamos cómo ha amado Cristo, de una manera tan divina y tan humana.
"Siento que amo tanto a aquella persona". ¡Estás en pecado de hipocresía! Es la persona interesada la que debe sentir, concretamente, que es amada por ti.
HERMANO: Un grupo joven ha adoptado este slogan que me parece muy significativo: "Cada hombre es tu hermano. Pero tu hermano no lo sabe...". Tienes que informarle. Debes decírselo tú. Se lo tienes que hacer entender con los hechos. En esta perspectiva, un amor manifestado con los hechos permite reconocer al cristiano a través del descubrimiento, la experiencia que uno hace de "ser amado".
Cuando un hombre cualquiera se encuentra importante, importante de amor y de atención, sabe que ha encontrado un cristiano en el propio camino.
EL AMOR,
MANDATO Y SEÑAL
El Verbo de Dios es quien nos revela que Dios es amor (1Jn 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles (Gaudium Spes 38)
Después de una vida como la suya, tan llena de gestos, de compromisos, de opciones valientes, de renuncias... Una vida en la que fue dejando amigos por doquier, con momentos de intensa alegría; con espacios de silencio para contemplar, descubrir, sorprenderse, profundizar en los acontecimientos y reposar las cosas delante del Padre; con buenos recuerdos compartidos o saboreados a solas... cabría esperar de Jesús un “testamento” largo, profundo, denso...
Pues cuando Judas -símbolo del desamor, de la traición, de la incapacidad para crear comunidad, para acoger el amor gratuito- sale... Jesús sabe que su Hora está cerca y es cuando nos deja su último mensaje, su Testamento.
Habla principalmente de dos cosas: De “mandamiento” y de “señal”.
En este momento no sugiere, ni propone, ni invita: MANDA.
- Manda porque parece la única forma de que se nos quede grabado en nuestra conciencia.
- Manda porque sabe lo débiles que somos, y las simples “invitaciones”... no solemos tenerlas muy en cuenta.
- Manda porque sabe que nos atrapan los mil y un “mandamientos indiscutibles” de la sociedad y de la cultura en que nos movemos: Gasta, disfruta, no te fíes, esconde, disimula, sube, vence, destruye, acapara, aparta, descarta, y tantos otros, etc (todos “imperativos”, mandatos).
Manda algo que, a primera vista, “no se puede mandar”, porque nuestros sentimientos son lo más caprichoso, inconstante, cambiable, y rebelde que puede sentir el ser humano. No los elegimos, y no depende de nosotros tenernos o no tenerlos. Es imposible, a base de voluntad y de esfuerzo sentir cariño por personas que nos resultan indiferentes, que no nos “caen”, con las que tenemos poco en común o que directamente no tragamos... Esto no se puede mandar, porque no está en nuestra mano obedecer.
¿Cómo podemos mostrar amor por los “Judas” de nuestra vida, que nos han hecho tanto mal? ¿Cómo podemos amar a esas “personas tóxicas”, cuya presencia nos daña, nos desgasta, nos hace perder la paciencia y los nervios, nos fastidian...?
¿Cómo puede mandarnos que arranquemos de lo más profundo de nuestro corazón la rabia, el rechazo, el odio, la venganza o la simple indiferencia? Ya quisiéramos, pues lo cierto es que estamos convencidos que se es más feliz sin almacenar tanta basura en el corazón... pero pocas veces somos capaces de reciclarla o eliminarla por nosotros mismos.
Y resulta que aquello que sólo haríamos por una persona muy especial para nosotros... nos MANDA hacerlo con todos y cada uno de los que encontramos en el camino. Nos manda amarnos unos a otros. No se trata de ser educados y correctos o amables (que no sería poco). “Como Yo os he amado”. Es decir: nos MANDA amar hasta dar la vida. ¿No es demasiado? Nos manda/reta a la transformación más radical y profunda. Se trata de un “MANDAMIENTO” muy especial por lo difícil, porque es imposible.
Pero hay que tener muy en cuenta que Jesús les dice todo esto “al final”, cuando se está despidiendo de sus discípulos. Jesús durante toda su vida les ha estado enseñando, acompañando, ayudando, corrigiendo, haciendo crecer... sin ponerles condiciones. Ellos han sido los primeros en experimentar personalmente los “efectos” de un amor así. Y por lo tanto, parece lógico CORRESPONDER a ese amor, tratar de amarLE del mismo modo. Pero Jesús hace un desplazamiento impresionante, sorprendente: Que el amor que sentiríamos por él, el agradecimiento y la acogida de todo lo que él es y hace por nosotros... lo volquemos sobre los hermanos, sobre la Comunidad de Discípulos. "Si me amas".... "amaos".
Todos florecemos cuando nos sentimos amados porque “el amor echa y nos invita a echar raíces en la vida de los demás. Nos pertenecemos los unos a los otros y la felicidad personal pasa por hacer felices a los demás. Todo lo demás es cuento. Cuando las personas no amen más, será verdaderamente el fin del mundo, porque sin amor y sin Dios ningún hombre puede vivir en la tierra (Papa Francisco en Rumanía, 2019)
Y sólo sería “mandamiento” en la medida en que hayamos experimentado la 2ª parte de la frase “como yo”. Cuando alguien se siente amado, se sabe amado... se hace capaz de amar, desborda sobre otros su amor. Y en el caso de Jesús muchísimo más. Esta es la clave de su “mandamiento”: TRANSMITIR LO QUE HAYAMOS RECIBIDO Y EXPERIMENTADO DE ÉL. Si nos hemos sentido acompañados, sanados, perdonados, regalados, etc por él... seremos capaces de hacerlo con los otros. Será su Amor en nosotros el que sea capaz de amar así.
Luego asocia el “mandamiento” con una “SEÑAL”!. Una señal que hemos de ser nosotros. La señal de que somos de los suyos y que hemos aceptado como Padre a su mismo Padre y hemos experimentado su amor... está en el trato hacia los hermanos, en que nos pongamos a amar. También lo podemos decir al revés: Si no amamos, no podrán reconocer quién es nuestro Padre ni nuestro Maestro.
Para que otros sepan que somos discípulos, amigos de Jesús, no podemos presentar ningún carnet, ni vale el certificado de bautismo, ni recitar de memoria el catecismo entero (que ya es difícil) ... ni que demos la lata a familiares y conocidos diciendo que lo somos... En el empeño y en el estilo de amar es donde podrán detectar quiénes somos realmente.
Como somos débiles, a veces seremos señal y otras dejaremos de serlo, y puede que incluso seamos un anti-signo. Puede que alguna vez seamos una potente antorcha, y otras una humilde cerilla en medio de la noche. Nos amaremos unos a otros como buenamente podamos, poniendo en ello alma, corazón y vida. A veces puede ser suficiente con una sonrisa, y otras con el cansancio a flor de piel, a veces con esfuerzo y a veces con desesperanza. Pero nunca amaremos todo lo que podemos, ni tal como él nos amó. Nos reconocerán como discípulos suyos en que nunca nos cansemos de intentarlo.
Y cuando ya no podamos, cuando nos resulte imposible, acudiremos a Él, para pedirle que nos haga experimentar con más fuerza ese mor suyo. Ese Amor que llamamos ESPÍRITU SANTO y que él nunca niega a quienes se lo piden. Esta ha de ser nuestra oración principal e incansable. Sólo el Espíritu nos hará ser lo que realmente somos: hijos, hermanos y discípulos.
DAREMOS GLORIA A DIOS AMANDO A TODOS SUS HIJOS
Fray Marcos
Jn 13, 31-35
El pasaje de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús.
Como ya he repetido muchas veces, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada de todo lo que el discurso dice.
El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata sólo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: "sólo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz"; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó.
Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios, será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida, es el amor efectivo a todos los seres humanos.
El tema es eminentemente pascual; baste recordar aquellas palabras de Juan:
"Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3,14)
La pregunta que me tengo que hacer hoy es ésta: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita.
La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: la señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Nuestras comunidades están mucho más cerca del desamor que del verdadero amor.
Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia en unas verdades y en la celebración de unos ritos, más que en lo esencial que es el amor.
¿Por qué hemos fracasado estrepitosamente en lo que es la esencia del evangelio? El fundamental error que seguimos cometiendo es presentar el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar.
Amar es un acto de la voluntad, cuyo único objeto es el bien conocido. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser movida desde dentro.
Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó, confiando en que él haya descubierto esa razón de bien.
Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, no me tiene que llevar a mí a cumplirla, sino a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este último paso, será para mí una programación que trataré de quitarme de encima en cuanto encuentre la menor excusa. ¡Hemos justificado tantas veces el odio y la opresión!
Vamos al texto que acabamos de leer. Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos. Judas acaba de salir del cenáculo y la muerte de Jesús está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor en el don de Jesús. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria del hombre Jesús.
Para entender bien este versículo tenemos que explicar el concepto de gloria, glorificación en Juan. En el griego profano "doxa" significaba simplemente opinión, fama.
El kabod hebreo que traducen por doxa tenía un significado muy distinto. Por una parte la trascendencia y la santidad (majestad) de Dios que el hombre debe reconocer. Por otro, la manifestación de ese ser de Dios en acciones portentosas a favor de su pueblo.
En el NT se mantiene este significado, Juan mantiene el sentido de "gloria" de Dios preexistente que también atribuye al Hijo. Pero además Jesús en todas sus obras, no solamente en las portentosas, manifiesta la "doxa" de Dios.
Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta sólo en los actos espectaculares de poder, sino en los que expresan sin ambigüedades el amor total de Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado.
No se trata pues, de fama y honor por haber hecho bien las cosas. Tampoco se trata de conceder majestad, esplendor o poder.
La gloria de la que habla Juan no es fruto de una consideración externa, ("gloria humana no la acepto", Jn 5,41) sino que está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor.
Ni Dios ni Jesús pueden recibir otra clase de gloria. La única gloria que podemos dar a Dios es amar como Él ama. La gloria-amor de Jesús es poner su vida a disposición de los demás. La gloria-amor de Dios consiste en que un hombre ame como Él ama. La gloria de Jesús y la de Dios coinciden.
Les llama "Hijitos" (teknia) diminutivo de (tekna). En castellana el cariño se expresa mejor con el posesivo "hijitos míos". Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento: un amor incondicional y a todos sin excepción.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. El "igual que yo" no es sólo comparativo, sino originante. Quiere decir que deben amarse porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado.
El amor de Dios es difícil de descubrir, pero el de Jesús se percibe en sus obras. Se trata de la seña de identidad. Es pues, la característica más importante de todo cristiano.
Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda así establecida la diferencia entre las dos alianzas. La antigua estaba basada en una relación jurídica de toma y daca, entre Dios y el pueblo. El cumplimiento de las normas era lo importante. En la nueva alianza lo único que importa es la actitud de servicio a los demás.
En realidad, no se trata de una ley, sino de una respuesta personal, como la que dio Jesús, a lo que Dios era para él, como decía en el prólogo: "Un amor que responde a su amor" (1,16). El amor que pide Jesús debe surgir de dentro, no imponerse desde fuera como una obligación.
Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada (ni siquiera gloria). Dios es puro don, amor total. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos.
El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta nuestro egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación al hombre.
Jesús se presenta como "el hijo de Hombre" (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama.
Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.
En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros. El amor que pide Jesús no es una teoría, ni una doctrina. Tiene que manifestarse en la vida, en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado en todas y cada una de nuestras acciones.
La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.
"Que os améis unos a otros", se ha entendido a veces como un amor a los nuestros, a los que son cristianos como nosotros. Hay que tener mucho cuidado, porque incluso algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. Y es sobre todo Juan el que más peligro tiene de llevarnos a esta conclusión. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos; si no, no hay cristianismo.
El mismo Jesús nos dice: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Los paganos hacen lo mismo". No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero patatero.
No se trata de una amor humano más o menos perfecto. Se trata de entrar en la dinámica del amor de Dios. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.
Meditación-contemplación
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo."
El amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia (manifestación) de esta vivencia personal.
.........................
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser;
y si lo acepto, será intelectualmente y como una programación.
.........................
El amor que me pide Jesús, no es algo que pueda tener su origen en mí.
Yo sólo puedo ser espejo que refleje lo que Dios es.
No se me exige simpatía o amistad hacia todos.
No se trata de un amor humano, sino del "ágape" divino.
............................
EL AMOR GRATUITO, SEÑAL DECISIVA DEL DISCÍPULO DE JESÚS
Enrique Martínez Lozano
Jn 13, 31-35
Con el capítulo 13, empieza la segunda parte del evangelio de Juan: es el llamado "libro de la Hora". La "hora" de Jesús no es otra que la de su muerte-resurrección, que el cuarto evangelio entiende como la hora de su "glorificación".
Para este evangelio, de acuerdo con sus propias claves, la cruz no es tanto el instrumento de tortura, sino el trono donde, vencido el mal, queda entronizado el amor de Dios manifestado en Jesús: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo" (Juan 3,14). El camino de la cruz es, por tanto y paradójicamente, un camino de glorificación.
Este texto pertenece al llamado "testamento espiritual" o "discurso de despedida" de Jesús, que abarca nada menos que cinco capítulos –del 13 al 17 inclusive-, y que conoció sucesivas redacciones, como puede apreciarse en esta última que ha llegado hasta nosotros.
El término "glorificación" ya había aparecido en el capítulo anterior. Tras una confidencia en la que Jesús muestra su abatimiento, en un texto que es el equivalente joánico a la "oración de Getsemaní" de los sinópticos, se abre al Padre, buscando únicamente su gloria. El texto dice así:
"Me encuentro profundamente abatido; pero, ¿qué es lo que puedo decir?... Padre, glorifica tu nombre. Entonces se oyó esta voz venida del cielo: «Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo»" (12,27-28).
Pareciera como si el autor hubiera unido, en un único texto, la angustia de la "oración del huerto" y la gloria de la transfiguración en el Tabor, en un relato que encierra además una profunda sabiduría psicológica. Al experimentar su fracaso, Jesús se siente oprimido por la angustia. Y únicamente cuando entra por el camino de la aceptación, abandonándose a la voluntad del Padre, reencuentra la paz.
Mientras giramos en torno al yo, no encontramos salida a la angustia. Sólo cuando aceptamos el malestar, sin reducirnos a él, se empieza a hacer la luz. En su "volverse" al Padre, Jesús reencuentra también su verdadera identidad y, con ella, la liberación de los miedos.
Quien está identificado con su yo, vivirá a merced de sus vaivenes; en la medida en que podemos tomar distancia de él, observando los oscilantes contenidos de nuestra mente, no sólo nos haremos dueños de nuestro "diálogo interno", sino que empezaremos a tomar conciencia de nuestra identidad más profunda, aquello que realmente somos, y que no puede verse dañado por nada de lo que nos ocurra.
La glorificación, de la que aquí se habla, no es otra cosa que la manifestación o desvelamiento del misterio divino, en cuanto misterio de amor que se entrega hasta el extremo (evangelio de Juan 13,1). La "gloria" de Dios no es sino su amor. Para el autor del cuarto evangelio, eso se pone de manifiesto en la cruz, que él entiende teológicamente como manifestación suprema de amor.
Si ésa es la gloria de Dios, es totalmente coherente que el "mandato" de Jesús se mueva en la misma dirección: el amor.
La forma como se expresa es rotunda. Frente a los innumerables mandamientos rabínicos, frente incluso al Decálogo de Moisés, las palabras de Jesús suenan tajantes: "Os doy un mandamiento". No hay otro.
La admirable sencillez y la insistencia en la práctica, que caracterizan el mensaje de Jesús, se ponen de manifiesto también en esta síntesis de lo que debe el ser el comportamiento que pide a sus discípulos.
El término "hijos míos", que lo introduce, aparte de expresar un afecto intenso, puede que remita a la costumbre judía del padre que, a punto de morir, transmitía el testamento espiritual a sus hijos. Aquí también, ante la muerte inminente, Jesús comunica lo que considera más valioso, lo que había constituido el eje mismo de su existencia.
Porque, como había ocurrido a lo largo de toda su vida, Jesús va por delante. Antes de decirlo, antes de pedirlo, él lo ha vivido: "como yo os he amado". Pero esa expresión no es comparativa, sino "causal": porque yo os he amado. Tal como pone de relieve X. Léon-Dufour, uno de los mayores especialistas en el estudio de este evangelio, la traducción más ajustada es la siguiente: "Con el mismo amor con que yo os he amado, amaos también los unos a los otros".
Todo arranca, según la teología del cuarto evangelio, del amor del Padre, que se ha manifestado en Jesús y que ahora circulará a través de los discípulos. Se trata del mismo y único Amor, que constituye el secreto último de lo Real. Lo que se pide a los discípulos es que permitan que ese Amor primero y originante se exprese y se viva a través de ellos.
Por eso, no es un mandato heterónomo, venido de fuera, como una imposición arbitraria. Se trata, por el contrario, de una invitación a vivir lo que somos, conectados con el Misterio amoroso de Lo que es, a partir de la Unidad experimentada.
Ello será posible, no tanto a través de un voluntarismo moral, cuanto gracias a la comprensión de lo que somos. En la medida en que vamos conociendo y viviendo lo que somos –recordemos que, cuando se trata del verdadero conocimiento, conocer y ser coinciden-, el amor se abre camino. Identificados con nuestra mente, no podremos estar sino encapsulados en el ego y en sus propios movimientos egocéntricos. La comprensión de nuestra identidad profunda e ilimitada hará posible un modo de vivir caracterizado por la desegocentración.
En el texto se habla de "mandamiento" (en griego, entolé), como queriendo poner de relieve la importancia de lo que ahí se ventila. No se trata de un "consejo" ni de una "recomendación", sino de una "obligación imperiosa".
Y se dice que es "nuevo", probablemente, en un eco de lo que los propios discípulos percibieron como "novedad" en el modo de vivir del Maestro, en la gratuidad e incondicionalidad de su amor.
Ese aspecto queda subrayado en el mismo término usado. De las tres palabras con las que podía nombrarse el amor en griego, no se elige "eros", ni "filia" (amistad), sino "agápe" (amor gratuito).
Y es esa calidad de amor la señal decisiva por la que los discípulos de Jesús habrán de ser reconocidos. Los seguidores de los fariseos se conocían por las filacterias que usaban; los de Juan, por bautizar; los de Jesús, únicamente por el amor.
Como supo expresar admirablemente Pablo, es el amor, y no los milagros ni las obras más abnegadas, la única señal de los cristianos:
"Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar de Dios y conociera todo los misterios y toda la ciencia; y aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve" (Primera Carta a los Corintios 13,1-3).
Porque ser discípulo, según el cuarto evangelio, no es el que únicamente "escucha", sino el que ha optado y vive como el Maestro: eso es seguirlo. Es, por tanto, un servidor (13,15-17), que correrá la misma suerte que el maestro (12,26) y que, permaneciendo en la Unidad reconocida (15,1-4), dará mucho fruto (15,8).
De ese modo, el mandato del amor –no podía ser de otro modo- remite a la Fuente que lo posibilita, al Amor originante que entreteje la Unidad que Es y Somos. En la medida en que comprendamos –y nos dejemos sentir- esa Unidad, trascenderemos las rígidas fronteras del ego, accederemos a un nivel transpersonal de conciencia y el Amor podrá fluir.
SÓLO DONDE HAY AMOR FRATERNO HAY IGLESIA, SÓLO ALLÍ
José Enrique Galarreta
Jn 13, 31-35
El capítulo 13 del evangelio de Juan se centra en el Cenáculo. Empieza con el lavatorio de los pies. Inmediatamente después, Jesús anuncia la traición de Judas, y Judas se marcha. En ese momento empieza el gran Sermón de Despedida, una especie de Testamento de Jesús, del que nuestro evangelio de hoy recoge los primeros versículos.
Se enuncian tres temas básicos:
· la glorificación de Jesús,
· el anuncio de su partida,
· y el mandamiento del amor.
Sería inútil buscar una línea temática común a los tres textos. En estos domingos de Pascua, la primera lectura nos hace conocer la primera Iglesia, tal como aparece en los Hechos de los Apóstoles, y las otras dos siguen preferentemente a Juan, en las Cartas, el Apocalipsis y el Evangelio, desarrollando entre todas el mensaje del Resucitado.
Nos centramos en el Evangelio, tan fundamental. En él se expresa bien la "promesa-anuncio" referente a la glorificación del Hijo del Hombre. El tema de la gloria del Padre, de la gloria-glorificación del Hijo, es muy complejo y tendremos que resumirlo al máximo.
La gloria en su primera acepción significa "autoridad". Reconocer la gloria del Señor, dar gloria a Dios, significa reconocer su autoridad. En una segunda acepción se refiere a la manifestación de Dios, envuelta en luz, en nube, en tormenta... Es el sentido de "la gloria de Dios les rodeó", en los pastores de Belén, y lo que se sugiere en los relatos de la Transfiguración.
La gloria de Jesús es por tanto ante todo la glorificación que recibe del Padre, la exaltación, la resurrección. Pero, en Juan, la glorificación de Jesús se hace en la cruz: es su hora, la hora de su gloria, cuando se muestra quién es. La gloria de Jesús es por tanto la manifestación del amor. En el amor entregado hasta el final reconocemos la presencia de Dios. Reconocer la gloria de Jesús es creer en el crucificado, ver en el crucificado la entrega total y, en ella, el corazón de Dios.
No es casual que vaya conectado el tema de la gloria con el mandamiento del amor. La gloria, la manifestación de Jesús y de Dios es que los de Jesús se amen como Él amó. En el amor de las personas se manifiesta el amor de Dios.
Resumiendo al máximo la apologética específicamente cristiana deberíamos decir: ¿Existe Dios? à Mirad cómo se aman. Y es que no hay fenómeno tan irreductible a la ciega física de la materia que el amor, que contradice (aunque en el fondo diríamos que lleva a plenitud) el egoísmo esencial de todo ser vivo que tiende antes que nada a su propia supervivencia.
Dios es amor y el ser humano también, y en todo amor se muestra que es criatura más que terrena. Es magnífico entender lo de Jesús, lo cristiano, como una evidencia y una potenciación de lo más profundamente humano de lo humano, su "ser semejantes a Dios".
No puedo menos de recordar a mi viejo y querido catecismo infantil, cuando preguntaba: "¿Cuál es la señal del Cristiano?". Y respondía: "La señal del Cristiano es la Santa cruz". Y no puedo menos de sentir temor ante esta afirmación, porque se ha sustituido una señal por otra, y de manera -creo- significativa. La señal del Islam es la media luna, la señal del cristianismo es la cruz... Peligroso.
Una señal externa para identificarnos. Es claro que el catecismo no quería decir sólo eso, pero la tentación existe, y conviene que la analicemos en profundidad, porque esto nos comunica con un tema sumamente importante.
Ya desde el principio del conocimiento de Dios, Israel entendió que Dios no era representable. "No harás imágenes de Dios". El Arca de la Alianza se cubría con una tapa dorada, el propiciatorio, flanqueada de querubines en adoración, sobre la cual no había nada. La Nube de Incienso, al elevarse ante el Arca, figuraba la presencia misteriosa del Señor que "ponía los pies" sobre el Propiciatorio. Representar a Dios es intentar poseerlo, hacerlo a nuestra imagen y semejanza.
Nosotros los cristianos representamos a Dios, y así nos va: pintamos la Santísima Trinidad... y provocamos en nuestra imaginación la figura de tres dioses. Los primeros cristianos ni siquiera representaban a Jesús, preferían las imágenes simbólicas. Luego, cedimos a la necesidad de representar, para tener una imagen sagrada a la que adorar. La Palabra nos llamaba a más. De Dios solamente conocemos La Palabra. Lo que pase de ahí tiene el peligro de domesticar a Dios, de someterlo a nuestra imaginación, de crearlo a nuestra imagen y semejanza.
En esta misma línea, el distintivo de los cristianos no es la Santa Cruz, prodigada en las casas, las escuelas, las calles, ni el Sagrado Corazón entronizado o triunfante en lo alto de los montes. Todas esas cosas pueden tener validez cuando expresan lo que sentimos, sólo entonces. Y me parece que deberíamos tener más pudor al proclamar así la fe, cuando hay tantas obras que no se corresponden con tal proclamación.
La señal del cristiano es el amor fraterno. Y el amor es discreto, humilde, conocedor de su insuficiencia, no es jactancioso, no se derrama en palabras, no alardea, no va proclamándose por las plazas, prefiere el silencio, pasar desapercibido, prefiere las obras a las palabras. Jesús es sabio: Jesús no quiere templos para manifestar esplendorosas adoraciones, ni sacerdotes para oficiar ritos iniciáticos, ni oraciones exteriores ostentosas, ni limosnas cara a la galería.
Jesús quiere la conversión del corazón a Dios, y esta conversión empieza por el conocimiento de Dios. Dios no es la encarnación de los poderes ocultos de la naturaleza, ni la explicación del Universo, ni el Amo-Juez justiciero. Dios es un enamorado, Dios es mamá, Dios es el Libertador, Dios es el Médico. Dios es el Creador-engendrador que sigue engendrando hijos y cuidando de ellos.
La primera conversión es convertirse a ese Dios, abandonando todos los demás, que son ídolos, creados por nosotros para poder adorar lo que imaginamos y nos conviene. Convertirse al Dios Verdadero, al Amor Creador Libertador, sentirse querido, dejarse querer, instalarse en el mundo del amor y sentir la necesidad de dar lo que tan pródigamente hemos recibido.
Convertirse es entrar en la Familia, más allá de toda ley, exigido desde dentro por la imperiosa necesidad de dar, aceptar al otro con todos sus pecados como mi Madre me acepta con todos mis pecados. La señal del cristiano es ser así.
"En esto conocerán que sois mis discípulos" es una advertencia sobre la eficacia de nuestro apostolado. No vamos a convertir a nadie convenciéndole sino admirándole. No vamos a extender el reino con las armas, ni con la propaganda ni con marketing alguno; lo vamos a extender por contagio, porque el Amor es contagioso, indiscutible.
No vivimos en una sociedad cristiana, por supuesto, pero nunca se ha vivido en ella. Todas las nostalgias de tiempos religiosamente mejores son nostalgias de masivos cumplimientos dominicales, de procesiones espléndidas, de control de las costumbres.
Pero nunca ha existido una sociedad de la que pueda decirse que vivía queriéndose. No hemos vivido así: hemos fomentado la guerra, incluso en nombre de Dios; hemos esclavizado a medio mundo, bautizando además a los esclavos; hemos creado la más violenta diferencia y oposición de clases por nuestro afán desmedido de crear riqueza; fomentamos el consumo para crear más riqueza para disfrutar más, aunque cueste la miseria de todo el resto del mundo. Nadie puede decir de nuestra sociedad "mirad cómo se quieren".
Y la Iglesia disminuye, porque los antiguos modos de pertenecer a la iglesia eran muy exteriores, muy de costumbres, y la gente ya no se somete tan fácilmente. El evangelio de hoy nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el futuro de la Iglesia. Si no es presencia del amor de Dios, es que no existe, aunque parezca que hay una organización grande y poderosa que encarna la presencia de un dios sobre la tierra. Donde hay amor fraterno hay Iglesia, sólo allí.
Nuestra pertenencia a la Iglesia pasa por la misma condición. Ya puedo estar apuntado en el libro de los bautismos, ya puedo haber recibido todos los sacramentos, ya puedo cumplir todos los preceptos y todos los mandamientos externos. Podré hasta ser una buena persona honrada y de fiar. Esto todavía no es la Iglesia de Jesús. La Iglesia de Jesús es un conjunto de personas que han descubierto el Amor de Dios y viven de él, estén o no apuntados en un libro, profesen o no profesen todo lo que hay que profesar, sepan o no sepan que el Espíritu de Jesús vive en ellos.
Dentro de tres domingos celebraremos Pentecostés, la presencia del Espíritu en la iglesia. Y seguiremos imaginándonos el Espíritu como fuente de sabiduría, de infalibilidad, de fortaleza ... todo lo cual está muy bien... además.
El Espíritu de Jesús es el que nos hace gritar a pleno pulmón "Abbá, Padre", el que nos hace conscientes de ser hijos, el que nos hace sentirnos hermanos, el que nos convierte a vivir en el amor fraternal, el que nos convierte en constructores del Reino. En eso se nota el Espíritu.
Y se nota el Espíritu. Todo el que tenga los ojos abiertos puede ver por todo el mundo miles de personas que viven así, sirven así, luchan por liberar, entregan su vida a otros. Está vivo y presente el Espíritu del Amor de Jesús, la señal de los cristianos.
MIEDO A SER DIFERENTES
Juan Jauregui
“¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. (Jn 10,22-30)
Me gustan las personas “suspenso” que siempre crean dudas y preguntas.
Me gustan los cristianos “suspenso” que siendo como todos, sin embargo, se distancian porque despiertan interrogantes.
A Jesús todo el mundo lo veía como un hombre más, un galileo más.
Pero su vida desconcertaba a todos.
Su modo de hablar desconcertaba a todos.
Sus criterios desconcertaban a todos.
Su libertad de espíritu desconcertaba a todos.
Ante él solo quedaba hacerse preguntas:
¿Quién es?
¿Será él el Mesías?
¿No lo será?
¿Entonces cómo explicar su vida?
En una ocasión un amigo mío nos acompañó durante todo el día por el río. Al final del día exclamó: “Todo el día navegando. Siempre igual y siempre diferente”. Esto sucede cuando contemplamos un paisaje donde todo es igual, y uno termina diciendo ¡qué monótono paisaje! ¡Qué monotonía de viaje! Lo que en cada momento vemos es distinto, pero sigue siendo el mismo.
No me gusta nada ese paisaje eclesial de cristianos que, personalmente son distintos, pero todos son iguales. Un cristianismo monótono y aburrido. Por eso, me fastidia esa conocida frase: “hay que ser como todos”, “no se debe llamar la atención”.
Preferimos la vulgaridad de ser como todo el mundo a la originalidad de ser diferente.
Preferimos la monotonía de ser como todos y pasar desapercibidos en el montón, a llamar la atención por ser distinto a todos siendo como todos.
Jesús era “uno de tantos” como hombre.
Y sin embargo su presencia despertaba preguntas, interrogantes, dudas y hasta discusiones. Porque siendo “uno de tantos”, actuaba, pensaba y vivía un estilo único que lo diferenciaba de todos.
¡Qué aburrida la monotonía de los paisajes!
¡Qué aburrida la monotonía de los cristianos!
¡Tenemos miedo a ser diferentes!
Por eso mismo Jesús ante la pregunta insistente, responde con claridad:
El no se presentaba ni con grandes títulos, ni grandes capisayos.
Lo único que le acreditaba a Jesús “eran sus obras”.
“Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio mí”.
Me gusta el comentario de J. M. Castillo, cuando a propósito de esto escribe: “Lo determinante en los hombres de la religión no es lo que dicen, sino lo que hacen”. Que la coherencia y la transparencia de la propia vida es lo que convence a la gente.
Porque las cosas de Dios no se demuestran con argumentos y razones, sino con ejemplos de vida al servicio de la dignidad y la felicidad de las personas.
Y de paso todo esto pone en evidencia lo engañados que andan los hombres de Iglesia cuando se creen que montando instituciones prestigiosas y levantando edificios nobles, con eso van a educar cristianos. A los humanos se les educa en la fe con “ejemplo de vida”, no con “instituciones impresionantes”.
No evangelizamos preparando grandes discursos.
Evangelizamos, cuando la gente puede leer y encontrarse con el Evangelio en el testimonio de nuestras vidas.
Evangelizamos, no cuando hablamos mucho, sino cuando la gente se hace muchas preguntas sobre nuestras vidas.
No son nuestros títulos los que nos acreditan como cristianos, sino la luminosidad de nuestra vida.
¡GLORIA BENDITA!
María Dolores López Guzmán
Jn 13, 31-35
Palabras extrañas las de Jesús en el evangelio de hoy. Y no tanto por la utilización de un lenguaje alejado de las parábolas tan accesibles para todos los públicos, sino por establecer una relación directa entre la Pasión y la Gloria. ¿Cómo es posible que hable de glorificación, es decir, del momento cumbre en el que Dios “se va a coronar” y va a mostrar su majestad, identificándolo con el inicio de un calvario que culmina en la Cruz?
“Ahora” –dice el Maestro, como si no quisiera dejar espacio a la duda– “es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él”. Un instante, ese “ahora”, que coincide con la salida de Judas del cenáculo. Una acción que encierra por parte del discípulo una traición doble: la entrega de su Maestro “por un puñado de dólares”, y la ruptura de la comunión. Había sido llamado y elegido para estar con el Señor en un lugar privilegiado, junto a los más íntimos; pero decide irse. “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios” dice la primera lectura de hoy de los Hechos. Marcharse es una gran tentación cuando el miedo aprieta. El paso por la humillación, donde se encamina el Señor, no es agradable. Por eso Judas los abandona; aunque no sabe calcular que quien terminaría abandonándose a la muerte sería él. El brillo aparente del dinero que le había “atrapado” más que el evangelio, se apagó enseguida dando paso a la oscuridad y la angustia. Todo lo contrario al brillo de la gloria que iba a mostrar Jesús envuelto, sin embargo, en una intensa oscuridad. No es fácil ver… La única posibilidad está en creer de verdad. Confiar absoluta y totalmente en Él y en sus palabras.
Justo antes había sucedido el Lavatorio, donde el Señor había hecho un gesto asombroso: colocarse en el lugar de los siervos para servirnos. Si alguno había pensado que tal vez era cierto que se trataba del esperado Mesías, con este gesto echaba por tierra las expectativas y la lógica: ¿un Dios en el suelo? Imposible. Por eso el discurso de despedida que leemos hoy, y que les dirige inmediatamente después, no deja de insistir en lo mismo, aunque va más allá: no solo la entrega es expresión de un amor auténtico, sino que además, hace brillar la Gloria.
Dios “luce” en el amor extremo del Hijo que le llevó a dar la vida entera. El Padre dejó ver mejor su esplendoroso corazón en esa Cruz porque no se reservó para sí a su Hijo, no lo retuvo en su regazo con el mejor de los abrazos ni con habilidosas argumentaciones. Le animó a ir con nosotros. Y el Hijo se dejó abrir “en canal” su cuerpo para enseñarnos su corazón en carne viva, latiendo por nosotros al ritmo de Dios; y fue coronado –ahora sí– en el Reino de las cosas que merecen la pena, por su hazaña inigualable. Gloria bendita la que comunica un amor así que el Espíritu certifica.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Sal 97, 1-2
Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas;
reveló su victoria a los ojos de las naciones. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios omnipotente y eterno,
realiza plenamente en nosotros el misterio pascual,
para que, renacidos por el santo bautismo,
con tu ayuda demos fruto abundante
y alcancemos la alegría de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que por este santo sacrificio
nos concedes participar de tu vida divina;
te pedimos que así como hemos conocido tu verdad,
vivamos de acuerdo con ella.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio pascual.
Antífona de comunión Cf. Jn 15, 5
Dice el señor: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos,
el que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto. Aleluia.
Oración después de la comunión
Padre, ayuda con bondad a tu pueblo,
que has alimentado con los sacramentos celestiales;
concédele apartarse del pecado
y comenzar una vida nueva.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Puede impartirse la bendición solemne.
LECCIONARIO DOMINICAL
Contaron a la Iglesia todo lo que Dios había hecho con ellos
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27
Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.
A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 144, 8-13a
R. Bendeciré tu Nombre eternamente,
Dios mío, el único Rey.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.
Así manifestarán a los hombres tu fuerza
y el glorioso esplendor de tu reino:
tu reino es un reino eterno,
y tu dominio permanece para siempre. R.
Dios secará todas sus lágrimas
Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a
Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.
Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.
Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó.»
Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 13, 34
Aleluia.
Dice el Señor: Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros, como yo los he amado.
Aleluia.
EVANGELIO
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense unos a otros
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 31-33a. 34-35
Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.»
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario