6 Domingo Pascua (C)
Liturgia Diaria Domingo 6º de Pascua - Ciclo C
Saludo (Ver el Evangelio) Mientras el Espíritu nos recuerda las enseñanzas de Jesús, que el amor del Padre y del Hijo y la paz de nuestro Señor resucitado estén siempre con ustedes.
Introducción al Celebrante
Los Regalos de Despedida de Jesús
De cuando en cuando oímos que una anciana o anciano, conscientes de que su muerte no está lejos, da consejos a sus hijos e hijas: "Cuando yo falte, haz esto o aquello para tu propio bien y felicidad. --- Las palabras de despedida de Jesús se dirigen también a nosotros; son como una especie de testamento, de última voluntad. Jesús nos está diciendo que si encontramos aquella escurridiza paz verdadera que solamente él puede dar, tenemos que amarle a él y al Padre, y también amarnos unos a otros. Tenemos que seguir escuchando al Espíritu Santo que nos recuerda las obras y las enseñanzas de Jesús Acto Penitencial .
Nuestros pecados perturban nuestra paz. Busquemos la paz como don del perdón del Señor. (Pausa)
Señor Jesús, tú nos pides guardar tu palabra y tú nos aseguras que vivirás en nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú nos prometes el Espíritu Santo que nos recordará tus palabras y tus obras. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú nos das tu paz, esa clase de paz que el mundo no nos puede dar. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y danos la paz de tu perdón. Que ningún miedo perturbe nuestros corazones, y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que el Espíritu de Cristo nos guíe siempre. (Pausa)
Oh Padre amoroso: Consérvanos fieles a la palabra de tu Hijo. Danos el Espíritu Santo para que nos recuerde todo lo que Jesús nos dijo y todo lo que hizo por nosotros. Que este Santo Espíritu nos proteja de todo miedo y cobardía y nos dé el valor para edificar la Iglesia en paz y con un amor paciente.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Primera Lectura (Hch 15,1-2. 22-29): El Espíritu Libertador Abre la Iglesia a Todos. La Iglesia no pertenece a ningún grupo partidista. Bajo la guía del Espíritu Santo, los apóstoles deciden colegialmente que la Iglesia tiene que estar abierta a todos. Segunda Lectura (Ap 21,10-14.22-23): La Iglesia, Templo de la Presencia de Dios El apóstol Juan describe la Iglesia como una ciudad donde mora Dios. Está fundamentada sobre los apóstoles y abierta a todos. Evangelio (Jn 14,23-29): El Espíritu Santo Les Instruirá. Cuando mejor expresamos nuestro amor a Jesús, es cuando vivimos conforme a su evangelio. Él permanece en nosotros por medio de su Santo Espíritu, que nos da una comprensión de lo que el evangelio exige de nosotros – y también nos da la fuerza para vivir conforme a él.
Oración de los Fieles Inspirados por el Espíritu del Señor, pidamos al mismo Señor Jesús que nos una, a nosotros y al mundo, en su paz y amor. Y digámosle:
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Para que en las discusiones y controversias en la Iglesia de nuestros días, los cristianos que nos comunicamos y comulgamos juntos no nos excomulguemos unos a otros, roguemos al Señor.
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Para que tengamos el valor de ser fieles al Concilio Vaticano II y nos convirtamos a su espíritu, roguemos al Señor.
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Para que los que están inquietos y los que tienen miedo encuentren la paz en el evangelio del Señor y se den cuenta de lo íntimo y cercano que está a ellos el Señor, roguemos al Señor.
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Para que los discípulos del Señor hoy no apaguen al Espíritu, sino que aprendan a reconocerle actuación en el mundo y en la Iglesia, roguemos al Señor.
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Para que nuestra fe nos proporcione paz, y para que el amor de Dios sea la fuente de nuestra alegría; que toda nuestra vida pertenezca a él y que él plante su tienda entre nosotros, roguemos al Señor.
R/ Señor, pon tu morada entre nosotros.
Quédate con nosotros, Señor; envíanos tu Espíritu y muéstranos al Padre; sé nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh padre amoroso: Al reunirnos en torno a estos dones de pan y vino, el Espíritu Santo nos recuerda las palabras de Jesús: “Hagan esto en mi memoria”. Muéstranos tu amor y ven a nosotros con tu Hijo para poner tu morada en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades. No permitamos que sintamos miedo o inquietud. Danos tu amor y tu paz, y que sepamos compartirlos con un mundo doliente y dividido. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Podemos dar gracias al Padre, ya que Jesús nuestro Señor ha resucitado. Él vive entre nosotros aquí y en su Iglesia por medio del Espíritu Santo, para presentar nuestra acción de gracias al Padre.
Invitación al Padre Nuestro
Por medio del Espíritu de comprensión y de amor
oremos a nuestro Padre del cielo
con la oración de Jesús, nuestro Señor.
R/ Padre nuestro…
Oración por la Paz
Señor Jesucristo:
Antes de dejar este mundo
tú dijiste a tus apóstoles:
“ La paz les dejo; les doy mi paz,
y no como la da el mundo.
No se inquieten ustedes ni se acobarden”.
No tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe y el amor de tu Iglesia santa
y danos, por medio de tu Espíritu Santo,
aquella paz y aquella unidad
que sólo tú puedes dar en tu reino
y que dura por los siglos de los siglos.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor, Cordero de Dios,
que sigue viviendo en medio de su pueblo.
Él invita a los que le aman
a guardar su palabra y a comer su pan de vida.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Tú y tu Hijo Jesús ponen su morada
en los que guardan la palabra del mismo Jesús.
Él nos ha proclamado aquí su palabra
y nosotros creemos en ella, la amamos
y la haremos realidad en nuestras vidas
por el poder del pan de vida.
Y si alguna vez llegamos a olvidarla,
que tu Espíritu nos la vuelva a recordar
y nos enseñe a vivir conforme a ella con alegría.
Que esa palabra y tu amor bondadoso
nos traigan tu paz.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
Bendición
Hermanos: Jesús nos ha dicho hoy: “Los que me aman amarán mi palabra”, es decir, llevarán mis palabras a la práctica, y harán todo lo posible para vivir como yo viví.
Que el Espíritu Santo nos guíe y nos ayude a vivir conforme al evangelio del Señor.
Y para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
LA BUENA NOTICIA
Acción de gracias
Te dirigimos, Dios y Señor, esta humilde plegaria
para agradecerte las grandes cosas que has hecho,
la creación de todo el infinito universo.
Pero nos sentimos agradecidos especialmente,
porque has querido que te llamemos y te sintamos Padre,
porque nos tratas como hijos
y contamos con tu incondicional cariño.
Gracias, Padre, por habernos regalado
la maravilla de tu presencia viva en nosotros.
Queremos bendecirte y responder a tu amor,
sirviéndote como profetas y proclamando ante el mundo
que eres un Dios bueno, Padre y Madre de todos,
que no pretendes otra cosa que nuestra felicidad,
y que sólo nos pides que nos llevemos bien entre todos.
Por eso te cantamos con alegría este himno de alabanza...
Memorial de la cena del Señor
Es el momento, Dios nuestro, de volver a darte gracias
por tu buen hijo Jesús, de quien dijiste que tanto amabas.
Él supo corresponder a tu amor,
vivió constantemente en tu presencia,
y nos descubrió esta gran noticia,
que eres nuestro Padre y nuestra Madre
y por eso eres tan bueno con nosotros.
Jesús ha sabido despertar la conciencia de mucha gente,
ha sido sin duda tu mejor mensajero, tu auténtico vicario,
quien más fielmente te ha representado ante la humanidad
y quien con más exactitud te ha encarnado y hecho visible.
Queremos manifestarte, Padre y Madre,
nuestro agradecimiento y gozo por Jesús,
por su valioso y valiente testimonio.
Invocación al Espíritu de Dios
Envíanos tu Espíritu, te necesitamos.
Tenemos por delante una tarea inmensa y urgente,
hacer que en este mundo reines Tú,
que reine el amor y la equidad.
Queremos descubrir a los hermanos tu bondad infinita,
para que nadie te tema ni se esconda de Ti,
para que todos aprendan a quererte y te bendigan.
Y el primer paso, lo sabemos, es convertirnos nosotros.
No podemos predicar a Jesús si no le seguimos fielmente,
si antes no hemos tratado de imitarle en todo.
La fuerza para tanto empeño, la podemos tener en Ti,
en la oración continua, que es lo que hizo Jesús.
Gracias, Padre nuestro, Madre nuestra, por darnos la vida,
por abrirnos tus brazos, por acogernos como hijos.
Uniendo nuestras voces, en presencia de tu hijo Jesús,
te glorificamos y bendecimos ahora
como querríamos hacer toda la eternidad.
AMÉN.
El Espíritu, el “Gran Desconocido”
Cuando nos fue concedido entrar en la Iglesia, ya Jesús se había despedido. Queda – es verdad – todavía, después de tanto tiempo, el aroma de su presencia, el eco y el rumor de sus palabras, la emoción de sus gestos. Pero, en realidad, Jesús hace tiempo que se ha despedido, que nos ha dicho adiós. No es visible en nuestras iglesias. No podemos escuchar físicamente su voz, ni sentir su cercanía. Todo nos habla de él, pero a Jesús ya no lo vemos, ni lo oímos, ni lo podemos palpar. ¡Se despidió de nosotros!
Mientras estaba en el mundo, si había problemas, los resolvía Jesús. Pero, al marcharse, empiezan las dificultades. Se extiende el Evangelio entre los gentiles y eso hace que haya que afrontar el problema de la relación con la ley de Moisés: ¿sigue vigente la Torá, con todas sus prescripciones rituales, después de Cristo? Como no está Jesús con ellos, la Iglesia tiene la necesidad de hacer frente a esta y a otras cuestiones fundamentales para su misma vida y para su misión.
Para los cristianos la circuncisión ya no es ni será importante. Ya no es necesario hacer ritos externos alejados de la justicia y del amor misericordioso de Dios. En el cristianismo hombres y mujeres somos iguales, y en el Bautismo adquirimos todos la dignidad de hijos de Dios y miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Es necesario realizar una «circuncisión del corazón» (cf. Dt 10,16) para que todos logremos purificarnos del egoísmo, del odio, de la mentira y de todo aquello que nos degenera.
Es importante la frase que contiene la resolución final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…” Como han repetido los Cardenales antes del reciente Cónclave, el papel fundamental como guía de la comunidad lo juega el Espíritu Santo. Los contrastes y tensiones se superan con un diálogo abierto, sincero, donde todos pueden exponer sus razones y contrastarlas con las de los demás, con una escucha humilde de ese Espíritu que dirige a la Iglesia.
En una cuestión tan complicada como ésta, quizás pueda ayudar una norma muy sencilla: el bautizado tiene que dejar todo lo que es claramente opuesto al Evangelio (la venganza, la poligamia, el adulterio, el aborto…). Lo que, por el contrario, es conforme o es indiferente al Evangelio puede ser mantenido, aunque personas de otra cultura lo consideren ilógico o irracional. Finalmente, hay que estar muy atentos a no juzgar como anti-evangélico lo que resulta poco comprensible para la propia cultura. Y, sobre todo, debe prevalecer la fe en el Espíritu, guía vivo y último de la Iglesia.
Decía al principio que Jesús se ha ido, pero eso no significa que el creyente esté sólo; no es un huérfano. Dios no es Alguien lejano, sino que está muy cerca, somo santuario y morada e Dios. No es posible vivir como si todo fuera como antes. Desde Jesús todo ha cambiado. Aunque todavía nos cuesta entender esta novedad.
Pero es que, además, la muerte de Jesús ha sido ocasión para ser llenados por la presencia viva del Espíritu, quien vive en nosotros, está en nosotros y nos enseña el arte de vivir en verdad. Por eso, el creyente vive animado por ese Espíritu que hace nacer una tierra y una vida nuevas. Nos ayuda a vivir con esta convicción.
¡Quién sabe si la presencia del Espíritu forma parte o no de nuestro estilo de creyente! Posiblemente, el mejor regalo de Jesús, que es el Espíritu, sea el “Gran Desconocido” en la espiritualidad cristiana. ¡Qué pena! ¡Nos hemos olvidado del gran regalo de Jesús! No lo invocamos tan a menudo como debiéramos.
Pero sin ese Espíritu, estamos abocados al fracaso, achicados y encerrados en nuestros “castillos” de seguridad, pero perdiendo nuestra actitud de testigos “locos”, porque nos sentimos empujados por esa fuerza. De ahí que en momentos de crisis y de dificultad, nuestra tentación es aferrarnos a normas, a “defensas de la verdad” a toda costa y así aguantar el temporal. La consecuencia: perder prácticamente la novedad del Espíritu, de Jesús mismo.
Sin embargo, Jesús nos alienta: con la paz viene la calma y el valor para afrontar las dificultades. Que vivamos cada día en la esperanza de su venida y que su paz llene nuestros corazones y disipe todo miedo y ansiedad. Amén.
EVANGELIO
Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-”Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él. “
Palabra de Dios.
EL ESPÍRITU DE LA VERDAD
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.
Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?
Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor... que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.
Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.
Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.
Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.
Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad...
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?
¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?
¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?
NO ESTAMOS HUERFANOS
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria, es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.
En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?
Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos, quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.
Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: “No os dejaré huérfanos. Volveré”. No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una experiencia nueva que los envolverá y les hará vivir porque los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.
Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?
Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus discípulos mientras lo seguían por los caminos de Galilea: “Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo”. Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.
Esta experiencia está alimentada por el amor: “Al que me ama...yo también lo amaré y me revelaré a él”. ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día, sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?
VIVIR EN LA VERDAD DE JESÚS
El Espíritu de la verdad.
No hay en la vida una experiencia tan misteriosa y sagrada como la despedida del ser querido que se nos va más allá de la muerte. Por eso, el evangelio de Juan trata de recoger en la despedida última de Jesús su testamento: ¿qué van a hacer ahora sin Jesús?
Una cosa es muy clara para el evangelista. El mundo no va a poder “ver” ni “conocer” la verdad que se esconde en Jesús. Para muchos, Jesús habrá pasado por este mundo como si nada hubiera ocurrido; no dejará rastro alguno en sus vidas. Se necesitan unos ojos nuevos. Sólo quienes lo aman podrán experimentar que Jesús está vivo y hace vivir.
Jesús es la única persona que merece ser amada de manera absoluta. Quien lo ama así, no puede pensar en él como si fuera alguien que pertenece al pasado. Su vida no es un recuerdo. El que ama a Jesús vive sus palabras, “guarda sus mandamientos”, se va “llenando” de Jesús.
No es fácil expresar esta experiencia. El evangelista la llama el “Espíritu de la verdad”. Es una expresión muy acertada, pues Jesús se va convirtiendo en una fuerza y una luz que nos hace “vivir en la verdad”. Cualquiera que sea el punto en que nos encontremos en la vida, acoger en nosotros a Jesús nos lleva hacia la verdad.
Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. No se encuentra en los estudios de los teólogos, ni en los documentos del magisterio. Según la promesa de Jesús, “vive con nosotros y está en nosotros”. Lo escuchamos en nuestro interior y resplandece en la vida de quien sigue los pasos de Jesús de manera humilde, confiada y fiel.
El evangelista lo llama también “Espíritu defensor” porque, ahora que Jesús no está físicamente con nosotros, nos defiende de lo que nos podría separar de él. Este Espíritu “está siempre con nosotros”. Nadie lo puede asesinar como a Jesús. Seguirá siempre vivo en el mundo. Si lo acogemos en nuestra vida, no nos sentiremos huérfanos y desamparados.
Tal vez la conversión que más necesitamos hoy los cristianos es ir pasando de una adhesión verbal, rutinaria y poco real a Jesús, hacia la experiencia de vivir enraizados en su “Espíritu de la verdad”.
NO APARTARNOS DE LA VERDAD
El Espíritu de la verdad.
La gente del Primer Mundo no está hoy para escuchar verdades. Lo que de verdad interesa es vivir tranquilos nuestro propio bienestar. No queremos ver la realidad ni enterarnos de cómo va el mundo. Nos molesta pensar en los que sufren. Lo real somos nosotros; el mundo va bien. Así pensamos en nuestra arrogancia.
Algo parecido sucede en la Iglesia. No estamos para escuchar la verdad del evangelio. Da miedo decir en voz alta las exigencias concretas que podría tener en Roma, en nuestras diócesis y en nuestras comunidades. Preferimos olvidarla y buscar la seguridad que proporciona vivir cómodamente en una tradición religiosa multisecular. ¿No somos los católicos la religión más poderosa del mundo?
Si algo caracteriza a Jesús es su voluntad de vivir en lo real. No se deja engañar por el poder y bienestar de los romanos que dominan el mundo. No se deja seducir por la liturgia del templo ni la ortodoxia de la religión judía. Él busca la verdad de Dios. Sólo cree en esa verdad porque sólo ella puede humanizamos a todos.
Por eso, Jesús va al fondo de las cosas. No se queda en las apariencias. Mira a las personas como las mira Dios. Capta sus miedos, sufrimientos y aspiraciones como los capta él. No vive de ideologías políticas ni de teorías religiosas. Busca el reino de Dios y su justicia. En esto consiste para él la verdad.
Según el cuarto evangelio, éste es el Espíritu que quiere Jesús para que sus seguidores se defiendan de lo que puede desviarlos. “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. La primera tarea de la Iglesia es cuidar este “Espíritu de la verdad”, no apartamos de él, dejamos transformar por su fuerza, difundirlo y contagiarlo entre nosotros.
En su libro El Dios de Jesucristo, el actual Papa Benedicto XVI dice así: “La fuente del Espíritu es Jesús. Cuanto más penetramos en Jesús, tanto más realmente penetramos en el Espíritu y éste penetra en nosotros”. Según él, una Iglesia “marcada por el Espíritu” es aquella que sabe recordar con profundidad el evangelio y compenetrarse más con la palabra de Jesús para irse haciendo más viva y más fecunda.
OTRO DEFENSOR
… que os dé otro Defensor.
La verdad es que los humanos somos bastante complejos. Cada individuo es un mundo de deseos y frustraciones, ambiciones y miedos, dudas e interrogantes. Con frecuencia no sabemos quiénes somos ni qué queremos. Desconocemos hacia dónde se está moviendo nuestra vida. ¿Quién nos puede enseñar a vivir de manera acertada?
Aquí no sirven los planteamientos abstractos ni las teorías. No basta aclarar las cosas de manera racional. Es insuficiente tener ante nuestros ojos normas y directrices correctas. Lo decisivo es el arte de actuar día a día de manera positiva, sana y creadora.
Para un cristiano, Jesús es siempre su gran maestro de vida, pero ya no le tenemos a nuestro lado. Por eso, cobran tanta importancia estas palabras del evangelio: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.
Necesitamos que alguien nos recuerde la verdad de Jesús. Si la olvidamos, no sabremos quiénes somos ni qué estamos llamados a ser. Nos desviaremos del evangelio una y otra vez. Defenderemos en su nombre causas e intereses que tienen poco que ver con Jesús. Nos creeremos en posesión de la verdad al mismo tiempo que la desfiguramos.
Necesitamos que el Espíritu Santo active en nosotros la memoria de Jesús, su presencia viva, su imaginación creadora. No se trata de despertar un recuerdo del pasado: sublime, conmovedor, entrañable, pero recuerdo. Lo que el Espíritu del resucitado hace con nosotros es abrir nuestro corazón al encuentro personal con Jesús como alguien vivo. Sólo esta relación afectiva y cordial con Jesucristo es capaz de transformamos y generar en nosotros una manera nueva de ser y de vivir.
Al Espíritu se le llama en el cuarto evangelio “defensor” o “paráclito” porque nos defiende de lo que nos puede destruir. Hay muchas cosas en la vida de las que no sabemos defendemos por nosotros mismos. Necesitamos luz, fortaleza, aliento sostenido. Por eso, invocamos al Espíritu. Es la mejor manera de ponemos en contacto con Jesús y vivir defendidos de cuanto nos puede desviar de él.
DESDE DENTRO
Vive con vosotros y está en vosotros.
Hay algo que no siempre se señala al estudiar la crisis religiosa de nuestros días. Unos se alejan de la religión, otros la han reducido al mínimo, no pocos viven una fe apagada. Pero, con frecuencia, todo esto se está produciendo sin que las personas se planteen de forma consciente qué actitud quieren adoptar ante Dios y por qué. Se actúa casi siempre sin criterios ni puntos claros de referencia.
Por otra parte, es fácil observar que muchas veces se habla de Dios como “de oídas”. No hay experiencia personal. Se olvida, como advierte W. Schmidt, que “la religión sólo puede captarse con verdad desde dentro”, por lo que tenemos el peligro de hablar de ella “como hablaría un ciego de los colores”.
La fe en Dios se puede debilitar o apagar de muchas maneras, pero sólo conozco un camino para reavivarla: la oración personal. Ese “ponerse ante Dios” en silencio y a solas. No sé de nadie que haya vuelto a Dios sin haberlo escuchado como amigo en el fondo de su ser. La fe se despierta cuando la persona invoca a Dios, lo busca, lo llama, lo interroga, lo desea. Dios no se oculta a quien lo busca así. Más aún. Está ya presente en esa búsqueda.
He asistido recientemente a la VIII Semana de Teología Pastoral, celebrada en Madrid con este tema de fondo: “Dónde está Dios? Itinerarios y lugares de encuentro.” Se han planteado cuestiones de no poco interés para diseñar una búsqueda de Dios en nuestros tiempos, pero J. Martín Velasco ha recordado una vez más lo que con tanta fuerza subraya en su último libro “La experiencia cristiana de Dios” (E. Trotta, 1996), que recomiendo vivamente a quienes andan buscando a Dios: “Sin oración personal, resulta extraordinariamente difícil hacer la experiencia de Dios en las celebraciones comunitarias y en el desarrollo de la vida ordinaria.”
En esta oración personal se produce, según el prestigioso teólogo, “una cierta ruptura de nivel”, que permite al sujeto vivir una experiencia diferente, que está más allá de otras vivencias centradas en la utilidad, la posesión, el interés económico, que constituyen la vida ordinaria. En esta oración, la persona “se coloca ante Dios”. Esto es lo decisivo, el corazón de toda religión. Quien la ha conocido termina diciendo las palabras de Job: “Hasta ahora hablaba de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5).
El evangelio de Juan nos recuerda que dentro de nosotros vive “un Defensor” que está siempre con nosotros. Es el Espíritu de Dios. El mundo no lo ve ni lo conoce, pero él vive con los creyentes y está con ellos. Hay, sin duda, muchos caminos para encontrarse con Dios, pero todos ellos llevan a él sólo si escuchamos en nuestro interior a ese “Espíritu de la verdad”.
¿HAY QUE DECIRLE LA VERDAD?
No os dejaré desamparados.
¿Hay que decirle la verdad al enfermo terminal? ¿Hay que ocultarle la proximidad de su muerte? He aquí una cuestión siempre difícil para los profesionales que atienden al enfermo y para todos los que acompañan de cerca de un ser querido en su última enfermedad.
La célebre doctora E. Kübler-Ross llega a la conclusión de que los enfermos prefieren conocer la verdad y organizarse. Por otra parte, según sus estudios, no pocos enfermos llegan a saber su estado, sobre todo, por el especial comportamiento de sus familiares y del personal sanitario.
Sin embargo, la actuación más generalizada hoy entre nosotros es la de tener informada a la familia mientras se priva al enfermo de cualquier dato realmente grave. Se crea así en torno al enfermo una “conspiración de silencio”, que él aceptará “dejándose engañar” o ante la cual se rebelará mostrando su resentimiento. ¿Qué se puede decir?
Parece que hay que partir del derecho del enfermo a conocer la verdad. El hecho de morir es algo personal e íntimo, que pertenece al enfermo. El es el primero que tiene derecho a la información adecuada para tomar sus decisiones y ser protagonista de su propio morir.
Por otra parte, parece que cada caso requiere su planteamiento particular. Hay que considerar bien qué verdad hay que comunicar, cuánta verdad, cuándo y quién ha de comunicar esa verdad. Por eso, las primeras preguntas han de ser ésas: ¿Quiere el enfermo más información? ¿Qué es lo que desea saber? ¿Está preparado para recibir toda la información? ¿Cómo puede reaccionar?
En cualquier caso, hay que recordar que la comunicación de la verdad no ha de ser algo puntual, sino un proceso continuado que respete el ritmo y las condiciones personales del enfermo. Por otra parte, aunque se dé mucha información, es importante no quitar nunca al enfermo toda esperanza.
Todos los expertos advierten que hay que seguir acompañándole de cerca y respondiendo a sus necesidades: ¿Qué es lo que más le preocupa? ¿Desea algo más? ¿Cómo se siente? ¿Cómo quiere que se le ayude? El enfermo ha de estar seguro de que no se le abandonará. Que se harán todos los esfuerzos por cuidarlo, por aliviar su dolor, por ayudarle a sentirse bien.
Qué importante puede ser entonces para el enfermo creyente sentir de cerca la presencia de personas que le ayudan a vivir esos momentos tan difíciles desde la fe. El pasado, con sus errores y pecados, pertenece a la misericordia de Dios; el presente puede ser vivido desde la confianza total en El; el futuro queda en sus manos.
Hoy, Día del Enfermo, el relato evangélico nos recuerda un fragmento de las últimas conversaciones de Jesús con los suyos, próxima ya su muerte. Con qué paz escucha el enfermo creyente las palabras de Jesús: “No os dejaré desamparados, volveré... Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros.”
LA INMORTALIDAD
Vosotros viviréis.
Es una experiencia singular para un creyente leer precisamente durante este tiempo de Pascua la última obra de Milán Knndera, “La inmortalidad”, impregnada toda ella de escepticismo, desengaño y cínica desesperanza.
Mientras la liturgia nos recuerda la Buena Noticia de la resurrección, el célebre escritor checo nos predica sin piedad lo caduco, absurdo y efímero de la existencia humana.
Según Kundera, el hombre moderno “ya ni siquiera ve su vida como un camino, sino como una carretera: una línea que va de un punto a otro punto”. Nada más. Vivir se ha convertido para muchos en “llevar por el mundo su dolorido yo”.
Pero el ser humano no se contenta. Busca algo más. Así se lamenta uno de los personajes de su novela: “¿Para qué he vivido durante todos esos años, si no he dejado en nadie ni una huella? ¿Qué ha quedado de mi vida? ¡Nada, Agnes, nada!”.
Entonces se busca la inmortalidad. Algunos lo hacen como Bettina, luchando por “una gran inmortalidad”: trascenderse a sí mismos, llegar a ser parte de la historia y ser recordados para siempre. Otros, como Laura, sólo aspiran a “la pequeña inmortalidad”: hacer algo para que la recuerden todos los que la han conocido.
Pero Kundera insiste en que este afán de supervivencia es absolutamente inútil. “La inmortalidad es una ilusión ridícula, una palabra vacía, un viento atrapado en una red de mariposas”. Los que nosotros llamamos inmortales ya no existen. Al hombre no le queda otro destino que “saborear el placer del total no ser”. Eso es todo.
La fe del creyente es muy diferente. El sigue escuchando en el fondo de su alma esas decisivas palabras de Jesús: “No os dejaré desamparados, volveré... y vosotros viviréis porque yo sigo viviendo”.
Tiene razón Kundera. La inmortalidad es “una ilusión ridícula” y los hombres buscan lo imposible si estamos hablando de una inmortalidad que los seres humanos han de fabricarse ellos mismos.
Pero hay una inmortalidad que tiene su origen en un Dios resucitador y que el hombre puede acoger y disfrutar para siempre, como don y regalo del Creador.
Para el creyente, el mundo no es el final de todo. La vida que ha puesto Dios en nosotros es mucho más que esta vida que conocemos. La historia humana tiene un futuro inmortal porque Dios la mira con una ternura que Kundera desconoce.
Dios recoge con amor los esfuerzos y trabajos, las lágrimas y las alegrías de los hombres. Nada de lo que el ser humano ha buscado de bueno, justo y digno quedará perdido para siempre en la muerte.
Dios quiere vida, y vida eterna y feliz, también para esos hombres y mujeres de nuestros tiempos que el novelista checo describe como seres que deambulan por este mundo “trasladando su alma dolorida de un sitio a otro con la esperanza de que les duela menos”.
UN TRATO MÁS HUMANO
Si me amáis...
Así dice el lema de este Día del Enfermo invitándonos a humanizar nuestro trato y atención a todo enfermo.
Sin duda, frente a generalizaciones superficiales e injustas, hemos de reconocer, valorar y agradecer ese trabajo honesto y sufrido de tantos profesionales de la salud que asisten al enfermo no sólo con competencia y profesionalidad, sino también con dedicación y cuidado solícito.
Médicos, auxiliares, religiosas y personal sanitario que saben acercarse al enfermo, al minusválido o al anciano, con respeto, comprensión y paciencia ilimitada, aunque, muchas veces, no se sientan debidamente valorados, reconocidos o estimulados en su quehacer.
Sin embargo, también en el campo sanitario se refleja la deshumanización de nuestra sociedad. Resulta paradójico que el progreso y desarrollo de la asistencia técnica al enfermo no vengan acompañados de una atención humana cada vez más cuidada a toda su persona.
Sin duda, son muchos los factores concretos a tener en cuenta al valorar el malestar, la desconfianza y las críticas que se hacen hoy a la institución sanitaria. Pero hay algo que no se ha de olvidar: la asistencia sanitaria comienza a deshumanizarse desde el momento en que no está al servicio integral del enfermo.
Es bueno que la sociedad sea sensible y reaccione críticamente ante cualquier manipulación de la asistencia sanitaria al servicio de intereses políticos, sindicales o puramente lucrativos.
Pero no es suficiente. Ante cada enfermo concreto, todos, personal sanitario, familiares, amigos, hemos de tomar una conciencia más viva de que nos encontramos ante una persona que sufre en su cuerpo y en su espíritu.
Basta mirar a esa persona enferma con un poco de amor para descubrir en ese hombre o esa mujer un ser arrancado de todo aquello que ponía alegría en su vida, desconcertado ante su futuro incierto, doblegado por la impotencia, atemorizado por el dolor.
Ese enfermo no es sólo un problema biológico que necesita ser resuelto con profesionalidad. Es un ser desvalido que está pidiendo ser escuchado y comprendido en su sufrimiento. Una persona que necesita ser respetada, acompañada y fortalecida desde su misma raíz.
Por eso, no basta con hospitalizarlo rápidamente y exigir que se le presten los mejores auxilios técnicos. Ese enfermo necesita a alguien que lo acompañe en su dolor, lo conforte y le ayude a ser protagonista de su propia curación.
O tal vez alguien que le ayude a despedirse dignamente de esta vida para enfrentarse con fe y confianza grandes al enigma de la muerte y al misterio insondable de Dios.
EL ARTE DE VIVIR
El Espíritu de la verdad.
Nunca los cristianos se han sentido huérfanos. El vacío dejado por la muerte de Jesús ha sido llenado por la presencia viva del Espíritu del resucitado.
Este Espíritu del Señor llena la vida del creyente. El Espíritu de la verdad que vive con nosotros, está en nosotros y nos enseña el arte ¿e vivir en la verdad.
Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es el ansia de placer ni la lucha por el éxito ni siquiera la obediencia estricta a una ley, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios bajo el impulso del Espíritu.
El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad. Su vida no está programada por prohibiciones sino que viene animada e impulsada positivamente por el Espíritu.
Cuando vive esta experiencia del Espíritu, el creyente descubre que ser cristiano no es un peso que oprime y atormenta la conciencia, sino que es dejarse guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y nos hace vivir con una espontaneidad que nace no de nuestro egoísmo sino del amor.
Una espontaneidad en la que uno renuncia a sus intereses egoístas y se confía al gozo del Espíritu. Una espontaneidad que exige regeneración, renacimiento y reorientación continua hacia la verdad de Dios.
Esta vida nueva en el Espíritu no significa únicamente vida interior de piedad y oración. Es la verdad de Dios que genera en nosotros un estilo de vida nuevo enfrentado al estilo de vida que surge de la mentira y el egoísmo.
Vivimos en una sociedad donde a la mentira se la llama diplomacia, a la explotación negocio, a la irresponsabilidad tolerancia, a la injusticia orden establecido, a la sensualidad amor, a la arbitrariedad libertad, a la falta de respeto sinceridad.
Esta sociedad difícilmente puede entender o aceptar una vida acuñada por el Espíritu. Pero es este Espíritu el que defiende al creyente y le hace caminar hacia la verdad, liberándose de la mentira social, la farsa de nuestra convivencia y la intolerancia de nuestros egoísmos diarios.
Se ha dicho que el cristiano es un soldado sometido a la ley cristiana. Es más exacto decir que el cristiano es un “artista”. Un hombre que bajo el impulso creador y gozoso del Espíritu aprende el arte de vivir con Dios y para Dios.
CUANDO SE DESPRECIA LA VERDAD
Otro Defensor que esté siempre con vosotros,
el Espíritu de la verdad.
La mentira y el ocultamiento de la verdad es el terreno más pro- pido para el crecimiento de la violencia y de la agresividad.
Pocas cosas pueden hoy desalentar más a quien desea apasionadamente una verdadera paz que el constatar el clima de mentira y falsedad que se respira en nuestra sociedad.
Uno tiene la sensación de estar recibiendo de una y otra parte una información parcial, deformada y mutilada, que va creando un clima de incertidumbre, sospecha y escepticismo profundo.
La manipulación de los medios de comunicación, la propaganda sectaria y unilateral, el descrédito sistemático del adversario, el ocultamiento de los propios errores, los silencios cómplices, son otros tantos medios de menospreciar la verdad y hacer más difícil el camino de la paz.
Cuando un grupo político utiliza las armas de la mentira, o cuando la autoridad impide por todos los medios el esclarecimiento de la verdad, para ocultar errores o injusticias, su estrategia de mentira puede parecer momentáneamente eficaz para resolver una determinada situación, pero allí se está destruyendo la posibilidad de caminar hacia una verdadera paz.
La violencia y la injusticia necesitan siempre de la mentira para asegurarse una cierta respetabilidad en la opinión de la sociedad. Pero con la mentira no se construye nada digno de verdadero respeto.
Uno de los grandes engaños en los que caemos constantemente los hombres es pensar que, con tal de lograr un determinado objetivo es legítimo y positivo utilizar cualquier arma. Y de esa manera vamos echando las bases de una sociedad cada vez ms inhumana.
Qué resonancia y actualidad adquieren en este contexto las palabras de Jesús que podemos oir hoy en el evangelio: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.
Necesitamos el Espíritu de la verdad que nos defienda. Qué necesario es que todos, pero, de manera especial los que tienen alguna responsabilidad en la sociedad, creamos en la eficacia humanizadora de la verdad y nos empeñemos en una búsqueda laboriosa de honradez y sinceridad social.
La búsqueda de la verdad acerca a las personas y conduce al diálogo. El respeto total a la verdad aproxima a los grupos, fortalece la justicia y nos encamina a la verdadera paz.
OCARM
MEDITATIO
a) Algunas preguntas:
- “Y vendremos a él, y haremos morada en él”: Si miramos hacia nuestros campamentos internos, ¿encontramos la tienda de la shekinah (presencia) de Dios?
- “El que no me ama no guarda mis palabras”: ¿son palabras vacías, por nuestra falta de amor, las palabras de Cristo a nosotros? o ¿más bien podemos decir que las observamos como guía de nuestro camino?
- “El Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho”: Jesús vuelve al Padre, pero todo lo que dijo e hizo permanece entre nosotros. ¿Cuándo seremos capaces de recordar lo que la gracia divina ha realizado en nosotros? ¿Acogemos la voz del Espíritu Santo que nos sugiere en lo más íntimo el significado de todo lo que ha sucedido?
- “Mi paz os doy: La paz de Cristo es su resurrección”: ¿hasta cuándo la inquietud y las manías por hacer, que nos alejan de la fuente del ser, abandonarán el domicilio de nuestra existencia? Dios de la paz, ¿cuándo viviremos únicamente de ti, paz de nuestra espera?
- “Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis”: Antes que suceda… A Jesús le agrada explicarnos lo que sucederá con anticipación, para que los acontecimientos no nos sorprendan desprevenidos. Pero ¿somos capaces de leer los signos de nuestros acontecimientos con las palabras que hemos oído de Él?
-
b) Clave de lectura:
Venir a morar. El cielo no tiene lugar mejor que un corazón humano enamorado. Porque en un corazón dilatado los confines se amplían y toda barrera de espacio y tiempo se anulan. Vivir en el amor equivale a vivir en el cielo, a vivir en Aquel que es el amor, y amor eterno.
v. 23. Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. En los orígenes de toda experiencia espiritual hay siempre un movimiento hacia delante. Partiendo de un pequeño paso, todo se mueve después con armonía. Y el paso a realizar es solamente uno: Si uno ama.
¿Se puede amar verdaderamente a Jesús? ¿Cómo es que su rostro no se refleja en la gente?
Amar: ¿qué significa realmente? Amar, en general, significa para nosotros quererse, estar juntos, tomar decisiones para construir el futuro, darse… pero amar a Jesús no es la misma cosa. Amarlo significa hacer como ha hecho Él, no retraerse frente al dolor, a la muerte; amar como Él significa ponerse a los pies de los hermanos, para responder a sus necesidades vitales; amar como Él nos puede llevar lejos...es así como la palabra se convierte en pan cotidiano del cual alimentarse y la vida se convierte en cielo por la presencia del Padre.
v. 24-25. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado... Si no hay amor, las consecuencias son desastrosas. Las palabras de Jesús se pueden observar, si solamente hay amor en el corazón, de otro modo parecen propuestas absurdas. Aquellas palabras no son de un hombre, nacen del corazón del Padre que propone a todos ser como Él. No se trata de hacer cosas en la vida, por buenas que sean. Es necesario ser hombres, ser imagen semejante a Quien no cesa jamás de donarse a Sí mismo.
vv. 25-26. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Recordar es obra del Espíritu Santo: cuando durante nuestras jornadas el pasado se desliza como algo irremediablemente perdido y el futuro se presenta amenazador para quitarnos la alegría de hoy, solamente el soplo divino puede hacernos recordar. Hacer memoria de lo que se dijo, de cada palabra salida de la boca de Dios para ti, y olvidada por el hecho de que ha pasado el tiempo.
v. 27. Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. La paz de Cristo para nosotros no es ausencia de problemas, serenidad en la vida, salud...sino plenitud de todo bien, ausencia de temor frente a lo que puede venir. El Señor no nos asegura el bienestar, sino la plenitud de la filiación en una adhesión amorosa a sus proyectos de bien por nosotros. La paz la poseeremos cuando hayamos aprendido a fiarnos de lo que el Padre elige para nosotros.
v. 28. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Vuelve al discurso del amor. Si me amarais, os alegraríais. Pero ¿qué sentido tiene esta expresión en los labios del Maestro? Podríamos completar la frase y decir: Si me amaseis, os alegraríais de que me vaya al Padre...pero como solamente pensáis en vosotros, estáis tristes porque me voy. El amor de los discípulos es amor egoísta. No aman a Jesús porque no piensan en Él, piensan en ellos. Entonces, el amor que Jesús nos pide es éste. Un amor capaz de alegrase porque el otro es feliz. Un amor capaz de no pensar en sí mismo como el centro del universo, sino como un lugar en el que oír se hace apertura a dar y poder recibir: no un intercambio, sino como “efecto” del don entregado.
v. 29. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Jesús instruye a los suyos porque sabe que quedarán confusos y serán lentos para comprender. Sus palabras no se disipan, quedan presentes en el mundo, como tesoros de comprensión para la fe. Un encuentro con el Absoluto que está desde siempre y para siempre en favor del hombre.
c) Reflexión:
Amor. Palabra mágica y antigua como el mundo, palabra familiar que nace en el horizonte de cada hombre en el momento en el que es llamado a la existencia. Palabra escrita en las fibras humanas como origen y como fin, como instrumento y paz, como pan y don, como uno mismo, como los otros, como Dios. Palabra confiada a la historia a través de nuestra historia diaria. Amor, un pacto que siempre tiene una sola denominación: hombre. Sí, porque el amor coincide con el hombre: amor es el aire que se respira, amor es el alimento que se nos da, el descanso de quien confía, amor es el vínculo que hace que la tierra sea un lugar de encuentro. El amor con el cual Dios contempló la creación y dijo: “Es una cosa muy buena”. Y no se ha vuelto atrás del compromiso, cuando el hombre hizo de sí mismo un rechazo, más que un don, un desprecio, más que una caricia, una piedra lanzada, más que una lagrima enjugada.
Amó más con los ojos y el corazón del Hijo, hasta el final. Este hombre que se hizo llama ardiente del pecado, el Padre lo redimió, única y exclusivamente por amor, en el fuego del Espíritu.
ALESSANDRO PRONZATO
En la Iglesia está prohibida la nostalgia
Nos hemos enterado de que, algunos de aquí sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras... (Hech 15,1-2.22-29).
... La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero (Ap 21,10-14. 22-23).
...Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde... (Jn 14,23-29).
En el interior de la Iglesia, no todos aceptan la novedad.
Está siempre al acecho la nostalgia de las “cosas de antes”, ya superadas. Prueba de esto es el debate que se ha abierto en la Iglesia de Antioquía (primera lectura).
Han llegado de Judea ciertos individuos que contestan el método misionero de Pablo y Bernabé y pretenden imponer también a los neoconversos del paganismo la observancia de la ley antigua, comenzando por el rito de la “iniciación”: la circuncisión.
Esta posición, que hoy se definiría como integrista, es extremadamente peligrosa, porque tiende a minimizar la novedad de Cristo y a recuperar el papel determinante del pueblo de la antigua alianza. Por tanto serían insuficientes el bautismo y la fe en Jesús. Necesitarían estar incorporados (a través de la circuncisión) al pueblo judío, y aceptar todas las prescripciones que se derivan de esta pertenencia.
Pablo advierte que aquí no está en juego simplemente su método misionero, sino la esencia misma de la novedad cristiana. Por eso lucha con todas sus fuerzas, y ciertamente no por motivos personalistas.
La cuestión es llevada a la iglesia madre de Jerusalén. Y aquí se desarrolla una amplia discusión en presencia de los apóstoles y de los presbíteros. Y hay una intervención decisiva de Pedro (que recomienda no imponer un yugo insoportable), apoyado por Santiago (“pienso que no hay que crear dificultades a los gentiles que se convierten”).
También Pablo y Bernabé tienen la posibilidad de ilustrar su pensamiento.
Al final, la asamblea ratifica el principio de la libertad y de la autonomía respecto a la ley judía.
“El principio de la fe en Jesús, como condición única y suficiente para la salvación de todo hombre, afirmado teóricamente, se convierte en cualificante de la experiencia cristiana abriéndola así al universalismo histórico”.
Las conclusiones operativas del primer concilio de Jerusalén se exponen en una carta que algunos delegados, junto a Pablo y Bernabé, llevarán a Antioquía, donde así se restablecerá la paz.
Es significativa la frase solemne contenida en el documento oficial: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros...”. Se afirma de esta manera, no solamente el liderazgo de la iglesia de Jerusalén y de los apóstoles, sino sobre todo el papel del Espíritu como guía de la comunidad cristiana.
Los contrastes y las tensiones se superan con un debate abierto, donde cada uno tiene posibilidad de exponer las propias razones, y con una escucha humilde de la voz del Espíritu por parte de todos.
“Hemos decidido... no imponeros más cargas que las indispensables... “.
La desgracia de los integrismos de todos los tiempos es la pretensión de imponer cargas opresoras e inútiles. De añadir, al yugo “liberador” de Cristo, un yugo suplementario y opresor, hecho de bagatelas varias.
“Algunos individuos” sienten un gusto casi sádico exigiendo sacrificios absurdos. Con el resultado de producir grietas en el interior de la comunidad, no porque estén en juego valores esenciales, sino por minucias que no tienen nada que ver con la sustancia del mensaje evangélico. Estos nostálgicos enfermos de las “cosas de antes” son los especialistas de lo accesorio con menoscabo de lo necesario.
Su pecado original es la incapacidad de estar respaldados por las iniciativas innovadoras del Espíritu. Están en retraso con relación a los acontecimientos, y consiguientemente a la acción de Dios en la historia.
Frente a Cristo que exige cambiar y hacerse como niños, éstos defienden el deber de hacerse circuncidar. La diferencia es abismal. Cristo pide un cambio radical de mentalidad, de postura interior. Ellos quieren una mutilación (o una operación plástica) exterior. Jesús ordena quitar, perder, dejar. Ellos sólo piensan en añadir continuamente nuevas obligaciones. Y, a pesar de la apariencia de exigir más de lo necesario, se muestran menos exigentes que el Maestro.
Mientras los compromisos propuestos por Cristo van en una línea de purificación y de aligeramiento, los propugnados animosamente por los “observantes” tienen todo el aire de ridículos y anacrónicos fardos que hacen pesado el camino y dan la impresión de sofocar todo tipo de impulso.
Una visión completamente distinta es la presentada por el Apocalipsis (segunda lectura), donde aparece una Iglesia transfigurada. La Jerusalén celeste ofrece “una impresión indescriptible de plenitud y de luz”.
La gloria de Dios es el centro de irradiación de su luminosidad. La ciudad es santa, porque está penetrada, “habitada” por la santidad divina.
“Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios todopoderoso y el Cordero”.
El templo, en el Antiguo Testamento, “mediaba” la presencia de Dios en medio de su pueblo. Ahora Dios mora allí directamente a través del Cordero. El nuevo “santuario” es el cuerpo resucitado de Cristo. Dios está presente en él, y en él los hombres pueden comunicarse con Dios.
“Cristo resucitado, viviente, será al mismo tiempo punto de conjunción de la humanidad con Dios y punto de unión de la humanidad entera”.
“La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.
Así queda superada la vieja creación.
Dios ilumina directamente la ciudad, desde dentro, con su presencia, y con la lámpara que es Cristo.
No estará mal ahora referirnos a la Iglesia peregrina en la tierra, hecha de hombres y que, por tanto, acumula necesariamente miserias y fango. Sería absurdo exigir que sea perfecta.
Sin embargo, la Iglesia no puede descuidar algunas cosas. Cuando pretende exhibir la propia luz y la propia gloria, termina inevitablemente oscureciendo la Fuente de la luz.
No puede vender como “esplendor” celeste las luces cegadoras del éxito y del prestigio humano, y tampoco como “piedra preciosa, como jaspe traslúcido” los ambiguos y discutibles tesoros terrenos.
Se sabe que los incidentes de un viaje son inevitables. Pero una cosa es caer en una desagradable desgracia, y otra esconderla e incluso defender las culpas con menoscabo de la verdad.
Una cierta opacidad es el producto inevitable de la presencia de los hombres. Pero al menos tengamos el coraje de invitar a mirar “más allá” de aquella espesura humana, para descubrir la Presencia que interesa, y no consagrar la opacidad. Dios tiene todas las de ganar cuando sus representantes tienen... algo que perder.
El vence las causas que le conciernen, sobre todo cuando alguien no se obstina en defenderlo, mejor, se obstina en defender los propios defectos, bajo el pretexto de que anda de por medio su honor.
Pequeño hombre de Iglesia, hermano de fe, de debilidad y de miseria, culpable y perdonado como yo, no pretendas hacer las veces de Dios. Nadie te lo pide. Conténtate con no estorbar demasiado.
Resumiendo, las características o virtudes de la Iglesia, tal como aparecen en las lecturas de hoy, se pueden sintetizar así:
“La dinamicidad que impide a la Iglesia ser nostálgica, la fidelidad que impide a la Iglesia desviarse, la paciencia que impide a la Iglesia las prisas, la profecía que hace comprender a la Iglesia los signos de los tiempos, la tolerancia y el diálogo que impiden a la Iglesia la enfermedad del integrismo, la esperanza que hace superar a la Iglesia dudas e incertidumbres.
Pero sobre todo debe prevalecer la fe en el Espíritu, guía último y vivo de la Iglesia”. Yo añadiría aún la humildad, como capacidad para desaparecer y como transparencia de Otro.
En el discurso de despedida (evangelio), Jesús asegura su presencia a través de la palabra.
“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.
O sea, la observancia de la palabra, como respuesta a su amor, determina la presencia de Jesús y del Padre en el creyente.
La imagen usada (la “morada”) hace referencia a un contexto familiar, y acentúa el aspecto de comunión de vida.
De todos modos, existe un movimiento en dos sentidos. El hombre se acerca a Jesús. Pero Jesús, anteriormente, se ha hecho cercano al hombre.
Y estará bien no olvidar que la observancia de la Palabra significa, ante todo, la práctica del mandamiento del amor fraterno.
Pero se hace necesaria la intervención de un tercer Personaje: “El Paráclito, el Espíritu santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
Sólo el Espíritu permite comprender totalmente, profundizar y asimilar el mensaje de Jesús. Sin su ayuda, cada creyente y la comunidad no podrán jamás penetrar la palabra de Jesús. El verdadero Maestro de la Iglesia es el Espíritu santo.
La acción del Espíritu hace posible la plenitud de vida en el amor. Así pues, y según este texto, la existencia del creyente es participación en la vida misma de Dios. En la vida de la Trinidad. Es comunión, en el amor, con cada una de las personas divinas.
Jesús se despide de los suyos con las protecciones típicas de los israelitas: “La paz os dejo, mi paz os doy”.
Pero precisa: “No os la doy como la da el mundo”. Su paz es distinta.
También su partida es distinta. Se va. Y, sin embargo, no estará ausente.
Los discípulos, pues, no tienen motivo alguno de inquietud y turbación.
EL VERDADERO DIOS ES SIEMPRE UN DIOS ESCONDIDO
Jn 14, 23-29
Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con uno mismo y con Dios que está en lo hondo de mi ser. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia intima. Lo que sucede dentro de cada uno de nosotros tiene que ser el iceberg del que sólo se apreciará una pequeña parte, que es el amor manifestado en el servicio a los demás.
Recordemos que el discurso de despedida del evangelio de Juan es un montaje teológico que pone en boca de Jesús lo que había sido la experiencia de la comunidad durante setenta años. Eso lo hace mucho más interesante aún, que si hubiera sido pronunciado por Jesús. Nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús.
No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos. El cristianismo fue en sus orígenes una manera de vivir la presencia de Dios por cada uno de los miembros de la comunidad, teniendo como modelo al mismo Jesús.
En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encuentra el ser humano cuando trata de expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que se hace en los versículos que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra, que dice exactamente lo contrario. Es la mejor prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra porque nunca son apropiadas.
Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden, que intenta ir más allá del mundo conceptual, puede ser verdad una afirmación y la contraria.
En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: si alguno me ama le amará mi Padre y le amaré yo. ¿Quién ama primero?
Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre para después llevarlos con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.
Les había advertido que seguirle sería motivo de conflicto. Como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice que trae la paz.
Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.
En otro lugar: No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.
Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.
Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Ni Dios ni Jesús tienen que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe "alguna parte" donde Dios pueda estar fuera de mí y del resto de la creación.
Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descubrirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad. Porque Dios está en lo hondo de mi ser, puedo descubrir y vivir esa presencia.
El hecho de que no llegue a mí desde fuera ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Es más, todo intermediario, sean personas, sean instituciones, me alejan de Él más que me acercan.
En el Antiguo Testamento la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo. La "total presencia" debía ser una de las características de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre.
Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás seres humanos. Pero ¡ojo! Surge de dentro, pero no será únicamente interna. Si esa presencia no la manifiestas en tus relaciones con los demás, es que no te has enterado.
El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica ("os irá enseñando todo..."). Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruaj).
"Santo" significa separado; pero no separado de Dios, sino separado del mundo. Separado y separador de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el sentido del verdadero amor (servicio).
En diversas partes del evangelio se repite la idea de que Jesús tiene que irse para que los discípulos puedan acceder al verdadero conocimiento de Dios. "Os conviene que yo me vaya, porque si no el Espíritu no vendrá a vosotros."
Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta el conocimiento de Dios, que les haría cambiar su manera de ver al mismo Jesús.
Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero les impedía darse cuenta de la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Solamente cuando desapareció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.
El Espíritu no añadirá ninguna enseñanza nueva. Sólo aclarará lo que Jesús ya enseñó, que es a su vez lo mismo que enseña Dios. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, sólo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable.
Mientras el Espíritu no nos separe del mundo, no podremos comprender las enseñanzas de Jesús. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la predicación de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicarles. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán todo claramente.
"Paz" era el saludo ordinario entre los semitas. No sólo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el "shalom" Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Juan hace hincapié en el "plus" de significado sobre el ya rico significado judío.
La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no sólo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor de Dios en nosotros, descubierto y vivido.
La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor. Solo el Amor descubierto dentro y manifestado fuera, lleva a la verdadera paz.
Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, por lo tanto, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte.
El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. Aquí tampoco habla la segunda persona de la Trinidad; estaríamos poniendo en boca de Jesús una herejía.
No olvidemos que Jesús, para el evangelista, es un ser humano a pesar de su preexistencia: "Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos..." Cuando decimos sin matizaciones que Jesús es Dios, estamos cayendo en una trampa. Dios se manifiesta, también en Jesús, en lo humano, pero Dios no es lo que se ve ni lo que se palpa ni lo que se oye de Jesús. Dios es otra cosa.
"El Padre es más que yo". Dios se manifiesta y se vela en la humanidad de Jesús. Por eso la presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada y sin obrar nada, según la manera que tenemos de entender el estar y el obrar.
El verdadero Dios es siempre un Dios escondido. Decía Pascal: "Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera". ¿Qué pensaría de una religión, que lo sabe todo sobre Dios y que nos dice cómo es y dónde está?
Un sufí persa de la Edad Media lo dejó bien claro cuando dijo:
Calle mi labio carnal,
habla en mi interior la calma
voz sonora de mi alma
que es el alma de otra alma
eterna y universa.
¿Dónde tu rostro reposa
alma que a mi alma das vida?
Nacen sin cesar las cosas,
mil y mil veces ansiosas
de ver tu faz escondida.
En toda la Biblia se descubre una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver ni oír a Dios sin morir. No puede ser representado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre.
En el Nuevo Testamento se descubre un intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de "Mesías", "Siervo", "Hijo de hombre", "Palabra", "Espíritu", "Sabiduría", incluso "Padre", son todos ejemplos de ese intento de hacer a Dios cercano al ser humano.
Hoy sabemos que no se trata de una simple cercanía, sino de una identificación entre lo que hay de Dios en mí y lo que hay de mí mismo. Nuestra tarea como cristianos hoy, es dar este último paso.
Meditación- contemplación
"Vendremos a él y haremos morada en él".
Jesús descubrió esa presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó, fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud;
...................
Sin experiencia interior no hay posibilidad de salvación.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera espiritualidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a vender todo lo demás para adquirirlo.
.......................
Debo preocuparme mucho menos por los que hago.
Tengo que dedicar mis energías a descubrir lo que soy.
Lo que haga, será inevitablemente, consecuencia de lo que creo ser.
Una vez más estoy ante la alternativa: Programación o vivencia.
......................
Fidel Oñoro.
Despedida sí pero no abandono:
¡No estamos huérfanos!
Lectio Juan 14, 23-29
“Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él,
y haremos morada en él”
Oremos…
“Oh hermosura que excedéis a todas las hermosuras.
Sin herir dolor hacéis, y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.
¡Oh nudo que así juntáis dos cosas tan desiguales!
No sé por qué os desatáis, pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.
Juntáis quien no tiene ser con el ser que no se acaba: sin acabar acabáis,
sin tener que amar amáis, engrandecéis nuestra nada”
(Santa Teresa de Jesús)
2. Introducción
Cuando Jesús dice que se va de nuevo al Padre, los discípulos entran en pánico, sienten que se les mueve el piso. La despedida sabe a lágrimas. Por eso, les dice repetidamente: “No se turbe vuestro corazón” (14,1), “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (14,27). Aquel día, en el cenáculo, el nudo en la garganta de los discípulos era grande.
Y no es para menos el que los discípulos se sientan inseguros a propósito de la partida de Jesús. El Maestro constituye el punto de referencia de sus vidas, sin su presencia no hay seguimiento ni tampoco futuro. De ahí que teman el verse desprotegidos y sin orientación, en otras palabras, huérfanos del amor que los sostuvo.
Pero la actitud de Jesús ante la inminente partida es diferente: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre” (14,28).
Ahora profundicemos…
1. El discurso de despedida de Jesús: dos puntos de vista que se confrontan
En el evangelio que leemos hoy, vemos cómo Jesús quiere ayudar a sus discípulos a ver su partida desde el ángulo preciso. Así queda claro que:
(1) Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida.
(2) Los discípulos deben comprender, a partir de claves muy precisas, cuál es su nueva situación y cuáles son las razones para no sentirse abandonados.
Con las promesas que va desgranando, el Maestro Jesús lleva gradualmente a su comunidad del ambiente de tristeza al de una gran alegría: la alegría que proviene del comprender que el camino de la Pascua conduce a una nueva, más profunda y más intensa forma de presencia suya en el hoy de la historia de todo discípulo.
De esto se deduce que la vivencia actual de Resucitado está estrechamente unida a la captación de cuáles son las formas concretas como el Maestro sigue conduciendo el discipulado en el tiempo pascual.
El evangelio de este domingo responde entonces a la pregunta sobre cómo continúa Jesús guiando a sus discípulos -animando el seguimiento- en los nuevos tiempos.
2. La base del seguimiento de Jesús: el Amor a Jesús y la obediencia a su Palabra (14,23.24.28)
El discípulo ama a Jesús. Pero la forma concreta de su amor es: (1) acoger con fe la persona de Jesús, con todo lo que Él ha revelado acerca de sí mismo y (2) tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. Esta es la ruta firme del discipulado.
El amor, entonces, se vuelve compromiso. Notemos la insistencia en el capítulo 14 de Juan: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (14,15); “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (14,21); “Si alguno me ama guardará mis palabras” (14,23) o al revés “El que no me ama no guarda mis palabras” (14,24). Es así como un discípulo sigue a Jesús a lo largo de toda su vida: mediante la escucha y el arraigo del Evangelio. Su amor, en esta sintonía con el camino del Evangelio, redundará en una desbordante alegría (14,28).
El discipulado es esta dinámica de amor. Si observan los mandatos de Jesús, demostrándoles así su amor, ellos siguen su ejemplo. Sólo así son verdaderos imitadores de Jesús porque así es que Él se comporta con el Padre (“Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”, 15,10).
Esta dinámica del amor despeja el panorama de la nueva realidad que acontece al interior de la vida del discípulo de Jesús: su amor se encuentra con otro amor que lo supera, ¡y con creces! El discípulo no sólo entra en la circularidad de amor con Jesús sino también con Dios Padre: “Y el que me ame será amado de mi Padre” (14,21); “Si alguno me ama… mi Padre le amará” (14,23).
A partir de aquí comienzan a caer en cascada, de los labios de Jesús, una serie de revelaciones. La primera viene conectada enseguida con el tema del amor obediente del discípulo, completando así el círculo: Jesús anuncia un amor permanente e inclusivo del
Padre y del Hijo en el corazón del seguidor de Jesús: “Y vendremos a él, y haremos morada en él” (14,23).
3. Cinco revelaciones de Jesús a sus discípulos
El amor de los discípulos por su Maestro es la premisa de cinco revelaciones que Jesús anuncia ahora en forma de promesa:
(1) El Padre y el Hijo vendrán a los discípulos y harán morada en ellos (14,23-24).
(2) El Espíritu Santo estará con ellos y los instruirá (14,25-26).
(3) En esta comunión con Dios les ofrecerá su paz (14,27).
(4) También les compartirá su alegría (14,28).
(5) …Para que crezcan su fe (14,29).
Profundicemos estas afirmaciones siguiendo el hilo del texto.
3.1. La inhabitación del Padre y del Hijo en el discípulo de Jesús
“Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (14,23).
Detengámonos en esta frase de Jesús:
(1) La inhabitación de la comunión del Padre y del Hijo: una soledad “llena”
La presencia de Jesús en el caminar del discípulo, en el tiempo pascual, atrae también la de Dios Padre. Jesús no viene solo.
De hecho, si miramos otros pasajes del evangelio constatamos que Jesús le hace caer en cuenta a sus discípulo que Él no hay soledad: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (16,32); “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo” (8,29).
A todo discípulo le sucede lo mismo que a Jesús: su soledad es en la compañía de Dios. Quien ama a Jesús no está solo, no está perdido ni abandonado a su propia suerte. Aún cuando no sean visibles para sus ojos físicos, todo seguidor debe saber que Jesús y el Padre están a su lado.
Por eso hay tomar conciencia en todo instante e incluso a la hora de la muerte -tiempo de profunda soledad y radical separación-, que Jesús y el Padre están a nuestro lado, que no nos dejan abandonados ni desprotegidos. El discipulado es un gustar cotidianamente esta amorosa compañía.
(2) El futuro se anticipa: podemos vivir desde ya el cielo en la tierra
Nuestra vocación como criaturas de Dios es alcanzar la comunión plena con Dios en la eternidad.
Ahora Jesús hace caer en cuenta que esta comunión con Él y con el Padre no será solamente una realidad futura, cuando entremos a vivir en la morada que el Resucitado nos ha preparado en el cielo (“volveré y os tomaré conmigo”, 14,3), sino que es una realidad presente, aquí y ahora, que crece todos los días hasta visión definitiva de la gloria.
Esto vale no solamente los primeros discípulos, sino para todo el que cree en Jesús: quien ama a Jesús, se dispone a la venida del Padre y del Hijo, quienes harán morada en él y permanecerán en su vida por tiempo duradero.
3.2. Educados por el Espíritu Santo: “viene”, “enseña” y “recuerda” (14,25-26)
“Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14,25-26)
Jesús recuerda una vez más que vendrá el Espíritu Santo. Ya lo había dicho poco antes: “Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis porque mora con vosotros” (14,17).
Notemos tres puntualizaciones en el v.26:
(1) El Espíritu Santo es un “Paráclito”, un asistente
Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.
(2) “El Padre (lo) enviará en mi nombre”
El Padre enviará el Espíritu como respuesta a su petición: “Yo le pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (14,16).
(3) “Os lo enseñará todo y os recordará todo”
El Espíritu les entrega a los discípulos la totalidad del Evangelio, la Palabra de Jesús en la cual hay una profunda unidad. Así les inculca sus enseñanzas y les revela su rostro. Estos dos elementos continuarán siendo el camino de acceso a la persona de Jesús.
Su tarea es enseñarnos a “aprehender” a Cristo, es decir, a hacer el camino pedagógico de la comprensión, apropiación vital y vivencia de la Palabra de Jesús.
Él no trae nuevas enseñanzas, porque toda la revelación ya se manifestó en la persona de Jesús. Su acción es referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e
insertándolo en la propia vida, es decir, ayudando a encarnar el Verbo Jesús en nuestra historia.
Sin la guía del Espíritu Santo, verdadero Maestro del Evangelio, el discipulado es inviable. Cuando un discípulo es educado interiormente por el Espíritu Santo puede seguir con mayor fidelidad a Jesús, conduce mejor su proyecto de vida –sobre las rutas del Evangelio- y adquiere todo lo que se necesita para entrar en la comunión total con el Padre y con el Hijo. De esta forma el Espíritu nos introduce en la Trinidad plena, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.
3.3. Primera consecuencia de la comunión con Dios: Jesús comunica su paz (14,27)
“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo” (14,27) Veamos tres características de la paz de Jesús:
(1) Su origen
Jesús les deja a sus discípulos “su” paz, esto es, la seguridad y la protección que solamente pueden provenir de Él.
(2) Su fundamento
Esta paz no es solamente una palabra sino que se basa en los dos anuncios que acaba de hacer Jesús: la comunión con el Padre y con el Hijo, que nos habita, y la presencia del Espíritu Santo, quien nos guía. La paz brota en la vida de quien se sumerge en Dios y endereza su existencia por el camino del Evangelio.
Esta comunión es espacio vital de seguridad y protección. Si Dios está con nosotros, ¿qué podrá constituir verdaderamente un peligro para nuestras vidas? La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos, las inseguridades, tanto cuanto sea vivida y experimentada en la fe. Cuando Dios está en la vida de uno, todo es distinto.
(3) Su consecuencia
Quien acoge la presencia de Dios Padre e Hijo en su vida, caminando todos los días bajo la guía del Espíritu Santo, enfrenta la vida de una manera distinta: con paz. Las vicisitudes propias de la vida cotidiana, que muchas veces causan desasosiego y perturbación, no nos encuentran desvalidos, como si no tuviéramos ayuda y sólido piso que nos sostiene. En otras palabras, las realidades de la vida nos sumen en angustia y temor, con razón dice: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (14,27).
Recordemos el punto inicial: puesto que Jesús es el único que puede darnos la entrada en esta comunión con el Padre, Él y sólo Él es quien puede darnos esta paz.
3.4. Segunda consecuencia de esta gran comunión: Jesús comparte su alegría
“Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (14,28)
Con la “alegría” sucede como con la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.
Como se vio antes, el amor por Jesús impulsa a los discípulos a observar su Palabra (14,23). Pues bien, este hecho debería impulsarlos también a alegrarse porque el Maestro se va.
(1) La alegría de Jesús
Con su muerte Jesús vuelve a la casa del Padre (“habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, 13,1). Así Jesús llega a la plenitud del gozo: para Él no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.
(2) La alegría de los discípulos
Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud de su bienaventuranza. Pero Jesús invita a sus discípulos a todavía más, a que se alegren incluso por sí mismos: el hecho que haya alcanzado su meta es para todos los seguidores una garantía de que también la alcanzarán. Los logros de Jesús son los logros de sus discípulos, ellos son los primeros beneficiados. Jesús los acogerá en su misma plenitud: “Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3).
3.5. Estas promesas deben ayudarles en su fe
“Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis” (14,29)
Jesús le acaba de hablar a sus discípulos abiertamente, con toda transparencia, con un gran amor. Ahora se toma una pausa para que los discípulos reflexionen.
¿Qué hay que captar en lo que Jesús acaba de decir? El hecho de que el Maestro le exponga a sus discípulos tantos detalles no debe ser motivo de inquietud, sino más bien una fuente de fortalecimiento de la fe en Él.
En fin…
Los discípulos están tristes en el cenáculo porque es la hora de la despedida. Jesús les muestra que no hay motivos para estar tristes porque su partida no es abandono sino plenitud de su hora y punto de partida de una nueva forma de presencia.
La partida es dolorosa, sí. Pero todo depende del punto de vista desde donde se miren las cosas. Si la miramos desde fuera, la muerte de Jesús parece una catástrofe. Pero si la miramos desde donde la ve el mismo Jesús, es distinto: quien pone en práctica las enseñanzas del Maestro, no pierde la seguridad cuando llega la hora de la muerte de Jesús, sino que es confirmado en la fe en Él, en la paz y en la alegría por su victoria.
Jesús invita a acoger esta visión de las cosas y a apropiársela. Hay que creerle a Jesús.
4. Cultivemos la semilla de la palabra en lo profundo del corazón
4.1. ¿Qué hacemos nosotros los hombres para manejar la soledad y el abandono? ¿Qué camino nos muestra Jesús?
4.2. ¿Qué características tiene el discipulado –seguimiento de Jesús- en los nuevos tiempos del Resucitado?
4.3. ¿Qué promesas le hace Jesús a sus discípulos a la hora de su partida? ¿Por qué ellas causan bienaventuranza?
4.4. ¿Qué valor tiene para mí la Palabra de Jesús? ¿Qué hace el Espíritu Santo en la vida del discípulo de Jesús?
4.5. ¿Qué entiendo por “paz”? ¿Qué dice Jesús sobre la “paz”?
4.6. ¿Qué ambiente tiene una despedida? ¿Qué hay de común entre la despedida de Jesús y las que nosotros hacemos? ¿En qué Jesús establece una radical diferencia?
4.7. ¿En qué debe consistir la alegría pascual? ¿Cómo he estado viviendo el tiempo pascual este año?
LAS NUEVAS PRESENCIAS DEL RESUCITADO
“Ahora que estoy a vuestro lado” ... Jesús les da sus últimas recomendaciones y también algunos regalos como despedida. “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Ciertamente que es una despedida enigmática: “Me voy y vuelvo”. Seguramente que en aquellos momentos no entendieron nada de nada. “Me voy al Padre”, pero vuelvo a vuestro lado”. Lo entenderían mucho después.
Jesús les explicó distintos modos de su nueva presencia. Estará junto al Padre, pero a la vez estará con sus discípulos, nosotros. Podríamos decir: a partir de ahora vais a experimentar en vosotros mi presencia, pero de otra manera. Y también: vosotros vais a ser “el lugar” donde los hombres podrán encontrarme. Ambas cosas. ¿Dónde o cómo será esto? Nos interesa mucho, porque esto es lo que llamamos fe: la experiencia viva de la Presencia del Señor que se encuentra conmigo... sin dejar de estar con el Padre.
Enumero estas presencias, sin orden de prioridad. No se trata de “alguna de ellas”, sino de todas juntas, complementándose entre sí, sin excluir ninguna:
+ Primero: Jesús les ha anunciado que “cuando dos o más de ellos se reúnan en su nombre allí estará en medio de ellos”. Quiere decirse que la comunidad fraterna, el grupo de apóstoles que se aman entre sí, que se reúnen en su nombre, que dan testimonio del Resucitado, que oran juntos, que comparten sus bienes, que meditan y disciernen juntos, que parten juntos el Pan... es el “lugar” de su presencia, donde acudiremos para encontrarle.
+ Segundo: La Eucaristía. Sobre todo, se refiere a celebrar juntos la Cena del Señor. Los hermanos compartiendo el mismo pan y la misma mesa, con un solo corazón y una sola alma, unidos entre sí. A ello se refiere insistentemente usando el verbo “permanecer”. El que permanece en mí, el que está unido a mí como la vid a los sarmientos, el que come de este pan...
+ Tercero: El pobre, el enfermo, el hambriento, el emigrante, el preso son también sacramentos de Jesús. Son lugares sagrados donde, al acogerlos estamos acogiendo al mismo Jesucristo. Recordáis, ¿no? Tuve hambre, sed, estuve enfermo... y me acogisteis. La caridad como atención, servicio, atención, compañía, alivio... son la ocasión de poder encontrarnos con él. Algunos preguntarán “¿cuándo te vimos en esa situación”? Pero los suyos sí que lo sabemos. “Cada vez que... conmigo lo hicisteis”.
+ Cuarto: “Haremos morada en él”. El interior de cada uno es el lugar habitado por el Espíritu de Jesús. En lo más profundo de ti mismo, en lo mejor de ti mismo, en el fondo de tu ser, de tu conciencia... puedes experimentar su presencia vivificadora, luminosa, fortalecedora. La oración personal, cerrando la puerta de tu cuarto y escuchando en silencio, te permitirá escuchar su voz. Somos templos de Dios, como dejó dicho San Pablo.
+ Y quinto: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él”. La Palabra de Jesús guardada en el corazón. Precisamente el Evangelio de hoy insiste en ello.
Los católicos tenemos bastante clara la presencia de Cristo en la Eucaristía, y nos provoca sincera devoción y para muchos es el centro de su vida espiritual. Sin embargo, debiéramos profundizar y dar mayor relevancia a las otras presencias indicadas. En particular voy a referirme a la última, ya que nos ha dicho hoy Jesús: “El que me ama guardará mi palabra”. El Concilio Vaticano II, citando a San Jerónimo, nos recuerda: “La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo” y añade: “Recuerden que a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”.
Os aliento a que acerquéis a vuestra vida la Palabra de Dios. Es Dios mismo quien nos habla. Todos los días, en el inicio del día, en medio o por la noche, leamos, escuchemos y meditemos un texto de la Palabra de Dios, pues no solo experimentaremos cómo Dios habla, sino que encontraremos esa Palabra que todos necesitamos para hacer el camino de nuestra vida y que viene de Dios mismo, que es Palabra hecha carne. Cuando nos acercamos a la Palabra, nos acercamos a Cristo. Todos los seres humanos están deseosos de una palabra que les dé salidas y ofrezca caminos, ¿cómo no desear que Cristo nos hable, si Él es la Palabra definitiva, clara, contundente, viva, que Dios dice a toda la humanidad? (+Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid, 23 Mayo 2019)
No podemos escuchar o leer la Escritura como un libro más. No. Es Palabra de Dios, en la que Él comienza un diálogo con nosotros en lo más profundo del corazón. Como escribía san Agustín después de una larga vida de búsqueda: “he llamado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir”.
No tardaremos en celebrar la fiesta grande de los Hijos del Corazón de María. Ella, como amaba tanto a Jesús, guardaba su Palabra, meditándola en lo más profundo de sí misma. Demos a la Palabra de Jesús el lugar que se merece: leámosla en nuestra oración personal, preparemos la Misa leyendo antes las lecturas, estudiémosla (no es un libro fácil) ...
Termino con unas palabras de un santo padre de los primeros siglos de la Iglesia:
Lo mismo que prestamos atención para que no se nos caiga al suelo nada de nuestras manos cuando se nos entrega el Cuerpo de Cristo, así tenemos que prestar atención, a fin de que no caiga de nuestro corazón la palabra de Dios que generosamente se nos da, lo cual sucede si pensamos en otra cosa o nos ponemos a hablar (en vez de escuchar). Quien oyese con negligencia la palabra de Dios, no sería menos culpable que el que hiciese caer por tierra, por negligencia, el Cuerpo de Cristo. (Cesáreo de Arlés, † 543)
EL VERDADERO DIOS ES SIEMPRE UN DIOS ESCONDIDO
Fray Marcos
Jn 14, 23-29
Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con uno mismo y con Dios que está en lo hondo de mi ser. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia intima. Lo que sucede dentro de cada uno de nosotros tiene que ser el iceberg del que sólo se apreciará una pequeña parte, que es el amor manifestado en el servicio a los demás.
Recordemos que el discurso de despedida del evangelio de Juan es un montaje teológico que pone en boca de Jesús lo que había sido la experiencia de la comunidad durante setenta años. Eso lo hace mucho más interesante aún, que si hubiera sido pronunciado por Jesús. Nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús.
No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos. El cristianismo fue en sus orígenes una manera de vivir la presencia de Dios por cada uno de los miembros de la comunidad, teniendo como modelo al mismo Jesús.
En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encuentra el ser humano cuando trata de expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que se hace en los versículos que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra, que dice exactamente lo contrario. Es la mejor prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra porque nunca son apropiadas.
Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden, que intenta ir más allá del mundo conceptual, puede ser verdad una afirmación y la contraria.
En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: si alguno me ama le amará mi Padre y le amaré yo. ¿Quién ama primero?
Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.
Les había advertido que seguirle sería motivo de conflicto. Como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice que trae la paz.
Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.
En otro lugar: No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.
Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.
Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Ni Dios ni Jesús tienen que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe "alguna parte" donde Dios pueda estar fuera de mí y del resto de la creación.
Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descubrirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad. Porque Dios está en lo hondo de mi ser, puedo descubrir y vivir esa presencia.
El hecho de que no llegue a mí desde fuera ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Es más, todo intermediario, sean personas, sean instituciones, me alejan de Él más que me acercan.
En el Antiguo Testamento la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo. La "total presencia" debía ser una de las características de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre.
Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás seres humanos. Pero ¡ojo! Surge de dentro, pero no será únicamente interna. Si esa presencia no la manifiestas en tus relaciones con los demás, es que no te has enterado.
El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica ("os irá enseñando todo..."). Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruaj).
"Santo" significa separado; pero no separado de Dios, sino separado del mundo. Separado y separador de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el sentido del verdadero amor (servicio).
En diversas partes del evangelio se repite la idea de que Jesús tiene que irse para que los discípulos puedan acceder al verdadero conocimiento de Dios. "Os conviene que yo me vaya, porque si no el Espíritu no vendrá a vosotros."
Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta el conocimiento de Dios, que les haría cambiar su manera de ver al mismo Jesús.
Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero les impedía darse cuenta de la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Solamente cuando desapareció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.
El Espíritu no añadirá ninguna enseñanza nueva. Sólo aclarará lo que Jesús ya enseñó, que es a su vez lo mismo que enseña Dios. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, sólo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable.
Mientras el Espíritu no nos separe del mundo, no podremos comprender las enseñanzas de Jesús. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la predicación de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicarles. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán todo claramente.
"Paz" era el saludo ordinario entre los semitas. No sólo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el "shalom" Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Juan hace hincapié en el "plus" de significado sobre el ya rico significado judío.
La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no sólo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor de Dios en nosotros, descubierto y vivido.
La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor. Solo el Amor descubierto dentro y manifestado fuera, lleva a la verdadera paz.
Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, por lo tanto, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte.
El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. Aquí tampoco habla la segunda persona de la Trinidad; estaríamos poniendo en boca de Jesús una herejía.
No olvidemos que Jesús, para el evangelista, es un ser humano a pesar de su preexistencia: "Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos..." Cuando decimos sin matizaciones que Jesús es Dios, estamos cayendo en una trampa. Dios se manifiesta, también en Jesús, en lo humano, pero Dios no es lo que se ve ni lo que se palpa ni lo que se oye de Jesús. Dios es otra cosa.
"El Padre es más que yo". Dios se manifiesta y se vela en la humanidad de Jesús. Por eso la presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada y sin obrar nada, según la manera que tenemos de entender el estar y el obrar.
El verdadero Dios es siempre un Dios escondido. Decía Pascal: "Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera". ¿Qué pensaría de una religión, que lo sabe todo sobre Dios y que nos dice cómo es y dónde está?
Un sufí persa de la Edad Media lo dejó bien claro cuando dijo:
Calle mi labio carnal,
habla en mi interior la calma
voz sonora de mi alma
que es el alma de otra alma
eterna y universa.
¿Dónde tu rostro reposa
alma que a mi alma das vida?
Nacen sin cesar las cosas,
mil y mil veces ansiosas
de ver tu faz escondida.
En toda la Biblia se descubre una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver ni oír a Dios sin morir. No puede ser representado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre.
En el Nuevo Testamento se descubre un intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de "Mesías", "Siervo", "Hijo de hombre", "Palabra", "Espíritu", "Sabiduría", incluso "Padre", son todos ejemplos de ese intento de hacer a Dios cercano al ser humano.
Hoy sabemos que no se trata de una simple cercanía, sino de una identificación entre lo que hay de Dios en mí y lo que hay de mí mismo. Nuestra tarea como cristianos hoy, es dar este último paso.
Meditación- contemplación
"Vendremos a él y haremos morada en él".
Jesús descubrió esa presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó, fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud;
...................
Sin experiencia interior no hay posibilidad de salvación.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera espiritualidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a vender todo lo demás para adquirirlo.
.......................
Debo preocuparme mucho menos por los que hago.
Tengo que dedicar mis energías a descubrir lo que soy.
Lo que haga, será inevitablemente, consecuencia de lo que creo ser.
Una vez más estoy ante la alternativa: Programación o vivencia.
......................
LO REAL NO ES UNO NI ES DOS, ES UN NO-DOS
Jn 14, 23-29
Todo queda admirablemente dicho en la frase con la que se inicia el texto: "Vendremos a él y haremos morada en él". El ser humano –y, más ampliamente, todo lo real- está habitado por Dios, en el sentido más profundo que pudiéramos imaginar.
Desde un modelo dual (mental) de cognición, en el que el dualismo es inevitable, la llamada "inhabitación" se entendía como un "añadido" o agregado que viniera a ocurrir en la persona, equiparable a lo que ocurre en una casa deshabitada cuando alguien llega a ella. Una tal lectura, aunque rica, olvidaba justamente lo más decisivo: el Dios que nos habita y nosotros mismos no somos una suma de dos, sino las "dos caras" –invisible y visible- de la Única Realidad no-dual.
Por esa razón, no hay que entender las palabras que se ponen en boca de Jesús como si se trataran de una condición: sólo cuando alguien guarde mi palabra, será habitado y amado por Dios. En realidad, son consecuencia, es decir, expresión de lo que ocurre en la persona que comprende lo que es.
Quien toma conciencia de su identidad profunda, se descubre habitado y amado por el Misterio –se autocomprende como el Misterio- y no puede hacer otra cosa sino amar y experimentar la unidad con todos. En el lenguaje del cuarto evangelio, Dios y Jesús son el "centro" último de lo Real, lo que constituye nuestra identidad más honda. Es lo que han experimentado y proclamado los místicos: "Mi Yo es Dios y no reconozco otro Yo que a Dios mismo" (santa Catalina de Génova).
No se trata, por tanto, de que Dios habite únicamente en aquéllos que cumplen la palabra de Jesús, en una vuelta a la religión mítica de los méritos y las recompensas. Dios habita ya todos los seres: nada podría existir "fuera" de Él. La palabra de Jesús busca hacernos "caer en la cuenta" de esa realidad, a la vez que nos muestra en qué se traducirá.
El verdadero Maestro –nuestro "maestro interior"- que nos irá conduciendo hasta la verdad es el Espíritu de Dios, que se expresa en lo profundo de todo ser humano. Es la "voz" de Dios en nosotros, a la que accedemos desde la apertura y disponibilidad interior –eso significa ser "vírgenes", como María-, y la que nos permite comprender en profundidad. En el lenguaje bíblico, "recordar" significa "tomar conciencia del significado".
A partir de estas palabras, se habría de elaborar toda la doctrina cristiana de la "inhabitación trinitaria". Dios-Trinidad abraza y se expresa en todo lo real; habita todo y en todo se manifiesta; todo lo contiene y en todo está presente.
Hablar de "Trinidad" no es hablar de "tres dioses" –eso ocurre siempre que pensamos el Misterio desde nuestra mente dual-, sino evocar el carácter no-dual de todo lo que existe. Lo Real no es uno (monismo o panteísmo) ni es dos (dualismo); es un no-dos, en el que todo está interrelacionado con todo.
Padre-Hijo-Espíritu no son "seres" separados; al pensarlos así, se objetivan y se convierten en ídolos mentales. La Trinidad es el "símbolo" cristiano –en el sentido profundo y etimológico de la palabra: sym-ballein- del Misterio último de lo Real. La Trinidad está ocurriendo aquí mismo, en el Presente eterno.
Dios, el Hombre y el Mundo no son uno, ni dos, ni tres; sino, en lenguaje de Raimon Panikkar, una Realidad cosmo-te-ándrica, donde lo divino, lo humano y lo mundano (cósmico) quedan abrazados. Porque, en último término, la Realidad es relación.
Como dice el propio Panikkar, fuera de los esquemas substancialistas, el Ser es relación. Decir persona no es decir "individuo". Por ello, es necesario desontologizar a Dios:
"Dios no es ninguna persona individual porque no se delimita frente a otra y no puede experimentarse como delimitado por otro"
(V. PÉREZ PRIETO, Dios, Hombre, Mundo. La trinidad en Raimon Panikkar, Herder, Barcelona 2008, p.223. De este libro tomo también las citas que vienen a continuación).
"Dios está en todo, pero no se agota en ese todo". La Divinidad "no está individualmente separada del resto de la realidad, ni es totalmente idéntica a ella".
Dios es la realidad de la realidad. Es una realidad tan "real" que no puede ser pensado como existente, externa o independientemente de las cosas para las cuales es precisamente Dios...
"El mundo es el cuerpo de Dios, no en separación cartesiana, sino en simbiosis positiva en donde las diferencias no se eliminan, pero la separación se supera".
De nuevo, es el lenguaje que encontramos en los místicos.
San Juan de la Cruz escribe: "El alma más parece Dios que alma, y aun es Dios por participación" (Subida II,5-7).
Y san Bernardo: "¿Qué es además Dios? Eso sin lo cual nada es. Es tan imposible que algo sea sin Él como Él mismo sin Él. Él es en sí mismo como es en todo y, así, de una cierta forma, sólo Él es, que es el Ser mismo tanto de sí mismo como de todo" (cit. en PÉREZ PRIETO, p.134).
Realmente, es difícil decirlo de un modo más claro y contundente. Por eso, parece no quedar otra actitud que la de animarse a vivirlo, en el asombro consciente, la admiración, la alabanza, la gratitud y el amor. Porque el Misterio sólo se conoce, no cuando se piensa, sino cuando se es.
Con el Espíritu, Jesús regala paz. El Shalom judío incluye el conjunto de los bienes mesiánicos: plenitud de vida y de salud, perfección y gozo, comunión definitiva entre Dios y su pueblo. En cierto modo, podría decirse que esta "paz" no es algo diferente del Espíritu, al que acaba de referirse.
La "paz del mundo", en cuanto paz del ego, conoce altibajos, según como le vayan las cosas al propio ego. A ese nivel, todo es impermanente –incluso lo que en un momento nos pareció "definitivo" y luego descubrimos con dolor y angustia que se ha "esfumado"-, porque todo está marcado por la polaridad: no puede existir el día sin la noche, la salud sin la enfermedad, el placer sin el dolor, la seguridad sin el miedo..., la paz sin la perturbación. Mientras permanezcamos identificados con nuestro yo, la paz de Jesús nos resultará inaccesible.
La suya es la paz que "nadie puede quitar"; la que vive el propio Jesús, a pesar de la angustia de su "hora". Es la paz de quien permanece anclado en su Identidad profunda, sin identificarse con los altibajos de las circunstancias ni con los vaivenes de la mente.
La paz de Jesús no requiere que todo "vaya bien", no se atemoriza ante el dolor, ni se desploma cuando aparecen circunstancias adversas. Abraza estados contradictorios –"buenos" y "malos"-, porque trasciende los niveles relativos. Es "la paz que supera todo razonamiento" (Carta a los Filipenses 4,7), porque nace de un "lugar" que está más allá de la razón, más allá de la mente, en la comprensión del Misterio que somos, y que no se ve afectado por lo que le ocurra a nuestro yo.
Pero, precisamente porque está "más allá de todo razonamiento", para experimentar esa paz se requiere silenciar la mente, acallar el ego. Se trata, en concreto, de venir al presente y de separar, una y otra vez, la situación de los pensamientos que tenemos sobre ella: la situación es "neutra"; son mis pensamientos los que, al rechazarla, generan sufrimiento.
Si tengo una situación, por más dolorosa que sea, y la etiqueto como "negativa", dando vueltas sobre ella, hago que la paz sea imposible. Por el contrario, al aceptar el presente, tal como es, sin intentar "modificarlo" con mis pensamientos, ni apenarme porque sea así, la paz emerge de nuevo. En una palabra, el Presente siempre es paz, y la paz de que habla Jesús únicamente se puede vivir si permanecemos en el presente. Curiosa y paradójicamente, la transformación podrá venir a continuación.
Para terminar, Jesús habla de ir al Padre, que "es más que yo". Desde nuestro nivel "relativo", podemos entenderlo así: el Misterio es "más" que aquello que percibimos en nosotros. Pero, a la vez, es también nuestro "destino" porque, como en el caso de Jesús, es nuestro "origen": "Sabiendo Jesús que había venido de Dios y a Dios volvía..." (evangelio de Juan 13,3).
Nacidos de Dios y volviendo a Dios, acertamos en la vida cuando nos reconocemos ser-en-Él ("en Él somos, nos movemos y existimos": Libro de los Hechos de los Apóstoles 17,28),
sin ningún tipo de separación; cuando, libres de la identificación y apego al yo, comprendemos y experimentamos nuestra Identidad profunda, como la Presencia viva y luminosa, atemporal e ilimitada, que no conoce altibajos.
LA IGLESIA ES UNA COMUNIDAD DE PECADORES EN CAMINO DE CONVERSIÓN
José Enrique Galarreta
Jn 14, 23-29
El evangelio es un fragmento del "Sermón de la Cena", el largo testamento de Jesús en la noche del Jueves Santo. En la despedida, Juan coloca en labios de Jesús el resumen final de su mensaje: guardar la Palabra, amar como Dios nos ama, recibir el Espíritu de Jesús, permanecer en la paz.
Juan es capaz de hacer formidables síntesis. Su evangelio es una reflexión final de la fe de los Testigos, y todo en su mensaje se relaciona y se hace un solo mensaje: Dios-amor habla en Jesús y mora en los que aceptan a Jesús: el Espíritu está en ellos: cuando Jesús no está, el Espíritu sí que está, y la Iglesia siente la paz, aun en medio de la ausencia de Jesús y de las persecuciones.
Este es un domingo para renovar nuestra fe en la Iglesia, para profundizar, más allá de lo que vemos y criticamos, para ver en el fondo de la Iglesia la Presencia del Espíritu de Jesús. Es un domingo para avivar nuestra fe en Dios, en Jesús, en la Iglesia y en la Humanidad.
Partamos de la imagen de Juan en el Apocalipsis: el final es el triunfo de Dios. El final de la Iglesia y de la humanidad es "la ciudad perfecta", donde no hay llanto ni muerte, ni hace falta templo ni luces de astros, porque Reina Dios en todos.
Esta visión, sin embargo, es un símbolo limitado, muy material. Ha servido para imaginarnos el cielo como una corte real, todos pasmados en la contemplación de la divinidad. Son símbolos muy externos. La realización humana en Dios no es estar en un lugar sino el resultado final de la conversión. Dios no reina desde fuera y desde arriba, sino desde dentro. El triunfo de la humanidad es la desaparición del pecado y de la condición temporal del hombre, la desaparición de la fe. No podemos dejar que estas imágenes sustituyan a su propio mensaje.
Pero las imágenes nos ofrecen la posibilidad de hacer un acto de fe en el triunfo de Dios, en el destino de la humanidad, en que esta Iglesia que ahora vemos tan manchada está llena de ese Espíritu que allí será una evidencia, una vez superados los pecados de la propia Iglesia.
Porque la Iglesia no es una comunidad de santos. Es una comunidad de pecadores en camino de conversión. Y menos mal que es así: si fuera una comunidad de santos, yo no podría formar parte de ella. Es una comunidad de gente como yo, con pecados como los míos. Y los pecados de todos afean el rostro de la Iglesia y obstaculizan nuestra fe y la de los demás.
Esta es la imagen que nos muestra, con tanta claridad, el libro de los Hechos. Una Iglesia con dudas, tensiones y disputas. No tienen demasiado claros ni siquiera algunos aspectos esenciales de la fe cristiana: hay en ella facciones diferentes, los judaizantes, los helenizantes, los discípulos de diversos maestros.
Pero es una comunidad que se caracteriza por algo sumamente básico: atienden al Espíritu, oran para encontrar la Palabra, y el Espíritu se muestra en la comunidad, superando los intereses y las obcecaciones de cada uno. El Libro de los Hechos debería ser conocido a fondo por todos los cristianos. Es una formidable meditación sobre la Iglesia.
Pero lo más hondo de todo este Espíritu se expresa en el Evangelio de Juan. Una vez más, resuena la imagen del Libro del Éxodo: "Haremos morada en él". La Morada era la Tienda de Dios en medio de las tiendas de su pueblo. Jesús es presentado por Juan en el prólogo de su evangelio como "La morada de Dios entre los hombres". Ahora la Palabra se hace más íntima. Nosotros somos la Morada de Dios. Nosotros... si está en nosotros el amor, porque ésa es la señal de los cristianos, en eso se nota si Dios está aquí. Y en nada más.
Jesús está hablando a un grupo que necesita aún convertirse a su mensaje. Han entrado en el cenáculo discutiendo sobre quién es el mayor, y han preguntado a Jesús si es ése el momento en que va a instaurar su reino: no se han enterado de nada. Jesús les ha contestado lavándoles los pies. Y Juan coronará el mensaje en su primera carta dejando claro que el amor no es un sentimiento, sino obras, servir a los hermanos. Así - sólo así - se muestra la presencia de Dios, en nosotros y en la Iglesia. Así - sólo así - se muestra que, ahora que Jesús no está, su Espíritu está en la Iglesia.
Es importante el último mensaje: la paz. No es simplemente la tranquilidad, la satisfacción. Es que no tenemos miedo de que Jesús no esté. La Iglesia no depende de los pecados, ni siquiera de los aciertos de los hombres, ni siquiera de sus propios pastores. La Iglesia es obra del Espíritu, y el Espíritu de Jesús está aquí. Y sigue vivo el amor, el servicio, la búsqueda de la Palabra. La Palabra es cada vez más escuchada, el servicio es cada vez más atendido, la Eucaristía es cada vez mejor celebrada: la Iglesia está viva, animada por el Espíritu de Jesús.
CREO EN LA IGLESIA
Creo en Jesús, el hombre lleno del Espíritu,
Morada de Dios entre los hombres.
Creo en el Espíritu de Jesús,
el Espíritu de Dios que en Jesús se hizo visible,
Espíritu que nos hace clamar: "Abbá, Padre".
Creo en la Iglesia,
comunidad de los que creen en Jesús,
que vive de su mismo Espíritu.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
he conocido a Jesús.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
escucho y recibo la Palabra,
y experimento el perdón.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
celebro el recuerdo de Jesús / pan
y comulgo con él
y con todos los hombres mis hermanos.
Y pido a Dios por nosotros, la Iglesia,
para que sea una, santa, universal, apostólica,
para que se deje llevar por el Espíritu,
para que sirva a todos los hombres
y pueda así ser para todos
la Buena Noticia de Jesús.
DEJARNOS HABITAR POR EL AMOR
Inma Eibe
Jn 14, 23-29
El evangelio de hoy es una parte del discurso que Juan sitúa como las palabras de despedida de Jesús en la Última Cena. Por ello, entendemos que, en él, el evangelista quiso resaltar lo que le parecía fundamental de las enseñanzas de Jesús para quienes, posteriormente, nos convirtiéramos en seguidores del Maestro. De algún modo, Juan lo presenta como las “últimas voluntades” de Jesús, la herencia que deseaba dejar a sus discípulos.
Podemos, por tanto, leer este evangelio y orar con él en esta clave. Estas palabras hoy Jesús te las dice a ti, me las dice a mí, queriendo que queden grabadas en lo más profundo de nuestro ser como su legado más precioso. Y, si algo llama la atención al leerlo es, quizás, las veces que se repiten dos términos: el sustantivo “Padre” y el verbo “amar” en distintas formas verbales. Jesús reafirma, una vez más, a sus amigos, lo que es la esencia de todo su mensaje: que todo lo que ha realizado (en obras y palabras) nace de la experiencia filial y de amor que tiene de Dios, su Abba.
No sólo Él se sabe Hijo, sino que nos hace a nosotros hijos y hermanos, incluyéndonos en el círculo de amor infinito que tiene con el Padre para que también nosotros podamos llamarle así. Jesús nos abre las puertas de su relación con el Padre y con la Ruah, nos introduce en la experiencia de comunión y de amor de la Trinidad. Nos posibilita adentrarnos en lo más íntimo de su hogar al tiempo que Él atraviesa lo más íntimo del nuestro (“haremos morada en él” (Jn 14,23)).
No nos deja solos, nos promete la continuidad de su presencia en el Defensor, en el Espíritu Santo que el Padre enviará en su nombre. Él no estará físicamente, pero la resurrección hará que su presencia sea nueva en la comunidad de los creyentes. El Amor que hemos recibido del Padre por Jesús seguirá latiendo siempre a través de su Espíritu.
Jesús promete así amor, paz, fuerza, presencia, alegría… Pero, como siempre, nos recuerda que “todo es don y tarea” y que nosotros también debemos poner de nuestra parte: “el que me ama guardará mi palabra”, “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”, “si me amarais, os alegrarías de que vaya al Padre”.
Tres claves importantes: guardar su palabra (v.23), no ser cobardes (v.27) y alegrarnos (v.28).
- “Guardar su Palabra”, como María, en el corazón. Escucharle y hacer que su Palabra tome cuerpo en nosotros. Estar atentos a lo que dice y obedecerle.
- “No ser cobardes”: confiar en Él y anunciar sin miedo su Palabra viva y eficaz. No acobardarnos ante las dificultades y ser capaces de vivir, _quizás muchas veces contracorriente_, según su Palabra. No ser temerosos a la hora de denunciar las injusticias, de sacar a la luz aquello que va en contra del Evangelio, de posicionarnos al lado de los más pequeños como hacía Jesús.
- “Alegrarnos”: con una alegría que nace de la confianza absoluta en Quien nos ama hasta el extremo, de la certeza de que su presencia está entre nosotros en el Espíritu que nos enseña y aconseja, si sabemos escucharle.
Y todo ello, desde algo fundamental: hacer vida el amor que de Él hemos recibido y amarle como Él nos amó. “Si me amarais” (14,23.27), nos dice… Y en Jesús hemos descubierto que el verdadero amor no es una disquisición filosófica o un sentimiento bello, sino una experiencia real de compromiso, donación, entrega absoluta, perdón incondicional, búsqueda del bien del otro…
Amarle a Él se concreta, como bien sabemos, en el amor al prójimo. Sólo ello nos llenará de alegría profunda. Sólo ello nos dará la paz verdadera. La que todos anhelamos.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Cf. Is 48, 20
Con gritos de alegría anuncien y proclámenlo hasta los confines de la tierra:
El Señor ha liberado a su pueblo. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso,
concédenos continuar celebrando con intenso fervor
estos días de alegría en honor de Cristo resucitado,
de manera que prolonguemos en nuestra vida
el misterio de fe que recordamos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Lleguen hasta ti, Señor,
nuestras oraciones junto con estas ofrendas,
para que, purificados por tu gracia,
recibamos el sacramento de tu inmensa bondad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Jn 14, 15-16
Dice el Señor: Si me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito,
para que esté siempre con ustedes. Aleluia.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
que nos haces renacer a la vida eterna
por la resurrección de Cristo,
concede que los sacramentos pascuales
den fruto abundante en nosotros,
e infunde en nuestros corazones
la fuerza de este alimento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
El Espíritu Santo, y nosotros mismos,
hemos decidido no imponernos ninguna carga más
que las indispensables
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29
Algunas personas venidas de Judea a Antioquía enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse. A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos, y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los Apóstoles y los presbíteros.
Entonces los Apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta:
«Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto, hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, los cuales han consagrado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje.
El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós.»
Palabra de Dios.
SALMO Sal 66, 2-3. 5-6. 8
R. A Dios den gracias los pueblos,
alaben los pueblos a Dios.
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.
Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.
¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.
Me mostró la ciudad santa,
que descendía del cielo
Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14. 22-23
El ángel me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino.
Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero.
No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 14, 23
Aleluia.
Dice el Señor: El que me ama será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará e iremos a él.
Aleluia.
EVANGELIO
El Espíritu Santo les recordará
lo que les he dicho
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 23-29
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: "Me voy y volveré a ustedes". Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.»
Palabra del Señor.
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