Domingo de Resurrección (C)

 Liturgia Viva del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

VIGILIA PASCUAL

LIBRES Y RESUCITADOS CON CRISTO


Liberados y Viviendo en la Alianza de Amor

Introducción General por el Celebrante o el Comentador


Nota: Ya que hay una introducción por el Celebrante Presidente para cada parte de la celebración de esta noche, un ministro apropiado pudiera dar la siguiente introducción general al principio del servicio.
La realidad del misterio total de Pascua es tan asombrosa y real para nosotros que la tenemos que re-vivir no solo como un acontecimiento del pasado, sino como algo presente y real que nos afecta  a nosotros hoy.
Esta noche, pues, celebramos el acontecimiento capital y central para la cristiandad: La liberación del pueblo de Dios de la esclavitud del pecado, de forma que los hombres pueden entrar en la nueva y eterna Alianza por la que Dios, por su propia iniciativa,  vincula a su pueblo consigo mismo en una profunda unión de vida y amor.  
En favor del pueblo, en el Antiguo Testamento, Dios vio las dificultades que los judíos sufrían en su situación de esclavitud en Egipto,  los liberó y selló con ellos la Alianza por medio de Moisés, en el Monte Sinaí.  
En favor nuestro, como cristianos, Dios vio nuestra esclavitud al pecado y nuestra incapacidad para deshacernos de él. Así envió a Jesús, su propio Hijo, para hacernos libres por su muerte en la cruz en el Monte Gólgota y por su resurrección. Ahora somos un pueblo libre, capaz de proveer amor, servicio y justicia. Celebramos esta libertad y esta Nueva Alianza esta misma noche.
Hermanos y hermanas, esto es lo que intentamos re-vivir en esta celebración Pascual. Ésta es nuestra celebración mayor, pues es la celebración de vida y alegría.


PRIMERA PARTE: SERVICIO DE LA LUZ

Introducción por el Celebrante


Querido Pueblo de Dios: Al principio de la celebración de la Pascua judía el más joven de la familia o del grupo preguntaba: “¿Por qué es esta noche tan diferente de otras noches?”, y el cabeza de familia respondía: “Esta noche tenemos una celebración muy especial, porque una vez, hace muchísimos años, éramos esclavos bajo el Faraón de Egipto, pero Dios, el Señor, nos hizo libres y condujo a su pueblo fuera de Egipto con alegría”.  ---   Cuando nosotros, los cristianos, nos preguntamos esta noche: “¿Por qué celebramos en la oscuridad de la noche?”, respondemos: “Comenzamos nuestra celebración en la oscuridad, porque una vez éramos esclavos de la oscuridad del pecado, pero el Señor, Jesús, nos ha hecho libres muriendo por nosotros en la cruz. Pero en la noche de Pascua Jesús resucitó de entre los muertos y nos trajo nueva vida, la vida del Resucitado. Allí nos hizo nuevo pueblo escogido de Dios y vino a ser nuestra luz para conducirnos a la tierra prometida”.  Por eso encendemos el fuego y el Cirio Pascual  mientras cantamos nuestra alabanza y acción de gracias a Dios.
Después se bendice el fuego, se enciende el Cirio Pascual, se hace la procesión a la Iglesia y se canta el Pregón Pascual.


SEGUNDA PARTE:  LITURGIA DE LA PALABRA

Introducción por el Celebrante


Escuchamos ahora la Palabra de Dios con oídos y corazón abiertos  y con gran alegría. Esta noche la Palabra de Dios habla de la liberación del pueblo de Dios, antiguo y nuevo,  y por lo tanto, de cómo también nosotros hemos sido liberados por la muerte y resurrección de Jesús. 

Nota: Las siete lecturas del Antiguo Testamento pueden reducirse a tres. Pero en tal caso, Éxodo 14,  sobre el paso de Israel hacia la Tierra prometida, debería estar siempre entre las seleccionadas. ---  Nosotros, en estos subsidios litúrgicos, hemos seleccionado cuatro de ellas, para dar  más opciones. 

Primera Lectura (Gn 1,1-31; 2,1-2): El Hermoso Poema de la Creación
En este primer acto de salvación, Dios creó el orden desde el caos, y la luz desde las tinieblas. Creó al hombre y a la mujer  a su imagen y semejanza, y les confió 

Segunda Lectura (Ex 14,15-15,1): Pasando a través del Agua hacia la Libertad
Esta es la historia de la noche de la liberación de Israel. Dios condujo a su pueblo de la esclavitud a la libertad a través de las aguas salvadoras del Mar Rojo, e hizo una Alianza con él.  ---   Nosotros entraremos a gozar de la libertad de Cristo por medio de las aguas del bautismo. 
                                                 
 Tercera Lectura (Is 55,1-11): Invitación al Paraíso Recuperado 
Si buscamos al Señor, él nos regenerará  con su libre don de gracia y sellará con nosotros una nueva Alianza. Así, entonces, podremos ser sus testigos para todas las naciones y podremos llevarlas a Dios.  

Cuarta  Lectura (Ez 36:16-28): Un Nuevo Pueblo con un Nuevo Corazón
Cuando durante el exilio los judíos se arrepienten de su infidelidad, Dios promete purificar a su pueblo de sus pecados. Llegarán a ser un nuevo pueblo, con un nuevo corazón, viviendo en una nueva Alianza de amor. Nosotros somos ese pueblo de la Nueva Alianza purificado en el bautismo.

Introducción antes del Gloria y de la Oración Colecta
Los cirios del altar se encienden ahora, ya que ahora proclamaremos Palabra de Dios tomada del Nuevo Testamento, en el que Cristo es nuestra luz.


Oración Colecta


Oremos para que con todo entusiasmo 
sepamos seguir a Cristo, nuestra luz y vida.
        (Pausa)
Señor Dios nuestro:
Tú has iluminado esta noche con la luz gloriosa de Cristo.
Haz que nazcamos con él a una nueva vida,
una vida de amor fiel en la nueva Alianza;
y renuévanos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu 
para que seamos tus hijos e hijas fieles 
y te rindamos incondicional servicio, 
junto con tu Hijo resucitado, 
Jesucristo, nuestro Señor.

Primera Lectura del Nuevo Testamento (Rom 6,3-11): Resucitados con Cristo.
Nosotros llegamos a participar de la muerte y resurrección de Cristo por medio del bautismo; allí adoptamos la lucha contra el pecado y comenzamos a vivir la vida de Cristo. 

Evangelio del año C (Lc 24,1-12): ¡El Señor Está Vivo y Resucitado!
Las mujeres discípulas de Jesús encuentran la tumba vacía y no saben qué pensar. El ángel les anuncia que el Señor está vivo y resucitado. A los apóstoles les resulta difícil creer. ---  Sin embargo, con ellos, nosotros tenemos que ser testigos del Señor Resucitado.

TERCERA PARTE: LA LITURGIA DEL BAUTISMO



Nota: Si no hay bautismos ni se bendice la pila bautismal, las letanías de los santos se omiten, y se hace inmediatamente la bendición del agua, seguida de la renovación de las promesas del bautismo.  


Renovación de las Promesas Bautismales

Introducción por el Celebrante


Hermanos y hermanas en Cristo: 
En esta hermosa noche recordamos la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Muriendo destruyó la muerte para nosotros, resucitando a una nueva vida ha afirmado nuestra propia vida. En el bautismo hemos muerto con él al pecado, pero no hemos ganado todavía todas nuestras batallas contra el mal, y la vida de Dios en nosotros no ha llegado todavía a florecer plenamente. Por eso la Iglesia nos invita ahora a rechazar de nuevo todo lo que va contra la Alianza de amor y, como lo hicimos en el bautismo, a prometer vivir conforme a su ley de servicio, bondad y amor. Renovemos, pues, nuestras promesas bautismales.


Oración de los Fieles


Oremos a Dios nuestro Padre, que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, y digámosle:

 

R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

-    Por todos nuestros hermanos que han sido bautizados esta noche, y por todos los cristianos veteranos, para que permanezcamos fieles a nuestras promesas bautismales en todas las circunstancias de nuestra vida, roguemos al Señor: 


R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

-    Por todos los que sufren y por los agonizantes, para que su esperanza y fortaleza sea Jesús mismo, quien, a través y más allá de la muerte, ha construido para nosotros un camino de nueva vida, roguemos al Señor:   


R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

-    Por todos los desalentados y desilusionados en la vida,  a causa de sus experiencias dolorosas, para que no permanezcan obsesionados por el pasado desagradable, sino que esperen con ilusión el futuro con sus nuevas perspectivas y oportunidades, roguemos al Señor:  


R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

-    Por todos los que se han comprometido a servir atendiendo a las necesidades de los otros, para que mantengan su fe en un mundo mejor en el que paz y justicia no sean palabras vacías, sino realidades palpables, roguemos al Señor: 

 

R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

-    Por todos nosotros reunidos aquí en la alegría de la Pascua, para que seamos hombres y mujeres felices y risueños, porque sabemos que Dios nos ama, y también para que irradiemos este amor los unos a los otros, roguemos al Señor:  

 

R/ Señor, danos nueva vida, por tu Hijo Resucitado.

Oh Dios y Padre nuestro: Tú nos llamas hijos e hijas tuyos y es lo que realmente somos. Haz que cooperemos contigo con gratitud en las obras de tu amor creativo y servicial, y que esperemos con anhelo y con esperanza la felicidad sin fin a nosotros prometida en Jesucristo nuestro Señor.


Oración sobre las Ofrendas


Señor, Dios de vida:
Tú nos reúnes alrededor de esta mesa santa
para celebrar la comida Pascual
de nuestro Señor Jesucristo. 
Acepta, con este pan y este vino, 
las plegarias y ofrendas de tu pueblo. 
Robustece y haz firme nuestra fe,
para que tu Hijo continúe
viviendo en nosotros y llevándonos a ti,
nuestro Dios de vida y amor,
por los siglos de los siglos.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Que nuestra alegría se desborde hoy al dar gracias al Padre por habernos salvado por la muerte y resurrección de Jesús, su Hijo.

Invitación al Padre Nuestro
Ya que somos hijos e hijas del Padre por el bautismo.
que la alegría del Espíritu clame desde dentro de nosotros
con las mismas palabras de Jesús.  R/ Padre Nuestro…

Invitación a la Comunión
Éste es Jesús, nuestro Señor resucitado, 
que dijo a sus apóstoles,
y nos dice de nuevo a nosotros esta noche:
“Yo soy el pan de vida.
Quienes comen mi carne y beben mi sangre
tienen vida eterna y yo viviré en ellos”.
Con esta clara fe, acerquémonos a la mesa del Señor.
R/ Señor, no soy digno…

Oración después de la Comunión


Señor Dios, Padre nuestro:
Con inmensa alegría hemos participado
en la Cena Pascual de tu Hijo.
Por su cuerpo y sangre nos has asegurado
que estamos destinados a la vida eterna,
y que esta vida está ya desarrollándose en nosotros.
Sigue llenándonos con el Espíritu de tu amor,
para que vivamos en la alegría de tu pueblo santo,
siendo todos uno de mente y corazón por el amor,
y viviendo los unos para los otros, y todos para ti,
nuestro Dios y Padre, por los siglos de los siglos.

Bendición
Hermanos: ¡Qué experiencia única de alegría si hemos revivido realmente esta noche santa lo que hemos llegado a ser por medio de la resurrección de Jesucristo!
Queremos mantenernos viviendo en la esperanza y felicidad
de un pueblo que ha resucitado por encima del mal y del pecado, y se esfuerza por vivir para favorecer todo lo bueno, justo y bello.
Que la bendición de Dios todopoderoso y amoroso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y les acompañe siempre

 

 

 

Había de resucitar de entre los muertos

 

¡Ha resucitado el Señor! Es para lo que nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma.  Para esto hemos acompañado a Jesús en la Última Cena, en la Cruz y en el sepulcro. Es el final de un camino, y el comienzo de otro, nuevo, lleno de esperanza.

A lo largo de este tiempo, seguramente ha habido momentos buenos y malos. Como siempre en la vida. Incluso ahora, sabiendo el final, nos puede ocurrir lo que le sucedió a María Magdalena y a las mujeres. Cuando estábamos más a gusto con Jesús, se nos muere. Parece el final del camino. Pero sólo lo parece. No lo es. Perdemos la esperanza, la ilusión, porque únicamente vemos la tumba vacía. Y en las tumbas, generalmente, huele mal.

El peso de la losa también abate la certeza de que somos buenos, de que merecemos la pena. La piedra nos aplasta la autoestima. Nos dan ganas de llorar, porque hemos sido cobardes, porque nos hemos dejado quitar al Señor, por no haber vivido cada momento, por haber perdido el tiempo y no haber disfrutado más de la amistad con el Señor. Nos preguntamos, como las mujeres, “¿quién nos quitará la losa del sepulcro?”, ¿quién nos resolverá los problemas?

Pues la celebración de hoy nos recuerda que no tenemos nada que hacer en el sepulcro, que no hay que llorar más, porque todo es nuevo. Los hechos que recuerda Pedro en la primera lectura no fueron meras imaginaciones. Ocurrieron de verdad. Y la resurrección confirmó esas palabras y esos hechos de Jesús. Ya no queda espacio para la pena, porque Dios nos sonríe, por medio de Cristo, el Resucitado. Al final, todo se coloca en su lugar. La tristeza del Viernes Santo se torna en alegría. Lo que parecía imposible, lo que se vivía como un fracaso, se convierte en una victoria impensable para el hombre, pero posible para Dios.

Y hoy también se nos recuerda que renace la esperanza, porque Cristo nos la ha devuelto. Todo puede volver a empezar. Y mejorar. Puedes creerlo, porque todos los signos se han cumplido, ya nunca más estarás solo, porque el Señor va contigo, te acompaña y te sostiene, te recuerda que tienes otra oportunidad, y que nada te puede detener. Ni siquiera la muerte.

Es el momento de dar gracias a Dios, porque el pecado es lo único que ha quedado muerto y bien enterrado. Cristo tomó todos los pecados del mundo sobre sus hombros, y con ellos murió. Al volver a la vida, los dejó allí abajo, en el sepulcro. El Padre nos ha perdonado, perdónate tú también. Y perdona a los que te han ofendido. Sé un instrumento de la paz y el perdón de Dios.

Vivimos tiempos difíciles. Es fácil sentir miedo, sobre todo cuando vemos cómo el terrorismo golpea donde menos nos lo esperamos, o las guerras no acaban. Y la enfermedad nos ronda, a nosotros o a nuestros conocidos. Pero en el corazón del creyente no hay lugar para el temor. Porque Dios está con los hombres. Todo lo que nos puede dar miedo, causar temor, lo podemos superar. Ríete de tus miedos, incluso de la muerte, porque te podrán hacer daño, podrás sufrir, pero no podrán contigo. Porque ni la muerte pudo con Cristo. Ya se preocupó Dios de ello. Ya se preocupa Dios por cada uno de nosotros. El amor es lo que tiene. Se te quiere, aunque no lo sientas siempre, aunque creas que no te lo mereces, aunque no lo sepas. Vete y haz tú lo mismo.

Ama, porque el amor te hace inmortal. El amor de Jesús lo hizo eterno. Ama, y los que reciban tu amor serán capaces de resucitar contigo. Vamos a dar testimonio. Alégrate hoy y todos los días. Porque Dios está contigo, y siempre lo estará. No dejes que las malas hierbas arraiguen en tu corazón y en el mundo. Más bien, siembra semillas de amor, semillas de Dios. La misión de Cristo no ha terminado. Comprométete con la causa del Reino. Sé testigo, y deja que el ángel abra el sepulcro de tu corazón para que salga con toda la fuerza el amor.

Los Apóstoles pudieron ser testigos porque compartieron con Él la vida, el camino, el pan y el vino, todo. No se convirtieron en testigos por ser del todo perfectos, sino por esa experiencia de haberse sentido amados por el Señor. Por eso pudieron comunicarla a todos los que andan buscando la Verdad. Nosotros somos de los suyos, por eso estamos aquí. Que sepamos ser también testigos fieles. A pesar de no ser perfectos. Como los Apóstoles. ¡Ha resucitado el Señor!

 

 

 

EVANGELIO

 

Él había de resucitar de entre los muertos.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Palabra de Dios.

 

 

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

 

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, sólo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él».

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un "Jesús muerto". No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

 

 

ID A GALILEA. ALLÍ LO VERÉIS

 

El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No sólo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él.

Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que sólo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».

Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.

«¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado?». Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. «No está aquí». Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. «Ha resucitado». Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de lo muerto, lo extinguido, lo acabado.

Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?

Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.

Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús.

 

 

ENCONTRARNOS CON EL RESUCITADO

 

Según el relato de Juan, María de Magdala es la primera que va al sepulcro, cuando todavía está oscuro, y descubre desconsolada que está vacío. Le falta Jesús. El Maestro que la había comprendido y curado. El Profeta al que había seguido fielmente hasta el final. ¿A quién seguirá ahora? Así se lamenta ante los discípulos: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".

Estas palabras de María podrían expresar la experiencia que viven hoy no pocos cristianos: ¿Qué hemos hecho de Jesús resucitado? ¿Quién se lo ha llevado? ¿Dónde lo hemos puesto? El Señor en quien creemos, ¿es un Cristo lleno de vida o un Cristo cuyo recuerdo se va apagando poco a poco en los corazones?

Es un error que busquemos "pruebas" para creer con más firmeza. No basta acudir al magisterio de la Iglesia. Es inútil indagar en las exposiciones de los teólogos. Para encontrarnos con el Resucitado es necesario, ante todo, hacer un recorrido interior. Si no lo encontramos dentro de nosotros, no lo encontraremos en ninguna parte.

Juan describe, un poco más tarde, a María corriendo de una parte a otra para buscar alguna información. Y, cuando ve a Jesús, cegada por el dolor y las lágrimas, no logra reconocerlo. Piensa que es el encargado del huerto. Jesús solo le hace una pregunta: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?".

Tal vez hemos de preguntarnos también nosotros algo semejante. ¿Por qué nuestra fe es a veces tan triste? ¿Cuál es la causa última de esa falta de alegría entre nosotros? ¿Qué buscamos los cristianos de hoy? ¿Qué añoramos? ¿Andamos buscando a un Jesús al que necesitamos sentir lleno de vida en nuestras comunidades?

Según el relato, Jesús está hablando con María, pero ella no sabe que es Jesús. Es entonces cuando Jesús la llama por su nombre, con la misma ternura que ponía en su voz cuando caminaban por Galilea: "¡María!". Ella se vuelve rápida: "Rabbuní, Maestro".

María se encuentra con el Resucitado cuando se siente llamada personalmente por él. Es así. Jesús se nos muestra lleno de vida, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre, y escuchamos la invitación que nos hace a cada uno. Es entonces cuando nuestra fe crece.

No reavivaremos nuestra fe en Cristo resucitado alimentándola solo desde fuera. No nos encontraremos con él, si no buscamos el contacto vivo con su persona. Probablemente, es el amor a Jesús conocido por los evangelios y buscado personalmente en el fondo de nuestro corazón, el que mejor puede conducirnos al encuentro con el Resucitado.

 

 

MISTERIO DE ESPERANZA

 

Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la Humanidad y en la creación entera.

Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre.

Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: "Entra para siempre en el gozo de tu Señor".

Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un "Dios oculto" del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.

Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino.

Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.

Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las "huellas" que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.

Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: "Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado”.

 

 

JESÚS TENÍA RAZÓN

 

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?

Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

 

 

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

 

… que él había de resucitar.

 

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.

No lo hemos de olvidar jamás. En el corazón de nuestra fe hay un crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero motivada y vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso sino en resurrección.

Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos.., seguir los pasos de Jesús no es algo absurdo. Es caminar hacia el Misterio de un Dios que resucitará para siempre nuestras vidas.

Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.

Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejamos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?

Seguir al crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: Un día «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado».

 

 

NO ESTÁ ENTRE LOS MUERTOS

 

No sabemos dónde lo han puesto.

 

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Según Lucas, éste es el mensaje que escuchan las mujeres en el sepulcro de Jesús. Sin duda, el mensaje que hemos de escuchar también hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error?

¿Por qué buscamos a Jesús en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida más digna y justa para todos?

¿Cómo nos encontraremos con el que vive, ahogando entre nosotros la vida, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?

¿Cómo vamos a acoger su saludo de Paz a vosotros, si vivimos descalificándonos unos a otros? ¿Cómo vamos a sentir la alegría del resucitado, si estamos introduciendo miedo en la Iglesia? Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontramos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?

¿Cómo contagiaremos fe en Jesús vivo, si no sentimos nunca arder nuestro corazón, como los discípulos de Emaús? ¿Cómo le seguiremos de cerca, si hemos olvidado la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros, cuando nos reunimos en su nombre?

¿Dónde lo vamos a encontrar hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo queremos ver en los pequeños, los humillados y crucificados? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada, si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros?

Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos no las creyeron. Este es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo.

 

 

CONFIANZA

 

… que él había de resucitar.

 

La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las mas esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel” construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).

A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no este incluido en ese destino último de vida plena.

En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».

La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.

Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente.

Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.

 

 

EL NUEVO ROSTRO DE DIOS

 

Que había de resucitar de entre los muertos.

 

Ya no volvieron a ser los mismos. El encuentro con Jesús, lleno de vida después de su ejecución, transformó totalmente a sus discípulos. Lo empezaron a ver todo de manera nueva. Dios era el resucitador de Jesús. Pronto sacaron las consecuencias.

Dios es amigo de la vida. No había ahora ninguna duda. Lo que había dicho Jesús era verdad: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos». Los hombres podrán destruir la vida de mil maneras, pero si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que sólo quiere la vida para sus hijos. No estamos solos ni perdidos ante la muerte. Podemos contar con un Padre que, por encima de todo, incluso por encima de la muerte, nos quiere ver llenos de vida. En adelante, sólo hay una manera cristiana de vivir. Se resume así: poner vida donde otros ponen muerte.

Dios es de los pobres. Lo había dicho Jesús de muchas maneras, pero no era fácil creerle. Ahora es distinto. Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que es verdad: «felices los pobres porque le tienen a Dios». La última palabra no la tiene Tiberio ni Pilato, la última decisión no es de Caifás ni de Anás. Dios es el último defensor de los que no interesan a nadie. Sólo hay una manera de parecerse a él: defender a los pequeños e indefensos.

Dios resucita a los crucificados. Dios ha reaccionado frente a la injusticia criminal de quienes han crucificado a Jesús. Si lo ha resucitado es porque quiere introducir justicia por encima de tanto abuso y crueldad como se comete en el mundo. Dios no está del lado de los que crucifican, está con los crucificados. Sólo hay una manera de imitarlo: estar siempre junto a los que sufren, luchar siempre contra los que hacen sufrir.

Dios secará nuestras lágrimas. Dios ha resucitado a Jesús. El rechazado por todos ha sido acogido por Dios. El despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Ahora sabemos cómo es Dios. Un día él «enjugará todas nuestras lágrimas, y no habrá ya muerte, no habrá gritos ni fatigas. Todo eso habrá pasado».

 

 

VIVIR RESUCITANDO

 

Vio y creyó.

 

Los cristianos hablamos casi siempre de la resurrección de Cristo como de un acontecimiento que constituye el fundamento de nuestra propia resurrección y es promesa de vida eterna, más allá de la muerte. Pero, muchas veces, se nos olvida que esta resurrección de Cristo es, al mismo tiempo, el punto de partida para vivir ya desde ahora de manera renovada y con un dinamismo nuevo.

Quien ha entendido un poco lo que significa la resurrección del Señor, se siente urgido a vivir ya esta vida como «un proceso de resurrección», muriendo al pecado y a todo aquello que nos deshumaniza, y resucitando a una vida nueva, más humana y más plena.

No hemos de olvidar que el pecado no es sólo ofensa a Dios. Al mismo tiempo, es algo que paga siempre con la muerte, pues mata en nosotros el amor, oscurece la verdad en nuestra conciencia, apaga la alegría interior, arruina nuestra dignidad humana.

Por eso, vivir «resucitando» es hacer crecer en nosotros la vida, liberarnos del egoísmo estéril y parasitario, iluminar nuestra existencia con una luz nueva, reavivar en nosotros la capacidad de amar y de crear vida.

Tal vez, el primer signo de esta vida renovada es la alegría. Esa alegría de los discípulos «al ver al Señor». Una alegría que no proviene de la satisfacción de nuestros deseos ni del placer que producen las cosas poseídas ni del éxito que vamos logrando en la vida. Una alegría diferente que nos inunda desde dentro y que tiene su origen en la confianza total en ese Dios que nos ama por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.

Hablando de esta alegría, Macario el Grande dice que, a veces, a los creyentes «se les inunda el espíritu de una alegría y de un amor tal que, si fuera posible, acogerían a todos los hombres en su corazón, sin distinguir entre buenos y malos)). Es cierto. Esta alegría pascual impulsa al creyente a perdonar y acoger a todos los hombres, incluso a los más enemigos, porque nosotros mismos hemos sido acogidos y perdonados por Dios.

Por otra parte, de esta experiencia pascual nace una actitud nueva de esperanza frente a todas las adversidades y sufrimientos de la vida, una serenidad diferente ante los conflictos y problemas diarios, una paciencia grande con cualquier persona.

Esta experiencia pascual es tan central para la vida cristiana que puede decirse sin exagerar que ser cristiano es, precisamente, hacer esta experiencia y desgranarla luego en vivencias, actitudes y comportamiento a lo largo de la vida.

 

 

DIOS LE HA DADO LA RAZÓN

 

Cuando aún estaba oscuro.

 

La fuente más antigua que poseemos sobre la vida de los primeros cristianos es un escrito redactado hacia el año ochenta. Se le llama tradicionalmente «Los Hechos de los Apóstoles». Según este escrito, los primeros que hablaron de Jesús resucitado seguían siempre el mismo guión: «Vosotros (los poderosos) lo matasteis, pero Dios lo resucitó».

Éste fue el primer esquema de la predicación pascual. Los poderosos han querido eliminar a Jesús y apagar su voz. Nadie ha de oír que los últimos son los primeros para Dios. Por eso, han interrumpido violentamente su predicación. Muerto Jesús, todo volverá al orden. Pero, inesperadamente, Dios lo ha resucitado.

Esta es la gran noticia. Dios le ha dado la razón al crucificado desautorizando a sus crucificadores. El rechazado por todos ha sido acogido. El despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Se confirma lo que Jesús predicaba: Dios se identifica con los crucificados.

Nadie sufre que Dios no sufra. Ningún grito deja de ser escuchado. Ninguna queja se pierde en el vacío. Los «niños de la calle», de Bucarest o Sao Paulo tienen Padre. Las mujeres ultrajadas por su pareja tienen un último defensor. Los jóvenes que se suicidan en Europa acaban su vida acompañados por Dios. Y Dios sólo quiere la vida, la vida eterna, la vida para todos. Lo vislumbramos ya en la gloria del resucitado.

Ese Dios que ha resucitado a Jesús está en nuestras lágrimas y penas como consuelo misterioso. Está en nuestras depresiones como presencia callada que acompaña en la soledad y tristeza incomprendidas. Está en nuestro pecado como amor misericordioso que nos soporta con paciencia infinita. Estará incluso en nuestra muerte conduciéndonos a la vida, cuando parezca extinguirse.

Hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos, de los enfermos incurables y de los moribundos. Es la fiesta de los que viven muertos por dentro y sin fuerza para resucitar. La fiesta de los que sufren en silencio agobiados por el peso de la vida o la mediocridad de su corazón. Es la fiesta de los mortales porque Dios es nuestra resurrección.

 

 

RESUCITAR NUESTRA VIDA

 

Había de resucitar de entre los muertos.

 

La fiesta de Pascua no es sólo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, una manifestación del amor poderoso de Dios que hemos de celebrar, vivir y disfrutar en el fondo de nuestro ser. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?

Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llamaba Padre. En el mundo hay tanto mal y tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque, a veces, no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.

Esto lo hemos de empezar a vivir desde cada uno de nosotros: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tal acumulación de frustraciones en nosotros, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que po demos ahogar en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.

A pesar de tantas noticias, datos y experiencias en contra, podemos vivir sin angustiamos por el futuro. Vivimos, a veces, con tal tensión y ansiedad que se nos puede hacer dificii trabajar con fe por un mundo más humano. La resurrección de Jesús nos pone ante el verdadero horizonte de todo.

No es la muerte quien tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte, sino Dios. Es su amor salvador el que reconstruye y da sentido a nuestros sufrimientos, fracasos y muertes. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podemos hundimos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.

Celebrar la resurrección de Jesús es abrimos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía, compulsión hacia la propia felicidad y hedonismo barato que nos hace vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La Pascua puede ser fuente y estímulo de una vida nueva.

 

 

NO CUALQUIER ALEGRIA

 

Que él había de resucitar de entre los muertos.

 

¿Se puede celebrar la Pascua cuando en buena parte del mundo es Viernes Santo? ¿Es posible la alegría cuando tanta gente sigue crucificada? ¿No hay algo de falsedad y cinismo en nuestros cantos de gozo pascual? No son preguntas retóricas, sino interrogantes que le nacen al creyente desde el fondo de su corazón cristiano.

Parece que sólo podríamos vivir alegres en un mundo sin llantos ni dolor, aplazando nuestros cantos y fiestas hasta que llegue un mundo feliz para todos, y reprimiendo nuestro gozo para no ofender el dolor de las víctimas. La pregunta es inevitable: si no hay alegría para todos, ¿qué alegría podemos alimentar en nosotros?

Ciertamente, no se puede celebrar la Pascua de cualquier manera. La alegría pascual no tiene nada que ver con la satisfacción de unos hombres y mujeres que celebran complacidos su propio bienestar, ajenos al dolor de los demás. No es una alegría que se vive y se mantiene a base de olvidar a quienes sólo conocen una vida desgraciada.

La alegría pascual es otra cosa. Estamos alegres, no porque han desaparecido el hambre y las guerras, ni porque han cesado las lágrimas, sino porque sabemos que Dios quiere la vida, la justicia y la felicidad de los desdichados. Y lo va a lograr. Un día, «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá más llanto, ni gritos, ni dolor» (Ap 21, 4). Un día, todo eso habrá pasado.

Nuestra alegría pascual se alimenta de esta esperanza. Por eso, no olvidamos a quienes sufren. Al contrario, nos dejamos conmover y afectar por su dolor, dejamos que nos incomoden y molesten. Saber que Dios hará justicia a los crucificados no nos vuelve insensibles. Nos anima a luchar contra la insensatez y la maldad hasta el fin de los tiempos. No lo hemos de olvidar nunca: cuando huimos del sufrimiento de los crucificados no estamos celebrando la Pascua del Señor, sino nuestro propio egoísmo.

 

 

RECUPERAR AL RESUCITADO

 

Había de resucitar de entre los muertos.

 

Para no pocos cristianos, la Resurrección de Jesús es sólo un hecho del pasado. Algo que le sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén hace aproximadamente dos mil años. Un acontecimiento, por tanto, que on el paso del tiempo se aleja cada vez más de nosotros perdiendo fuerza para influir en el presente.

Para otros, la Resurrección de Cristo es, ante todo, un dogma que hay que creer y confesar. Una verdad que está en el Credo como otras verdades de fe, pero cuya eficacia real no se sabe muy bien en qué pueda consistir. Son cristianos que tienen fe, pero no conocen «la fuerza de la fe»; no saben por experiencia lo que es vivir fundamentando la vida en el Resucitado.

Las consecuencias pueden ser graves. Si pierden el contacto vivo con el Resucitado, los cristianos se quedan sin Aquel que es su «Espíritu vivificador». La Iglesia puede entrar entonces en un proceso de envejecimiento, rutina y decadencia. Puede crecer sociológicamente pero debilitarse al mismo tiempo por dentro; su cuerpo puede ser grande y poderoso, pero su fuerza transformadora pequeña.

Si no hay contacto con Cristo como alguien que está vivo y da vida, Jesús se queda en un personaje del pasado al que se puede admirar pero que no hace arder los corazones; su Evangelio se reduce a «letra muerta», sabida y desgastada, que ya no hace vivir. El vacío que deja Cristo resucitado comienza entonces a ser llenado por la autoridad, la doctrina, la teología, los ritos o la actividad pastoral. Pero nada de eso da vida si en su raíz falta el Resucitado.

Pocas cosas pueden desvirtuar más el ser y el quehacer de los cristianos que el pretender sustituir con la institución, la teología o la organización lo que sólo puede brotar de la fuerza vivificadora del Resucitado. Por eso, es urgente recuperar la experiencia fundante que se vivió al comienzo. Los primeros discípulos experimentan la fuerza secreta de la resurrección de Cristo, viven «algo» que transforma sus vidas. Como dice san Pablo, conocen «el poder de la resurrección» (Flp 3, 10). El exégeta suizo R. Pesch afirma que la experiencia primera consistió en que «los discípulos se dejan coger fascinar y transformar» por el Resucitado. En definitiva, eso es celebrar la Pascua.

 

 

SÍ A LA VIDA

 

Vio y creyó.

 

La resurrección de Cristo despierta en el creyente la esperanza en una vida eterna más allá de la muerte, pero es, al mismo tiempo, un estímulo decisivo para impulsar la vida ahora mismo en esta tierra. Los teólogos señalan con razón que la luz con que Cristo resucitado se aparece a los discípulos no fue considerada como «resplandor de la mañana de la eternidad», sino como «luz del primer día de la nueva creación» (J. Moltmann). La Pascua no es sólo anuncio de vida eterna. Es también «vivificación» de nuestra condición actual.

Creer en la resurrección de Cristo es mucho más que adherirse a un dogma. De la fe pascual nace en el verdadero creyente un amor nuevo a la vida. Una afirmación de la vida a pesar de los males, las injusticias, los sufrimientos y la misma muerte. Una lucha apasionada contra todo lo que puede ahogarla, estropearla o destruirla.

Este amor a la vida cura recuerdos dolorosos y libera de miedos y humillaciones que bloquean la expansión sana de la persona. Dios nos quiere llenos de vida. Esta convicción pascual conduce a luchar contra la resignación y la pasividad. Orienta nuestra libertad hacia todo lo que es vida y ayuda a desplegar las posibilidades que Dios ha sembrado en cada ser humano.

Este sí total a la vida es una de las primeras experiencias del Espíritu del Resucitado al que no sin razón se le llama «fons vitae», fuente de vida. Quien vive de él no se acostumbra a la muerte, no se hace insensible a las víctimas, no se entumece ante los que sufren. Decir sí a la vida es decir no a la violencia y la destrucción, no a la miseria y al hambre, no a lo que mata y envilece.

Este amor a la vida genera una «vitalidad» que nada tiene que ver con las filosofías vitalistas enraizadas en la «voluntad de poder» (E Nietzsche) o con el «culto a la salud» de la sociedad occidental. Es más bien «el coraje de existir» (P Tillich) propio de quien vive con la esperanza de que Dios ama la vida, quiere para el hombre la vida y tiene poder para resucitarla cuando queda destruida por la muerte.

En uno de los primeros discursos que se recuerdan de los discípulos, Pedro llama al Resucitado «el autor de la vida» (Hch 3, 15). Es una expresión de hondo contenido, pues realmente Cristo resucitado es el que engendra en nosotros verdadera vida. Es bueno recordarlo y celebrarlo en esta mañana de Pascua.

 

 

DIOS QUIERE LA VIDA

 

… que él había de resucitar de entre los muertos.

 

«Yo no disfruto con la muerte de nadie.» Así dice Dios por boca del profeta Ezequiel (18, 32). Este es el primer pensamiento que brota dentro de mí en esta mañana de Pascua. Dios no quiere la muerte. Es amigo de la vida, quiere para todos la vida. La muerte le hace sufrir hasta el punto de que ha querido experimentarla desde dentro para abrir a la Humanidad un camino hacia la resurrección.

Son muchas las ideologías nacidas este siglo, que han predicado la nada después de la muerte. Su mensaje siempre es el mismo: somos una «composición físico-química» que, durante unos años, escapa del mundo material para desarrollar un curioso tipo de existencia libre y consciente, pero, al morir, todos volvemos al oscuro universo del mundo mineral. Sin embargo, el ser humano no aprende a resignarse. Desde lo más hondo de su ser sigue anhelando vida y vida eterna. Como decía Miguel de Unamuno, lo importante es saber si podemos vivir con esa esperanza. Lo demás es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.

La actitud profunda de Dios ante la muerte está bien recogida en la actuación de Jesús junto a la tumba de su amigo Lázaro. El evangelio destaca dos momentos: «Jesús se echó a llorar» (Juan 11, 35). Es el versículo más breve de las Escrituras, pero basta para captar el amor y la reacción de Dios ante la muerte humana. Después, grita con fuerte voz: «Lázaro, sal fuera» (Juan 11, 43). Un grito que expresa la actuación poderosa de Dios, capaz de liberar al hombre de su fatal destino.

Según una larga tradición cristiana, sólo existe en definitiva un pecado: no creer en el Dios de la vida, olvidar su fuerza resucitadora, no esperar en Dios nuestro Salvador. Así dice Isaac el Sirio con su conocido ardor: «El pecado consiste en no comprender la gracia de la resurrección. ¿Dónde está el infierno, que nos pueda atormentar? ¿Dónde está la condenación que nos pueda atemorizar hasta el punto de vencer la alegría del amor que Dios nos tiene?»

Pascua es la fiesta que nos revela el amor redentor de Dios, la verdad última, el milagro de la vida eterna que nos espera. No hay vacío ni destrucción final. No hay muerte eterna. Hay vida y resurrección. Nada ni nadie nos separará del amor de Dios. Entonces «toda carne verá a Dios» (Isaías 15, 3).

 

 

EL CORAZÓN DEL MUNDO

 

Había de resucitar de entre los muertos.

 

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento aislado que sucedió hace muchos años. No se canta el aleluya sólo porque «algo debió de ocurrir» después de la crucifixión de Jesús. Es mucho más. La resurrección de Cristo ha decidido el final glorioso de todo. Resucitando a Jesús, Dios ha iniciado algo que ahora mismo está sucediendo: el movimiento del mundo entero hacia la vida eterna.

Por eso, la Pascua no es propiamente una «fiesta exclusiva» para cristianos. Algo que afecta sólo a la Iglesia. Es el hecho más decisivo para la humanidad. Un acontecimiento universal que lo orienta y arrastra todo hacia la salvación.

A K Rahner le gustaba decir que el Resucitado es «el corazón del mundo», la energía secreta que sostiene el cosmos y lo impulsa hacia su verdadero destino, la ley secreta que lo mueve todo, la fuerza creadora de Dios que atrae la historia del hombre y del mundo hacia su vida misteriosa e insondable.

Todo esto se nos escapa porque aún estamos en camino. Hoy todo está todavía entremezclado. Conocemos la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido, el disfrute y el dolor, los éxitos y el fracaso. En el fondo, parece que nos habita una esperanza secreta: vivimos buscando una vida feliz y eterna. Pero todo queda luego a medias. ¿Por qué vamos a pretender la inmortalidad?

Estas son las grandes preguntas que lleva dentro de sí el ser humano, por mucho que la trivialidad o el escepticismo de estos tiempos quieran borrarlas de su corazón. ¿Tenemos motivos verdaderos y fundados para vivir y morir con esperanza? Todo lo demás, como decía Miguel de Unamuno, es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.

Por eso, lo más grande y también lo más atrevido del cristianismo es la fe en la resurrección. Cristo resucitado está vivo en su palabra evangélica aunque a no pocos les parezca hoy utópica o vacía. Está vivo en la Iglesia aunque su ser más hondo no sea a veces captado ni por los que viven dentro de ella. Está vivo en el corazón de todos los hombres y mujeres, despertando en ellos un hambre de amor, de justicia y de vida, que no puede ser saciado en esta tierra que ahora conocemos. Dios se ha convertido en «la inquietud eterna de este mundo» (K. Rahner).

Sería una falsificación mezquina de la fe pascual reducirla a esperar la vida eterna sólo para uno mismo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad» (1 Tm 2, 4). Si en este día de Pascua se despierta dentro de mí un gozo único es porque espero la vida eterna de Dios, sobre todo, para tanta gente a la que veo sufrir en este mundo sin conocer la dicha y la paz.

 

 

LA PROPIA EXPERIENCIA

 

Vio y creyó.

 

No es suficiente el testimonio de los primeros discípulos para que se despierte en nosotros la fe en Cristo resucitado. No bastan tampoco las explicaciones de los exégetas o los argumentos de los teólogos. La resurrección de Cristo es un acontecimiento que, por su propia naturaleza, supera lo que un ser humano puede testificar a otros.

Sin duda, es legítimo y necesario analizar con rigor lo acontecido después de la ejecución de Jesús y tratar de comprobar a qué se debe esa transformación radical de unos hombres que antes se resistían a creer en Jesús y ahora arriesgan su vida por el resucitado. Este testimonio apostólico constituye el punto de arranque de la fe cristiana, pero no basta para «fundamentar» el acto de fe de cada creyente. Para que se despierte la «fe pascual» es necesaria también la propia experiencia de cada uno.

El planteamiento acertado podría formularse así: Estos primeros discípulos han vivido unas determinadas experiencias que a ellos los han llevado a creer en Cristo resucitado. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros hoy para agregarnos a su fe? Apoyados en su testimonio, ¿qué nos puede llevar a nosotros a creer en un Cristo vivo? Sugiero dos experiencias básicas.

Muchas personas no saben lo que es leer personalmente el Evangelio y, con ello, se privan de una experiencia fundamental: la escucha directa de las palabras de Jesús. Quien lo hace, no puede evitar tarde o temprano una pregunta decisiva: ¿Con qué me encuentro aquí?, ¿con las palabras de un profeta del pasado, cuyo contenido resulta cada vez más anacrónico y desfasado a medida que pasan los años y los siglos, o con el mensaje de alguien que está vivo y sigue hablando palabras que son «espíritu y vida»? ¿Es lo mismo leer a Platón o Dostoievski que escuchar este mensaje?

Otra experiencia básica es la eucaristía cristiana vivida con el corazón abierto al misterio. ¿Qué es esa liturgia?, ¿un entretenimiento religioso de fin de semana para satisfacer necesidades oscuras del ser humano o encuentro con alguien que está vivo?, ¿cantamos sin ser escuchados por nadie?, ¿nos dirigimos a un difunto desaparecido hace mucho tiempo?, ¿la comunión es sólo un hermoso símbolo vacío de contenido real? O más bien ¿somos alimentados y confortados por alguien que sigue vivo en medio de nosotros? ¿Es lo mismo celebrar un congreso sobre Hegel que reunirnos en nombre de Cristo para confesar nuestra esperanza?

Ante el misterio último de la vida donde se sitúa en definitiva la fe en Cristo resucitado no sirven los discursos teóricos ni las explicaciones de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su experiencia. De lo contrario corre el riesgo de hablar «de oídas». La fiesta de Pascua es una invitación a abrir el corazón.

 

 

UNA ESPERANZA DIFERENTE

 

...que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Hay creyentes que, al celebrar la resurrección de Cristo, ponen su mirada en el pasado, en lo que le sucedió al Crucificado. Su atención se centra, sobre todo, en ese gesto creador del Padre que levantó de la muerte a Jesús para introducirlo en la vida plena de Dios. Esta manera de vivir la resurrección hace brotar el canto, la alabanza y la acción de gracias a ese Dios que no abandona nunca a quien confía en él.

Sin negar esta intervención de Dios, hay creyentes que viven la resurrección de Jesús como una experiencia presente, que ilumina y renueva su existencia. Cristo está hoy vivo, «resucitando» nuestras vidas. Esta manera de vivir la resurrección genera una fe semejante a la de san Pablo: «Ya no soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mí.»

Pero hay otro camino para vivir la resurrección de Cristo, que fue fundamental en la experiencia de los primeros creyentes y puede tener una importancia particular en estos tiempos de crisis y desencanto. La resurrección de Cristo nos impulsa a mirar el futuro con esperanza. Es importante saber qué le sucedió al muerto Jesús en el pasado. Es fundamental vivir la adhesión a un Cristo vivo en el presente. Pero todo alcanza su verdadera orientación cuando acertamos a vivir con la esperanza puesta en Cristo resucitado y en el futuro que desde él se nos promete.

Quien vive animado por la fe en la resurrección de Cristo pone su mirada en el futuro. No permanece esclavo de las heridas y pecados que ha podido haber en su pasado. No se detiene tampoco en las crisis y sufrimientos del presente. Mira siempre hacia adelante, hacia lo que nos espera. Lo que todavía está oculto pero se nos anuncia ya en Cristo resucitado.

Esta esperanza genera una manera nueva de estar en la vida. El cristiano lo ve todo en marcha, en gestación, moviéndose hacia su realización plena. No se contenta con las cosas tal como son hoy; busca lo venidero. Nada aquí es definitivo, ni nuestros logros ni nuestros fracasos. Todo es penúltimo. Todo es caminar hacia la «resurrección final.» Por eso, el pecado contra la esperanza cristiana no necesita manifestarse como «desesperación». Basta con vivir sin horizonte, sin «futuro último» (J Moltmann), absolutizando lo inmediato, volcados en el presente como si esta vida de cada día lo agotara todo.

La fiesta de Pascua es una llamada a despertar en nosotros la esperanza cristiana, y a recordar algo demasiado olvidado, incluso, por los que nos decimos creyentes: «Aquí no tenemos ciudad permanente, andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14).

 

 

AFIRMAR LA VIDA

 

Había de resucitar de entre los muertos.

 

Hace algunos días, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?»

Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.

Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos acogidos por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Cristo, brutalmente crucificado días antes, repite ahora una y otra vez: «Paz a vosotros.» La humanidad puede contar con el perdón.

Podemos vivir, además, con libertad, sin dejamos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.

Podemos, también, vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentramos en el misterio del más allá.

Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta la salvación de Dios. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, la traición o el desagradecimiento, verá su plenitud.

Sabemos que un día llegará nuestro morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia una oscuridad, un vacío, una nada. Con fe humilde se entrega al misterio confiándose al amor insondable de Dios.

«La fe en la resurrección —ha escrito Manuel Fraijó— es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde ésta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe en Cristo resucitado que los cristianos celebramos en este día de Pascua.

 

 

 

 

CRISTO SIGUE VIVO

 

El primer día de la semana...

 

Los discípulos describen de diversas maneras la experiencia que han vivido después de la muerte de Jesús y acuden a procedimientos diferentes para sugerir lo que les ha acontecido. Pero siempre vienen a decir lo mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos reavivando sus vidas.

Lo importante es que recuperan a Jesús como alguien que vive y viene a su encuentro. Todo lo demás pasa a segundo término. Lo que cambia totalmente sus vidas es esa presencia viva de Jesús al que habían perdido en la muerte.

Esta fue la experiencia fundamental de los discípulos y ésta es siempre la verdadera experiencia pascual: encontrarnos de nuevo con un Cristo que vive en el interior mismo de nuestra vida poniendo esperanza nueva a todo. Experimentar que Jesús no es algo acabado sino alguien que sigue vivo impulsando nuestras pobres vidas hacia su plenitud.

Por eso, cuando escuchamos las palabras recogidas por los evangelistas, no estamos escuchando el mensaje más o menos interesante de un líder ya difunto. Esas palabras están brotando hoy mismo del resucitado y nos llegan a nosotros con su primer frescor, como palabras que son “espíritu y vida“.

Para quien cree en el resucitado, lo importante no es analizar lo que dice este predicador o lo que escribe aquel teólogo. Lo decisivo es escuchar a ese Cristo vivo que hoy nos sigue hablando desde lo hondo de nuestro ser: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa” (Ap 3, 20).

Tal vez, nuestra mejor manera de vivir la Pascua es irnos desprendiendo de un Jesús visto sólo como un personaje del pasado y recuperar a Cristo como alguien vivo y operativo en nuestras vidas. Cristo resucita hoy para nosotros cuando, de alguna manera, podemos repetir las palabras de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).

Por eso, lo más importante no es creer que Jesús, hace aproximadamente dos mil años, curó ciegos, limpió leprosos, hizo caminar a cojos o resucitó muertos. Lo realmente decisivo es experimentar que hoy Cristo nos enseña a ver la vida con otra profundidad, nos ayuda a vivir de manera más limpia y humana, nos hace caminar con esperanza y va resucitando en nosotros todo lo bueno.

Cuando se produce una verdadera experiencia pascual, el creyente siente de alguna manera que una vida nueva se abre ante él. Entiende las palabras que el Apocalipsis pone en boca del resucitado: “Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar” (Ap 3, 8).

 

 

LA FIESTA DE LAS FIESTAS

 

Había de resucitar

de entre los muertos.

 

Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental. «Fiesta de las fiestas» porque sólo en ella se puede fundar toda otra fiesta verdadera.

De hecho, si no hay resurrección, la muerte seguirá teniendo la última palabra, y las fiestas de los hombres terminarán tarde o temprano en el sabor amargo de una muerte que está siempre ahí, amenazándolo todo.

No nos resulta hoy fácil evocar el júbilo indescriptible y la exaltación gozosa con que han vivido la Pascua las primeras generaciones cristianas. Los cantos y aleluyas, la música y hasta la danza se suman a la fiesta. Según Hipólito de Roma, el propio Resucitado es «el primer bailarín» y la Iglesia su «novia que danza con él».

Pascua es la fiesta de la fidelidad y el amor increíble de Dios a sus criaturas. Lo recuerda S. Juan Crisóstomo en una homilía que se lee todavía hoy en las iglesias ortodoxas la noche de Pascua: «Que nadie llore aún sus pecados, porque el perdón ha resplandecido de la tumba. Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Señor nos ha liberado».

Pascua es «la alegría inmensa» de descubrir y experimentar el perdón insondable, incondicional y eterno de Dios. Isaac el Sirio lo expresaba así: «El pecado de toda la humanidad, en comparación con la misericordia de Dios, es un puñado de arena en el inmenso mar».

Nuestro verdadero pecado, según él, consistiría en no creer ni confiar suficientemente en la resurrección de Cristo que «nos resucita a la alegría de su amor». En adelante, lo decisivo no es temer el juicio de Dios o merecer la salvación, sino creer en el amor de Dios y abrirnos confiadamente a la vida que nos ofrece.

Por eso, nadie ha de ser excluido de esta fiesta de Pascua. S. Juan Crisóstomo invita a todos a disfrutar de ella: los que han vivido la conversión cuaresmal y los que permanecen todavía en su pecado. Tocios pueden acercarse sin temor: creyentes fervientes y hombres mediocres, los santos y los pecadores. A todos se les ofrece el perdón y la vida.

Esta es la fiesta que nos revela la verdad última de todo, el misterio profundo de la existencia, el milagro de vida eterna que nos espera a cada ser y a cada cosa. No hay soledad. No hay vacío ni caos final. Nada nos separará del amor de Dios.

Pascua es una invitación a vivir «en estado de fiesta» aun en medio de los combates de la vida cotidiana. S. Ambrosio de Milán nos invita a enraizar nuestra existencia en el Resucitado con esta palabras: «Si quieres curarte de tus heridas, El es médico; si ardes de sed, El es fuente; si necesitas ayuda, El es fuerza; si temes la muerte, El es vida; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si tienes hambre, El es alimento».

 

 

ACONTECIMIENTO DECISIVO

 

Vio y creyó...

 

No es fácil evocar hoy la “explosión de vida” que significó la resurrección de Jesús que puso en marcha el cristianismo.

No nos damos cuenta hasta qué punto estamos configurados por una cultura obsesionada por el análisis y la valoración de “los fenómenos observables”, pero miope para sintonizar con todo aquello que no pueda ser reducido a datos controlables.

Nos creemos superiores a generaciones pasadas sólo porque hemos logrado técnicas más sofisticadas para verificar la realidad de nuestro pequeño mundo y no nos damos cuenta de que hemos perdido capacidad para abrirnos a las realidades más importantes de la existencia.

La resurrección no es un acontecimiento más, que puede y debe ser aislado y analizado desde fuera. No es un fenómeno que hay que iluminar desde el exterior, darle un sentido desde otras verificaciones más sólidas y fiables.

La resurrección, por el contrario, es el acontecimiento decisivo desde donde se nos revela el misterio último de todo, el que lo ilumina todo desde su interior, el que da sentido a toda nuestra existencia.

La resurrección de Jesucristo o nos atrae hacia el misterio de Dios y nos hace entrar en relación con la Vida que nos espera o queda reducido a un fenómeno “curioso” e inaccesible que todavía tiene un impacto religioso en personas “ingenuas” que no han sabido adaptarse aún a la sociedad del progreso.

Sin embargo, la salvación de Jesucristo resucitado es ofrecida a todas las generaciones y a todas las épocas.

Y el hombre moderno, miope para todo lo que no puede tocar con sus manos o dominar con su técnica, enfermo de nostalgia de una salvación que le permita caminar sin desesperar, está necesitado de un mensaje de esperanza.

Las Iglesias no deberían olvidar que la sociedad moderna necesita directrices morales sobre su conducta política y económica o su comportamiento sexual, pero necesita, sobre todo, la oferta convencida de una salvación que dé sentido a todo.

Los cristianos deberían ser, antes que nada, una “reserva inagotable de esperanza” en medio de un mundo tan amenazado por el sinsentido y el absurdo.

La celebración litúrgica de la Pascua nos ha de ayudar a los creyentes a reavivar nuestra vocación de testigos de la resurrección.

 

 

 

ALELUYA

 

Vio y creyó.

 

Probablemente el canto del aleluya, repetido de manera rutinaria, no encierra hoy para muchos cristianos un contenido especialmente jubiloso.

Pocos comprenderían la inmensa alegría de San Agustín que, al comienzo de la Pascua, invitaba así a sus fieles: «Venid cantores buenos, hijos de la alabanza del Dios verdadero. Han llegado los días en que hemos de cantar el aleluya”.

¿Qué se encierra en ese aleluya que ha enmudecido durante la cuaresma y debe resonar ahora durante el tiempo pascual en los labios y el corazón de los creyentes?

Son muchos los que lo cantan ignorando que aleluya es una palabra compuesta de dos voces hebreas: “Hallelu” que significa “alabad” y “Yah” que es el nombre abreviado de Yahve.

Aleluya significa pues “alabad a Yahve” y es el grito entusiasta y agradecido de los creyentes que se invitan unos a otros a alabar a Dios por la vida que se nos regala en el resucitado.

Nadie se atrevió en las primeras comunidades de origen griego, latino o sirio a tocar estas palabras cargadas de fuerza y contenido intraducible. Hoy se siguen cantando todavía con el sabor original de los primeros creyentes.

El aleluya es la respuesta jubilosa de la Iglesia a Cristo resucitada. El cántico que ella entonará hasta el fin de los tiempos agradeciendo al Señor la redención del mundo.

Los creyentes lo llamaban “el cántico nuevo”. El canto que sólo pueden cantar de verdad “los hombres nuevos», los que se sienten redimidos y conocen la vida nueva que brota del resucitado.

El aleluya es el canto de la alegría. Pero no de esa alegría falsa de quienes disfrutan a costa del sufrimiento y la marginación de los débiles, sino de la alegría que nace del amor y el agradecimiento al crucificado por los hombres.

Hoy el aleluya sólo lo podemos cantar en la esperanza y el deseo del cielo. Dice San Agustín que “cuando, después de este esfuerzo de aquí, lleguemos a aquel descanso, nuestra única ocupación será la alabanza a Dios, nuestro único quehacer el aleluya”.

Celebrar la Pascua es descubrir en nuestro corazón el contenido profundo de este canto para aprender a cantarlo en nuestra vida. Cristo ha resucitado en nosotros, aun en medio de nuestro cansancio. penas y trabajos, brotará el ALELUYA.

 

 

LA FIESTA DE LA VIDA

 

Había de resucitar de entre los muertos.

 

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.

Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengas miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de ‘os siglos” (Ap 1, 17-18).

Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. El es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. El es «el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.

Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud.

El está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. El está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.

El está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. El está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.

Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.

Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.

Hoy es la Fiesta de la vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.

Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

 

 

SI A LA VIDA

 

Ha resucitado.

 

Cuando uno es cogido por la fuerza de la resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre «apasionado por la vida» de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.

La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos.

Tal vez nunca la humanidad, amenazada de muerte desde tantos frentes y por tantos peligros que ella misma ha desencadenado, ha necesitado tanto como hoy hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida.

Esta lucha por la vida debemos iniciarla en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte» (E. Fromm).

Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia, O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida.., O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno.

Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado, debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.

Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.

La «pasión por la vida» propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde «se produce muerte», para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.

Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y «amigo de la vida» y debe ser firme y coherente en todos los frentes.

Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?

 

 

DIOS LO HA RESUCITADO

 

Vio y creyó...

 

Pocos escritores han logrado hacernos intuir el vacío inmenso de un universo sin Dios, como el poeta alemán Jean Paul en su escalofriante «Discurso de Cristo muerto» escrito en 1795.

Jean Paul nos describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay.

Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...».

Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...».

Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria».

Cristianos habitados por una fe rutinaria y superficial, ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría. Alegría incontenible. Gozo y agradecimiento. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre».

Y si ante Cristo resucitado, sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos.

 

 

AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN

 

Él había resucitado de entre los muertos.

 

Cada vez es más intenso el afán de todos por estrujar la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ¡limitado del presente. Es la consigna que encuentra cada vez más adictos: «Lo queremos todo y lo queremos ahora».

No dominamos el porvenir y, por ello; es cada vez más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte.

No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente.

Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos «amenazados de muerte».

En el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte.

Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí».

Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia.

Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana:

«Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor.

Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo».

 

 

EL RETO DE LA RESURRECCION

 

Ha resucitado.

 

En una cultura decididamente orientada hacia el dominio de la naturaleza, el progreso técnico y el bienestar, la muerte viene a ser «el pequeño fallo del sistema». Algo desagradable y molesto que conviene socialmente ignorar.

Todo sucede como si la muerte se estuviera convirtiendo para el hombre contemporáneo en un moderno «tabú» que, en cierto sentido, sustituye a otros que van cayendo.

Es significativo observar cómo nuestra sociedad se preocupa cada vez más de iniciar al niño en todo lo referente al sexo y al origen de la vida, y cómo se le oculta con cuidado la realidad última de la muerte. Quizás esa vida que nace de manera tan maravillosa, ¿no terminará trágicamente en la muerte?

Lo cierto es que la muerte rompe todos nuestros proyectos individuales y pone en cuestión el sentido último de todos nuestros esfuerzos colectivos.

Y el hombre contemporáneo lo sabe, por mucho que intente olvidarlo. Todos sabemos que, incluso en lo más íntimo de cualquier felicidad, podemos saborear siempre la amargura de su limitación, pues no logramos desterrar la amenaza de fugacidad, ruptura y destrucción que crea en nosotros la muerte.

El problema de la muerte no se resuelve escamoteándolo ligeramente. La muerte es el acontecimiento cierto, inevitable e irreversible que nos espera a todos. Por eso, sólo en la muerte se puede descubrir si hay verdaderamente alguna esperanza definitiva para este anhelo de felicidad, de vida y liberación gozosa que habita nuestro ser.

Es aquí donde el mensaje pascual de la resurrección de Jesús se convierte en un reto para todo hombre que se plantea en toda su profundidad el sentido último de su existencia.

Sentimos que algo radical, total e incondicional se nos pide y se nos promete. La vida es mucho más que esta vida. La última palabra no es para la brutalidad de los hechos que ahora nos oprimen y reprimen.

La realidad es más compleja, rica y profunda de lo que nos quiere hacer creer el realismo. Las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente. Ahora se está gestando la vida definitiva que nos espera. En medio de esta historia dolorosa y apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.

Nos espera un Padre capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro es una fraternidad feliz y liberada. ¿Por qué no detenerse hoy ante las palabras del Resucitado en el Apocalipsis «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar.»?

 

 

ESPERANZA PARA LOS CRUCIFICADOS

 

Marsa Magdalena fue al sepulcro al amanecer.

 

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia algo que los primeros creyentes subrayan con fuerza: Dios ha resucitado precisamente al Crucificado.

Así lo anuncian desde el primer momento: «Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». El Resucitado no es otro que el ejecutado en la cruz.

Dios no ha resucitado a un monje de Qumrán, ni a un noble saduceo, ni a un escriba fariseo, ni a un revolucionario zelote, sino a un crucificado.

Y esto es importante. La resurrección de Jesús ha sido, antes que nada, la reacción de Dios ante la injusticia criminal de los que han crucificado a Jesús. El gesto de Dios nos descubre no sólo el triunfo de su omnipotencia, sino la victoria de su justicia, por encima de las injusticias de los hombres.

Por eso, la resurrección de Jesús es esperanza, en primer lugar, para los crucificados. No le espera resurrección a cualquier vida, sino a una existencia crucificada y vivida con el espíritu del Crucificado.

Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los crucificados de mil maneras a lo largo de la historia. Pero, esto significa además que todos caminamos hacia la resurrección en la medida en que nuestra vida tiene algo de crucifixión.

Caminamos hacia la resurrección cuando nuestro vivir diario no es una cómoda evasión de los problemas ajenos, sino una entrega constante y agotadora a los demás. Cuando nuestra vida no es una búsqueda confortable de felicidad, sino un desvivirse por los otros. Cuando nuestra vida no es inhibición y absentismo egoísta, sino defensa y lucha arriesgada por tantos desvalidos, pobres e indefensos.

Sólo desde esa participación humilde en la crucifixión de Jesús podemos esperar con fe la resurrección. Para decirlo gráficamente con Jon Sobrino: «serla un grave error pretender apuntarse a la resurrección de Jesús en su último estadio, sin recorrer las mismas etapas histórica que recorrió Jesús».

La actual solidaridad con los crucificados es la garantía de nuestra futura resurrección. Por ello, esta mañana de Pascua hemos de hacernos una pregunta decisiva para nuestro ser cristiano.

¿Estamos del lado de los que crucifican o de aquéllos que son crucificados? ¿Estamos junto a los que matan la vida y deshumanizan a los hombres, o de aquéllos que «mueren» por defender lo humano y se desviven en el servicio a la vida? 

Una vida crucificada en el servicio a los hermanos y en la defensa de los crucificados es el mejor testimonio de una fe viva en el Resucitado.

 

 

CREER EN EL RESUCITADO

 

No habían entendido que él

había de resucitar de entre los muertos.

 

«No puedo ni imaginarme creyente de ninguna fórmula verbal». En estos términos se expresa el célebre psiquíatra escocés Renald Laing. Y es cierto que la fe es mucho más que la mera aseveración de una fórmula.

Esta mañana de Pascua nos debe recordar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Incluso, mucho más que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús está vivo y que se hace presente de alguna manera en medio de los creyentes. Es participar activamente en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está ya él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber verlo aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres, llamándonos a la fraternidad y la solidaridad con el hermano pobre.

Creer en el Resucitado es creer que 1 es «el primogénito de entre los muertos» en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abren ya las verdaderas posibilidades de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento ni la injusticia, ni el cáncer ni el infarto, ni la metralleta, la opresión o la muerte tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y la muerte.

 

 

JESÚS ALCANZÓ LA VIDA YA ANTES DE MORIR

Fray Marcos

 

Lc 24, 01-12

Jn 20, 01-09

 

Vigilia

Aunque son relativamente pocos los cristianos que acuden a celebrar la Vigilia Pascual, debemos tomar conciencia de que se trata de la liturgia más importante de todo el año.

Celebramos la VIDA que en la experiencia pascual descubrieron los discípulos en su maestro Jesús. Los símbolos centrales de la celebración son el fuego y el agua, porque son los dos elementos imprescindibles para que pueda surgir la vida biológica. La vida biológica es el mejor símbolo que nos puede ayudar a entender lo que es la Vida trascendente.

Las realidades trascendentes no pueden percibirse por los sentidos, por eso tenemos que hacerlas presentes por medio de signos que provoquen en nosotros la presencia de una realidad que ni se trae ni se lleva, ni se crea ni se destruye, sino que está siempre ahí.

El recordar y renovar nuestro bautismo, apunta en la misma dirección. Jesús dijo a Nicodemo que había que nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Este mensaje es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando.

En el prólogo del evangelio de Juan dice: "En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres". Estamos recordando esa Vida y esa luz en la humanidad de Jesús. Al desplegar durante su vida terrena la misma Vida de Dios que le atravesaba, nos abrió el camino de la plenitud a la que todos podemos acceder.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva que es la Vida de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna.

Podemos seguir empleando el término "resurrección", pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y sicológica, porque es lo que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad.

Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de fe.

Para los apóstoles como para nosotros se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que tiene que estar él VIVO. Lo mismo nosotros, sólo a través de la vivencia personal podemos comprender la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina.

Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece por sí mismo. Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento.

Todos los sacramentos están constituidos por dos realidades: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver, oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo.

En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que "significamos" para hacerla presente y vivirla. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero el alcanzar y vivir lo significado, es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios que es AMOR, es superando el ego-ísmo, es decir, amando.

 

DOMINGO DE PASCUA

En este día de Pascua, debemos recordar aquellas palabras de Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, somos los más desgraciados de todos los hombres." Aunque hay que hacer una pequeña aclaración. La formulación condicional (si) nos puede despistar y entender que Jesús podía resucitar o no resucitar, lo cual no tiene sentido porque Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que estamos celebrando hechos teológicos, no históricos ni científicos. Todavía la muerte de Jesús fue un acontecimiento histórico, pero la resurrec­ción no es constatable porque se realiza en otro plano fuera de la historia. Esto no quiere decir que no ha resucitado, quiere decir que para llegar a la resurrección hay que ir por otro camino.

Nadie pudo ver, ni demostrar con ninguna clase de argumentos la resurrección de Jesús. No es un acontecimiento que se pueda constatar por los sentidos ni comprender por la razón. Esta es una de las claves para salir del callejón sin salida en que nos encontramos por haber interpretado los textos de una manera literal.

Cuando hablamos en un contexto religioso, de muerte y resurrección, o de muerte y vida, estas palabras tienen un sentido analógico. No estamos hablando de la muerte ni de la vida biológica. La muerte y la vida física no son objetos de teología, sino de ciencia. La teología habla de otra realidad que no puede ser metida en conceptos.

En ningún caso debemos entender la resurrección como la animación de un cadáver. Esta interpretación ha sido posible gracias a la antropología griega (alma – cuerpo), que no tiene nada que ver con lo que entendían los judíos por "ser humano".

Por otra parte, la reanimación de un cadáver, da por supuesto que los despojos del fallecido mantienen una relación especial con el ser que estuvo vivo. La realidad es que la muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación de un cadáver, es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de los elementos moleculares dispersos en la naturaleza, lo cual no tiene ningún sentido ni para los hombres ni para Dios.

¿Qué pasó en Jesús después de su muerte? Nada. Absolutamente nada. La trayectoria histórica de Jesús termina en el instante de su muerte. En ese momento pasa a otro plano en el que el tiempo no transcurre. En ese plano no puede "suceder" nada. En los apóstoles sí sucedió algo muy importante.

Ellos no habían comprendido nada de lo que era Jesús, porque estaban en su falso yo, pegados a lo terreno y esperando una salvación que potenciara su ser contingente. Sólo después de la muerte del Maestro, llegaron a la experiencia pascual. Descubrieron, no por razonamientos, sino por vivencia que Jesús seguía vivo y que les comunicaba Vida. Eso es lo que intentaron comunicar a los demás utilizando el lenguaje humano al uso que es siempre insuficiente para expresar lo trascendente.

Todos estaríamos encantados de que se nos comunicara esa Vida, la misma Vida de Dios. El problema consiste en que no puede haber Vida, si antes no hay muerte. Es esa exigencia de muerte lo que no estamos dispuestos a aceptar. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto".

Esa exigencia de ir más allá de lo biológico, es la que nos hace quedarnos a años luz del mensaje de esta fiesta de Pascua; porque no estamos dispuestos a dar más valor a la Vida que a la vida.

Pero no debo quedarme en la resurrección de Jesús. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida.

A la Samaritana le dice Jesús: El que beba de esta agua nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna.

A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me coma, (el que me asimile), vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.

¿Creemos esto? Entonces, ¿qué nos importa todo lo demás?

Jesús, antes de morir, había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida en Dios, porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el camino para llegar a hacer presente lo divino. Eso era posible, porque había experimentado a Dios como Don absoluto y total.

Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para avanzarla. Todo el esfuerzo de Jesús consistió en hacer ver a sus seguidores esas mismas posibilidades de Vida.

 

Meditación-contemplación

 

Yo soy la resurrección y la vida.

No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida.

En la medida que haga mía la Vida,

estoy garantizando la resurrección.

..................

 

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.

Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.

Lo importante es nacer de nuevo y vivir ya ahora, esa nueva VIDA.

Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.

...................

 

Deja que la VIDA que ya está en ti, se haga realidad.

Deja que todo tu ser quede empapado de ella.

Deja que Dios Espíritu (fuerza) sea el núcleo de tu ser.

Entonces podrás decir como Jesús:

Yo y el Padre somos "ya" uno.

 

 

 

 

OCARM

 

Pidamos el Espíritu Santo 

¡Señor Jesucristo, hoy tu luz resplandece en nosotros, fuente de vida y de gozo! Danos tu Espíritu de amor y de verdad para que, como María Magdalena, Pedro y Juan, sepamos también nosotros descubrir e interpretar a la luz de la Palabra los signos de tu vida divina presente en nuestro mundo y acogerlos con fe para vivir siempre en el gozo de tu presencia junto a nosotros, aun cuando todo parezca rodeado de las tinieblas de la tristeza y del mal. 

El Evangelio

a)             Una clave de lectura:

Para el evangelista Juan, la resurrección de Jesús es el momento decisivo del proceso de su glorificación, con un nexo indisoluble con la primera fase de tal glorificación, a saber, con la pasión y muerte. El acontecimiento de la resurrección no se describe con las formas espectaculares y apocalípticas de los evangelios sinópticos: para Juan la vida del Resucitado es una realidad que se impone sin ruido y se realiza en silencio, en la potencia discreta e irresistible del Espíritu. El hecho de la fe de los discípulos se anuncia "cuando todavía estaba oscuro" y se inicia mediante la visión de los signos materiales que los remiten a la Palabra de Dios. Jesús es el gran protagonista de la narración, pero no aparece ya como persona. 

 

  c) Subdivisión del texto, para su mejor comprensión: 

vers. 1: la introducción, un hecho previo que delinea la situación;

vers. 2: la reacción de María y el primer anuncio del hecho apenas descubierto;

vers. 3-5: la reacción inmediata de los discípulos y la relación que transcurre entre ellos;

vers. 6-7: constatación del hecho anunciado por María;  vers. 8-9: la fe del otro discípulo y su relación con la Sagrada Escritura.

 

Un espacio de silencio interno y externo 

para abrir el corazón y dar lugar dentro de mí a la Palabra de Dios: 

               Vuelvo a leer lentamente todo el pasaje; 

               También estoy yo en el jardín: el sepulcro vacío está delante de mis ojos; 

               Dejo que resuene en mí las palabras de María Magdalena; 

               Corro yo también con ella, Pedro y el otro discípulo; 

               Me dejo sumergir en el estupor gozoso de la fe en Jesús resucitado, aunque, como ellos, no lo veo con mis ojos de carne. 

La Palabra que se nos da 

               El capítulo 20 de Juan: es un texto bastante fragmentado, en el que resulta evidente que el redactor ha intervenido muchas veces para poner de relieve algunos temas y para unir los varios textos recibidos de las fuentes precedentes, al menos tres relatos. 

               En el día después del sábado: es "el primer día de la semana" y hereda en el ámbito sagrado la gran sacralidad del sábado hebraico. Para los cristianos es el primer día de la nueva semana, el inicio de un tiempo nuevo, el día memorial de la resurrección, llamado "día del Señor" (dies Domini, dominica, domingo). El evangelista adopta aquí y en el vers. 19, una expresión que ya es tradicional para los Cristianos (ejem: Mc 16, 2

y 9; Act. 20, 7) y es más antigua de la que aparece enseguida como característica de la primera evangelización: " el tercer día" (ejem. Lc 24, 7 y 46; Act 10, 40; 1Cor 15,4). 

               María Magdalena: es la misma mujer que estuvo presente a los pies de la cruz con otras (19, 25). Aquí parece que estuviera sola, pero la frase del vers. 2 ("no sabemos") revela que la narración original, sobre la que el evangelista ha trabajado, contaba con más mujeres, igual que los otros evangelios (cfr Mc 16, 1-3; Mt 28, 1; Lc 23, 55-24, 1). De manera diversa con respecto a los sinópticos (cfr Mc 16,1; Lc 24,1), además, no se especifica el motivo de su visita al sepulcro, puesto que ha sido referido que las operaciones de la sepultura estaban ya completadas (19,40); quizás, la única cosa que falta es el lamento fúnebre (cfr Mc 5, 38). Sea como sea, el cuarto evangelista reduce al mínimo la narración del descubrimiento del sepulcro vacío, para enfocar la atención de sus lectores al resto. 

               De madrugada cuando estaba todavía oscuro: Marcos (16, 2) habla de modo diverso, pero de ambos se deduce que se trata de las primerísimas horas de la mañana, cuando la luz todavía es tenue y pálida. Quizás Juan subraya la falta de luz para poner de relieve el contraste simbólico entre tinieblas = falta de de fe y luz = acogida del evangelio de la resurrección. 

               Ve la piedra quitada del sepulcro: la palabra griega es genérica: la piedra estaba "quitada" o " removida" (diversamente: Mc 16, 3-4). El verbo "quitar" nos remite a Jn 1,29: el Bautista señala a Jesús como el "Cordero que quita el pecado del mundo". ¿Quiere quizás el evangelista llamar la atención de que esta piedra "quitada", arrojada lejos del sepulcro, es el signo material de que la muerte y el pecado han sido "quitados" de la resurrección de Jesús? 

               Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo: La Magdalena corre a ellos que comparten con ella el amor por Jesús y el sufrimiento por su muerte atroz, aumentada ahora con este descubrimiento. Se llega a ellos, quizás porque eran los únicos que no habían huido con los otros y estaban en contacto entre ellos (cfr 19, 15 y 26-27). Quiere al menos compartir con ellos el último dolor por el ultraje hecho al cadáver. Notamos como Pedro, el "discípulo amado" y la Magdalena se caracterizan por su amor especial que los une a Jesús: es precisamente el amor, especialmente si es renovado, el que los vuelve capaces de intuir la presencia de la persona amada. 

               El otro discípulo a quien Jesús quería: es un personaje que aparece sólo en este evangelio y sólo a partir del capítulo 13, cuando muestra una gran intimidad con Jesús y también un gran acuerdo con Pedro (13, 23-25). Aparece en todos los momentos decisivos de la pasión y de la resurrección de Jesús, pero permanece anónimo y sobre su identidad se han dado hipótesis bastantes diferentes. Probablemente se trata del discípulo anónimo del Bautista que sigue a Jesús junto con Andrés (1, 23-25). Puesto que el cuarto evangelio no habla nunca del apóstol Juan y considerando que este evangelio a menudo narra cosas particulares propias de un testigo ocular, el "discípulo" ha sido identificado con el apóstol Juan. El cuarto evangelio siempre se le ha atribuido a Juan, aunque él no lo haya compuesto materialmente, si bien es en el origen de la tradición particular al que se remonta este evangelio y otros escritos atribuidos a Juan. Esto explica también como él sea un personaje un tanto idealizado. A quien Jesús quería: es evidentemente un añadido debido, no al apóstol, que no hubiera osado presumir de tanta confianza con el Señor, sino de sus discípulos, que han escrito materialmente el evangelio y han acuñado esta expresión reflexionando sobre el evidente amor privilegiado que concurre entre Jesús y este discípulo (cfr 13,25; 21, 4.7). Allí donde se usa la expresión más sencilla, "el otro discípulo" o "el discípulo", es que ha faltado, por tanto, el añadido de los redactores. 

               Se han llevado del sepulcro al Señor: estas palabras, que se repiten también a continuación: vers. 13 y 15, revelan que María teme uno de los robos de cadáveres que sucedían a menudo en la época, de tal manera que obligó al emperador romano a dictar severos decretos para acabar con el fenómeno. A esta posibilidad recurre, en Mateo (28, 11-15), los jefes de los sacerdotes para difundir el descrédito sobre el acontecimiento de la resurrección de Jesús y ocasionalmente, justificar la falta de intervención de los soldados puestos de guardias en el sepulcro. 

               El Señor: el título de "Señor" implica el reconocimiento de la divinidad y evoca la omnipotencia divina. Por esto, era utilizado por los Cristianos con referencia a Jesús Resucitado. El cuarto evangelista, de hecho, lo reserva sólo para sus relatos pascuales (también en 20-13). No sabemos dónde lo han puesto: la frase recuerda cuanto sucedió a Moisés, cuyo lugar de sepultura era desconocido (Dt 34, 10). Otra probable referencia es a las mismas palabras de Jesús sobre la imposibilidad de conocer el lugar donde hubiera sido llevado.(7, 11.22; 8,14.28.42; 13, 33; 14, 1-5; 16,5). 

               Corrían los dos juntos…pero el otro…llegó primero…pero no entró: La carrera revela el ansia que viven estos discípulos. El pararse del "otro discípulo", es mucho más que un gesto de cortesía o de respeto hacia un anciano: es el reconocimiento tácito y pacífico, en su sencillez, de la preeminencia de Pedro dentro del grupo apostólico, aunque esta preeminencia no se subraye. Es, por tanto, un signo de comunión. Este gesto podría también ser un artificio literario para trasladar el acontecimiento de la fe en la resurrección al momento sucesivo y culminante de la narración. 

               Los lienzos en el suelo y el sudario…plegado en un lugar aparte: ya el otro discípulo, sin siquiera entrar, había visto algo. Pedro, pasando la entrada del sepulcro, descubre la prueba de que no había habido ningún robo del cadáver: ¡ningún ladrón hubiera perdido el tiempo en desvendar el cadáver, extender ordenadamente los lienzos y las fajas (por tierra pudiera haber sido traducido mejor por "extendidas" o "colocadas en el suelo") y plegar aparte el sudario! La operación se hubiera complicado por el hecho de que los óleos con los que había sido ungido aquel cuerpo (especialmente la mirra) operaban como un pegamento, haciendo que se adhiriera perfecta y seguramente el lienzo al cuerpo, casi como sucedía con las momias. El sudario, además está plegado; la palabra griega puede decir también "enrollado", o más bien indicar que aquel paño de tejido ligero había conservado en gran parte las formas del rostro sobre el cual había estado puesto, casi como una máscara mortuoria. Las vendas son las mismas citadas en Jn 19, 40. En el sepulcro, todo resulta en orden, aunque falta el cuerpo de Jesús y Pedro consigue ver bien en el interior, porque el día está clareando. A diferencia de Lázaro (11,44), por tanto, Cristo ha resucitado abandonando todos los arreos funerarios: los comentadores antiguos hacen notar que, de hecho, Lázaro guardaría sus vendas para la definitiva sepultura, mientras que Cristo no tenía ya más necesidad de ellas, no debiendo ya jamás morir (cfr Rm 6,9). 

               Pedro…vio…el otro discípulo…vio y creyó: también María, al comienzo de la narración, había "visto". Aunque la versión española traduzca todo con el mismo verbo, el texto original usa tres diversos (theorein para Pedro; blepein para el otro discípulo y la Magdalena; idein, aquí, para el otro discípulo), dejándonos entender un crecimiento de profundidad espiritual de este "ver" que , de hecho, culmina con la fe del otro discípulo. El discípulo anónimo, ciertamente, no ha visto nada diverso de lo que ya había visto Pedro: quizás, él interpreta lo que ve de manera diversa de los otros, también por la especial sintonía de amor que había tenido con Jesús (la experiencia de Tomás es emblemática: 29, 24-29). Sin embargo, como se indica por el tiempo del verbo griego, su fe es todavía una fe inicial, tanto que él no encuentra el modo de compartirla con María o Pedro o cualquiera de los otros. Para el cuarto evangelista, sin embargo, el binomio "ver y creer" es muy significativo y está referido exclusivamente a la fe en la resurrección del Señor (cfr 20, 29), porque era imposible creer verdaderamente antes que el Señor hubiese muerto y resucitado (cfr 14, 25-26; 16, 12-15). El binomio visión – fe, por tanto, caracteriza a todo este capítulo y " el discípulo amado" se presenta como un modelo de fe que consigue comprender la verdad de Dios a través de los acontecimientos materiales (cfr también 21, 7). 

               No habían comprendido todavía la Escritura: se refiere evidentemente a todos los otros discípulos. También para aquéllos que habían vivido junto a Jesús, por tanto, ha sido difícil creer en Él y para ellos, como para nosotros, la única puerta que nos permite pasar el dintel de la fe auténtica es el conocimiento de la Escritura (cfr. Lc 24, 26-27; 1Cor 15, 34; Act 2, 27-31) a la luz de los hechos de la resurrección. 

Algunas preguntas para orientar la reflexión y la actuación 

a)             ¿Qué quiere decir concretamente, para nosotros, "creer en Jesús Resucitado"? ¿Qué dificultades encontramos? ¿La resurrección es sólo propia de Jesús o es verdaderamente el fundamento de nuestra fe? 

b)La relación que vemos entre Pedro, el otro discípulo y María Magdalena es evidentemente de gran comunión en torno a Jesús. ¿En qué personas, realidades, instituciones encontramos hoy la misma alianza de amor y la misma "común unión" fundada en Jesús? ¿Dónde conseguimos leer los signos concretos del gran amor por el Señor y por los "suyos" que mueve a todos los discípulos? 

c)Cuando observamos nuestra vida y la realidad que nos circunda de cerca o de lejos ¿tenemos la mirada de Pedro (ve los hechos, pero permanece firme en ellos: a la muerte y a la sepultura de Jesús), o más bien, la del otro discípulo (ve los hechos y descubre en ellos los signos de una vida nueva)?

Oremos invocando gracia y alabando a Dios 

Con un himno extraído de la carta de Pablo a los Efesios (paráfrasis 1, 17-23)

El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo. 

 


Misa del día

71. Antífona de entrada     Cf. Sal 138, 18.5-6
He resucitado, y estoy de nuevo contigo, aleluia.
Pusiste tu mano sobre mí, aleluia:
¡Qué admirable es tu sabiduría! Aleluia, aleluia.

O bien:     Cf. Lc 24, 34; Ap 1, 6
El Señor resucitó verdaderamente, aleluia.
A él sea la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Aleluia, aleluia.

Se dice o canta el Gloria.

72. 
Oración colecta
Dios nuestro,
que hoy has abierto para nosotros las puertas de la eternidad
por la victoria de tu Hijo unigénito sobre la muerte,
te pedimos que quienes celebramos la Resurrección del Señor,
por la acción renovadora de tu Espíritu,
alcancemos la luz de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

73. 
Oración sobre las ofrendas
Padre santo, exultantes de gozo pascual
te ofrecemos este sacrificio
por el que admirablemente renace y se nutre tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

74. Prefacio pascual I: El Misterio pascual (en este día), p.    .

En la Plegarias eucarísticas se utilizan los textos propios.

75. Antífona de comunión     Cf. 1 Cor 5, 7-8
Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado.
Celebremos, entonces, esta fiesta
con los panes sin levadura de la pureza y la verdad, aleluia, aleluia.

76. 
Oración después de la comunión
Señor Dios, protege paternalmente,
a tu Iglesia con amor incansable,
para que, renovada por los misterios pascuales,
llegue a la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

68. Bendición solemne
Dios todopoderoso los bendiga
en esta solemne fiesta de Pascua,
y los proteja, por su bondad, de toda sombra de pecado.
R. Amén.

Él, que por la Resurrección de su Hijo
los renueva para la Vida eterna,
les conceda la recompensa de la inmortalidad.
R. Amén.

Y ya que han celebrado con honda alegría esta Pascua,
al terminar los días de la pasión del Señor,
les conceda participar con inmensa alegría de los gozos eternos.
R. Amén.

Y los bendiga Dios todopoderoso,
Padre, Hijo + y Espíritu Santo,
R. Amén.

78. 
Para despedir al pueblo, durante toda la octava, hasta el II Domingo de Pascua, se dice:
V.
 Pueden ir en paz, aleluia, aleluia.
R. Demos gracias a Dios, aleluia, aleluia


Si fuera preciso, puede utilizarse otra forma determinada por las Conferencias Episcopales, de acuerdo a la necesidad del lugar.

 

 

Sacerdote:
¿Renuncian a Satanás, esto es:
- al pecado, como negación de Dios;
- al mal, como signo del pecado en el mundo;
- al error, como negación de la verdad;
- a la violencia, como contraria a la caridad;
- al egoísmo, como falta de testimonio de amor?

Todos:
Sí, renuncio.

Sacerdote:
¿Renuncian a las obras opuestas al Evangelio de Jesús, que son:
- la envidia y el odio;
- la pereza y la indiferencia;
- la cobardía y los acomplejamientos;
- el materialismo y la sensualidad;
- la injusticia y el favoritismo;
- el negociado y el soborno?

Todos:
Sí, renuncio.

Sacerdote:
¿Renuncian a los criterios y comportamientos que llevan a:
- creerse los mejores;
- verse siempre superiores;
- creerse ya convertidos del todo;
- buscar el dinero como el máximo valor;
- buscar el placer como única ilusión;
- buscar el propio interés por encima del bien común?
Todos:
Sí, renuncio.

 

 

Luego el sacerdote prosigue:
¿Creen en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

Todos responden:
Sí, creo.

Sacerdote:
¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que nació de la Virgen María, padeció y fue sepultado,
resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

Todos responden:
Sí, creo.

Sacerdote:
¿Creen en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne y la Vida eterna?

Todos responden:
Sí, creo.

Y el sacerdote concluye:
Y Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo,
y nos ha perdonado los pecados,
nos conserve con su gracia en Jesucristo, nuestro Señor,
para la Vida eterna.

Todos:
Amén.

56. 
El sacerdote rocía al pueblo con el agua bendita mientras todos cantan:
Antífona

He visto el agua que brotaba
del lado derecho del templo, aleluia.
Y todos aquellos a quienes alcanzó esta agua
han sido salvados y dicen: Aleluia, aleluia.


MISA DEL DÍA


Comimos y bebimos con Él, después de su resurrección 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     10, 34a.37-43

    Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.
    Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con Él, después de su resurrección.
    Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que Él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre.»

Palabra de Dios.


SALMO
     Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23

R.
 Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en Él.


O bien:

Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! 
R.

La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. 
R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos. 
R. 


Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas     3, 1-4

Hermanos:
    Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.

Palabra de Dios.


O bien:

Despójense de la vieja levadura,
para ser una nueva masa

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     5, 6b-8

Hermanos:
    ¿No saben que «un poco de levadura hace fermentar toda la masa»? Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
    Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad.

Palabra de Dios.



SECUENCIA

Debe decirse hoy; en los días de la octava, es optativa.

Cristianos,
ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza.
El Cordero ha redimido a las ovejas:
Cristo, el inocente,
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron
en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto,
y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,
¿qué viste en el camino?
He visto el sepulcro del Cristo viviente
y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,
testigos del milagro,
he visto el sudario y las vestiduras.
Ha resucitado a Cristo, mi esperanza,
y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;
Tú, Rey victorioso,
ten piedad de nosotros.


ALELUIA     1Cor 5, 7b-8a

Aleluia.
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Celebremos, entonces, nuestra Pascua.
Aleluia.


EVANGELIO

Él debía resucitar de entre los muertos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 1-9

    El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
    Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

En lugar de este Evangelio se puede leer el de la Misa de la Vigilia del año que corresponda ( A - B - C):


Donde se celebre Misa vespertina, también puede leerse este Evangelio: 

Lo reconocieron al partir el pan 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 13-35

    El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
    Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
    Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
    «¿Qué cosa?», les preguntó.
    Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron.»
    Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él.
    Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
    Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista.
    Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
    En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
    Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor


PREFACIO DE PASCUA I
EL MISTERIO PASCUAL

45. Este prefacio se dice durante el tiempo pascual.
En la Misa de la Vigilia pascual se dice 
«en esta noche»; el día de pascua y durante la octava: «en este día»; en las restantes Misas: «en este tiempo».

V.
 El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en
 (esta noche) (este día) (este tiempo)
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Porque Él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo:
muriendo destruyó nuestra muerte,
y resucitando restauró nuestra vida.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Durante la Octava de Pascua, en las Plegarias eucarísticas se utilizan los elementos propios.

PREFACIO DE PASCUA II
LA NUEVA VIDA EN CRISTO

46. Este prefacio se dice durante el tiempo pasacual.

V.
 El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Por Él, los hijos de la luz nacen a la Vida eterna,
y se abren para los creyentes las puertas del reino de los cielos,
porque en la muerte de Cristo
nuestra muerte ha sido vencida,
y en su Resurrección
todos hemos resucitado a la Vida.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

PREFACIO DE PASCUA III
CRISTO VIVE PARA INTERCEDER SIEMPRE POR NOSOTROS

47. Este prefacio se dice durante el tiempo pascual.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Él sigue ofreciéndose por nosotros
e intercede constantemente en nuestro favor;
inmolado ya no muere más,
muerto vive para siempre.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

PREFACIO DE PASCUA IV
LA RESTAURACIÓN DEL UNIVERSO POR EL MISTERIO PASCUAL

48. Este prefacio se dice durante el tiempo pascual.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Porque con la destrucción del pecado
son renovadas todas las cosas,
y queda restaurada en Cristo
la plenitud de nuestra vida.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

PREFACIO DE PASCUA V
CRISTO, SACERDOTE Y VÍCTIMA

49. Este prefacio se dice durante el tiempo pascual.

V.
 El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Por la ofrenda de su Cuerpo realizada en la cruz,
él llevó a su plenitud
los sacrificios de la antigua alianza
y al entregarse a ti, Padre, para salvarnos,
se hizo por nosotros sacerdote, altar y víctima.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

PREFACIO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR I
EL MISTERIO DE LA ASCENSIÓN

50. Este prefacio se dice el día de la Ascensión del Señor; puede decirse también en los días después de la Ascensión hasta el sábado antes de Pentecostés en aquellas misas que no tienen prefacio propio.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno:

Porque el Señor Jesús, Rey de la gloria,
triunfador del pecado y de la muerte,
ante la admiración de los ángeles
ascendió 
(hoy) a lo más alto de los cielos,
como Mediador entre Dios y los hombres,
Juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales.
No lo hizo para apartarse
de la pequeñez de nuestra condición humana
sino para que lo segamos confiadamente como miembros suyos,
al lugar donde nos precedió él,
cabeza y principio de todos nosotros.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

El día de la Ascensión en las Plegarias eucarísticas I, II y III se utilizan los elementos propios.

PREFACIO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR II
EL MISTERIO DE LA ASCENSIÓN

51. Este prefacio se dice el día de la Ascensión del Señor; puede decirse también en los días después de la Ascensión hasta el sábado antes de Pentecostés en aquellas misas que no tienen prefacio propio.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Él mismo después de su resurrección,
se apareció visiblemente a todos sus discípulos,
y ante sus ojos, fue elevado al cielo,
para hacernos compartir su divinidad.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo

El día de la Ascensión en las Plegarias eucarísticas I, II y III se utilizan los elementos propios.

PREFACIO PARA DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN
LA ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

51b. Este prefacio puede decirse en los días después de la Ascensión hasta el sábado antes de Pentecostés en las misas que no tienen prefacio propio.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario
que todas las criaturas, en el cielo y en la tierra,
se unan en tu alabanza,
Dios todopoderoso y eterno,
por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo.

Él mismo,
habiendo entrado en el santuario del cielo una vez para siempre,
intercede ahora por nosotros
como mediador que asegura la perpetua efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas,
nos invita a la plegaria unánime,
a ejemplo de María y los Apóstoles,
en la espera de un nuevo Pentecostés.

Por este misterio de santificación y de amor,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo
.

 


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